Las noventa y diez

Conferencia General Octubre 2026

Las noventa y diez

Por el élder Michael A. Dunn
De los Setenta

El Redentor no nos rescata al acortar nuestro camino, sino que nos ayuda a alargar el paso.


Entre las innumerables bendiciones casi incomprensibles de nuestro Salvador Jesucristo está Su promesa de llevar nuestras cargas. Pero ¿cómo sería eso en términos prácticos, especialmente cuando estamos agobiados y aparentemente sin esperanza?

Hace años, llegué a comprender mejor cómo el Salvador nos ministra de maneras aún más personales, profundas y privadas de lo que jamás pensé era posible.

Me di cuenta de eso en 1998 cuando, en uno de mis momentos de gran debilidad, mi compañero de carreras, Ted, de alguna manera me convenció de que participara en un ultramaratón de 100 millas (161 km). Claramente, no solo no estaba a la altura, sino que posiblemente estaba fuera de mis cabales por decir que sí. Claro, había corrido algunos maratones antes, pero no cuatro de ellos seguidos.

Todo respecto a eso parecía imposible, excepto por una cosa y era que Ted creía que yo podía hacerlo. Aquello era importante porque él había completado esa carrera muchas veces. Conocía cada recodo del camino y me prometió que, si yo entrenaba, él me acompañaría durante la segunda mitad de la carrera cuando la fatiga, las ampollas y especialmente las dudas sobre mí mismo se convirtieran en mis peores enemigas.

Llegó el día de la carrera. Al partir en las horas previas al amanecer, pronto comprendí que aquello me superaba; pero, de alguna manera, seguí avanzando incluso bajo el calor abrasador de la tarde, avanzando trabajosamente, paso a paso. Entonces, con más de la mitad de la carrera por delante, y cuando la luz del día y mis esperanzas se desvanecían, efectivamente, Ted apareció.

Con la paciencia y persistencia de Ted, y con mis incesantes y silenciosas oraciones, de forma milagrosa corrimos —o más bien nos “arrastramos”— hasta la milla 90 [el kilómetro 145]. Apenas había amanecido. Solo quedaban 10 millas [16 km], pero estaba completamente agotado; sin combustible, por así decirlo. Me dejé caer a la sombra de un árbol, miré a Ted y le dije en voz baja: “Me rindo”.

Sin embargo, cuando ya me había resuelto a abandonar, recibí lo que creo que podríamos llamar una “charla TED”.

Con un tono amable y alentador, me recordó los meses de preparación y de carreras muy temprano en la mañana. Luego se arrodilló, me miró a los ojos y dijo algo que nunca olvidaré: “Sé que puedes hacerlo, Mike, y yo te ayudaré a lograrlo”.

Esas palabras sencillas y sinceras despertaron algo en mi interior. Después de unos minutos más, me puse de pie. Al principio, caminé y luego cojeé hasta llegar a, bueno, arrastrar los pies a paso firme. Y de alguna manera, paso a paso, conquistamos juntos esas últimas 10 millas [16 km].

Lo imposible ahora parecía posible. Sin embargo, a unos casi cien metros de la línea de meta, Ted de repente extendió la mano y tomó la mía.

“Felicidades, amigo”, dijo. “¡Lo lograste!”, y así comenzó a alejarse a pesar de que yo le rogaba que terminara junto conmigo. No obstante, simplemente sonrió y agregó: “Esta carrera debes terminarla tú”. Lo cual, de alguna manera, logré hacer.

Alrededor de una semana después, llegó una fotografía de la carrera por correo. Milagrosamente, un amigo captó el momento exacto en que Ted y yo nos separamos, pero también revelaba un secreto sorprendente.

Al mirar más de cerca, vi realmente lo que Ted había hecho por mí.

Para mi gran asombro, vi que no solo llevaba su agua; llevaba dos de mis botellas de agua y mi cinturón de hidratación, el cual él había cargado diligentemente durante cada paso de esas últimas y extenuantes 10 millas [16 km].

De alguna manera, allí, a un lado del sendero, conmigo sumido en una profunda desesperación y a punto de renunciar, él aligeró mi carga en silencio, colocándose mi cinturón de hidratación en su cintura. Sin alarde ni aspavientos, sencillamente llevó mi carga más pesada.

Maravillado por su benevolencia, mis pensamientos se tornaron de inmediato a un Amigo infinitamente más asombroso que lleva nuestras cargas, nuestro Salvador Jesucristo, de quien Isaías inequívocamente aseguró que ha “llev[ado] […] nuestras enfermedades y sufri[do] nuestros dolores”, lo cual supuse que significaba que los senderos que andamos de algún modo se vuelven más sencillos. Sin embargo, como he llegado a aprender a través de esa carrera y de los altibajos de mi vida, Él eleva y anima al mismo tiempo, a veces de modo invisible, multiplicando y magnificando aun nuestras ofrendas más minúsculas. En otras palabras, el Redentor no nos rescata al acortar nuestro camino, sino que nos ayuda a alargar el paso.

Cada vez que nos volvemos hacia Cristo, reducimos nuestra distancia a la meta. Mediante Su gracia podemos confiar en Su cuidado constante. Y debido a que Dios conoce nuestras oraciones incluso antes de que le pidamos, es razonable suponer que las bendiciones a menudo se materializan en el momento mismo en que las verbalizamos. Su gracia, que es una dualidad definida como una “ayuda o fortaleza divina”, puede liberarnos de la carga que de otro modo tendríamos que llevar. Y aunque no lo percibamos a Él a nuestro lado, Él se vale de los “Ted” de este mundo —y a veces incluso de los Ted del más allá— con Su alentadora promesa de ángeles alrededor de nosotros para sostenernos.

Una de las razones principales por las que confié en Ted durante la carrera es la misma razón por la que podemos confiar implícitamente en Jesús en cada aspecto de nuestra vida. Ya que Él “marcó la senda y nos guio”, no hay porción de nuestra travesía terrenal que Él no haya recorrido. Él no solo conoce el camino; Él los conoce y sabe lo que son capaces de hacer ustedes, como noble linaje de la Deidad.

A quienes estén en su “milla 90 [kilómetro 145]” o cerca de ella, cargando con lo inimaginable; o quienes se sientan como yo, agotados y derrotados, les prometo que conforme consuman hasta sus últimas gotas de energía para pedir, Su mano que ayuda finalmente les dará aquel impulso. Y aunque el resultado o el momento no coincidan con lo que ustedes rogaron, consuélense al saber que sentirse quebrantado no significa que Dios los haya abandonado.

O como enseñó el presidente Dieter F. Uchtdorf: “Los profundos valles de nuestro presente suelen comprenderse solo al mirarlos desde la perspectiva de las montañas de nuestras vivencias futuras. Con frecuencia no podemos ver la mano del Señor en nuestra vida sino hasta mucho después de que pasen las pruebas”.

A través “de aquel que es poderoso para salvar” ustedes “recibir[án] de [Él] fuerza” más allá de la propia. En otras palabras, no confundamos la aparente invisibilidad de la mano del Señor con que la naturaleza del corazón del Señor sea indolente. La paz llegará aunque no lleguen los resultados esperados.

Después de todos estos años, cuando miro esa fotografía y reflexiono en las metafóricas “últimas 10 millas [16 km]” que aún afronto a menudo en esta travesía llamada vida, se me recuerda que a veces el Dios que hace posible lo imposible puede partir mares y mover montañas. En otras ocasiones, sencillamente nos envía un “Ted”. Pero la mayoría de las veces, Él complementa nuestro valor, capacidad y confianza al darnos poder para “dej[ar] a un lado todo peso” a fin de que podamos “corr[er] con paciencia la carrera que tenemos por delante”. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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