El hogar y la unidad familiar

Conferencia General Octubre 1966

El hogar y la unidad familiar

Presidente Hugh B. Brown
de la Primera Presidencia


Un artículo aparecido anoche en el diario Deseret News, me sugirió un tema para esta mañana. Se refiere al hogar y la familia, donde padres e hijos viven juntos en una íntima relación, donde trabajan y se divierten juntos, cantan y oran en compañía y ocasionalmente lloran unos en brazos de otros.

El periodista escribía:

“Un hogar estable, en el cual la instrucción religiosa tenga importancia fundamental, es la verdadera solución a la delincuencia juvenil. Es ésta la opinión de estudiosos que han analizado las causas de la delincuencia y la manera de prevenirla. Dicen que tanto los padres como los hijos deben aprender a vivir en conjunto como familia: su hogar debe girar alrededor de Dios, y debe estar asociado con una Iglesia que provea a su juventud con un buen programa tendiente a edificar sus personalidades.”

Cuando Dios creó u organizó los cielos y la tierra, de acuerdo con la ley eterna, colocó al hombre sobre ella, pero viendo que no era bueno que el hombre estuviera solo, lo proveyó de una ayuda idónea. En Génesis 2:23-24, leemos: “Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona. . . Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer…”

De acuerdo a esta escritura, podemos ver que Dios instituyó el matrimonio desde el comienzo, Creó al ser- humano, varón y hembra, a su propia imagen y semejanza y decidió que juntos estarían unidos por los sagrados lazos del matrimonio, y declaró que el uno no podría perfeccionarse sin el otro.

El matrimonio, la familia y el hogar, se encuentran entre los temas más importantes de la doctrina teológica, y siendo que la familia es la unidad básica y fundamental en la Iglesia y en la sociedad, su preservación y sus justas necesidades deben ocupar un lugar primordial entre todos los otros intereses.

La familia puede definirse como un grupo de personas de varias edades, unidas por acuerdos y convenios, que viven juntos en una relación íntima. En tal asociación, los niños aprenden que hay cosas buenas y cosas malas, y van pasando de un estado a otro, comenzando con la confianza, habilidad, afecto, comprensión y responsabilidad, es decir van formando su personalidad. Una familia es un proyecto de vida en grupo, en el cual lo que se puede o no se puede hacer, se inculca mediante el precepto, el ejemplo y la práctica. El propósito de esta vida, en realidad el propósito de la existencia, es que el hombre se desarrolle para ser más y más como su Hacedor. No detraemos todos los atributos que el cristianismo ortodoxo atribuye al Creador, por el contrario, lo adoramos como un Dios personal que es todopoderoso, omnisapiente y perfecto.

Debemos señalar además, que, como sus hijos, somos la única de sus creaciones que ha sido bendecida con su imagen, de lo que se deduce que siguiendo la divina ley de que “una especie engendra a su misma especie”, nuestro progreso en la eternidad, será ilimitado.

Tomamos seria y literalmente el mandato del Salvador de que debemos ser perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto. La institución esencial para obtener esta perfección, necesaria para permitirnos volver a la presencia de nuestro Padre y ser felices allí, es la unidad familiar eterna.

En los padres yace la responsabilidad de enseñar la verdad inexpugnable, de que no hay ningún principio que se pueda observar más ampliamente en la naturaleza y que pueda aplicarse más firmemente, desde el infinitésimo electrón hasta las incomprensibles galaxias del espacio, que el que declara: “la ley impera al igual que la libertad”.

Las palabras “libertad” y “derechos” tienen un sonido mágico en los oídos de los jóvenes, quienes muy a menudo lo traducen como “auto indulgencia” y “autocomplacencia”.

El momento de comenzar a enderezarlos, es antes de que el impacto de la personalidad en formación, haya creado hábitos en los niños, que algún día deberán ser eliminados, ya sea por autodisciplina o por la disciplina de la ley.

El juez encargado de la Suprema Corte de Justicia de Ontario, Ganada, dijo recientemente que los violentos crímenes juveniles no se reflejan en la juventud en sí, sino que muestran la manera en que la población adulta se está desentendiendo de sus responsabilidades. El alcaide de una de nuestras prisiones más grandes, dijo: “Esta institución está llena de ex-niños consentidos.”

Hoy no quiero referirme mucho a la delincuencia juvenil, sino que me concentraré en aquellos que son primordialmente responsables por la misma. Los grupos que más problemas nos están creando, son en su mayoría, el producto de hogares indisciplinados y padres irresponsables. El problema se origina en el hogar y allí es donde deberá corregirse.

Es obvio que es mejor prevenir que la delincuencia crezca, que tener que recurrir a la ley para curar sus efectos. Deseo citarles una carta enviada recientemente por el Royal Bank de Canadá, sobre este importante asunto:

“La gente joven de hoy día ha vivido, desde la infancia, en un mundo de tumulto. La incertidumbre hace presa de ellos al ver a los adultos inclinarse hacia la violencia y la destrucción. La llamada civilización, avanza tan rápidamente que la disposición e instintos del hombre no se han podido conservar. Las batallas ideológicas inundan el mundo político. Además, tanto el hombre como la mujer, tanto el niño como la niña, deben enfrentarse a los problemas profundos e individuales de la vida y la relación vital entre padres e hijos.”

Los jóvenes necesitan reglas que los guíen y normas por las que puedan juzgarse a sí mismos. Cuando los principios básicos se emiten de manera tranquila pero firme, y se vive de acuerdo a ellos, el hogar está tomando su lugar justo y eminente en la preparación de los niños para la vida. La prueba final no es ver cuán dóciles son los jóvenes frente a la compulsión de la ley, sino ver a qué grado se les puede enseñar a obedecer las leyes propias en beneficio de la solidaridad familiar.

Ha llegado el tiempo de dejar de lado las minuciosidades del diario vivir y poner en su lugar las cualidades inmortales de la honradez, integridad, generosidad pureza de pensamientos y de acciones, y respeto por la ley. El niño, con su corta perspectiva, todo lo tiene por delante, y su vida está compuesta por personas que lo alimentan, miman, castigan y a veces lo abandonan. Estas personas son responsables, no sólo por su cuidado inmediato, sino también por todos los años de su vida, porque forman su personalidad al mismo tiempo que nutren y protegen su cuerpo. En una buena familia, el niño crece en una atmósfera de mutuo respeto. Toma parte en actividades sanas, generosas y democráticas y en la naturaleza misma de las cosas, y proyecta todo esto en su futura vida como adulto.

El niño no desea un mundo permisivo de “haz como te plazca”; esto lo confunde y lo hace infeliz. Aspira a estar rodeado por un muro estable en el cual pueda confiar, que delimite su mundo y que le deje un margen de libertad, indicándole claramente hasta dónde puede llegar. Este muro puede ser edificado con cosas tales como respeto a la propiedad y derechos ajenos, respeto a los ancianos y observancia de las reglas que delinean la vida social. Si no se enseñan estas cosas a los niños, se les estará colocando en una posición de desventaja.

Como R. P. Smith dijo: “La razón por la que los muchachos siempre tienen problemas con los policías, es porque éstos son las primeras personas a las que se enfrentan que les dicen “no puedes hacer esto”. Está por demás agregar que los padres que tratan de que sus órdenes sean respetadas, deben estar “limpios de manos” como dice la ley, porque los niños descubren de inmediato la falta de sinceridad.

En la transmisión de ideas y de cultura, en la formación de la personalidad y de las cualidades necesarias en este mundo cambiante, la familia moderna debe ser quien lleve la carga y trace el camino. Deberá reconocer que los niños son más importantes que las cosas; las ideas más preciosas que las murmuraciones; y el valor personal, la piedra fundamental sobre la cual se basan todos los otros valores.

Los padres de hoy día, deben dar a sus hijos ciertos recuerdos que los guíen—recuerdos del amor familiar en el cual se base la justicia, afecto dado generosamente, disciplina tierna pero firmemente aplicada y muestra constante de buen ejemplo. No creemos que la mejor disciplina es la que se desarrolla en la vida monástica, en un desierto o en una cueva, sino en el hogar. Todas las virtudes por las que estamos luchando sólo se pueden obtener dentro de la sociedad, y se obtendrán mejor aún dentro de la célula que forma dicha sociedad, o sea, la unidad familiar.

El Señor instruyó a Adán acerca del propósito del matrimonio, tal como lo leemos en Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla. . .” (Génesis 1:27-28.)

Desde el comienzo, se indicó que el matrimonio es eterno. Esto queda en evidencia por el hecho de que la primera forma de gobierno humano conocido, comenzó con Adán y Eva, quienes, de acuerdo a las Escrituras, fueron unidos por Dios mismo, antes de que existiese la muerte, por lo tanto, las palabras “hasta que la muerte os separe” no hubieran tenido significado alguno. Después de la caída, agregaron hijos a su familia y juntos formaron una unidad eterna.

La organización familiar es patriarcal por naturaleza y fue creada de acuerdo al modelo celestial mismo, tal como lo menciona el apóstol Pablo en Efesios 3:14-15. “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra.” La esencia del gobierno divino es la paternidad y el reconocimiento de la relación familiar.

La misma Iglesia existe para exaltar a la familia, y el concepto de la misma constituye la parte más importante de toda doctrina teológica.

De hecho, nuestro concepto del cielo, es que éste es la proyección del hogar en la eternidad. La salvación, por lo tanto, es esencialmente una cuestión familiar, y la participación completa en aquella sólo puede obtenerse mediante la unidad familiar.

Uno de los primeros mandamientos dados a Adán y Eva fue el de multiplicar y fructificar la tierra y sojuzgarla. Este mandato nunca ha sido cambiado y cuando el padre, la madre, y los hijos son sellados juntos por la misma autoridad divina concedida a Pedro, el matrimonio celestial comienza una familia eterna.

Cristo dijo a Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19.) Todos los que sean fieles a las enseñanzas del evangelio, continuarán unidos como familia hasta llegar al grado más alto en el reino celestial y serán coronados con inmortalidad, vida y progreso eternos.

El presidente Lorenzo Snow dio una idea de lo que el matrimonio eterno significa, cuando dijo:

“Un hombre y una mujer, en la otra vida, tendrán cuerpos celestiales, libres de toda enfermedad, glorificados y embellecidos de manera indescriptible, permanecerán en medio de su posteridad, gobernándola y controlándola, administrando vida, exaltación y gloria en un mundo sin fin.”

Y el presidente Joseph F. Smith nos ha dicho: “La fundación misma del reino de Dios, de la justicia, el progreso, el desarrollo, la vida eterna y el progreso sin fin, yacen en el hogar ordenado divinamente.”

Desde el principio, los directores de la Iglesia, han enseñado la fe en nuestro Señor Jesucristo, y lo reconocemos como nuestro Salvador y Redentor. Es nuestra obligación enseñar esto a nuestros hijos, enseñarles el respeto a los semejantes, a los mayores, a los maestros; hacer que respeten a los ancianos, veneren a sus padres y ayuden a todos los indefensos y necesitados; enseñarles a honrar a todos los que presidan en la Iglesia o el gobierno; inculcarles que deben honrar las leyes de Dios y ser leales a su país, leales a los principios de justicia y ya que son hijos de Dios, debemos enseñarles a ser leales a la “sangre real” que hay en ellos.

Las acciones y reacciones de la vida familiar borrarán de nuestra personalidad las características antisociales que nos impedirán actuar como parte de la sociedad. Tal asociación no se puede lograr en ningún otro lugar. En verdad, este proceso de pulimento, se cumple perfectamente en el seno de la vida familiar.

El presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, hablando en la Universidad de Howard el año pasado, nos advirtió que la raíz de la mayoría de los males sociales que están atacando a nuestro país, es el desmoronamiento de la unidad familiar entre grupos muy importantes dentro de nuestra nación.

Repetimos que el matrimonio y la familia son las unidades básicas y fundamentales de nuestra sociedad. El Dr. Paul C. Glick, el experto en matrimonio de la Oficina de Censos, declara: “Cuanto más estudio el tema, más evidente se me hace que el matrimonio está considerado como el estado más feliz, saludable y deseable de la existencia humana, y sé que lo es. Vivimos más tiempo y de manera más saludable cuando estamos casados. El matrimonio es el eje de nuestras vidas.”

Debemos, sin embargo, asegurarnos que este método de vida contenga los requisitos básicos, y cumpla con el propósito fundamental de la unidad familiar, si queremos que dure por las eternidades. Dentro de la familia, los padres deben hallar el inspirador desafío de lograr y contribuir, o sea, formar un espíritu inmortal, enseñar los principios eternos e inculcar disciplina y obediencia en la mente del niño.

El Dr. Adam S. Bennion indica: “La familia es realmente la institución más importante dentro de nuestra comunidad, y, el hombre que al cerrar su oficina por la noche, tenga en su mente la agradable imagen de un brillante grupo familiar con quien cenará dentro de unas horas, se puede considerar realmente feliz. La creación de lazos familiares es la inversión más beneficiosa que un hombre puede hacer. Y si no me creen, pregunten a quien los posee.”

Las leyes y costumbres representan solamente el aspecto externo o social del matrimonio. Pero éstas no alcanzan la intimidad y profundidad del problema con que la persona individualmente se enfrenta al contraer matrimonio. En poemas, novelas, obras teatrales, libros y biografías famosas en la historia, encontramos que el aspecto psicológico y emocional del matrimonio, ha sido ampliamente analizado en toda época. De estos libros y de miles de historias conocidas, deducimos que el matrimonio en toda época, en toda cultura y en la más amplia variedad de circunstancias, es una de las pruebas más difíciles para el carácter humano.

Consideramos aquí la relación del hombre y la mujer dentro y fuera del matrimonio, y de los padres y los hijos cuando llegan los momentos críticos y las tensiones, como resultado del conflicto entre el amor y la obligación, entre la razón y el apasionamiento, conflicto del cual ninguna persona puede escapar, y que está entre los problemas más grandes a los que debemos enfrentarnos.

Es éste un tema que alcanza a cada hombre, a cada mujer, y a cada niño, tanto psicológica como moralmente. A veces es de carácter trágico pero la mayoría de las veces es feliz y bendecido. Se presenta aquí la oportunidad al hambre y a la mujer, de enfrentarse a una de las responsabilidades más grandes de la vida.

Es de esperar que esta breve y fragmentaria explicación, llame la atención de los miembros de la Iglesia en cuanto a sus responsabilidades como miembros de la unidad familiar, donde tienen la oportunidad de cooperar en la obra grande y continua de nuestro Padre Celestial.

Confiamos que nuestros amigos que están asistiendo a esta conferencia o que la están escuchando por radio o televisión, puedan tener una reseña clara de la doctrina de la Iglesia con respecto al hogar, y al carácter eterno del convenio matrimonial que es parte tan fundamental del evangelio restaurado.

En potencia, el hombre es más valioso a la vista de Dios que todos los planetas y soles del espacio. A pesar de la grandeza incomprensible de la creación física de la tierra y el espacio, han sido creadas como el medio para lograr un fin; son la obra de la mano de Dios, pero el hombre es su hijo. El propósito supremo de la creación, es, en sus propias palabras, “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”.

Ponemos énfasis así en la dignidad del individuo, su importancia en la unidad familiar y en la sociedad, su desarrollo potencial que lo conducirá a un estado similar al de un Dios y eventualmente, su exaltación en el reino celestial. Oramos por la guía divina para alcanzar este fin, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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