El destino de la juventud

Conferencia General Abril 1961

El destino de la juventud

David O. McKay

por el presidente David O. McKay


“Alegrate, mancebo, en tu mocedad, y tome placer tu corazón en los días de tu juventud; y anda en los caminos de tu corazón, y en la vista de tus ojos: más sabe que sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio.”

El Predicador, hijo de David de la antigüedad, escribió estas palabras aproximadamente 977 años antes de J. C. Son amonestaciones a la juventud, tan apli­cables en este año 1961 después de Cristo, como lo fueron hace 3.000 años. Mas sabe, que sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio,” Cada día 6 de abril, las Autoridades Generales se reúnen con los oficiales y miembros de la Iglesia en Conferencia General para escuchar los informes del progreso de la Iglesia, apoyar a los oficiales, considerar los asuntos relacionados con el evangelio restaurado y dar los pasos que los representantes oficiales de la Iglesia estimen necesarios y útiles.

Si en esta mañana se hiciera la pregunta: “¿En qué aspecto ha logrado la Iglesia el progreso más digno de encomio durante el año pasado?”, yo no respondería: “En asuntos económicos”; aunque quizá es cierto que en ninguna otra época han prosperado más los intereses económicos de la Iglesia.

Ni tampoco contestaría: “En el aumento de nuevas casas de oración”, aun cuando los miembros de la Iglesia han dedicado mayor esfuerzo a ello y construi­do y pagado más capillas, que en cualquier otro período similar en lo pasado. Por ejemplo, encuentro que durante el año 1960 la Iglesia dedicó ciento once edi­ficios; cincuenta más están listos para ser dedicados. Se han completado, pero no dedicado porque no han sido pagados enteramente, otros 233 edificios; o sea un total de 394 edificios que la Iglesia ha construido y dedicado en 1960. No se han recopilado los informes de los tres primeros meses de 1961, pero se calcula que el número de edificios proyectados y en construcción excedería 900.

Si se nos preguntase acerca del progreso más digno de encomio, no contestaría: “El aumento en el número de miembros,” aunque el crecimiento de la Iglesia en las Estacas y Misiones durante los últimos trece meses ha sido halagador en extremo. Este aumento en núme­ros, se aproxima a la cifra de 100,000. Esta tarde, informaremos sobre el número total de miembros al leer las estadísticas.

No diría que el progreso más digno de encomio ha sido un entendimiento mejor entre los jefes de municipios, editores de periódicos y personas bien informadas en general, concerniente a los propósitos y organización de la Iglesia, y su contribución a la paz y destino final del mundo.

Yo respondería que el progreso más alentador de la Iglesia durante el año pasado se ve en el número creciente de jóvenes que participaron en las actividades de la Iglesia.

Oímos tanto acerca de la delincuencia e incorregibilidad de la juventud, que esta mañana quisiera decir algunas palabras sobre su corregibilidad, como la hemos visto y la observamos al visitar las diferentes partes de la Iglesia.

Por ejemplo, el domingo 26 de marzo de 1961 asistí a los servicios dedicatorios del edificio de la Estaca de Bountiful South, en los que hubo una asistencia de más de 1.700 personas. Me impresionó ver que la mayoría eran adolescentes y miembros jóvenes de la Asociación Primaria. Esa misma tarde asistí a la reunión sacramental del Barrio de Garden Heights, y también allí gran parte de la congregación estaba integrada por jóvenes.

Hace dos semanas, en nuestra reunión regular semanal, uno de los hermanos de las Autoridades Generales, me parece que fue el hermano Mark E. Petersen, informó que recientemente, mientras asistía a la Conferencia de la Estaca de Bear River, se había enterado de que cuatro Barrios de esa Estaca habían alcanzado una asistencia, en la reunión sacramental, de más del cincuenta por ciento del número total de sus miembros, y que dos de estos cuatro tenían una asistencia de sesenta por ciento. La Estaca de Oneida logró una asistencia de más de cuarenta por ciento durante todo el año, y en algunos de los Barrios de esa Estaca hubo una asistencia de sesenta, y aun setenta por ciento de todos los miembros. En todos estos casos, una parte muy considerable de la congrega­ción estaba constituida por la juventud.

Mucho del crédito por el aumento en la asistencia de estos jóvenes se debe al Obispado Presidente, el cual ha hecho un esfuerzo especial por conseguir que los diáconos, maestros y presbíteros asistan a sus reuniones sacramentales. Y quisiera decir a esta numerosa con­currencia que es un hecho significativo, en la organiza­ción de la Iglesia, que el Obispo del Barrio no solamente es ordenado para presidir su grupo particular eclesiás­tico, sino es designado, por autorización divina, para ser presidente del quorum de presbíteros, compuesto de jóvenes de 18, 19 y 20 años, los cuales, con las mujeres jóvenes de edad correspondiente, literalmente forman el ambiente moral de la comunidad.

Mucha de esta actividad de la juventud se debe a la Asociación de Mejoramiento Mutuo, la cual ha hecho hincapié especial en la asistencia de los miem­bros de la A.M.M. a las reuniones sacramentales. Tam­bién se debe dar crédito a la Presidencia y Mesa Directiva de la Primaria, así como a los obreros de las Estacas y Barrios.

Mas yo sé, como vosotros sabéis, que meramente asistir a la Iglesia, junto con otros actos de piedad, significan muy poco si la persona no conforma sus hechos y su manera de hablar con los principios del evangelio. El niño es afectado diariamente por tres ambientes especiales principales, los cuales encauzan sus hechos e inspiran su conducta en todas sus asociaciones con sus semejantes y le permiten dominarse a sí mismo o convertirse en esclavo de sus apetitos, pasiones y deseos. Estos tres ambientes son: el Hogar, la Escuela, la Iglesia.

Beaconsfield sabiamente escribió: “Siempre me ha parecido que los hogares constituyen el mejor amparo de la civilización, y que de ellos, debidamente fundados y conducidos, depende, más que de cualquiera otra cosa, el mejoramiento del género humano. Nuestras habitaciones son como el vivero de todas las virtudes domésticas; y sin un hogar correcto es imposible el ejercicio de estas virtudes.”

No es asunto generalmente concedido por los educadores y los padres, que la verdadera educación del niño empieza en los primeros años de su vida en el hogar. Uno de nuestros filósofos modernos más destacados se refiere al valor de la educación de la niñez, en estos términos:

El tiempo no tiene el mismo valor en la niñez que en años posteriores. Fisiológica y psicológicamente, el año es más largo para un niño que para un hombre. Para el niño de diez años de edad, un año equivale a dos para un hombre de veinte. Si el niño es menor, la diferencia es mayor aún. El tiempo que transcurre entre el tercer y el séptimo años de edad probable­mente representa una duración que equivale a quince o veinte años para un hombre crecido.

Es precisamente en esta edad que el niño edifica el molde en el cual entrarán todos los acontecimientos de su vida futura, y particularmente su código moral. Esto explica la cantidad tan considerable de conocimiento que un niño puede acumular en sus primeros años. Sería deseable en extremo que los padres y educadores tomaran en consideración este hecho.

La educación moral de un niño es distinta de la que se da a un hombre. De hecho, tratándose de los que son demasiado jóvenes, es importante no juzgar la gravedad de la falta por sus consecuencias. Para el niño, una falta es seria en sí misma— absoluta y no relativamente—porque se ha decretado que es grave. Solamente la naturaleza absoluta de una falta puede comunicar el niño una disciplina moral verdadera, sin la cual es imposible el progreso.

Es imposible dar forma al carácter moral del niño si no se obedece este principio, porque las faltas casi siempre son veniales en sus consecuencias. Únicamente en la edad más tierna del niño es cuando puede formarse el carácter.

Los padres visten a sus niños con su ropa mejor cuando salen de visita. No es tan fácil cambiarles el carácter. Los rasgos que el niño desarrolla en el hogar lleva consigo a la sociedad. La naturaleza egoísta y áspera, o un alma alegre, bondadosa y radiante—que se han desarrollado en el ambiente del hogar—van con él cuando forma parte del grupo social. Si deseáis que vuestros hijos sean corteses en la sociedad, enseñadlos a que lo sean en el hogar. “Si me hace Ud. el favor”, “gracias”, “dispénseme”, son frases de cultura más aplicables y más educativas en el hogar que en los círculos sociales. Llegan a nuestras escuelas e iglesias muchos niños procedentes de hogares donde raras veces se enseñan y con menos frecuencia se practican las virtudes fundamentales que señalan al verdadero caballero y la mujer estimada.

En este país cristiano está vedada la enseñanza de dogmas religiosos en las escuelas, pero la enseñanza de la verdadera ciudadanía: la honradez, lealtad, el cumplimiento de lo prometido y otras virtudes que contribuyen a la dignidad del hombre, tales cosas no están prohibidas.

Recientemente hizo un viaje a California un grupo de alumnos, en quienes se manifestaron estos altos ideales. El diario, Deseret News, publicó el siguiente comentario respecto de ellos:

En estos tiempos difíciles, la juventud vigorosa, llena de ambición, temeraria, lleva un poco más de la parte que le corresponde, de la crítica que la gente suele imputar la tina a la otra; pero cuando la juventud se conduce de tal manera que se granjea la admiración y encomio de muchos observadores, no se debe permitir que la ocasión pase por alto.

Una de estas impresiones favorables fue la que dejó con nuestros amigos de California, un grupo de alumnos de música, seleccionados de entre las escuelas secundarias de la región de Salt Lake, quienes en digna manera mantuvieron los altos ideales de sus escuelas, sus hogares y su ciudad, cuando participaron recientemente en la Convención Nacional de Educadores de Música, efectuada en Santa Mónica, California. Este contingente de Salt Lake fue integrado por grupos orquestales y corales.

Una de las impresiones típicas que nuestros jóvenes causaron en sus huéspedes se ve manifestada en el siguiente encomio del subgerente del hotel donde se alojaron los alumnos del Distrito de Granite: “Raras veces tiene uno la oportunidad de ver su casa llena de jovencitos tan agradables, corteses y de tan buena presentación, como el grupo que el señor Moroni L. Jensen trajo a Santa Mónica. . . . Estamos dirigiéndoles esta carta para hacerles saber de la admirable impresión que causaron en nosotros el señor Jensen y los jóvenes de Salt Lake City.”

Si hubiesen sido delincuentes y bulliciosos, olvidán­dose de ser damas y caballeros, los periódicos nos lo habrían informado. Damos las gracias a la gerencia del hotel por este encomio dado a nuestros jóvenes, verdaderos representantes de buenos hogares.

El hombre debe conducirse de tal manera que pueda granjearse la confianza de sus semejantes.

Hay unanimidad de conceptos en este respecto—escribe un sabio filósofo—que en ningún otro lugar se halla sino sobre el tema de los Diez Mandamientos, pero son tan insignificantes los esfuerzos que se están haciendo por inculcar indeleblemente esta idea en los pensamientos de los niños, a fin de que reaccionen automáticamente, que uno se queda pasmado. No sólo la paz, sino el equilibrio, la justicia, el comercio, la industria y la ciencia del mundo entero dependen de la confianza en la integridad y en la palabra de los hombres; y toda la enseñanza moral dada a la juventud en el curso de diez o quince años de educación e instrucción ciertamente no representa más que unas pocas horas, y en algunos casos, pocos días. Se colma a la juventud con cantidad de detalles inútiles, y se hace caso omiso de lo esencial.

(Lo “esencial” se refiere a la instrucción moral, en la que se enseña la dignidad de la caballerosidad verdadera.)

Bien podía enseñarse al agricultor a producir flores sin aprender a cultivar un campo; o enseñar a los jóvenes el arte del maquillaje sin aprender a lavarse. Los exámenes tienen que ver con una cantidad de hechos que están destinados a echarse en el olvido dentro de tres meses, o que son puramente técnicos; se instruye a los niños a que se conduzcan decentemente en público, pero a nadie se le ocurre hacerlos repetir diariamente, como si se tratara de una oración: “Toda promesa es sagrada. Nadie está obligado a dar su palabra. Pero el que no cumple con lo que dice es deshonrado. Comete un crimen imperdonable contra su dignidad; comete una traición; se cubre de vergüenza; se destierra a sí mismo de la sociedad humana.”

Esto no será en realidad una oración, pero sí es un credo, el cual, expresando fe en la dignidad del hombre, se remonta más allá de él hasta Dios, de quien lo hemos recibido.

Aquel de quien se dice que ha sido el norte­americano más sabio, escribió hace años: “El carácter es mayor que el intelecto. El alma noble debe tener la habilidad para vivir así como para pensar.”

En la Iglesia, el aumento de participación en las actividades indica un deseo de participar de la espiritua­lidad, que es la adquisición más noble del alma, y la juventud la anhela. Sé que hay muchos que no sienten esto, muchos que no vienen; pero vosotros sabéis, mis correligionarios, que los jóvenes se complacen con lo que es bueno y verdadero.

Estoy agradecido por la dulce seguridad de que Dios es mi Padre, y quisiera que la juventud de Israel se sintiera tan cerca de Él, que lo buscara diariamente por medio de la oración secreta. Quisiera que tuvieran en El la confianza que una niña ciega demostró en su padre. Un día iba sentada en su regazo en el tren, y un amigo de su padre que iba sentado a un lado le dijo: “Deme a la niña para que descanse.” Entonces tomó a la pequeñuela en sus brazos y la sentó en su regazo. Su padre le preguntó: “¿Sabes con quién estás?” La respuesta de la criatura fue: “No, pero tú sí sabes.”

Igualmente verdadera debe ser la confianza que nuestros jóvenes y señoritas han de tener en su Padre Celestial. Si nuestra juventud tiene esta clase de fe, y con ella recurre al Señor, son cuatro, por lo menos, las bendiciones que serán de ellos en esta vida.

La primera es gratitud. Sus almas estarán llenas de agradecimiento por lo que Dios ha hecho por ellos. Descubrirán que son ricos en favores concedidos. El joven que cierra la puerta detrás de sí, que corre las cortinas y allí en silencio suplica la ayuda de Dios, primeramente debe expresar con el alma su agrade­cimiento por su salud, amigos, seres amados, el evan­gelio, las manifestaciones de la existencia de Dios. Debe primeramente contar sus muchas bendiciones y enu­merarlas una por una.

La segunda bendición que trae la oración es orientación. No puedo concebir que se vaya a desviar el joven que se arrodilla al lado de su cama en la mañana y pide a Dios que le ayude a guardarse sin mancha de los pecados del mundo. No creo que pueda ir por malos caminos la joven que se pone de rodillas en la mañana y ruega que pueda conservarse pura y sin mancha durante el día. No puedo imaginar que en el corazón de un Santo de los Últimos Días se abrigue la enemistad, si con toda sinceridad, en secreto, le pide a Dios que depure su corazón de todo sentimiento de envidia y mala voluntad contra sus semejantes. ¿Orientación? ¡Sí! Dios estará allí para orientar y dirigir a aquel que busca con fe, con toda su alma y con todas sus fuerzas.

La tercera bendición es confianza. En todo el país hay miles y decenas de miles de estudiantes que están luchando para obtener una educación. En la Iglesia, enseñemos a estos estudiantes que si desean lograr el éxito en sus estudios, deben buscar a su Dios; que el Maestro más grande que el mundo ha conocido se halla cerca para ayudarlos. Cuando el estudiante llega a comprender que puede allegarse al Señor mediante la oración, recibirá la confianza para poder presentar sus lecciones, escribir su composición, levantarse delante de sus condiscípulos y pronunciar su mensaje sin temor de fracasar. La confianza viene por medio de la oración sincera.

Por último, recibirá inspiración. No es cosa de la imaginación que si recurrimos a Dios sinceramente, buscando su luz y orientación, nuestros pensamientos serán esclarecidos y nuestras almas conmovidas por su espíritu. Los grandes pensadores y patriotas del mundo lo han buscado; José Smith lo supo; y el testimonio, la evidencia de la inspiración del profeta José se manifiesta a todos aquellos que sólo tienen que abrir los ojos para ver y el corazón para entender.

La Providencia os dirija a vosotros, nuestra juventud, dondequiera que estéis. En tanto que os conservéis puros y sin mancha y con sincera oración os guardéis cerca de vuestro Padre Celestial, su Espíritu os orientará, os engrandecerá en vuestra juventud y os convertirá en potencia para hacer el bien en la tierra.

Vuestro Padre Celestial siempre está listo para ayudaros en la hora de necesidad y concederos fuerza y consuelo, si os allegáis a Él con pureza, sencillez y fe.

En su poema, “Anclados en lo Infinito”, Edwin Markham dice:

Quien por vez primera un puente
Sobre el salto del Niágara irguió,
Antes de tender el recio cable
Que una orilla con la opuesta unió,
Con una frágil cometa al otro lado
Del abismo un cordel delgado envió,
Que atado a otro, cada vez más fuerte,
El grueso cable allende el río llevó.
Así con timidez el débil pensamiento
Enviamos a través del vasto firmamento
Con el hilo de la fe que al cielo asciende
El cual, llegado a Dios, un vínculo extiende,
Y al tornarse en cable ese cordel bendito
Nos anclará para siempre en lo Infinito.

Vuelvo a repetir, Dios os bendiga, nuestra juventud, a fin de que podáis dirigirle vuestros pensamientos mediante la oración y la fe, y recibir la certeza de que estáis anclados en lo Infinito, con Dios nuestro Padre y su Santo Hijo, el Redentor del mundo, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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