Comunicación con nuestro Padre mediante la Oración

Comunicación con nuestro Padre mediante la Oración

Royal L. Garffpor Royal L. Garff
de la Directiva General de la AMM
(Tomado de the Improvement Era, September 1956)


Abundan en el espacio las maravillas que sobrepujan el entendimiento de nuestros sentidos físicos. Hablando de la grandeza y magnitud de sus facultades creadoras, Dios le dijo a Moisés:

Y he creado mundos sin número. . . y por medio del Hijo, quien es mi Unigénito, los he creado.
… y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y yo las conozco.
… y no tienen fin mis obras, ni tampoco mis palabras.
Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.1

La herencia del hombre como hijo de Dios es participar en la obra y gozo de la interminable obra creadora. La única manera en que el hombre puede realizar su destino es por medio de la comunicación con su Padre Divino. Entonces, y sólo hasta entonces puede el significado de la vida eterna iluminar su mente y espíritu.

“Del alma es la oración”, proclama una de nuestros himnos. No es un medio para lograr nuestros propios fines privados y egoístas, ni le pedimos a Dios dinero, placeres, honores o preferencias. Por el contrario, la oración nos facilita el poder para sintonizar nuestra vida con las influencias creadoras de nuestro Padre Celestial, a fin de que El cumpla su voluntad en nosotros y por medio de nosotros.

Amulek exhortó a la gente respecto de la importancia de la oración en sus vidas:

Por tanto, hermanos míos, Dios os conceda empezar a ejercitar la fe. . .
Sí, implorad su misericordia. . .
Sí, humillaos y continuad haciéndole oración.
Rogadle por las cosechas de vuestros campos…. Orad por los rebaños de vuestros campos…. Más esto no es todo; es menester que derraméis vuestra alma en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos. . . dejad que rebosen vuestros corazones, orando constantemente. . . 2

El corazón de todos los Santos de los Últimos Días está “orando constantemente” desde el momento de nacer hasta la muerte: el día en que el niño es bendecido, cuando contrae matrimonio ante el altar y el momento en que es colocado en la tumba. Damos gracias por nuestro pan cotidiano en el sagrado círculo de la oración familiar, al lado de la cama del enfermo y el inválido, así como con nuestros hermanos y hermanas de la familia mayor de las ramas, barrios y estacas. Por medio de la oración dedicamos nuestros edificios sagrados como hizo el profeta José Smith en el Templo de Kirtland.

La oración constituye una asociación divina con Dios. Este compañerismo espiritual da al hombre una bendición sin igual, la seguridad de que “no estoy solo, porque el Padre está conmigo”3. El presidente Heber J. Grant escribió lo siguiente en the Improvement Era: “El momento en que el hombre deja de suplicarle a Dios que le dé su espíritu y dirección, empieza a apartarse de Él y sus obras. Cuando los hombres cesan de pedir el Espíritu de Dios, ponen su confianza sólo en su propio razonamiento y gradualmente pierden ese Espíritu, así como los amigos íntimos que nunca se ven o se escriben se van apartando unos de otros.” 4

Eldred G. Smith, patriarca de la Iglesia, nos ha dado este consejo: “No debemos obstruir nuestro camino con iras, malos sentimientos, dureza de corazón o deseos egoístas.

Debemos sintonizar nuestras mentes y corazones con el Espíritu de Dios así cómo sintonizamos nuestro radio para recibir el programa de la estación difusora. No queremos la interrupción de influencias ajenas. Con una actitud de arrepentimiento verdadero debemos buscar el perdón de nuestros errores pasados y la orientación que necesitamos para mejorar.”5

Si lo anterior es cierto, todos nosotros debemos pensar más críticamente y con mayor frecuencia en nuestras oraciones. Si lo hacemos, podremos pronunciar oraciones que no sólo son profundamente sinceras, sino claras para aquellos que comparten nuestras comunicaciones con nuestro Padre Celestial.

Debemos preparar nuestra mente y corazón para el hecho y el espíritu de la oración. En nuestras almas deben abundar los pensamientos elevados de belleza, fuerza espiritual, paz, felicidad, gratitud y acción de gracias, pues lo importante no es lo que poseemos, sino lo que nos posee; no es de trascendencia lo que nos pertenece, sino a lo que nosotros pertenecemos. Necesitamos formar parte de ese grupo que se acuerda de dar las gracias. Jesús nos enseñó esta lección mientras iba a Jerusalén:

Y al entrar en una aldea, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
Y cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que, mientras iban, fueron limpiados.
Entonces uno de ellos, cuando vio que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz,
y se postró sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias; y este era samaritano.
Y respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero?
Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha sanado.6

Cuando oramos, debemos hablar clara y distintamente. Disraeli propiamente dijo: “No hay indicación más segura del carácter que la voz.” Recordemos que el tono de la voz debe llevar esa convicción que expresa sinceridad. La cualidad de nuestra voz debe producir una actitud de adoración y engendrar sentimientos de reverencia, acción de gracias e inspiración. La oración que apenas se oye, que se pronuncia entre los dientes tiende a desanimar el espíritu de nuestra adoración.

Además del Padrenuestro, la oración que el Señor dio como modelo, consideremos otras súplicas contenidas en la Biblia, las cuales nos ayudarán a abrir nuestro corazón a Dios:

Entonces se puso Salomón delante del altar de Jehová, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendiendo sus manos al cielo,

dijo: Oh Jehová Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas el convenio y la misericordia a tus siervos que andan delante de ti con todo su corazón;.7

En los días del profeta Isaías, el rey Ezequías se enfermó de muerte, y le fue dicho que ordenara su casa porque iba morir.

Entonces volvió Ezequías su rostro hacia la pared, e hizo oración a Jehová.
Y dijo: Oh Jehová, te ruego te acuerdes ahora de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y de que he hecho lo bueno ante tus ojos. . . .8

El Señor escuchó su oración y le prometió quince años más de vida. Ezequías expresó su agradecimiento en gozosa oración:

Oh Señor, por estas cosas viven los hombres; en todas ellas está la vida de mi espíritu, pues tú me restablecerás y harás que viva.
Porque el Seol no te agradecerá, ni la muerte te alabará. Los que descienden a la fosa no esperarán tu verdad.
El que vive, el que vive, este te alabará, como yo lo hago hoy; el padre dará a conocer tu verdad a los hijos.
Jehová me salva; por tanto, cantaremos mis cánticos al son de instrumentos de cuerda en la casa de Jehová todos los días de nuestra vida.9

En el primer año del reinado de Darío, Daniel leyó en las profecías de Jeremías que el Señor “habría de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años”. Daniel entonces volvió su rostro al Señor Dios,

Buscándole en oración y ruego… en ayuno, y cilicio, y ceniza: [y clamó:]

Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado. . .
Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye: abre tus ojos, y mira nuestros asolamientos. . . porque no derramamos nuestros ruegos ante tu acatamiento confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas miseraciones.10

En toda la historia del hombre, Dios ha correspondido a sus hijos de acuerdo con su fe y oraciones.

He escuchado sus súplicas, sus expresiones de agradecimiento y sus triunfantes oraciones de exaltación. El lenguaje que se ha empleado en estas manifestaciones debe inspirar nuestro más profundo interés y más sincero estudio, si es que vamos a salir de nuestra manera común y ordinaria de hablar. Él es nuestro Rey y debemos dirigirnos a Él en un lenguaje digno de su majestad y poder.

Participamos todos en una oración cuando cantamos juntos. Por ejemplo, uno de nuestros himnos favoritos dice así:

Cuando en tentación, guíame a ti;
Cuando en aflicción, guíame a ti;
Deja tu gran poder, mi alma proteger,
Mi fortaleza ser, guíame a ti.11

Ofrecemos esta palabra de amonestación a todos los que oran: No pretendamos precisar la manera en que Dios ha de contestar nuestras oraciones. Confiemos, más bien, en su benevolente sabiduría.

Cuando oramos en las reuniones de la Iglesia, debemos entender que estamos expresando los pensamientos y sentimientos de toda la congregación y debemos evitar el común error de orar solamente por nosotros. En lugar de decir “mi oración”, “mi fe” y “te pido” hemos de decir “nuestra oración”, “nuestra fe”, “te pedimos.” Debemos estar pensando en el objeto de la oración, el significado y tema de la reunión y las necesidades y sentimientos de toda la congregación.

Nuestras oraciones no deben ser repetición de las mismas palabras cada vez que oramos ni tampoco hemos de seguir siempre el mismo modelo o rutina. Debemos recordar que las necesidades y circunstancias cambian de día en día y que nuestras oraciones se deben adaptar a la ocasión, tiempo y momento.

No debemos usar demasiadas veces el nombre de Dios y hemos de evitar la vana repetición de ciertas frases.

Nuestras Autoridades Generales nos han instruido no sólo concerniente a la repetición del nombre de Dios, sino también sobre la duración de nuestras oraciones. Reflexionemos las sabias palabras del hermano Francisco M. Lyman:

No es necesario ofrecer oraciones sumamente largas y cansadas, ya sea al principio o al fin de una reunión. No sólo no se complace el Señor, sino que es molesto a los Santos de los Últimos Días. Dos minutos de oración bastan para dar principio a cualquier servicio, y medio minuto a la conclusión.

Debemos tener presente la ocasión y hacer que la oración corresponda. A veces nuestros hábitos podrán dominarnos con mayor fuerza que el Espíritu del Señor, de modo que debemos considerar estas cosas. Ofrezcamos oraciones cortas y evitemos vanas repeticiones, especialmente del nombre de Dios y el nombre del Salvador. Es cosa muy común entre nosotros empezar la oración en el nombre de Jesucristo, terminarla en su nombre y posiblemente usar su nombré varias veces durante la oración. Si nos dirigimos al Padre, le ofrecemos nuestras peticiones y luego las terminamos en el nombre de Jesucristo, con eso es suficiente. No hay oración, por grande o importante que sea, en que se precise usar más de una vez el nombre del Hijo de Dios y del Padre.12

Si todavía tenemos alguna duda sobre el asunto de ser reverentemente breves, pensemos en las claras palabras de Jesús:

Y orando, no seáis prolijos, como los Gentiles; que piensan que por su parlería serán oídos.

No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.13

En conclusión, observemos el lenguaje clásico del Antiguo Testamento, con el que Jehová habló a Moisés cuando dijo:

Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles:
Jehová te bendiga, y te guarde:
Haga resplandecer Jehová su rostro sobre ti, y haya de ti misericordia:
Jehová alce a ti su rostro, y ponga en ti paz.14


1 Moisés 1:33, 38, 39.
2 Alma 34:17-19, 24-27.
3 Juan 16:32.
4 The Improvement Era, agosto de 1944, pág. 481.
5 Sermones de la Conferencia Semestral, septiembre de 1950, pág. 57.
6 Lucas 17:12-19.
7 Reyes 8:22, 23.
8 Isaías 38:2, 3.
9 Ibid38:16, 18-20.
10 Daniel 9:3, 17-18.
11 Himnos de Sión, núm. 160.
12 The Improvement Era, abril de 1947, pág. 245.
13 Mateo 6:7, 8.
14 Números 6:23-27.

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