Cantares

Cantares 6

El amor basado en convenios es una entrega recíproca: ambos se escogen, se cuidan y trabajan unidos para renovar su relación.

Se describe el reencuentro y la renovación de la admiración entre los amantes después de la separación narrada en el capítulo anterior. La joven sabe dónde se encuentra su amado y reafirma la reciprocidad de su relación: «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío». El esposo, por su parte, vuelve a expresar admiración por ella mediante imágenes de ciudades, jardines, astros y ejércitos.
José Smith indicó que Cantares no es un escrito inspirado; por ello, el capítulo no debe utilizarse como fundamento independiente para establecer doctrinas. Sus figuras poéticas pueden, no obstante, ayudarnos a reflexionar sobre principios confirmados por otras Escrituras, como la reconciliación, la fidelidad conyugal, la dignidad personal y el cuidado paciente de las relaciones.
El capítulo enseña literariamente que el amor saludable no solo contempla la belleza, sino que reconoce el carácter singular y la fortaleza de la persona amada. Después de un momento de distancia, ambos vuelven a afirmar su unión. Esto recuerda que una relación puede renovarse cuando existe humildad, perseverancia y disposición para volver a escoger al cónyuge con lealtad.


Cantares 6:1 — Acompañar a quien busca
«¿Adónde se ha dirigido tu amado, para que le busquemos contigo?».

Las mujeres de Jerusalén se ofrecen a participar en la búsqueda. Esta disposición representa el valor de acompañar a quienes atraviesan momentos de pérdida, confusión o dolor. En lugar de juzgar desde lejos, los discípulos de Cristo procuran llevar las cargas los unos de los otros.
En las dificultades familiares puede ser apropiado solicitar el apoyo de personas prudentes, líderes o profesionales capacitados. Sin embargo, quienes ayudan deben procurar fortalecer la relación y respetar su intimidad, sin fomentar rumores o divisiones.
La invitación «para que le busquemos contigo» muestra una solidaridad que no se limita a observar el dolor desde lejos. Doctrinalmente, este gesto armoniza con el convenio de llevar las cargas los unos de los otros, consolar a quienes necesitan consuelo y permanecer como testigos del amor de Cristo. Acompañar significa escuchar sin juzgar, ofrecer ayuda prudente y permanecer cerca durante los períodos de pérdida, confusión o distanciamiento.
En las dificultades matrimoniales o familiares, puede ser sabio acudir a personas maduras, líderes de confianza o profesionales capacitados. Sin embargo, la ayuda cristiana debe proteger la dignidad, la intimidad y el albedrío de quienes atraviesan la prueba. Quien acompaña no alimenta rumores, resentimientos ni divisiones, sino que procura promover la verdad, la seguridad, el arrepentimiento y, cuando sea posible, la reconciliación. Buscar «contigo» significa caminar al lado de la persona sin sustituir sus decisiones ni imponerle el camino.


Cantares 6:3 — Pertenencia y compromiso recíprocos
«Yo soy de mi amado, y mi amado es mío».

Esta declaración reafirma la unión después del distanciamiento. La pertenencia aquí no debe interpretarse como dominio o pérdida de la libertad personal, sino como entrega voluntaria y fidelidad recíproca. Dentro del convenio matrimonial, ambos se comprometen a cuidar la felicidad, la seguridad y el progreso espiritual del otro.
La frase también corrige una visión egoísta del amor. La joven no declara solamente «mi amado es mío», sino que primero afirma «yo soy de mi amado». El amor maduro no pregunta únicamente qué puede recibir, sino también qué puede ofrecer.
La declaración «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío» reafirma una unión fundada en la entrega voluntaria y la fidelidad mutua. No expresa dominio, control ni pérdida de la identidad personal, sino el compromiso de compartir la vida y proteger el bienestar del otro. Dentro del convenio matrimonial, ambos cónyuges conservan su dignidad y albedrío, pero deciden unir sus esfuerzos para cuidar su seguridad, felicidad y progreso espiritual mientras avanzan juntos hacia Jesucristo.
El orden de la frase también enseña una dimensión esencial del amor cristiano: antes de afirmar lo que recibe, la joven declara lo que ofrece. El amor maduro no se concentra únicamente en satisfacer las propias necesidades, sino que pregunta cómo puede servir, escuchar, sostener y bendecir a la persona amada. Esta entrega no debe ser unilateral ni permitir el abuso; es recíproca y está acompañada de respeto. Cuando ambos procuran dar lo mejor de sí, el matrimonio deja de ser una lucha de intereses y se convierte en un compañerismo de convenio.


Cantares 6:4 — Belleza acompañada de fortaleza
«Hermosa eres tú, oh amiga mía […] imponente como ejércitos con estandartes».

El esposo no presenta a su amada como una figura frágil o inferior. La contempla como hermosa, pero también fuerte e imponente. Esta combinación armoniza con la doctrina de que las mujeres son hijas de Dios dotadas de dignidad, capacidad moral y fortaleza espiritual.
Dentro del matrimonio, admirar a la esposa implica valorar no solamente su apariencia, sino también su fe, inteligencia, valor, sacrificios y contribución al hogar y a la obra del Señor.
La comparación de la amada con «ejércitos con estandartes» une belleza, dignidad y poder. Ella no aparece como una figura débil o inferior, sino como una mujer cuya presencia inspira respeto. Esta imagen armoniza con la doctrina de que toda mujer es hija de Padres Celestiales y posee identidad divina, albedrío, inteligencia y capacidad espiritual. Su valor no depende únicamente de su apariencia, del estado civil ni de la aprobación de otras personas.
Dentro del matrimonio, admirar a la esposa significa reconocer integralmente quién es: su fe, inteligencia, valentía, sacrificios, talentos y contribuciones al hogar y a la obra de Dios. Un esposo que ama como Cristo no intenta disminuir su fortaleza para sentirse superior, sino que la respeta, la apoya y se regocija en ella. Así, el matrimonio se convierte en un compañerismo entre iguales, donde la belleza exterior puede apreciarse, pero la fortaleza interior y el potencial eterno reciben el honor más profundo.


Cantares 6:9 — Reconocer el valor singular del cónyuge
«Una es la paloma mía, la perfecta mía».

El poeta presenta a la amada como única y escogida. Aplicada al matrimonio, la imagen recuerda que el esposo y la esposa deben concederse un lugar exclusivo de fidelidad, confianza e intimidad. Las comparaciones constantes con otras personas debilitan la seguridad emocional; el amor leal reconoce el valor particular del cónyuge.
El versículo anterior menciona reinas y concubinas, reflejando las prácticas matrimoniales de la corte antigua. Esa descripción literaria no constituye una aprobación doctrinal de la poligamia. La norma permanente del matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, salvo cuando Dios ordena algo diferente por medio de Su profeta.
La declaración «Una es la paloma mía» presenta a la esposa como única y especialmente amada. Aplicada al matrimonio, enseña que los cónyuges deben reservarse mutuamente un lugar exclusivo de fidelidad, confianza e intimidad. Comparar constantemente al esposo o a la esposa con otras personas puede producir inseguridad y debilitar la unión. El amor leal reconoce las cualidades particulares del cónyuge, expresa gratitud por ellas y protege la relación tanto en las acciones como en los pensamientos y afectos.
La mención anterior de reinas y concubinas refleja el contexto social de las cortes antiguas y no constituye, por sí misma, una aprobación doctrinal de esas prácticas. La norma establecida por Dios es el matrimonio entre un hombre y una mujer; cualquier excepción solo puede proceder de un mandamiento divino expresamente dado por medio de Su profeta. Así, la aplicación central del versículo no es la multiplicidad de relaciones, sino el valor singular, la lealtad exclusiva y el compromiso que deben distinguir el convenio matrimonial.


Cantares 6:10 — Luz, dignidad y presencia
«¿Quién es esta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol?».

La joven es comparada con el amanecer, la luna y el sol. Estas imágenes expresan luz, esperanza y una presencia que no puede pasar inadvertida. Doctrinalmente, todo hijo e hija de Dios posee una identidad y un potencial divinos que no dependen de la aprobación del mundo.
En el matrimonio, cada cónyuge debe contribuir a que el otro reconozca esa identidad, evitando palabras que humillen o disminuyan. El amor cristiano ayuda a la persona amada a acercarse a la luz del Salvador.
La comparación con el alba, la luna y el sol presenta a la joven como una figura llena de luz, dignidad y esperanza. Doctrinalmente, estas imágenes recuerdan que toda persona es hija o hijo de Padres Celestiales y posee una identidad y un potencial divinos. Su valor no procede de la popularidad, la apariencia ni la aprobación del mundo. Al acercarse a Jesucristo, la Luz del Mundo, cada discípulo puede recibir Su luz y reflejarla mediante una vida de fe, pureza y bondad.
Dentro del matrimonio, los cónyuges deben ayudarse a reconocer y desarrollar ese potencial. El amor cristiano no humilla, ridiculiza ni oscurece la confianza de la persona amada; utiliza palabras y acciones que edifican, fortalecen y conducen hacia el Salvador. Cuando los esposos reconocen la luz que Dios ha colocado en el otro y procuran aumentarla, su hogar se convierte en un lugar de seguridad espiritual donde ambos pueden crecer y resplandecer juntos.


Cantares 6:11 — Examinar los frutos de la relación
«Descendía a ver los frutos del valle, a ver si brotaban las vides y si florecían los granados».

La joven visita el huerto para observar si las plantas están creciendo. Una relación también necesita evaluación y cuidado. Los esposos deben preguntarse periódicamente si están creciendo en comunicación, afecto, espiritualidad y unidad, o si alguna parte de su “viña” necesita atención.
Examinar los frutos no significa buscar defectos para acusar, sino reconocer con humildad qué debe fortalecerse. La oración conjunta, una conversación sincera y el arrepentimiento permiten corregir pequeños problemas antes de que produzcan consecuencias mayores.
La visita al huerto para comprobar si brotan las vides y florecen los granados enseña que una relación necesita atención y evaluación constantes. En el matrimonio, no basta con haber plantado buenas intenciones; es necesario observar sus frutos. Los esposos pueden preguntarse con sinceridad si están creciendo en comunicación, afecto, confianza, espiritualidad y unidad, y si su convivencia está produciendo mayor paz y semejanza con Jesucristo.
Examinar la viña no significa buscar faltas para acusarse, sino reconocer humildemente aquello que necesita cuidado. Mediante la oración conjunta, la conversación sincera y el arrepentimiento, los cónyuges pueden detectar a tiempo el resentimiento, el descuido o la distancia emocional. Esta evaluación debe realizarse con amor y esperanza, recordando que la gracia del Salvador permite podar hábitos dañinos, nutrir las partes debilitadas y hacer que la relación vuelva a florecer.


Cantares 6:13 — La invitación a volver
«Vuelve, vuelve, oh sulamita; vuelve, vuelve».

La repetición expresa un deseo intenso de que la joven regrese. En el contexto del capítulo, puede representar la restauración de la cercanía después de una separación. El Evangelio de Jesucristo es también un mensaje de retorno: mediante el arrepentimiento podemos volver a Dios y reparar, en la medida de lo posible, aquello que nuestras decisiones hayan dañado.
Dentro de una relación segura, el regreso requiere disposición de ambas partes: una persona debe cambiar sinceramente y la otra puede ofrecer perdón. Sin embargo, perdonar no significa tolerar el abuso ni regresar a una situación peligrosa sin protección y ayuda adecuada.
La repetición «Vuelve, vuelve» expresa un profundo anhelo de recuperar la presencia y la cercanía de la persona amada. Aplicada a las relaciones familiares, recuerda que el distanciamiento no siempre tiene que ser definitivo. Mediante la humildad, el diálogo, el arrepentimiento y la reparación del daño, es posible reconstruir aquello que se ha debilitado. El Evangelio de Jesucristo es también una invitación constante a regresar: gracias a Su expiación podemos volver a Dios y recibir poder para abandonar el pecado y transformar nuestra conducta.
En una relación segura, la reconciliación requiere más que palabras: quien ha causado daño debe demostrar un cambio sincero y constante, mientras que la persona herida puede avanzar hacia el perdón según su proceso. Perdonar no significa negar lo ocurrido, recuperar inmediatamente la confianza ni regresar a una situación de abuso o peligro. El Señor desea tanto la reconciliación como la dignidad y la seguridad de Sus hijos; por ello, en casos graves, el retorno debe estar acompañado de límites apropiados y ayuda espiritual, profesional o legal.