Conferencia General Abril 2026
Venir a Cristo… juntos
Por el élder Taniela B. Wakolo
De los Setenta
Los invito a asumir el compromiso y escoger venir a Cristo… juntos. La eternidad será su galardón.
Mis queridos hermanos y hermanas, me regocijo con ustedes en el Evangelio de Jesucristo.
Cuando nuestra hija, Jasmin, tenía catorce años, describió la conferencia general como una reunión donde “los profetas, videntes y reveladores testifican de Jesucristo y enseñan Su doctrina de manera tan sencilla que no puede malinterpretarse”.
Incluso los mensajes sencillos pueden aclararse más. Por ejemplo, consideremos las señales de tránsito que vemos al conducir un automóvil. Al ver una señal como esta, deberíamos saber que tenemos que detenernos.
Sin embargo, en las hermosas Filipinas, el mensaje es mucho más directo: “Deténgase por completo”.
Y en Misuri, fueron un paso más allá: “En serio, deténgase”.
Cuán agradecidos estamos por los profetas y Apóstoles vivientes que hablan con sencillez y claridad, cuyas voces colectivas nos invitan a “venir a Cristo”.
En el libro de Moisés, leemos sobre una experiencia sagrada. Moisés vio la tierra y muchas regiones; “sí, la vio toda”. Vio a sus habitantes “y grande era su número, sí, incontables como las arenas sobre la playa del mar”.
Sobrecogido ante aquella visión, Moisés hizo dos profundas preguntas a Dios: ¿Por qué? ¿Y por qué medio?. En otras palabras, quería entender el propósito.
El Señor respondió: “Para mi propio fin he hecho estas cosas […] [para] llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. Más adelante, el profeta Nefi testificó: “Porque […] a nadie de los que a él vienen desecha […] y todos son iguales ante Dios”. ¿Cómo se cumple dicho fin? Gracias a Jesucristo, todos pueden recibir el don de la vida eterna, que incluye vivir eternamente en la presencia de Dios como familias.
Hace seis meses, nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks, enseñó:
“La doctrina de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se centra en la familia. Lo esencial de nuestra doctrina sobre la familia es el templo. Las ordenanzas que se reciben ahí nos permiten regresar como familias eternas a la presencia de nuestro Padre Celestial […].
“El plan del Evangelio […] se implementa por medio de nuestra familia terrenal y su destino previsto es exaltar a los hijos de Dios en familias eternas”.
El Señor también declaró que “el matrimonio lo decretó Dios […] para que la tierra cumpla el objeto de su creación”, y sin la autoridad para sellar, necesaria para concertar estos convenios eternos que unen a las familias para siempre, “toda la tierra sería totalmente asolada a su venida”.
El templo se erige como un símbolo de esperanza, no de presión. El Evangelio de Jesucristo no es una cuña para dividir familias, sino un puente para unirlas eternamente. Debemos asegurarnos de que nuestro discipulado refleje la paciencia del Salvador, Su delicadeza y Su amor perfecto. Los sellamientos del templo nos invitan a entrar en el orden divino de Dios. ¿Entonces hemos de sorprendernos de que el sellamiento en el templo a menudo se describa como la ordenanza suprema?
Mis queridos hermanos y hermanas, muchos de ustedes provienen de familias que aún no se han sellado en el templo. Algunos de ustedes, que están escuchando, no son miembros de la Iglesia. Otros de ustedes que son miembros de la Iglesia quizás tengan cónyuges que no sean de nuestra fe. Hoy les digo a todos: Ustedes son esenciales para el plan de Dios.
¿Me permiten compartir algunos sagrados relatos sobre la paciencia, el albedrío, y la silenciosa y persistente invitación a venir a Cristo… juntos?
En Nueva Zelanda, Denny y Alex eran amigos de la infancia que asistían a diferentes iglesias. La amistad creció hasta convertirse en noviazgo, y el noviazgo, en matrimonio. Nunca habían hablado sobre la religión durante los años de noviazgo, pero después de casarse, Denny y Alex afrontaban un dilema: ¿a qué iglesia asistirían?
En cierto momento, Denny, que era miembro de la Iglesia, sintió que no podía seguir viviendo de un modo que le parecía dividido. Su padre le dio un consejo sencillo: “Sigue yendo a la iglesia. Ellos son tu familia”. Él lo escuchó. Dos años después, su esposa decidió ser bautizada. Con el tiempo, se sellaron en la Casa del Señor. Lo que comenzó con tensiones terminó en unidad. Escogieron venir a Cristo… juntos.
En Brisbane, Australia, un niño de siete años le suplicó a su padre que se uniera a la Iglesia para que pudiera bautizarlo. Aunque su padre había asistido a la Iglesia durante varios años y había tenido buenas experiencias, no había dado el paso del bautismo. Cuando me reuní con ellos, extendí al padre la osada invitación de aceptar el amoroso pedido de su hijo; él, cortésmente, declinó aceptarlo. Sin embargo, el amor permanece; la invitación permanece; el albedrío permanece. A veces, se planta la semilla mucho antes de que brote del suelo.
En Farmington, Utah, vivía un buen hombre llamado Bob Hasenyager, que aún no era miembro de la Iglesia. Su esposa, Marlene, era dedicada al Evangelio. Honraba sus convenios callada y pacientemente, sin ejercer presión jamás; tan solo amaba. Bob prestaba servicio y ayudaba en el barrio local. Un día, el presidente de estaca le preguntó a Bob: “¿Se da cuenta de que su esposa anhela ir al templo, pero sigue esperando, pues no quiere herirlo a usted?”.
Cuando se le dijo aquello, Bob rompió a llorar. Entonces brindó su apoyo total. Marlene recibió la investidura y comenzó a asistir al templo con regularidad. Bob notó algo diferente: no era presión ni discusiones, sino paz. Entonces, un día, un joven misionero simplemente le sugiriró a Bob que se bautizara en cierta fecha específica. Bob lo explicó así: “Sentí el Espíritu Santo. Sentí calidez y gozo y paz. Finalmente había recibido mi respuesta”. Bob fue bautizado. Tiempo después, le diagnosticaron cáncer en fase terminal. Él y Marlene se sellaron cuatro meses antes de que él falleciera.
Hermanos y hermanas, el Señor honra la fe paciente y nunca es demasiado tarde para los milagros.
Sé de una fiel esposa en Fiyi que esperó durante ocho largos años que su esposo se uniera a la Iglesia. Ocho años de asistir sola a la Iglesia, mientras su esposo mantenía el desinterés y la vacilación. Sin embargo, ella no actuó distante; no le guardó resentimiento; más bien, le prestó servicio.
Cuando la esposa recibió la bendición patriarcal, se le prometió que, si permanecía leal y fiel, llegaría el día en que su esposo la llevaría al templo para ser sellados por el tiempo y por toda la eternidad. Luego de más de ocho años y veinticuatro misioneros después, el esposo fue bautizado y el matrimonio se selló en la Casa del Señor.
Para ser más claro, debería decir: “Mi esposa, Anita, y yo fuimos sellados en la Casa del Señor”. ¿Qué es lo único que lamento? Ojalá me hubiera bautizado antes. De hecho, el élder Quentin L. Cook, quien ha hablado antes que yo hoy, fue quien me extendió el llamamiento a servir como presidente de estaca mientras él servía como Presidente de Área.
Hermanos y hermanas, Dios cumple Sus promesas, pero en Su tiempo. Estas historias no son sobre estadísticas. Son sobre almas.
Testifico que el Padre Celestial y Jesucristo conocen a cada familia que estas historias representan. Ellos conocen las lágrimas, las oraciones y la paciencia. Conocen los sentimientos de cada cónyuge que espera, de cada corazón que ora y de cada hijo. Conocen cada promesa sagrada. Estas cosas nos recuerdan que la conversión es personal; el tiempo oportuno es según cada caso; y el albedrío es sagrado.
A los que pertenecen a familias en las que no todos son miembros: no se desanimen.
A los que están esperando: no se den por vencidos.
A los que han sido investidos o sellados y tienen que regresar: vengan, vengan de nuevo al Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
A los que se les está invitando: sepan que la invitación surge del amor a la manera de Cristo.
A todos los miembros de la Iglesia: sigamos ministrando uno por uno y asegurémonos de “que nadie esté sentado solo”.
El Salvador nunca obliga. Él invita. Él bendice. Él cumple las promesas de acuerdo con la fe y la fidelidad.
Este mes, al celebrar y recordar la Resurrección de nuestro Salvador, los invito a asumir el compromiso y escoger venir a Cristo… juntos. La eternidad será su galardón. En el nombre del Señor resucitado, sí, Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso presenta una visión profundamente relacional del plan de salvación, donde la salvación no se concibe únicamente como una experiencia individual, sino como un proceso que se vive en el contexto de las familias y relaciones eternas. El élder Taniela B. Wakolo desarrolla la doctrina de que el propósito supremo de Dios —la inmortalidad y la vida eterna— se cumple mediante Jesucristo, pero también a través de la unidad familiar sellada por convenios sagrados. En este sentido, el llamado a “venir a Cristo… juntos” no es solo una invitación espiritual, sino una expresión del diseño divino, donde el Evangelio actúa como un puente que une, no como una fuerza que divide. Las historias presentadas en el discurso ilustran que la conversión es profundamente personal, pero sus frutos son colectivos, afectando generaciones y relaciones cercanas .
A nivel doctrinal, el discurso resalta tres principios fundamentales: la paciencia en el discipulado, el respeto por el albedrío y la confianza en el tiempo del Señor. La conversión no puede forzarse; el Salvador invita, no impone. Por ello, el amor constante, el ejemplo silencioso y la fidelidad perseverante se convierten en instrumentos poderosos en la obra de salvación. Asimismo, el templo emerge como el centro teológico del mensaje, no como una meta aislada, sino como el medio mediante el cual las familias pueden alcanzar su destino eterno. En última instancia, el discurso enseña que la obra de Dios es profundamente personal y familiar a la vez: cada alma debe escoger venir a Cristo, pero el gozo pleno del Evangelio se experimenta cuando ese camino se recorre en unidad, con paciencia, amor y esperanza eterna.
Puntos doctrinales
1. Venir a Cristo es el propósito central del plan de salvación
Dios ha creado todas las cosas para llevar a Sus hijos a la inmortalidad y la vida eterna mediante Jesucristo.
Este principio sitúa a Cristo en el centro absoluto del Evangelio. No se trata solo de mejorar la vida terrenal, sino de alcanzar un destino eterno. Doctrinalmente, esto enseña que toda doctrina, ordenanza y mandamiento tiene como finalidad acercarnos al Salvador.
El principio establece una verdad doctrinal fundamental: toda la obra de Dios está orientada a conducir a Sus hijos hacia una relación redentora y eterna con Jesucristo. Esto implica que la creación, la vida terrenal, las pruebas, las ordenanzas y los convenios no son fines en sí mismos, sino medios divinamente diseñados para llevar al individuo a aceptar, seguir y llegar a ser como el Salvador. Esta perspectiva unifica todo el Evangelio en un eje cristocéntrico, donde Cristo no solo es el mediador de la salvación, sino también el modelo perfecto del destino humano. Así, “venir a Cristo” no es un acto único, sino un proceso continuo de acercamiento mediante la fe, el arrepentimiento, la obediencia y la perseverancia. Este enfoque transforma la vida del creyente, pues le permite interpretar cada experiencia —tanto gozo como dificultad— como parte de un propósito mayor: prepararse para la vida eterna en la presencia de Dios.
2. La salvación tiene una dimensión familiar, no solo individual
El plan de Dios está diseñado para que las familias sean eternas mediante las ordenanzas del templo.
Este punto amplía la visión del Evangelio. La exaltación no es un logro aislado, sino una realidad compartida. El discurso enseña que el templo es el medio por el cual las relaciones familiares pueden perdurar eternamente, mostrando que el amor y los vínculos familiares son parte esencial del plan divino.
La doctrina revela una de las enseñanzas más distintivas y elevadas del plan de salvación: el propósito de Dios no es simplemente redimir almas aisladas, sino exaltar familias eternas unidas por convenios sagrados. Doctrinalmente, esto implica que las ordenanzas del templo —especialmente el sellamiento— no son complementarias, sino esenciales para alcanzar la plenitud de la vida eterna, ya que establecen vínculos que trascienden la muerte. En este marco, el amor familiar deja de ser únicamente una experiencia temporal y se convierte en una relación con potencial eterno, ordenada y santificada por la autoridad divina. Además, este principio redefine el discipulado como una obra compartida: aunque la conversión es individual y respeta el albedrío, su culminación más plena se encuentra en la unidad familiar en Cristo. Así, el templo no solo simboliza esperanza futura, sino que actúa como el medio mediante el cual el plan de Dios se realiza en su forma más completa, permitiendo que los lazos más significativos de la vida continúen y se perfeccionen en la eternidad.
3. El albedrío es sagrado en el proceso de conversión
Cada persona debe elegir venir a Cristo por sí misma; nadie puede ser forzado.
Este principio resalta el respeto divino por la libertad humana. Incluso en contextos familiares, la conversión no puede imponerse. Doctrinalmente, esto enseña que el amor verdadero permite espacio para decidir, confiar y crecer en el tiempo del Señor.
El principio revela una de las doctrinas más fundamentales del plan de salvación: Dios no fuerza la fe, sino que la invita y la respeta plenamente. Esto enseña que la verdadera conversión solo puede ocurrir cuando el individuo elige libremente venir a Cristo, lo que da valor y autenticidad a su decisión. Incluso en el contexto familiar —donde el deseo de ver a otros aceptar el Evangelio puede ser muy intenso— el respeto por el albedrío refleja el mismo carácter de Dios, quien obra con paciencia, amor y longanimidad. Este principio también muestra que el tiempo del Señor es individual y perfecto, y que la fe de unos puede bendecir a otros sin coaccionar su libertad. Así, el amor cristiano no presiona ni manipula, sino que acompaña, espera y confía, entendiendo que el crecimiento espiritual es un proceso personal guiado por la gracia divina y la elección consciente.
4. La paciencia y el amor son esenciales en la obra de salvación
La fe paciente y el amor constante influyen más que la presión o la insistencia.
Las historias del discurso muestran que la conversión muchas veces ocurre después de años de ejemplo silencioso. Este principio enseña que el discipulado incluye esperar con esperanza, amar sin condiciones y confiar en que Dios obra en los corazones.
El principio revela una dimensión profundamente cristológica del discipulado, ya que refleja la manera en que Dios mismo obra con Sus hijos: con longanimidad, respeto por el albedrío y amor constante. Este enfoque enseña que la conversión no es el resultado de la presión externa, sino de la influencia interna del Espíritu, la cual actúa en el tiempo y las circunstancias particulares de cada individuo. La paciencia, por tanto, no es pasividad, sino una expresión activa de fe en el plan de Dios, mientras que el amor constante se convierte en un medio por el cual otros pueden sentir la invitación de Cristo sin coerción. Este principio también subraya que el discipulado verdadero implica confiar en el tiempo del Señor, reconociendo que Él conoce los corazones y guía los procesos de cambio con perfecta sabiduría. Así, amar y esperar con fidelidad no solo bendice a quienes reciben ese amor, sino que también santifica al que lo ofrece, alineándolo con el carácter redentor y compasivo del Salvador.
5. El Evangelio une y no divide a las familias
Jesucristo y Su doctrina son un puente que conduce a la unidad eterna.
Este punto corrige la idea de que la religión puede separar. El discurso enseña que, aunque puedan existir diferencias temporales, el propósito del Evangelio es unir. Doctrinalmente, esto refleja la naturaleza redentora de Cristo, quien busca reconciliar y sellar a las familias en amor eterno.
El principio revela una dimensión esencial del plan de salvación: la obra redentora de Jesucristo tiene como propósito final la reconciliación y la unidad eterna de los hijos de Dios. Esto se fundamenta en que las ordenanzas del templo, especialmente el sellamiento, no solo restauran la relación del individuo con Dios, sino que también perpetúan y santifican los lazos familiares más allá de la muerte. Aunque en la mortalidad puedan existir diferencias de fe, tiempos distintos de conversión o circunstancias complejas, el Evangelio no actúa como una barrera, sino como un puente que invita pacientemente a todos a venir a Cristo. Este principio también refleja el respeto divino por el albedrío, ya que la unidad no se impone, sino que se construye mediante el amor, la fe y la fidelidad. Así, el discipulado auténtico no busca dividir por creencias, sino unir por medio de la caridad y los convenios, confiando en que, en el tiempo del Señor, Su poder redentor puede armonizar las relaciones y llevarlas a una plenitud eterna centrada en Cristo.
Para reflexionar
1. La salvación en Cristo tiene una dimensión profundamente familiar
El discurso invita a contemplar que el plan de Dios no fue diseñado únicamente para rescatar individuos aislados, sino para exaltar a Sus hijos en el marco de relaciones eternas. Esta idea da una profundidad especial al Evangelio, porque muestra que el propósito divino no termina en la conversión personal, sino que se extiende hacia la unidad familiar en Cristo. La frase “venir a Cristo… juntos” encierra una visión celestial de la vida: caminar hacia el Salvador no solos, sino procurando que aquellos a quienes amamos también participen de esa misma bendición eterna.
Este pensamiento es conmovedor porque une dos de los anhelos más profundos del corazón humano: pertenecer a Dios y permanecer con la familia. El discurso enseña que esos dos deseos no están en conflicto, sino que se cumplen conjuntamente en el plan del Evangelio restaurado. La doctrina del templo y del sellamiento no aparece aquí como una idea secundaria, sino como el centro del destino eterno de la familia. Eso transforma la manera en que entendemos el discipulado: seguir a Cristo no es solo buscar la salvación propia, sino vivir con una esperanza expansiva, una esperanza que abraza generaciones. Este principio también da consuelo a quienes todavía no ven cumplidas esas promesas en su hogar, porque les recuerda que Dios está obrando con un propósito mayor que el momento presente.
2. La paciencia es una forma de fe cuando amamos a quienes aún no están listos
Una de las lecciones más tiernas y poderosas del discurso es que la paciencia no es pasividad, sino una expresión madura de confianza en Dios. Las historias compartidas muestran que muchas conversiones familiares no ocurrieron por presión ni insistencia constante, sino por años de amor silencioso, ejemplo fiel y esperanza perseverante. Este mensaje enseña que esperar en el Señor, cuando se trata de la salvación de quienes amamos, es también una forma de discipulado.
Este pensamiento tiene una gran riqueza espiritual porque corrige nuestra tendencia humana a querer resultados inmediatos. Cuando alguien ama profundamente a su cónyuge, a sus hijos o a sus padres, puede sentir desesperación al ver que ellos no responden todavía al Evangelio. Sin embargo, el discurso muestra que Dios honra la fe paciente. La paciencia aquí no es resignación, sino confianza activa: seguir amando, seguir ministrando, seguir creyendo, aun cuando no haya señales inmediatas de cambio. Doctrinalmente, esta idea está unida al respeto del tiempo del Señor, quien no obra siempre con rapidez visible, pero sí con perfecta sabiduría. Por eso, la paciencia cristiana no es una espera vacía; es una espera llena de fe, ternura y esperanza.
3. El albedrío sagrado debe ser honrado incluso en los asuntos más eternos
El discurso subraya con notable claridad que el Salvador nunca obliga; Él invita. Esta afirmación es doctrinalmente profunda, porque enseña que aun en asuntos de salvación familiar, Dios no violenta la libertad moral de Sus hijos. La unidad eterna no puede construirse sobre coacción, sino sobre una respuesta libre al amor y a la verdad. Así, el Evangelio llama, persuade, inspira y testifica, pero nunca impone.
Este pensamiento es especialmente importante porque enseña cómo debe lucir el amor cristiano dentro del hogar. A veces, el deseo de bendecir a la familia puede llevar a actitudes de presión, frustración o exigencia. Sin embargo, el discurso recuerda que el método del Salvador es la invitación paciente. Honrar el albedrío de los demás no significa indiferencia espiritual, sino reconocer que la conversión auténtica solo puede nacer del interior. Esta verdad ennoblece las relaciones familiares, porque enseña a amar sin manipular, a testificar sin imponer, y a esperar sin dominar. En un nivel más profundo, este principio muestra que Dios mismo respeta tanto nuestra agencia que permite que el proceso de venir a Cristo se desarrolle según la disposición y la respuesta de cada alma.
4. Nunca es demasiado tarde para que Dios obre milagros en una familia
Uno de los mensajes más esperanzadores del discurso es que el tiempo del Señor sigue siendo un terreno de milagros. Las historias de bautismos tardíos, de sellamientos logrados poco antes de la muerte y de años de espera recompensados enseñan que Dios no abandona Sus promesas. Aun cuando la respuesta parezca tardar mucho, el Señor sigue obrando en silencio, preparando corazones y guiando circunstancias hacia un cumplimiento que muchas veces supera lo que la fe humana podía imaginar.
Este pensamiento tiene un enorme poder consolador. Muchas personas pueden cargar con la tristeza de ver promesas aún no cumplidas en su familia, o con el dolor de pensar que ciertas oportunidades ya pasaron. Pero el discurso responde con esperanza: nunca es demasiado tarde para los milagros de Dios. Eso no significa que todo ocurra según nuestro calendario, sino que el Señor permanece fiel a Sus propósitos y a Su amor. Doctrinalmente, esta verdad fortalece la confianza en las promesas del convenio y en la continuidad de la obra redentora de Cristo. También enseña que la historia espiritual de una familia no debe medirse solo por el presente visible, sino por el alcance eterno de la misericordia divina. Donde el ser humano ve demora, Dios puede estar preparando redención.
Comentario final
El discurso articula una visión profundamente integral del plan de salvación, donde la redención en Jesucristo no solo tiene un alcance individual, sino relacional y eterno. El mensaje sitúa a la familia en el centro de la economía divina, enseñando que las ordenanzas del templo y los convenios sagrados no son añadidos secundarios, sino el medio esencial por el cual se cumple el propósito de Dios: llevar a Sus hijos a la vida eterna en unidad familiar. En este marco, “venir a Cristo” no es únicamente una invitación personal, sino una obra compartida que busca integrar corazones, sanar relaciones y establecer vínculos que trascienden la mortalidad. Así, la doctrina del Evangelio restaurado se presenta como un sistema coherente donde Cristo, los convenios y la familia convergen en un mismo fin redentor.
El discurso ofrece un modelo formativo basado en la paciencia, el respeto por el albedrío y la confianza en el tiempo del Señor. Enseña que la conversión auténtica no puede forzarse, sino que se cultiva mediante el amor constante, el ejemplo fiel y la esperanza perseverante. Este enfoque no solo guía la enseñanza del Evangelio, sino también la manera de vivirlo dentro del hogar: con sensibilidad, sin presión, y con una fe que reconoce que Dios obra de manera individual en cada alma. En última instancia, el discurso instruye que el discipulado maduro consiste en caminar hacia Cristo mientras se invita amorosamente a otros a hacer lo mismo, confiando en que, mediante Su gracia, lo que hoy parece incompleto puede llegar a ser una unidad eterna plena en Él.
Frases destacada
1. “Venir a Cristo… juntos.”
Esta frase resume la esencia doctrinal del mensaje: el discipulado no es solo individual, sino también relacional. Doctrinalmente, enseña que el plan de salvación está diseñado para unir a las familias en Cristo. El comentario clave es que la salvación alcanza su plenitud cuando se comparte; no se trata solo de llegar a Cristo, sino de procurar que otros —especialmente la familia— también participen de esa misma bendición eterna.
2. “El Salvador nunca obliga. Él invita.”
Esta declaración refleja el principio sagrado del albedrío. Doctrinalmente, enseña que Dios respeta la libertad moral de cada persona, incluso en asuntos de salvación. El comentario es profundamente formativo: el amor verdadero no fuerza ni presiona, sino que persuade con paciencia y bondad. Este principio guía cómo debemos interactuar con los demás en el Evangelio.
3. “El Evangelio de Jesucristo no es una cuña para dividir familias, sino un puente para unirlas eternamente.”
Esta frase corrige una percepción común y presenta una verdad central: el propósito del Evangelio es la unidad eterna. Doctrinalmente, se conecta con las ordenanzas del templo y el sellamiento familiar. El comentario es que, aunque puedan existir diferencias temporales, el Evangelio tiene el poder de reconciliar y unir en el tiempo del Señor.
4. “Dios cumple Sus promesas, pero en Su tiempo.”
Esta afirmación introduce una doctrina clave sobre la confianza en el tiempo divino. Doctrinalmente, enseña que las promesas del Señor son seguras, aunque no siempre inmediatas. El comentario es profundamente esperanzador: la fe madura aprende a esperar con paciencia, confiando en que Dios está obrando incluso cuando no vemos resultados inmediatos.

























