La suprema dádiva: la expiación de Cristo

La suprema dádiva:
la expiación de Cristo

Marion G. Romney

por Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

AI tornar mis pensamientos hacia Jesús en esta temporada navideña, impregnados de agradecimiento por su misericordia y sus bendiciones, éstos se han centrado en el gran don de su expiación. La gratitud que siento por la forma en que El expió por mis pecados personales, aumenta continuamente.

El sufrimiento físico e intelectual que producen las transgresiones y los pecados de los hombres, de los cuales informan diariamente la prensa, la radio y la televisión, hacen estremecer el corazón de los hombres justos, cuyas almas anhelan una comprensión universal de que tales sufrimientos podrían acabarse si los hombres comprendiesen la expiación de Cristo y se calificasen para recibir las bendiciones que proporciona.

De los dos aspectos de la expiación, la resurrección de los muertos es lo que se acepta más pronto y ampliamente. Pablo lo declaró correctamente en forma resumida.

“. . . así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). 22).

Mormón pone en perspectiva los dos aspectos de la expiación en su gran discurso sobre la fe, la esperanza, y la caridad, en las siguientes palabras:

“Y ¿qué es lo que habéis de esperar? He aquí, os digo que debéis tener esperanza de que, por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección, seréis resucitados a la vida eterna. . .” (Moroni 7:41).

No se requiere de los hombres que tengan fe en Cristo a fin de que sean resucitados, pues como dijo Jesús, “vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:28-29).

Aquí se trata de considerar el aspecto de la expiación que resucitará a los hombres “a la vida eterna”. No es necesario aguardar la resurrección para recibir la bendición correspondiente. Amulek, enseñando a los nefitas, les dijo:

“Y ahora, hermanos míos, . . . quisiera que vinieseis y dieseis fruto de arrepentimiento.

. . . porque he aquí, hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis más vuestros corazones, desde luego obrará para vosotros el gran plan de la redención” (Alma 34:30-31).

Cuando el individuo se califica, por sus propios méritos, para recibir la bendición de este aspecto de la expiación de Cristo, sus pecados le son perdonados mediante el poder de Dios; nace de nuevo del Espíritu, es una persona nueva; asume la naturaleza divina, ya no siente “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2); tiene la conciencia tranquila y se llena de gozo. (Véase Mosíah 4:3.) Esto fue lo que quiso decir Jesús cuando pronunció estas palabras:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

Si todos los hombres creyesen en Jesús, si creyesen al pie de la letra en sus palabras y obedecieran sus mandamientos, los problemas y los pesares causados por el hombre se desvanecerían, como se evapora el rocío ante los cálidos rayos del sol naciente.

En el libro 4 Nefi tenemos el relato de una sociedad que hizo esto y que llevó una vida pacífica y feliz durante 200 años. El registro dice:

“Y ocurrió que en el año treinta y seis se convirtió al Señor toda la gente, sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contiendas ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros.

Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos tenían su libertad y participaban del don celestial.

Y ocurrió que no había contenciones en el país, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo,

Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna clase; y ciertamente no podía haber pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios” (4 Nefi 2-3, 15-16).

Es fundamental que, a fin de llegar a un entendimiento del aspecto de la expiación de Cristo que posibilita a los hombres alcanzar la vida eterna, nos demos cuenta de que mientras vive en la tierra, el hombre mortal es iluminado por el Espíritu de Dios, pero que al mismo tiempo, también es tentado por Satanás. Todo ser humano desde que entra en la edad de la responsabilidad cede en algún grado a las tentaciones de Satanás; Jesús que fue el Hijo de Dios en la carne así como en el espíritu, fue la única excepción.

Al dejarnos vencer por las tentaciones de Satanás nos volvemos impuros, y según la medida en que cedamos ante ellas, nos volveremos carnales, sensuales y diabólicos. Como consecuencia, se nos destierra de la presencia de Dios; y sin habernos limpiado de la mácula de nuestras transgresiones no podemos ser nuevamente admitidos en su presencia, pues “nada impuro puede entrar en su reino” (3 Nefi 27: 19). Los hombres, habiéndose descalificado en el ejercicio de su libre albedrío para ocupar un lugar en el reino de Dios, se ven desterrados de allí y no pueden regresar por sus propios esfuerzos, sin ayuda. A fin de que pudiesen regresar, alguien que no se hubiese desterrado por sus actos debía efectuar la expiación por los pecados del género humano. Ese alguien era Jesús.

Todo los habitantes de la tierra “son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24) en el espíritu, Jesús fue su primer Hijo espiritual. Cuando en el mundo espiritual se ideó la probación terrenal del hombre, Jesús,fue escogido y asignado para venir a la tierra como el Hijo de Dios en la carne y llevar una vida inmaculada; una vez aquí, había de padecer lo suficiente para satisfacer las demandas de la justicia por los pecados de todos los hombres.

Alrededor del año 570 A.C., Lehi dijo que Cristo vendría a ofrecerse “a sí mismo en sacrificio por el pecado para satisfacer las demandas de la ley por todos los quebrantados de corazón y contritos de espíritu; y por nadie más se responde a los requerimientos de la ley.

Por lo tanto, cuán grande es la importancia de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra, para que sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, misericordia y gracia del Santo Mesías…” (2 Nefi 7, 8).

Jacob añade:

“Y viene al mundo para salvar a todos los hombres, si quieren oír su voz; porque he aquí, él sufre las penas de todos los hombres, sí, las penas de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres que pertenecen a la familia de Adán” (2 Nefi 9:21).

Mil ochocientos años después de su padecimiento en Getsemaní, Jesús mismo llamó a uno de los hermanos al arrepentimiento, diciéndole:

“Por tanto, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos—cuán dolorosos no lo sabes, cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.

Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;

Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:15-19).

Tal fue el precio que pagó Jesús a fin de proporcionarnos los medios por los cuales podemos, mediante la fe y el arrepentimiento, obtener el perdón de nuestros pecados y gozar de las bendiciones de la vida eterna; todo se hizo posible mediante la suprema dádiva: su expiación.

Marion G. Romney

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Una respuesta a La suprema dádiva: la expiación de Cristo

  1. Alexa dijo:

    Gracias por tan hermoso mensaje. Saludos desde Panamà. Voy camino a mi trabajo y acostumbro leer los mensajes.

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