Isaías 12
Es un breve himno de gratitud que concluye la primera gran sección del libro. Después de los mensajes de juicio, esparcimiento y guerra de los capítulos anteriores, Isaías contempla al Israel recogido y redimido cantando alabanzas al Señor.
El capítulo presenta un recorrido espiritual completo: corrección, arrepentimiento, consuelo, confianza, salvación y testimonio. En los días del Milenio, Sion reconocerá que Jesucristo ha vencido a sus enemigos y mora en medio de Su pueblo.
Isaías 12 muestra el resultado final de la obra anunciada en los capítulos anteriores. El pueblo que había vivido en tinieblas contempla la gran Luz; quienes habían sido esparcidos son recogidos; los que temían aprenden a confiar; y aquellos que experimentaron la corrección reciben consuelo.
El centro de todo es Jesucristo. Él es nuestra salvación, fortaleza, canción y fuente de Agua Viva. La respuesta correcta a Su gracia es confiar, beber, recordar, alabar y dar a conocer Sus obras.
El capítulo comienza con un testimonio personal —«Dios es mi salvación»— y termina con una celebración colectiva —«El Santo de Israel es grande en medio de ti»—. Así progresa la conversión: primero recibimos personalmente la gracia de Cristo y después ayudamos a edificar una Sion donde todo el pueblo pueda regocijarse en Su presencia.
Isaías 12:1 — De la corrección al consuelo
«Te alabaré, oh Jehová; pues aunque te enojaste conmigo, tu ira se apartó».
El pueblo reconoce que la corrección recibida fue justa. No acusa a Dios por las consecuencias ni intenta ocultar su rebelión; comprende que el juicio no constituyó el final de su relación con Jehová. La ira divina no es una pérdida incontrolada de temperamento, como puede ocurrir entre los seres humanos, sino la respuesta santa y justa de Dios ante el pecado. Él no contempla con indiferencia aquello que destruye a Sus hijos, oprime al inocente o corrompe a Su pueblo.
La alabanza nace al descubrir que la justicia no ha cancelado la misericordia. Cuando existe fe y arrepentimiento, la ira se aparta porque Jesucristo tomó sobre Sí nuestros pecados y satisfizo las demandas de la justicia. Esto no significa que el Señor considere insignificante la maldad ni que desaparezcan automáticamente todas sus consecuencias temporales. Significa que el pecador arrepentido puede ser perdonado, reconciliado con Dios y liberado de una condenación eterna.
Isaías profetiza acerca del día en que la casa de Israel alabará al Señor. ¿Cuándo estuvo enojado el Señor con ella? La ira de Dios sobrevino a Israel cuando su reino fue saqueado por los asirios. También sobrevino a Jerusalén cuando el reino de Judá fue conquistado por los babilonios y, nuevamente, cuando Jerusalén y el templo fueron destruidos por los romanos. Los israelitas fueron dispersados por todo el mundo. Esa fue la manifestación de la ira de Dios, la cual se transformará en un recogimiento misericordioso y en una redención política durante los últimos días. Según la perspectiva temporal del Señor, solamente habrá sido un breve momento: «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento, pero con misericordia eterna tendré compasión de ti» (Isaías 54:7–8).
Durante el Milenio, la nación judía alcanzará su mayor grandeza, y las diez tribus regresarán a sus tierras de herencia, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. Todo el dolor y sufrimiento de las generaciones anteriores se transformará en gozo. El Señor no volverá a abandonar a Su pueblo. El día milenario se convertirá, por consiguiente, en un día de cantos y alabanzas al gran Jehová: Aquel que entregó la ley y que vendrá a morar en medio de Su pueblo.
Ezra Taft Benson: «Como alguien que, mediante una asignación especial, ha recibido autoridad en la casa de Israel en nuestros días, ruego al Dios de Abraham, Isaac y Jacob que bendiga a mis hermanos de Judá y tenga misericordia de ellos; que la tierra a la cual Judá ha regresado después de una prolongada noche de dispersión sea fértil, próspera y llegue a ser la admiración de sus vecinos; que la nación de Israel sea liberada de todos sus opresores y enemigos; que Judá “saque con gozo aguas de las fuentes de la salvación” (Isaías 12:3) y que se cumplan todas las profecías que Dios declaró por medio de Sus profetas Isaías, Ezequiel y Jeremías, incluso aquella profecía pronunciada por Zacarías según la cual “Jehová poseerá a Judá como Su heredad en la tierra santa y escogerá otra vez a Jerusalén” (Zacarías 2:12)» (Ensign, diciembre de 1976, pág. 72).
Isaías 12:1 — El Señor consuela al arrepentido
«Y me has consolado».
Dios no se limita a dejar de castigar o a cancelar una deuda desde la distancia; se acerca al arrepentido para consolarlo. La restauración incluye una relación renovada con Él. Quien antes experimentaba culpa, temor y alejamiento puede recibir paz y seguridad en Su presencia. El consuelo demuestra que el propósito final de la corrección no era la destrucción, sino llevar al pueblo a una comunión más profunda con su Redentor.
Este es el modelo del arrepentimiento verdadero: la tristeza según Dios nos conduce a Jesucristo; Su expiación proporciona perdón; y el Espíritu Santo lleva al corazón la confirmación de que Su gracia es real. El recuerdo de los pecados perdonados puede conservarnos humildes y agradecidos, pero no debe utilizarse para rechazar la paz que Dios desea conceder. Después de arrepentirnos sinceramente, aceptar el consuelo del Señor también constituye un acto de fe.
Isaías 12:2 — «Dios es mi salvación»
«He aquí, Dios es mi salvación».
Esta declaración resume uno de los mensajes centrales del libro de Isaías. El nombre del profeta significa «Jehová es salvación», y aquí esa doctrina se convierte en un testimonio personal. Dios no se limita a entregar una técnica o un conjunto de reglas para salvarnos; Él mismo es la fuente de la salvación. Ningún ejército, riqueza, alianza política ni mérito humano puede realizar la obra que corresponde exclusivamente al Señor.
La salvación llega mediante Jesucristo. Su expiación nos rescata del pecado, Su resurrección garantiza nuestra liberación de la muerte y Su gracia nos concede poder para llegar a ser santos. La expresión «mi salvación» enseña que la doctrina debe recibirse personalmente. No basta con reconocer intelectualmente a Cristo como Salvador del mundo; cada persona necesita ejercer fe, arrepentirse, hacer convenios y aprender a depender de Él como su propio Salvador.
Isaías 12:2 — La confianza vence el temor
«Confiaré y no temeré».
En Isaías 7, el corazón de Acaz temblaba como los árboles sacudidos por el viento porque se negó a confiar en Jehová. En Isaías 12, el pueblo redimido finalmente ha aprendido la lección que el rey rechazó: la seguridad verdadera no se encuentra en alianzas humanas, sino en Dios. La confianza es una decisión consciente de apoyar nuestra vida sobre Su carácter y Sus promesas.
Confiar no significa creer que nunca ocurrirá nada doloroso ni que siempre comprenderemos los caminos del Señor. Significa saber que Él permanecerá fiel y que ninguna prueba puede destruir el futuro eterno de quien permanece unido a Jesucristo. La fe y el miedo pueden estar presentes al mismo tiempo, pero no deben ejercer la misma autoridad. El discípulo puede sentir temor y, aun así, decidir obedecer, avanzar y permitir que la confianza en Dios gobierne sus acciones.
Isaías 12:2 — Jehová es fortaleza y canción
«Porque mi fortaleza y mi canción es Jah, Jehová».
Jah es una forma abreviada del nombre Jehová, y su repetición recalca que el Dios del convenio es la verdadera fuente del poder de Israel. El Señor no se limita a conceder fortaleza desde la distancia; llega a ser «mi fortaleza» mediante Su presencia, Su gracia y Su Espíritu. Cuando nuestros recursos físicos, emocionales o espirituales resultan insuficientes, Cristo puede sostenernos y capacitarnos para hacer lo que solos no podríamos realizar.
Jehová también llega a ser «mi canción». La experiencia de la salvación produce adoración, gratitud y gozo. Cuando el corazón comprende lo que Jesucristo ha hecho, el Evangelio deja de sentirse únicamente como una lista de obligaciones y se convierte en motivo de alabanza. La canción no significa que todas las dificultades hayan desaparecido, sino que la gracia del Salvador ha proporcionado una razón para adorar aun en medio de ellas.
El nombre «Jehová» aparece solamente cuatro veces en el Antiguo Testamento en la versión del rey Santiago (Génesis 22:14; Éxodo 6:3; Salmo 83:18; Isaías 12:2), y una vez en su forma abreviada, JAH (Salmo 68:4). El primero de estos ejemplos demuestra que el «Señor» del Antiguo Testamento es, en efecto, Jehová: «Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar Jehová-jireh; por tanto, se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto» (Génesis 22:14). Evidentemente, esto significa que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es otro que Jehová, Jesucristo en la vida preterrenal. Para los Santos de los Últimos Días resulta claro que «Jehová» es uno de los nombres de Cristo antes de Su nacimiento. Este conocimiento procede de las enseñanzas de las Escrituras de los últimos días y del templo. Para el resto del mundo resulta menos evidente y constituye una fuente de confusión. Mediante un estudio cuidadoso, es posible demostrar utilizando solamente la Biblia que el Dios del Antiguo Testamento es el mismo ser que Jesucristo. Para ello resulta útil comparar los siguientes pasajes: Éxodo 3:13 con Juan 8:58; Isaías 6:8–11 con Juan 12:40–41; y Zacarías 12:10 con Juan 19:37. Véase también Juan 1:1–3, 14. Con el Libro de Mormón, la relación resulta fácil de establecer, pues cuando Cristo apareció a los nefitas declaró: «He aquí, os digo que se ha cumplido la ley que fue dada a Moisés. He aquí, yo soy quien dio la ley, y soy quien hizo convenio con mi pueblo Israel» (3 Nefi 15:4–5). También dijo: «He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. Yo estaba con el Padre desde el principio» (3 Nefi 9:15).
James E. Talmage: «Afirmamos, basándonos en la autoridad de las Escrituras, que Jesucristo fue y es Dios el Creador, el Dios que se manifestó a Adán, Enoc y todos los patriarcas y profetas anteriores al Diluvio hasta Noé; el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… Afirmamos que Jesucristo fue y es Jehová, el Ser Eterno…
Jesús es el nombre personal del Salvador y, escrito de esa manera, procede del griego. Su equivalente hebreo era Yehoshua o Yeshua, o, como lo expresamos en algunos idiomas, Josué. En su forma original, se entendía claramente que el nombre significaba “Ayuda de Jehová” o “Salvador”…
Jehová es la forma castellanizada del hebreo Yahveh o Jahveh, que significa “el Ser que existe por Sí mismo” o “el Eterno”. Este nombre generalmente se traduce en el Antiguo Testamento como SEÑOR, escrito con letras mayúsculas. La palabra hebrea Ehyeh, que significa “Yo Soy”, está relacionada en significado y derivación con el término Yahveh o Jehová. En ello radica la importancia del nombre con el cual el Señor se manifestó a Moisés cuando este recibió la comisión de ir a Egipto y liberar a los hijos de Israel de la esclavitud…
Los judíos consideraban que Jehová era un nombre inefable que no debía pronunciarse. En su lugar utilizaban el nombre sagrado, pero no prohibido para ellos, Adonai, que significa “el Señor”. Los términos originales traducidos como Señor y Dios en el Antiguo Testamento eran Yahveh o Adonai; y el Ser divino designado por esos nombres sagrados era, como demuestran los pasajes citados, Jesucristo. Juan, evangelista y apóstol, identifica positivamente a Jesucristo con Adonai, es decir, el Señor que habló por boca de Isaías, y con Jehová, quien habló mediante Zacarías…
»“Jehová”, un nombre que los judíos no pronunciaban. Mucho antes de la época de Cristo, ciertas escuelas judías, siempre dedicadas a observar la letra de la ley, aunque desatendían su espíritu, habían enseñado que el simple acto de pronunciar el nombre de Dios constituía una blasfemia y que ese pecado merecía la pena de muerte. Esta interpretación extrema surgió de la explicación aceptada, aunque no inspirada, de Levítico 24:16: “Y el que blasfeme el nombre de Jehová ciertamente morirá; toda la congregación lo apedreará; tanto el extranjero como el natural, si blasfema el Nombre, morirá”» (Jesús el Cristo, págs. 32–41).
Isaías 12:2 — Un testimonio basado en la experiencia
«Quien ha sido salvación para mí».
El pueblo no habla únicamente de una liberación posible o futura; declara que ya ha experimentado la intervención de Dios. La doctrina se ha convertido en memoria personal: Jehová los corrigió, perdonó, consoló y sostuvo. El testimonio alcanza una nueva profundidad cuando podemos identificar momentos concretos en los que el Señor nos dio fortaleza, dirección o paz.
Recordar esas experiencias no significa interpretar cada resultado favorable como un milagro espectacular, sino reconocer con gratitud la mano de Dios en nuestra historia. Esa memoria espiritual fortalece la fe para enfrentar nuevas pruebas. Con el tiempo, el testimonio puede avanzar desde «Cristo tiene poder para salvar» hasta una afirmación más íntima: «Cristo me ha sostenido, me ha perdonado y ha sido salvación para mí».
Las fuentes de la salvación
Isaías 12:3 — Agua extraída con gozo
«Por tanto, sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación».
En una tierra seca, encontrar una fuente significaba vida, limpieza, fertilidad y esperanza para el futuro. Isaías presenta la salvación como agua abundante y accesible, no como un recurso escaso reservado para unos pocos. Esta agua representa las bendiciones que proceden de Jesucristo: perdón, revelación, renovación espiritual, santificación y vida eterna. Él es el Agua Viva que satisface la sed más profunda del alma y hace posible que aquello que estaba espiritualmente seco vuelva a producir fruto.
La acción de «sacar» agua señala nuestra participación voluntaria. La fuente existe por la gracia de Cristo y no puede ser creada ni merecida por nosotros; sin embargo, debemos acudir a ella y recibir lo que ofrece mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y la perseverancia en los convenios. El Salvador proporciona el agua gratuitamente, pero no nos obliga a beber. La salvación es un don que transforma cuando se recibe y se utiliza con fidelidad.
Las «fuentes» de la salvación
La expresión en plural puede hacernos pensar en los diversos medios establecidos por el Señor para comunicarnos Su gracia: la oración, las Escrituras, el Espíritu Santo, la Santa Cena, las ordenanzas, los convenios del templo y la comunión con los santos. Cada uno puede nutrir, limpiar y fortalecer distintos aspectos de nuestra vida espiritual. No son fuentes independientes ni sustitutos del Salvador; todos reciben su eficacia de Su expiación.
Por ello, participar en una ordenanza o práctica religiosa no debe convertirse en un acto mecánico. Acudimos a ellas para beber más profundamente de Jesucristo, recordar Su sacrificio y recibir Su poder. Cuando estudiamos las Escrituras, oramos o participamos de la Santa Cena con fe, no buscamos solamente información o disciplina personal: nos acercamos a los conductos mediante los cuales el Señor ofrece Su agua vivificante.
El gozo de recibir la gracia
Isaías no dice que el pueblo extraerá agua con resentimiento o temor, sino «con gozo». Vivir el Evangelio puede exigir sacrificio, disciplina y la renuncia al pecado, pero su fruto profundo es alegría. El gozo nace al descubrir que la fuente no se ha secado, que Dios todavía desea recibirnos y que la gracia de Cristo es suficiente para limpiar, sanar y renovar.
El arrepentimiento, por tanto, no es únicamente el dolor de reconocer que nos hemos apartado; también es el gozoso acto de volver a casa y beber nuevamente. La tristeza según Dios nos conduce hasta la fuente, pero no está destinada a mantenernos para siempre junto a ella sin beber. Jesucristo desea que aceptemos el perdón y experimentemos la alegría de una vida reconciliada con Dios.
Junto al pozo de Jacob, Jesús hizo un ofrecimiento a la mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y Él te daría agua viva… El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brote para vida eterna» (Juan 4:10–14). La mujer samaritana pensó que Él hablaba de agua literal; pero durante el día milenario será saciada la sed espiritual de la casa de Israel, porque sus integrantes sacarán agua viva «de las fuentes de la salvación».
Joseph B. Wirthlin: «El Señor proporciona el agua viva que puede apagar la sed abrasadora de quienes tienen la vida reseca por una sequía de verdad. Él espera que les suministremos la plenitud del Evangelio entregándoles las Escrituras y las palabras de los profetas, y que demos nuestro testimonio personal acerca de la veracidad del Evangelio restaurado para aliviar su sed. Cuando beben de la copa del conocimiento del Evangelio, su sed queda satisfecha a medida que llegan a comprender el gran plan de felicidad de nuestro Padre Celestial» («Living Water to Quench Spiritual Thirst», Ensign, mayo de 1995, pág. 19).
Dale G. Renlund: “… Los invito a sentir más gozo en su vida: gozo en el conocimiento de que la Expiación de Jesucristo es verdadera; gozo en la capacidad, disposición y deseo de perdonar del Salvador; y gozo al elegir arrepentirse. Sigamos la instrucción del Salvador de ‘… [sacar] aguas con gozo de las fuentes de la salvación’. Es mi ruego que elijamos arrepentirnos, abandonar nuestros pecados, cambiar completamente el corazón y la voluntad para seguir a nuestro Salvador”. — (Dale G. Renlund del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2016, “El arrepentimiento: Una gozosa elección”)
Dar a conocer las obras de Dios
Isaías 12:4 — Alabar e invocar al Señor
«Alabad a Jehová, aclamad su nombre».
Alabar al Señor significa reconocer públicamente Su carácter, Su bondad y Su poder redentor. Invocar Su nombre implica acudir a Él con fe, aceptar Su autoridad y depender de Su ayuda. La verdadera alabanza no consiste únicamente en pronunciar palabras de admiración; también se expresa mediante una vida que honra Sus mandamientos. Cuando invocamos sinceramente a Dios, reconocemos que no somos autosuficientes y que necesitamos Su gracia.
El nombre de Jesucristo ocupa un lugar central en la salvación. Oramos al Padre, recibimos las ordenanzas, hacemos convenios y servimos en el nombre del Hijo. Su nombre representa Su identidad, autoridad y obra expiatoria; por ello, no existe otro nombre mediante el cual podamos ser salvos. Tomar Su nombre sobre nosotros significa más que mencionarlo: es representarlo, recordar Sus enseñanzas y procurar vivir como Sus discípulos.
Isaías 12:4 — Compartir el testimonio entre los pueblos
«Dad a conocer entre los pueblos sus obras».
Quien ha bebido de las fuentes de la salvación siente el deseo de ayudar a otras personas a encontrar la misma agua. La experiencia de ser perdonado, consolado y fortalecido se convierte naturalmente en testimonio. El pueblo redimido no recibe el Evangelio para guardarlo como una bendición privada, sino para declarar las obras de Dios y participar en el recogimiento de Israel entre todas las naciones.
Compartir el Evangelio no consiste en demostrar superioridad religiosa ni imponer nuestras creencias. Es testificar humildemente del Salvador que nos encontró, nos sostuvo y nos ofreció una vida nueva. El testimonio resulta más convincente cuando las palabras están acompañadas por gratitud, servicio y respeto por el albedrío. No necesitamos tener todas las respuestas para decir con sinceridad lo que Jesucristo ha hecho por nosotros.
Isaías 12:4 — Recordar que Su nombre es exaltado
«Recordad que su nombre es exaltado».
En los capítulos anteriores, gobernantes, naciones y personas ricas intentaban elevar su propio nombre mediante el poder, la conquista o la ostentación. Isaías 12 corrige esa ambición al declarar que solamente Jehová merece la exaltación suprema. Todo poder humano es temporal y toda capacidad recibida es una mayordomía; el nombre del Señor, en cambio, permanece para siempre porque Su carácter, autoridad y salvación son eternos.
La palabra «recordad» reconoce nuestra tendencia a olvidar. La adoración, la Santa Cena, las Escrituras y los convenios conservan en nuestra memoria quién es Dios y qué ha hecho por nosotros. Cuando exaltamos el nombre de Jesucristo, el orgullo humano pierde fuerza y las bendiciones dejan de parecernos logros independientes. Recordarlo correctamente nos conduce a la gratitud, la humildad y el deseo de emplear nuestros dones para Su gloria.
Isaías 12:5 — La alabanza debe extenderse por la tierra
«Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por toda la tierra».
La adoración de Israel se fundamenta en las obras concretas de Dios. El pueblo cantará porque Jehová lo habrá corregido, consolado, redimido y recogido. La alabanza bíblica no es una emoción sin contenido, sino la respuesta agradecida a la fidelidad del Señor manifestada en la historia. Sus «cosas magníficas» alcanzan su expresión suprema en Jesucristo: Su nacimiento, vida perfecta, sacrificio expiatorio, muerte, resurrección y futuro reinado. Cantar acerca de Él permite que el corazón recuerde verdades que el temor y las dificultades podrían hacernos olvidar.
La salvación de Israel posee una finalidad universal: Dios recoge a Su pueblo para convertirlo en una bendición para todas las familias de la tierra. Por eso, sus obras deben ser conocidas y no permanecer encerradas dentro de una sola comunidad. La adoración conduce naturalmente al testimonio y a la obra misional; quien ha experimentado la gracia siente el deseo de que otros conozcan su fuente. Proclamar el Evangelio es extender una invitación para que personas de toda nación, tribu, lengua y pueblo participen del gozo de la redención.
La declaración también anticipa el Milenio, cuando el conocimiento de Jehová llenará la tierra y las naciones reconocerán el gobierno de Jesucristo. Sin embargo, constituye un mandato para el presente. Cada himno, testimonio, acto de servicio y mensaje del Evangelio puede ayudar a dar a conocer las obras del Señor. La alabanza se vuelve verdaderamente misional cuando no busca exhibir nuestra espiritualidad, sino dirigir la atención del mundo hacia el Salvador.
El Santo de Israel mora en Sion
Isaías 12:6 — Sion canta por la presencia del Señor
«Da voces y canta, oh moradora de Sion».
Sion ya no aparece como la ciudad rebelde, orgullosa y corrupta descrita al comienzo del libro. Ahora es una comunidad purificada, recogida y reconciliada con Dios. Su canto demuestra que la redención ha transformado tanto sus circunstancias como su corazón. El pueblo que antes se negaba a escuchar la palabra profética ahora levanta la voz para alabar al Señor. La gracia no solo cambia nuestro destino; también transforma aquello que amamos y la manera en que respondemos a Dios.
La «moradora de Sion» representa colectivamente al pueblo del convenio. Todos son invitados a cantar porque todos dependen de la misma expiación y reciben vida de la misma fuente. En Sion, la adoración no es una exhibición individual, sino una expresión de unidad y gratitud compartidas. Quienes han sido perdonados y consolados pueden unir sus voces sin competir, reconociendo que toda la gloria pertenece a Jesucristo.
Isaías 12:6 — Dios en medio de Su pueblo
«Porque el Santo de Israel es grande en medio de ti».
Esta es la bendición culminante del capítulo. El mayor tesoro de Sion no será la prosperidad material, la influencia política ni siquiera la ausencia de guerra, sino la presencia del Santo de Israel. La promesa recuerda el nombre Emanuel, «Dios con nosotros». Durante el Milenio, Jesucristo reinará personalmente sobre la tierra, y Su gloria, justicia y autoridad serán reconocidas por todas las naciones.
La promesa también puede comenzar a cumplirse ahora. Cristo está espiritualmente en medio de Su pueblo cuando Sus discípulos se reúnen en Su nombre, reciben y guardan convenios, procuran la unidad y permiten que el Espíritu Santo habite con ellos. Su presencia se manifiesta en la revelación, las ordenanzas, el amor cristiano y la paz que acompaña a una comunidad centrada en Él. No basta con hablar de Sion; es necesario vivir de una manera que invite al Señor a permanecer en medio de nosotros.
Sion no se define únicamente por una ubicación geográfica. Existe allí donde un pueblo puro de corazón vive en rectitud, unidad y consagración, colocando a Jesucristo en el centro. Isaías comenzó anunciando la corrupción y el juicio de Jerusalén, pero termina esta sección contemplando una comunidad gozosa porque Dios habita con ella. Este es el propósito final de la redención: no solo librarnos del pecado, sino prepararnos para morar con el Santo de Israel.


























