Isaías

Isaías 2


Se presenta dos realidades opuestas: la gloria de Sion en los últimos días y la caída de una sociedad dominada por el orgullo, el materialismo y la idolatría. El capítulo invita a escoger entre caminar a la luz del Señor o confiar en las obras y el poder de los hombres.
Isaías 2 enseña que el destino glorioso de la humanidad se encuentra en acudir a la casa del Señor, recibir Su palabra y caminar por Sus sendas. El templo, el recogimiento de Israel y la paz del Milenio están unidos por un mismo principio: aceptar el gobierno y las enseñanzas de Jesucristo.
Al mismo tiempo, el capítulo advierte que el orgullo, las riquezas, el poder militar y los ídolos humanos no pueden salvarnos. Cuando el Señor venga, toda falsa grandeza será abatida. Por eso, la invitación más importante del capítulo no pertenece únicamente al futuro: «Venid […] y caminemos a la luz de Jehová».


Isaías 2:2 — El templo en los últimos días
«Y acontecerá en los postreros días que será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes».

Isaías dirige la mirada hacia los últimos días y presenta «el monte de la casa de Jehová» como una imagen del templo. En las Escrituras, los montes suelen ser lugares de revelación, convenios y encuentro con Dios, como ocurrió con Moisés en el Sinaí. De manera semejante, el templo es un espacio sagrado donde el Señor manifiesta Su voluntad, enseña el camino de regreso a Su presencia y reviste a Su pueblo de poder espiritual. Ascender al monte simboliza elevarse por encima de las influencias del mundo y acercarse a Dios mediante la fe, el arrepentimiento y la obediencia.
La expresión «como cabeza de los montes» señala la preeminencia espiritual de la casa del Señor. No enseña necesariamente que el templo deba encontrarse sobre la montaña geográficamente más elevada, sino que su propósito y autoridad proceden de Dios y están por encima de los valores pasajeros del mundo. En una época de confusión doctrinal y moral, el templo se establece como un punto firme desde el cual el Señor revela verdades eternas, ofrece ordenanzas de salvación y enseña a Sus hijos quiénes son y cuál es su destino.
Doctrinalmente, esta profecía relaciona el templo con el recogimiento de Israel y la preparación para la Segunda Venida de Jesucristo. El recogimiento no consiste solamente en reunir personas en un lugar, sino en conducirlas al Salvador, ayudarlas a recibir Sus convenios y unir a las familias por la eternidad. A medida que la casa de Jehová ocupa un lugar central en la vida de los discípulos, estos reciben fortaleza para edificar Sion y prepararse para morar en la presencia de Dios.


La expresión «el monte de la casa de Jehová» se refiere al templo. Pero ¿de qué templo está hablando Isaías? Muchos de los líderes de la Iglesia han interpretado este pasaje como una referencia a la construcción de templos entre las Montañas Rocosas, específicamente al Templo de Salt Lake. Ciertamente, muchas personas han acudido a Salt Lake desde todas partes del mundo para aprender de Sus caminos y andar por Sus sendas. El élder LeGrand Richards, al hablar de esta profecía, dijo: «¿Pueden ir a algún lugar del mundo y encontrar un registro del cumplimiento de esa promesa de Isaías, aparte del recogimiento de los Santos de los Últimos Días aquí, en estos valles de las montañas?» (BYU Speeches of the Year, 10 de febrero de 1960, pág. 9). Si esta declaración es válida con respecto al Templo de Salt Lake, también debe referirse a los muchos otros templos que se encuentran actualmente en funcionamiento; sin embargo, nuestros templos de los últimos días son apenas la punta del iceberg.

El recogimiento de personas hacia el Templo de Salt Lake no cumple completamente la profecía de Isaías. Aquí es donde interviene el dualismo profético. Este pasaje también hace referencia a los templos que se construirán en Sion y en Jerusalén (vers. 3). Si Isaías hubiera hablado exclusivamente del templo de Salt Lake, podría haber empleado la expresión: «La casa del Señor será establecida en el valle, entre las cumbres de las montañas». Isaías hace referencia al monte de la casa del Señor. Esto significa que esos templos serán construidos sobre una colina o montaña para representar el recorrido espiritual hacia Dios. Como declaró Hugh Nibley: «El templo de Jerusalén se encontraba sobre el monte del Templo, en el monte Moriah. Descubrimos que todos los lugares sagrados son montañas, y aquí son muy importantes como lugares de peregrinación» (Ancient Documents and the Pearl of Great Price, discurso 16, pág. 3). Por consiguiente, todavía debe edificarse un templo en el monte Moriah, en Jerusalén. Ese templo permanecerá durante todo el Milenio y será literalmente la casa de Dios, pues Jehová morará con Su pueblo durante mil años.

Durante el Milenio, el Templo de Salt Lake continuará funcionando, pero las capitales espirituales del mundo serán Jerusalén y la Nueva Jerusalén. Franklin D. Richards explica que la profecía se refiere tanto a Salt Lake como a la Nueva Jerusalén, o Sion:

Franklin D. Richards: Durante muchos años ha existido una «Casa del Señor» en Salt Lake City, en la cumbre de las montañas, y por más de treinta años personas de muchas naciones han estado diciendo: «Venid… y subamos al monte de Jehová».

Que habrá un lugar llamado Sion, desde el cual «saldrá la ley», distinto de Jerusalén, resulta evidente en las palabras de Isaías: «Cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte Sion y en Jerusalén».

¿Cómo pudo José Smith, hijo, organizar primero los medios para el cumplimiento parcial de esta profecía y dejar, al momento de su muerte, la autoridad y las instrucciones necesarias para completar su cumplimiento mediante la construcción de una gran ciudad que se llamaría Sion, en el estado de Misuri, la cual, en cumplimiento de la profecía, se convertirá en la capital de este hemisferio occidental, si no hubiera obtenido su conocimiento de todo este asunto mediante inspiración divina?

El profeta jaredita Éter, hace unos 2500 años, predijo «que se edificaría una Nueva Jerusalén sobre esta tierra —América— para la posteridad de José» (Éter 13:4, 6) (Franklin D. Richards y James A. Little, A Compendium of the Doctrines of the Gospel, pág. 106).


Isaías 2:2 — Todas las naciones acudirán al Señor
«Será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones».

La visión de Isaías se extiende más allá de Judá y Jerusalén para abarcar a toda la familia humana. La casa del Señor sería «exaltada», no solo por su posición simbólica, sino porque en ella se enseñaría una verdad y se conferiría una autoridad procedentes de Dios. Personas de diferentes pueblos, idiomas y culturas serían invitadas a acercarse al Señor y participar de las bendiciones del convenio. Esta profecía revela que la obra de salvación no está reservada para una sola nación: mediante Jesucristo, Dios procura bendecir y reunir a todos Sus hijos.
El verbo «correrán» comunica entusiasmo, decisión y movimiento espiritual. Las naciones no son presentadas como obligadas a acudir, sino como atraídas por la luz, la verdad y la paz que proceden de la casa de Jehová. Este movimiento comienza cuando una persona reconoce su necesidad de Dios, escucha el Evangelio y decide orientar su vida hacia Él. Acudir al templo representa elevarse por encima de los valores del mundo para recibir instrucción divina, efectuar ordenanzas y establecer una relación de convenio con el Salvador.
Doctrinalmente, este pasaje describe el recogimiento de Israel en los últimos días. Dicho recogimiento no consiste únicamente en trasladar personas a una región geográfica, sino principalmente en llevarlas a Jesucristo y a las ordenanzas de Su Evangelio. Cada persona que acepta al Salvador, recibe Sus convenios y persevera en ellos forma parte del cumplimiento de esta profecía. Así, el templo se convierte en un centro de reunión espiritual donde las diferencias nacionales no desaparecen, pero quedan unidas bajo una identidad superior: la de hijos de Dios y pueblo del convenio.

Karl D. Hirst: “Disfruto mucho de este simbolismo de las montañas como evidencia de la certeza del amor de Dios. Ese poderoso simbolismo se entreteje en los relatos de aquellos que acuden a los montes para recibir revelación y en la descripción de Isaías de que el ‘monte de la casa de Jehová’ está ‘[establecido] como cabeza de los montes’ (Isaías 2:2). La Casa del Señor es el hogar de nuestros convenios más preciados y un lugar para que todos nos apartemos y nos adentremos profundamente en la evidencia del amor de nuestro Padre por nosotros”. — (Karl D. Hirst, Setenta Autoridad General, conferencia general de octubre de 2024, “El favorito de Dios”)


Isaías 2:3 — El Señor enseña en Su casa
«Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará acerca de sus caminos».

La invitación «venid, y subamos» describe una decisión compartida de acercarse a Dios. El templo es una casa de instrucción divina donde los discípulos no buscan solamente aumentar sus conocimientos religiosos, sino aprender «los caminos» del Señor. Estos comprenden Su plan de salvación, la misión redentora de Jesucristo, las ordenanzas y los convenios, y la manera en que debemos vivir para regresar a Su presencia. En el templo, Dios no se limita a enseñarnos acerca de Él; nos enseña a llegar a ser más semejantes a Él.
La palabra «subamos» sugiere esfuerzo, preparación y progreso espiritual. Así como ascender un monte requiere dejar atrás el terreno inferior, acercarse al Señor exige elevar los pensamientos, abandonar el pecado y apartarse de las influencias que impiden escuchar Su voz. La adoración en el templo comienza antes de entrar en él: incluye preparar el corazón, vivir dignamente y acudir con humildad y disposición para recibir revelación. No basta con estar físicamente en un lugar sagrado; es necesario permitir que sus enseñanzas desciendan al corazón.
El versículo también emplea expresiones colectivas: «venid», «subamos» y «nos enseñará». Esto enseña que el templo desempeña una función central en el recogimiento y la unidad del pueblo de Dios. Allí, personas de diferentes orígenes reciben las mismas verdades, hacen convenios con el mismo Salvador y participan en una obra que une a las familias a través de las generaciones. Aprender los caminos del Señor implica finalmente andar por ellos; la verdadera instrucción del templo se manifiesta cuando regresamos al mundo con mayor fe, obediencia, pureza y disposición para servir.


En los días de Isaías, las naciones vecinas no sentían ningún interés particular por el Templo de Salomón, especialmente desde el punto de vista religioso. Su único interés se centraba en el dinero, el oro y los objetos valiosos (2 Reyes 14:13–14; 25:9). En general, los israelitas no eran un pueblo con una mentalidad misional. Habían comenzado a considerarse el único pueblo digno de la aprobación de Dios. Por lo tanto, resulta extraordinario que Isaías profetizara acerca de una época completamente diferente de la suya, cuando personas de todas las naciones se interesarían por el templo de Jehová. Esto significa que el pueblo del Señor y Sus templos alcanzarían renombre mundial. Toda la tierra respetaría a Sion y Jerusalén. Para Isaías, aquello ciertamente era algo nuevo. Pero en ese día «la gloria del Señor estará allí, y también estará allí el terror del Señor, de tal modo que los inicuos no llegarán a ella, y será llamada Sion… Y se dirá entre los inicuos: No subamos a combatir contra Sion, porque sus habitantes son terribles; por tanto, no podemos prevalecer» (Doctrina y Convenios 45:67, 70). ¡Qué diferente será cuando el templo goce de tal reputación mundial que «correrán a él todas las naciones» y «muchos pueblos» desearán aprender los caminos del Señor!

En nuestros días, Jerusalén es un lugar de grandes peregrinaciones religiosas. Judíos, cristianos y musulmanes han invertido dinero y tiempo para visitar sus lugares sagrados. Nada de lo que hemos visto hasta ahora podrá compararse con las peregrinaciones que se realizarán durante el Milenio. Jerusalén será un lugar seguro, completamente libre de ataques terroristas y violencia. Será hermosa, pacífica y gloriosa. Será la capital religiosa del mundo. En nuestros días, la religión causa divisiones. En aquel día, el gobierno del gran Jehová derribará las barreras, reprenderá la iniquidad y los diferentes grupos religiosos se unirán para adorar en la ciudad santa. Quienes deseen entrar en la casa de Dios deberán cumplir los requisitos establecidos por el Señor.

LeGrand Richards: Quienes servimos en misiones durante los primeros años sabemos que, literalmente, cada converso, en cuanto se unía a la Iglesia, deseaba vender todo lo que tenía y ahorrar su dinero —como observé en la pequeña Holanda, moneda por moneda— hasta reunir lo suficiente para venir a esta tierra, debido al poder de atracción de aquel templo, para aprender de Sus caminos y andar por Sus sendas («Prophets and Prophecy», Ensign, noviembre de 1975, págs. 51–52).


Howard W. Hunter: Seamos un pueblo que asiste al templo. Asistan al templo con tanta frecuencia como sus circunstancias personales lo permitan. Tengan en su hogar una fotografía de un templo donde sus hijos puedan verla. Enséñenles acerca de los propósitos de la casa del Señor. Ayúdenlos a planificar desde sus primeros años para ir allí y permanecer dignos de esa bendición.

…A medida que nos alejamos cada vez más del estilo de vida del mundo, la Iglesia se convierte aún más en el refugio acogedor para cientos de miles de personas que llegan cada año y dicen: «Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová» (Isaías 2:3) («Exceeding Great and Precious Promises», Ensign, noviembre de 1994, págs. 8–9).

F. Enzio Busche: Desde nuestra primera visita al templo hace treinta años, siempre hemos reverenciado y valorado el templo como un lugar sagrado, un lugar de aprendizaje y de servicio. Sin embargo, ahora, después de que se nos permitió concentrar nuestra mente y nuestro corazón durante dos años exclusivamente en los propósitos y la santidad de la casa del Señor, parece como si nuestra alma hubiera experimentado un nuevo despertar. Nuestro primer despertar ocurrió cuando el Evangelio de Jesucristo se manifestó ante nosotros mediante la iluminación del Espíritu Santo, dándonos entendimiento acerca de la fe, el arrepentimiento y el bautismo. Esta vez es como si se hubiera quitado un velo de nuestra mente espiritual y contempláramos el mismo Evangelio, pero con mayor claridad, colores más definidos y dimensiones adicionales de entendimiento.

…He llegado a tener la convicción de que el templo es la única «universidad» que permite a los hombres prepararse espiritualmente para graduarse a la vida eterna («University for Eternal Life», Ensign, mayo de 1989, pág. 71).


En este pasaje, «Sion» se refiere a la Nueva Jerusalén que será edificada en el condado de Jackson, Misuri: «Esta es la tierra prometida y el sitio para la ciudad de Sion» (Doctrina y Convenios 57:2). Cuando Cristo venga a reinar sobre la tierra, la administración política de Su reino procederá de esta Sion. La dirección eclesiástica durante el Milenio procederá de la antigua Jerusalén. Estas dos grandes ciudades serán las capitales del mundo durante el Milenio. En ambos lugares se construirán templos sobre las cumbres de colinas o montañas, en cumplimiento de la profecía de Isaías.

La Primera Presidencia

Él [Dios] reunirá a los nativos, los remanentes de José en América, y hará de ellos una nación grande, fuerte y poderosa; los civilizará y los iluminará, y establecerá entre ellos una ciudad santa, un templo y una sede de gobierno que se llamará Sion. Allí estarán Su tabernáculo, Su santuario, Su trono y la sede de gobierno para todo el continente de América del Norte y del Sur para siempre. En resumen, será para el hemisferio occidental lo que Jerusalén será para el oriental. Allí el Mesías los visitará personalmente; y los antiguos santos, quienes para entonces habrán resucitado de entre los muertos, estarán con Él. Él establecerá Su reino y Sus leyes sobre toda la tierra… La ciudad de Sion, con su santuario, su sacerdocio y la gloriosa plenitud del Evangelio, constituirá un estandarte que pondrá fin a los credos enfrentados y a las disputas políticas, al unir a las repúblicas, estados, provincias, territorios, naciones, tribus, familias, lenguas, pueblos y sectas de América del Norte y del Sur en un grandioso vínculo común de hermandad… ¡Estadounidenses! Esta obra poderosa y extraña ha comenzado entre ustedes y debe continuar avanzando hasta alcanzar su cumplimiento [publicado originalmente el 6 de abril de 1845] (Messages of the First Presidency, tomo I, págs. 239–261).

Harold B. Lee: Con la llegada de los pioneros para establecer la Iglesia en las cumbres de las montañas, nuestros primeros líderes declararon que aquello constituía el comienzo del cumplimiento de esa profecía (2 Nefi 12:3)… Hace años fui con las Autoridades Generales a la dedicación del Templo de Idaho Falls, y escuché en aquella oración inspirada de la Primera Presidencia una definición del significado de la expresión «de Sion saldrá la ley». Presten atención a lo que dijeron: «Te damos gracias porque nos has revelado que quienes nos proporcionaron nuestra forma constitucional de gobierno fueron hombres sabios ante Tus ojos, y que Tú los levantaste precisamente con el propósito de proclamar aquel documento sagrado… Rogamos que los reyes, los gobernantes y los pueblos de todas las naciones debajo del cielo puedan ser persuadidos de las bendiciones que disfruta el pueblo de esta tierra gracias a su libertad y, bajo Tu dirección, se sientan impulsados a adoptar sistemas de gobierno semejantes, cumpliendo así la antigua profecía de Isaías y Miqueas de que “de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”» (Improvement Era, octubre de 1945, pág. 564).

Joseph Fielding Smith: «SION: LA TIERRA DE JOSÉ. En la Biblia existen muchas referencias a Sion como una tierra o un lugar separado y distinto de Jerusalén. Dos de estos pasajes se encuentran en el capítulo 2 de Isaías y en el capítulo 4 de Miqueas. Sería insensato afirmar que esas referencias a Sion se refieren a la colina de Jerusalén donde vivió David.

…Este continente occidental es conocido como la tierra de José y también es designado como la tierra de Sion. La ciudad santa que será edificada sobre esta tierra algunas veces recibe el nombre de Ciudad de Sion. Debemos tener presente que estas expresiones —Ciudad de Sion y Nueva Jerusalén— se refieren al mismo lugar santificado desde el cual saldrá la ley, junto con la palabra del Señor desde Jerusalén.

…Palestina será el lugar de recogimiento de la tribu de Judá y “los hijos de Israel, sus compañeros”, después de la prolongada dispersión predicha por los profetas. América es la tierra de Sion. Fue dada a José, hijo de Jacob, y a sus descendientes como herencia perpetua. Los hijos de Efraín —hijo de José— y “toda la casa de Israel, sus compañeros” serán recogidos en Sion, es decir, en América.

…En cada tierra se edificará una ciudad santa que será la capital desde la cual la ley y la palabra del Señor saldrán hacia todos los pueblos. El Salvador dijo a los nefitas: “He aquí, estableceré a este pueblo en esta tierra, para el cumplimiento del convenio que hice con vuestro padre Jacob; y será una Nueva Jerusalén. Y los poderes del cielo estarán entre este pueblo; sí, yo mismo estaré en medio de vosotros” (3 Nefi 20:22).

Moroni, al escribir acerca de los jareditas, dijo: “He aquí, Éter vio los días de Cristo, y habló concerniente a una Nueva Jerusalén sobre esta tierra. Y habló también concerniente a la casa de Israel y la Jerusalén de donde Lehi habría de venir —que después de ser destruida sería reconstruida— una ciudad santa para el Señor; por tanto, no podría ser una Nueva Jerusalén, porque ya había existido en la antigüedad; pero sería reconstruida y llegaría a ser una ciudad santa del Señor; y sería edificada para la casa de Israel” (Éter 13:4–5)…

SION Y JERUSALÉN: DOS CAPITALES MUNDIALES. Cuando José Smith tradujo el Libro de Mormón, supo que América es la tierra de Sion que fue entregada a José y a sus hijos, y que sobre esta tierra será edificada la Ciudad de Sion, o Nueva Jerusalén. También supo que Jerusalén, en Palestina, será reconstruida y se convertirá en una ciudad santa. Estas dos ciudades, una en la tierra de Sion y otra en Palestina, se convertirán en las capitales del reino de Dios durante el Milenio…

TEMPLOS EN SION Y JERUSALÉN. “Y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito, de Su resurrección de entre los muertos, sí, y también de la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra en un lugar que yo prepararé, una Ciudad Santa, a fin de que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sion, una Nueva Jerusalén.

“Y el Señor dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre su cuello, y ellos se echarán sobre el nuestro, y nos besaremos unos a otros; y allí será mi morada, y será Sion, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará” (Moisés 7:62–64).

Cuando Cristo venga en cumplimiento de esta promesa, habrá sobre la tierra dos grandes ciudades santificadas con santuarios o templos santos. Una será la ciudad de Jerusalén, en la tierra de Judá, que será reconstruida; la otra será la ciudad de Sion, o Nueva Jerusalén, en la tierra de José» (Doctrines of Salvation, tomo III, págs. 66–72).

Spencer W. Kimball: En nuestra propia época hemos contemplado los acontecimientos políticos que prepararon el camino para el recogimiento de Judá en la antigua Jerusalén, la tierra de su herencia. Nuestra historia relativamente reciente también ha revelado la preparación de la tierra de las Américas para la restauración del Evangelio por medio del profeta José Smith; y hemos presenciado gran parte del recogimiento de los remanentes de José en la tierra de la Nueva Jerusalén y el injerto de las ramas naturales de Israel en el nuevo árbol del Evangelio restaurado. Nosotros mismos somos testigos del cumplimiento de las palabras del gran profeta Isaías (cita Isaías 2:2–3).

Y aunque solo hemos visto el comienzo, la obra de llevar nuevamente a Israel a Sion se extenderá hasta los lugares más remotos de la tierra. A este respecto, recuerdo las palabras del profeta Habacuc: «Porque haré una obra en vuestros días que no creeréis, aunque se os cuente» (Habacuc 1:5) («Our Paths Have Met Again», Ensign, diciembre de 1975, pág. 4).


Isaías 2:3 — Aprender debe conducir a caminar
«Y caminaremos por sus sendas».

Después de expresar el deseo de recibir enseñanza en la casa de Jehová, el pueblo declara su determinación de vivir de acuerdo con ella. En las Escrituras, «caminar» representa la dirección constante que damos a nuestra vida. Por eso, la enseñanza divina no alcanza plenamente su propósito cuando solo aumenta nuestro conocimiento; debe transformar nuestras decisiones, prioridades y relaciones. La revelación adquiere verdadero poder cuando se convierte en obediencia, servicio, rectitud y perseverancia.
La expresión «sus sendas» recuerda que Dios determina el camino y que el discípulo decide seguirlo. No acudimos al Señor para que confirme todos nuestros deseos, sino para conocer Su voluntad y ajustar nuestra vida a ella. Los convenios del templo trazan una senda de regreso a Su presencia y nos invitan a caminar con fidelidad incluso cuando el camino exige sacrificio. Cada acto de obediencia demuestra que confiamos en la sabiduría divina más que en nuestra comprensión limitada.
El discipulado es un proceso continuo y no un solo momento de entusiasmo espiritual. Jesucristo no solo enseña el destino final, sino que Él mismo declaró ser «el camino». Caminar por Sus sendas significa arrepentirnos cuando nos desviamos, renovar nuestros convenios y modelar diariamente nuestro carácter de acuerdo con Su ejemplo. Así, lo aprendido en el templo se manifiesta en el hogar, el trabajo, la Iglesia y la comunidad mediante una vida más semejante a la del Salvador.


Isaías 2:3 — La ley y la palabra del Señor
«Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová».

Isaías presenta a Sion y Jerusalén como centros espirituales desde los cuales la verdad divina llegará a todas las naciones. La «ley» no se limita a un conjunto de normas, sino que comprende la doctrina, los convenios, la autoridad y el orden mediante los cuales Dios gobierna y santifica a Su pueblo. La «palabra de Jehová» representa la revelación que procede de Él y proporciona dirección en medio de la confusión. El paralelismo entre Sion y Jerusalén también muestra que ambas participan en el propósito universal de preparar al mundo para recibir al Señor.
Doctrinalmente, esta profecía se relaciona con la restauración del Evangelio, el recogimiento de Israel y la edificación de Sion en los últimos días. La ley que sale de Sion invita a las personas a establecer comunidades fundadas en la justicia, la unidad y los convenios, mientras que la palabra que sale de Jerusalén testifica del Dios de Israel y del Mesías. Su cumplimiento puede contemplar tanto la obra espiritual que ya se realiza como el futuro reinado de Jesucristo, cuando Él enseñará y gobernará a las naciones con perfecta justicia.
El versículo enseña que la paz duradera no puede establecerse únicamente mediante leyes civiles, acuerdos políticos o sabiduría humana. Tales recursos tienen valor, pero no pueden transformar por sí solos el corazón. Para abandonar la violencia y vivir en verdadera unidad, las naciones necesitarán recibir la palabra del Señor y permitir que Su ley gobierne sus decisiones. Esa preparación comienza individualmente: cada discípulo contribuye a edificar Sion cuando recibe la palabra de Cristo, la vive y permite que se extienda mediante su ejemplo.


En este pasaje, «Sion» se refiere a la Nueva Jerusalén que será edificada en el condado de Jackson, Misuri: «Esta es la tierra prometida y el sitio para la ciudad de Sion» (Doctrina y Convenios 57:2). Cuando Cristo venga a reinar sobre la tierra, la administración política de Su reino procederá de esta Sion. La dirección eclesiástica durante el Milenio procederá de la antigua Jerusalén. Estas dos grandes ciudades serán las capitales del mundo durante el Milenio. En ambos lugares se construirán templos sobre las cumbres de colinas o montañas, en cumplimiento de la profecía de Isaías.

La Primera Presidencia

Él [Dios] reunirá a los nativos, los remanentes de José en América, y hará de ellos una nación grande, fuerte y poderosa; los civilizará y los iluminará, y establecerá entre ellos una ciudad santa, un templo y una sede de gobierno que se llamará Sion. Allí estarán Su tabernáculo, Su santuario, Su trono y la sede de gobierno para todo el continente de América del Norte y del Sur para siempre. En resumen, será para el hemisferio occidental lo que Jerusalén será para el oriental. Allí el Mesías los visitará personalmente; y los antiguos santos, quienes para entonces habrán resucitado de entre los muertos, estarán con Él. Él establecerá Su reino y Sus leyes sobre toda la tierra… La ciudad de Sion, con su santuario, su sacerdocio y la gloriosa plenitud del Evangelio, constituirá un estandarte que pondrá fin a los credos enfrentados y a las disputas políticas, al unir a las repúblicas, estados, provincias, territorios, naciones, tribus, familias, lenguas, pueblos y sectas de América del Norte y del Sur en un grandioso vínculo común de hermandad… ¡Estadounidenses! Esta obra poderosa y extraña ha comenzado entre ustedes y debe continuar avanzando hasta alcanzar su cumplimiento [publicado originalmente el 6 de abril de 1845] (Messages of the First Presidency, tomo I, págs. 239–261).

Harold B. Lee: Con la llegada de los pioneros para establecer la Iglesia en las cumbres de las montañas, nuestros primeros líderes declararon que aquello constituía el comienzo del cumplimiento de esa profecía (2 Nefi 12:3)… Hace años fui con las Autoridades Generales a la dedicación del Templo de Idaho Falls, y escuché en aquella oración inspirada de la Primera Presidencia una definición del significado de la expresión «de Sion saldrá la ley». Presten atención a lo que dijeron: «Te damos gracias porque nos has revelado que quienes nos proporcionaron nuestra forma constitucional de gobierno fueron hombres sabios ante Tus ojos, y que Tú los levantaste precisamente con el propósito de proclamar aquel documento sagrado… Rogamos que los reyes, los gobernantes y los pueblos de todas las naciones debajo del cielo puedan ser persuadidos de las bendiciones que disfruta el pueblo de esta tierra gracias a su libertad y, bajo Tu dirección, se sientan impulsados a adoptar sistemas de gobierno semejantes, cumpliendo así la antigua profecía de Isaías y Miqueas de que “de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”» (Improvement Era, octubre de 1945, pág. 564).

Joseph Fielding Smith: «SION: LA TIERRA DE JOSÉ. En la Biblia existen muchas referencias a Sion como una tierra o un lugar separado y distinto de Jerusalén. Dos de estos pasajes se encuentran en el capítulo 2 de Isaías y en el capítulo 4 de Miqueas. Sería insensato afirmar que esas referencias a Sion se refieren a la colina de Jerusalén donde vivió David.

…Este continente occidental es conocido como la tierra de José y también es designado como la tierra de Sion. La ciudad santa que será edificada sobre esta tierra algunas veces recibe el nombre de Ciudad de Sion. Debemos tener presente que estas expresiones —Ciudad de Sion y Nueva Jerusalén— se refieren al mismo lugar santificado desde el cual saldrá la ley, junto con la palabra del Señor desde Jerusalén.

…Palestina será el lugar de recogimiento de la tribu de Judá y “los hijos de Israel, sus compañeros”, después de la prolongada dispersión predicha por los profetas. América es la tierra de Sion. Fue dada a José, hijo de Jacob, y a sus descendientes como herencia perpetua. Los hijos de Efraín —hijo de José— y “toda la casa de Israel, sus compañeros” serán recogidos en Sion, es decir, en América.

…En cada tierra se edificará una ciudad santa que será la capital desde la cual la ley y la palabra del Señor saldrán hacia todos los pueblos. El Salvador dijo a los nefitas: “He aquí, estableceré a este pueblo en esta tierra, para el cumplimiento del convenio que hice con vuestro padre Jacob; y será una Nueva Jerusalén. Y los poderes del cielo estarán entre este pueblo; sí, yo mismo estaré en medio de vosotros” (3 Nefi 20:22).

Moroni, al escribir acerca de los jareditas, dijo: “He aquí, Éter vio los días de Cristo, y habló concerniente a una Nueva Jerusalén sobre esta tierra. Y habló también concerniente a la casa de Israel y la Jerusalén de donde Lehi habría de venir —que después de ser destruida sería reconstruida— una ciudad santa para el Señor; por tanto, no podría ser una Nueva Jerusalén, porque ya había existido en la antigüedad; pero sería reconstruida y llegaría a ser una ciudad santa del Señor; y sería edificada para la casa de Israel” (Éter 13:4–5)…

SION Y JERUSALÉN: DOS CAPITALES MUNDIALES. Cuando José Smith tradujo el Libro de Mormón, supo que América es la tierra de Sion que fue entregada a José y a sus hijos, y que sobre esta tierra será edificada la Ciudad de Sion, o Nueva Jerusalén. También supo que Jerusalén, en Palestina, será reconstruida y se convertirá en una ciudad santa. Estas dos ciudades, una en la tierra de Sion y otra en Palestina, se convertirán en las capitales del reino de Dios durante el Milenio…

TEMPLOS EN SION Y JERUSALÉN. “Y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito, de Su resurrección de entre los muertos, sí, y también de la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra en un lugar que yo prepararé, una Ciudad Santa, a fin de que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sion, una Nueva Jerusalén.

»“Y el Señor dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre su cuello, y ellos se echarán sobre el nuestro, y nos besaremos unos a otros; y allí será mi morada, y será Sion, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará” (Moisés 7:62–64).

Cuando Cristo venga en cumplimiento de esta promesa, habrá sobre la tierra dos grandes ciudades santificadas con santuarios o templos santos. Una será la ciudad de Jerusalén, en la tierra de Judá, que será reconstruida; la otra será la ciudad de Sion, o Nueva Jerusalén, en la tierra de José» (Doctrines of Salvation, tomo III, págs. 66–72).

Spencer W. Kimball: En nuestra propia época hemos contemplado los acontecimientos políticos que prepararon el camino para el recogimiento de Judá en la antigua Jerusalén, la tierra de su herencia. Nuestra historia relativamente reciente también ha revelado la preparación de la tierra de las Américas para la restauración del Evangelio por medio del profeta José Smith; y hemos presenciado gran parte del recogimiento de los remanentes de José en la tierra de la Nueva Jerusalén y el injerto de las ramas naturales de Israel en el nuevo árbol del Evangelio restaurado. Nosotros mismos somos testigos del cumplimiento de las palabras del gran profeta Isaías (cita Isaías 2:2–3).

Y aunque solo hemos visto el comienzo, la obra de llevar nuevamente a Israel a Sion se extenderá hasta los lugares más remotos de la tierra. A este respecto, recuerdo las palabras del profeta Habacuc: «Porque haré una obra en vuestros días que no creeréis, aunque se os cuente» (Habacuc 1:5) («Our Paths Have Met Again», Ensign, diciembre de 1975, pág. 4).


Isaías 2:4 — Jesucristo establecerá justicia
«Y juzgará entre las naciones y reprenderá a muchos pueblos».

Isaías enseña que la paz prometida para el Milenio estará fundamentada en el gobierno justo de Jesucristo. A diferencia de los jueces humanos, cuyo conocimiento es limitado y puede verse afectado por intereses o prejuicios, el Salvador conoce perfectamente los pensamientos, las obras, las intenciones y las circunstancias de cada persona. Por ello, Sus juicios son verdaderos, misericordiosos e imparciales. Cristo no establecerá la paz ignorando el mal, sino corrigiendo la injusticia y poniendo todas las cosas en su debido orden.
La palabra «reprenderá» también puede expresar la idea de corregir, arbitrar o resolver disputas. Durante Su reinado, las naciones dejarán de depender exclusivamente de la fuerza, la ambición y sus propios intereses para solucionar los conflictos. Al reconocer la autoridad y la sabiduría del Rey de reyes, aceptarán una norma de justicia superior. La paz será posible porque los pueblos estarán dispuestos a recibir Su corrección y someter sus decisiones a la verdad divina.
Este principio también tiene una aplicación personal en el presente. Jesucristo puede establecer paz en nuestra vida cuando le permitimos juzgar entre nuestros deseos, corregir nuestras actitudes y enseñarnos a resolver los conflictos según Sus caminos. Aceptar Su reprensión requiere humildad, arrepentimiento y confianza en que Él comprende lo que nosotros no vemos. La preparación para Su futuro reinado comienza cuando elegimos hoy al Salvador como nuestro Juez, Legislador y Rey.


Cuando el Salvador venga nuevamente, los justos serán recompensados y los inicuos serán castigados. Isaías profetizó en otro pasaje: «Sino que juzgará con justicia a los pobres y resolverá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de Su boca, y con el espíritu de Sus labios matará al malvado» (Isaías 11:4). El juicio sobre los inicuos adoptará más de una forma y se llevará a cabo mediante guerras, destrucciones, terremotos, hambrunas y otros acontecimientos. Las Escrituras se refieren a esto como la destrucción de Babilonia, el fin del mundo o la destrucción de los inicuos. Sin embargo, este versículo también parece aplicarse a los acontecimientos posteriores a la destrucción de los inicuos. Pero ¿por qué necesitarían las personas ser reprendidas después de la Segunda Venida?

Una idea equivocada muy común consiste en creer que todo será perfecto tan pronto como venga el Señor. La verdad es que, fuera de Sion y Jerusalén, todavía habrá muchas personas que no creerán. No todos se unirán inmediatamente a la Iglesia. Otros cometerán pecados, aun sin las tentaciones de Satanás. La gloria y el orden de Sion no prevalecerán inmediatamente sobre toda la tierra. Las naciones paganas necesitarán dirección, y esa dirección procederá de Sion y Jerusalén. «Entonces viene el día en que el brazo del Señor será revelado con poder para convencer a las naciones, a las naciones paganas, a la casa de José, del Evangelio de su salvación. Porque acontecerá en aquel día que todo hombre oirá la plenitud del Evangelio en su propia lengua y en su propio idioma, por medio de aquellos que sean ordenados para ejercer este poder» (Doctrina y Convenios 90:10–11). Quienes rechacen al Señor y a Sus mensajeros durante el Milenio serán juzgados y reprendidos de acuerdo con la palabra de Isaías.

José Smith: Habrá hombres inicuos sobre la tierra durante los mil años. Las naciones paganas que no suban a adorar serán visitadas con los juicios de Dios y, finalmente, tendrán que ser destruidas de la tierra (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 268).

Bruce R. McConkie: Sin embargo, el profeta José Smith dijo: «Habrá hombres inicuos sobre la tierra durante los mil años. Las naciones paganas que no suban a adorar serán visitadas con los juicios de Dios y, finalmente, tendrán que ser destruidas de la tierra» (Enseñanzas, págs. 268–269). Considerados en conjunto, estos conceptos significan que cesará la iniquidad de naturaleza telestial, la iniquidad que consiste en vivir conforme a las costumbres del mundo y aquella que es carnal, sensual y diabólica por naturaleza. Quienes vivan de ese modo serán destruidos. Ellos son la cizaña de la tierra.

Pero la iniquidad es una cuestión de grados; incluso aquellos que son rectos y decentes según las normas del mundo, pero que rechazan el Evangelio y no adoran al Dios verdadero, son considerados inicuos según las normas del Evangelio. Se encuentran «bajo la servidumbre del pecado». No aceptan el mensaje de la Restauración ni reciben la remisión de sus pecados en las aguas del bautismo. «Y por esto podréis distinguir a los justos de los malvados, y que el mundo entero gime bajo el pecado y las tinieblas aun ahora» (Doctrina y Convenios 84:49–53). Por consiguiente, la palabra divina, tal como fue expresada por Zacarías, declara que «acontecerá» en el día milenario que todos los que queden de las naciones que fueron contra Jerusalén subirán de año en año para adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y para celebrar la fiesta de los tabernáculos. Y acontecerá que sobre aquellos de las familias de la tierra que no suban a Jerusalén para adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, no habrá lluvia. Y si la familia de Egipto no sube ni viene, no recibirá lluvia; sino que vendrá la plaga con la cual Jehová herirá a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de los tabernáculos. Este será el castigo de Egipto y el castigo de todas las naciones que no suban a celebrar la fiesta de los tabernáculos (Zacarías 14:16–19). Por consiguiente, habrá muchas iglesias sobre la tierra cuando comience el Milenio. La adoración falsa continuará entre aquellos cuyos deseos son buenos, «que son hombres honorables de la tierra», pero que han sido «cegados por las artimañas de los hombres» (Doctrina y Convenios 76:75). Las plagas permanecerán sobre ellos hasta que se arrepientan y crean en el Evangelio o sean destruidos, tal como dijo el Profeta. De ello se desprende que la obra misional continuará durante el Milenio hasta que todos los que permanezcan sean convertidos. Entonces «la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Isaías 11:9) (The Millennial Messiah, págs. 651–652).


Isaías 2:4 — La paz del Milenio
«Y forjarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces».

Isaías describe la paz milenaria mediante una transformación extraordinaria: los instrumentos creados para destruir serán convertidos en herramientas destinadas a cultivar la tierra y sostener la vida. Las espadas y las lanzas representan la violencia, el temor y la competencia entre los pueblos; las rejas de arado y las hoces simbolizan el trabajo productivo, la cooperación y la abundancia. La profecía anuncia, por tanto, mucho más que una interrupción temporal de las guerras: revela una transformación profunda de los deseos, las prioridades y las relaciones humanas bajo el reinado de Jesucristo.
Esta paz será posible porque las naciones aceptarán la enseñanza y la justicia del Salvador. Cuando Cristo gobierne, los recursos, las capacidades y el conocimiento que antes se utilizaban para dominar o destruir serán orientados hacia el bienestar de la familia humana. La paz del Milenio no dependerá únicamente de tratados políticos ni del equilibrio entre fuerzas militares, sino de corazones que hayan aprendido los caminos del Señor. Al desaparecer la enemistad interior, también perderán su propósito los instrumentos exteriores de guerra.
El cumplimiento pleno de esta profecía será futuro, pero su espíritu puede comenzar a vivirse ahora. Cada vez que permitimos que Cristo transforme el resentimiento en perdón, la rivalidad en cooperación, las palabras hirientes en palabras que edifican y el deseo de vencer en la disposición de reconciliarnos, convertimos simbólicamente nuestras espadas en herramientas de paz. Prepararnos para el reinado milenario significa permitir que el Príncipe de Paz gobierne primero nuestro corazón, nuestro hogar y nuestras relaciones.


Isaías es un profeta del Milenio. Con frecuencia profetiza acerca del grandioso y pacífico estado que existirá durante esa época. Después de que el Señor venga para destruir a los inicuos y pelear las batallas de Israel, la paz será establecida sobre la tierra. No habrá más guerras durante mil años, «ni se adiestrarán más para la guerra». Esto contrasta notablemente con las guerras que precederán directamente a la Segunda Venida. Durante ese período, como explica el profeta Joel, los gentiles harán precisamente lo contrario: convertirán sus rejas de arado en espadas como preparación para la batalla venidera: «Proclamad guerra, despertad a los valientes; acérquense y suban todos los hombres de guerra. Forjad espadas de vuestras rejas de arado y lanzas de vuestras hoces; diga el débil: Fuerte soy» (Joel 3:9–10).

Una de las tragedias de la guerra, además de la pérdida de vidas humanas, es el extraordinario desperdicio de recursos. Podríamos preguntarnos: «¿Qué sucedería si tomáramos todo el dinero utilizado para fabricar espadas y lo empleáramos para fabricar rejas de arado?».

«Cada arma fabricada, cada barco de guerra botado y cada cohete disparado significan, en última instancia, un robo cometido contra aquellos que tienen hambre y no reciben alimento, y contra aquellos que tienen frío y no reciben abrigo.

»Este mundo armado no está gastando únicamente dinero: está gastando el sudor de sus trabajadores, el talento de sus científicos y las esperanzas de sus hijos… Esto no constituye, en ningún sentido verdadero, una forma de vida. Bajo la nube de una guerra amenazante, la humanidad se encuentra suspendida de una cruz de hierro» (Dwight D. Eisenhower, Peace With Justice: Selected Addresses of Dwight D. Eisenhower, Nueva York: Columbia University Press, 1961, págs. 37–38).

«Denme el dinero que se ha gastado en las guerras, y vestiré a cada hombre, mujer y niño con ropas de las que se sentirían orgullosos reyes y reinas. Edificaré una escuela en cada valle de toda la tierra. Coronaré cada colina con un lugar de adoración consagrado al Evangelio de paz» (Charles Sumner, citado por Gordon B. Hinckley, Ensign, marzo de 1971, pág. 20).

Dallin H. Oaks: Muchas personas encuentran consuelo en la profecía del Antiguo Testamento según la cual las naciones «convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces» (Miqueas 4:3). Sin embargo, esta profecía se aplica únicamente al período de paz que seguirá al momento en que el Dios de Jacob «nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas» (Miqueas 4:2).

Por ahora tenemos guerras y conflictos, y en todas partes estos tienen sus raíces en la desobediencia a los mandamientos de Dios («World Peace», Ensign, mayo de 1990, pág. 72).


Isaías 2:4 — El fin de la guerra
«No alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra».

Isaías anuncia una paz que será mucho más que una pausa temporal entre conflictos. Durante el reinado milenario de Jesucristo, las naciones no levantarán armas unas contra otras ni prepararán generaciones para combatir y destruir. La expresión «no se adiestrarán más para la guerra» indica que la violencia dejará de considerarse una herramienta necesaria para resolver disputas. Los esfuerzos, conocimientos y recursos antes dedicados al enfrentamiento podrán orientarse hacia la vida, el servicio y el bienestar común.
Esta paz universal estará unida al gobierno justo del Salvador. Cristo juzgará con conocimiento perfecto, corregirá las injusticias y enseñará Sus caminos a los pueblos. Cuando Su ley sea recibida y escrita en los corazones, comenzarán a desaparecer las raíces espirituales de la guerra: el orgullo, la codicia, el odio, el temor y el deseo de dominación. El Milenio demostrará que la paz verdadera no depende solamente de controlar las armas, sino de transformar a las personas mediante la verdad, la justicia y el poder redentor de Jesucristo.
Aunque el cumplimiento completo de esta profecía pertenece al futuro, sus principios pueden regir nuestra vida desde ahora. Cada discípulo puede dejar de «adiestrarse para la guerra» al rechazar hábitos de confrontación, palabras agresivas y actitudes que convierten a los demás en enemigos. Cuando buscamos comprender antes que vencer, perdonamos en lugar de vengarnos y seguimos al Príncipe de Paz, comenzamos a prepararnos para Su reino y a establecer una porción de la paz milenaria en nuestros hogares y comunidades.


Isaías 2:5 — Caminar a la luz de Jehová
«Venid, oh casa de Jacob, y caminemos a la luz de Jehová».

Después de contemplar la futura gloria de Sion y la paz del Milenio, Isaías dirige la atención de su pueblo al presente. La profecía no fue dada únicamente para informar lo que Dios hará en el futuro, sino para transformar la manera en que Sus hijos viven ahora. La expresión «venid» es una invitación afectuosa y colectiva: nadie necesita esperar hasta la Segunda Venida para comenzar a vivir conforme a los principios del reino de Dios. La preparación para ese día empieza al escoger hoy los caminos del Señor.
La luz de Jehová representa Su verdad, revelación, pureza y dirección espiritual. Jesucristo es la Luz del Mundo porque revela el carácter del Padre, muestra el camino de regreso a Su presencia y disipa las tinieblas del pecado y del error. Caminar en Su luz significa algo más que admirar Sus enseñanzas: implica aceptarlas, obedecerlas y permitir que iluminen cada decisión. La luz recibida demanda movimiento; cuando el Señor revela el siguiente paso, el discípulo demuestra su fe avanzando en esa dirección.
El verbo «caminemos» también enseña que el discipulado es continuo y comunitario. No se trata de un acto aislado de fe, sino de una manera perseverante de vivir, arrepentirse y progresar junto con el pueblo del convenio. En ocasiones, la luz no mostrará todo el trayecto, pero siempre proporcionará claridad suficiente para dar el próximo paso. Al estudiar la palabra de Dios, guardar los convenios y seguir la inspiración del Espíritu Santo, aprendemos a caminar con Cristo y nos convertimos también en una luz que ayuda a otros a acercarse a Él.


Mary Ellen Smoot: Siempre me ha gustado recibir invitaciones. ¿Y a ustedes? ¿Les agrada imaginar que algún día serán invitados a algo grandioso, a algún acontecimiento que reconocerá su importancia y su valor inconmensurable? La expectativa produce, al menos, tanta alegría como el acontecimiento mismo…

Esta noche, la Presidencia General de la Sociedad de Socorro desea extender una invitación a cada una de ustedes: «Venid, y caminemos a la luz de Jehová» (Isaías 2:5). Por favor, decidan responder afirmativamente a la invitación.

Isaías vio a muchas personas subir a la casa del Señor, aprender los caminos de Dios y vivir pacíficamente unas con otras. Él deseaba que todos participaran. Por eso los invitó, tal como nosotros las invitamos ahora: «Venid, y caminemos a la luz de Jehová» (Isaías 2:5)…

Consideremos por un momento lo que significa caminar a la luz del Señor. En primer lugar, tendremos luz: luz en nuestro semblante, luz en nuestra perspectiva y luz aun cuando las tinieblas nos rodeen. También significa que caminaremos con propósito y dirección…

Por lo tanto, si deseamos caminar a la luz del Señor, colocamos un pie espiritual delante del otro. Seguimos el camino de preparación espiritual tal como se encuentra establecido en las Escrituras y por nuestros profetas vivientes (Ensign, noviembre de 1998, pág. 89).

David A. Bednar: “A medida que procuren y apliquen de manera apropiada el espíritu de revelación, les prometo que “camin[arán] a la luz de Jehová” (Isaías 2:5; 2 Nefi 12:5). A veces el espíritu de revelación actuará de manera inmediata e intensa; otras, de manera sutil y gradual, y con frecuencia de forma tan delicada que tal vez no lo reconozcamos conscientemente; pero sin importar el modelo mediante el cual se reciba esa bendición, la luz que proporciona iluminará y ensanchará su alma, iluminará su entendimiento (véase Alma 5:7; 32:28), y los dirigirá y los protegerá a ustedes y a su familia”. — (David A. Bednar del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de abril de 2011, “El espíritu de revelación”)


Isaías 2:7–8 — Riqueza, poder e idolatría
«Su tierra está llena de plata y de oro; sus tesoros no tienen fin […]. Además, su tierra está llena de ídolos».

Isaías describe una sociedad llena de riquezas, caballos, carros e ídolos. La repetición de «está llena» revela una paradoja espiritual: Judá poseía abundancia material, pero carecía de confianza en Dios. La plata y el oro simbolizaban seguridad económica, mientras que los caballos y los carros representaban poder militar. Ninguna de estas cosas era necesariamente mala; el problema surgió cuando el pueblo comenzó a depender de ellas como fuentes supremas de protección, identidad y bienestar, olvidando que toda bendición procedía de Jehová.
La idolatría consiste en conceder a una cosa creada el lugar que corresponde al Creador. En tiempos de Isaías se manifestaba mediante imágenes fabricadas por manos humanas; en la actualidad puede adoptar formas menos visibles, como la obsesión por el dinero, la posición social, la apariencia, el poder, la tecnología o la aprobación ajena. Algo se convierte en ídolo cuando domina nuestros pensamientos, determina nuestro valor personal o exige la lealtad, el tiempo y los sacrificios que deberían pertenecer a Dios.
Este pasaje no condena la prosperidad, sino la autosuficiencia orgullosa que puede acompañarla. Los recursos materiales pueden convertirse en instrumentos de servicio y bendición cuando son administrados con gratitud y generosidad; pero pueden alejarnos del Señor cuando depositamos en ellos nuestra confianza. La pregunta doctrinal no es solamente cuánto poseemos, sino qué posee nuestro corazón. El discípulo de Cristo reconoce que los bienes son temporales, los utiliza para hacer el bien y reserva su adoración, confianza y lealtad supremas para Dios.


La nota al pie de 2 Nefi 12:2 declara: «Una comparación con la Biblia del rey Santiago en inglés demuestra que existen diferencias en más de la mitad de los 433 versículos de Isaías citados en el Libro de Mormón, mientras que aproximadamente 200 versículos tienen la misma redacción que dicha versión». Este versículo es un buen ejemplo de cómo los cambios realizados en la versión del Libro de Mormón proporcionan mayor claridad. En la versión de Isaías, este pasaje dice: «Y se inclina el hombre común, y el hombre grande se humilla; por tanto, no los perdones». El pasaje del Libro de Mormón tiene mucho más sentido al describir a los hombres orgullosos y altivos de los últimos días, quienes serán abatidos por el poder del Señor: «Y el hombre común no se inclina, ni se humilla el grande; por tanto, no lo perdones». El Señor los humillará porque ellos se negaron a humillarse. Esta doctrina constituye el tema principal de los trece versículos siguientes.


Isaías 2:11–12 — La caída del orgullo
«La soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día».

Isaías contempla «el día de Jehová» como el momento en que toda falsa grandeza humana quedará expuesta. El orgullo lleva a las personas a atribuirse la gloria, confiar exclusivamente en su propia capacidad y vivir como si no necesitaran a Dios. También dificulta el arrepentimiento porque rechaza la corrección y procura justificar el pecado. Cuando el Señor manifieste Su gloria y poder, las riquezas, los títulos y las obras humanas perderán la importancia que el mundo les había concedido, y solo Él será reconocido como supremo.
Doctrinalmente, el orgullo es más que una opinión elevada de uno mismo: es una disposición a colocar la voluntad personal por encima de la voluntad de Dios. Puede manifestarse tanto en la arrogancia como en la resistencia silenciosa a recibir consejo, perdonar o reconocer una equivocación. La humillación anunciada por Isaías no significa que Dios disfrute degradando a Sus hijos; significa que la verdad derribará las ilusiones sobre las cuales habían construido su seguridad. Todo aquello que compite con Dios por nuestra confianza finalmente demostrará su fragilidad.
La humildad cristiana no consiste en negar nuestros talentos, despreciar nuestro valor ni fingir incapacidad, sino en reconocer que nuestros dones proceden de Dios y deben utilizarse para Su gloria y el servicio al prójimo. Jesucristo es el modelo perfecto de poder unido a humildad. Quien se humilla voluntariamente, acepta la corrección y somete su voluntad al Señor permite que Él lo eleve espiritualmente. De ese modo, no necesita ser humillado por las consecuencias dolorosas del orgullo.


Henry B. Eyring: Este versículo describe el día en que vendrá el Salvador, un día que todos aguardamos y para el cual deseamos preparar a nuestros alumnos. Este pasaje enseña que, en aquel día, todos los que pensábamos que éramos especiales y maravillosos pareceremos más pequeños, y el Señor será exaltado. Veremos mejor quién es Él, cuánto lo amamos y cuán humildes debemos ser… Lo necesitamos, y la fe que tenemos en Él nos permite verlo como alguien grande y exaltado, y a nosotros mismos como pequeños y dependientes («The Book of Mormon Will Change Your Life», Ensign, febrero de 2004, págs. 10–11).


Isaías 2:13 — Los cedros del Líbano y las encinas de Basán

Estas dos clases de madera eran las más finas y codiciadas disponibles en los días de Isaías. Los cedros del Líbano fueron empleados para construir el Templo de Salomón (1 Reyes 5:6). En este pasaje, estas dos clases de árboles representan las cosas refinadas del mundo, la autoridad real, y el orgullo y la altivez del materialismo humano. Los cedros podrán alcanzar una gran altura y las encinas podrán poseer gran fortaleza, pero ambos serán abatidos por el Señor. Zacarías también describe los árboles del bosque como una representación del orgullo, un orgullo que será destruido cuando el Señor sea exaltado:

Abre tus puertas, oh Líbano, y consuma el fuego tus cedros.

Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó, porque los poderosos han sido destruidos. Aullad, encinas de Basán, porque el bosque espeso ha sido derribado.

Voz de aullido de pastores, porque su gloria ha sido destruida; voz de rugido de leoncillos, porque la soberbia del Jordán ha sido destruida (Zacarías 11:1–3).

Hugh Nibley: Actualmente pueden encontrarse alrededor de media docena de cedros del Líbano. En algunos pequeños lugares donde han sido preservados encontrarán algún cedro. Han vuelto a brotar y tal vez haya unos cien o doscientos en aquella tierra. Eso es prácticamente todo lo que existe. No pueden encontrarse muchos cedros del Líbano. El territorio ha permanecido desprovisto de ellos desde entonces, pero en otro tiempo el Líbano proporcionó al mundo toda la madera que necesitó durante miles de años (Teachings of the Book of Mormon, discurso 74, pág. 209).


Isaías 2:17–18 — El Señor eliminará los ídolos
«Y la soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día. Y quitará totalmente los ídolos».

Isaías relaciona directamente la caída del orgullo con la desaparición de los ídolos. El ser humano fabrica ídolos cuando atribuye poder, seguridad o gloria suprema a algo creado; por eso, la idolatría es una expresión del orgullo. En el día del Señor quedará demostrado que las riquezas, el poder, las instituciones y las obras humanas no pueden salvar ni ocupar el lugar de Dios. Cuando Jesucristo manifieste Su gloria, todo objeto de confianza falsa perderá su aparente grandeza y solamente Jehová será exaltado.
La expresión «quitará totalmente los ídolos» anuncia tanto un juicio futuro como una obra de purificación. En la Segunda Venida será revelada públicamente la impotencia de todo aquello que la humanidad adoró; sin embargo, el Señor desea realizar esa limpieza en nuestro interior antes de aquel día. Mediante el Espíritu Santo, puede mostrarnos si el dinero, el reconocimiento, la apariencia, una ideología, una relación o incluso nuestros propios deseos han llegado a ocupar el centro de nuestra vida.
El arrepentimiento nos permite derribar voluntariamente esos altares interiores y ordenar correctamente nuestros afectos. Esto no siempre exige abandonar cosas legítimas, sino dejar de esperar de ellas lo que únicamente Jesucristo puede proporcionar: identidad eterna, paz, seguridad espiritual y salvación. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, los demás dones encuentran su función correcta y se convierten en medios para servir. Prepararnos para el día en que solo Jehová será exaltado significa comenzar ahora a darle la lealtad principal de nuestro corazón.


Isaías 2:20 — Lo que parecía valioso perderá su importancia
«Aquel día arrojará el hombre […] sus ídolos de plata y sus ídolos de oro».

Isaías describe el momento en que las personas descubrirán que aquello que consideraban precioso no posee poder para salvarlas. Los ídolos estaban hechos de plata y oro, materiales costosos que simbolizaban riqueza, prestigio y seguridad; sin embargo, ante la manifestación de Jehová serían arrojados como objetos inútiles. El problema no era solamente haber trabajado esos metales, sino haberles entregado una confianza y una adoración que pertenecían exclusivamente a Dios. El juicio revelará la diferencia entre el valor temporal que el mundo atribuye a las cosas y su verdadero valor eterno.
La acción de «arrojar» los ídolos muestra un reconocimiento tardío de su impotencia. Aquello que antes se protegía, admiraba y deseaba se convertirá en una carga que sus dueños procurarán abandonar. Ninguna posesión, posición, ideología o logro humano podrá sustituir al Salvador cuando las personas comparezcan ante Él. Esta imagen advierte que podemos invertir gran parte de nuestra vida en fabricar y conservar cosas que, finalmente, no podrán acompañarnos ni interceder por nosotros ante Dios.
El versículo nos invita a realizar ahora esa evaluación, sin esperar al día del juicio. Conviene preguntarnos si aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo, energía, recursos y afecto conservará su importancia en la presencia del Señor. El arrepentimiento nos permite desprendernos voluntariamente de los ídolos y reorganizar nuestras prioridades alrededor de Jesucristo. Cuando escogemos lo eterno sobre lo temporal, no perdemos lo verdaderamente valioso; aprendemos a utilizar todas las demás cosas sin permitir que ellas ocupen el corazón.


«La imagen presentada en el versículo 20 es impactante: el pueblo arrojará sus ídolos de oro y plata a los topos y murciélagos, animales que son ciegos por haber vivido tanto tiempo en la oscuridad. La ironía consiste en que las personas que comprendían el valor material de los metales preciosos, y que también deberían haber reconocido la impotencia espiritual de los ídolos, arrojarán esos objetos valiosos a animales que ni siquiera podrán verlos» (Victor L. Ludlow, Isaiah: Prophet, Seer, and Poet, pág. 92).


Isaías 2:22 — No depositar la confianza suprema en el ser humano
«Dejaos del hombre cuyo aliento está en su nariz, pues, ¿de qué es él estimado?».

Isaías concluye su advertencia contra el orgullo y la idolatría recordando la fragilidad de la vida humana. El «aliento» representa una existencia mortal, breve y completamente dependiente de Dios. Por grandes que parezcan su poder, conocimiento o influencia, los seres humanos no poseen vida en sí mismos ni pueden garantizar la salvación. Depositar en una persona, institución o sistema terrenal la confianza absoluta que corresponde al Señor es construir sobre un fundamento que tarde o temprano demostrará sus limitaciones.
La expresión «dejaos del hombre» no manda despreciar a las personas, desconfiar de todos ni rechazar la autoridad legítima. Dios obra con frecuencia mediante padres, profetas, maestros, líderes y otras personas que nos sirven y orientan. Sin embargo, todos los mortales son falibles y su autoridad debe ejercerse de acuerdo con la verdad y los principios divinos. Podemos respetar, amar y aprender de los demás sin convertir sus opiniones, capacidades o aprobación en sustitutos de la voluntad de Dios.
El versículo nos invita a establecer correctamente el orden de nuestra confianza. Solo Jesucristo posee poder perfecto para salvar, sabiduría completa para dirigir y justicia absoluta para juzgar. Cuando Él ocupa el centro, podemos relacionarnos con los demás de manera más saludable: sin idolatrarlos, temerlos excesivamente ni depender de su aprobación para determinar nuestro valor. La fe madura escucha consejos y reconoce buenas influencias, pero reserva su lealtad suprema para el Señor.