Venid a Mí

Conferencia General Abril 1967

Venid a Mí

por Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce


Hacia el este y un poco hacia el sur de donde estamos reunidos, marcando la entrada al valle del Gran Lago Salado, como un centinela señalando el camino, está el monumento “Este es el lugar”. En él se destaca Brigham Young, la espalda vuelta a las tribulaciones, problemas y luchas del largo camino del desierto; su brazo extendido señalando el valle de la preciosa promesa.

La distancia que una vez requirió meses para recorrer, se puede hacer ahora en minutos. Los miles de visitantes que cada año se detienen frente al monumento sienten un escalofrío con el espíritu de la tradición pionera. Tal tradición alcanza su punto máximo el 24 de julio, día de los Pioneros. Una posteridad agradecida deja de lado los afanes de nuestro mundo agitado y reflexiona por un momento sobre los principios eternos que ayudaron a guiar a aquellos pioneros nobles a su tierra prometida.

El primer grupo que llegó, en 1847, organizado y dirigido por Brigham Young, ha sido descrito por los historiadores como una de las grandes hazañas épicas de la historia de los Estados Unidos. Cientos de pioneros mormones sufrieron y murieron por causa de enfermedades, situaciones peligrosas y hambre. Hubo quienes, por falta de carros y animales de tiro, literalmente caminaron los 2.000 kilómetros por las llanuras y montañas empujando y tirando de sus carros de mano. De estos grupos, una de cada seis personas sucumbía.

Para muchos el viaje no comenzó en Nauvoo, Kirtland, el Lejano Oeste o Nueva York, sino en las lejanas Inglaterra, Escocia, Escandinavia o Alemania. Había niñitos que no podían comprender completamente ni entender la fe dinámica que impulsaba a sus padres para dejar sus familias, amigos, comodidades y seguridad. Algún pequeñito habrá preguntado: “Mamá, ¿por qué nos vamos de casa? ¿A dónde vamos?” “Ven pequeño, vamos a Sión, la ciudad de nuestro Dios.”

Entre la seguridad del hogar y la promesa de Sión, se interponían las aguas bravas y traidoras del poderoso Atlántico. ¿Quién puede describir el temor que se apoderó del corazón humano durante esos viajes peligrosos? Impulsados por el susurro silencioso del Espíritu, sostenidos por una fe simple pero estable, confiaron en su Dios y se embarcaron en su jornada. Europa quedaba atrás, América adelante.

A bordo de una de estas naves repletas y crujientes del ayer, vinieron mis bisabuelos, su familia pequeña y contados bienes. Las olas eran bravas, el viaje largo, la cabina estrecha. La pequeña Mary había sido siempre débil, pero ahora con el transcurso de cada día, su ansiosa madre sabía que la pequeña se estaba debilitando cada vez más. Se había enfermado seriamente. No había una farmacia cercana, ni médico de cabecera, ni un hospital moderno, sólo el continuo vaivén de la nave vieja y cansada. Día tras día los padres ansiosamente buscaban tierra, pero no la había. Ahora Mary no podía levantarse. Los labios demasiado débiles para hablar sólo temblaban demostrando silenciosa, pero elocuentemente, asombro y temor. El fin estaba cerca. La pequeña Mary se fue apaciblemente de este valle de lágrimas.

Los familiares y amigos se reunieron en la cubierta mientras el capitán del barco dirigía el servicio y al colocar amorosamente el cuerpecito querido en la lona húmeda por las lágrimas y entregarlo al mar furioso, el padre fuerte, con la voz ahogada por la emoción consoló a la madre llena de dolor, diciendo: ” ‘Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.’ Volveremos a ver a nuestra Mary.”

Tales escenas no eran raras. Lápidas de artemisia y piedra marcan pequeñas tumbas en todo el camino de Nauvoo a Salt Lake City. Ese fue el precio que pagaron los pioneros. Sus cuerpos están sepultados en paz pero sus nombres viven para siempre.

Los bueyes cansados andaban pesadamente, las ruedas de las carretas crujían, los hombres valientes se afanaban, los tambores de guerra resonaban y los coyotes aullaban. Nuestros antepasados, inspirados por la fe y agotados, siguieron adelante. Ellos también tenían su nube de día y el fuego de noche.

Muchas veces cantaron:
Santos venid, sin miedo ni temor,
Mas con gozo andad,
Aunque cruel jornada ésta es,
Tal el mal la bondad . . .
¡Oh está todo bien!

Estos pioneros recordaron las palabras del Señor: “Mi pueblo debe ser probado en todas las cosas, a fin de que esté preparado para recibir la gloria que tengo para él, aun la gloria de Sión.” (D. y C. 136:31.)

Al acercarse la lucha larga y dura a su anhelado fin, un espíritu lleno de alegría colmó cada corazón. Los pies cansados y los cuerpos agotados, de alguna manera recobraron nuevas fuerzas.

Las páginas, casi borradas por el tiempo, de un viejo diario nos hablan conmovedoramente: “Nos arrodillamos en humilde oración al Dios Todopoderoso con los corazones llenos de gratitud y dedicamos esta tierra a Él para el lugar de morada de su pueblo.”

Pero los problemas no habían terminado; las penas y las tribulaciones no habían desaparecido. La señora Rebecca Riter describe la Navidad de 1847 en el Valle del Gran Lago Salado: ”El invierno era crudo. Vino la Navidad y los niños tenían hambre. Había traído un poco de trigo en el viaje y lo había escondido bajo una pila de madera. Pensé que podría cocinar un puñado para el bebé, pero después pensé que lo necesitaría para usarlo como semilla en la primavera, entonces lo dejé donde estaba.”

Las rudas cabañas fueron descritas por un muchachito de esta manera: “En nuestro hogar no había ninguna ventana, tampoco había puerta. Mi madre había colgado una vieja colcha para que nos sirviera de puerta el primer invierno. En este cuarto de 3.60 m. por 4.80 m. teníamos nuestro dormitorio, cuarto, cocina y sala de estar. Cómo nos arreglamos no me lo puedo explicar. Recuerdo que mi madre dijo que ninguna reina puede haber entrado a su palacio con mayor felicidad y orgullosa por el abrigo y las bendiciones del Señor como ella se sentía cuando había entrado en esa cueva.”

Tales eran las pruebas, esfuerzos y aflicciones de días pasados, pero tenían valor y estaban unidos por una fe en el Dios viviente. Las palabras de su director profeta les dio la promesa: “Y éste será nuestro convenio: Andaremos en todas las ordenanzas del Señor.” (D. y C. 136:4)

El paso del tiempo oscurece nuestro recuerdo y disminuye nuestro aprecio por aquellos que han caminado por la senda del dolor, dejando tras de sí un triste camino marcado con sepulturas anónimas. ¿Pero qué pasa con los problemas actuales? ¿Acaso no tenemos caminos pedregosos por los que tenemos que andar: montañas escarpadas que tenemos que escalar; grietas que cruzar; caminos que trazar y ríos que vadear? ¿Existe acaso la necesidad de ese espíritu pionero para guiarnos fuera de los peligros que amenazan envolvernos y guiarnos fuera de la seguridad de Sión? En las dos décadas que han transcurrido desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, las normas morales han ido decayendo continuamente.

En la actualidad tenemos a más personas en la cárcel, reformatorios, libertad condicional o en problemas, como nunca antes lo hemos tenido. De las pequeñas estafas a los grandes robos, de los actos delictuosos más pequeños a los crímenes de pasión, las cifras son cada vez mayores y siguen aumentando. ¡El crimen se eleva como espiral de humo, la decencia tiene cada vez menos valor! Muchos son los que se encuentran en un tren gigante que los conduce a la destrucción buscando los placeres del momento mientras sacrifican los gozos de la eternidad. Conquistamos el espacio, pero no podemos controlarnos a nosotros mismos y de esa manera perdemos la paz.

¿Podemos de alguna manera lograr el valor, el propósito estable que caracterizaba a los pioneros de la generación pasada? ¿Podemos en verdad ser pioneros en la actualidad? El diccionario define a un pionero como la “Persona que prepara el camino a otras.” El mundo tiene una gran necesidad de esta clase de pioneros.

Muchas veces nos olvidamos cómo los griegos y los romanos prevalecieron magníficamente en un mundo barbárico y cómo ese triunfo terminó; cuando se volvieron flojos y débiles llegó su ruina. A pesar de que deseaban la libertad, más deseaban la seguridad y una vida holgada; y lo perdieron todo —la seguridad, la vida holgada y la libertad. En la confusión del mundo moderno, las personas sinceras en su búsqueda se preguntan a sí mismas: “¿A quién deberé escuchar? ¿A quién seguir? ¿A quién serviré?”

En la actualidad, la contienda crónica aun penetra el dominio personal del Príncipe de Paz. La contención florece en donde dijo aquel que declaró: “. . . el espíritu de contención no es mío, sino del diablo. . .” (3 Nefi 11:29.) Sin embargo, cuando tenemos oídos que realmente escuchan, tendremos presente el eco del pasado de Capemaum. Allí una gran multitud se reunió alrededor de Jesús llevándoles a los enfermos para ser sanados; un paralítico levantó su cama y caminó y la fe de un centurión romano restauró la salud de su siervo.

Muchos nos alejamos de nuestro Hermano mayor que dijo: “yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” y seguimos al padre del pecado quien nos guiará a la senda de nuestra propia destrucción. Astutamente se dirige a la juventud con problemas en tonos tentadores: “Sólo esta vez no tiene importancia”, “todo el mundo lo hace”, “no seas anticuado.”

Gracias a Dios por el espíritu expresado por el joven que vio claramente el engaño de Satanás y dijo audazmente: “Soy lo suficientemente anticuado como para creer en Dios, para creer en la dignidad y el potencial de su creación, el hombre, y no soy idealista sino realista, como para saber que no soy el único que siente de esta manera.”

El presidente David O. McKay recientemente pagó un gran tributo a la juventud fiel cuando dijo: “Nunca ha habido una oportunidad en la que hayamos tenido más motivos para estar orgullosos de nuestros jóvenes como en el presente.”

Las ansiedades del alma insatisfecha no podrán nunca encontrar el gozo que buscan entre las emociones de los sentidos y el vicio. El vicio nunca guía a la virtud. El odio nunca se dirige al amor. La cobardía nunca refleja el valor. La duda nunca inspira la fe.

No es difícil soportar las burlas de los tontos que ridiculizan la castidad, honestidad y obediencia a los mandamientos de Dios. El mundo ha restado importancia a la adhesión a los buenos principios. Los tiempos cambian, las prácticas persisten. Cuando Noé recibió la orden de edificar el arca, la gente del pueblo miró al cielo sin nubes y se mofó y burló— hasta que vinieron las lluvias.

Hace varios siglos la gente en el hemisferio occidental dudó, disputó y desobedeció hasta que el fuego consumió a Zarahemla, la tierra cubrió a Moroníah y las aguas cubrieron a la tierra de Moroni. Ya no existían más la burla, mofa, el lenguaje bajo y el pecado. Habían sido reemplazados por silencio tenebroso—densa oscuridad. La paciencia de Dios se había acabado y su plan se había cumplido.

¿Tenemos que aprender estas lecciones costosas una y otra vez? Cuando fallamos en beneficiarnos de las experiencias del pasado, estamos sentenciados a repetir los mismos errores con todo el dolor, sufrimiento y angustia. ¿Acaso no tenemos la sabiduría para obedecer a aquel que designó el plan de salvación—en vez de seguir a la serpiente que desprecia su belleza?

¿Podemos dejar de seguir al Príncipe de Paz, el pionero que literalmente nos ha preparado el camino? Su plan divino puede salvarnos del pecado, complacencia y error. Su ejemplo nos señala el camino. Cuando se enfrentó con la tentación, la rechazó; cuando se le ofreció el mundo, no lo aceptó; cuando se le pidió la vida, la entregó.

“‘Venid a mí’, mandó Jesús;
“Andemos en divina luz;
“Porque así nos dijo él:
“‘Amad a Dios, y sedle fiel.’
“‘Seguidme hoy’, nos llama ya;
“El gran pastor consuelo da,
“A los de limpio corazón,
“La paz será su galardón.”

Este es el momento. Este es el lugar. Que podamos seguirlo lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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