“Probadme ahora en esto” (Malaquías 3:10)

Conferencia General Octubre 2026

“Probadme ahora en esto”

(Malaquías 3:10)

Por el élder Moisés Villanueva
De los Setenta

A veces esperamos que las bendiciones del Señor lleguen de la manera que nosotros deseamos, en lugar de recibirlas conforme a Su manera y en Su debido tiempo.


Cuando tenía diez años, mi familia y yo fuimos bautizados como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entrar en la senda de los convenios generó cambios profundos en nuestra vida. Yo jamás había asistido a iglesia alguna. Ahora comprendo que aquellos cambios reflejaban nuestros sinceros esfuerzos por aplicar la doctrina de Jesucristo en nuestra vida.

Quizás el cambio que requirió mayor fe y sacrificio fue pagar un diezmo íntegro.

Eran años difíciles económicamente hablando. Mi madre se había separado de mi padre y trabajaba incansablemente para mantener a nuestra familia. Sostener a ocho hijos, la mayoría de nosotros todavía muy pequeños, no era una tarea fácil. Sin embargo, cuando los misioneros nos enseñaron la ley del diezmo, mi madre decidió confiar en la promesa del Señor, según la registró Malaquías: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

El Señor enseñó este importante principio:

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (Doctrina y Convenios 130:20–21).

Doy testimonio de esta gran verdad.

El Señor declaró, “¿Quién soy yo, dice el Señor, para prometer y no cumplir?” (Doctrina y Convenios 58:31).

A veces esperamos que las bendiciones del Señor lleguen de la manera que nosotros deseamos, en lugar de recibirlas conforme a Su manera y en Su debido tiempo.

Después de una reunión sacramental, una fiel hermana me compartió que su testimonio de la ley del diezmo había comenzado a debilitarse. Explicó que, aunque siempre había pagado un diezmo íntegro, nunca había recibido la promoción laboral que esperaba, ni siquiera el aumento salarial que merecía.

El consejo que le di es el mismo que deseo compartir con ustedes hoy.

En su discurso “Las ventanas de los cielos”, el élder David A. Bednar enseñó: “Cuando vivimos la ley del diezmo, a menudo recibimos bendiciones significativas pero sutiles que no siempre son lo que esperamos, y que fácilmente se pueden pasar por alto” (Liahona, noviembre de 2013, pág. 17).

Las palabras del élder Bednar me motivaron a hacer una lista de las bendiciones que he recibido por pagar fielmente un diezmo íntegro. El Espíritu Santo me ayudó a reconocer muchas de ellas:

  • He disfrutado de un empleo estable durante muchos años.
  • Mi esposa, mis hijos y yo hemos sido bendecidos con buena salud.
  • Nuestro hogar y nuestros bienes materiales han sido preservados, aun en tiempos difíciles.
  • El Señor me ha bendecido con la capacidad de administrar mi tiempo y mis recursos para poder obtener una educación.
  • He desarrollado el don de la gratitud al aprender a reconocer la mano del Señor en cada una de Sus tiernas misericordias.
  • He aprendido a reconocer la influencia del Espíritu Santo al tomar decisiones importantes en mi vida.

Estas bendiciones, tanto temporales como espirituales, y muchas más, son evidencia de que el Señor realmente ha abierto las ventanas de los cielos y ha derramado Sus bendiciones prometidas en abundancia. Invité a aquella hermana a escribir su propia lista de bendiciones sutiles pero significativas que el Señor le había dado; bendiciones que a menudo son fáciles de pasar por alto.

Más adelante, escuché a otra hermana fiel compartir en una reunión sacramental que el tanque de gas propano de veinte litros (cinco galones) de su casa había durado mucho más de lo que esperaba. Parecía que nunca se iba a acabar. Ella reconoció que esa fue una de las tiernas misericordias del Señor por pagar un diezmo íntegro.

Vinieron a mi mente las palabras del Señor a los hijos de Israel: “Y yo os he conducido durante cuarenta años por el desierto; vuestros vestidos no se han gastado sobre vosotros, ni tu calzado se ha gastado sobre tu pie” (Deuteronomio 29:5).

¿Se han preguntado alguna vez si el Señor ha hecho que sus bienes personales duren más debido a que han vivido fielmente la ley del diezmo?

He visto esas bendiciones sutiles muchas veces en mi propia vida.

Cuando pienso en la fe de mi madre durante aquellos años difíciles, me recuerda a la viuda de Sarepta.

El Señor le dijo a Elías el Profeta, “Levántate, vete a Sarepta […]; he aquí, yo he mandado allí a una mujer viuda que te sustente” (1 Reyes 17:9).

Elías encontró a la viuda recogiendo leña. Le pidió un poco de agua y un bocado de pan. Ella le explicó que solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite, lo suficiente para preparar una última comida para ella y para su hijo, y después morir.

Entonces Elías le dijo: “No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo” (1 Reyes 17:13).

Le prometió que la harina de su tinaja no escasearía y que el aceite de su vasija no disminuiría hasta que el Señor enviara lluvia sobre la tierra.

Ella “hizo como le dijo Elías” (1 Reyes 17:15).

Elías comprendía que las bendiciones llegarían después de la prueba de nuestra fe. La viuda confió en las palabras de Elías y ofreció todo lo que tenía (véase también Marcos 12:41–44).

Entonces se cumplió la promesa del Señor: “Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por medio de Elías” (1 Reyes 17:16).

Me siento agradecido de que mi madre haya confiado en las promesas del Señor y haya escogido vivir la ley del diezmo a pesar de nuestras circunstancias difíciles.

Testifico que Dios es nuestro amoroso Padre Celestial. Él nos conoce a cada uno de nosotros y conoce nuestras necesidades, aun antes de que pidamos Su ayuda (véase Mateo 6:8). Testifico que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que Él dirige Su Iglesia en la actualidad. Él nos da mandamientos porque desea que recibamos Sus bendiciones prometidas.

Al vivir la ley del diezmo, el Señor realmente abre las ventanas de los cielos y derrama Sus bendiciones prometidas “hasta que sobreabunden” (Malaquías 3:10). Lo testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta