Nuestra responsabilidad

Conferencia General Abril 1961

Nuestra responsabilidad

Henry D. Moyle

por Henry D. Moyle
de la Primera Presidencia


«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y  los que en él habitan.” (Salmo 24:1)

Como Santos de los Últimos Días, aceptamos literalmente estas palabras del Salmista. Somos del Señor, así como lo son todos nuestros semejantes. De manera que todos somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios, junto con su Hijo Unigénito, Jesucristo, nuestro hermano mayor. Es un parentesco mucho más estrecho de lo que la mayor parte de nosotros supone­mos. Justifica ampliamente la amonestación de tratar a otros como deseamos que ellos nos traten, así como todo lo demás que Cristo enseñó al mundo en su Sermón del Monte. De hecho, este parentesco constituye la base de todas las enseñanzas de Cristo.

Lo que el Señor tiene para sus hijos aquí en la tierra, lo tiene para todos nosotros. No hace acepción de personas. La responsabilidad que acompaña a cual­quier don que viene de Dios sirve de fondo a sus relaciones con sus hijos en todas las generaciones y tiempos.

Aquellos de nosotros que somos los recipientes de sus grandes bendiciones entendemos bien nuestro deber y no lo eludimos. De ahí, el motivo y fundamento de toda nuestra gran obra misional, aquí y en el extranjero.

Habiendo recibido el conocimiento de la restaura­ción del evangelio, nos sentimos impulsados por una fuerza, mayor que cualquier poder o influencia terre­nal, a predicar el evangelio a otros a fin de que dis­fruten, junto con nosotros, de la plenitud de la vida con nuestro Padre Celestial.

Las palabras de Juan en su Evangelio ponen de relieve la importancia de nuestra obra misional: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3)

Con frecuencia se nos ha preguntado por qué no limitamos nuestra obra a los paganos, y por qué es que molestamos a las naciones cristianas. La respuesta a esta pregunta tan importante se encuentra más bien en el hecho de que la obra misional que llevamos a cabo es la misma en todas partes, sea aquí o en alguna lejana nación del mundo. Nuestra responsabilidad consiste en llevar el evangelio restaurado de Jesucristo a todos nuestros semejantes. A raíz del ministerio de Cristo, sus apóstoles y compañeros llevaron el evangelio a los grandes centros de cultura: Jerusalén, Corinto, Efesio, Atenas, Roma, Cartago, sin mencionar muchos otros.

No se nos ha dejado en la duda con respecto a lo que debemos hacer. Hacia el fin del Evangelio según San Juan, leemos: “Se entristeció Pedro de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y dijo: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.  Jesús le dijo (por la tercera vez): Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:17)

Si hubiere duda alguna en nuestras mentes con­cerniente al significado de esta parábola, toda duda sería quitada al leer las últimas frases del Evangelio según San Mateo:

Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado… (Mateo 28:19-20)

Con el transcurso del tiempo no se ha modificado nuestro parentesco del uno con el otro o para con Dios. No es menor la obligación que hoy tenemos de enseñar a otros las vías de Dios, que la de sus apóstoles de la antigüedad. De hecho es mayor el apremio sobre nosotros, porque Dios nos ha dado suficientes recursos temporales, así como medios ilimitados para comunicar a todo el género humano las verdades eternas del evangelio de Jesucristo, que nuevamente se han dado al hombre por conducto de sus profetas en estos postreros días para convencer las almas de los hombres de que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que antes de la fundación del mundo, Dios mismo ideó un plan para la salvación y exaltación del hombre, plan, que si se obedece, llevará a todos sus hijos de nuevo a su presen­cia divina, para morar allí eternamente en un estado de felicidad y progreso eternos; y que nosotros, mediante el don y el poder del Espíritu Santo, podemos conocer, entender y seguir este plan de vida que también nos enseñó nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, mientras vivió entre los hombres sobre la tierra en el Meridiano de los Tiempos.

Por cierto, este curso que Dios se propone que sus hijos sigan en su estado carnal fue dado a Adán y ha sido revelado a todos los profetas de Dios, en cada una de las dispensaciones del evangelio para el esclareci­miento del género humano hasta el tiempo presente. El apóstol Pablo dijo:

“dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su complacencia, la cual se había propuesto en sí mismo,
de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra”. (Efesios 1:9-10)

Estamos ahora en la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, de la cual habló Pablo a los Efesios. En vista de que ahora se ha revelado a los hombres el Cumplimiento de los Tiempos, tenemos todo lo que ha acontecido en dispensaciones anteriores para presen­tar y enseñar a los hombres en la actualidad.

Por supuesto, es el tiempo presente lo que ocupa de pronto nuestra atención. Esto nuevamente demuestra cuán grande es nuestra responsabilidad y cuán mara­villosa nuestra oportunidad para servir. Dios tiene por objeto que todo el género humano reciba, tarde o temprano, el mensaje de la restauración del evangelio en su plenitud.

En la Conferencia General de la Iglesia, celebrada en Nauvoo en octubre de 1840 José Smith dijo:

Lo que [Dios] se ha “propuesto en sí mismo” en la escena final de la última dispensación, es que todas las cosas que pertenecen a esta dispensación sean conocidas precisamente de acuerdo con las dispensaciones anteriores. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 200)

Vemos que el evangelio de hoy es el evangelio de ayer. Por tanto, las revelaciones de Dios al hombre por medio de sus profetas en lo pasado, cual se hallan en la Santa Biblia, son de urgente importancia y apli­cación a nuestras vidas hoy. En ningún respecto son anticuadas o fuera de moda, para nosotros. Las reve­laciones de lo pasado y lo presente revelan a Dios el Padre, y a su Hijo Jesucristo a todos aquellos que leen con el deseo de entender. Las leyes de Dios son eternas. La relación que guardamos con Dios es al mismo tiempo invariable y eterna.

Permítaseme decir entre paréntesis, que las nuevas ediciones de la Biblia, pese a lo moderno que sean, no pueden ayudarnos a menos que nos presenten una interpretación más exacta de la materia original aun disponible.

En este respecto se llama nuestra atención, en forma particular, a la importancia de la traducción de la Biblia. Nuestro Octavo Artículo de Fe reza así: “Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.”

El Apóstol Pablo explicó a los Corintios el requisito necesario para entender a Dios cuando dijo: “. . . Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3)

Nuestro actual entendimiento de las Escrituras y conversión a la verdad, deben ceñirse al modelo que se dio para la conversión de Pablo, y que él obedeció en su ministerio al convertir a otros. Este Apóstol dijo en una ocasión: “Yo planté, Apolos regó: mas Dios ha dado el crecimiento.” (1 Corintios 3:6) Donde no se da el crecimiento, al que se refirió Pablo, tampoco hay conversión.

La declaración de Job es lúcida en extremo: “Cier­tamente espíritu hay en el hombre, e inspiración del Omnipotente los hace que entiendan.” (Job 32:8)

Por tanto, cuando se trata de cumplir toda justicia, comunicando a nuestros semejantes el mensaje del evangelio cual se ha revelado a nosotros, hemos de enseñar con el Espíritu. El Espíritu debe testificar la verdad de nuestro mensaje. Si hablamos de nosotros mismos, nuestra obra se desvanecerá. Leemos en la Epístola a los Corintios:

Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.
Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.
Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor;
y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder,
para que vuestra fe no estuviese fundada en la sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios”. (1 Corintios 2:1-5)

Y a los Efesios, el mismo Apóstol escribió:

porque por medio de él [Cristo] los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
Un cuerpo, y un Espíritu; como fuisteis también llamados a una misma esperanza de vuestra vocación;
un Señor, una fe, un bautismo,
un Dios y Padre de todos, quien está sobre todos, y por todos y en todos vosotros. (Efesios 2:18; 4: 4-6)

Damos solemne testimonio a todos de que Dios se ha revelado a sí mismo al mundo, junto con su Hijo Jesucristo, por conducto de su profeta, José Smith; que ha restituido su sacerdocio, sus profetas y sus apóstoles sobre la tierra, igual que en la antigüedad, y se hallan entre su pueblo en la actualidad. Nosotros, como recipientes del Santo Sacerdocio, estamos facul­tados y autorizados para predicar el evangelio de Jesu­cristo al género humano en esta época y administrar todas las ordenanzas del evangelio dadas al hombre desde la época de Adán hasta el tiempo presente. A todos nuestros élderes que han salido a cumplir una misión en este país, así como los que se hallan en las varias naciones de la tierra, les ha sido conferido el sacerdocio de Dios y han salido para enseñar al mundo los principios salvadores del evangelio, llamar a sus habitantes al arrepentimiento, amonestarlos de peligros inminentes, de los cuales sólo pueden salir con éxito llevando vidas justas, adhiriéndose a los principios de verdad que emanan del trono de Dios, cuya obediencia trae como fruto la paz en la tierra y la exaltación eterna en el reino de nuestro Padre Celestial.

El Señor dijo en una ocasión: “Porque he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39)

Todo élder de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, llamado al servicio del Maestro como misionero, sale a proclamar estas verdades, con esta amonestación del Señor: “Efectuad la obra de Dios, estableced su gloria, volved el corazón y espíritu de los hombres a su Creador.” Hemos recibido una comisión muy positiva y definitiva de los cielos. El Señor ha hablado y esto es lo que ha dicho:

…No sois enviados para que se os enseñe, sino para enseñar a los hijos de los hombres las cosas que yo he puesto en vuestras manos por el poder de mi Espíritu;
y a vosotros se os enseñará de lo alto. Santificaos y seréis investidos con poder, para que impartáis como yo he hablado.
Y además, los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del evangelio. (Doc y Con 43:15, 16: 42:12)

A quienes escucharen les será concedido conocer y entender las enseñanzas de nuestros élderes, si abren su corazón y pensamientos y tienen un deseo sincero de conocer la verdad. El Señor contestará las ora­ciones de aquellos que desean saber la verdad. ¿No fue el Maestro quien nos amonestó: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá? (Mateo 7:7)

Hay en todo el mundo miles de personas que pueden testificar que el mensaje de los misioneros de la Iglesia es verdadero. No dependen únicamente de la palabra de los élderes de la Iglesia. Reciben su propio testimonio que nace del Espíritu. Este es el don más grande de lo Alto que puede venir al hombre. Inmediatamente se ven en su situación verdadera, en lo que respecta a sus semejantes y a su Dios. Saben lo que deben saber. Se muestran dóciles al plan del evangelio. Buscan el bautismo por inmersión para la remisión de sus pecados.

Cristo fue a Juan el Bautista en el desierto para ser bautizado de él en el río Jordán. Reconoció, desde luego, la autoridad que Juan tenía para bautizar. Declaró que se bautizaba para “cumplir toda justicia.” En seguida de su bautismo, y al subir “luego del agua” habiendo sido sumergido en ella, se abrieron los cielos, se apareció el Padre y dijo: “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento.” El Espíritu Santo, el otro miembro de la Trinidad, descendió del cielo y reposó sobre el Salvador. De este modo nuestro Señor fue bautizado en el agua y del Espíritu.

En todas las generaciones y tiempos, aquellos que se han bautizado de acuerdo con el plan decretado por el Padre, y han sido justificados por el Hijo reciben el Espíritu Santo después de su bautismo, mediante la imposición de manos de aquellos que tienen la auto­ridad. Este Espíritu Santo es el Consolador que, según la promesa de Cristo a sus apóstoles, el Padre les enviaría de lo Alto después de la ascensión. Los que buscan al Consolador pueden estar seguros, si rinden – obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio, que jamás se hallarán solos, antes siempre tendrán la influencia, poder e inspiración de un miembro de la Trinidad presente en todo momento.

Leemos en el evangelio de Juan:

Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Y también vosotros daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio. (Juan 15:26-27)

Resta a vosotros decidir si nuestro mensaje es semejante a la semilla de la parábola del sembrador, parte de la cual cayó junto al camino, o en pedregales, o entre espinas o en buena tierra, donde oída y enten­dida dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta y cual a treinta.

Nuestra predicación del evangelio en la actualidad no es diferente de la de los días de Pentecostés en Jerusalén, cuando el apóstol Pedro predicaba a la multitud. Leemos:

y de repente, vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos.
Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” (Hechos 2:2-4)

Entonces Pedro les testificó con el poder y majestad del sacerdocio:

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Entonces al oír esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?
Y Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. (Hechos 2:36-38)

Teniendo al presidente McKay para que oriente nuestros esfuerzos en cumplir con nuestro deber de propagar el evangelio aquí y en el extranjero, siempre sabemos cuál es el camino recto que hemos de seguir. El Señor lo ha levantado para que sea su Profeta, Vidente y Revelador, y dé a su Iglesia revelaciones concernientes a nuestros deberes como miembros de la misma en el mundo en la actualidad. Todos nos estamos percatando más y más de nuestra responsabilidad, nuestro privilegio, poder y oportunidad. Por todos lados el mundo nos está invitando a que divulguemos, por decir así, el secreto de nuestra unidad, éxito y felicidad. Nadie queda privado de la oportunidad.

Alguien preguntará cómo convertimos a otros a la verdad. La respuesta es que nosotros no lo hacemos. La conversión viene de lo Alto. La parte que desem­peñamos en esta obra es plantar las semillas de la verdad. Estas semillas nacen de nuestra convicción cuando testificamos la misión divina de Jesucristo, el Hijo del Dios Viviente, que se ofreció a sí mismo como sacrificio por los pecados del mundo. Confiamos en el don del Espíritu Santo para que lleve nuestro mensaje al corazón de los que nos escuchan y les testifique la verdad de nuestra convicción declarada.

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, —declararon José Smith y Sidney Rigdon en 1832— este es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios. (D. y C. 76: 22-24)

Dios nos ayude a todos nosotros, sus hijos, para que podamos encaminar nuestros pasos hacia Él, obedeciendo las leyes y mandamientos estipulados en su evangelio, humildemente ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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