La organización de la Iglesia de Cristo

Conferencia General Octubre 1965

La organización de la Iglesia de Cristo

por Howard W. Hunter
del consejo de los doce


Los eruditos en historia eclesiástica no pueden fijar la fecha del comienzo de la Iglesia de Cristo. En el Nuevo Testamento no hay ningún acontecimiento o suceso específico que se destaque, sobre el cual puedan ponerse de acuerdo como el comienzo exacto. La Iglesia comenzó a existir en un período de tiempo en el cual sucedieron muchos acontecimientos importantes. El fundamento fue establecido por el ministerio de Jesús, el que cambió las vidas y el modo de pensar de quienes más tarde se convirtieron en “el cuerpo de Cristo”. Después que comenzó el ministerio de Jesús, muchos lo siguieron. Marcos dice: “Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.” (Marcos 1:28.)

Fue de un lugar a otro enseñando en las ciudades y las sinagogas, y la gente se reunía para escucharlo. Quedaban impresionados por sus enseñanzas y asombrados por el poder que tenía para sanar a los enfermos. Les enseñaba cuando venían a hacerle preguntas, y conversaba con ellos en pequeños grupos a orillas de los caminos. En muchas ocasiones grandes multitudes se reunían para escuchar a quien se llamaba a sí mismo el Pastor. Muchos creyeron en El, y algunos fueron llamados para seguirle. Los grupos de creyentes se extendieron por Jerusalén y otros lugares.

Este período de tiempo es el punto de enfoque de la historia. Medimos el tiempo por los años que antecedieron a Cristo y por los que han seguido después de Él. Su vida, enseñanzas, muerte y resurrección en el meridiano de los tiempos, han tenido un profundo efecto en aquellos que vivieron desde su ministerio y también en los que murieron antes de su resurrección. El establecimiento de su Iglesia bendijo a todo el Cristianismo.

Algunos escritores, buscando un comienzo doctrinario en lugar de un evento específico como señal del comienzo de la Iglesia de Cristo, dan gran valor a la respuesta del Señor cuando Pedro dio su testimonio de que Jesús era el Cristo. En la ocasión en que se encontraban cerca de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ”¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13.) No parece razonable suponer que no sabía lo que la gente pensaba y decía acerca de Él. Estaba dando a sus discípulos la oportunidad de expresar su fe y fortalecerse. “Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.” (Mateo 16:14.)

Los fariseos creían, por supuesto, que el alma es imperecedera, y que el alma de una persona buena pasaba a otro cuerpo mientras que el alma del malvado sufría castigo eterno. “Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15.) Es posible que el Maestro se haya sentido impulsado a hacer esta pregunta por causa de los alrededores. Cesárea de Filipo está cerca de la gruta y los templos de Pan, el dios griego, era un centro de adoración pagano, y tal vez quiso hacer que sus discípulos pensaran en el contraste entre los dioses paganos y el verdadero Dios. “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16.) En contestación a este positivo testimonio de Pedro, “. . . le respondió Jesús: bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” (Mateo 16:17-18.)

Esta es una declaración de mucha importancia. En efecto, el Señor dijo a Pedro que el conocimiento de que Jesús era el Cristo no venía a él de ningún mortal, ni del razonamiento o conocimiento del hombre, sino por revelación de lo alto, es decir, revelación directa en cuanto a la divinidad del Maestro. En contestación a las palabras “Tú eres el Cristo”, Jesús respondió: “Tú eres Pedro”, en reconocimiento amistoso a su discípulo. El Señor entonces agregó: “. . . y sobre esta roca edificaré mi iglesia. . .” ¿Sobre qué roca? ¿Pedro? ¿Sobre un hombre? No, no sobre un hombre sino sobre la roca de la revelación, el tema sobre el cual estaban hablando. Había dicho un momento antes: “. . . No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” Esta revelación de que Jesús es el Cristo es la base sobre la cual El edificaría su Iglesia.

Hay otros que al buscar el comienzo de la Iglesia de Cristo, señalan como tal el día de Pentecostés. Esto sucedió solamente nueve días después de la ascensión del Salvador. La fecha es importante porque en esta ocasión descendió sobre los apóstoles el bautismo por fuego y el Espíritu Santo que Jesús les había prometido. Cuando el espíritu se manifestó comenzaron a hablar en otras lenguas. Al oír esto, los judíos se reunieron formando una multitud y Pedro, el presidente de los Doce, se puso de pie ante ellos y les dio un grandioso sermón acusándolos de haber crucificado al Cristo por causa de su incredulidad. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstales: Varones hermanos, ¿qué haremos?

“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:37-38.)

Aun cuando este hecho es aceptado por algunos como el origen de la organización de la Iglesia, tiene un significado más profundo. El poder del Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles como el Salvador les había prometido, trayéndoles una convicción dinámica de que eran los seguidores del Mesías de quien habían hablado los profetas antiguos, quien había venido a la tierra en cumplimiento de dichas profecías, cumplido su misión, y después de haber sido crucificado resucitó como el Salvador de la humanidad.

Sería más acertado decir que la Iglesia se fundó como resultado del ministerio personal de Cristo y también por el testimonio de los apóstoles, quienes dieron a conocer la persona y la obra divina del Cristo. El testimonio del día de Pentecostés llegó al corazón de quienes escuchaban. Aparentemente todos los apóstoles predicaron en esa ocasión, unos en una lengua y otros en otra, para que todos pudieran entender. Dieron testimonio de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, y de la multitud que enseñaron ese día, se bautizaron tres mil.

El relato más antiguo de la vida religiosa en común en el Nuevo Testamento, describe a los que se bautizaron en el día de Pentecostés en estas palabras: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (Hechos 2:42.) La gente que tiene una creencia en común se reúne porque goza de los mismos intereses y la iglesia se convierte en el centro de su vida porque encuentran comodidad y apoyo en relacionarse con aquellos que comparten las mismas ideas.

Durante su vida, el Maestro seleccionó a los apóstoles, y dice Marcos: “Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios.” (Marcos 3:13-15.) Dios el Padre envió a su Hijo al mundo para traerle salvación. El Hijo escogió apóstoles, les confirió autoridad y les dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:19-20.) El sacrificio expiatorio de Cristo trae redención de la tumba a todos los hombres, pero además de esto es necesario que haya testigos de la divinidad de Cristo y de su muerte y resurrección. El cargo de los Doce es servir como dichos testigos.

Los apóstoles no eran oficiales locales de la Iglesia. Su autoridad de extendía a toda la Iglesia y el mundo, a los judíos y a los gentiles. De la misma manera que los apóstoles estaban investidos con autoridad, facultaban a otros oficiales de la Iglesia para llevar adelante la obra a medida que crecía y se expandía. En las ramas ordenaron ancianos como oficiales locales. Los registros no son claros respecto a cuándo se ordenaron los primeros ancianos (élderes), pero en la Iglesia en Jerusalén se hallan referencias a dichos oficiales en fechas muy remotas. En sus giras misionales, Pablo y Bernabé ordenaron élderes en las ramas que establecieron. Pablo hace referencia a su reunión con los ancianos (élderes) en Éfeso mientras se dirigía hacia Jerusalén. El gobierno de las ramas locales estaba en manos de un conjunto de hombres llamados ancianos, y tenían como asignación la instrucción y dirección. El término élder (anciano) se usa también en el Nuevo Testamento en forma general y para referirse a cualquier función eclesiástica, tal como la de apóstol, pastor, obispo u otros cargos. En su exhortación a los ancianos de la Iglesia, el apóstol Pedro se refiere a sí mismo como a un anciano. (Véase 1 Pedro 5:1.)

Otro paso en la organización de la Iglesia fue la selección y llamado de los setentas, quienes fueron enviados de dos en dos como misioneros a diferentes partes del mundo. (Lucas 10:1-24.) También se mencionan los sacerdotes del orden Levítico y los sumos sacerdotes según el orden de Melquisedec. (Véase Hebreos 5:1-6; 7-11.) Hasta la época de Cristo, parece que en el sacerdocio levítico no hubo otro oficio aparte del de sacerdote, pero en sus escritos Pablo incluye el oficio de maestro. (Hefestos 4:11.)

Uno de los ministerios más importantes de la Iglesia antigua es el de diácono. El nombre proviene del verbo griego que significa ministrar o servir. A pesar de que sus obligaciones no se dan a conocer claramente, parece que eran los ayudantes del obispo, éste mismo les asignaba sus tareas y obligaciones. Los diáconos eran quienes recibían las ofrendas de los miembros y repartían en la Iglesia el pan y el vino del sacramento.

En la Iglesia de Cristo el obispo era quien presidía sobre la comunidad local. Era el pastor del rebaño. Era ordenado en su oficio por un apóstol de la manera acostumbrada, mediante oración y la imposición de manos. Era responsable por la predicación y enseñanza en su iglesia, aunque podía delegar en otras personas muchas de sus funciones. Todo se hacía bajo su autoridad y dirección, y los oficiales y todos aquellos que tenían un sacerdocio menor, estaban subordinados y recibían instrucciones de él. Administraba las ofrendas de la gente y la caridad a los necesitados. Como un juez determinaba la posición de los miembros de la Iglesia y tenía autoridad para excomulgar. En síntesis, el obispo era el sumo sacerdote, pastor y oficial presidente de la Iglesia.

Las iglesias cristianas modernas no consideran de importancia tener la organización y oficiales que existían en la iglesia antigua fundada por Cristo, ni tampoco tener en ella las personas que El llamó y ordenó para dicho propósito. Esto queda de manifiesto por el hecho de que la organización original y sus oficiales no figuran en las iglesias actuales. Si las iglesias modernas afirman seguir a la iglesia original establecida por Cristo, deberían seguir la misma organización. Sin embargo declaran que no es necesario que se continúe con la misma organización de la iglesia original.

El mismo argumento se usa con respecto al asunto de la sucesión apostólica. Quienes hacen esta afirmación dicen que no puede haber otros apóstoles que los que eligió Cristo durante su ministerio. Se basan en la premisa de que un apóstol debe ser un testigo del Salvador resucitado, y en vista de que no ha habido apariciones desde su ascensión, no puede haber tales testigos. Esto propicia la creencia de que ningún nuevo apóstol puede suceder a los que murieron. Recordemos, sin embargo, que Matías fue llamado a ocupar el puesto de Judas. La contestación de los que así opinan es que no tomó el lugar de uno que había muerto, sino el de alguien que había perdido el derecho a su cargo por haber traicionado a Jesús. A pesar de todo se admite la sucesión. Como prueba de que no hubo sucesión se cita el caso de Santiago el hijo de Zebedeo. Los anales no dicen que no hubo sucesión, simplemente no dicen nada al respecto. Hay ciertas evidencias de que Santiago, el hermano del Señor, pudo haber sido un sucesor de los Doce, porque tomó parte activa en el- concilio efectuado en Jerusalén, y estaba con Pedro en la dirección de los apóstoles. Y Pablo dijo de él: “Después, pasados tres años, subí a Jerusalén, para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor.” (Gálatas 1:18-19.) Tenemos muy poca información con respecto a los hechos de algunos de los apóstoles, y hay algunos de quienes no tenemos absolutamente ningún dato después que fueron elegidos.

Pablo no fue uno de los Doce, y los escritos del Nuevo Testamento muestran claramente que no fue un testigo del Salvador antes de su ascensión, sin embargo Pablo tenía el apostolado, indudablemente como resultado del acontecimiento en el camino a Damasco. En sus escritos, Pablo se refiere a otras personas como “apóstoles”, las cuales no son parte del grupo original de los Doce. Debido a que los registros no dan información concerniente a ellos, los eruditos no pueden establecer si son sucesores o si la palabra “apóstol” se emplea en otro sentido. De cualquier manera, sería una falacia afirmar que no hubo sucesión porque los registros no la mencionen.

El último y posiblemente el más débil de todos los argumentos es que no hay necesidad de sucesión apostólica porque su testimonio se ha conservado para las generaciones futuras en los escritos del Nuevo Testamento. Por supuesto esto quebranta todas las reglas de la evidencia porque los labios de los testigos han quedado cerrados con su muerte.

Hoy día, existe en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la organización de la Iglesia original de Cristo con los mismos oficios que ya fueron mencionados: diáconos, maestros, presbíteros (sacerdotes), obispos, élderes (ancianos), setentas, sumos sacerdotes y apóstoles. Sin tener en consideración la revelación que restablece esta organización, la razón nos dice que la Iglesia de Cristo debe tener hoy la misma organización que tuvo cuando fue organizada bajo su dirección.

Los principios incorporados en el evangelio de Jesucristo son eternos. Lógicamente se deduce que si la Iglesia está fundada sobre principios eternos y perpetuos, deberá tener la misma organización que cuando se estableció bajo su dirección, y sería difícil encontrar una buena razón para cambiarla. La historia prueba que hubo una apostasía, una corrupción del original, un cambio no autorizado en la organización primitiva, efectuado por las iglesias modernas.

Tengo la convicción personal de que después del largo período de obscuridad espiritual en el mundo, el evangelio ha sido restaurado en su totalidad mediante la revelación divina, la Iglesia de Cristo ha sido establecida nuevamente en la tierra; que esta Iglesia restaurada tiene la misma organización que existió en la Iglesia original, incluyendo el oficio apostólico que da testimonio de la divinidad de Cristo, su muerte y resurrección, y que afirma que es el Hijo de Dios. A su testimonio, agrego el mío humildemente en el nombre del Salvador del mundo. Amén.

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