Nuestra responsabilidad

Conferencia General Abril 1966

Nuestra responsabilidad

por Marion D. Hanks
del primer consejo de los setenta


Mientras escuchaba las fervientes y acertadas expresiones al principio en esta conferencia, recordando la alegría gozada en muchas otras conferencias anteriores durante mi vida, mis pensamientos se orientaron repetidamente hacia dos convicciones básicas que impulsan a quienes prestan servicio a la Iglesia.

La primera de ellas quedó expresada en forma muy acertada en las palabras de uno de mis amigos predilectos. Dejadme que os las repita:

“Se pueden contar las semillas de una manzana pero no se pueden contar las manzanas que hay en una semilla.”

“. . . El valor de las almas es grande en la vista de Dios.” El valor del individuo es grande a los ojos de Dios, y también lo son las vidas de aquellos que aman a Dios y tratan de expresar dicho amor sirviendo con cariño a sus hijos. La obra y gloria de nuestro Padre Celestial, es, como muchas veces lo hemos oído, “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. El plan de Dios tiene como propósito la exaltación del hombre concediéndole la oportunidad de crear junto con su Padre dándole una visión de su grandioso origen y herencia, sus posibilidades, propósitos y responsabilidades.

La Iglesia es la encarnación institucional del evangelio, la organización mediante la cual pueden experimentarse y expresarse en las vidas de los hijos de Dios el “plan de redención”, el “plan de gracia” y “el plan de felicidad”.

El sacerdocio es el poder mediante el cual Dios y sus hijos dirigen espiritualmente todas estas cosas —el evangelio, la Iglesia, el sacerdocio—las cuales son para bendecir al hombre y llevar a cabo el propósito que Dios tiene para él.

La tierra fue hecha para el hombre. “He aquí, el Señor ha creado la tierra para que sea habitada; y ha creado a sus hijos para que la posean.” (1 Nefi 17:36.)

El individuo, entonces, es el foco del programa y obra de la Iglesia. Su propósito principal es la exaltación individual, no la expansión institucional. El alcance de esta idea es claro:

Se pueden contar las semillas de una manzana; pero no se pueden contar las manzanas que hay en una semilla.”

Cada hijo elegido de Dios es un eslabón en una cadena que abarca desde el pasado hasta el futuro. En la selecta juventud de la Iglesia están las semillas del futuro. Cada uno de ellos, incluyendo los adultos tienen un valor incalculable. Ninguno será relegado, eliminado, ni descuidado ni dejado sin el cuidado consciente de los devotos hermanos, hermanas y dirigentes del reino de Dios.

Esto nos conduce a la segunda conclusión básica en que he estado pensando: Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad grande y solemne hacia los otros hijos de Dios y la capacidad para influir sana y favorablemente para su bien, si así lo desea. Todos somos hermanos y tenemos una responsabilidad especial hacia nuestra familia y las personas cuyos caminos crucemos y podamos influenciar con nuestro amor, como miembros de la Iglesia y trabajando en las varias organizaciones de la misma.

La organización de la Iglesia proporciona a todo individuo, viejo o joven, en cualquier etapa de su vida, el apoyo de amistades firmes y de los directores de la misma. Desde su niñez y durante toda su vida, todo individuo debe contar con la amistad y preocupación sincera de su obispo y sus consejeros, de las organizaciones auxiliares y del sacerdocio de la Iglesia, de su familia, amigos y vecinos, todos ellos impulsados y unidos por la inspiración del Señor y su Iglesia. Cada persona, durante toda su vida, recibirá el beneficio del programa que incluye la preocupación constante de los maestros orientadores quienes son asignados para cumplir una tarea especial de interés y ayuda.

Como paso preliminar para la inminente organización de la Iglesia en 1830, el Señor reveló por medio del profeta José Smith, que sus representantes que poseyeran el sacerdocio debían visitar los hogares de los miembros de la Iglesia, “exhortándolos a orar vocalmente y en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares . . , velar siempre por los de la iglesia, y estar con ellos, y fortalecerlos; y ver que no haya iniquidad en la iglesia, ni dureza entre uno y otro, ni mentiras, ni calumnias, ni mal decir; y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y que todos cumplan con sus deberes. Deben,. . . amonestar, exponer, exhortar, y enseñar, e incitar a todos a venir a Cristo”. (D. y C. 20:51-59)

Como en la Iglesia antigua, los miembros de la Iglesia deben “hacer memoria dé ellos y ser nutridos por la buena palabra de Dios para guardarlos en el recto camino y hacerlos atender a sus oraciones sin cesar confiando solamente en los méritos de Cristo que era el autor y consumador de su fe y que se reúnan a menudo para ayunar y orar, y para hablar unos con otros concerniente al bienestar de sus almas”. (Moroni 6:4-5.)

El Señor dijo a toda persona que desempeñe un cargo o asignación en la Iglesia, y que tenga la responsabilidad especial de administrar y preocuparse de la vida de los demás: “Por tanto, ocupe cada hombre su propio oficio, y trabaje en su propio llamamiento; y no diga la cabeza a los pies que no tiene necesidad de ellos; porque sin los pies, ¿cómo podrá levantarse el cuerpo? También el cuerpo tiene necesidad de cada miembro, para que todos se edifiquen juntamente, para que el sistema se conserve perfecto.” (D. y C. 84:109-110.)

Permitidme que os ilustre la gran importancia de nuestra responsabilidad hacia nuestros semejantes en esta tarea especial asignada por el Señor, de que seamos guardianes de su reino.

En una estaca de la Iglesia, en un país extranjero, una encantadora jovencita dejó su hogar y se mudó a otra ciudad donde consiguió un empleo. Estaba separada de su familia, de sus amigos y de la Iglesia y sus cordiales relaciones. No se molestó en buscar la Iglesia en la ciudad donde fue, y le pareció cómodo por un tiempo, evitar las consabidas relaciones con los miembros de la Iglesia. Entabló amistades en la nueva ciudad, aunque no eran la misma clase de personas con que se asociaba en su ciudad natal. Gradualmente comenzó a verse envuelta en una nueva clase de vida y una conducta también distinta. No cometió errores serios, pero empezó a vivir de un modo que no complacería a sus padres; y que no correspondía a sus costumbres anteriores.

Llegó así una noche en que, vestida con prendas que antes la hubieran avergonzado, y elaborando en su mente quizá una conducta que nunca antes hubiera considerado, esperó la llegada de algunos de sus nuevos amigos. Eran éstas una hora y una noche críticas en su vida y lo sabía. Cuando alguien llamó a la puerta y la joven contestó, se sorprendió mucho al ver que no eran las personas que ella esperaba sino tres personas mayores que no conocía. Se identificaron como el obispo, uno de sus consejeros y la presidenta de la mutual. El obispo había recibido una carta del obispo del lugar donde la joven residía anteriormente notificándole la dirección y las circunstancias en que la joven se encontraba en la nueva ciudad. El obispo y sus acompañantes habían venido a verla para ofrecerle su amistad y su ayuda, y para invitarla a que participara en las actividades de la Iglesia en el lugar. Mientras hablaba con ellos se sintió avergonzada de sus ropas, y apesadumbrada por las actividades en que estaba interviniendo. Lloró, se alegró y respondió agradecida a las invitaciones del obispo y sus colaboradores. Las actividades que tenía planeadas para esa noche nunca se llevaron a cabo. Hizo muy buena amistad con personas de su misma fe. Comenzó a asistir asiduamente a la Iglesia y aprovechó las oportunidades sanas y alegres que ésta le ofrecía.

En otra ciudad, hace ya tiempo suficiente como para poder narrarlo sin peligro de que alguien reconozca a las personas involucradas, supe de otra historia diferente.

Vamos a usar el nombre Juana para referirnos a otra dulce y joven señorita que salió de su casa para irse a trabajar a una ciudad cercana. Tenía grandes deseos de ingresar a una universidad de la Iglesia y tenía que ahorrar el dinero necesario para llevar a cabo su ambición. No pudo conseguir trabajo en la ciudad y a medida que el tiempo pasaba su desesperación iba en aumento, y así después de ciertos incidentes, Juana cayó bajo la influencia de una persona que se aprovechó de su soledad, juventud e inexperiencia, y la condujo a la inmoralidad.

La experiencia fue espantosa para Juana y volvió a su hogar con el corazón destrozado a contarle su tragedia a su mamá y luego de un tiempo también a su obispo.

Hubo consejos y compasión, amonestación y orientación, oraciones y bendiciones. La hija se fue nuevamente para ajustarse a su nueva vida y aprender el dolor del remordimiento de conciencia y las bendiciones de la gratitud por la bondad de Dios y el don de su Hijo Amado. Juana aprendió el dolor de la desobediencia, y había comenzado a aprender la dulzura de la aceptación verdadera de la gracia y el amor de Dios.

Luego tuvo que recurrir nuevamente a recibir consejo del obispo, y al decirle que como consecuencia de su mal paso, estaba esperando un niño. La situación era ahora diferente y requería consejos adicionales y un gran esfuerzo para enfrentarse a la situación. Se pensó en primer lugar en al programa de la Sociedad de Socorro que provee de ayuda en estos casos, se consideraron muchas otras cosas, pero Juana tuvo la palabra final cuando dijo que se quedaría en su pequeño pueblo natal a esperar el nacimiento de su hijo. Se trató de disuadirla, en vista de la gravedad del problema, pero Juana afirmó su decisión diciendo que su madre viuda estaba enferma y que la necesitaba.

En la próxima reunión de testimonios, Juana se puso de pie y explicó su situación. Reconoció su falta y pidió a la gente que la perdonara. Les dijo: “Quiero atravesar las calles de este pueblo sabiendo que ustedes están enterados, que me compadecen y que me perdonan. Si no me pueden perdonar, por favor no culpen a mi madre, el Señor sabe que me enseñó todo lo bueno, y por favor, no lo tomen contra mi futuro bebé. No es culpa del niño.” Expresó su gratitud por el testimonio que tan amargamente había conseguido de la importancia de la misión salvadora de Jesucristo y luego se sentó. El hombre que me contó la historia me narró la reacción de la congregación. Muchos ojos estaban llenos de lágrimas y los corazones se humillaron. “No hubo nadie que la apedreara—nos dijo—sino que todos estábamos llenos de compasión y amor, y me di cuenta que en mi interior deseaba que el obispo se pusiera de pie concluyera la reunión y nos dejara ir con esta sensación de aprecio y gratitud hacia Dios.”

El obispo se puso de pie pero no dio por terminada la reunión. Por el contrario, dijo: “Mis hermanos, la historia de Juana nos ha llegado al corazón y nos ha entristecido a todos. Valerosa y humildemente ha aceptado su responsabilidad. Esta joven, en verdad ha puesto una lista de pecadores ante nuestros ojos, con solamente su nombre escrito en ella. Honradamente no puedo dejarlo solo. Por lo menos es necesario agregar otro nombre a la lista— el nombre de alguien que es en parte responsable por esta desgracia, a pesar de que estaba lejos del lugar donde sucedió. Su nombre les es muy familiar. Es el nombre de vuestro obispo. Se dan cuenta, dijo, que si yo hubiera cumplido plenamente con mis obligaciones y aceptado la oportunidad de dirigir realmente, quizá hubiera podido evitar esta tragedia.”

El obispo contó entonces la conversación que había tenido con Juana y su mamá antes que partiera para la ciudad, dijo que había hablado con algunos de sus ayudantes y también con su esposa acerca de su preocupación por el bienestar de la jovencita en la gran ciudad. Se preocupaba especialmente por su falta de experiencia y su soledad. Había hablado también con el Señor al respecto.

“Pero el problema—dijo—es que no hice nada. No escribí una carta al obispo en la ciudad, no se me ocurrió llamar por teléfono ni me molesté en manejar hasta la gran ciudad que quedaba a varios kilómetros. Deseé y oré porque Juana estuviera bien en la ciudad. No sé qué pude haber hecho, pero, tengo la sensación de que si yo hubiera sido la clase de obispo que debí ser, esto hubiera podido evitarse.”

“Queridos hermanos—agregó—no sé por cuanto tiempo voy a ser obispo de este barrio, pero mientras esté aquí, voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que esto no vuelva a suceder a una de mis ovejas.”

El obispo se sentó llorando. Uno de sus consejeros se puso de pie y dijo: “Tengo un enorme aprecio por el obispo, es una de las personas más consideradas que jamás he conocido. No puedo dejar su nombre solo en la lista sin agregar el mío. Tal como el obispo dijo—agregó—habló con sus colaboradores. Sí, habló conmigo el respecto, pensando que como por cuestiones de negocios yo viajo ocasionalmente a la gran ciudad, quizá podría informarme de la situación de Juana. Y yo tampoco hice nada. No sé qué hubiera sucedido si yo hubiera hecho lo que pensé en principio, pero tengo el presentimiento de que no hubiera acontecido esta desgracia.”

“Hermanos—agregó—no sé por cuanto tiempo estaré trabajando en el obispado, pero mientras lo haga esto no sucederá nuevamente a ninguna de mis ovejas.”

La hermana presidenta de la Mutual, se puso de pie y contó una historia similar. El consejero del obispado, encargado de supervisar esta organización auxiliar había hablado con ella. En principio se había preocupado, pero no había hecho absolutamente nada. Y agregó así su nombre a la lista.

El último testigo fue un anciano que se puso de pie y agregó su nombre y el de su compañero a la lista—eran los maestros orientadores. Hizo notar que eran los encargados de visitar la casa donde Juana y su mamá vivían y que habían faltado a algunas visitas y no habían hecho todo el esfuerzo que como maestros orientadores debían haber hecho.

“No sé por cuanto tiempo voy a ser maestro orientador—dijo el anciano—pero mientras lo sea, les prometo que no dejaré pasar ni una sola casa y que trataré de ser la clase de maestro que el Señor desea que seamos.”

Así terminó la reunión, y el hombre que me contó este suceso, me dijo: “Hermano Hanks, creo firmemente que no podríamos haber tenido una explicación más clara de la importancia de los oficiales y los oficios de la Iglesia si el Señor mismo hubiera bajado a explicárnoslos. Creo que aunque el mismo Pablo hubiera venido en persona y repetido las palabras que dijera a los Corintios—’Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios;. . . que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular’—no hubiéramos entendido el punto más claramente.”

Hace algunos años, el hermano Joseph Anderson y yo tuvimos el privilegio de viajar con el presidente J. Reuben Clark a una solemne asamblea en St. George. En el camino les relaté esta historia, ya que recién había sucedido. Pensó por largo rato y luego, con lágrimas en los ojos, dijo “Hermano Hanks, ésta es la historia más significativa que jamás he escuchado, para ilustrar la gran importancia de cumplir con nuestras obligaciones en la Iglesia. Cuando haya pensado lo suficiente acerca de la misma, cuéntela a los demás”.

He pensado mucho acerca de esta historia. Creo firmemente que ilustra en todo su poder y humildad los propósitos del Señor al establecer su reino y permitirnos gozar de las bendiciones del servicio individual. Quise compartirla hoy con vosotros y ruego que logréis entender su alcance. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a Nuestra responsabilidad

  1. Anónimo dijo:

    Tremenda enseñanza…debemos cumplir al 101%.

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