Confiar en Dios y dejar que Él prevalezca

Confiar en Dios y dejar que Él prevalezca

Dale G. Renlund

Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

La lección primordial del libro de Job es que cada uno de nosotros puede escoger vivir su vida confiando en Dios y en Su plan, pase lo que pase.

¿Por qué les ocurren cosas malas a personas buenas? Me imagino que incluso Adán y Eva se hicieron esa pregunta. Job ciertamente se la hizo. Muchos eruditos, filósofos y teólogos han intentado proporcionar respuestas.

El libro de Job aborda la pregunta, pero nunca contesta el porqué. Job aprende que confiar en Dios y no depender de su propia prudencia es la manera de afrontar las dificultades de la vida. Esas enseñanzas nos alientan a dejar que Dios prevalezca para nos mantengamos optimistas y llenos de esperanza a pesar de los desafíos.

El pecado y el sufrimiento

Se nos facilita entender el libro de Job si consideramos este dístico: “Todo pecado causa sufrimiento, pero no todo sufrimiento es causado por el pecado”. Debido a que no todos los actos pecaminosos acarrean consecuencias negativas inmediatas al transgresor (véase Malaquías 3:13–18), podríamos ser engañados y creer erróneamente que podemos pecar de forma deliberada y que las consecuencias se pueden evitar. Sin embargo, no es así.

Si bien el arrepentimiento es gozoso para nosotros y les brinda gozo al Salvador y a nuestro Padre Celestial, nuestros pecados ocasionaron que el Salvador sufriera siendo inocente. Él pagó el precio para que nosotros no tengamos que pasar por el sufrimiento requerido como castigo, si nos arrepentimos; no obstante, no nos equivoquemos: todo pecado causa sufrimiento.

Job y sus amigos pensaban que todo sufrimiento era causado por el pecado. Eso también es falso en su fundamento. Job era un buen hombre que lo perdió todo y sufrió de manera horrible. Cuando sus amigos lo “consolaron”, supusieron que él seguramente había pecado de forma grave como para merecer semejante sufrimiento.

Job también creía que solo el pecado ocasionaba sufrimiento y quería probar a sus amigos y a Dios que su “castigo” no era proporcional a los pecados que había cometido. Tal demostración, razonó, resultaría en el cese de su sufrimiento.

Más adelante, Dios habló a Job desde un torbellino. Dios no se defendió a Sí mismo, no explicó el sufrimiento de Job ni respondió a las afirmaciones de inocencia de este. Más bien, criticó las prolongadas conversaciones de Job y sus amigos, diciendo: “¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin conocimiento?” (Job 38:2). A fin de recalcar la ignorancia de ellos, Dios planteó por lo menos 66 preguntas, exigiendo que Job las respondiera; Job no pudo hacerlo (véase Job 38–42).

Fue como si Dios hubiera dicho a Job paciente y bondadosamente: “Si no puedes responder ni siquiera una de mis preguntas sobre la tierra que he creado, ¿sería posible que existan leyes eternas que tú no entiendes? ¿Has hecho suposiciones que no sean válidas? ¿Comprendes mis motivos y cómo funciona mi plan de salvación y exaltación? Y ¿puedes prever tu destino futuro?”.

En Su sabiduría, Dios sabe que una parte vital de nuestra experiencia terrenal es no saberlo todo. Hay algo en cuanto a confiar en Él que nos permite progresar a fin de que lleguemos a ser como Él.

En un principio, Job no entendía esas cosas, pero no ha sido el único. Dios nos recuerda:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

Job comprendió el mensaje de Dios. Reconoció con humildad que no había entendido y se arrepintió de haber atribuido su sufrimiento al pecado (véase Job 42:3, 6). Job se dio cuenta de que no todo sufrimiento es castigo divino. Debido a que su sufrimiento no había sido causado por el pecado, la labor de Job consistía en confiar en Dios. Sin importar lo que pasara, Job necesitaba recordar que Dios “ama a sus hijos” a pesar de que Job “no s[abía] el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17).

Mantenerse fieles

Al igual que Job, debemos confiar en nuestro Padre Celestial y en Jesucristo y mantenernos fieles en todas las circunstancias. Mientras más reales sean Ellos en nuestra vida, más confiaremos en Ellos. Cuanto más lo hagamos, más nos centraremos en el plan de salvación y exaltación del Padre Celestial. Cuanto más mantengamos en claro esa perspectiva eterna, tanto más fácil será dejar que Dios prevalezca y tanto menos importarán las circunstancias de nuestra vida1. Como lo declaró el presidente Russell M. Nelson: “Con […] enfoque [celestial], las pruebas imposibles de alterar se hacen posibles de soportar”2.

Con esa perspectiva en mente, el rey Benjamín nos instó de esta manera: “Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender” (Mosíah 4:9).

El presidente Brigham Young (1801–1877) enseñó de forma hermosa que las circunstancias de nuestra vida no determinan nuestra perspectiva. Dijo: “Si metemos a un hombre en la cárcel y lo encadenamos, y después permitimos que sea lleno del consuelo y de la gloria de la eternidad, esa cárcel será un palacio para él. Asimismo, si sentamos a ese hombre sobre un trono con poder y dominio en este mundo, gobernando a millones y millones de personas, pero sin esa paz que fluye del Señor de los Ejércitos, sin esa satisfacción ni ese gozo que vienen del cielo, su palacio será una prisión, su vida será una carga para él; vivirá con temor, pavor y pesar. Mas cuando una persona está llena de la paz y el poder de Dios, todo está bien con ella3.

Debido a su confianza en Dios, Job aprendió: “cuando [Dios] me haya probado, saldré como oro” (Job 23:10). Job sería refinado por las experiencias que tuvo. Sabiendo que no todo sufrimiento es causado por el pecado y que se puede confiar en Dios, Lehi dijo:

“Y ahora, Jacob […], tú has padecido aflicciones y mucho pesar en tu infancia […].

“No obstante […], tú conoces la grandeza de Dios; y él consagrará tus aflicciones para tu provecho” (2 Nefi 2:1–2).

“[C]uando [Dios] me haya probado”, aprendió Job, “saldré como oro”

No temamos

Aun en nuestro sufrimiento, Dios puede ayudarnos en nuestras dificultades. Él nos ha dicho: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10). No nos abandonará aun cuando afrontemos desafíos abrumadores. Él dijo:

“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás ni la llama arderá en ti.

“Porque yo [soy], Jehová, Dios tuyo” (véase Isaías 43:2–3).

Conforme reconozcamos esas bendiciones, nuestra confianza en Dios aumentará. Nos daremos cuenta de que todo sufrimiento “se puede remediar por medio de la expiación de Jesucristo”4. Por otro lado, cuanto más “degener[emos] en la incredulidad, y [nos] apart[emos] de la vía correcta, y descono[zcamos] al Dios en quien deb[emos] poner [nuestra] confianza” (Mormón 9:20), tanto más nos inquietarán las circunstancias de nuestra vida. Cuando dejamos de confiar en Dios, sufrimos ansiedad y cedemos a la frustración y a la desesperación.

Jesucristo venció al mundo. Gracias a Él, podemos tener paz en este mundo y “confia[r]” (Juan 16:33). El testimonio de Job del Salvador es inspirador miles de años después de que lo pronunció. Job exclamó:

“Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.

“Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios” (Job 19:25–26).

A Jesucristo le encanta restaurar lo que no podemos restaurar, sanar heridas que no podemos sanar, reparar lo que se ha quebrado y no tiene arreglo5, y compensar cualquier injusticia que hayamos sobrellevado. De hecho, si se lo permitimos, Él consagrará nuestro sufrimiento para nuestro provecho y nos santificará y salvará de todo pesar6. No solo nos consolará y restaurará lo que se haya perdido (véase Job 42:10, 12–13), sino que usará nuestras pruebas para nuestro provecho.

El Salvador tiene el poder de rectificar todas las cosas y anhela hacerlo. A Él le encanta curar de manera permanente incluso los corazones quebrantados (véase Salmos 147:3). La lección primordial del libro de Job es que cada uno de nosotros puede escoger vivir la vida confiando en Dios y en Su plan, pase lo que pase.


  1. Véase Russell M. Nelson, “El gozo y la supervivencia espiritual”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 82.
  2. Véase Russell M. Nelson, “Porque nada hay imposible para Dios”, Liahona, julio de 1988, pág. 36.
  3. Brigham Young, “Remarks”, Deseret News, 15 de julio de 1857, pág. 148.
  4. Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2019, pág. 52; véanse también Isaías 61:2–3; Apocalipsis 21:4.
  5. Véase Boyd K. Packer, “La luminosa mañana del perdón”, Liahona, noviembre de 1995, pág. 22.
  6. Véase “Qué firmes cimientos”, Himnos, nro. 40.
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