“. . . y derramaré sobre vosotros bendición”

Conferencia General Abril 1974

“. . . y derramaré sobre vosotros bendición”

Henry D. Taylor

por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce

El pago de los diezmos es una prueba de nuestra fidelidad y lealtad

Con el aumento de precios en las mercaderías y servicios, la inflación sigue su marcha acelerada. Esos aumentos dan como resultado dificultades para muchos, pero especialmente para las personas y familias con ingresos limitados. Tantas son las demandas por cada peso, que es necesario hacer ajustes constantes para que el dinero alcance a cubrir todas las deudas y necesidades.

Hace siglos el Señor dio, por medio de un Profeta, una fórmula para solucionar estos problemas cuando le dijo a Malaquías: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Frecuentemente escuchamos la expresión “No puedo pagar los diezmos”. Las personas que hacen tales declaraciones no han aprendido todavía que no pueden darse el lujo de no pagarlos. Hay muchos miembros que por su propia experiencia testifican que los nueve décimos administrados y gastados con prudencia, con la bendición del Señor, alcanzan más que los diez décimos, gastados sin la bendición del Señor.

El pago de diezmos es una prueba de nuestra fidelidad y lealtad. Hace muchos años el presidente Joseph F. Smith aconsejó: “Por este principio (diezmos) se pondrá a prueba la lealtad de los miembros de esta Iglesia; por este principio se podrá saber quiénes están a favor del reino de Dios y quiénes están en contra” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 234, vol. 1).

Frecuentemente se pregunta: “¿Qué es un diezmo?”. Joseph L. Wirthlin, ex-Obispo Presidente de la Iglesia, dio una definición clara cuando explicó: “La palabra misma designa un décimo. Un diezmo es la décima parte del ingreso completo de un asalariado; es un décimo del ingreso neto del profesional; es un décimo del ingreso neto de un agricultor, y también un décimo del producto usado por él para alimentar a su familia, lo que es un requerimiento justo y equitativo, ya que otros usan parte de sus ingresos para comprar esos alimentos. El diezmo es un décimo de los dividendos derivados de inversiones; es un décimo del ingreso neto de un seguro, menos las primas, en caso de que éstas se hayan diezmado”. (Conference Report, abril de 1953, pág. 98. Cursiva agregada.)

Diversos presidentes de la Iglesia han declarado que el pago de los diezmos es un asunto individual y personal, y que es una contribución voluntaria. Brigham Young, en los primeros días de la Iglesia, enseñó a los santos diciendo: “Nosotros no pedimos a nadie que pague sus diezmos a menos que esté dispuesto a hacerlo; pero si pretendéis pagar el diezmo, pagadlo como personas honestas”. (Brigham Young”, Im-provement Era, mayo de 1941, pág. 282.)

Años más tarde el presidente Grant amonestó a la gente con estas palabras: “Como sabéis, el Señor no manda cobradores una vez al mes para recoger los pagos; no nos manda nuestra cuenta una vez al mes; el Señor nos tiene confianza; somos agentes; tenemos libre albedrío . . .” (“Settlement,” por Heber J. Grant, Improvement Era, enero de 1941, pág. 9.)

Es mejor pagar el diezmo en el momento de recibir el ingreso o aumento, aun cuando los agricultores y las personas que operan sus propios negocios usualmente encuentran necesario calcular sus ingresos y su diezmo anualmente. En otra oportunidad el presidente Grant, hablando de sus años de experiencia y observación, sugirió: “El pago de nuestros diezmos en el momento en que recibimos nuestras ganancias, es más fácil. Me he dado cuenta de que los que pagan sus diezmos cada mes, tienen mucho menos dificultad para hacerlo que aquellos que lo posponen para el final del año …” (Gospel Standards, por Heber J. Grant, pág. 9).

Recibimos la ley de los diezmos como un mandamiento del Señor, y cuando guardamos ese mandamiento, nos hacemos merecedores de las bendiciones prometidas, porque el Señor ha dicho: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis”. (D. y C. 82:10. Cursiva agregada.)

En los primeros días de la Iglesia había una buena y fiel mujer, Mary Fielding, viuda del Patriarca mártir Hyrum Smith, que creía firmemente en las promesas del Señor. Su hijo Joseph F., y su nieto José Fielding, fueron presidentes de la Iglesia. El presidente Joseph F. Smith relató un incidente que ocurrió cuando él tenía 10 años de edad:

“Recuerdo claramente un episodio ocurrido en mi niñez. Mi madre era viuda y tenía una gran familia que mantener. Una primavera, en que estábamos cosechando papas, nos pidió que apartáramos una carga de las mejores, y las llevó a la oficina de los diezmos; las papas eran muy escasas en esa época. Yo era muy pequeño, pero conduje la carreta. Cuando llegamos junto a los escalones de la oficina de los diezmos, listos para descargar las patatas, uno de los empleados se acercó y le dijo a mi madre: ‘Hermana Smith, es una pena que una viuda como usted tenga que pagar diezmos.’

También hizo otros comentarios; mi madre lo miró y dijo: ‘William, deberías avergonzarte, ¿me negarías una bendición? Si yo no pagara mis diezmos, esperaría que el Señor me retirara sus bendiciones. Los pago no sólo porque es una ley de Dios, sino porque al hacerlo, espero recibir una bendición. Al cumplir con ésta y otras leyes, espero prosperar y proveer lo necesario para mi familia.'” (Conference Report, abril de 1900, pág. 48).

Recuerdo que durante la conferencia de octubre de 1948 en este mismo Tabernáculo, el élder Matthew Cowley, del Consejo de los Doce, relató un incidente que causó en mí una impresión profunda y duradera. Mientras servía como presidente de la Misión de Nueva Zelandia visitó a una hermana maorí a quien él apreciaba mucho y que observaba sinceramente el principio de los diezmos. El hermano Cowley contó aquella experiencia con estas palabras:

“En una ocasión, como siempre lo hacia cuando estaba por aquellos lugares, visité a una anciana mujer, de casi ochenta años y ciega. No vivía cerca de una rama organizada, y no tenía contacto con el sacerdocio, excepto con los misioneros que iban de visita por el lugar. En aquella época no teníamos misioneros ya que la mayoría de los jóvenes habían ido a la guerra.

Entré y la encontré en el patio, cerca del fogón; quise saludarla al estilo maorí, con un apretón de manos y frotando mi nariz contra la de ella, pero me dijo:

—No me salude aún.

—¿Por qué?—le pregunté—

Sus manos están limpias; sólo están manchadas de trabajar. Quiero estrechárselas.

—Todavía no—me respondió.

Acto seguido se agachó, arrastrándose penosamente hacia la esquina de su pequeña casa, dónde había un^.pala. La tomó y se arrastró en otra dirección midiendo la

distancia que recorría. Finalmente llegó a un punto y comenzó a escarbar con la pala; al fin tocó algo duro. Retiró la tierra con las manos y extrajo un frasco de conservas. Lo abrió y metió la mano hasta el fondo para sacar algo que me entregó: era dinero de Nueva Zelandia y sería el equivalente a unos cien dólares.

—Aquí está mi diezmo—me dijo—Ahora puedo estrecharle la mano al Sacerdocio de Dios.

Me asombré de aquella cantidad.

—Usted no debe tanto dinero de diezmos—le dije yo. Y ella me contestó:

—Lo sé. No lo debo ahora, pero quiero pagar algo por adelantado, porque no sé cuando volverá por aquí el Sacerdocio de Dios.”

Después de una breve pausa y muy emocionado, el hermano Cowley continuó: “Me incliné y froté mi nariz y mi frente contra las de ella, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas . . .” (Conference Report, octubre 1948, págs. 159-60.)

Mis amados hermanos, el Señor cumple sus promesas. Verdaderamente abre las ventanas de los cielos ‘y derrama bendiciones sobre los que le son fieles y obedecen sus mandamientos, pero lo hará a su propia manera. Estas bendiciones pueden venir en forma material o pueden cumplirse en forma espiritual, trayéndonos fuerza, paz y tranquilidad. Sus bendiciones pueden venir de una manera extraña e inesperada que quizá no reconozcamos de inmediato al recibirlas; pero las promesas del Señor se cumplirán.

Y testifico esto en el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.

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