La fortaleza del testimonio

Conferencia General Abril 1974

La fortaleza del testimonio

Hartman Rector, Jr

por el presidente Hartman Rector, Jr.
del Primer Consejo de los Setenta

Unido a la fe y la perseverancia, el testimonio nos ayudará a lograr la exaltación

Ha sido maravilloso e inspirador sostener en esta conferencia a un nuevo Profeta. Este es un paso necesario, porque es un mandamiento de Dios; pero naturalmente, el trabajo queda aún por hacerse: debemos seguirle.

La respuesta del profeta José Smith a la pregunta “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?”, contiene una declaración sucinta sobre la importancia del testimonio:

“Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto” (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 141).

El testimonio es un conocimiento seguro de la verdad del evangelio, recibido mediante revelación del Espíritu Santo, tal como el presidente Romney lo señaló esta mañana. Como tal, es vital para el individuo que tiene comunión con el Creador. Es además, de importancia fundamental, pero los hombres no se salvan únicamente por su testimonio, a pesar de que éste es el comienzo de un verdadero progreso espiritual.

Es un error común creer que el testimonio significa una conversión total. Muchas veces lo igualamos con la fe de un hombre. Decimos “tiene una gran fe”, queriendo decir que tiene un fuerte testimonio o, “tiene un fuerte testimonio”, queriendo significar que tiene una gran fe. Sin embargo, no creo que estos términos sean siempre sinónimos. La fe está basada en el conocimiento; es la esperanza en las cosas que no se ven, y que son verdaderas. (Véase Alma 32:21.) El testimonio es conocimiento revelado.

Al dar el testimonio afirmamos aquello que sabemos es verdadero. Gran parte de lo que decimos al ofrecer lo que llamamos testimonio, no es realmente testimonio, sino una declaración o expresión pública de agradecimiento. Es bueno sentir gratitud, pero la expresión de la misma en público no es un testimonio. Este proviene del Espíritu Santo. El Espíritu de Cristo, del cual Juan testifica que es “luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9), conducirá a las personas a Cristo y las ayudará a obtener un testimonio que, si se cultiva, las llevará al bautismo en la Iglesia de Jesucristo.

Muchas personas piensan que han recibido un testimonio de que Jesús es el Cristo, y creen que con esto únicamente se salvarán. Pero, naturalmente no es así. El conocimiento no salvó a una tercera parte de las huestes de los cielos. Santiago registra: “. . . los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). ¿Qué creen? Que Jesús es el Cristo; de hecho, bien lo saben.

Pedro tenía un testimonio de que Jesús es el Cristo, y ciertamente vino del Señor porque El Maestro le dijo: “. . . porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17). Es muy dudoso que Pedro hubiera estado convertido en aquella ocasión ya que, cuando llegó el momento en que su propia vida estuvo en peligro, no pudo admitir que conocía al Señor Jesucristo. Más tarde, el Maestro lo confirmó cuando, poco antes de sufrir la agonía de la muerte en la cruz, le dijo “… y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). El testimonio o conocimiento que Pedro tenía de que Jesús es el Cristo no lo “salvó” de negar al Maestro, probablemente porque no estaba plenamente convertido. No tuvo el valor de seguir al Señor, aun a riesgo de su propia vida.

Cuando estamos convertidos, sostenemos y seguimos a los siervos ungidos del Señor y nos encontramos de acuerdo con ellos, Esta es una de las marcas verdaderas de la conversión. Muchos hombres con un testimonio no han sido capaces de hacerlo. En esta dispensación, Martin Harris, David Whit-mer, Oliverio Cowdery (los tres testigos del Libro de Mormón), y Thomas B. Marsh (el primer presidente del Quorum de los Doce) entre otros, tuvieron este mismo problema, rehusando sostener al siervo ungido del Señor, hecho que condujo a su expulsión de la Iglesia.

La conversión indica un cambio; como dijo el rey Benjamín, significa despojarse “del hombre natural”, que es egoísta, presumido, impaciente, intemperante, desobediente y rebelde, a fin de que uno se haga “santo por la expiación de Cristo el Señor.” Esto significa que seríamos “como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor, y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, así como un niño se sujeta a su padre” (Mosíah 3:19).

A fin de recalcar este punto particular, Jesús dijo: “No todo el que me dice Señor, Señor “será salvo, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Jesús se dedicó por completo a hacer la voluntad de su Padre, y no dejó lugar a dudas al aconsejarnos que lo siguiésemos en ese propósito. Aquellos que están plenamente convertidos desean hacer la voluntad del Padre. ¿Cómo podemos conocerla? Ciertamente, podemos recibirla en forma directa del Padre mediante revelación, pero raras veces sucede así. Cuando El tiene siervos autorizados para actuar en su nombre, generalmente la obtenemos a través de ellos: el Presidente de la Iglesia, las Autoridades Generales, el presidente de estaca, el obispo, el presidente de rama, o en otras palabras, los ungidos del Señor, He aquí la clara necesidad de sostener con justicia a estos siervos ungidos del Señor. Si estamos plenamente convertidos, nos encontraremos en armonía con ellos. Esta es una señal de la verdadera conversión; es hacer la voluntad del Padre.

En la historia del mundo existen varias ocasiones en que Dios el Padre ha hablado directamente al hombre. Por lo general es el Señor Jesucristo el que habla. El es el Je-hová del Antiguo Testamento; y tiene autoridad para hablar por su padre. No obstante, existen algunos casos donde no hay ninguna duda de quién es el que habla: es el Padre. Juan escuchó su voz durante el bautismo de Jesús en el río Jordán; nuevamente se escuchó en el monte de la transfiguración y la oyó de nuevo el profeta José Smith en 1820, en la arboleda cerca de Palmira, Nueva York, presentando a su Hijo Jesucristo o dando testimonio de El. Sin embargo, hay muchas otras ocasiones en que hemos recibido las palabras del Padre por medio de los profetas. Algunas de éstas se encuentran en el Libro de Mormón, libro del cual el profeta José Smith dio su testimonio: es “el libro más correcto sobre la faz de la tierra,. .. y un hombre se acercará más a Dios guiándose por sus preceptos, que por cualquier otro libro”. (Documentary History of the Church, Volumen 4, pág. 161).

En el pasaje particular al cual he hecho referencia, el profeta Nefi explicó por qué era necesario que Jesús fuese bautizado por Juan para cumplir “toda justicia”, y enseña que Cristo “se humilla ante el Padre, testificándole que le sería obediente en la observancia de sus mandamientos.

“. . . más aún, demostró a los hijos de los hombres la rectitud de la senda, y la estrechez de la puerta por la que deben entrar, habiéndoles él puesto el ejemplo por delante.” Luego dijo: “. . . seguidme. . .” (2 Nefi 31:6-7, 9-10).

Nefi preguntó: “. . . Por tanto, mis amados hermanos, ¿podemos seguir a Jesús a menos que estemos dispuestos a guardar los mandamientos del Padre?” (2 Nefi 31:10). Y continúa Nefi citando la doctrina del Padre: “. . . arrepentios, arrepentios y sean bautizados en el nombre de mi Amado Hijo.

Y también percibí la voz del Hijo que me decía: A quien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:11-12).

Más adelante, Nefi registra que oyó la voz del Hijo, diciendo: “. . . Si después de haberos arrepentido de vuestros pecados y testificado al Padre, por medio del bautismo en el agua, que estáis dispuestos a guardar mis mandamientos; si habiendo recibido el bautismo de fuego y del Espíritu Santo y hablando en nuevas lenguas, sí, en lenguas de ángeles, si después de esto me negareis, os habría sido mejor no haberme conocido” (2 Nefi 31:14).

Y éste es el testimonio del Padre concerniente a su Hijo: “Y oí la voz del padre que dijo: Sí, las palabras del Amado son verdaderas y fieles.

Aquel que perseverare hasta el fin es el que se salvará” (2 Nefi 31:15).

Indudablemente, este es el mensaje más importante que Dios el Padre podría dar a sus hijos. Arrepentios y bautizaos en el nombre de Jesucristo, y luego perseverad hasta el fin. Esta es la voluntad del Padre, es lo que El desea para sus hijos. La marca de la verdadera conversión es la perseverancia. Solamente aquel que persevere hasta el fin recibirá el grandioso y eterno plan de redención.

La declaración del profeta José Smith concerniente al peligro de encontrar faltas en el ungido del Señor o rebelarse contra él es de mucho significado:

“Os daré una de las llaves de los misterios del reino”, dijo el Profeta. “Es un principio eterno, que ha existido con Dios por todas las eternidades, que el hombre que se levanta para condenar a otro, criticando a los de la Iglesia, diciendo que se han desviado, mientras que él es justo, sabed seguramente que ese hombre va por el camino que conduce a la apostasía; y si no se arrepiente, vive Dios que apostatará” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 182).

Por lo tanto, la negación por parte nuestra de sostener y seguir a los siervos ungidos del Señor, es una forma de rebelión, una resistencia abierta y porfiada a la autoridad de Dios. Esto es sumamente grave. La rebelión es lo opuesto a la obediencia y conduce a la expulsión del reino. Esto fue lo que le ocurrió a Lucifer; rehusó sostener al Señor al no seguirlo ni hacer las cosas que había visto hacer al Padre.

Cuando no hacemos lo que sabemos que debemos hacer, teniendo la luz ante nosotros pero rehusándonos a obedecer no obstante los convenios hechos en las aguas del bautismo, nos convertimos en rebeldes. Hay quienes hasta parecen deleitarse en su rebelión y se jactan de ella; si por lo menos supieran que la ira del Señor está encendida contra los rebeldes (véase D. y C. 63:2), y que serán afligidos con mucho pesar y fracasarán (véase D. y C. 1:3).

En esta probación terrenal, aquellos que se conviertan triunfarán. El reino no fracasará; es la piedra cortada del monte, sin manos, que el profeta Daniel contempló; y que rodó y fue adquiriendo velocidad a medida que descendía, destrozando a todos los demás reinos; llenó toda la tierra y permaneció para siempre.

El reino de Dios es vencedor; ¿no es maravilloso estar con el vencedor? ¿No os gustan los vencedores? A mi sí. Confieso que no me gusta perder; creo que soy el peor perdedor del mundo, simplemente no creo en ello. Algunos dicen que no obstante se gane o se pierda, lo que importa es cómo se juega. No creáis en esto. Hay gran diferencia entre ganar o perder. Vinimos a esta tierra a ganar, y lo haremos si permanecemos con el Señor, porque El no perderá. No puede perder. El reino es un vencedor, y si hacemos las cosas a su manera, ganaremos con El. La promesa es segura: “. . . aquel que perseverare hasta el fin es el que se salvará” (2 Nefi 31:15).

El testimonio no nos salvará, pero junto con la fe y la conversión, que incluye la perseverancia, nos exaltará.

Escuchad las palabras del Maestro:

“De modo que, siendo vosotros agentes, estáis en la obra del Señor; y lo que hagáis conforme a la

voluntad del Señor es el negocio del Señor.

“Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una obra grande. Y de las cosas pequeñas nacen las grandes.

He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente obediente; y los que están dispuestos, y son obedientes, comerán de la abundancia de la tierra de Sión en los postreros días.

Y los rebeldes serán desterrados de la tierra de Sión, y serán expulsados y no heredarán la tierra.

Porque, de cierto os digo, los rebeldes no son de la sangre de Efraín; por consiguiente, serán extirpados.

He aquí, yo, el Señor, he hecho mi iglesia en estos postreros días semejante a un juez que se siente en un cerro, o en un lugar alto, para juzgar a las naciones.

Porque acontecerá que los habitantes de Sión juzgarán todas las cosas pertenecientes a Sión.

Y discernirán a los mentirosos y a los hipócritas; y los que no fueron apóstoles y profetas serán conocidos.

Y serán condenados hasta el obispo, quien es un juez, y sus

consejeros, si no fueron fieles en sus puestos; y otros tomarán sus lugares.

Porque, he aquí, os digo que Sión florecerá, y la gloria del Señor descansará sobre ella;

Y será un pabellón al pueblo, y vendrán a ella de toda nación debajo de los cielos.

Y llegará el día en que temblarán las. naciones de la tierra a causa de ella, y temerán por causa de sus valientes. El Señor lo ha proferido. Amén.” (D. y C. 64:29, 33-43.)

¿Os parecen palabras de un perdedor? Os aseguro que no. Y aquellos que se convierten, los que pueden seguir ai Señor y a sus siervos ungidos, ésos son los que llevarán a cabo los propósitos de Dios. Antes de que podáis ser grandes líderes en el reino de Dios, primeramente debéis ser grandes seguidores. La obediencia es todavía mejor que el sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros, (véase 1 Samuel 15:22.)

Que el Señor nos bendiga para permanecer firmes y fieles al seguir, a los siervos ungidos del Señor, y que podamos sentirnos bien al respecto. Ruego que así sea, en el nombre de Jesús. Amén.

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