“Heme aquí; envíame”

Conferencia General Abril 2026

“Heme aquí; envíame”

Por la presidenta Susan H. Porter
Presidenta General de la Primaria

Los niños de todo el mundo ofrecen lo que tienen para llevar el amor de Dios a su familia, iglesia, amigos y comunidad.



Hoy estoy agradecida de poder dirigirme a los hijos más jóvenes del Padre Celestial. Los hijos mayores del Padre Celestial también pueden optar por escuchar.

Niños, ¿les gusta responder la pregunta: “¿Cuántos años tienes?”. ¿Tienen cinco, ocho u once años? Ese es el tiempo que han vivido en la tierra, pero ¿sabían que su espíritu tiene mucha más edad? Aunque no lo recuerden, pasaron mucho tiempo en el mundo de los espíritus aprendiendo y creciendo. El día en que nacieron, su cuerpo era nuevo, pero habían vivido como espíritu durante muchos años. Nacieron con dones. Ustedes tienen un propósito y tienen la capacidad de marcar una diferencia para bien.

El Padre Celestial ama tanto a Sus hijos que desea que cada uno de nosotros reciba todas las bendiciones que Él disfruta. Antes de venir a la tierra, Él compartió con nosotros Su plan de felicidad. Como parte de Su plan, tendríamos que venir a la tierra, obtener un cuerpo y escoger vivir Sus amorosos mandamientos. Luego podríamos regresar a vivir con Él y nuestras familias con gozo y paz.

El Padre Celestial sabía que cuando viniéramos a la tierra cometeríamos errores y necesitaríamos ayuda para regresar a casa con Él. ¿Saben a quién escogió el Padre Celestial para que nos ayudara? ¡Sí, a Jesús! Jesucristo tenía tanto amor por el Padre Celestial y por nosotros que dijo: “Heme aquí; envíame”.

El Padre Celestial envió a Jesús a la tierra y Él nos mostró cómo vivir para ser felices. Nos enseñó cómo amar a Dios y a los demás. En Getsemaní, Jesucristo sufrió el dolor de todos nuestros pecados y desafíos. Murió en la cruz y luego, en el milagro más grande de todos, ¡resucitó!. ¡Eso es lo que celebramos hoy en la Pascua de Resurrección! Jesús, nuestro Señor y Salvador, ganó la batalla sobre todo lo que es difícil e injusto en nuestra vida.

Jesucristo los conoce, los comprende y los ama. Jesús ha hecho todo lo posible para ayudarlos. Permanezcan cerca de Él y aprendan todo lo que puedan sobre Él. Al tratar de guardar los mandamientos más importantes de amar a Dios y amar a los demás, ¡Él los ayudará a crecer hasta convertirse en las magníficas personas que están destinados a ser! Él los ayudará a ser más felices, a aprender más rápido, a sentir consuelo, a hacer amigos y a tener más oportunidades.

Despierten cada día con propósito y confianza, sabiendo que Jesús andará con ustedes. Sigan Su ejemplo y digan en oración al Padre Celestial: “Heme aquí; envíame”. Luego presten atención a sus pensamientos e ideas. ¿Qué los enviará Él a hacer a ustedes? Por medio de Su Espíritu, Él puede enviarlos a consolar a alguien que esté solo, a ayudar a su familia, a aprender lecciones importantes en la escuela o a enseñar a alguien a orar. Él puede ayudarlos a ustedes a defender la verdad para que puedan llevar Su luz a los demás.

¿Recuerdan haber aprendido que Jesús alimentó a más de 5000 personas?. Jesús había estado enseñando a las personas todo el día y ellos tenían hambre. En algún lugar de ese grupo numeroso había un niño que tenía cinco panes y dos pescados. Él sabía que con eso no se podía alimentar a muchas personas, pero decidió darle a Jesús lo que tenía. Jesús tomó la comida y dio las gracias al Padre Celestial por ella. ¡Esa comida alimentó a miles de personas!

Así como el niño no tuvo que averiguar cómo una pequeña cantidad de pan y pescado podía alimentar a tantas personas, ustedes no tienen que preocuparse por solucionar todos los problemas a su alrededor. El Padre Celestial puede hacer milagros cuando simplemente ofrecemos lo que tenemos. Cuando ustedes dicen: “Heme aquí; envíame”, ¡el Padre Celestial puede tomar algo pequeño y sencillo y convertirlo en algo grandioso!.

He visto a niños de todo el mundo que ofrecen lo que tienen para llevar el amor de Dios a su familia, iglesia, amigos y comunidad. En el Caribe, una madre me dijo que el Espíritu alegró su corazón triste cuando su hijo pequeño le pidió que leyera el Libro de Mormón con él. En Ghana, los niños de la Primaria me dijeron que comparten su almuerzo en la escuela con otros niños que no tienen. En Camboya, vi a niños enfermos en un hospital local iluminarse cuando se les dieron kits de actividades hechos por niños de la Primaria que se preocupaban por ellos.

Hace unos meses, Chloe y Eli, ambos de diez años, se pararon frente a un grupo de líderes empresariales y hablaron con confianza sobre cómo su fe influye en su vida diaria. Compartieron que piensan en el Evangelio todos los días. Oran por los demás y buscan maneras de ayudar. Chloe y Eli enseñaron a los adultos lo que significa ser discípulos de Jesucristo.

Hace poco, durante una reunión de ayuno y testimonios, vi a un niño de la Primaria subir al estrado y preguntar: “¿Podrían levantar la mano todos los que aman a Jesús?”. En ese momento, todas las personas levantaron la vista, sonrieron y levantaron la mano. Todos estaban pensando en nuestro Salvador, Jesucristo. ¡Fue un momento sagrado de gozo!

Cuando yo era joven, mi madre solía preparar un postre especial para los domingos. Después de la cena, ella preguntaba: “¿Quieren postre ahora o más tarde?”. Nosotros, los niños, sabíamos que mi padre siempre respondería con una gran sonrisa: “¡Quiero ahora y también más tarde!”.

Si se esfuerzan por acercar a los demás y a ustedes mismos a Jesús, recibirán bendiciones ahora y también más tarde. Hoy pueden tomar decisiones que les ayudarán a cambiar y crecer ahora, y a prepararse para bendiciones de amor y gozo para siempre.

Los invito a orar al Padre Celestial y decir, como lo hizo Jesús: “Heme aquí; envíame”. Y luego sigan adelante, andando con Él para acercar a los demás y a ustedes mismos a Cristo. “[Ustedes son] hijos del convenio y tienen un don que ofrecer”.

Doy mi testimonio de que Dios, nuestro Padre Celestial, y Su Hijo, Jesucristo, los aman. Gracias al plan del Padre Celestial y a la Resurrección de Jesucristo, todos podemos recibir la bendición de vivir gozosamente para siempre con nuestras familias en Su presencia. Los amo a Ellos y los amo a ustedes. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso presenta una teología del discipulado centrada en la disponibilidad voluntaria del alma ante Dios, donde incluso los actos más pequeños, cuando se ofrecen con fe, adquieren un significado eterno. La presidenta Susan H. Porter estructura su mensaje sobre el modelo supremo de Jesucristo, quien, desde el principio, respondió al Padre con la disposición perfecta de servir. A partir de este patrón, el discurso enseña que cada hijo de Dios —independientemente de su edad o capacidad— posee un propósito divino y la capacidad de influir para bien. La narrativa recalca que no es necesario tener grandes recursos o soluciones completas; lo esencial es la disposición de ofrecer “lo que se tiene”. Así, la historia del niño con los panes y los peces se convierte en una metáfora doctrinal del principio de consagración, donde Dios magnifica lo pequeño cuando se entrega con fe .

En su desarrollo, el discurso enfatiza que el crecimiento espiritual ocurre al actuar conforme a las impresiones del Espíritu, respondiendo a las invitaciones divinas en la vida cotidiana: consolar, servir, enseñar y defender la verdad. Este enfoque revela una pedagogía espiritual sencilla pero profunda, especialmente dirigida a los niños, donde el discipulado no se aprende solo con instrucción, sino mediante la práctica diaria de pequeños actos de fe. Además, se resalta la doctrina del plan de salvación y la centralidad de Jesucristo como Aquel que hace posible el regreso al Padre, no solo mediante Su Expiación y Resurrección, sino también acompañando al creyente en su desarrollo personal. En última instancia, el discurso enseña que decir “Heme aquí; envíame” es más que una expresión verbal: es una postura espiritual de humildad, disposición y confianza, mediante la cual el individuo participa activamente en la obra de Dios y descubre que, al ofrecerse a Él, su vida puede ser transformada en un instrumento de bendición para otros y para sí mismo.


Puntos doctrinales

1. Todos somos hijos de Dios con un propósito divino
Cada persona existía antes de nacer y fue enviada a la tierra con dones y una misión.
Este principio afirma la identidad eterna del ser humano. No somos accidentales ni insignificantes; fuimos preparados espiritualmente antes de esta vida. Doctrinalmente, esto da sentido a la vida y fortalece la autoestima espiritual, especialmente al reconocer que incluso desde pequeños podemos influir para bien.

El principio de que todos somos hijos de Dios con un propósito divino establece una de las doctrinas más fundamentales del Evangelio: la identidad eterna del ser humano como un ser preexistente, creado con intención, valor y destino. Doctrinalmente, esto enseña que la vida terrenal no es un accidente ni un evento aislado, sino parte de un plan divino cuidadosamente diseñado, donde cada persona fue preparada previamente con dones, capacidades y oportunidades específicas. Esta comprensión transforma la manera en que el individuo se percibe a sí mismo y a los demás, al reconocer que cada vida tiene significado eterno y propósito sagrado. Además, este principio fortalece la responsabilidad personal, ya que implica que el discipulado comienza desde una identidad divina: no actuamos para obtener valor, sino porque ya lo poseemos como hijos de Dios. En este sentido, incluso desde la niñez, cada persona puede participar activamente en la obra del Señor, desarrollando su potencial y contribuyendo al bien de otros, lo que convierte la vida cotidiana en un espacio de cumplimiento del propósito eterno.

2. Jesucristo es el centro del plan de salvación
Jesús fue enviado por el Padre para redimirnos, enseñarnos y ayudarnos a regresar a Su presencia.
El discurso enseña que Cristo no solo salva del pecado, sino que también guía en la vida diaria. Su Expiación y Resurrección hacen posible la esperanza eterna. Esto coloca a Jesucristo como el eje de todo progreso espiritual y felicidad verdadera.

El principio de que Jesucristo es el centro del plan de salvación revela que toda la obra divina —desde la creación hasta la vida eterna— converge en la persona y misión del Hijo de Dios. Esto enseña que Jesucristo no es solo un medio para resolver el problema del pecado, sino el fundamento mismo del progreso espiritual del ser humano. Su Expiación permite la redención y el perdón, pero también otorga poder para cambiar, crecer y perseverar; mientras que Su Resurrección garantiza la victoria sobre la muerte y la posibilidad de una vida eterna en la presencia de Dios. Además, el discurso destaca que Cristo no actúa solo en el destino final del individuo, sino en su vida diaria, guiando, enseñando y fortaleciendo al creyente en cada paso. Así, colocar a Jesucristo en el centro no es solo una afirmación doctrinal, sino una orientación existencial: todo conocimiento, decisión y esfuerzo adquiere significado cuando se alinea con Él, convirtiéndolo en la fuente de verdadera felicidad y en el camino seguro de regreso al Padre Celestial.

3. Dios magnifica lo pequeño cuando se ofrece con fe
Al dar lo poco que tenemos, Dios puede convertirlo en algo grande.
La historia de los panes y los peces ilustra que no se requiere grandeza para servir, sino disposición. Este principio se relaciona con la ley de consagración: cuando el corazón está dispuesto, el Señor multiplica los esfuerzos y los convierte en bendiciones para muchos.

El principio de que Dios magnifica lo pequeño cuando se ofrece con fe revela una verdad central de la doctrina de la consagración: el valor de una ofrenda no radica en su tamaño, sino en la disposición del corazón que la entrega. Esto enseña que el Señor no depende de la capacidad humana para cumplir Sus propósitos, sino que actúa sobre la base de la fe y la voluntad del individuo. La historia de los panes y los peces ilustra que, cuando una persona ofrece lo que tiene —aunque sea limitado—, Dios interviene para multiplicarlo y hacerlo suficiente para bendecir a muchos. Este principio también demuestra que el discipulado no exige perfección ni grandes recursos, sino una entrega sincera que permita al poder divino operar. Así, el creyente aprende que sus esfuerzos, aunque pequeños en apariencia, adquieren un alcance eterno cuando se colocan en las manos de Dios, quien transforma lo ordinario en extraordinario conforme a Su propósito redentor.

4. Decir “Heme aquí; envíame” es aceptar el llamado a servir
El discipulado implica estar dispuesto a actuar cuando Dios nos guía.
Este principio muestra que seguir a Cristo es algo activo. No basta con creer; hay que responder a las impresiones del Espíritu. Doctrinalmente, esto enseña que el Señor trabaja a través de personas dispuestas, y que incluso los actos pequeños pueden tener un impacto eterno.

El principio de decir “Heme aquí; envíame” como aceptación del llamado a servir revela una dimensión esencial del discipulado: la fe verdadera se manifiesta en la disponibilidad activa para actuar conforme a la voluntad de Dios. Este concepto se fundamenta en el modelo perfecto de Jesucristo, quien voluntariamente se ofreció para cumplir el plan del Padre, estableciendo así el patrón de toda obediencia consagrada. No basta con creer o sentir; el discipulado requiere responder a las impresiones del Espíritu con acción concreta, lo cual convierte al creyente en un instrumento en las manos de Dios. Este principio también enseña que el Señor no busca necesariamente capacidad extraordinaria, sino corazones dispuestos, mediante los cuales Él puede obrar milagros espirituales. Así, incluso los actos pequeños —cuando son inspirados y ejecutados con fe— adquieren significado eterno, porque participan en la obra redentora de Cristo. En este sentido, decir “Heme aquí; envíame” no es solo una expresión de voluntad, sino una consagración práctica del ser, donde el individuo alinea su vida con los propósitos divinos y permite que Dios actúe a través de él para bendecir a otros.


Para reflexionar

1. Dios puede hacer algo grande con lo pequeño que le ofrecemos
Uno de los pensamientos más conmovedores del discurso es que el Señor no espera que lleguemos a Él con grandeza visible, sino con disposición sincera. La historia del niño que ofreció cinco panes y dos peces enseña que el milagro no comenzó con abundancia, sino con una ofrenda humilde. Del mismo modo, el discurso invita a comprender que nuestros talentos, tiempo, bondad o servicio, aunque parezcan pequeños, pueden llegar a ser instrumentos poderosos cuando se colocan en las manos de Dios. Esto da esperanza, especialmente a quienes sienten que tienen poco que aportar.
Este pensamiento tiene una profunda fuerza doctrinal porque enseña que el valor de una ofrenda no depende solo de su tamaño, sino de la fe con que se entrega. Muchas veces el ser humano subestima lo que puede hacer porque compara sus capacidades con las de otros, pero el Evangelio muestra que Dios obra precisamente a través de lo sencillo y lo humilde. El discípulo no necesita saber de antemano cómo el Señor multiplicará sus esfuerzos; solo necesita estar dispuesto a ofrecer lo que tiene. Esta verdad cambia la manera de servir, porque libera del perfeccionismo y del temor a no ser suficiente. En lugar de esperar condiciones ideales, el creyente aprende a actuar con fe, confiando en que Dios puede transformar una acción pequeña en una bendición mucho mayor de lo que imaginamos.

2. Decir “Heme aquí; envíame” es vivir con propósito cada día
El discurso enseña que la vida cristiana no debe vivirse de manera pasiva o rutinaria, sino con una disposición espiritual activa. Levantarse cada mañana y decir al Padre Celestial “Heme aquí; envíame” significa comenzar el día con apertura al propósito divino. No se trata necesariamente de hacer cosas extraordinarias, sino de estar atentos a las impresiones del Espíritu y a las oportunidades concretas de amar, consolar, servir y enseñar. Esta actitud convierte la vida diaria en un terreno sagrado de discipulado.
Este pensamiento es muy valioso porque enseña que el llamado de Dios muchas veces llega en formas sencillas: ayudar en casa, acompañar a alguien que se siente solo, defender lo correcto en la escuela, consolar a un amigo o ser fiel en lo pequeño. El discurso muestra que el discipulado auténtico no está reservado para momentos solemnes o grandes misiones visibles; también se vive en los actos cotidianos. Desde un punto de vista educativo, esto forma una visión más madura de la espiritualidad: seguir a Cristo no es solo sentir devoción, sino responder concretamente a Su guía. Así, la oración deja de ser solamente petición y se convierte también en disponibilidad. El alma aprende a vivir no solo preguntando “¿qué quiero hacer hoy?”, sino “¿qué quiere Dios hacer a través de mí hoy?”.

3. Los niños también son verdaderos discípulos y pueden bendecir al mundo
Una de las verdades más hermosas del discurso es que reconoce a los niños no solo como futuros discípulos, sino como discípulos reales en el presente. La presidenta Porter no habla de ellos como personas que algún día tendrán un propósito, sino como hijos del convenio que ya poseen dones y ya pueden influir para bien. Esta visión es doctrinalmente significativa porque afirma que la capacidad de servir a Dios no depende de la edad, sino del corazón dispuesto. Incluso desde pequeños, los hijos de Dios pueden llevar luz, fe y amor a otros.
Este pensamiento eleva enormemente la dignidad espiritual de la niñez. En ocasiones, el mundo tiende a ver a los niños como demasiado pequeños para comprender o para contribuir de manera significativa. Sin embargo, el discurso enseña lo contrario: ellos pueden enseñar a los adultos, traer gozo al hogar, fortalecer la fe de su familia y ser instrumentos del Espíritu. Esto también tiene una poderosa aplicación para cualquier creyente que se sienta limitado, insignificante o poco importante. La obra de Dios no depende de la edad, del prestigio ni de la posición; depende de corazones que escuchen y respondan. Por eso, este principio no solo honra a los niños, sino que también recuerda a todos que el Señor puede usar a cualquiera que esté dispuesto a seguirlo con sinceridad.

4. Jesucristo no solo nos salva al final; camina con nosotros ahora
Aunque el discurso está lleno de invitaciones al servicio, su centro doctrinal sigue siendo Jesucristo. Él es presentado no solo como el Salvador que hizo posible el regreso al Padre por medio de Su Expiación y Resurrección, sino también como Aquel que acompaña al discípulo en el presente. La invitación a permanecer cerca de Él y aprender de Él muestra que el Evangelio no se trata únicamente de una meta futura, sino de una relación viva con Cristo aquí y ahora. Él ayuda, guía, consuela y fortalece mientras el creyente intenta hacer el bien.
Este pensamiento es especialmente importante porque evita que el servicio se convierta en mero esfuerzo humano. El discurso no enseña simplemente “haz más”, sino “camina con Jesús mientras haces el bien”. Esto cambia por completo la perspectiva. El discípulo no está solo tratando de cumplir deberes; está creciendo junto al Salvador. Esa cercanía hace posible que las acciones diarias tengan mayor poder espiritual, porque nacen de una relación con Cristo y no solo de una obligación moral. Además, esta verdad ofrece consuelo: cuando una persona se siente insegura, insuficiente o cansada, recuerda que Jesús no solo la envía, sino que también la acompaña. Así, el llamado “Heme aquí; envíame” se convierte en una respuesta confiada, porque quien llama es también quien sostiene.


Comentario final

Desde una perspectiva doctrinal y educativa, el discurso “Heme aquí; envíame” presenta el discipulado como una respuesta activa y voluntaria al llamado divino, en la que el individuo no solo reconoce a Dios, sino que decide participar en Su obra. El mensaje sitúa este principio en el marco del plan de salvación, mostrando que así como Jesucristo se ofreció plenamente al Padre, cada hijo de Dios está invitado a adoptar esa misma disposición espiritual. Esto revela que la relación con Dios no es pasiva, sino colaborativa: el Señor obra por medio de aquellos que están dispuestos a escuchar Su voz y actuar conforme a ella. En este sentido, incluso las acciones más pequeñas —cuando se realizan con fe y obediencia— adquieren un valor eterno, pues se integran en la obra redentora de Cristo.

Educativamente, el discurso ofrece un modelo formativo claro y accesible: el desarrollo espiritual comienza con la sensibilidad al Espíritu y se fortalece mediante la acción constante en lo cotidiano. Enseña que el discipulado no requiere perfección ni grandeza inicial, sino disposición, constancia y humildad. Al invitar especialmente a los niños a decir “Heme aquí; envíame”, el mensaje subraya que la capacidad de servir y de influir para bien no depende de la edad, sino del corazón. En última instancia, el discurso muestra que el propósito del Evangelio no es solo formar creyentes, sino formar discípulos que actúan, que escuchan y responden, y que descubren que, al ofrecer lo poco que tienen, Dios puede transformarlo en bendiciones abundantes para otros y en crecimiento espiritual para ellos mismos.


Frases destacadas

1. “Heme aquí; envíame.”
Esta es la frase central del discurso y refleja el modelo perfecto de Jesucristo. Se expresa la disposición total del alma para someterse a la voluntad de Dios. No es solo una declaración, sino una actitud de consagración. El comentario clave es que el verdadero discipulado comienza cuando dejamos de centrarnos en lo que queremos hacer y empezamos a preguntarnos qué quiere Dios hacer a través de nosotros.

2. “El Padre Celestial puede tomar algo pequeño y sencillo y convertirlo en algo grandioso.”
Esta frase enseña el principio divino de la multiplicación espiritual. Se muestra que Dios no depende de la grandeza humana, sino de la disposición del corazón. El comentario es profundamente esperanzador: no importa cuán limitados nos sintamos, el Señor puede magnificar nuestros esfuerzos cuando los ofrecemos con fe.

3. “Jesucristo los conoce, los comprende y los ama.”
Esta declaración afirma la naturaleza personal de la relación con el Salvador. Se vincula con la Expiación, mediante la cual Cristo llegó a comprender perfectamente a cada persona. El comentario es consolador: no estamos solos ni somos desconocidos para Dios; Él nos entiende plenamente y nos acompaña en nuestro crecimiento.

4. “Despierten cada día con propósito… sabiendo que Jesús andará con ustedes.”
Esta frase conecta el discipulado con la vida diaria. Se enseña que Cristo no solo es el Salvador final, sino un compañero constante en el presente. El comentario es práctico y profundo: vivir con propósito espiritual transforma lo cotidiano en sagrado, porque cada día se convierte en una oportunidad para actuar junto a Cristo.

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