El Salvador: centro de nuestra vida

El Salvador: centro de nuestra vida

Spencer W. Kimball

por el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Diciembre 1979

Discurso pronunciado en la Universidad de Utah, el 25 de febrero de 1979.


Mis queridos jóvenes herma­nos, en el próximo mes de julio se cumplirán el trigésimo sexto aniversario de mi lla­mamiento como testigo especial de Jesu­cristo en todo el mundo. Este distinguido y extraordinario llamamiento todavía descansa sobre mí y continúa invariable, aun cuando mis deberes ahora me han puesto en la Primera Presidencia de la Iglesia. Por causa de esta asignación es­pecial que no tiene fin en este mundo, deseo hablaros hoy sobre la forma en que debemos considerar a Jesucristo, nuestro Salvador, como el centro de nuestra vida.

Pedro les advirtió a los creyentes que sobrevendrían herejías destructoras (II Pedro 2:1). Y luego, como para dar énfa­sis a una en particular, que sería la peor de todas, dijo que habría una herejía que negaría al Señor que pagó por nuestros pecados. Por supuesto, ésta es la peor de todas las herejías cristianas, la de negar la divinidad de Jesucristo, el Señor que expió por nosotros. El cristianismo no puede ser real y verdadero, ni siquiera yendo precedido por las buenas obras, a menos que estemos profunda y personal­mente dedicados a la realidad de Jesu­cristo como el Hijo Unigénito del Padre, el que nos compró mediante Su grandiosa expiación.

Alguien dijo que el núcleo de la historia se encuentra en el establo de Belén. Re­sulta contradictorio que algunas personas hablen de Cristo como un gran Maestro de la verdad, y, sin embargo, rechacen Sus enseñanzas con respecto a quién era El. ¿Cómo podría haber sido un gran Maestro de moral, y al mismo tiempo mentido sobre su verdadera identidad? ¿Cómo podría Jesús haber sido un gran Maestro de moral si, habiéndonos pro­metido la resurrección, su expiación en Getsemaní y en el Calvario no hubiera hecho posible la inmortalidad?

Mis jóvenes amigos, habéis sido lla­mados a vivir en esta época, en la cual Pedro predijo que esa herejía tomaría proporciones gigantescas. El pensar, como un número creciente de personas lo hace equivocadamente, que Jesús era solamente un maestro de moral como otros —y sin duda lo era, el más grande de todos— es sugerir que el Señor simple­mente nos dio algunas pautas útiles, pero que no dejó ninguna información parti­cularmente significativa para el género humano. Todo lo que Jesús enseñó es verdad, incluyendo sus afirmaciones sobre su origen e identidad, sobre nues­tra mortalidad, y sobre nuestra respon­sabilidad individual.

El apóstol Pablo observó que “si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Cor. 15:19). En parte, la razón de la desesperanza y el desvarío del mundo de hoy es que la es­peranza de muchas personas se limita a esta vida solamente. Pero el ministerio de Jesucristo nos dio todo lo que necesita­mos: la vida por medio de Su expiación, las verdades, las normas, y los manda­mientos que son esenciales para la felici­dad en esta tierra. Él es el fiador de nuestra responsabilidad individual. So­lamente cuando entendemos el ministerio de Jesucristo, el cual tuvo también pree­minencia en el mundo premortal, co­menzamos a comprender hasta cierto punto el alcance de lo que hizo Jesucristo en nuestro beneficio. Si alguna vez os habéis preguntado si los profetas del Antiguo Testamento tenían un conoci­miento claro de Jesucristo, leed las pala­bras de Pablo a los Hebreos donde les habla de cómo Moisés rechazó la vida fácil en la corte de Faraón, porque tuvo en mayor estima “el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (véase He­breos 11:26). Y Jacobo nos asegura que todos los santos profetas, incluyendo por supuesto a los del Antiguo Testamento, creyeron en Cristo y adoraron al Padre en Su nombre.

“Porque hemos escrito estas cosas con tal intento, para que sepan que nosotros sabíamos de Cristo y teníamos la espe­ranza de su gloria muchos siglos antes de su venida; y no tan sólo teníamos nosotros esta esperanza, sino que también todos los santos profetas que vivieron antes que nosotros.

He aquí, ellos creyeron en Cristo y adoraron al Padre en su nombre.” (Jacob 4:4-5.)

Es imposible llegar a entender lo que sucedió en el calvario sin tener primero una comprensión de lo que ocurrió en el Jardín de Getsemaní. En la misma forma, el nacimiento del Niño en Belén debe estar relacionado con el significado de la tumba vacía, que era la evidencia de la resurrección de Jesucristo. Tampoco puede comprenderse completamente el ministerio del Maestro, a menos que en­tendamos el que llevó a cabo en este he­misferio, a las otras ovejas que no perte­necían al redil de Jerusalén (véase Juan 10:16; 3 Nefi 15:17, 21-24). Cuanto más comprendamos el ministerio de Jesu­cristo, más absurdo nos resulta conside­rarlo como algo menos que el Hijo resu­citado de Dios.

El mensaje que dejó el Señor y que Su vida inspira, es tan fundamental y tan crucial para la humanidad, que es esencial que sea sumamente simple. Igualmente importante para todos nosotros los dis­cípulos y seguidores de Jesús de Nazaret, el Salvador, es vivir de tal manera que nuestro mismo modo de vida sea, por medio de nuestras acciones y palabras, un testimonio de que ciertamente creemos. En su epístola a Tito, Pablo dijo:

“Presentándote tú en todo como ejem­plo de buenas obras: en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros.” (Tito 2:7-8.)

Para vosotros los jóvenes, es vital ser un ejemplo de buenas obras y no dar a nadie motivo para que os avergüence; a pesar de ello, los seguidores del Maestro siempre tendrán que llevar la carga de la incomprensión y el aguijón del falso tes­timonio.

He mencionado antes de mi llama­miento al ministerio de los Doce hace muchos años ya. En aquella época, una de las Autoridades Generales a quien yo amaba y admiraba muy particularmente era el presidente Stephen L. Richards; todavía abrigo los mismos sentimientos hacia él. Uno de los muchos pensamientos significativos que él dejó, se relacionaba con lo que implica ser un verdadero se­guidor del Salvador Jesucristo:

“A pesar del aspecto común y repetido de este tema, desde hace mucho tiempo me he convencido, mis hermanos, de que lo más vital, extraordinario, y difícil en nuestra vida, es guardar los manda­mientos; esto prueba cada una de las fibras de nuestro ser; es al mismo tiempo una demostración de nuestra inteligen­cia, nuestro conocimiento, carácter y sa­biduría.”

Mis jóvenes hermanos, quizás algunas veces os parezca repetido el que os digan una y otra vez que debéis guardar los mandamientos del Salvador. Pero esa obligación es, como el presidente Ri­chards lo dijo, lo más extraordinario, di­fícil y vital en nuestra vida. Sólo una verdadera conducta cristiana podrá brindar al ser humano felicidad y real seguridad.

Hace más de medio siglo, el presidente Joseph Fielding Smith observó que en algunas oportunidades existe en las per­sonas la tendencia a afirmar que los antiguos miembros de la Iglesia eran fieles, pero que la generación actual se está alejando de las normas de la Iglesia. En 1925 el presidente Smith dijo con respecto a esto:

“Estoy aquí para testificaros que esto no es verdad. Por supuesto, habrá entre nosotros quienes no sean fieles, quienes se alejen de las huellas dejadas por sus padres; pero en lo que respecta a los Santos de los Últimos Días, no se alejarán de la fe de sus antepasados.”

Apoyo y comparto el sentimiento de confianza del presidente Smith en la ma­yoría de nuestros jóvenes, aun en esta época de terrible tentación en que des­fallecen los hombres y pierden su valor. Por causa de esta confianza que os tengo, brevemente y con todo mi amor quisiera daros algunos consejos.

Vivimos en una época de guerras y re­voluciones. Pero, como dijo el presidente Brigham Young, el mundo será revolu­cionado con la prédica del evangelio y el poder del sacerdocio; esta es la obra que se nos llama a llevar a cabo. Mujeres y hombres, el guardar los mandamientos es el acto más revolucionario que puede haber en el mundo, aunque muchas veces pase inadvertido y no resulte atractivo. No os dejéis desalentar en medio de la corriente de acontecimientos de nuestra época, aun cuando vuestra vida parezca insignificante a veces. Un obispo episco­pal del siglo pasado observó: “La gran­deza no se basa en un determinado ta­maño sino en una particular calidad de la vida humana” (Phillips Brooks). Esta calidad puede encontrarse en personas aparentemente insignificantes, cuya in­fluencia es limitada.

Quisiera aseguraros que existe un eterno significado en vuestra vida per­sonal; y aunque a veces vuestra influencia os parezca muy insignificante, siempre puede existir grandeza en la calidad de vuestra vida. Aun más, os prometo que cuando dicha calidad exista, vuestras oportunidades de servicio y progreso sobrepasarán vuestros sueños más ele­vados. Siempre habrá a nuestro alrede­dor algo más que podemos hacer. Es im­portante que en esta época de prepara­ción hagáis todo lo posible por alcanzar las verdades, la información y las habilidades inherentes a la vida cristiana. Aplicad en vuestra vida todo lo que aprendáis.

El mismo obispo episcopal que ya cité también dijo: “Antes de que el mundo se llene con estatuas es necesario que la tie­rra produzca el mármol”. O sea, que deben existir en vosotros algunas de esas básicas cualidades y virtudes que permi­tan al Señor hacer su propia obra de es­cultura en vuestra alma. Por lo tanto, usad los talentos que tenéis; aprovechad las oportunidades de servicio que se os presenten; beneficiaos con todas las oca­siones en que podáis aprender, separando siempre la paja del trigo. Aprended a ser eficaces primero en el pequeño universo humano que compone vuestra propia fa­milia, si queréis prepararos para contri­buir eficazmente más tarde a la gran fa­milia humana.

No os sorprendáis si los líderes de la Iglesia continúan dando énfasis a la im­portancia de la institución familiar, aun­que muchas personas piensen de otra manera. No os sorprendáis si todas las cosas no están inmediatamente al alcance de vuestra comprensión y si debéis acep­tar algunas por fe, esperando que lo que ahora os parece obscuro se convierta en algo comprensible, que los deberes que ahora os parecen difíciles se conviertan en un placer.

No os extrañéis si en algunas oportu­nidades la gente del mundo se burla de vuestra forma de vida y de vuestras creencias, diciendo que todo es falso; en lo más profundo de su ser, muchas de esas personas temen que lo que vosotros creéis sea verdadero. Si ha habido una generación de jóvenes que necesitara creer más y comprender mejor el signifi­cado de estas palabras de Pablo que citaré a continuación, esa es vuestra genera­ción.

“…que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos.” (2 Cor. 4:8-9.)

Recordad también que no debemos basamos por completo en nuestra propia suficiencia, porque como Pablo lo dijo también en aquella misma epístola a los santos de Corinto, “nuestra competencia proviene de Dios” (2 Cor. 3:5).

Muchos de vosotros experimentaréis personalmente vuestra propia versión de la decisión que tuvo que tomar Moisés cuando, según lo declaró Pablo:

“Por la fe Moisés… rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado.” (Hebreos 11:24-25.)

Es fácil comprender por qué Pablo mismo urgió a los seguidores del Salvador a que “seáis sabios para el bien, e inge­nuos para el mal” (Rom. 16:19). Os en­contraréis con que el mantenerse libre de la maraña del pecado es más fácil, cuando mantenemos nuestra actitud hacia éste clara e intransigente.

Por vivir en la dispensación del cum­plimiento de los tiempos, veréis muchas cosas maravillosas y tendréis que pasar por muchas pruebas. Aquellos de noso­tros que vosotros sostenéis como profe­tas, videntes y reveladores, hemos lle­gado a sentir en este año de 1978, en forma muy similar a lo que sintieron las primeras Autoridades Generales cuando se puso en efecto la revelación de “que los gentiles son coherederos… y copartíci­pes en la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Efe. 3:6). Esto, según dijo Pablo, fue algo que “en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es re­velado a sus santos apóstoles y profetas por el espíritu” (Ef. 3:5).

Pasamos por la gloriosa experiencia de que el Señor nos indicara claramente que había llegado el momento en que toda persona digna, en todas partes, pudiera ser heredera y participante de la plenitud de las bendiciones del evangelio. Como testigo especial del Salvador, deseo que sepáis cuán cerca de Él y de nuestro Padre Celestial me he sentido en mis nu­merosas visitas a los cuartos superiores del templo, a los que en diversas oportu­nidades he ido solo. El Señor me dejó ver claramente lo que era necesario hacer. No esperamos que los del mundo entiendan estas cosas, porque siempre encontrarán rápidamente sus propias razones para no creerlas o para negar el proceso divino de la revelación.

Quisiera terminar ahora, mis queridos hermanos, como empecé, cumpliendo con mi papel especial de testigo de Cristo, y deciros solemnemente y con todo mi amor que éste es mi testimonio, el primero y el único que doy de Él: que Él vive.

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