Ha resucitado

Conferencia General Abril 2026

Ha resucitado

Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Con Su Resurrección, Jesucristo aseguró la salvación de la muerte física para nosotros, todos los hijos de Dios a lo largo de los siglos.



Este domingo de Pascua de Resurrección, todos los cristianos, hermanos y hermanas en el Señor, honran y celebran la Resurrección de nuestro Redentor, Jesucristo. Su Resurrección y Su Expiación son los acontecimientos más poderosos, de mayor alcance y más sagrados de toda la historia de la humanidad.

Jesucristo y Su Resurrección son en el núcleo mismo de la doctrina de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El profeta José Smith, el primer profeta de la Restauración, quien vio y habló con Dios el Padre y Su Amado Hijo enseñó: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos”. Como Apóstol llamado por Jesucristo, doy mi testimonio de esa verdad a todo el mundo.

Jesucristo es “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, “el Dios Todopoderoso” del Antiguo Testamento, “la luz del mundo” del Nuevo Testamento, “el Mesías” y “el Salvador del mundo” del Libro de Mormón y otras revelaciones de los últimos días. Él vino, fue crucificado y resucitó.

Después de estar tres días en un sepulcro prestado, Jesucristo rompió las ligaduras de la muerte impuestas por la Caída. Con Su Resurrección, Él aseguró la salvación de la muerte física para nosotros, todos los hijos de Dios a lo largo de los siglos. Eso incluye a los justos, quienes lo proclaman como el Hijo de Dios, y a los injustos, quienes algún día lo reconocerán como “el Rey de reyes”, pues está profetizado: “Toda rodilla se doblará, y toda lengua confesará” que Jesús es el Cristo.

Cuando María y otras mujeres fieles se acercaron al sepulcro del huerto para cuidar el cuerpo de su Señor, encontraron a dos ángeles, quienes anunciaron: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Esas gloriosas palabras, “ha resucitado”, han inspirado durante siglos ceremonias religiosas, gratitud, fe en Jesucristo y en Sus promesas. El presidente Dallin H. Oaks ha testificado: “La Resurrección es un pilar de nuestra fe. Le da sentido a nuestra doctrina, motivación a nuestro comportamiento y esperanza a nuestro futuro”.

Jesucristo es más que un ser mortal que primero fue puesto en un pesebre, más que un amigo, maestro, rabino, ministro o profeta. Él es el Unigénito del Padre. Y por designio divino, Su Resurrección, mediante Su propio poder divino, reunió Su cuerpo y Su espíritu. ¡Qué acontecimiento tan majestuoso y trascendental en el plan eterno del Padre Celestial!

El Jesucristo resucitado se apareció primero a María y con ternura pronunció su nombre. Se apareció a Sus apóstoles y les dijo: “Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo”. Caminó con dos de Sus discípulos en el camino a Emaús, quienes le suplicaron: “Quédate con nosotros”. El Señor resucitado, “Sin Fin y Eterno”, se apareció a cientos de personas en la Tierra Santa.

Relatos en el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo también dan testimonio de Él resucitado. Una multitud reunida en un templo en el Nuevo Mundo, en la tierra de Abundancia, oyó una voz de los cielos que decía: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd”.

Entonces, vieron “a un Hombre que descendía del cielo; y estaba vestido con una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos” y “extendió la mano”. Me encanta la imagen de Él extendiendo Su mano. Él dijo: “He aquí, Yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo”.

Esa mano extendida era bien conocida en Su ministerio terrenal. Su mano rescató a Pedro cuando este comenzaba a hundirse en las agitadas olas del mar de Galilea. Su mano le hizo un gesto al hombre lisiado en el estanque de Betesda para que “se levantara [.].. y caminara”. Sus manos lavaron los pies de Sus discípulos y Sus manos “tom[aron] el pan, y habiendo dado gracias, y lo parti[eron]”, iniciando la Santa Cena en “memoria” de Él. Él le prometió al profeta Isaías: “No temas; porque yo estoy contigo; […] porque yo soy tu Dios […]; te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Esa promesa es para todos nosotros.

Él se presentó ante ellos resucitado y dijo: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo”.

Los de la multitud de 2500 almas “se adelantaron […] y vieron con los ojos y palparon con las manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él”.

Los invitó a que trajeran “a sus niños pequeñitos” y los tomó “uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos”.

Esta escena de Él resucitado, extendiendo las manos que una vez fueron clavadas en una cruz, me conmueve profundamente.

Hace algunos años, en una conferencia general, hablé de nuestro nieto Paxton, que nació con una eliminación cromosómica muy unisual. Sus padres lo habrían llevado al Salvador cuando Él llamó a todos los que estuvieran “afligidos de manera alguna” a ir para que Él pudiera “sanarlos”.

Paxton vivió tres preciados años. No podía hablar, gatear, caminar ni correr detrás de sus hermanos, pero las manitos del pequeño Paxton se extendían hacia las nuestras y hacia nuestro Salvador con amor y afecto.

Recuerdo la primera vez que el padre de Paxton y yo le dimos una bendición del sacerdocio para que, como leemos en las Escrituras, “las obras de Dios se manifestasen en él”; y así fue. Él trajo un gozo inmenso a nuestra familia. Las familias que tienen un miembro tan preciado saben el privilegio que es ser bendecido con alguien con necesidades especiales. Al relacionarnos con Paxton, toda nuestra familia adquirió una confianza mayor, más profunda y duradera en el Señor. Entonces, Dios extendió Su mano y lo llevó a casa.

Las palabras del salmista lo dicen todo: “Por la noche durará el llanto, y a la mañana vendrá la alegría”.

Ese gozo es, como dijo el Salvador: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”.

Sé que el tierno “espíritu y el cuerpo” de Paxton “serán reunidos otra vez en su perfecta forma”. Por el poder de la Expiación de Jesucristo, su gozo no solo será un cuerpo resucitado, sino uno resucitado íntegro y perfecto. Todos los que viven o han vivido, que vayan a Cristo y vivan Su Evangelio, sentirán un gozo más allá de toda expresión terrenal al reunirnos, resucitados, con nuestro Padre Celestial y Jesucristo, y con nuestros padres, abuelos, hermanos, tías, tíos, primos y antepasados.

Ruego que podamos estar en paz, hermanos y hermanas, porque el Señor ha prometido: “Donde yo esté, vosotros también estéis”. Ruego que creamos las palabras del Señor en Isaías: “En las palmas de mis manos te tengo grabada”. Ruego que testifiquemos de Él por la manera en que vivimos y por lo que amamos. Ruego que sintamos hasta el alma estas conmovedoras palabras: “Ha resucitado! ¡Ha resucitado! Proclamad con voz triunfal” y “dejad que toda la tierra se regocije”.

Como testigo especial del nombre de Jesucristo —el Rey de gloria, el Mesías triunfante, la Estrella resplandeciente de la mañana, la Resurrección y la Vida— doy mi testimonio de Él con reverencia y gratitud, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso de Ronald A. Rasband se construye como un testimonio profundamente cristocéntrico que sitúa la Resurrección de Jesucristo no solo como un acontecimiento histórico, sino como el eje doctrinal que da coherencia al plan de salvación y sentido a la existencia humana. De manera narrativa, el mensaje avanza desde la afirmación doctrinal —Cristo ha vencido la muerte para todos— hacia una aplicación personal y emocional, mostrando que la Resurrección no es una idea abstracta, sino una realidad viva que transforma el dolor en esperanza. La inclusión de relatos bíblicos y del Libro de Mormón, junto con la experiencia familiar del autor, crea una conexión entre lo eterno y lo cotidiano, enseñando que el poder redentor de Cristo se manifiesta tanto en los grandes eventos salvíficos como en las experiencias íntimas de pérdida, fe y consuelo.

El discurso enfatiza tres dimensiones doctrinales clave: la universalidad de la resurrección (todos serán levantados), la divinidad de Cristo (Él actúa por Su propio poder como Hijo de Dios) y la naturaleza relacional del Evangelio (Cristo extiende Su mano hacia cada individuo). Esta imagen recurrente de la “mano extendida” funciona como un símbolo teológico poderoso: representa tanto la intervención divina como la invitación personal al acercamiento. Así, el discurso no solo proclama una verdad doctrinal, sino que invita a una respuesta existencial: aceptar esa mano mediante la fe, el discipulado y el testimonio. En conjunto, el mensaje logra unir doctrina, experiencia y exhortación, mostrando que la verdadera fe en la Resurrección se evidencia en la manera en que se vive, se ama y se espera con confianza en las promesas eternas de Dios.


Puntos doctrinales

1. La Resurrección de Cristo asegura la victoria sobre la muerte para toda la humanidad
Por medio de la Resurrección de Jesucristo, todos los hijos de Dios serán resucitados, sin excepción.
Este principio es uno de los pilares más fundamentales del Evangelio. Se establece que la muerte física no es el fin, sino una etapa temporal dentro del plan de salvación. La Resurrección no depende del mérito humano, sino del poder redentor de Cristo, lo que la convierte en un don universal. Esto brinda consuelo profundo frente a la pérdida y redefine la perspectiva de la vida mortal: vivir con esperanza, sabiendo que la separación por la muerte es solo provisional y que la vida continuará en una forma glorificada y perfecta.

El principio de que la Resurrección de Jesucristo asegura la victoria sobre la muerte para toda la humanidad constituye una de las doctrinas más universales y esperanzadoras del plan de salvación, ya que establece que la redención de la muerte física no depende de las obras individuales, sino del poder divino de Cristo. Esto revela una distinción fundamental entre los dones incondicionales y las bendiciones condicionadas del Evangelio: mientras la vida eterna requiere fe y obediencia, la resurrección es un don gratuito que abarca a todos los hijos de Dios, restaurando la unidad del espíritu y el cuerpo en una forma perfecta e inmortal. Este principio no solo redefine la muerte como una transición temporal, sino que también transforma la experiencia humana del dolor y la pérdida, ofreciendo una esperanza segura basada en la victoria real y literal de Cristo sobre la tumba. En consecuencia, la Resurrección no es solo una promesa futura, sino una verdad presente que sostiene la fe, fortalece la perseverancia y orienta la vida hacia una perspectiva eterna.

2. La Resurrección confirma la divinidad de Jesucristo
Cristo resucitó por Su propio poder divino, demostrando que es el Hijo de Dios y el Señor sobre la vida y la muerte.
Este punto establece una verdad central: la Resurrección no fue solo un milagro, sino la manifestación suprema de la naturaleza divina de Cristo. Confirma que Él no es solo un maestro o profeta, sino el Redentor viviente. Esto fortalece la fe, porque el mismo que venció la muerte tiene poder para salvar, redimir y transformar al ser humano. La Resurrección, entonces, no solo valida Su identidad, sino también todas Sus promesas.

El principio de que la Resurrección confirma la divinidad de Jesucristo constituye una de las afirmaciones más profundas de la teología cristiana, ya que establece que Su victoria sobre la muerte no fue un acto externo o dependiente de otro poder, sino una manifestación inherente de Su naturaleza divina como Hijo de Dios. Esto implica que Cristo posee autoridad absoluta sobre la vida y la muerte, situándolo no solo como un mediador o maestro moral, sino como el Redentor viviente cuya identidad está intrínsecamente ligada a Su poder salvador. La Resurrección, en este sentido, actúa como la validación suprema de todas Sus enseñanzas y promesas, pues demuestra que quien ofrece vida eterna tiene en Sí mismo la fuente de esa vida. Para el creyente, esta verdad no solo fortalece la fe, sino que fundamenta la esperanza en una redención real y efectiva, ya que el mismo poder que levantó a Cristo es el que obra en la salvación y transformación del ser humano.

3. La Expiación y la Resurrección son el centro del plan de salvación
La muerte y Resurrección de Cristo son los acontecimientos más trascendentales de la historia y el fundamento de toda doctrina cristiana.
Este principio enseña que todo el Evangelio gira en torno a la obra redentora de Cristo. Sin la Resurrección, la fe perdería su sentido eterno. Estos eventos dan significado al arrepentimiento, al discipulado y a la esperanza futura. No se trata solo de creer en Cristo, sino de entender que Su sacrificio y victoria hacen posible la vida eterna. Esto motiva una vida centrada en Él, donde cada decisión se conecta con ese propósito eterno.

El principio de que la Expiación y la Resurrección constituyen el centro del plan de salvación revela una verdad doctrinal fundamental: toda la estructura del Evangelio encuentra su significado y coherencia en la obra redentora de Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, no habría redención del pecado; y sin Su Resurrección, no habría victoria sobre la muerte, lo que dejaría incompleto el propósito eterno de Dios para Sus hijos. Estos dos eventos no son independientes, sino inseparables: la Expiación reconcilia espiritualmente al ser humano con Dios mediante el arrepentimiento, mientras que la Resurrección restaura físicamente la vida en un estado inmortal. Esta dualidad asegura tanto la justicia como la misericordia divinas, haciendo posible la salvación integral del alma. Así, vivir centrado en Cristo implica reconocer que cada aspecto del discipulado —la obediencia, el arrepentimiento y la esperanza— deriva de Su sacrificio y triunfo, motivando una vida con propósito eterno y confianza en las promesas divinas.

4. Cristo extiende Su mano a cada individuo con amor y poder redentor
El Salvador invita personalmente a cada persona a acercarse a Él, ofreciendo consuelo, sanación y esperanza.
La imagen de Cristo extendiendo Su mano es profundamente simbólica. Se representa tanto Su poder como Su cercanía. Él no es un Salvador distante, sino uno que interviene activamente en la vida de cada persona. Este principio enseña que la relación con Cristo es personal: Él conoce, ama y socorre individualmente. También implica una respuesta: aceptar Su mano mediante la fe y el seguimiento. Así, la doctrina se convierte en experiencia viva, donde el creyente siente el poder real de la redención en su propia vida.

El principio de que Jesucristo extiende Su mano a cada individuo revela una de las dimensiones más profundas de la doctrina de la redención: su carácter personal e íntimo. Este acto simboliza no solo el poder salvador de Cristo para vencer el pecado y la muerte, sino también Su disposición constante de acercarse al ser humano en su condición particular. No se trata de una salvación impersonal o colectiva en abstracto, sino de una relación directa donde el Salvador conoce, llama y ministra a cada alma de manera individual. Esta verdad implica que la gracia no es distante ni automática, sino accesible mediante la fe, el arrepentimiento y la disposición de aceptar esa “mano extendida”. Así, la redención se convierte en una experiencia vivida: el creyente no solo cree en Cristo como doctrina, sino que lo experimenta como presencia activa en su vida, recibiendo consuelo en el dolor, fortaleza en la debilidad y esperanza en medio de la incertidumbre.


Para reflexionar

1. La Resurrección transforma el dolor en esperanza eterna
El mensaje enseña que, gracias a la Resurrección de Jesucristo, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra.
Este pensamiento es profundamente consolador porque aborda una de las experiencias más universales: el dolor y la pérdida. La doctrina de la Resurrección no elimina el sufrimiento presente, pero sí redefine su significado. El duelo deja de ser una oscuridad sin salida y se convierte en una espera con propósito. El ejemplo personal del discurso muestra cómo incluso en la experiencia más dolorosa —la pérdida de un ser querido— puede surgir una fe más profunda en Cristo. Esto enseña que la esperanza cristiana no es ingenua ni superficial; está anclada en un hecho divino: Cristo vive. Reflexionar en esto invita a enfrentar las pruebas con una perspectiva eterna, donde el dolor es real, pero no definitivo, y donde el gozo prometido por Dios supera toda aflicción temporal.

2. La Resurrección confirma que Cristo vive y actúa hoy
El discurso enfatiza que Jesucristo no es solo una figura histórica, sino un ser viviente que continúa ministrando a las personas.
Este pensamiento cambia la manera en que se entiende la fe. Creer en Cristo no es solo aceptar eventos del pasado, sino confiar en una realidad presente. El Cristo resucitado sigue extendiendo Su mano, guiando, consolando y fortaleciendo. Esto implica que la relación con Él es dinámica y viva. Muchas veces se puede caer en una fe distante, donde Dios parece lejano, pero este principio recuerda que Él está activamente involucrado en la vida de cada persona. Reflexionar en esto invita a desarrollar una espiritualidad más personal, donde la oración, la fe y el discipulado se convierten en medios reales de conexión con un Salvador vivo que conoce cada necesidad.

3. La relación con Cristo es personal e individual
El Salvador ministra a cada persona de manera individual, invitando a todos a venir a Él y experimentar Su poder redentor.
Este pensamiento es profundamente significativo porque enseña que nadie es invisible ante Dios. En un mundo donde las personas pueden sentirse perdidas entre multitudes o ignoradas, el Evangelio afirma lo contrario: Cristo conoce a cada individuo por nombre, como lo hizo con María tras Su Resurrección. La imagen de Su mano extendida simboliza cercanía, compasión y disposición constante de ayudar. Esto implica que la fe no es solo pertenecer a una comunidad religiosa, sino desarrollar una relación directa con el Salvador. Reflexionar en esto fortalece la identidad espiritual, ya que cada persona puede entender que su vida tiene valor eterno y que su relación con Cristo es única e irreemplazable.

4. La verdadera fe en la Resurrección se demuestra en la manera de vivir
El discurso invita a testificar de Cristo no solo con palabras, sino con acciones y decisiones diarias.
Este pensamiento lleva la doctrina a la práctica. No basta con creer que Cristo ha resucitado; esa creencia debe reflejarse en la vida cotidiana. La fe auténtica transforma la manera de pensar, de amar y de actuar. Vivir con esperanza, mostrar caridad, perseverar en las pruebas y confiar en Dios son evidencias de una fe real en la Resurrección. Este principio también enseña responsabilidad: si Cristo vive, entonces nuestras decisiones tienen un propósito eterno. Reflexionar en esto invita a vivir con mayor coherencia espiritual, donde cada acción se convierte en una forma de testimonio. Así, la fe deja de ser solo una creencia interna y se convierte en una forma de vida que refleja al Salvador.


Frases destacadas

1. “Ha resucitado.”
Esta es la declaración central del cristianismo y el eje del discurso.
Esta frase es breve pero infinita en significado. Afirma que Jesucristo ha vencido la muerte, estableciendo una verdad eterna: la vida continúa más allá del sepulcro. Esta declaración no solo informa, sino que transforma. Cambia la manera en que entendemos el dolor, la muerte y el propósito de la vida. Es una proclamación de victoria divina que sostiene la fe y da esperanza a toda la humanidad.

2. “Con Su Resurrección, Jesucristo aseguró la salvación de la muerte física para todos.”:
Esta frase destaca la universalidad del poder de la Resurrección.
Aquí se enseña una doctrina fundamental: la Resurrección es un don universal, independiente del mérito humano. Todos los hijos de Dios serán levantados de la muerte gracias al poder de Cristo. Esto revela el alcance infinito de Su amor y Su sacrificio. Además, proporciona consuelo doctrinal, porque asegura que la separación física es temporal. La justicia y la misericordia de Dios se manifiestan en este acto redentor que abarca a toda la humanidad.

3. “La Resurrección es un pilar de nuestra fe.”
Esta frase define la Resurrección como fundamento doctrinal del Evangelio.
Esta afirmación enseña que toda la fe cristiana se sostiene sobre la realidad de la Resurrección. Sin ella, las enseñanzas de Cristo perderían su poder eterno. Pero al haber resucitado, Él valida Su identidad divina y garantiza el cumplimiento de todas Sus promesas. Este principio también tiene implicaciones prácticas: da motivación para vivir con rectitud, fortalece la esperanza en el futuro y da sentido a las pruebas presentes.


Comentario final

El discurso “Ha resucitado” de Ronald A. Rasband constituye una afirmación doctrinal profundamente centrada en la realidad redentora y viviente de Jesucristo, situando Su Resurrección como el eje interpretativo del plan de salvación. El mensaje no solo declara un acontecimiento histórico, sino que lo presenta como un principio ontológico que redefine la condición humana: la muerte deja de ser definitiva y la existencia adquiere una proyección eterna. La Resurrección, en este sentido, no es únicamente un don universal, sino también una manifestación del poder divino de Cristo, que valida Su identidad como Hijo de Dios y garante de todas las promesas de redención. Así, el discurso articula una doctrina coherente donde la esperanza cristiana no es abstracta, sino anclada en un hecho real que transforma la comprensión del sufrimiento, la pérdida y el destino final del ser humano.

El mensaje invita a una fe activa y vivencial, donde el conocimiento doctrinal se traduce en una forma de vida centrada en Cristo. La imagen recurrente de la “mano extendida” del Salvador funciona como una pedagogía espiritual: enseña que la relación con Él es personal, accesible y continua. Esto implica que el discípulo no solo cree en la Resurrección, sino que la internaliza como una fuente de esperanza diaria, reflejándola en su manera de vivir, amar y perseverar. Además, el discurso destaca que la fe en Cristo tiene implicaciones formativas tanto individuales como colectivas: transforma el corazón del creyente y, al mismo tiempo, contribuye a edificar una sociedad más llena de esperanza, compasión y propósito eterno. En este marco, el discipulado se entiende como un proceso de aprendizaje continuo donde el individuo no solo espera la vida venidera, sino que comienza a vivir desde ahora con la certeza y el gozo de que Cristo vive.

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