La inmortalidad del hombre

Conferencia General Abril 1967

La inmortalidad del hombre

por el presidente Hugh B. Brown


Hermanos: Uso este saludo a pesar del hecho de que nuestra audiencia esta mañana se compone de personas de muchos países, muchas lenguas y muchos credos. Todos somos hijos del mismo Dios y por lo tanto todos somos hermanos. Quisiera expresar mi testimonio de que Jesús de Nazaret es el Salvador y el Redentor del mundo y de que el alma es inmortal.

En verdad, las recientes e intensas experiencias nos han recordado a algunos de nosotros que la piedra fundamental de toda religión, está entrelazada con las ideas de la vida después de la muerte, la inmortalidad del alma y la relación del hombre con Dios.

Tarde o temprano las vicisitudes de la vida hacen que cada uno de nosotros se aferré a las cosas importantes, dándonos así una razón para volver a evaluar nuestras convicciones y volver a examinar nuestra fe en ese aspecto esencialmente espiritual de nuestra religión. Cada uno de nosotros, dejando de lado el color, credo o nacionalidad, tiene una cita con esa experiencia que llamamos muerte.

La pregunta sobre la inmortalidad del alma es la más persistente y universal de todas las dudas. En todas las edades ha atraído la atención de cultos e incultos, religiosos y ateos, ricos y pobres. No hay otro tema que tan íntimamente concierna al bienestar humano y su felicidad.

La creencia de que el camino de la vida emerge en una ancha carretera que conduce a un hogar más hermoso y una vida más fructífera que la que se puede experimentar en la mortalidad, ha sido la inspiración de las grandes almas de todas las edades.

Esta creencia, más antigua que las pirámides, anterior a los primeros registros de las ideas del hombre, ha sido firmemente establecida en la mente y la conciencia de la raza humana.

Hay una marcada unanimidad en el tema entre los líderes del pensamiento en todas las épocas, dejando de lado sus creencias en cuanto a otros puntos de la religión. Esta creencia casi universal, da esperanza, fe, y fortaleza a medida que nos acercamos al punto en que nos uniremos a esa interminable caravana, y tomaremos nuestro lugar en los sagrados salones de la muerte.

La revelación es verdad que se despliega ya sea en un tubo de ensayo, la mente humana o un mensaje del Creador. Es el infinito que se hace conocido. La muerte no extingue la luz al apagar la lámpara, porque el amanecer ya ha comenzado; la noche nunca tiene la última palabra, al alba es irresistible.

Tanto la religión como la ciencia nos enseñan que nada es aniquilado; las formas cambian, los moldes se alteran, y nosotros no tratamos siquiera de anticipar los detalles, pero es falto de razón declarar que una ley que opera en todos los demás aspectos de la vida, cesa de operar sólo en la forma más elevada y noble de la vida: la personalidad humana. El espíritu humano rehúsa extinguirse; se niega a creer que el que parte se desvanece como la llama de una vela que se ha consumido. Nunca ha habido una época en la que la esperanza de la vida, inmortal y eterna no haya flameado brillantemente.

En este mundo de indestructibilidad cada uno de nosotros es una unidad de energía eterna que no ocupa espacio. ¿No es entonces absurdo creer que el electrón infinitesimal es más importante, en el plan del universo, que la conciencia creativa que soy yo?

Si hay valores permanentes en el universo, es lógico que TAMBIÉN lo sean la compasión humana, el amor, el servicio entre la humanidad, la intelectualidad y la espiritualidad—las cualidades más sublimes y nobles que la mente humana puede concebir—cualidades que han sido producidas con un tremendo costo y sacrificio.

El hecho de que el Salvador conquistó la muerte después de haber tomado sobre sí la mortalidad, nos da la seguridad divina de que nuestros espíritus también exceden la muerte y que nuestros seres queridos que ya se han ido, aún viven.

Nuestros espíritus son divinos porque son los descendientes de Dios—por lo que no pueden ser tocados por la muerte.

Fue este importante pensamiento lo que motivó la inspirada expresión de Pablo:

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55.)

Poco a poco estamos comenzando a discernir el hecho de que el mundo real es el mundo espiritual, y que una civilización espiritual debe surgir de las ruinas de la antigüedad si el hombre desea mantener su lugar en el universo.

La vida es el poder absoluto que todo lo rige y nunca puede cesar, el hombre no tiene él poder necesario para destruir la vida. Nuestro mundo es un lugar interesante, hermoso, maravilloso, y cuya inteligibilidad va en aumento, y en muchos aspectos, un hogar deleitable, pero la pregunta no puede reprimirse, ¿tiene acaso un significado más allá de lo que se ve y es temporal? ¿Podemos imaginarnos algo que conecte lo anterior a la vida, lo mortal y lo post mortal?

El ansia más grande del hombre, es la vida—vida armoniosa y eterna. En algún tiempo y en algún lugar, la naturaleza provee el cumplimiento total de todas las ansias del hombre. El deseo de la inmortalidad es el ansia suprema, el ansia eterna.

Cuando consulto mi subconsciente encuentro un sentimiento instintivo y arraigado de antigüedad inmensurable—un eco de tiempos inmemoriales, al igual que un sentimiento de necesidad interminable. La lógica del razonamiento no puede desvanecer estos sentimientos. No he sido yo quien los ha puesto en mi mente; los encontré allí cuando crecí lo suficiente como para analizar mis pensamientos.

A pesar de las dudas periódicas y de las críticas, ahí han quedado. Si nosotros creemos en el origen divino del hombre, debemos llegar a la conclusión de que la humanidad tiene una misión que no puede estar limitada a la mortalidad; de que este poder tiene un propósito divino que no puede ser usado en su totalidad ni utilizado durante la vida terrenal; de que toda facultad tiene una función aun cuando algunas de ellas no están en evidencia en nuestro ambiente terrenal.

Todos nosotros algún día nos enfrentaremos a la pregunta de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” En otras palabras, ¿es la muerte del cuerpo el fin de la existencia humana? ¿Qué sucede con el alma, con el propio yo—esa cosa intangible pero de esencia real, que llamamos personalidad? ¿Se desvanece en la nada?

El ansia de la humanidad por la inmortalidad es instintiva y como todos los otros instintos normales está arraigado en la estructura de su mismo ser. El espíritu humano, debido a su naturaleza, tiene una verdadera pasión por la vida—la vida continua. Lleva la eternidad estampada en su constitución íntima y refleja, en sus esperanzas y sueños, lo que es la eternidad.

Con los tremendos adelantos que la ciencia está efectuando en nuestros días, hay un alba en esta edad que podría definirse como espiritualidad científica—un nuevo tipo de mente que estudia las verdades de la fe con el cuidado, la precaución y el candor de la ciencia, pero manteniendo el calor, el brillo y el poder de la fe.

La fuerza espiritual es tan real como la científica. En verdad, no es sino una elevada manifestación de lo mismo. Los santos, al igual que los científicos han testificado sobre la verdad de la realidad. Uno puede conceptuar su conocimiento como revelación, y el otro como conclusiones intelectuales, pero en ambos casos es la misma comprensión—la convicción de la realidad.

Lo que más impresiona en las enseñanzas de Jesús, es el hecho de que nunca discutía. Manifestó la sublime verdad de la inmortalidad del hombre, como si fuera un hecho elemental que no necesita argumentarse para justificar su aceptación.

El hombre en su estado mortal no es un ser completo ni perfecto. La vida mortal es en cambio un estado pre-natal, esperando el verdadero nacimiento.

Como Franldin dijo con tanta razón: “La vida es en verdad un estado embrionario, la preparación para la vida. El hombre no ha nacido por completo hasta que ha pasado por la muerte.”

Aun los mejores hombres, cuando llegan al fin de sus días, sienten un profundo sentimiento de que no han completado su misión ya que no han logrado hacer lo que soñaron y resolvieron.

¿No es acaso ésta una confirmación de que hay aún un designio a llevarse a cabo?

La mente del hombre nunca está satisfecha con sus logros; parece estar edificada sobre una escala que sólo la vida eterna puede satisfacer.

Quizá esto es lo que Browning quiso decir en sus palabras: “Las aspiraciones de un hombre deben ir más allá de su alcance, porque de no ser así, ¿para qué existe un cielo?”

Debe de haber, y sin lugar a dudas habrá nuevas condiciones, nuevas leyes, nuevos métodos, pero el alma tendrá aún sus facultades intactas, de hecho, aumentadas y aclaradas para proseguir su búsqueda de la verdad.

Ningún cambio del cuerpo, ninguna vicisitud terrenal afecta la integridad y permanencia del ser. El espíritu no envejece con el cuerpo, ni tampoco perece con él. Es una emanación divina de realidad y como tal debe persistir siempre. El ser, en su naturaleza íntima, trasciende la mortalidad.

Víctor Hugo nos dejó una desafiante reflexión no mucho tiempo antes de morir. Nos dijo: “Cuanto más me aproximo al fin del camino, escucho a mi alrededor la invitación de la sinfonía inmortal del mundo. Es maravillosa y a su vez sencilla. Durante medio siglo he estado escribiendo mis pensamientos en prosa y verso—historia, filosofía, drama, romance, tradición, sátira, odas y cantos—todo lo he tratado. Pero siento que no he dicho la milésima parte de lo que hay en mí. Cuando vaya a la tumba, podré decir como muchos otros: ‘He terminado mis días de trabajo’, pero no podré decir, ‘He terminado mi vida de trabajo’. Mi día de trabajo comenzará otra vez a la mañana siguiente. La tumba no es un callejón oscuro, sino que es una carretera abierta. Se cierra con el ocaso, se abre con el amanecer. Mi labor apenas comienza; mi obra abarca sólo un poco más del cimiento. Puedo ver alegremente que se amontonará eternamente. La sed por lo infinito es una prueba del mismo.”

Cuando los once HOMBRES repentinamente tristes se dieron cuenta de que Jesús estaba entre ellos —el mismo Jesús que unas horas antes había sido azotado y desgarrado en la montaña—ellos, como Lucas, “de gozo, no lo creían”.

Era demasiado hermoso para ser verdadero, y entonces los desafió y les demostró de manera maravillosa cuando les dijo: “. . . Palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.” (Lucas 24:39.) Y después de así decirles les mostró sus manos y sus pies. Y vieron; lo tocaron, y fueron tocados por su glorioso cuerpo resucitado. Esta fue la gran revelación—Cristo era real y palpable.

Lo que aquí os digo, refleja, no solamente estudios bíblicos y meditación anhelante, sino verdadera experiencia que desafía mil y una tradiciones y suposiciones. No estaría de pie aquí si no hubiera surgido en mi interior cuando estaba al borde de mi propio abismo.

Las manos, pies y costados de Cristo sangraron en los terribles momentos cuando solitario pisó el lagar, antes de ser perforados en el Gólgota. Todo su cuerpo sangró durante su vicario dolor. Esta fue una experiencia verdadera, no es un mito.

Cuando los once apóstoles estaban celebrando una extensa Pascua en Jerusalén se asombraron de la implicación de sus instrucciones finales y parecieron conmoverse por la gracia del espíritu, ya que presenciaron, no sólo la inesperada inmortalidad de Jesús, sino también la suya propia. Era la realidad de la unión de sus vidas con la vida de Él; era como conocerle de nuevo, estar con Él en su propio ambiente.

Era verlo ministrar, cenar y compartir con ellos; era estar muy cerca de El—más cerca que nunca. Se dieron cuenta de su gran poder—en verdad, todo el poder, tanto en el cielo como en la tierra, a Él había sido dado.

Damos testimonio de la comprensión del Nuevo Testamento, el más nuevo de los cuales es su allegamiento actual. Estar en contacto con Cristo hoy día, significa lo mismo que significó para Juan, Pedro y Pablo: ver, recibir y valorar su ministerio verdadero.

Damos testimonio de que su voz, su persona, han sido manifestados hoy día, en nuestro tiempo y cultura. ¡Y más aún! Significa que ahora, como entonces, se manifestará a aquellos que vengan como vino Juan, sin pensar en el costo. Por motivo del poder de su filiación y la nuestra podemos allegarnos a EL.

Damos testimonio de que Cristo fue la revelación de Dios, el Padre, y me animo a proclamar lo que muchos credos nos han prohibido decir, que cuando los discípulos se arrodillaron a sus pies, abrazaron sus rodillas y miraron su cara, estaban contemplando y tocando a un personaje que había llegado a ser exactamente como su Padre Eterno.

Damos testimonio de que debido a su actual estado glorificado, el allegamiento a Cristo es el alcance de la naturaleza más elevada de Dios. Cuando entró a la presencia de Dios, el Padre, fue transformado en la expresa imagen de su persona. Se convirtió, no solamente en la revelación del Padre, sino también en la revelación del hombre redimido.

¡He aquí el Cristo vibrante que manifiesta un amor que no depende de la distancia, de la completa desemejanza, ni de la falta de similitud! Unión y comunión—parentesco verdadero—es el comportamiento de todos los niveles de la experiencia.

¡He aquí el Cristo que conoció todas las enfermedades humanas para lograr tener compasión; que fue purificado y resucitado, para lograr los poderes para purificar y resucitar; que fue glorificado en la presencia del Padre, para poder glorificar al Padre, glorificándonos a nosotros!

Esta es la razón por la cual vino al mundo; por esta causa ofreció voluntariamente su vida, rompió las cadenas de la muerte, resucitó de los muertos, otorgó a todo hombre las bendiciones de la resurrección y fue glorificado por el Padre.

Uno de los hechos mejor atestiguados en la historia, es la resurrección de Jesucristo. Él dijo: “. . . Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. . . para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2-3.) Pablo nos dice que:

“… . Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” {Corintios 15:22.)

Escuchad el inspirado mensaje de Cristo a Marta y a todo el mundo:

“. . . Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:25-26.)

Con Job afirmo reverentemente que sé que mi Redentor vive y que en los últimos días estará sobre la faz de la tierra y que en mi propia carne veré a Dios. Como testigo especial, os doy este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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