Un instrumento en las manos del Señor

Ven, sígueme

Ester
Un instrumento en las manos del Señor

Por el élder Ciro Schmeil
De los Setenta

Si seguimos al Espíritu y tenemos un corazón dispuesto, el Señor nos guiará para que hagamos lo que Él necesita que hagamos.


Ser un instrumento en las manos del Señor es algo bastante sencillo. Solo tenemos que estar dispuestos a permitir que el Espíritu nos guíe y tener el valor de seguir Sus impresiones. Tal fue el caso cuando los padres de mi esposa se unieron a la Iglesia en 1968. Un joven misionero que deseaba ser un instrumento en las manos del Señor ayudó a traer a su familia a la Iglesia.

Mis suegros se reunieron con los misioneros en una ocasión, pero tras esa reunión, mi suegro no deseaba continuar. Entonces, un misionero nuevo, el élder Fetzer, fue asignado al área, y ese joven misionero y su compañero se sintieron inspirados a visitar y ministrar a la familia. El élder Fetzer pudo tocar el corazón de los miembros de la familia de una manera que otros misioneros no lo habían hecho.

Durante los siguientes seis meses, los misioneros ministraron las necesidades de la familia. Con el tiempo, los padres de mi esposa fueron enternecidos por el Espíritu y se unieron a la Iglesia; recibieron las bendiciones que recibimos cuando hacemos y guardamos convenios. Por medio de ellos, más familias se han unido a la Iglesia y han recibido las bendiciones del Evangelio.

Aquello sucedió, en parte, porque un joven de Utah estuvo dispuesto a “permitir que Dios prevaleciera” en su vida. Tuvo el valor de dejar la comodidad de su hogar, aprender un nuevo idioma y servir al Señor en Brasil.

Una simple conversación

Hace aproximadamente un año, mi esposa Alessandra recibió en el teléfono un mensaje de texto de una hermana de nuestro barrio de origen, en Brasil. Habían pasado más de dos años desde la última vez que se habían visto. La hermana escribió: “En uno de los peores días de mi vida, no sé cómo llegué a la Iglesia. Cuando lo hice, me viste, me tomaste del brazo y me pediste que me sentara a tu lado. Conversé contigo; me escuchaste y me aconsejaste”.

Aquello pareció ser una simple conversación en ese momento, pero resultó ser una oportunidad de que mi esposa fuera un instrumento en las manos del Señor. Ministró a esa querida hermana que estaba pasando por un momento difícil. Alessandra en realidad no se detuvo a pensar en ello, simplemente se sintió inspirada a escuchar y a ofrecer consuelo, y actuó de acuerdo con la inspiración. Ahora, después de más de dos años, recibió ese mensaje de texto de la hermana, que expresaba su gratitud.

No necesitamos un llamamiento para ser un instrumento en las manos del Señor. Solo debemos tener el deseo.

Por medio de estos acontecimientos he aprendido que no necesitamos un llamamiento para ser un instrumento en las manos del Señor. Solo debemos tener el deseo. “[S]i tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra” (Doctrina y Convenios 4:3).

“[P]ara esta hora”

En el Antiguo Testamento, leemos acerca de otra persona que sirvió como instrumento en las manos de Dios. Ester era una joven que había perdido a sus padres a una edad temprana. Fue criada por su primo Mardoqueo.

Después de que el rey Asuero se divorció de la reina Vasti, eligió a Ester para que fuera su nueva reina. “Y el rey amó a Ester más que a todas las otras mujeres, y ella halló gracia y benevolencia delante de él” (Ester 2:17). Ester era judía, pero el rey no lo sabía.

Amán, uno de los consejeros del rey, fue ascendido de modo que había de sentarse por encima de todos los príncipes que estaban con él (véase Ester 3:1). Y conspiró “para destruir, matar y exterminar a todos los judíos, tanto a los jóvenes como a los ancianos” (Ester 3:13).

Cuando Ester se enteró de la conspiración de Amán, Mardoqueo instó a Ester a hablar con el rey. El hacerlo suponía un gran riesgo personal para ella, pero cobró valor de las palabras de Mardoqueo, quien declaró: “¿Y quién sabe si para esta hora tú has llegado al reino?” (Ester 4:14).

“[S]i perezco, que perezca”, dijo ella (Ester 4:16), y fue al rey sin ser convocada. Aquello era una ofensa que podía castigarse con la muerte. Debido a su valentía, Ester pudo influir en el rey. Como resultado, este emitió un decreto para perdonar a los judíos. En él “concedía a los judíos que estaban en todas las ciudades que se reuniesen y estuviesen a la defensa de su vida” (Ester 8:11).

Toda función es importante

Ester estaba dispuesta a ser un instrumento en las manos del Señor. Su vida de obediencia y devoción la había preparado. Cuando pienso en ella entrando al atrio interno del palacio del rey sin invitación, me maravillo de su valor. Me recuerda la invitación del presidente Russell M. Nelson a todos nosotros de permitir que Dios prevalezca en nuestra vida1. Ester estaba dispuesta a dejar que Dios prevaleciera.

Mardoqueo, el primo de Ester, también fue un instrumento en las manos del Señor. Él la educó bien; le brindó apoyo, valor e inspiración. Todos tenemos una función que desempeñar, y cada una es igualmente importante y crucial.

Tal como lo hizo con Ester, el Señor nos coloca donde podemos ayudar a cumplir con Sus propósitos. Debemos estar preparados y ser dignos cuando nos encontramos con las oportunidades que Él nos presenta.

El Señor puso a Ester en la casa del rey por un propósito: salvar a los judíos. Tal como lo hizo con ella, el Señor nos coloca donde podemos ayudar a cumplir con Sus propósitos. Por esa razón, debemos estar preparados y ser dignos cuando nos encontramos con las oportunidades que Él nos presenta.

Las oportunidades a nuestro alrededor

Las oportunidades de ser instrumentos en las manos del Señor están a nuestro alrededor. Nuestra responsabilidad es estar preparados para actuar. A menudo no sabemos cuándo ni cómo se presentarán tales oportunidades. Debemos vivir dignos de la compañía del Espíritu Santo y tener un corazón dispuesto. Entonces el Señor nos guiará para que hagamos lo que Él necesita que hagamos.

En Doctrina y Convenios 35:3, el Señor dice a Sidney Rigdon: “He puesto mis ojos en ti y en tus obras. He oído tus oraciones y te he preparado para una obra mayor”.

El Señor nos conoce y tiene una obra para cada uno de nosotros. A veces se trata de una obra que solo nosotros podemos llevar a cabo. Dicha obra puede encontrarse en el hogar, como padres, al ayudar a un hijo o una hija que tenga dificultades, o dentro de nuestras responsabilidades en la Iglesia. De hecho, puede ser en cualquier momento, en cualquier lugar y con cualquier persona.

El Señor nos conoce y tiene una obra para cada uno de nosotros. A veces se trata de una obra que solo nosotros podemos llevar a cabo.

El presidente Dieter F. Uchtdorf, quien entonces servía como Segundo Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “[E]l Señor les dio esas responsabilidades por una razón. Es posible que haya personas y corazones a los cuales solo ustedes puedan llegar y conmover, y que nadie más pueda hacerlo de la misma manera”2.

El presidente Uchtdorf también dijo: “Al emular [el] ejemplo perfecto [del Salvador], nuestras manos pueden ser Sus manos; nuestros ojos, Sus ojos; y nuestro corazón, Su corazón”3.

Al igual que Ester, Mardoqueo, el élder Fetzer, mi esposa y muchas otras personas, todos podemos ser instrumentos en las manos del Señor.


  1. Véase Russell M. Nelson, “Que Dios prevalezca”, Liahona, noviembre de 2020, págs. 92–95.
  2. Dieter F. Uchtdorf, “Impulsen desde donde estén”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 56.
  3. Dieter F. Uchtdorf, “Ustedes son Mis manos”, Liahona, mayo de 2010, pág. 68.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s