Conferencia General Abril 2026
Me glorío en mi Jesús
Por el élder Aaron T. Hall
De los Setenta
Nefi y Ammón me inspiran a profundizar en mi relación con Jesucristo y a regocijarme en las muchas maneras en que podemos gloriarnos en Él.
Hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua de Resurrección! ¡Él ha resucitado!
Al término de sus enseñanzas, Nefi, un profeta del Libro de Mormón, da este poderoso testimonio: “Me glorío en la claridad; me glorío en la verdad; me glorío en mi Jesús, porque él ha redimido mi alma del infierno”.
Esa breve frase, “me glorío en mi Jesús”, capta de manera bella la tierna relación de Nefi con el Hijo de Dios, el Mesías, el Redentor. En los libros de 1 Nefi y 2 Nefi hay más de sesenta nombres diferentes de Jesucristo. Cada nombre revela algo de Su majestad, Su carácter y Su misión como el Salvador del mundo. Sin embargo, en esta expresión de amor, Nefi se refiere a Él de una manera familiar y afectuosa: “mi Jesús”.
Para Nefi, Jesucristo no era alguien lejano o simplemente conocido por un nombre. No, para Nefi, el nombre de Jesús era su salvación.
A medida que Nefi experimentaba pruebas y el gozo de la liberación, el nombre de Jesucristo llegó a ser aún más personal para él.
Nefi llegó a saber que “no hay otro camino, ni nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse en el reino de Dios”. El nombre de Jesucristo era la redención de Nefi, y se glorió en él.
Al reflexionar sobre sus aflicciones, tentaciones y debilidad, Nefi expresa por qué se gloría en Jesucristo, y escribe:
- “Mi Dios ha sido mi apoyo”.
- “Él me ha guiado por entre mis aflicciones”.
- Él “me ha preservado”.
- Él “me ha llenado con su amor”.
Entonces leemos la afirmación de Nefi: “¡Oh Señor, en ti he puesto mi confianza, y en ti confiaré para siempre!”.
En toda circunstancia, tanto amarga como dulce, Nefi confió en Aquel que es poderoso para salvar.
Nefi no estaba solo en su deseo de gloriarse en el Señor. Ammón, el poderoso misionero del Libro de Mormón, que antes había recorrido la senda de la rebelión y el pecado, también experimentó el gozo del poder redentor de Jesucristo.
Reflexionando sobre la misericordia del Señor, declaró con gozo: “Por lo tanto, gloriémonos; sí, nos gloriaremos en el Señor; sí, nos regocijaremos porque es completo nuestro gozo; sí, alabaremos a nuestro Dios para siempre. He aquí, ¿quién puede gloriarse demasiado en el Señor? Sí, ¿y quién podrá decir demasiado de su gran poder, y de su misericordia y de su longanimidad para con los hijos de los hombres? He aquí, os digo que no puedo expresar ni la más mínima parte de lo que siento”.
Yo también apenas puedo expresar la más mínima parte de lo que siento por mi Jesús: nuestro Salvador, nuestro Rey de reyes y nuestro Príncipe de Paz.
El gozo de Nefi y de Ammón colma mi alma de gratitud. Ambos me inspiran a profundizar en mi relación con Jesucristo y a regocijarme en las muchas maneras en que podemos gloriarnos en Él.
Hoy me glorío en nuestro Redentor. Sus brazos de misericordia se extienden a todos nosotros. Él invita a todos, diciendo: “Arrepentíos, y os recibiré”. Nos tiene grabados en las palmas de Sus manos. Me regocijo en el don del arrepentimiento y la promesa del perdón.
Me glorío en nuestro Buen Pastor. Él nos llama, nos junta, nos salva y nos llena con Su amor. Me regocijo en que somos Sus ovejas y que Él trabaja incesantemente para llevarnos a salvo a casa.
Me glorío en nuestro Sanador. Él puede sanar a todos los que sienten el aguijón de la muerte, la soledad, el dolor físico y emocional, la carga del pecado y todo corazón quebrantado. Él tiene una empatía perfecta. Él llora con nosotros y nos invita a estar tranquilos. Me regocijo en que el Hijo de Dios nos sane uno por uno y nos estreche entre los brazos de Su amor.
Me glorío en nuestro Intercesor. Él aboga amorosamente por nuestra causa ante el Padre, diciendo: “Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida sempiterna”. Me regocijo en que el sacrificio expiatorio de Jesucristo satisfizo las demandas de la justicia y en que Él haya reclamado los derechos de misericordia por todos nosotros.
Me glorío en nuestro Legislador. Sus mandamientos nos guían y protegen. Sus convenios nos unen a Él para que pueda transformar, salvar y exaltar a todos los que lo elijan a Él. Me regocijo de que Él esté a la cabeza de Su Iglesia restaurada, verdadera y viviente y de que Sus leyes nos ayuden a experimentar el cielo en la tierra.
Me glorío en nuestro Libertador. Él ha vencido a los monstruos de la muerte física y la muerte espiritual. Nada en la vida terrenal escapa a Su incomparable poder. Me regocijo en que Él puede librarnos de dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases.
Hermanos y hermanas, ¿qué nombres de Jesucristo les ayuda a gloriarse en Él? ¿Tal vez Maestro, Consejero, Amigo?
Cuando la vida parezca exasperantemente injusta y encontrar la fuerza para gloriarse en el Señor parezca difícil, reflexionen en el significado de Sus nombres divinos y dejen que Él restaure la paz en su alma.
Con un entendimiento perfecto de nuestra experiencia terrenal, Jesucristo extiende esta promesa con amor: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis”. Para ayudarnos a allegarnos a Él, Jesucristo nos invita a aprender de Él, a escuchar Sus palabras y a andar con Él. Para ayudarnos a encontrarlo, Él nos invita a una relación por convenio en la que podemos recibir acceso directo a Su poder y “una medida adicional de [Su] amor y misericordia”.
En los momentos de gozo y en nuestras pruebas, seamos fieles, obedezcamos Sus mandamientos, honremos nuestros convenios y esperemos pacientemente en el Señor.
Nuestro amado profeta, el presidente Dallin H. Oaks, testificó de manera hermosa en cuanto a por qué todos podemos gloriarnos en Jesucristo. Él enseñó: “Como parte del plan del Padre, la Resurrección de Jesucristo venció la muerte para asegurar la inmortalidad a cada uno de nosotros. El sacrificio expiatorio de Jesucristo nos da a todos la oportunidad de arrepentirnos de nuestros pecados y regresar limpios a nuestro hogar celestial. […] Y nuestro Salvador padeció por voluntad propia todos los dolores y debilidades terrenales a fin de saber cómo fortalecernos en nuestras aflicciones. Jesucristo hizo todo esto porque ama a todos los hijos de Dios”.
Hermanos y hermanas, “¿quién puede gloriarse demasiado en el Señor?”. Testifico con gozo que Dios es nuestro amoroso Padre Celestial y que Jesús es el Cristo resucitado y viviente. En este domingo de Pascua de Resurrección, y siempre, invito a todos nosotros a que nos gloriemos en Jesucristo. Él es mi Jesús y el suyo. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso presenta una teología profundamente personal y relacional del discipulado, donde la fe en Jesucristo no se limita a una aceptación doctrinal, sino que se convierte en una experiencia íntima, vivida y transformadora. El élder Aaron T. Hall toma como punto de partida la expresión de Nefi —“me glorío en mi Jesús”— para enseñar que el conocimiento de Cristo trasciende lo intelectual y se convierte en una relación de confianza, dependencia y amor profundo. A través de los múltiples títulos del Salvador —Redentor, Pastor, Sanador, Intercesor, Legislador y Libertador— el discurso revela la amplitud de Su misión y, al mismo tiempo, su aplicación personal en la vida de cada creyente. Así, el acto de “gloriarse en Cristo” no implica orgullo humano, sino reconocimiento reverente de Su poder redentor y de la centralidad de Su gracia en la vida del discípulo .
En su desarrollo, el mensaje destaca que esta relación con Jesucristo se fortalece especialmente en medio de las pruebas, donde el creyente aprende a confiar plenamente en Él como fuente de apoyo, guía y sanación. Las experiencias de Nefi y Ammón ilustran que el gozo espiritual no nace de la ausencia de dificultades, sino del reconocimiento del poder de Cristo para liberar, sostener y transformar. Ell discurso enfatiza que no hay otro medio de salvación fuera de Jesucristo, y que Su Expiación no solo redime del pecado, sino que también permite al individuo acceder a misericordia, fortaleza y esperanza. En última instancia, el llamado a “gloriarse en Cristo” es una invitación a centrar toda la vida en Él, reconociendo que en cada circunstancia —gozo o aflicción— Él es suficiente, cercano y plenamente capaz de llevar al alma a la vida eterna.
Puntos doctrinales
1. Jesucristo es el centro personal de la fe y la salvación
No hay otro nombre ni medio por el cual el hombre pueda ser salvo, sino Jesucristo.
Este principio sitúa a Cristo en el núcleo absoluto del Evangelio. El discurso enseña que la relación con Él no debe ser distante ni meramente doctrinal, sino profundamente personal (“mi Jesús”). Doctrinalmente, esto implica que la salvación no es solo creer en Cristo, sino conocerlo, confiar en Él y depender de Su poder en cada aspecto de la vida.
El principio revela una verdad fundamental del Evangelio: la redención no es simplemente un sistema de creencias, sino una relación viva y directa con el Salvador. Al afirmar que “no hay otro nombre” establece la exclusividad de Cristo como mediador entre Dios y el hombre, pero el discurso va más allá al enfatizar la dimensión personal de esa relación, expresada en la frase “mi Jesús”. Esto implica que la salvación no se limita a aceptar doctrinas correctas, sino que requiere una experiencia transformadora donde el individuo llega a conocer, confiar y depender plenamente de Cristo en cada circunstancia. En este sentido, la fe deja de ser abstracta y se convierte en una conexión íntima que sostiene, guía y redefine la vida del creyente. Así, Cristo no solo es el fundamento teológico de la salvación, sino también el centro existencial del discipulado, Aquel en quien el alma encuentra identidad, propósito y esperanza eterna.
2. La Expiación de Jesucristo es completa y personal
Cristo redime, sana, fortalece y comprende perfectamente a cada persona.
El discurso amplía la comprensión de la Expiación al mostrar que no solo nos limpia del pecado, sino que también nos sostiene en nuestras debilidades, dolores y pruebas. Doctrinalmente, esto resalta el poder habilitador de Cristo, quien no solo salva al final, sino que acompaña y transforma durante todo el proceso de la vida.
El principio revela una de las verdades más sublimes del Evangelio: la obra redentora del Salvador no se limita a un acto universal abstracto, sino que se manifiesta de manera íntima e individual en cada vida. Esto significa que Jesucristo no solo venció el pecado y la muerte en un sentido general, sino que experimentó plenamente las debilidades, dolores, tentaciones y aflicciones de cada persona, lo que le capacita para socorrer de manera perfecta y específica. Así, la Expiación no solo limpia al final del proceso, sino que opera continuamente en el presente, fortaleciendo, consolando y transformando al discípulo a lo largo de su vida. Este poder habilitador permite que el creyente no solo sea perdonado, sino también sostenido en sus luchas y refinado en su carácter. En este sentido, la relación con Cristo se vuelve profundamente personal: Él no es solo el Salvador del mundo, sino el Salvador de cada individuo, quien conoce perfectamente su historia y actúa con amor y poder para llevarlo, paso a paso, hacia la vida eterna.
3. Gloriarse en Cristo es reconocer Su obra con gratitud y gozo
El verdadero gozo espiritual nace al reconocer lo que Cristo ha hecho por nosotros.
“Gloriarse” no significa orgullo personal, sino una expresión de adoración y gratitud. Este principio enseña que el corazón convertido naturalmente se regocija en Cristo. Doctrinalmente, esto conecta con la alabanza y la devoción como respuestas al amor y sacrificio del Salvador.
El principio revela una dimensión esencial de la adoración cristiana: el enfoque del alma se desplaza del yo hacia el Salvador. El “gloriarse” no implica exaltación personal, sino una respuesta reverente al poder redentor de Jesucristo, reconociendo que toda esperanza, perdón y fortaleza provienen de Él. Este reconocimiento genera un gozo que no depende de las circunstancias externas, sino de la certeza interna de que Cristo ha obrado —y continúa obrando— en la vida del creyente. Así, la alabanza se convierte en una manifestación natural de un corazón transformado, donde la gratitud sustituye la autosuficiencia y la devoción reemplaza el orgullo. En este sentido, gloriarse en Cristo no es solo una expresión verbal, sino una postura espiritual constante que alinea la mente y el corazón con la realidad de Su gracia, produciendo una vida centrada en Él y llena de gozo redentor.
4. La relación con Cristo se fortalece en medio de las pruebas
Las dificultades ayudan a profundizar la confianza en el Salvador.
Las experiencias de Nefi y Ammón muestran que el conocimiento de Cristo crece a través de las pruebas. Esto enseña que el sufrimiento no es un obstáculo para la fe, sino un medio por el cual se desarrolla una dependencia más profunda en Cristo. Él se convierte en apoyo, guía y fortaleza en todas las circunstancias.
El principio revela una verdad central del discipulado: las dificultades no son interrupciones del proceso espiritual, sino parte integral de él. Doctrinalmente, esto enseña que el sufrimiento, lejos de debilitar la fe, puede convertirse en el contexto donde el creyente llega a conocer más profundamente al Salvador, no solo como Redentor, sino como Compañero, Sustentador y Fuente de poder. Las experiencias de Nefi y Ammón muestran que la confianza en Cristo no se desarrolla en la comodidad, sino en la necesidad, cuando el alma aprende a depender de Él de manera más plena. En este sentido, las pruebas actúan como un medio de refinamiento espiritual, donde el individuo experimenta personalmente la veracidad de las promesas divinas. Así, la fe madura no consiste en evitar el dolor, sino en descubrir que, a través de él, Cristo se vuelve más cercano, más real y más indispensable, transformando la aflicción en una oportunidad para profundizar la relación con Él y fortalecer la esperanza en Su poder redentor.
Para reflexionar
1. Jesucristo deja de ser una idea cuando llega a ser “mi Jesús”
Uno de los aspectos más conmovedores del discurso es la manera en que presenta la relación con el Salvador como algo profundamente personal. Nefi no solo habla de Jesús como el Mesías prometido o como el Redentor del mundo, sino como “mi Jesús”. Esa expresión revela cercanía, amor, confianza y experiencia vivida. El discurso enseña que la fe madura no consiste solamente en saber verdades acerca de Cristo, sino en llegar a conocerlo de tal manera que Su nombre se vuelva íntimo para el alma. Esto significa que Jesucristo ya no ocupa solo un lugar en la doctrina, sino en la historia personal del creyente.
Este pensamiento invita a reflexionar sobre la diferencia entre creer en Cristo y vivir en relación con Cristo. Muchas personas pueden aceptar doctrinas correctas acerca del Salvador y, sin embargo, no sentir todavía que Él sea cercano en su vida diaria. El discurso muestra que esa cercanía nace cuando el alma pasa por experiencias donde descubre que Cristo sostiene, guía, perdona, sana y fortalece. Entonces, el testimonio deja de ser solamente una afirmación teológica y se convierte en una confesión afectiva y espiritual. Decir “mi Jesús” no es irreverencia; es el lenguaje de un corazón que ha aprendido que el Salvador no es lejano, sino personal. Esta verdad transforma la vida devocional, porque enseña que el cristianismo auténtico no se reduce a principios abstractos, sino que florece en una relación viva con el Hijo de Dios.
2. Las pruebas pueden convertirse en el lugar donde más profundamente conocemos al Salvador
El discurso muestra que tanto Nefi como Ammón llegaron a gloriarse en Cristo no solo en momentos de gozo, sino también después de atravesar aflicciones, debilidades, tentaciones y luchas reales. Esto enseña una verdad profundamente consoladora: las pruebas no siempre son obstáculos para la fe; muchas veces son el escenario donde la fe se vuelve más profunda, más humilde y más real. Cuando la persona descubre que ya no puede sostenerse solo con su propia fuerza, aprende a apoyarse en Cristo con mayor plenitud.
Este pensamiento corrige una idea común pero incompleta: que la cercanía con Dios se mide solamente por temporadas de paz o facilidad. El discurso enseña que también en el dolor puede crecer una relación más íntima con Jesucristo. Nefi pudo decir que Dios había sido su apoyo, su guía y quien lo había llenado con Su amor precisamente porque había pasado por circunstancias que lo obligaron a depender del Señor. Así, la prueba deja de ser solo sufrimiento y se convierte también en revelación: revela quién es Cristo para nosotros. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque el Salvador puede manifestarse con especial ternura y poder en medio de él. Este principio da esperanza, porque enseña que aun los momentos más difíciles pueden llegar a ser sagrados si conducen el alma a una confianza más absoluta en Jesucristo.
3. Gloriarse en Cristo es una forma de adoración llena de gratitud, no de orgullo
En el lenguaje cotidiano, “gloriarse” podría entenderse como jactarse; sin embargo, en este discurso adquiere un significado profundamente espiritual. Gloriarse en Cristo es reconocer con gozo que todo lo que realmente salva, sana, redime y eleva proviene de Él. Es la respuesta de un alma que ha visto la misericordia del Salvador y no puede permanecer indiferente. Por eso Ammón y Nefi hablan con tanta intensidad: no están exaltándose a sí mismos, sino confesando que toda esperanza verdadera descansa en Jesucristo.
Este pensamiento es importante porque enseña cuál debe ser el centro emocional y doctrinal de la vida cristiana. El corazón humano tiende fácilmente a gloriarse en logros, capacidades, reputación o seguridades terrenales. Pero el discurso redirige esa tendencia hacia Cristo, mostrando que Él es el único fundamento seguro para el gozo eterno. Gloriarse en el Redentor significa deleitarse en Su misericordia, admirar Su poder, descansar en Su perdón y reconocer que sin Él no habría redención ni esperanza. Esa actitud también educa el alma en humildad, porque mientras más claramente una persona ve la grandeza de Cristo, menos deseo tiene de exaltar su propio yo. En este sentido, gloriarse en Jesucristo no solo expresa fe; también forma carácter espiritual, porque produce gratitud, reverencia, dependencia santa y una alegría que no se basa en las circunstancias, sino en la certeza de que el Salvador vive y actúa personalmente en nuestra historia.
Comentario final
El discurso presenta una comprensión profundamente cristocéntrica del discipulado, donde la fe en Jesucristo trasciende lo doctrinal para convertirse en una relación personal, transformadora y vivida. El mensaje enseña que el acto de “gloriarse en Cristo” no implica exaltación propia, sino una expresión reverente de gratitud y reconocimiento hacia Aquel que es la fuente de toda redención, fortaleza y esperanza. En este sentido, la doctrina se centra en la absoluta suficiencia de Jesucristo: Él no solo inicia la salvación, sino que la sostiene y la perfecciona en la vida del creyente. Así, el discurso afirma que conocer a Cristo verdaderamente implica experimentarlo en cada dimensión de la vida —como Redentor, Sanador, Pastor e Intercesor— lo que convierte la fe en una vivencia dinámica y continua.
Educativamente, el discurso ofrece un modelo formativo del discípulo basado en la experiencia personal con el Salvador, especialmente en medio de las pruebas. Enseña que el conocimiento espiritual más profundo no proviene únicamente del estudio, sino de la interacción real con Cristo a través de la fe, el arrepentimiento, la obediencia y la perseverancia. Al invitar a reflexionar en los distintos nombres y atributos de Jesucristo, el mensaje propone una pedagogía espiritual que busca interiorizar quién es Él y cómo obra en la vida individual. En última instancia, el discurso muestra que el objetivo del Evangelio no es solo creer en Cristo, sino llegar a conocerlo íntimamente y regocijarse en Él, desarrollando una relación tan real que el alma pueda, con convicción y gozo, declarar que Él no es solo el Salvador del mundo, sino también “mi Jesús”.
Frases destacadas
1. “Me glorío en mi Jesús, porque él ha redimido mi alma.”
Esta frase expresa el corazón del discipulado cristiano: una relación personal con Jesucristo basada en la experiencia de Su poder redentor. Se enseña que la salvación no es abstracta, sino profundamente individual. El comentario clave es que cuando el alma reconoce que Cristo ha actuado en su propia vida, la fe se transforma en gratitud viva y testimonio personal.
2. “No hay otro camino, ni nombre dado… por el cual el hombre pueda salvarse.”
Esta declaración afirma la centralidad absoluta de Jesucristo en el plan de salvación. Se establece que Él es el único mediador entre Dios y el hombre. El comentario es claro: todas las doctrinas, ordenanzas y esfuerzos espirituales encuentran su significado en Cristo. Sin Él, no hay redención; con Él, hay esperanza plena.
3. “¡Oh Señor, en ti he puesto mi confianza, y en ti confiaré para siempre!”
Esta frase refleja una fe madura y constante. Se enseña que la confianza en Cristo no debe ser circunstancial, sino permanente. El comentario es que el discipulado verdadero implica depender del Salvador tanto en los momentos de gozo como en las pruebas, desarrollando una relación de fidelidad continua.
4. “¿Quién puede gloriarse demasiado en el Señor?”
Esta pregunta retórica revela la infinitud de la grandeza de Cristo. Se enseña que nunca es excesivo reconocer, alabar y regocijarse en Él. El comentario es profundamente espiritual: mientras más comprendemos quién es Jesucristo y lo que ha hecho por nosotros, más natural se vuelve centrar nuestra vida en Él con gozo y reverencia.

























