Cómo Encontrar la Luz en un Mundo Tenebroso

CAPÍTULO DOCE

Jóvenes, Escuchen la Voz del Espíritu


SOY PLENAMENTE CONSCIENTE de que el mundo en el que la juventud de hoy vive será muy diferente de aquel que yo conocí. Los valores han cambiado. Los principios básicos de la decencia y del respeto por las cosas buenas están siendo degradados. La inmoralidad lo invade todo. Ustedes, jóvenes, en muchos aspectos son la esperanza del futuro, y quisiera recordarles que los diamantes valiosos brillan más cuando se colocan sobre un fondo oscuro.

Para ustedes, excelentes muchachos y muchachas, hay un pasaje de las Escrituras que se encuentra en Doctrina y Convenios: “Prestad oído a la voz del Dios viviente” (DyC 50:1). La voz del Espíritu está universalmente al alcance de todos. El Señor dijo: “El Espíritu da luz a todo hombre [y mujer] (…) en el mundo que escucha su voz” (DyC 84:46). Él declara también que “todo aquel que escucha la voz del Espíritu viene a Dios, sí, al Padre” (DyC 84:47).

Algunas personas buscan encontrar la vida abundante. El apóstol Pablo explicó claramente que es “el espíritu [el que] vivifica” (2 Corintios 3:6). De hecho, el Salvador dijo: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

Ustedes pueden preguntar: “¿Cuáles son, entonces, los frutos del Espíritu?” Pablo respondió a esa pregunta diciendo que son: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22–23). La alegría que buscamos no es una rápida emoción pasajera, sino una alegría interior constante, que aprendemos a lo largo de una vida de experiencia y confianza en Dios. El ensayista y filósofo Ralph Waldo Emerson escribió:

“La rectitud es una victoria perpetua, celebrada no con gritos de júbilo, sino con serenidad, que es una alegría permanente y habitual.”

Lehi enseñó a su hijo primogénito, Jacob: “Los hombres existen para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Para alcanzar ese grandioso objetivo, necesitamos “prestar oído a la voz del Dios viviente” (DyC 50:1).

Quiero declarar que soy un testigo viviente del gozo que sentimos al prestar oído al Espíritu, pues yo lo he sentido. Las personas que viven el evangelio aprenden a “vivir felices”, como los nefitas (véase 2 Nefi 5:27). En todo el mundo, en los diversos países donde la Iglesia está establecida, los miembros pueden añadir su testimonio al mío. Existe abundante evidencia de que la paz, la esperanza, el amor y el gozo prometidos son dones del Espíritu. Unimos nuestras voces en una súplica común para que todos los hijos de Dios compartan de esos dones.

Oímos, sin embargo, otras voces. Pablo dijo: “Hay (…) tantas clases de voces en el mundo” (1 Corintios 14:10), que compiten con la voz del Espíritu. Supongan que en este momento intentan escuchar una sola voz: la mía, prestando testimonio de las verdades del evangelio. Imaginen, sin embargo, lo que sucedería si, de repente, mientras estuvieran leyendo estas palabras, una persona impertinente empezara a gritar obscenidades a su lado; otra comenzara a pelear con él; otro empezara a discutir con un vecino; y alguien encendiera una música bien ruidosa. En breve, un coro de voces ásperas y rivales ahogaría mi voz, haciendo difícil, o incluso imposible, que recibieran el mensaje espiritual que yo intentaba transmitir.

Esa es la situación en la que se encuentra el mundo. La voz del Espíritu está presente en todas partes, pero es apacible. Isaías dijo: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17). El adversario intenta ahogar esa voz con una multitud de voces ruidosas, persistentes, persuasivas y seductoras.

Voces reivindicadoras que señalan injusticias.
Voces quejumbrosas que detestan los desafíos y el trabajo.
Voces seductoras que ofrecen placeres sensuales.
Voces tranquilizadoras que nos arrullan con seguridad carnal.
Voces intelectuales que profesan sofisticación y superioridad académica.
Voces orgullosas que confían en el brazo de la carne.
Voces aduladoras que nos llenan de orgullo.
Voces escépticas que destruyen la esperanza.
Voces divertidas que promueven la búsqueda del placer.
Voces comerciales que nos incitan a “gastar dinero en lo que no tiene valor” o a “trabajar en lo que no puede satisfacer” (2 Nefi 9:51).
Voces delirantes que estimulan el anhelo por “fuertes emociones”. No me refiero a las emociones provocadas por las drogas o el alcohol, sino a aquellas relacionadas con experiencias peligrosas, en las cuales se arriesga la vida a cambio de algunos momentos de emoción. La vida, incluso la nuestra propia, es tan preciosa que tendremos que dar cuentas de ella al Señor, y no debemos jugar con ella. Si la perdemos, no podremos recuperarla. Existen muchas manifestaciones de esa insensata búsqueda de emociones que no enumeraré para no dar ideas a nadie. “El conocimiento del pecado hace que seamos tentados a cometerlo.”

En su generación, ustedes serán asolados por un número inmenso de voces que les dirán cómo vivir, cómo satisfacer sus pasiones, cómo alcanzar todo lo que deseen. Habrá toda clase de programas de computadora, equipos interactivos, bancos de datos y sistemas de comunicación electrónica; habrá programas de autoedición electrónica, receptores satelitales y redes de comunicación que inundarán su vida de información. Habrá redes locales de noticias por cable que cubrirán solamente las noticias locales. Todos estarán siendo más vigilados. Habrá pocos lugares de refugio y serenidad. Ustedes serán bombardeados con el mal y la iniquidad como jamás ocurrió en ninguna generación pasada. Al imaginar esas probabilidades, recuerdo las palabras de T. S. Eliot:

“¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?”

Sin duda, algunos serán engañados y tendrán una vida llena de sufrimiento y tristeza. Otros disfrutarán de la promesa registrada por Jeremías: “Pondré mi ley en su interior” (Jeremías 31:33). De cierta manera, será más difícil ser fiel en esta época, tal vez incluso más que lo fue empujar un carrito de mano a través de las llanuras. Cuando alguien moría en la frontera desértica de América del Norte, sus restos eran sepultados y los carritos de mano continuaban su jornada hacia el oeste, pero los sobrevivientes tenían la esperanza de que el alma eterna de su ser querido sería salva. No obstante, cuando alguien muere espiritualmente en el desierto del pecado, la esperanza es reemplazada por el temor respecto al bienestar eterno de aquel ser querido.

Muchos de su generación han sido condicionados por el mundo a quererlo todo y de inmediato. Muchos no saben ahorrar ni trabajar. Esos deseos egoístas e impacientes hacen a esas personas susceptibles a la tentación. El Libro de Mormón identifica cuatro categorías de tentaciones utilizadas por Satanás: la ganancia, la confianza en el poder de la carne, la búsqueda de popularidad y la búsqueda de los placeres de la carne y de las cosas del mundo (véase 1 Nefi 22:23).

La estrategia de Satanás es “desviar de la verdad el corazón de ellos, para que se vuelvan ciegos y no comprendan las cosas que para ellos fueron preparadas” (D. y C. 78:10). Él crea una cortina de humo para oscurecer nuestra visión y desviar nuestra atención.

El presidente Heber J. Grant declaró: “Si obedecemos fielmente los mandamientos de Dios, Sus promesas se cumplirán literalmente (…) El problema es que el adversario del alma de los hombres les ciega la mente. Les echa arena, por así decirlo, en los ojos y los ciega con las cosas de este mundo”.

¿Cómo pueden ustedes discernir las cosas a las que deben dar oído y en qué deben creer? Las consecuencias individuales de esas elecciones son inmensas. Para sobrevivir, necesitan aprender a seguir la voz del Espíritu. Ese aprendizaje ocurre cuando vivimos el evangelio. Existen aspectos específicos del evangelio que, si ustedes se concentran atentamente en ellos, les ayudarán a oír la voz del Espíritu.

En primer lugar, usen su albedrío moral con sabiduría. Omni explica cómo podemos escoger debidamente en qué concentrar nuestra atención: “Nada hay que sea bueno que no venga del Señor; y lo que es malo viene del diablo” (Omni 1:25). Tenemos que tomar decisiones en todo momento entre lo que viene del Señor y lo que viene del diablo. De la misma forma en que diminutas gotas de agua moldean un paisaje, las decisiones que tomamos a cada minuto moldean nuestro carácter. Vivir el evangelio eterno todos los días puede ser más difícil que morir por la Iglesia y por el Señor.

Moroni también contrasta lo que nos “invita e incita a pecar y a hacer continuamente lo malo” con lo que nos “invita e impulsa a hacer lo bueno continuamente” (Moroni 7:12–13). Él nos da la clave para juzgar:

“Viendo que conocéis la luz por la cual podéis juzgar, luz esa que es la luz de Cristo, tened cuidado para no juzgar erradamente; porque con el mismo juicio con que juzgareis, seréis también juzgados. Por tanto, os suplico, hermanos, que procuréis diligentemente, en la luz de Cristo, diferenciar lo bueno de lo malo; y si os aferráis a todo lo que es bueno y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo” (Moroni 7:18–19).

En segundo lugar, necesitan tener un propósito. En diciembre de 1992, cuando estuvimos en Israel con el Coro del Tabernáculo, el hermano Truman Madsen y yo tuvimos el honor de ser recibidos por el Sr. Shimon Peres, ministro de relaciones exteriores de Israel y ex primer ministro. Él nos contó una historia que nunca olvidaré. Dijo que cuando era niño, viajaba en automóvil de Tel Aviv a Haifa, en la Tierra Santa, en compañía de David Ben-Gurion, el George Washington del Estado de Israel. En el camino, sin ninguna explicación, el presidente Ben-Gurion dijo: “Trotsky no fue un líder”. Se refería a León Trotsky, uno de los arquitectos de la revolución comunista rusa. Poco después, añadió: “Trotsky fue brillante, pero no fue un líder porque no tenía un propósito”.

Todos necesitamos un propósito en la vida. Como miembros de la Iglesia de Cristo, tenemos que reflexionar sobre el resultado de nuestra salvación (véase D. y C. 46:7). Alguien dijo: “Si no nos levantamos en defensa de algo, caeremos ante cualquier cosa”.

“Y si vuestros ojos estuvieren fijos en mi gloria, todo vuestro cuerpo se llenará de luz y en vosotros no habrá tinieblas; y el cuerpo que está lleno de luz comprende todas las cosas” (D. y C. 88:67).

“El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8).

“La concentración hace que la mente se torne omnipotente. Ella es un instrumento del Señor revestido de un tabernáculo mortal, y necesitamos aprender a disciplinarla y hacer que se concentre en una dirección”.

La parte más justa de los nefitas tuvo que aprender a concentrar su atención para oír la voz: “Oyeron una voz que parecía venir del cielo; y miraron en todas direcciones, porque no entendían la voz que oían; y no era una voz áspera ni fuerte; sin embargo, a pesar de ser una voz apacible, les penetraba hasta lo más íntimo, de modo que no había parte de su cuerpo que no temblase; sí, les penetró hasta lo más profundo de su alma y les hizo arder el corazón” (3 Nefi 11:3).

Escucharon la voz por segunda vez, pero no la comprendieron. Cuando escucharon la voz por tercera vez, “aguzaron los oídos para escucharla; y sus ojos estaban puestos hacia el lugar de donde venía el sonido; y miraban fijamente hacia el cielo, de donde provenía el sonido” (vv. 4–5). Si queremos dar oídos a la voz del Espíritu, también necesitaremos aguzar nuestros oídos, volver el ojo de la fe hacia la fuente de la voz y mirar fijamente hacia el cielo.

Estén conscientes de que existen huestes invisibles velando por ustedes, tal como sucedió con el antiguo profeta Eliseo. El rey de Siria envió ejércitos de guerreros en carros de guerra tirados por caballos para capturar al profeta Eliseo. Llegaron de noche y cercaron la ciudad. Los siervos de Eliseo, al ver el enorme ejército, se atemorizaron grandemente y le dijeron: “¡Ay, señor mío! ¿Qué haremos?”

“Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Señor, que abras sus ojos para que vea. Y el Señor abrió los ojos del joven, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo”.

Respondiendo a la pregunta de su siervo atemorizado, Eliseo dijo: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2 Reyes 6:15–17).

Mis queridos amigos, creo que las huestes espirituales invisibles velan por ustedes mientras procuren hacer la voluntad del Señor. Recuerden las palabras de Eliseo: “Más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (v. 16).

En tercer lugar, fortalezcan su testimonio. Todos necesitan tener metas espirituales en la vida. Una de las maneras de aprender cuál es nuestro propósito en la vida es recibir la bendición patriarcal. Un joven muy especial recibió recientemente su bendición patriarcal. Le fue dicho en su bendición que muchos de sus antepasados, que habían pagado un precio terrible por el evangelio, estaban presentes cuando la bendición fue dada. Su bendición patriarcal es una manera importante de conocer su propósito en la vida.

Si yo les preguntara a ustedes, jóvenes: “¿Cómo está su testimonio?”, supongo que muchos dirían: “No sé”. Pero si hago preguntas específicas, el resultado sería muy diferente. Por ejemplo, si pregunto: “¿Creen que Dios vive y que ustedes son Sus hijos?”, creo que la mayoría respondería rápidamente que sí.

Si pregunto: “¿Creen y tienen fe en que el Señor Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor?”, creo que la mayoría de ustedes se apresuraría a decir que sí.

Y si pregunto: “¿Creen que José Smith fue el profeta de la Restauración?”, creo que la mayoría de ustedes diría que sí. Algunos de ustedes deben conocer la sección 135 de Doctrina y Convenios, que declara que “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, con excepción sólo de Jesús, hizo más por la salvación de los hombres en este mundo que cualquier otro hombre que haya vivido en él” (D. y C. 135:3).

Si yo preguntara: “¿Creen que el Libro de Mormón es la palabra de Dios?”, creo que muchos dirían que ya han adquirido un testimonio acerca de la veracidad del Libro de Mormón.

Por último, si yo preguntara: “¿Creen que el Presidente Gordon B. Hinckley, sus consejeros y los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles son profetas, videntes y reveladores en nuestros días?”, creo que la mayoría de ustedes respondería que ha aprendido a respetar a los líderes de la Iglesia y a estimarlos.

Después de responder afirmativamente a esas cinco preguntas, ya poseen los fundamentos de un testimonio. Al adquirir más conocimiento del plan de salvación y aprender por qué están aquí y hacia dónde van, su testimonio se fortalecerá. Ustedes son una generación escogida. Están caminando por la senda que los hará desarrollar mayor testimonio y fortaleza; su tarea es continuar progresando en ese camino.

Ustedes, jóvenes mujeres, tienen un grandioso destino. Como parte de ese destino, tienen una labor preciosa que cumplir. El Presidente Spencer W. Kimball escribió: “Es una gran bendición ser mujer en la Iglesia en los días de hoy. La oposición a la rectitud nunca fue mayor, pero las oportunidades de cumplir con nuestro más alto potencial nunca fueron mayores”. Las mujeres han sido ricamente bendecidas con los dones del Espíritu mencionados por Pablo: “La fe, la esperanza y el amor” (ver 1 Corintios 13:13). Por eso, parte de su destino es dar el ejemplo de las sublimes virtudes femeninas al servir, nutrir, enseñar y ejercer una influencia refinadora sumamente importante para nuestras familias y para la Iglesia. Las mujeres son las joyas que embellecen a la raza humana.

Aprendan el plan de salvación y adquieran un testimonio de él: “Por tanto, después de haberles dado a conocer el plan de redención, Dios les dio mandamientos para que no hicieran lo malo” (Alma 12:32). Aprendan acerca de su relación con Dios. A medida que caminen por la fe, tendrán experiencias espirituales confirmatorias en su joven corazón que fortalecerán su fe y testimonio.

En cuarto lugar, examinen las Escrituras, que son la voz del Señor y el poder de Dios para salvación (DyC 68:4). El Señor también dijo lo siguiente respecto a Sus palabras que se encuentran en las Escrituras: “Porque es mi voz la que os las dice; porque os son dadas por mi Espíritu; y por mi poder podéis leerlas unos a otros (…). Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y conocéis mis palabras” (DyC 18:35–36).

En quinto lugar, adquieran una convicción del llamamiento divino de las Autoridades Generales y estén dispuestos a seguir su consejo, incluso en los siguientes principios importantes:

Honren el sacerdocio. Ustedes, jóvenes varones, forman parte de un sacerdocio real. Ustedes, jóvenes hombres y mujeres, sin duda fueron escogidos antes de que el mundo fuese creado y preservados para nacer en esta época. Los amamos. Confiamos en ustedes. Sabemos que estarán a la altura de los desafíos que enfrentarán para llevar adelante la obra del Señor, así como lo hicieron sus padres, abuelos y antepasados. Sabemos que no será fácil. Ustedes viven en un ambiente que vuelve a las personas moralmente insensibles, pero deben recordar siempre que alguien los está escuchando y observando. Si apoyan el sacerdocio, ese poder será una gran influencia estabilizadora en su vida.

Permanezcan moralmente limpios. Ustedes necesitan creer que vale la pena ser fieles y verdaderos. Los placeres del mundo no se comparan con la felicidad celestial. Puede ser que dejar de hacer ciertas cosas no sea bien visto por los demás, o que otras sean consideradas “radicales”, pero es mejor estar solo y hacer lo correcto que permanecer eternamente en el error. Queremos aconsejarles que hagan amistad con aquellos que pueden ayudarles a mantener sus normas, en vez de con aquellos que las destruirán. Ustedes necesitan aprender a ser ustedes mismos y a vivir sus propios principios. Aun si se han vuelto algo insensibles o han cometido algunos errores, no pueden permitir que Satanás disminuya su autoestima al punto de desanimarlos a vivir en rectitud. Queremos animarles a llevar consigo y leer siempre su folleto Para la Fortaleza de la Juventud y a escuchar a sus padres y líderes. Por ser una generación escogida, no hay problemas que no puedan resolver con la ayuda del Señor. Queremos aconsejarles que no crezcan demasiado rápido. No desperdicien la alegría de ser jóvenes adultos dignos. Aprovechen bien sus años de noviazgo. Hagan muchos amigos. Tengan confianza en sí mismos y en su futuro. Necesitan aprender a trabajar y a aprender a esperar.

Les advierto contra una falsa doctrina que está siendo muy difundida. A falta de un mejor nombre, la llamo “arrepentimiento premeditado”, que significa pecar conscientemente con la idea de que el arrepentimiento posterior les permitirá disfrutar de todas las bendiciones del evangelio, como el matrimonio en el templo o una misión. En una sociedad cada vez más inicua, es más difícil jugar con el mal sin quedar contaminado. Esa doctrina insensata fue predicha por Nefi:

“Y muchos también dirán: Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios —él justificará la práctica de pequeños pecados; sí, mentid un poco, aprovechad la palabra de alguien, cavadle una fosa a vuestro prójimo; no hay mal en esto. Y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si resultamos culpables, Dios nos herirá con algunos azotes y, al fin, seremos salvos en el reino de Dios”. (2 Nefi 28:8)

Con respecto a todos los que enseñan esa doctrina, el Señor dijo: “Y la sangre de los santos clamará contra ellos desde la tierra”. (v. 10)

Por último, no sé cómo el Señor disciplinará a su generación, a causa de la insensibilidad y dureza de corazón de tantas personas en nuestra sociedad. En los tiempos bíblicos, el Señor envió serpientes ardientes voladoras. Después de que las personas fueron mordidas por las serpientes, el Señor preparó un medio para que fueran sanadas. Siguiendo las instrucciones del Señor, Moisés levantó una serpiente de bronce y la colocó sobre un asta de madera. Para ser sanadas, las personas que habían sido mordidas solo tenían que mirar a la serpiente de bronce (véase Números 21:8–9). Eso era demasiado simple para algunos y “a causa de la sencillez del medio, o sea, de lo fácil que era, hubo muchos que perecieron”. (1 Nefi 17:41)

He sugerido una solución sencilla para que ustedes elijan el canal correcto al cual deben sintonizar su vida: Presten oído y atiendan a la voz del Espíritu. Esa es una solución antigua, incluso eterna, y tal vez no sea popular en una sociedad que siempre busca novedades. Esa solución requiere paciencia en un mundo que exige satisfacción inmediata. Es una solución tranquila, pacífica y sutil, en un mundo apasionado por todo lo que es ruidoso, incesante, rápido, ostentoso y violento. Esa solución exige que sean contemplativos, mientras sus compañeros buscan cosas que estimulen las sensaciones físicas.

Si aceptan esa solución de escuchar y atender a la voz del Espíritu, necesitarán permitir que los profetas “[os exhorten] siempre acerca de estas cosas, aunque bien las sepáis, y [estéis] confirmados en la verdad presente” (2 Pedro 1:12). Puede parecer una solución muy tonta y simple, en una época en la que gran parte de las cosas triviales que se nos muestran no vale la pena recordarlas.

La solución de prestar oído y atender a la voz del Espíritu es un mensaje unificado, coherente y antiguo, en un mundo que rápidamente se aburre con la falta de intensidad, variedad y novedad.

Esa solución exige que ustedes anden por la fe, en un mundo gobernado por la vista. (Véase 2 Corintios 4:18; 5:7.) Tendrán que ver con los ojos de la fe las verdades eternas, invisibles y espirituales, mientras las multitudes dependen únicamente de las cosas temporales, que solo pueden percibirse con los sentidos físicos.

En resumen, esa solución puede no ser popular y tal vez no les proporcione riquezas o poder mundanos. Pero “nuestra leve y momentánea tribulación produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. (2 Corintios 4:17)

Aprendamos a meditar en las cosas del Espíritu y a atender a sus consejos, filtrando la estática generada por Satanás. A medida que ustedes se sintonicen con el Espíritu, “tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él”. (Isaías 30:21) Dar oído a la “voz del Dios viviente” les proporcionará “paz en este mundo y vida eterna en el mundo venidero”. (DyC 59:23) Estos son los mayores de todos los dones de Dios. (Véase DyC 14:7)

Oro con Pablo “ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, (…) para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, (…) podáis comprender (…) cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3:14–19)

Creo y testifico que ustedes son espíritus especiales que fueron preservados hasta esta generación y que enfrentarán vigorosamente los vientos malignos que azotan esta época, y no se doblarán bajo las pesadas cargas que serán colocadas sobre sus hombros. Estoy seguro de que serán fieles y verdaderos en cuanto a las grandiosas tareas que les han sido confiadas y a la gran obra que tendrán por delante.

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