Isaías 11
Presenta una de las visiones más gloriosas del reinado de Jesucristo. Después de comparar la caída de Asiria con la tala de un bosque, Isaías contempla un pequeño retoño que surge del tronco de Isaí. Los imperios orgullosos caerán, pero el Mesías, descendiente de Isaí y de David, establecerá un reino de justicia, conocimiento y paz.
El capítulo también anuncia el recogimiento de Israel en los últimos días, la reconciliación entre Efraín y Judá y la preparación de un camino para que el pueblo del convenio regrese al Señor.
Comienza con un tronco aparentemente muerto y termina con un camino abierto para el regreso de Israel. Entre ambas imágenes aparece Jesucristo: el Rey lleno del Espíritu, el Juez perfecto, el Príncipe de Paz y el centro del recogimiento.
Su reino será completamente diferente de los imperios humanos. No juzgará por apariencias, defenderá a los mansos, eliminará la violencia y llenará la tierra con el conocimiento de Dios. Bajo Su gobierno, incluso las enemistades más antiguas podrán ser sanadas.
El recogimiento de Israel es, en esencia, un movimiento hacia Jesucristo. Él levanta el estandarte, reúne a los esparcidos, reconcilia a Efraín con Judá y abre un camino donde parecía no existir ninguno. La profecía nos invita no solo a esperar ese día, sino a prepararlo: buscar al Salvador, vivir en paz, compartir Su Evangelio y ayudar a otros a regresar al Dios de Israel.
El Mesías surge del tronco de Isaí
Isaías 11:1 — Una vara y un vástago
«Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces».
Isaí fue el padre del rey David, por lo que el tronco cortado representa la casa real de David después de haber perdido su antigua grandeza. Aunque la dinastía pareciera reducida a un árbol sin futuro, sus raíces todavía conservaban vida porque Dios no había olvidado Su convenio. De aquella familia surgiría Jesucristo, el Rey prometido y descendiente de David. Su nacimiento fue semejante a la aparición de un retoño pequeño y humilde, lejos de los centros del poder; sin embargo, Él establecería un reino eterno que ningún imperio podría destruir.
El contraste con el capítulo anterior es significativo. Asiria aparecía como un bosque enorme y orgulloso que sería talado, mientras que el Mesías surge como un brote aparentemente frágil que crecerá para siempre. Dios no evalúa Su obra por su apariencia inicial, su popularidad ni su poder visible. Lo que el mundo considera grande puede desaparecer rápidamente, mientras que una obra pequeña iniciada por el Señor puede llenar la tierra. Jesucristo demuestra que la verdadera autoridad no necesita ostentación: nace de Dios y permanece por la eternidad.
Doctrina y Convenios 113 confirma que el «tronco de Isaí» representa a Jesucristo y ofrece una aplicación adicional de la «vara» como un siervo que actuaría en las manos del Salvador y recibiría poder para ayudar a efectuar Su obra. La profecía permite contemplar tanto al Mesías como a los siervos levantados por Él para participar en la Restauración y el recogimiento de Israel. Esos siervos no sustituyen a Cristo ni poseen poder independiente: toda autoridad, revelación y eficacia espiritual proceden del Señor y permanecen subordinadas a Su gobierno.
Los significados velados de Isaías no deberían permanecer ocultos para los Santos de los Últimos Días. Por consiguiente, procuraremos comprender todas las referencias de Isaías en este capítulo. La manera más sencilla de analizarlo es considerarlo como una descripción de las misiones de dos personas: Jesucristo (versículos 2–9) y José Smith (versículos 10–16). Uno de los pasajes más difíciles de interpretar es el versículo 1.
Aunque este pasaje fue interpretado específicamente en Doctrina y Convenios, continúa siendo difícil de comprender. Esa revelación explica quién es el «tronco de Isaí» y proporciona indicios acerca de la identidad de la «vara» (véase Doctrina y Convenios 113:1–4). Sin embargo, todavía existen expresiones que deben explicarse. Por ejemplo, ¿quién es el «vástago»? ¿Debemos entender que el vástago es la misma persona que la vara? ¿Qué significa la expresión «sus raíces»? ¿El pronombre «sus» del versículo 1 se refiere a la misma persona que el pronombre «él» del versículo 2?
Para aclararlo, hagamos una lista de los términos y sus respectivas interpretaciones:
1. Vara: «Un siervo en las manos de Cristo, que en parte desciende de Isaí, así como de Efraín, o sea, de la casa de José, sobre quien se ha puesto mucho poder» (Doctrina y Convenios 113:4). Pero ¿quién es este siervo?
2. Tronco de Isaí: Jesucristo (Doctrina y Convenios 113:2).
3. Vástago: ¿Quién es?
4. Sus raíces: ¿Qué representan?
Esta lista demuestra que lo único que sabemos con certeza mediante Doctrina y Convenios 113 es que el «tronco de Isaí» representa a Jesucristo. La siguiente pregunta es: ¿Quién es el siervo mencionado en Doctrina y Convenios 113:4? Por el momento, supondremos que ese siervo es José Smith. Otras personas también han propuesto esta interpretación, la cual analizaremos más adelante.
El siguiente problema consiste en identificar al «vástago». El élder Bruce R. McConkie explicó con absoluta claridad que el «vástago» representa a Jesucristo.
En este punto hemos explicado casi todo, pero todavía debemos determinar el significado de la expresión «sus raíces». Debemos evitar la tendencia a equiparar ese término con «el tronco de Isaí». Para comprenderlo, necesitamos conocer uno de los recursos literarios utilizados por Isaías: el paralelismo invertido. Isaías emplea este recurso en muchos de sus versos. El hecho de que el paralelismo se encuentre invertido es la clave para comprender el pasaje.
Consideremos los siguientes ejemplos de paralelismo invertido:
Isaías 2:3:
«Porque de Sion saldrá la ley,
y la palabra de Jehová, de Jerusalén».
Isaías 11:13:
«Efraín no tendrá envidia de Judá,
ni Judá afligirá a Efraín».
Isaías 63:2:
«¿Por qué está rojo tu vestido,
y tus ropas como las del que pisa en el lagar?».
Isaías 11:1:
«Saldrá una vara del tronco de Isaí,
y un vástago retoñará de sus raíces».
Observemos que los conceptos correspondientes se relacionan entre sí de manera invertida. Ahora podemos comprender que la expresión «sus» se refiere a la misma persona representada por la «vara», es decir, José Smith. La expresión «sus raíces» se refiere al linaje de José Smith por medio de Isaí, padre de David, tal como se describe en Doctrina y Convenios 113:6. Esta explicación resulta razonable porque Cristo, representado por el vástago, también procedía del linaje de Isaí.
Esta interpretación considera que tanto el «tronco de Isaí» como el «vástago» representan a Cristo. También demuestra el linaje compartido por José Smith y Jesucristo al cual se hace alusión en Doctrina y Convenios 113:6. Siguiendo este esquema, podemos completar nuestra lista de interpretaciones:
1. Vara: un siervo en las manos de Cristo, es decir, José Smith.
2. Tronco de Isaí: Jesucristo.
3. Vástago: Jesucristo.
4. Sus raíces: las raíces o el linaje de José Smith por medio de Isaí.
Esta interpretación requiere que aceptemos la verdad revelada de que José Smith descendía tanto de José de Egipto como de Isaí, o de la tribu de Judá. Victor Ludlow explicó:
«El Libro de Mormón contiene una importante profecía acerca de un descendiente del antiguo José que también se llamaría José y realizaría una gran obra de salvación entre los israelitas para llevarlos al conocimiento de los convenios de Dios durante los últimos días (2 Nefi 3:6–11, 14–15). José Smith, hijo, es este José. Su bendición patriarcal lo identifica como heredero de las promesas de Efraín —hijo del antiguo José— y Brigham Young lo llamó un efraimita puro.
No existe la misma cantidad de evidencia escrita acerca de que José Smith descendiera de Isaí por medio de la tribu de Judá. Sin embargo, durante los primeros años de la historia de la Iglesia hubo ocasiones en las que varios hermanos, entre ellos José Smith, afirmaron que compartían con Jesús un linaje perteneciente a la tribu de Judá.
En resumen, José Smith cumple los requisitos como descendiente de José mediante su hijo Efraín. También descendía de Judá por medio de Isaí, y es posible que haya procedido del mismo linaje que Jesús» (Victor L. Ludlow, Isaiah: Prophet, Seer, and Poet, pág. 172).
Brigham Young: «En los consejos de la eternidad, mucho antes de que fueran puestos los cimientos de la tierra, se decretó que José Smith sería el hombre que, durante la última dispensación de este mundo, llevaría la palabra de Dios al pueblo y recibiría la plenitud de las llaves y del poder del sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor había puesto Sus ojos en él, en su padre, en el padre de su padre y en sus antepasados hasta llegar a Abraham; desde Abraham hasta el Diluvio, desde el Diluvio hasta Enoc y desde Enoc hasta Adán. Él había vigilado aquella familia y aquel linaje desde su origen hasta el nacimiento de ese hombre. José Smith fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación» (Discourses of Brigham Young, pág. 108).
Bruce R. McConkie: «Cristo es el Hijo de David, la descendencia de David y el heredero, mediante María, Su madre, de la sangre del gran rey. También es llamado el Tronco de Isaí y el Vástago, es decir, el Vástago de David. Las profecías mesiánicas que utilizan esos títulos se refieren al poder y al dominio que ejercerá cuando se siente sobre el trono de David, y se relacionan casi exclusivamente con Su segunda estadía sobre el planeta Tierra.
Isaí fue el padre de David. Isaías habla del Tronco de Isaí, a quien también designa como un vástago que crece de las raíces de aquel antiguo personaje. Describe cómo el Espíritu del Señor reposará sobre Él; cómo será poderoso para juzgar; cómo herirá la tierra y destruirá a los inicuos; y cómo el cordero y el león se acostarán juntos durante aquel día. Todas esas cosas se refieren a la Segunda Venida y a la era milenaria que comenzará con ella (Isaías 11). En cuanto a la identidad del Tronco de Isaí, la palabra revelada declara: “De cierto, así dice el Señor: Es Cristo” (Doctrina y Convenios 113:1–2). Esto también significa que el Vástago es Cristo, como veremos ahora mediante otros pasajes relacionados.
Por boca de Jeremías, el Señor predijo la antigua dispersión y el recogimiento de Su pueblo escogido, Israel, durante los últimos días. Después de que sean congregados “de todas las tierras adonde los eché” y después de que el reino sea restaurado a Israel, como lo desearon los antiguos apóstoles en Hechos 1:6, entonces se cumplirá este acontecimiento todavía futuro y de naturaleza milenaria: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David un Vástago justo; y reinará como Rey, quien será prudente y ejercerá juicio y justicia en la tierra. En Sus días será salvo Judá, e Israel habitará seguro; y este será Su nombre con el cual le llamarán: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA” (Jeremías 23:3–6). Es decir, el Rey que gobernará personalmente sobre la tierra durante el Milenio será el Vástago que surgió de la casa de David. Ejercerá juicio y justicia en toda la tierra porque Él es Jehová el Señor, a quien llamamos Cristo.
Por medio de Zacarías, el Señor habló de manera semejante: “Así dice Jehová de los ejércitos… He aquí, yo traigo a mi siervo, el VÁSTAGO… y quitaré la iniquidad de la tierra en un solo día [lo cual significa que los inicuos serán destruidos y comenzará la era milenaria de paz y rectitud]. En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, cada uno de vosotros convidará a su compañero debajo de su vid y debajo de su higuera” (Zacarías 3:7–10). Con respecto a aquel glorioso día milenario, el Señor también declara: “He aquí el hombre cuyo nombre es el VÁSTAGO; brotará de sus raíces y edificará el templo de Jehová. Él edificará el templo de Jehová, llevará gloria y se sentará y dominará en su trono” (Zacarías 6:12–13).
Que el Vástago de David es Cristo resulta perfectamente claro» (The Promised Messiah, págs. 192–194).
Kelly R. Johnson: “En las Escrituras aprendemos que el tronco de Isaí es una metáfora del Mesías, Jesucristo, de quien se profetizó que provendría del linaje de Isaí, el padre del rey David (véase Isaías 11:1). Así como el etileno debilita la conexión del tallo de las cerezas maduras, la desobediencia, las dudas y los temores pueden debilitar nuestra conexión con el tronco de Isaí, es decir, Jesucristo, ocasionando que seamos fácilmente sacudidos y desprendidos de Él. Por muy fieles que seamos, debemos velar para que no se debilite nuestra conexión con Jesucristo”. — (Kelly R. Johnson, Setenta Autoridad General, conferencia general de octubre de 2025, “Reconciliaos con Dios”)
El Espíritu reposa sobre el Rey
Isaías 11:2 — La plenitud del Espíritu sobre el Mesías
«Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová».
Isaías enseña que el Mesías ejercería Su ministerio en perfecta comunión con el poder y la voluntad de Dios. La palabra «reposará» comunica permanencia: la dirección divina no aparecería en Él de manera ocasional, como puede suceder con los gobernantes humanos, sino que caracterizaría constantemente Sus palabras y obras. En el bautismo de Jesús, el Espíritu Santo descendió como una señal visible que testificó de Su identidad y misión. Jesucristo actuó siempre en completa armonía con el Padre y cumplió perfectamente la obra que había venido a realizar.
La sabiduría le permite aplicar la verdad perfectamente, y el entendimiento le permite discernir el significado profundo de cada principio, acontecimiento y corazón. Como Consejero, Su dirección nunca está distorsionada por información incompleta, prejuicios o intereses personales; como poseedor de fortaleza, también tiene poder para llevar a cabo todo lo que determina. En Él, la sabiduría y el poder permanecen perfectamente unidos. Por eso podemos confiar en Sus mandamientos aun cuando todavía no comprendamos plenamente sus razones ni veamos de inmediato sus resultados.
El conocimiento del Mesías no es solamente intelectual: Él conoce perfectamente al Padre y vive en completa unidad con Él. El «temor de Jehová» significa reverencia, amor obediente y sumisión ante Su santidad, cualidades que Cristo manifestó al declarar: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Estos dones también ofrecen un modelo para los discípulos. Mediante el Espíritu Santo podemos recibir sabiduría para aplicar la verdad, entendimiento para discernir, consejo para decidir, fortaleza para obedecer y un conocimiento reverente que nos acerque cada vez más a Dios.
El juicio perfecto de Jesucristo
Isaías 11:3 — Cristo no juzga por las apariencias
«No juzgará según la vista de sus ojos ni reprenderá por lo que oigan sus oídos».
Los jueces humanos dependen de evidencias parciales y pueden ser engañados por apariencias, rumores, prejuicios o testimonios falsos. Jesucristo, en cambio, conoce perfectamente los pensamientos, las intenciones, el grado de conocimiento y las circunstancias de cada persona. Su juicio no está limitado a lo que puede observarse desde fuera. Él distingue entre una debilidad que alguien lucha sinceramente por vencer y una rebelión deliberadamente protegida; también reconoce cuándo una apariencia religiosa carece de verdadera conversión interior.
Esta doctrina constituye tanto una advertencia como un consuelo. Es una advertencia porque ningún pecado, engaño o intención egoísta puede ocultarse del Señor bajo una imagen de rectitud. Pero también es un gran consuelo porque ningún esfuerzo sincero, sacrificio silencioso o deseo justo será ignorado ni malinterpretado. Cristo conoce las cargas invisibles y valora el progreso que otras personas quizá no perciben. Ante Él no necesitamos aparentar ni compararnos; podemos acudir con completa honestidad, confiando en que Su juicio reúne conocimiento perfecto, justicia absoluta y misericordia infinita.
Isaías 11:4 — Defensor de los pobres y mansos
«Juzgará con justicia a los pobres y decidirá con equidad a favor de los mansos de la tierra».
Los pobres no recibirán un trato favorable simplemente por su pobreza, sino la justicia imparcial que frecuentemente les fue negada por gobernantes corruptos. Jesucristo no puede ser comprado, intimidado ni manipulado; conoce perfectamente cada causa y defenderá los derechos de quienes carecen de influencia. Los «mansos» tampoco son necesariamente personas débiles. La mansedumbre es fortaleza bajo dominio, humildad ante Dios y disposición para recibir corrección. El Rey mesiánico reconocerá y defenderá a quienes el mundo suele ignorar o despreciar.
Este versículo establece también un modelo para todo liderazgo cristiano. Ejercer autoridad no significa favorecer al poderoso ni utilizar a las personas para beneficio propio, sino servir con imparcialidad y proteger a quienes poseen menos capacidad para defenderse. Los discípulos de Cristo deben escuchar al que normalmente no es escuchado, resistir el favoritismo y emplear su influencia para aliviar cargas. El liderazgo se vuelve semejante al del Salvador cuando une poder con mansedumbre y autoridad con servicio.
Isaías 11:4 — El poder de Su palabra
«Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el aliento de sus labios matará al malvado».
La «vara de su boca» representa la palabra divina de Jesucristo. Él no necesita depender de armas ni de ejércitos humanos para establecer Su autoridad: Su palabra creó los cielos y la tierra, revela la verdad, expone el pecado y transforma a quien la recibe. Así como una vara corrige y establece límites, la enseñanza de Cristo derriba la mentira y pone en evidencia todo sistema contrario a la voluntad de Dios.
La imagen del «aliento de sus labios» señala hacia el juicio que acompañará Su Segunda Venida. La iniquidad persistente no podrá mantenerse ante la presencia y la palabra del Rey. El apóstol Pablo empleó una expresión semejante al anunciar que el Señor destruiría al inicuo con el espíritu de Su boca. Para el arrepentido, esa misma palabra ofrece vida, perdón y purificación; para quien rechaza definitivamente la verdad, se convierte en sentencia. La diferencia no está en el carácter de Cristo, sino en la respuesta del corazón ante Su palabra.
Isaías 11:5 — Justicia y fidelidad permanentes
«Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad será el ceñidor de su cintura».
En la antigüedad, el cinto sujetaba la ropa y preparaba a una persona para trabajar, viajar o entrar en acción. Isaías utiliza esta imagen para enseñar que la justicia y la fidelidad no son adornos externos del Mesías, sino cualidades inseparables de Su carácter que lo acompañan en todo lo que hace. Jesucristo nunca actúa impulsado por egoísmo, favoritismo o ambición. Su poder está siempre ceñido y gobernado por una rectitud perfecta.
Los gobernantes humanos pueden incumplir sus promesas, cambiar según sus intereses o utilizar la autoridad de manera injusta; Cristo, en cambio, permanece eternamente fiel. Nunca olvida Sus convenios ni deja sin cumplir una palabra que haya pronunciado. Su fidelidad proporciona seguridad tanto a quienes esperan Sus promesas como a quienes se arrepienten y buscan misericordia. Podemos confiarle nuestra vida porque Su justicia nunca se corrompe, Su amor nunca se vuelve inconstante y Su obra redentora jamás quedará incompleta.
La paz del Milenio
Isaías 11:6 — El lobo y el cordero
«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará».
Isaías describe una transformación radical de la creación durante el reinado milenario de Jesucristo. Los depredadores vivirán pacíficamente junto a los animales que antes eran sus presas, sin violencia ni temor. La paz prometida no consistirá simplemente en mantenerlos separados o contener temporalmente su agresividad; el poder del Mesías transformará las condiciones y los impulsos que producían destrucción. La creación misma participará de la renovación que acompañará la presencia de su Rey.
La imagen también puede representar la reconciliación entre pueblos, comunidades y personas que anteriormente vivían en enemistad. Cristo no se limita a imponer una tregua exterior: mediante Su expiación puede cambiar el corazón, sanar resentimientos y reemplazar el deseo de dominar por la disposición de convivir y servir. En Su reino, las diferencias no tendrán que desaparecer para que exista unidad; dejarán de utilizarse como razones para la violencia. La paz milenaria comienza ahora cada vez que permitimos que el Salvador transforme nuestra manera de mirar y tratar al antiguo adversario.
William Phelps: «Cuando lleguen esos días, todas las cosas estarán en el lugar que les corresponde. Las bestias del campo y las aves de los cielos, en vez de alimentarse de carne, comerán hierbas y granos, como se les concedió en el principio. Entonces el hombre no derramará la sangre de su semejante; ni la bestia, la sangre de otra bestia; ni el ave, la sangre de otra ave. El Espíritu del Señor será derramado sobre toda carne y la maldición será quitada de la tierra. Esta se convertirá en herencia para los pobres y los mansos, habrá paz sobre ella y buena voluntad hacia los hombres» (The Evening and Morning Star, junio de 1833, pág. 102).
Orson F. Whitney: «A lo largo de todas las épocas, los profetas han predicho y los poetas han cantado acerca de un tiempo futuro en que la tierra descansará; cuando el hombre pondrá fin a su crueldad contra sus semejantes; cuando convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces; cuando no se levantará nación contra nación ni aprenderán más acerca de la guerra; cuando el reino animal se alimentará exclusivamente del reino vegetal; cuando el león comerá paja como el buey; cuando el león y el cordero se acostarán juntos y un niño pequeño los conducirá; cuando la paz extenderá sus alas blancas sobre este planeta y la guerra de aspecto terrible, después de alisar su frente arrugada, se sentará a sus pies y aprenderá sabiduría durante mil años» (Collected Discourses 1868–1898, tomo IV, 12 de agosto de 1894).
José Smith: «Mientras instalábamos mi tienda, encontramos tres serpientes de cascabel de las praderas, a las cuales los hermanos se disponían a matar; pero yo les dije: “Déjenlas tranquilas; ¡no les hagan daño! ¿Cómo perderá alguna vez la serpiente su veneno mientras los siervos de Dios tengan la misma disposición y continúen haciéndole la guerra? Los hombres deben volverse inofensivos antes que las criaturas irracionales; y cuando pierdan sus disposiciones violentas y dejen de destruir a los animales, el león y el cordero podrán morar juntos, y el niño de pecho podrá jugar con la serpiente sin peligro”. Los hermanos tomaron cuidadosamente las serpientes con unos palos y las llevaron al otro lado del arroyo. Exhorté a los hermanos a no matar ninguna serpiente, ave ni animal de ninguna clase durante mi viaje, salvo que fuera necesario para protegernos del hambre» (History of the Church, tomo II, págs. 71–72).
Hugh Nibley: «En el Paraíso, como todos saben, todas las criaturas vivían juntas en paz. Lo mismo sucederá en Sion cuando sea restaurada sobre la tierra: el león se acostará con el cordero. Las demás criaturas de Dios constituyen una parte importante de la imagen del cielo. Una extraordinaria declaración de José Smith sobre este tema nos permite vislumbrar un futuro asombroso: “Juan aprendió que Dios se glorifica salvando todo lo que Sus manos han hecho, sean bestias, aves, peces u hombres; y Él se glorificará junto con ellos”. Brigham Young declaró: “El Milenio consiste en que todo corazón de la Iglesia y del reino de Dios esté unido… Todas las demás cosas continuarán como ahora: comeremos, beberemos y vestiremos ropa. Permitan que el pueblo sea santo… y esté lleno del Espíritu de Dios, y todo animal y criatura que se arrastra estará lleno de paz; la tierra producirá con toda su fuerza y sus frutos servirán de alimento para el hombre”» (Approaching Zion, pág. 13).
Isaías 11:6 — Un niño los pastoreará
«Y un niño los pastoreará».
La presencia de un niño comunica inocencia, confianza y completa ausencia de peligro. Las fuerzas que antes parecían incontrolables estarán tan plenamente pacificadas que un niño podrá conducirlas sin temor. Isaías muestra que, bajo el gobierno de Cristo, la seguridad no dependerá de una fuerza superior que mantenga sometidos a los violentos, sino de una transformación tan profunda que la amenaza misma habrá perdido su naturaleza destructiva.
El reino de Dios invierte las expectativas del mundo: la mansedumbre, la pureza y la confianza llegan a poseer mayor influencia que la intimidación. Esta imagen también recuerda la enseñanza de Jesucristo de volvernos como niños para entrar en el reino de los cielos. No se trata de ser ingenuos o inmaduros, sino humildes, enseñables y libres del deseo de dominar. Quienes poseen ese corazón pueden convertirse en instrumentos mediante los cuales el Príncipe de Paz guía y reconcilia a otros.
Isaías 11:7–8 — La eliminación de la enemistad
«El león, como el buey, comerá paja».
Isaías describe una renovación tan profunda que incluso la alimentación y el comportamiento de los animales serán transformados. El león dejará de devorar a otras criaturas y comerá junto al buey, mientras que el niño podrá acercarse a la serpiente sin sufrir daño. La paz milenaria no será solamente una tregua impuesta desde fuera, sino una condición nueva en la que la depredación y el temor dejarán de gobernar las relaciones dentro de la creación. Bajo el reinado de Jesucristo, aquello que antes amenazaba la vida será pacificado.
La imagen también evoca la enemistad introducida después de la Caída. La serpiente, asociada en las Escrituras con el engaño y el peligro, ya no podrá dañar al inocente. Mediante Su expiación, muerte y resurrección, Jesucristo vence al pecado, a Satanás y finalmente a la muerte, haciendo posible la renovación de la tierra y de sus habitantes. El Milenio será una manifestación visible de que la Caída no tendrá la última palabra y de que el poder redentor de Cristo alcanza no solo al ser humano, sino a toda la creación.
Este principio puede comenzar a cumplirse espiritualmente en el presente. Cuando Cristo transforma nuestro corazón, reduce la enemistad, domina los impulsos destructivos y nos enseña a relacionarnos sin herir ni explotar. Las personas que antes se trataban como depredadores y presas pueden aprender a vivir en reconciliación, justicia y seguridad. La paz futura de la tierra comienza en cada corazón que permite al Salvador quitar su veneno y cambiar su naturaleza.
El conocimiento de Dios llena la tierra
Isaías 11:9 — No harán daño
«No harán mal ni destruirán en todo mi santo monte».
El «santo monte» representa la esfera del gobierno, la presencia y el pueblo de Dios. Bajo el reinado de Jesucristo, la violencia y la destrucción dejarán de caracterizar las relaciones porque Sus habitantes vivirán conforme a Su ley. La santidad no será únicamente una condición ceremonial, sino una manera de convivir en la que nadie buscará dominar, explotar o perjudicar al prójimo. La paz de Sion será el fruto visible de corazones sometidos voluntariamente al Príncipe de Paz.
La paz del Milenio no dependerá simplemente de tratados políticos, sistemas de vigilancia o del temor a una fuerza superior. Surgirá de una transformación espiritual efectuada por Cristo. Mientras el pecado permanezca gobernando el corazón, la enemistad puede reaparecer aun después de los mejores acuerdos; pero cuando la ley del Señor transforma los deseos, las causas profundas de la violencia comienzan a desaparecer. Podemos prepararnos para ese reino aprendiendo ahora a no hacer daño mediante nuestras palabras, decisiones y relaciones.
Isaías 11:9 — Como las aguas cubren el mar
«Porque la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar».
Las aguas no cubren el mar de manera parcial o superficial, sino que llenan toda su extensión y profundidad. De igual manera, el conocimiento de Jehová llegará a toda la tierra durante el reinado del Mesías. La ignorancia espiritual, las falsas ideas acerca de Dios y la rebelión que producen división serán reemplazadas por una comprensión amplia de Su carácter, autoridad y plan. Jesucristo será reconocido como Rey y enseñará Sus caminos a las naciones.
Este conocimiento será más que información religiosa. En las Escrituras, conocer al Señor implica relacionarse con Él mediante la fe, los convenios y la obediencia. La paz será posible porque las personas no solo sabrán datos acerca de Dios, sino que permitirán que Su voluntad transforme su conducta. La obra misional, la enseñanza del Evangelio, la edificación de templos y el recogimiento de Israel preparan al mundo para esta profecía al llevar a las personas hacia Jesucristo y ayudarlas a conocerlo personalmente.
Durante el reinado milenario de Jesucristo, la obra misional continuará difundiendo el Evangelio. El mensaje llegará a muchas más personas que antes de la Segunda Venida, «porque todo oído lo oirá, y toda rodilla se doblará, y toda lengua confesará» (Doctrina y Convenios 88:104). El Señor también llenará el mundo con conocimientos que han permanecido ocultos durante mucho tiempo:
«Sí, de cierto os digo, en aquel día en que venga el Señor, Él revelará todas las cosas:
Cosas que han pasado y cosas ocultas que ningún hombre conoció; cosas de la tierra, por medio de las cuales fue hecha, y su propósito y estado final;
Cosas sumamente preciosas; cosas que están arriba y cosas que están abajo; cosas que están dentro de la tierra, sobre la tierra y en el cielo» (Doctrina y Convenios 101:32–34).
Durante el Milenio no solamente se difundirá el conocimiento del Evangelio, sino que también aumentará el número de personas que conocerán personalmente a su Señor y Salvador Jesucristo. En otras palabras, quienes hayan manifestado gran fe en el Señor, pero no hayan recibido el privilegio de contemplar Su rostro durante la vida terrenal, recibirán ese privilegio durante el Milenio. Por consiguiente, su fe quedará inactiva en ese aspecto (Alma 32:34), porque será reemplazada por el «conocimiento del Señor» (Éter 3:19).
Joseph Fielding Smith: «El Evangelio se enseñará con mucha mayor intensidad y poder durante el Milenio, hasta que todos los habitantes de la tierra lo acepten. Satanás será atado y no podrá tentar a ningún hombre. Si alguna persona se negara a arrepentirse y aceptar el Evangelio bajo esas condiciones, sería maldita. Mediante las revelaciones dadas a los profetas aprendemos que, durante el reinado de Jesucristo por mil años, finalmente todos los pueblos aceptarán la verdad. Isaías profetizó acerca del Milenio de la siguiente manera: [se cita Isaías 11:6–9].
Moroni citó este capítulo de Isaías al profeta José Smith y le dijo que estaba a punto de cumplirse. Si el conocimiento del Señor cubre la tierra como las aguas cubren el mar, entonces debe ser recibido universalmente. Además, la promesa del Señor por medio de Jeremías declara que ya no será necesario que una persona enseñe a su prójimo, diciendo: “Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová”» (Answers to Gospel Questions, tomo I, pág. 111).
Joseph Fielding Smith: «Algunos miembros de la Iglesia tienen la idea equivocada de que, cuando llegue el Milenio, todos serán quitados de la tierra con excepción de los miembros justos de la Iglesia. Eso no es así. Habrá millones de personas —católicos, protestantes, agnósticos, musulmanes, personas de todas las clases y creencias— a quienes se permitirá continuar sobre la faz de la tierra; pero serán quienes hayan llevado vidas limpias y hayan permanecido libres de la iniquidad y la corrupción. Todos los que pertenezcan al orden terrestre debido a sus buenas vidas, así como aquellos que hayan obedecido la ley celestial, permanecerán sobre la faz de la tierra durante el Milenio.
»Finalmente, sin embargo, el conocimiento del Señor cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. Pero después de comenzar el Milenio todavía será necesario predicar el Evangelio, hasta que todos los hombres se conviertan o fallezcan. Durante el transcurso de los mil años, todos entrarán en la Iglesia o reino de Dios, o morirán y dejarán la vida terrenal» (Doctrines of Salvation, tomo I, pág. 86).
El estandarte levantado a las naciones
Isaías 11:10 — La raíz de Isaí
«La raíz de Isaí […] estará puesta como estandarte a los pueblos».
La raíz sostiene el árbol y comunica vida a sus ramas. En una lectura mesiánica, la imagen dirige la mirada hacia Jesucristo, quien es descendiente de Isaí y David según la carne y, al mismo tiempo, la fuente divina de las promesas hechas a esa familia. Aunque nació como un descendiente posterior de David, Él existía antes que ellos como Jehová y era la fuente de su poder y esperanza. Por eso, no solo Israel, sino también las naciones acudirán a Él para recibir salvación.
Doctrina y Convenios 113 ofrece una aplicación adicional y más específica de la «raíz de Isaí»: un descendiente de Isaí y de José a quien pertenecerían legítimamente el sacerdocio y sus llaves para levantar un estandarte y efectuar el recogimiento en los últimos días. Este siervo no sustituye al Mesías ni actúa con poder independiente; recibe de Cristo la autoridad para participar en Su obra. Ambas perspectivas convergen en una verdad central: Jesucristo dirige el recogimiento de Israel y llama, autoriza y fortalece a Sus siervos para llevarlo a cabo.
La raíz de Isaí mencionada en este pasaje se interpreta en Doctrina y Convenios 113:6 de la siguiente manera: «Es un descendiente de Isaí, así como de José, a quien por derecho pertenecen el sacerdocio y las llaves del reino, y será por pendón y para el recogimiento de mi pueblo en los postreros días». Esta persona debe ser José Smith. También se habla de él como la «vara» del versículo 1.
«Es bastante evidente que la “raíz de Isaí” es un hombre, descendiente de Isaí y de José —como explica el Señor—, quien aparentemente tiene una gran misión que cumplir en relación con el recogimiento del remanente de Israel, según se expone en Isaías 11:11–16. Sugiero que la “vara” del versículo 1 y la “raíz de Isaí” del versículo 10 se refieren al mismo hombre: José Smith. Si la “vara” de Doctrina y Convenios 113:4 es el “siervo en las manos de Cristo, que en parte desciende de Isaí, así como de Efraín, o sea, de la casa de José”, observemos que en el versículo 6 se le define con mayor precisión como “un descendiente de Isaí, así como de José, a quien por derecho pertenecen el sacerdocio y las llaves del reino, y será por pendón y para el recogimiento de mi pueblo en los postreros días”. ¿Quién encaja mejor que José Smith en la descripción de estas palabras? (Véanse Doctrina y Convenios 27:12–13; 86:8–11; 110:1–16; 115:18–19). Él posee legítimamente el sacerdocio y sus llaves por linaje; y ciertamente nadie discute que las llaves del “recogimiento de mi pueblo” le fueron conferidas por Moisés en el Templo de Kirtland el 3 de abril de 1836» («The Problem of the “Rod” and the “Root of Jesse” in Isaiah 11», Improvement Era, octubre de 1966, págs. 869, 914–915).
Una lectura cuidadosa de Romanos 15:12 demuestra que Pablo aplicó este pasaje de Isaías a Jesucristo, no a José Smith. Esto resulta comprensible porque muchos de los primeros apóstoles pensaban que la expresión «los últimos días» se refería a la época en la que ellos vivían. El doctor Sidney B. Sperry sugirió que Pablo no interpretó correctamente este pasaje al aplicarlo a Cristo.
«Un análisis de Romanos 15:12 demuestra que Pablo siguió de cerca el texto de la Septuaginta —la traducción griega— de Isaías 11:10, en vez del texto hebreo. De hecho, la versión de la Septuaginta es solamente una paráfrasis del hebreo original. Observamos que la versión griega de Isaías 11:1 traduce la expresión hebrea “tronco de Isaí” como “raíz de Isaí” y utiliza la misma expresión en Isaías 11:10. Resulta interesante que la palabra griega riza —raíz— se emplee en ambos versículos para traducir diferentes palabras hebreas. Pablo reconocería rápidamente que la “raíz de Isaí” de la versión griega de Isaías 11:1–5 era Cristo. Al observar que la expresión “raíz de Isaí” aparecía nuevamente en el versículo 10, naturalmente supondría que también se refería a Cristo. Esa es la razón de su cita en Romanos 15:12» (Book of Mormon Compendium, pág. 227).
Isaías 11:10 — Un estandarte para todos los pueblos
«Será buscada por las naciones […], y el lugar de su descanso será glorioso».
Un estandarte era una bandera levantada en un lugar visible para reunir, orientar y organizar a un pueblo. En los últimos días, Jesucristo y Su Evangelio restaurado constituyen ese estandarte: proclaman la verdad, señalan dónde se encuentran la autoridad y los convenios de Dios e invitan a todas las naciones a congregarse. El recogimiento no está reservado para una etnia o nacionalidad; personas de toda lengua y cultura pueden acudir al Salvador, recibir las ordenanzas y formar parte de Su pueblo del convenio.
El «lugar de su descanso» representa la paz y seguridad que se encuentran bajo el gobierno de Cristo. También puede relacionarse con Sion y el templo, donde los hijos de Dios reciben revelación, convenios y poder espiritual. Este descanso no consiste únicamente en la ausencia de dificultades, sino en quedar reconciliados con Dios y caminar con la certeza de pertenecerle. Su gloria no procede principalmente de una ubicación o de una estructura exterior, sino de la presencia del Salvador entre un pueblo recogido y santificado.
Isaías 11:11 — El Señor recobra por segunda vez a Su pueblo
«El Señor pondrá otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo».
La primera gran liberación nacional de Israel fue el éxodo de Egipto, cuando Jehová extendió Su mano para sacarlo de la esclavitud. Isaías anuncia un nuevo recogimiento de alcance mucho mayor, en el que el Señor recobraría al remanente disperso entre numerosas regiones y naciones. La expresión «otra vez» comunica continuidad: el Dios que obró en el pasado volvería a manifestar Su poder, aunque la nueva liberación tendría dimensiones espirituales y mundiales que superarían el antiguo éxodo.
Este recogimiento de los últimos días no sucede mediante un solo acontecimiento. Se desarrolla por medio de la restauración del Evangelio, la salida del Libro de Mormón, la obra misional, las ordenanzas del templo y la conversión de personas en todo el mundo. Cada persona que acude a Jesucristo, recibe Sus convenios y ayuda a otros a hacer lo mismo participa en esta profecía. El recogimiento no es únicamente una obra que observamos; es una responsabilidad en la que el pueblo del convenio está llamado a colaborar.
La expresión «Su pueblo» muestra que el esparcimiento no anuló la memoria ni el amor de Dios. Israel podía estar dividido, perdido entre las naciones y sin conciencia de su identidad, pero seguía siendo objeto de las promesas divinas. Jesucristo conoce dónde se encuentran Sus ovejas y posee poder para llamarlas por medio de Su voz. La distancia geográfica, la apostasía o el paso de muchas generaciones no pueden hacer que el Señor olvide Sus convenios.
LeGrand Richards: «En este pasaje aprendemos que los acontecimientos descritos tendrían lugar en el futuro: “El Señor volverá a extender Su mano por segunda vez para recobrar el remanente de Su pueblo”. No podría existir una “segunda vez” si no hubiera habido una primera. La primera ocasión ocurrió cuando el Señor liberó a Israel del cautiverio y la esclavitud de Egipto» (Una obra maravillosa y un prodigio, págs. 202–203).
José Smith: «Finalmente ha llegado el tiempo en que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob ha vuelto a extender Su mano por segunda vez para recobrar a los remanentes de Su pueblo que han quedado en Asiria, Egipto, Patros, Cus, Elam, Sinar, Hamat y las islas del mar; y, junto con ellos, hacer entrar la plenitud de los gentiles y establecer con ellos aquel convenio prometido para cuando fueran quitados sus pecados. Véanse Isaías 11; Romanos 11:25–27; y Jeremías 31:31–33. Este convenio nunca ha sido establecido con la casa de Israel ni con la casa de Judá, porque para establecer un convenio se necesitan dos partes, y ambas deben estar de acuerdo; de lo contrario, no puede hacerse convenio alguno.
Durante Su vida terrenal, Cristo propuso hacer un convenio con ellos, pero lo rechazaron a Él y rechazaron Sus propuestas. Como consecuencia, fueron desgajados y no se hizo ningún convenio con ellos en aquel momento…
»Así, después de que esta familia escogida rechazó a Cristo y Sus propuestas, los heraldos de la salvación les dijeron: “He aquí, nos volvemos a los gentiles”. Los gentiles recibieron el convenio y fueron injertados en el lugar del cual la familia escogida había sido separada» (History of the Church, tomo I, pág. 313).
Wilford Woodruff: «El alma de Isaías parecía estar encendida y su mente envuelta en las visiones del Todopoderoso cuando declaró, en el nombre del Señor, que en los últimos días Dios volvería a extender Su mano por segunda vez para recobrar al remanente de Su pueblo, reunir a los desterrados de Israel, congregar a los dispersos de Judá, destruir el golfo del mar de Egipto y hacer que los hombres cruzaran con calzado seco; que los reuniría en Jerusalén sobre caballos, mulas, animales veloces y carros, y que Jerusalén sería reconstruida sobre sus propias ruinas. Al mismo tiempo, el destructor de los gentiles estaría en camino; y mientras Dios hiciera volver a Israel de su cautiverio, colocaría todas sus maldiciones y aflicciones sobre la cabeza de los gentiles, sus enemigos, quienes no habían procurado recuperarlos, sino destruirlos, y los habían pisoteado de generación en generación.
Al mismo tiempo se levantaría el estandarte para que los sinceros de corazón y los mansos de la tierra que estuvieran entre los gentiles acudieran a él; para que Sion fuera redimida y edificada como ciudad santa; para que la gloria y el poder de Dios reposaran sobre ella y se manifestaran allí; para que el atalaya sobre el monte Efraín proclamara: “Levantaos, y subamos a Sion, la ciudad de Jehová nuestro Dios”; para que los gentiles acudieran a su luz y los reyes al resplandor de su nacimiento; y para que los santos de Dios tuvieran un lugar adonde huir y pudieran permanecer en lugares santos mientras los juicios obraran sobre la tierra. Cuando la espada de Dios, bañada en los cielos, caiga sobre Idumea —es decir, el mundo—, cuando el Señor contienda con toda carne mediante la espada y el fuego y sean muchos los muertos de Jehová, los santos podrán escapar de estas calamidades huyendo a lugares de refugio, como lo hicieron Lot y Noé» (History of the Church, tomo VI, pág. 26).
Isaías 11:12 — El recogimiento desde los cuatro confines
«Levantará estandarte a las naciones, y juntará a los desterrados de Israel, y reunirá a los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra».
Dios no espera pasivamente que Israel encuentre por sí solo el camino de regreso. Él levanta un estandarte visible, restaura la verdad, envía mensajeros y prepara medios para que Sus hijos reconozcan la voz del Pastor. Los «cuatro confines» simbolizan todas las direcciones y, por extensión, el mundo entero. Nadie se encuentra demasiado lejos, cultural, geográfica o espiritualmente, para quedar fuera del alcance de la invitación de Cristo.
El recogimiento posee dimensiones espirituales y físicas relacionadas entre sí. Espiritualmente, consiste en acudir a Jesucristo, recibir Su Evangelio, efectuar ordenanzas y guardar convenios. Físicamente, incluye el cumplimiento de las promesas concernientes a los descendientes de Israel, el regreso de Judá y la futura función de Sion y Jerusalén. Sin embargo, el traslado geográfico por sí solo no completa el recogimiento: Dios no reúne solamente cuerpos en determinados lugares, sino corazones convertidos bajo el gobierno del Mesías.
Gordon B. Hinckley: «Por encima del valle de Salt Lake se eleva una cumbre de forma redondeada. Brigham Young la vio en una visión antes de que los santos abandonaran Nauvoo. Vio un estandarte descender sobre la colina y escuchó la voz de José Smith decir: “Edifiquen debajo de aquel punto… y prosperarán y tendrán paz”.
»Cuando Brigham Young llegó por primera vez al valle, reconoció inmediatamente la cumbre. La mañana del 26 de julio de 1847, los hombres que con el tiempo integrarían la nueva Primera Presidencia, acompañados por varios miembros de los Doce, ascendieron por sus laderas.
»Aquel pequeño grupo de líderes del sacerdocio contempló el valle que se extendía debajo. “Aquí es donde plantaremos las plantas de nuestros pies”, dijo el presidente Young, “y donde el Señor pondrá Su nombre entre Su pueblo”.
»Ahora que me encuentro en el Pico Ensign y contemplo el valle que se extiende debajo, me maravilla la visión de aquel pequeño grupo. Aquellos profetas, vestidos con ropa vieja y desgastada por el viaje, y calzados con las botas que habían llevado durante más de mil millas, hablaron acerca de una visión milenaria. Fue algo osado y audaz; resultaba casi increíble.
»Allí se encontraban, a casi mil millas del asentamiento más cercano hacia el este y a casi ochocientas millas de la costa del Pacífico. Se hallaban en un clima desconocido. Nunca habían cultivado una cosecha en aquel lugar ni construido ninguna clase de estructura.
»Eran exiliados, expulsados de su hermosa ciudad junto al Misisipi y conducidos a aquella región desértica del oeste. Sin embargo, poseían una visión procedente de las Escrituras y de las palabras de revelación: “Y levantará estandarte a las naciones, reunirá a los desterrados de Israel y juntará a los dispersos de Judá de los cuatro extremos de la tierra” (Isaías 11:12)» («Faith in Every Footstep: The Epic Pioneer Journey», Ensign, mayo de 1997, pág. 64).
La reconciliación del pueblo del convenio
Isaías 11:13 — Efraín y Judá dejan la enemistad
«Efraín no tendrá envidia de Judá, ni Judá afligirá a Efraín».
Después de la división del reino, Efraín llegó a representar al reino del norte, mientras que Judá identificaba al reino del sur. Aunque ambos procedían de la misma familia del convenio, su historia quedó marcada por rivalidad, sospecha y conflicto. Isaías anuncia que el recogimiento mesiánico no consistirá solamente en trasladar a los dispersos, sino también en sanar las divisiones que impedían que se reconocieran como un solo pueblo. Jesucristo reúne lo que el orgullo, la competencia y el resentimiento habían separado.
La unidad prometida no exige que todas las diferencias desaparezcan, sino que dejen de utilizarse para producir envidia, dominio o daño. Efraín no necesitará competir con Judá, y Judá no procurará afligir a Efraín, porque ambos encontrarán una identidad superior en Cristo y en Sus convenios. El Salvador no reúne a Su pueblo alrededor de una tribu que se considera mejor que otra, sino alrededor de Sí mismo como el verdadero Rey de Israel.
Este principio comienza a cumplirse cuando los discípulos abandonan prejuicios, rivalidades y deseos de superioridad. No puede existir Sion mientras una persona o grupo procure exaltarse disminuyendo a otro. La edificación de Sion requiere arrepentimiento, perdón y una disposición a valorar los diferentes dones de quienes participan en la misma obra. La unidad del convenio no es simplemente estar juntos, sino dejar que Cristo sane la enemistad del corazón.
LeGrand Richards: «Nosotros procedemos de Efraín. Según lo entiendo, el Señor espera que, puesto que somos los custodios de Su Evangelio restaurado durante estos últimos días, extendamos la mano de amistad a Judá. Después de todo, todos descendemos de los profetas Abraham, Isaac y Jacob, y nos encontramos bajo las promesas de que, por medio de su posteridad, serían bendecidas todas las naciones de la tierra.
No sé cómo podrían desaparecer la enemistad y la envidia entre Efraín y Judá, a menos que nosotros, los de la casa de Efraín que poseemos la custodia del Evangelio, tomemos la iniciativa para llevar las bendiciones del Evangelio restaurado a esta rama de la casa de Israel…
Me parece que la única manera en que la tribu de Judá podrá ser santificada para morar en Su presencia para siempre jamás será cuando le llevemos el Evangelio del Señor Jesucristo, tal como el Salvador prometió que le sería llevado en los últimos días» (Conference Report, octubre de 1956, págs. 23–24).
Isaías 11:14 — Un pueblo unido y fortalecido
El lenguaje de conquista de este versículo refleja el contexto antiguo de Isaías, cuando la restauración de una nación se describía mediante victorias sobre los pueblos vecinos. Por ello, no debe utilizarse como autorización religiosa para la violencia o la dominación modernas. La profecía comunicaba a Israel que dejaría de permanecer dividido, vulnerable y sometido a sus adversarios. Efraín y Judá actuarían juntos bajo el gobierno del Señor.
En su cumplimiento más profundo, la victoria pertenece a Jesucristo y se dirige contra el pecado, la muerte y toda fuerza que se opone a Su reino. El pueblo recogido no recibe fortaleza para oprimir, sino para resistir el mal, proclamar el Evangelio y edificar Sion. La unidad aumenta su capacidad de servir porque las energías antes consumidas por la rivalidad quedan consagradas a una misión común.
Así, la fortaleza de Israel no debe medirse principalmente por poder militar o político, sino por su unión con el Salvador. Un pueblo verdaderamente fuerte es aquel que vence la enemistad interior, protege al vulnerable y actúa unido en rectitud. Bajo Jesucristo, la victoria final no consistirá en cambiar quién domina a quién, sino en terminar con toda forma de esclavitud y establecer Su paz.
Orson F. Whitney: «“Volarán sobre los hombros de los filisteos hacia el oeste”. Reconocemos el cumplimiento de esta profecía en la fundación de esta Iglesia por José Smith, descendiente directo de Abraham, Isaac y Jacob, quien de este modo levantó el estandarte para el recogimiento de sus descendientes después de su prolongada dispersión entre las naciones. Sin embargo, parte de su cumplimiento corresponde a los gentiles. Sus barcos de vapor, ferrocarriles y medios rápidos de transporte y comunicación constituyen “los hombros de los filisteos” sobre los cuales los hijos de Efraín han sido y continúan siendo llevados hacia el oeste, a la tierra de Sion. Allí se levantará la Nueva Jerusalén, se congregarán los puros de corazón y se realizará la preparación necesaria para la venida del Señor en Su gloria. Dios obra tanto fuera como dentro de Su Iglesia, y utiliza cosa
Un nuevo éxodo
Isaías 11:15 — Dios abre nuevamente un camino
«Levantará su mano con el poder de su espíritu sobre el río […] y hará que pasen por él con sandalias».
La imagen recuerda la división del mar Rojo y el cruce del Jordán, ocasiones en las que el agua representaba un obstáculo imposible de superar mediante las fuerzas humanas. Isaías anuncia que, durante el futuro recogimiento, el Señor volverá a intervenir para quitar las barreras que impidan el regreso de Su pueblo. Pasar «con sandalias» comunica que el camino será transitable y seguro: aquello que antes amenazaba con detenerlos quedará sometido al poder de Dios.
El mismo Dios que preparó una vía para el antiguo Israel puede abrir caminos para el recogimiento de los últimos días. Esto no significa que toda dificultad desaparecerá milagrosamente, sino que ningún obstáculo puede frustrar aquello que Él ha determinado realizar. Cuando el Señor llama a Sus hijos a regresar, también proporciona Escrituras, mensajeros, ordenanzas, templos y la guía del Espíritu Santo para hacerlo posible. Su mandato siempre está acompañado por gracia suficiente para avanzar.
En la vida personal, a veces vemos solamente el río que nos separa de la obediencia, la sanidad o el cambio. Jesucristo puede mostrar una ruta que todavía no percibimos y fortalecernos para dar los pasos necesarios. Él no siempre elimina el río antes de que lleguemos a su orilla; con frecuencia nos invita a confiar y avanzar hasta que el camino se abra. La fe reconoce que el obstáculo es real, pero que el poder del Señor es mayor.
Jehová destruirá el golfo del mar de Egipto
«La palabra lengua debería traducirse como “golfo”. Esta expresión recuerda la ocasión en que Moisés y los israelitas atravesaron el mar Rojo sobre tierra seca (Éxodo 14:21–22), acontecimiento que anticipa el recogimiento de los últimos días, cuando ninguna nación poderosa, tirano mortal ni ejército podrá detener los acontecimientos prometidos relacionados con el recogimiento de los santos alrededor del estandarte de Dios» (Donald W. Parry, Jay A. Parry y Tina Peterson, Understanding Isaiah, pág. 124).
«Así como el Señor hirió el golfo del mar de Egipto durante la antigüedad e hizo que Su pueblo lo atravesara por un camino abierto en medio de aquellas aguas poderosas, las cuales permanecieron como muros a ambos lados de la congregación de Israel, en los últimos días no solamente destruirá el golfo del mar de Egipto, sino que el río también será dividido en siete brazos y los hombres lo atravesarán con calzado seco. Este es el testimonio de los profetas acerca de los acontecimientos que tendrán lugar cuando se cumplan los tiempos de los gentiles» (Journal of Discourses, tomo XIV, pág. 66).
Isaías 11:16 — Una calzada para el remanente
«Y habrá camino para el remanente de su pueblo […], de la manera que lo hubo para Israel el día en que subió de la tierra de Egipto».
La calzada representa acceso, dirección y liberación. Dios no se limita a llamar al remanente desde la distancia; prepara una ruta para que pueda volver. La imagen sugiere un camino visible y elevado por encima de los peligros que podrían impedir el regreso. El recogimiento, por tanto, no depende únicamente de que el pueblo encuentre por sí solo a Dios, sino de que el Señor tome la iniciativa, revele el camino y acompañe a quienes deciden recorrerlo.
Isaías compara esta obra con un nuevo éxodo. Así como Jehová liberó a Israel de la esclavitud egipcia y lo condujo hacia la tierra del convenio, Jesucristo libera a Su pueblo del pecado, del engaño y del cautiverio espiritual. Él mismo es el Camino, y Sus enseñanzas, ordenanzas y convenios forman la senda que conduce de regreso a la presencia de Dios. El recogimiento exterior alcanza su propósito cuando produce esta liberación interior.
Cada conversión personal refleja el patrón del éxodo: abandonar aquello que esclaviza, atravesar dificultades bajo la dirección divina y avanzar hacia las promesas del Señor. El camino puede incluir desiertos, aprendizaje y pruebas, pero no se recorre en soledad. Cristo va delante de Su pueblo, lo alimenta espiritualmente y lo guía hasta convertir a antiguos cautivos en una comunidad libre y consagrada.


























