El libro de Jueces

Jueces 7


Jueces 7 es una lección teológica sobre la suficiencia de Dios frente a la insuficiencia humana. Cuando Gedeón reúne un ejército numeroso, el Señor declara que es “mucho”, porque Israel podría atribuirse la victoria. El principio central del capítulo es claro: Dios reduce los recursos humanos para que Su poder sea inconfundible.

La selección de los trescientos hombres no responde a criterios militares convencionales, sino a la soberanía divina. La salvación no dependerá del número, sino de la promesa: “Con estos trescientos… os salvaré”. Así, la debilidad se convierte en escenario para la manifestación del poder de Dios.

Incluso cuando Gedeón aún experimenta temor, el Señor condescendientemente le ofrece confirmación mediante el sueño en el campamento enemigo. La fe es fortalecida, y Gedeón responde adorando. La adoración precede a la acción.

La estrategia de trompetas, cántaros y antorchas subraya nuevamente que la victoria no es convencional. No es la espada de Israel la que decide el desenlace, sino que “Jehová puso la espada de cada uno contra su compañero”. Dios mismo provoca la confusión en el enemigo.

El capítulo enseña que:

  • La gloria de la salvación pertenece a Dios.
  • La reducción humana exalta la suficiencia divina.
  • La fe puede ser fortalecida por la gracia de Dios.
  • La obediencia confiada permite que el Señor actúe poderosamente.

Jueces 7 proclama que cuando Dios pelea por Su pueblo, incluso un remanente pequeño es suficiente, porque la verdadera fuerza no está en el número, sino en la presencia y el poder del Señor.

Thomas S. Monson: “En ocasiones, la tarea parece abrumadora, pero podemos obtener nuevos bríos por medio de la experiencia de Gedeón, de antaño, que con un pequeño ejército iba a pelear contra los madianitas y los amalecitas. Recordarán cómo Gedeón y su ejército enfrentaron una enorme fortaleza de hombres mucho más superiores en equipo y en número. En el libro de los Jueces, del Antiguo Testamento, se registra que el enemigo unido, los madianitas y los amalecitas, ‘estaban tendidos en el valle como langostas en multitud, y sus camellos eran innumerables como la arena que está a la ribera del mar en multitud’. Gedeón entonces se dirigió al Dios Todopoderoso para que le diese fortaleza

“Para su sorpresa, el Señor le advirtió que su ejército era demasiado numeroso para que Él entregara al enemigo en sus manos, y entonces ellos pudieran decir: ‘Mi mano me ha salvado’. A Gedeón se le mandó pregonar a su gente: ‘Quien tema y se estremezca… devuélvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil’.

“Entonces el Señor dijo: ‘Aún es mucho el pueblo’ y mandó a Gedeón a llevar a los hombres a las aguas para observar el modo en que bebían agua. Los que lamieran el agua debían ser colocados en un grupo y los que se doblaran sobre sus rodillas para beber, eran puestos en otro. El Señor dijo a Gedeón: ‘Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar’.

“Después de orar nuevamente, Gedeón dijo: ‘Levantaos, porque Jehová ha entregado el campamento de Madián en vuestras manos’. Y dividió los trescientos hombres en tres compañías, y puso en las manos de cada uno de ellos una trompeta y cántaros vacíos con teas ardiendo dentro de los cántaros; y les dijo:

“‘Miradme a mí, y haced como hago yo; he aquí que cuando yo llegue al extremo del campamento, haréis vosotros como hago yo.

“‘Yo tocaré la trompeta, y todos los que estarán conmigo; y vosotros tocaréis entonces las trompetas alrededor de todo el campamento, y diréis: ¡Por Jehová y por Gedeón!’. Después, en efecto les dijo: ‘Síganme’. Sus palabras exactas fueron: ‘haréis vosotros como hago yo’.

“A la señal del líder, el ejército de Gedeón tocó las trompetas, quebraron los cántaros y gritaron: ‘¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!’. Las Escrituras registran el resultado de esa batalla decisiva: ‘Y se mantuvieron firmes cada uno en su puesto’ y se ganó la batalla”. — (Thomas S. Monson, conferencia general de abril de 2003, “Permanece en el lugar que se te ha designado”)


Jueces 7:2 — “El pueblo que está contigo es mucho… no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi propia mano me ha salvado.”

La gloria de la salvación pertenece a Dios, no al esfuerzo humano.

Este versículo revela con claridad el propósito pedagógico de Dios en la historia de la redención. Desde una perspectiva humana, reducir el ejército antes de la batalla parece imprudente; desde la perspectiva divina, es esencial. El Señor no solo busca victoria, sino correcta comprensión de la fuente de esa victoria.

La preocupación expresada —“no sea que se alabe Israel”— expone una tendencia constante del corazón humano: apropiarse del mérito cuando el peligro ha pasado. En la economía del convenio, el mayor riesgo no siempre es la derrota, sino el orgullo posterior al triunfo. Si Israel venciera con superioridad numérica, podría reinterpretar la liberación como resultado de su capacidad estratégica.

El texto enseña que Dios a veces reduce nuestros apoyos visibles para purificar nuestra dependencia. La disminución no es abandono, sino formación espiritual. Al quitar la posibilidad de autosuficiencia, el Señor protege a Su pueblo del engaño del orgullo y preserva la gloria que le pertenece.

Así, Jueces 7:2 proclama un principio perdurable: la salvación es obra de Dios. Cuando los recursos humanos se reducen, la fidelidad divina resplandece con mayor claridad. La debilidad permitida por Dios no busca humillar, sino revelar que la verdadera fuerza no está en “mi propia mano”, sino en la mano del Señor que salva.


Robert J. Matthews: “Este es un ejemplo de la manera en que obra el Señor: no por fuerza física ni poder mundano, sino por poder divino y milagros. Los hijos de Israel sabrían que fueron librados de la tierra de Egipto no por su propia fuerza, sino por el poder de Dios. Su fe debía estar en Dios, y no en sus armas ni en su propia fortaleza. El principio involucrado aquí se expresa en esta escritura del Nuevo Testamento: ‘Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte’ (1 Cor. 1:27–29; véase también D. y C. 1:19). Vemos nuevamente este principio en acción en el episodio de David y Goliat (1 Sam. 17) y en el relato de la victoria de Gedeón con su ejército de trescientos hombres, un número reducido de uno mucho mayor (Jue. 7). Los israelitas debían creer que Dios los libraría más allá de lo que ellos mismos pudieran hacer. No debían confiar en el brazo de carne. Así es todavía la manera en que el Señor obra entre los hijos de los hombres hoy en día”. (Robert J. Matthews, A Bible! A Bible! [Salt Lake City: Bookcraft, 1990], 62)

Neal A. Maxwell “Como si no fueran suficientes la obscuridad comparativa, la pequeña en cuanto a numerosos y la crecida imperfección humana en los miembros de su Iglesia, el Señor quiere un pueblo humilde así como puro. De manera que aún tiene validez la lección dada al pueblo antiguo de Israel: ‘Gedeón usó solamente a 300 guerreros para triunfar de los enemigos de Israel, ‘no sea que se alabe Israel’”. — ( Neal A. Maxwell del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 1984, “Fuera de la oscuridad”)


Jueces 7:3 — “Cualquiera que tema y se estremezca, que se devuelva y se aparte”

John A. Widtsoe: Gedeón, hombre poderoso del antiguo Israel, fue llamado para rescatar a su pueblo de una opresión de siete años por parte de los madianitas y pueblos asociados. Por lo tanto, reunió un ejército de treinta y dos mil hombres para luchar contra el enemigo. Pero en aquellos días, como en los nuestros, las batallas no se ganaban por números, sino por hombres de calidad. Así que se le mandó proclamar:

“Cualquiera que tema y se estremezca, que se devuelva”. Y se devolvieron del pueblo veintidós mil…” — (Jueces 7:3). Era un porcentaje muy alto. Probablemente sea igual de alto en el mundo hoy en día. Sin embargo, el ejército de Gedeón era más fuerte porque quedaron los fieles. El temor nunca deja de conducir a un hombre o a un grupo de personas a la debilidad y al fracaso final.

Los temores del hombre son innumerables. Flotan hacia la superficie desde rincones sumergidos de nuestra conciencia. A menudo son producto de nuestra imaginación.

Realmente, ¿qué tenemos que temer?… Los hombres justos, si están unidos, son señores de su generación y pueden y deben desechar todos esos temores, y deben dedicarse firmemente a arrancar tales malas hierbas de la existencia. Las falsas enseñanzas caen ante la verdad.

Sería mejor para la felicidad del hombre sustituir tales temores por un control apropiado del uso de sus poderes, ya sean los de sus dones naturales o aquellos que han sido descubiertos por los pacientes buscadores de la verdad. (Conference Report, octubre de 1950, Reunión General del Sacerdocio, pág. 184)


Jueces 7:4 — “…allí yo te los pondré a prueba…”

Dios prueba y selecciona conforme a Su propósito soberano.

Este versículo revela que la reducción del ejército no es arbitraria, sino intencional y formativa. Dios mismo declara que Él “pondrá a prueba” al pueblo. En la Escritura, la prueba no tiene como propósito informar a Dios —quien ya conoce el corazón— sino revelar al ser humano su verdadera disposición y dependencia.

La prueba es instrumento de purificación. Antes de la victoria, debe haber discernimiento. El Señor selecciona conforme a Su propósito, no según criterios militares convencionales. La prueba junto a las aguas simboliza un momento de revelación: en situaciones aparentemente ordinarias, se manifiestan actitudes profundas del corazón.

Además, el versículo subraya la soberanía divina en la elección: “del que yo te diga… irá contigo”. La misión no se organiza por popularidad ni fuerza humana, sino por dirección revelada. Dios define quién participa en Su obra.

Así, Jueces 7:4 enseña que la prueba precede a la manifestación del poder. El Señor forma a Su pueblo en el proceso, asegurando que la victoria futura no sea producto de confianza en la multitud, sino de dependencia en Su palabra.


Jueces 7:7 — “Con estos trescientos hombres… os salvaré…”

La victoria depende de la promesa divina, no del número.

Este versículo concentra el mensaje teológico del capítulo: la salvación es iniciativa y obra de Dios. La frase no dice “con estos trescientos venceréis”, sino “os salvaré”. El sujeto principal es Jehová. Los trescientos son instrumento; Dios es el agente.

La reducción del ejército expone a Israel a mayor vulnerabilidad. Sin embargo, en la lógica del pacto, la vulnerabilidad crea el espacio donde la fidelidad divina se manifiesta con mayor claridad. La pequeñez del número elimina cualquier posibilidad de atribuir el éxito a la estrategia o a la fuerza militar.

El texto enseña que Dios no necesita mayoría para cumplir Su propósito. Él elige lo limitado para revelar lo ilimitado de Su poder. La promesa antecede a la batalla; la victoria es declarada antes de ejecutarse.

Así, Jueces 7:7 proclama que la suficiencia del pueblo de Dios no reside en la cantidad, sino en la presencia y la palabra del Señor. Cuando Él promete salvar, incluso un remanente pequeño es más que suficiente.


Jueces 7:9 —“…porque yo lo he entregado en tus manos.”

Dios declara la victoria antes de que ocurra.

Esta declaración ocurre antes de que la batalla comience, lo cual es teológicamente significativo. Dios habla en tiempo perfecto acerca de un evento aún futuro. En la narrativa bíblica, esto refleja la certeza soberana del Señor: lo que Él determina, ya está asegurado.

El versículo enseña que la fe actúa sobre la base de la promesa divina, no sobre la evidencia visible. El campamento madianita aún permanece intacto, numeroso “como langostas”, pero en el plan de Dios ya ha sido entregado. La realidad espiritual precede a la manifestación histórica.

También es notable que la victoria es descrita como un don: “yo lo he entregado”. No es conquista autónoma, sino entrega divina. Israel participa, pero no origina el desenlace.

Así, Jueces 7:9 proclama que la seguridad del siervo no descansa en circunstancias favorables, sino en la palabra irrevocable de Dios. Cuando el Señor declara que algo ha sido entregado, el creyente puede avanzar con confianza, aun antes de ver el resultado.


Jueces 7:14 — “Dios ha entregado en sus manos a los madianitas…”

Aun el enemigo reconoce la intervención divina.

Este versículo es profundamente significativo porque la confesión de la victoria proviene del campamento enemigo. No es un israelita quien declara la intervención divina, sino un madianita que interpreta el sueño. Así, el relato muestra que la soberanía de Dios es reconocida aun fuera del pueblo del convenio.

El pasaje enseña que Dios puede confirmar Su palabra por medios inesperados. La promesa ya había sido dada a Gedeón; ahora es reafirmada a través de la boca del adversario. Esto fortalece la fe del siervo y demuestra que el Señor gobierna incluso las percepciones y temores del enemigo.

Además, la frase repite el lenguaje de entrega divina. La victoria no depende del ingenio de Gedeón, sino de la decisión previa de Dios. El sueño del pan de cebada —símbolo humilde— derribando la tienda poderosa refuerza el principio de que lo pequeño en manos de Dios vence a lo aparentemente invencible.

Así, Jueces 7:14 proclama que la autoridad de Dios trasciende fronteras. Cuando Él determina liberar a Su pueblo, incluso los enemigos terminan reconociendo que la victoria pertenece al Señor.


Jueces 7:15 — “…adoró…”

La fe fortalecida conduce primero a la adoración.

Este breve gesto revela el corazón transformado de Gedeón. Después de escuchar el sueño y su interpretación, no corre inmediatamente a organizar la estrategia; primero adora. La fe fortalecida desemboca en reverencia.

El versículo enseña que la verdadera seguridad no produce orgullo, sino gratitud. Gedeón reconoce que la victoria no es resultado de su liderazgo, sino de la fidelidad de Dios. La adoración es respuesta apropiada ante la confirmación divina.

Además, el orden es significativo: primero adoración, luego acción. La misión fluye de una relación correcta con Dios. El siervo que adora antes de luchar demuestra que comprende quién es el verdadero protagonista de la historia.

Así, Jueces 7:15 proclama que la fe madura conduce a la adoración humilde. Cuando el Señor confirma Su palabra, el corazón creyente se inclina antes de avanzar.


Jueces 7:18 y 21 — “Y permaneció cada uno en su lugar alrededor del campamento”.

Se observa uno de los principios más profundos de la fe: Dios puede otorgar victoria a Su pueblo no por medio de la fuerza humana, sino mediante la obediencia y la confianza absoluta en Él. Gedeón y sus trescientos hombres no vencieron con espadas poderosas ni con grandes ejércitos, sino siguiendo exactamente las instrucciones del Señor. El sonido de las trompetas, las teas encendidas y el clamor “¡Por Jehová y por Gedeón!” simbolizan que la verdadera batalla pertenecía a Dios. Este relato enseña que cuando los siervos del Señor actúan unidos y con fe, el poder divino puede transformar la debilidad humana en fortaleza espiritual.

El versículo 21 añade un detalle doctrinal muy significativo: “Y se estuvieron firmes cada uno en su puesto”. La victoria comenzó cuando cada hombre permaneció fiel en el lugar que Dios le había asignado. Espiritualmente, esto enseña que el discipulado requiere constancia, firmeza y valentía aun en medio de la oscuridad y el conflicto. Muchas veces el Señor no nos pide entender completamente Su plan, sino permanecer firmes, sostener nuestra luz y confiar en que Él confundirá las fuerzas del mal. La fidelidad individual contribuye al triunfo colectivo del pueblo de Dios.

Marion D. Hanks: “Hace poco le recordé a un maravilloso grupo de fieles Santos de los Últimos Días la inspiradora historia de Gedeón: humilde ante un desafío aparentemente insuperable, pero llamado por Dios, quien, gracias a su ingenio y a la fortaleza del Todopoderoso, ganó una batalla. Su grito de guerra ha quedado en el recuerdo: ‘¡Por Jehová y por Gedeón!’.

“Otro pasaje de ese maravilloso relato es tan importante que deseo que le presten atención: ‘Y permaneció cada uno en su lugar alrededor del campamento’ (Jueces 7:21). Se ganó la batalla”. — ( Marion D. Hanks, conferencia general de octubre de 1972, “Cada uno en su lugar”)


Jueces 7:20 — “¡La espada por Jehová y por Gedeón!”

La batalla se libra en nombre del Señor; Él es el protagonista.

Este clamor, pronunciado en medio de la noche, resume la dinámica del liderazgo en el marco del convenio. La proclamación coloca primero el nombre de Jehová, y luego el de Gedeón. El orden no es accidental: la batalla pertenece al Señor; el siervo participa bajo Su autoridad.

La frase afirma que la acción humana se subordina al propósito divino. Gedeón no actúa como héroe autónomo, sino como instrumento. La espada no es símbolo de autosuficiencia, sino de obediencia alineada con la voluntad de Dios.

Además, el contexto es revelador: las trompetas y las antorchas, no la fuerza militar convencional, desencadenan la confusión en el campamento enemigo. El grito mismo se convierte en declaración teológica: la victoria se libra en el nombre del Señor.

Así, Jueces 7:20 enseña que el liderazgo legítimo en la obra de Dios refleja y dirige hacia Él. Cuando el pueblo actúa bajo el nombre de Jehová, la autoridad humana encuentra su verdadero lugar: subordinada al Rey que pelea por Su pueblo.


Jueces 7:22 — “Y Jehová puso la espada de cada uno contra su compañero…”

La victoria final es obra directa de Dios.

Este versículo deja sin ambigüedad la fuente real de la victoria. Aunque los trescientos tocaron trompetas y quebraron cántaros, el desenlace decisivo no fue obra de su fuerza, sino de la intervención directa de Jehová. Es Dios quien introduce confusión en el campamento enemigo.

El texto reafirma el principio central del capítulo: la salvación pertenece al Señor. La estrategia humana fue instrumento; el poder efectivo provino de Dios. El enemigo se autodestruye no por superioridad israelita, sino porque el Señor gobierna incluso el caos del campo de batalla.

Además, este pasaje muestra que Dios puede vencer sin que Su pueblo tenga que depender de violencia proporcional. La intervención divina reduce la necesidad de fuerza convencional y magnifica Su soberanía.

Así, Jueces 7:22 proclama que cuando Dios pelea por Su pueblo, Él puede trastornar las estructuras del mal desde dentro. La victoria final no surge del número ni del poder humano, sino del dominio absoluto del Señor sobre la historia.

Cheiko Okazaki: Visualícelo de esta manera: Imagine una clase de tácticas en West Point. Los cadetes uniformados marchan hacia la clase, donde se les presenta a una conferencista invitada que promete tres maneras infalibles de ganar una batalla.

“El primer método”, les dice ella, “es la estrategia de Moisés. Durante la batalla, hagan que el presidente de los Estados Unidos sostenga una Biblia en alto con sus manos levantadas mientras observa la batalla desde algún punto estratégico. Si se cansa, llamen a los secretarios de Estado y de Defensa para sostenerle los brazos. Mientras sus brazos permanezcan en alto, los Estados Unidos ganarán.

“El segundo método es la manera de Gedeón. Escojan al general más improbable que puedan encontrar: uno de una familia pequeña, del lado pobre de la ciudad y con una actitud temerosa y negativa. Pónganlo al mando. Reduzcan su ejército permanente en más de un 90 por ciento. Eliminen todas las armas y den a los hombres instrumentos musicales y linternas. Rodeen al ejército enemigo de noche. Toquen sus instrumentos, enciendan sus linternas y griten acerca de Dios y de su general cobarde. El enemigo se confundirá, se matará entre sí y huirá. Con seguridad ganarán.

“Finalmente, está el plan de Josafat. Reúnan a todos en la iglesia y permitan que el presidente dirija una oración confesando la completa debilidad del país. Luego formen un coro y permitan que ellos ocupen la primera línea mientras cantan alabanzas a Dios. El enemigo será derrotado”.

Cuando se expresa en términos prácticos, estas tácticas son bastante absurdas, ¿no es así? Los israelitas no eran tontos ni primitivos. Ellos sabían que así no se ganaban las guerras. Pero así era como los israelitas lo hacían, porque su Dios era un Dios de milagros. Todas esas batallas fueron ocasiones en las que los israelitas percibieron claramente la gracia de Dios, simplemente porque no había otra manera de explicar lo que sucedió. Los discípulos creen en los milagros. (Disciples [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1998], 30)