Isaías

Isaías 6


Relata el llamamiento profético de Isaías. El capítulo sigue un proceso espiritual significativo: el profeta contempla la santidad de Dios, reconoce su propia indignidad, recibe purificación mediante un acto simbólico y luego acepta voluntariamente la misión de proclamar la palabra del Señor. Aunque el pueblo rechazará su mensaje, Dios promete preservar una “simiente santa”.
Isaías 6 muestra el modelo de un verdadero llamamiento espiritual: revelación, humildad, purificación y servicio. Isaías contempló la santidad de Dios, reconoció su debilidad, fue limpiado simbólicamente mediante el altar y respondió: «Heme aquí, envíame a mí».
El capítulo enseña que Dios no espera encontrar siervos absolutamente perfectos antes de llamarlos. Él llama a personas que reconocen su necesidad de Jesucristo, permite que Su gracia las purifique y luego las fortalece para cumplir Su obra.
Aunque el mensaje de Isaías sería rechazado por muchos, la misión no sería inútil. La palabra revelaría los corazones, advertiría al pueblo y preservaría una simiente santa. Incluso después de la tala quedaría un tronco, porque el juicio de Dios nunca anula Sus convenios ni Su propósito final de redimir y restaurar.


Isaías 6:1 — Isaías contempla al Señor
«Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y exaltado, y las faldas de su manto llenaban el templo».

La muerte del rey Uzías marcó el final de un reinado prolongado y abrió un periodo de incertidumbre para Judá. En ese contexto, Isaías contempló una realidad superior: aunque un rey terrenal había muerto, el verdadero Rey seguía sentado sobre Su trono. Los gobiernos cambian, las instituciones humanas pueden debilitarse y las circunstancias volverse inestables, pero la autoridad de Dios no disminuye. La visión recuerda que la historia no está finalmente gobernada por el temor ni por el poder político, sino por el Señor, cuyos propósitos permanecen firmes.
El trono «alto y exaltado» representa la majestad, soberanía y autoridad suprema de Jehová, mientras que Su manto llenando el templo comunica que la gloria divina sobrepasa todo espacio y poder humanos. Ante esa presencia, Isaías comprendería tanto la santidad de Dios como su propia necesidad de purificación. La experiencia también confirma el origen divino de su ministerio: Isaías no se llamó a sí mismo ni habló únicamente desde su opinión personal; vio al Señor, fue purificado y recibió de Él una comisión. Todo verdadero servicio profético comienza reconociendo que Dios reina y que Su palabra posee autoridad sobre la voz humana.


«Uzías, también llamado Azarías (2 Reyes 15:1), era hijo de Amasías. Fue el noveno rey de Judá y ascendió al trono en Jerusalén a la edad de dieciséis años. Reinó entre los años 810 y 759 a. C. Se dice que durante la primera parte de su gobierno hizo lo recto ante los ojos del Señor, mientras siguió los consejos del profeta Zacarías (2 Crónicas 26). Sin embargo, más adelante, el orgullo lo llevó a intentar usurpar las prerrogativas del sacerdocio. Entró en el templo e insistió en quemar incienso sobre el altar. Cuando desafió al sumo sacerdote Azarías y a sus ayudantes, fue herido con lepra y padeció aquella repugnante enfermedad hasta el día de su muerte. Jotam, su hijo, lo sucedió en el trono. Isaías fue llamado al oficio profético durante el último año de la vida de Uzías, mientras este permanecía separado de su familia, sus amigos y la sociedad» (Reynolds y Sjodahl, Commentary on the Book of Mormon, tomo I, pág. 338).

Aquí vemos que Isaías recibió el privilegio de contemplar el trono de Dios. Este pasaje resulta útil cuando nos encontramos ante la doctrina cristiana común según la cual el hombre no puede ver el rostro de Dios. Esta idea se basa en interpretaciones erróneas del pasaje de Juan: «A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). La Traducción de José Smith añade una condición a esta declaración absoluta: «Nadie ha visto a Dios jamás, excepto quien haya dado testimonio del Hijo». Más adelante, en el relato de Juan encontramos otra declaración menos restrictiva: «No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; este ha visto al Padre» (Juan 6:46).

En el Antiguo Testamento existen abundantes evidencias de que los justos vieron a Dios. Setenta de los élderes de Israel recibieron el privilegio de contemplarlo: «Y vieron al Dios de Israel; y había debajo de Sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno» (Éxodo 24:10). Moisés habló con el Señor «cara a cara, como habla cualquiera con su amigo» (Éxodo 33:11). En esta ocasión, resulta evidente que Isaías recibió el mismo privilegio: «Porque han visto mis ojos al Rey» (vers. 5). Las Escrituras modernas nos ayudan a comprender que esto solamente es posible cuando una persona se ha purificado suficientemente y ha manifestado la fe necesaria. Véanse Doctrina y Convenios 88:68; 93:1; 97:16.


Isaías 6:2 — La reverencia de los serafines
«Encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas».

El término serafines se relaciona con la idea de seres ardientes o resplandecientes que ministraban ante el trono de Dios. Sus alas expresan simbólicamente distintas dimensiones de la adoración: al cubrir sus rostros reconocían que la gloria divina sobrepasaba su propia grandeza; al cubrir sus pies manifestaban humildad y reverencia; y al volar mostraban disposición inmediata para cumplir la voluntad del Señor. Aunque eran seres celestiales y gloriosos, no buscaban atraer la atención hacia sí mismos, sino honrar al Dios ante quien servían.
La visión enseña que cuanto más claramente comprendemos la santidad y majestad de Dios, más profunda llega a ser nuestra reverencia. Esta no consiste solamente en guardar silencio o adoptar una actitud solemne, sino en reconocer humildemente quién es el Señor y responder con obediencia. La adoración verdadera reúne asombro, pureza y servicio: cubre el orgullo, dirige la gloria hacia Dios y se apresura a cumplir Sus mandamientos. Al acercarnos al templo, participar de las ordenanzas o elevar una oración, podemos imitar a los serafines mediante un corazón humilde y dispuesto a actuar.


¿Qué son los serafines?

Los serafines son ángeles. Como explica Isaías, tienen seis alas y poseen el privilegio de permanecer junto al trono de Dios y cantar alabanzas a Su nombre. Las siguientes citas nos ayudan a comprender la naturaleza de los seres que rodean el trono de Dios. El élder McConkie explica el término serafines, y José Smith habla acerca de las diversas criaturas que se encuentran alrededor del trono de Dios.

Bruce R. McConkie: Los serafines son ángeles que moran en la presencia de Dios y le rinden continuamente gloria, honra y adoración. «Alabadle, vosotros todos Sus ángeles; alabadle, vosotros todos Sus ejércitos» (Salmo 148:2). Resulta evidente que entre los serafines se encuentran los espíritus incorpóreos de la vida preterrenal, pues nuestro Señor «miró la vasta expansión de la eternidad y todas las huestes seráficas del cielo, antes que el mundo fuese hecho» (Doctrina y Convenios 38:1). No queda claro si el nombre serafines también se aplica a los ángeles perfeccionados y resucitados. Mientras suplicaba en favor de los santos, el Profeta oró para que «podamos unir nuestras voces con aquellos resplandecientes y luminosos serafines que rodean Tu trono, con aclamaciones de alabanza, cantando: ¡Hosanna a Dios y al Cordero!» (Doctrina y Convenios 109:79).

En hebreo, el plural de seraf es serafim o serafines. Isaías contempló serafines en visión y los escuchó proclamar el uno al otro: «Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria» (Traducción Inspirada, Isaías 6:1–8). El hecho de que aquellos seres santos le fueran mostrados con alas sencillamente simbolizaba su «poder para moverse, actuar, etc.», como también ocurrió en las visiones recibidas por otras personas (Doctrina y Convenios 77:4) (Mormon Doctrine, págs. 702–703).

José Smith: Juan vio en el cielo criaturas de aspecto singular; vio allí a toda criatura que existía en el cielo: todas las bestias, aves y peces, realmente presentes y dando gloria a Dios. ¿Cómo se demuestra esto? Véase Apocalipsis 5:13: «Y oí a toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y que está en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, decir: Al que está sentado en el trono y al Cordero sean la bendición, la honra, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».

Supongo que Juan contempló allí seres de miles de formas que habían sido salvados de decenas de millares de tierras semejantes a esta: criaturas extraordinarias de las cuales no tenemos ninguna idea. Todas ellas podían ser contempladas en el cielo. El gran secreto consistía en mostrarle a Juan lo que había en el cielo. Juan aprendió que Dios se glorifica salvando todo cuanto Sus manos han creado, ya sean bestias, aves, peces u hombres; y Él se glorificará con ellos (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 291).


Isaías 6:3 — La santidad perfecta de Jehová
«¡Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos!».

La repetición triple proclama con intensidad que la santidad de Jehová es absoluta, incomparable y perfecta. Él está completamente libre de pecado y constituye la fuente de toda pureza, justicia y bondad. El título «Jehová de los ejércitos» une Su santidad con Su poder soberano: el Dios que gobierna las huestes celestiales nunca emplea Su poder de manera injusta. Mientras los reinos humanos pueden corromperse, Su carácter permanece eternamente puro y digno de confianza.
La santidad de Dios también establece el modelo para Su pueblo. Al entrar en una relación de convenio con Él, somos llamados a apartarnos del pecado y consagrarnos a Sus propósitos. Sin embargo, no alcanzamos la santidad únicamente mediante disciplina personal: necesitamos la expiación de Jesucristo, que nos limpia, y el poder santificador del Espíritu Santo, que transforma gradualmente nuestros deseos y nuestro carácter. Reconocer que Dios es santo no debe alejarnos de Él por desesperación, sino impulsarnos a acercarnos con reverencia y permitir que nos haga santos mediante Su gracia.


Isaías 6:3 — La gloria de Dios llena la tierra
«¡Toda la tierra está llena de su gloria!».

Aunque Isaías contempló al Señor dentro del templo, los serafines declararon que Su gloria llenaba toda la tierra. La presencia divina no está encerrada en un edificio ni limitada a un solo pueblo. La creación testifica de la sabiduría, el orden y el poder de Dios, y la historia humana continúa desarrollándose bajo Su mirada. Incluso cuando una sociedad no reconoce al Creador, los cielos, la tierra y la vida misma siguen manifestando las obras de Sus manos.
Este versículo nos invita a desarrollar ojos espirituales capaces de reconocer la gloria divina. Podemos percibirla en la belleza de la creación, en la dignidad de cada ser humano, en los actos de bondad y en la transformación que produce el Evangelio. Su manifestación suprema se encuentra en Jesucristo, quien reveló el carácter del Padre y, mediante Su expiación y resurrección, hizo visible Su amor redentor. Reconocer esa gloria nos conduce a la gratitud, la reverencia y el deseo de llenar también nuestra vida con obras que honren a Dios.


Isaías 6:4 — La manifestación del poder divino
«Los umbrales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo».

El temblor de los umbrales y el humo recuerdan otras manifestaciones de la presencia divina, particularmente la revelación de Jehová en el monte Sinaí. Estos elementos comunican poder, gloria, misterio y reverencia. Incluso la estructura del templo pareció estremecerse ante la proclamación de la santidad de Dios. El humo también podía recordar la nube de la presencia divina y el incienso relacionado con la adoración, señalando que Isaías se encontraba ante una realidad celestial que superaba su comprensión mortal.
La presencia de Dios no solo conmueve edificios; también sacude aquello que parecía firme dentro del ser humano. Cuando Isaías comprendió más claramente la santidad del Señor, se debilitaron su orgullo, sus falsas seguridades y cualquier concepto exagerado de su propia rectitud. De manera semejante, un encuentro sincero con la palabra y el Espíritu de Dios puede estremecer nuestras justificaciones y revelar lo que necesita cambiar. Ese estremecimiento no busca destruirnos, sino prepararnos para recibir la purificación y el llamamiento del Señor.


Isaías 6:5 — Reconocer nuestra indignidad
«¡Ay de mí que muerto soy!, porque siendo hombre inmundo de labios […] han visto mis ojos al Rey».

Al contemplar la santidad del Señor, Isaías no habló de sus logros ni se comparó favorablemente con el pueblo, sino que reconoció inmediatamente sus propias imperfecciones. La cercanía verdadera a Dios no produce orgullo espiritual; ilumina el corazón y nos permite comprender con mayor claridad cuánto necesitamos Su misericordia. Isaías también confesó que habitaba «en medio de un pueblo que tiene labios inmundos», reconociendo tanto su responsabilidad personal como la influencia de una sociedad corrompida. Sin embargo, no usó los pecados colectivos para ocultar los propios.
Los labios poseen especial importancia porque Isaías sería llamado a hablar en nombre de Dios. Antes de convertirse en portavoz del Señor, debía reconocer que el instrumento de su ministerio necesitaba ser purificado. Esto enseña que Dios no llama únicamente a personas que ya son perfectas; llama a quienes están dispuestas a reconocer sus debilidades y recibir Su poder transformador. La conciencia de indignidad no condujo a Isaías a huir para siempre, sino a quedar preparado para la limpieza y el servicio.
Reconocer nuestra indignidad no significa negar nuestro valor como hijos de Dios ni vivir dominados por la vergüenza. Significa admitir humildemente que no podemos limpiarnos, santificarnos ni salvarnos por nuestros propios méritos. La gracia de Jesucristo hace posible que personas imperfectas sean perdonadas, transformadas y utilizadas en la obra divina. Cuando contemplamos al Rey, comprendemos simultáneamente nuestra necesidad y nuestro valor: necesitamos Su expiación, y somos tan valiosos para Él que está dispuesto a purificarnos.


Los sentimientos de culpabilidad e insuficiencia son emociones naturales al encontrarnos ante la perfección del trono de Dios. Es posible que Isaías también se sintiera inseguro con respecto a su función como profeta para las naciones. Los versículos siguientes demuestran que el Señor posee el poder para limpiarlo de sus pecados y hacer «que las cosas débiles sean fuertes» (Éter 12:27).

Robert S. Wood: Me ha impresionado el hecho de que, cuando Isaías recibió su comisión del Señor, se lamentó diciendo que era «hombre de labios impuros» y que habitaba «en medio de un pueblo que tiene labios impuros» (Isaías 6:5). Este pecado también debía ser purificado de Isaías para que pudiera proclamar la palabra del Señor. ¿Es de extrañar que tanto los salmistas como los profetas hayan suplicado al Señor que pusiera «guarda» delante de sus labios y custodiara la «puerta» de su boca (Salmo 141:3), y que los ayudara a no pecar con su lengua? (véase Salmo 39:1).

Cuando hablamos y actuamos, debemos preguntarnos si nuestras palabras y expresiones están destinadas a invitar los poderes del cielo a nuestra vida y a invitar a todas las personas a venir a Cristo. Debemos tratar las cosas sagradas con reverencia. Necesitamos eliminar de nuestras conversaciones lo inmodesto y obsceno, lo violento y amenazante, lo degradante y falso. Como escribió el apóstol Pedro: «Sino, como Aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» (1 Pedro 1:15). La expresión manera de vivir no se refiere aquí únicamente a nuestras palabras, sino también a toda nuestra conducta. Al igual que Nefi, nos invita a vivir de tal manera que podamos hablar con «lengua de ángeles» («The Tongue of Angels», Ensign, noviembre de 1999, pág. 84).


Isaías 6:5 — Responsabilidad personal en una sociedad corrupta
«Habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos».

Isaías reconoció que vivía en una sociedad donde la mentira, la injusticia y la rebelión se habían normalizado. La expresión «labios inmundos» representa palabras y actitudes contrarias a la santidad de Dios, pero también recuerda que el ambiente moral ejerce influencia sobre quienes habitan en él. Aun así, el profeta no utilizó la corrupción colectiva como excusa ni comenzó condenando exclusivamente a los demás. Primero confesó: «Soy hombre inmundo de labios». Ante la presencia del Señor comprendió que la renovación del pueblo debía comenzar también con su propia purificación.
El arrepentimiento verdadero comienza cuando dejamos de medirnos únicamente por los errores ajenos y permitimos que Dios examine nuestro corazón. Podemos reconocer los males de nuestra cultura sin adoptar una actitud de superioridad ni negar nuestra responsabilidad personal. Mediante la expiación de Jesucristo recibimos poder para resistir las influencias corruptoras, abandonar nuestros propios pecados y convertirnos en una influencia de rectitud. No siempre podemos controlar la condición espiritual de la sociedad, pero sí podemos decidir qué palabras pronunciaremos, qué valores seguiremos y a quién permitiremos gobernar nuestra vida.


Isaías 6:6–7 — El carbón tomado del altar
«Voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar».

Después de que Isaías reconoció su impureza, uno de los serafines se acercó con un carbón encendido tomado del altar. El altar era el lugar del sacrificio, por lo que simbolizaba la expiación y la reconciliación con Dios. El carbón no procedía de un fuego común, sino de un lugar consagrado, lo cual enseña que la verdadera purificación no se origina únicamente en el esfuerzo humano. Doctrinalmente, esta imagen señala hacia el sacrificio de Jesucristo: es Su expiación la que proporciona el poder para limpiar al pecador y hacerlo digno de permanecer ante Dios.
El fuego puede representar juicio, pero aquí actúa como un poder refinador que no destruye a Isaías, sino que elimina su impureza. El carbón toca precisamente sus labios, la parte que él había confesado como inmunda y que después emplearía para hablar en nombre del Señor. Dios no solo le mostró su debilidad; aplicó el poder purificador exactamente donde era necesario y lo preparó para servir. De manera semejante, cuando nos arrepentimos, Cristo puede transformar nuestras debilidades en instrumentos de Su obra: aquello que antes evidenciaba nuestra necesidad puede llegar a testificar de Su gracia.


Isaías 6:7 — El pecado puede ser borrado
«Tu iniquidad es quitada y borrado tu pecado».

Isaías reconoció su impureza, pero no podía eliminarla por sí mismo. La purificación llegó desde el altar y por iniciativa divina, simbolizando que el perdón procede de la gracia y del sacrificio expiatorio de Jesucristo. El arrepentimiento requiere que reconozcamos y abandonemos el pecado, pero nuestros esfuerzos por sí solos no pueden borrar la culpa. Es el Salvador quien, mediante los méritos de Su sangre, satisface las demandas de la justicia y nos permite ser limpiados y reconciliados con Dios.
El Señor no respondió a la confesión de Isaías expulsándolo de Su presencia ni definiéndolo para siempre por su impureza. Lo limpió precisamente en el lugar de su debilidad y después lo preparó para hablar en Su nombre. Esto enseña que el perdón divino no consiste solo en cancelar una deuda pasada; también restaura nuestra capacidad de servir y progresar. Cuando nos arrepentimos sinceramente, Cristo puede transformar la vergüenza en gratitud, la debilidad en testimonio y a una persona consciente de sus faltas en un instrumento útil para Su obra.


El carbón encendido tomado del altar y colocado sobre los labios de Isaías simboliza el sacrificio expiatorio del Unigénito. No existe otra manera de quitar la iniquidad ni de purificar el pecado. Como se explica en Enós:

Y vino una voz a mí, diciendo: Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido.

Y yo, Enós, sabía que Dios no podía mentir; por tanto, mi culpa fue expurgada.

Y dije yo: Señor, ¿cómo se lleva esto a efecto?

Y Él me dijo: Por tu fe en Cristo, a quien nunca jamás has oído ni visto. Y pasarán muchos años antes que Él se manifieste en la carne; por tanto, ve, tu fe te ha sanado (Enós 1:5–8).

Isaías no preguntó: «¿Cómo se lleva esto a efecto?». Sin embargo, el siguiente tema de la conversación es: «¿A quién enviaré?» para quitar los pecados del mundo.


Isaías 6:8 — El Señor invita a participar en Su obra
«¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?».

Después de purificar a Isaías, el Señor le permitió oír la pregunta que lo invitaba a participar en la obra divina. Dios no necesitaba la capacidad independiente del profeta, pero escogió obrar por medio de una persona imperfecta que había sido limpiada, fortalecida y autorizada. El orden de la experiencia es doctrinalmente significativo: Isaías primero contempló la santidad de Dios, luego reconoció su necesidad, recibió purificación y finalmente fue llamado. El Señor no espera necesariamente que lleguemos perfectos al servicio; mediante Jesucristo nos prepara para cumplir aquello que nos encomienda.
La expresión «¿quién irá por nosotros?» puede evocar el consejo celestial y es compatible con la perfecta unidad del Padre y del Hijo en la obra de salvación. Además, el Señor formula una pregunta en lugar de imponer la misión, mostrando que el servicio consagrado requiere una respuesta voluntaria. Dios llama, purifica y concede poder, pero respeta nuestro albedrío. Las invitaciones divinas continúan llegando mediante la revelación, los convenios y las necesidades de quienes nos rodean; cada una nos permite decidir si emplearemos nuestra vida para participar en la obra redentora de Cristo.


En sus propias profecías, Isaías se utiliza con frecuencia como símbolo o representación de Cristo. Este es un excelente ejemplo. Evidentemente, la expresión «¿A quién enviaré?» hace referencia al consejo celebrado en el principio, cuando el Salvador fue escogido para ser el Redentor del mundo. La Perla de Gran Precio enseña esta doctrina:

Y el Señor dijo: ¿A quién enviaré? Y respondió uno semejante al Hijo del Hombre: Heme aquí; envíame. Y otro contestó, y dijo: Heme aquí; envíame a mí. Y el Señor dijo: Enviaré al primero.

Y el segundo se enojó y no guardó su primer estado; y muchos lo siguieron ese día (Abraham 3:27–28).

Y yo, Dios el Señor, hablé a Moisés, diciendo: Ese Satanás a quien tú has mandado en el nombre de mi Unigénito es el mismo que existió desde el principio, y vino ante mí, diciendo: Heme aquí; envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma; y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

Pero he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase Tu voluntad, y sea Tuya la gloria para siempre.

Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también que le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito.

Y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quisieran escuchar mi voz (Moisés 4:1–4).

Al considerar a Isaías como quien declaró: «Heme aquí; envíame», debemos entender que se estaba ofreciendo para la misión de predicar a la casa de Israel. Su misión representaba simbólicamente la de Cristo. Su pueblo era semejante al del tiempo de Cristo: tenía oídos, pero estaba espiritualmente sordo; tenía ojos, pero estaba espiritualmente ciego.

«En muchos aspectos, Isaías y Jesús afrontaron circunstancias de enseñanza semejantes y extremadamente difíciles. Isaías fue el último gran profeta que habló ante Israel reunido. Durante su ministerio, las diez tribus fueron llevadas cautivas; más adelante huyeron hacia el norte y llegaron a perderse. Sus palabras acompañaron a aquellos israelitas y, posteriormente, también a Lehi y a su pueblo. Naturalmente, los mensajes de Isaías también permanecieron entre los judíos de Jerusalén. Además, debido a que muchas de sus profecías se refieren a los últimos días, sus palabras tienen un valor particular para quienes pertenecen actualmente al Israel del convenio y leen su libro. Debido a ese extenso período y a la diversidad de actitudes espirituales que tendrían los lectores de su obra, Isaías afrontó el desafío de encontrar la manera de enseñar a un público tan variado.

»Jesús afrontó un desafío semejante durante Su ministerio terrenal. Necesitaba impartir conocimiento especial a Sus apóstoles y discípulos “escogidos”, al mismo tiempo que enseñaba a las multitudes. Entre la gente había personas con distintos grados de espiritualidad: algunas buscaban la verdad, otras intentaban tenderle trampas y muchas sencillamente satisfacían su curiosidad. Jesús también sabía que Sus palabras inspirarían a incontables generaciones de lectores pertenecientes a diferentes culturas, idiomas y condiciones espirituales. Por consiguiente, habló mediante parábolas para que cada oyente o lector pudiera comprender de acuerdo con su propio grado de sensibilidad espiritual» (Victor L. Ludlow, Isaiah: Prophet, Seer, and Poet, págs. 133–134).


Isaías 6:8 — “Heme aquí, envíame a mí”
«Entonces dije: Heme aquí, envíame a mí».

Isaías respondió al llamamiento sin exigir primero conocer todos los detalles ni recibir garantías de éxito visible. Había contemplado la santidad de Dios, reconocido su propia impureza y experimentado el poder del perdón; por eso, su gratitud se convirtió en disponibilidad para servir. La expresión «Heme aquí» significa más que indicar su presencia: comunica que ponía voluntariamente su vida, voz y capacidades a disposición del Señor. La gracia recibida no lo volvió pasivo, sino que despertó en él el deseo de participar en la obra divina.
Su respuesta recuerda la disposición premortal de Jesucristo: «Heme aquí; envíame». Aunque ningún siervo puede compararse con el Salvador, todo discípulo puede imitar Su voluntad de hacer la obra del Padre. El orden de la experiencia es importante: Isaías fue purificado antes de ser enviado, pero tampoco tuvo que alcanzar la perfección absoluta antes de servir. Dios tomó a un hombre consciente de sus debilidades y lo convirtió en profeta. El servicio cristiano nace no solo del deber, sino de la gratitud por la gracia de Cristo y de la confianza en que Él capacitará a quienes respondan voluntariamente a Su llamamiento.

Sharon Eubank: “Hermanos y hermanas, por medio de su ministerio, donaciones, tiempo y amor, ustedes han sido la respuesta a muchas oraciones. Y todavía hay muchísimo más por hacer. Como miembros bautizados de la Iglesia, estamos bajo convenio de cuidar a quienes están necesitados. Nuestros esfuerzos individuales no necesariamente requieren dinero o lugares muy lejanos; requieren la guía del Espíritu Santo y un corazón dispuesto a decirle al Señor: ‘Heme aquí, envíame a mí’. (Isaías 6:8)”. — (Sharon Eubank, de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, conferencia general de octubre de 2021, “Ruego que Él nos utilice”)


Isaías 6:9–10 — Oír sin entender
«Oíd bien, pero no entendáis; ved bien, pero no comprendáis».

Estas palabras no significan que Dios desee impedir arbitrariamente que Su pueblo comprenda y se arrepienta. Mediante un lenguaje profético e irónico, describen el resultado de la resistencia persistente de Israel: escucharían el mensaje de Isaías y contemplarían las obras de Dios, pero se negarían a reconocer su significado y obedecer. La repetición de la verdad no ablanda automáticamente el corazón; cuando una persona rechaza continuamente la luz, puede perder sensibilidad espiritual hasta oír sin escuchar realmente y mirar sin percibir.
La predicación de Isaías revelaría la condición interior de sus oyentes. La misma palabra divina que ilumina al humilde puede aumentar la responsabilidad y confirmar el endurecimiento de quien insiste en resistirla. No porque la verdad sea causa del mal, sino porque obliga a cada persona a decidir cómo responder. Jesucristo citó esta profecía para explicar por qué algunos presenciaban Sus milagros y escuchaban Sus enseñanzas sin convertirse. La familiaridad con el Evangelio no garantiza la transformación: necesitamos un corazón dispuesto a recibir corrección, arrepentirse y poner en práctica la verdad que ya conocemos.


Este pasaje se aplica al pueblo de la época de Isaías. También se aplica a muchas personas de nuestra época. De manera particular, se aplicó al pueblo de los días de Jesús:

Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él.

Por esto no podían creer, porque Isaías dijo también:

Él ha cegado los ojos de ellos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane.

Estas cosas dijo Isaías cuando vio Su gloria y habló acerca de Él (Juan 12:37, 39–41).

Y dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo, para que los que no ven vean, y los que ven sean cegados.

Y algunos de los fariseos que estaban con Él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos?

Jesús les dijo: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece (Juan 9:39–41).

El Salvador reprendió a los fariseos porque se consideraban sabios, perspicaces y espiritualmente iluminados. En realidad, eran las personas de corazón endurecido, espiritualmente ciegas y sordas acerca de las cuales había profetizado Isaías. El Salvador explicó que, si hubieran reconocido sus propias deficiencias —admitiendo que eran espiritualmente ciegos—, no habrían tenido pecado. Sin embargo, carecían de tal humildad. Su orgullo y su propia justicia permanecían intactos; por consiguiente, su «pecado permanece».

«Las palabras que el profeta Isaías recibió la comisión de proclamar tenían, en parte, el propósito de hacer que el pueblo fuera plenamente responsable de sus decisiones, de modo que quedara sin excusa… El pueblo afirmaba oír y ver, pero no comprendía el espíritu del mensaje.

»El mandato de “engrosar el corazón de este pueblo, agravar sus oídos y cegar sus ojos” se emplea para describir el proceso de hacer responsable al pueblo» (Manual del alumno del Antiguo Testamento, 1981, pág. 144).


Isaías 6:10 — La conversión trae sanidad
«No sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y sea sanado».

El versículo presenta una secuencia espiritual: ver, oír, entender, convertirse y ser sanado. Ver y escuchar no se refieren únicamente a capacidades físicas, sino a percibir la verdad con humildad y recibirla con disposición. Comprender «con el corazón» implica permitir que la palabra de Dios influya en nuestros deseos y decisiones. La conversión ocurre cuando esa comprensión nos mueve a volvernos hacia el Señor, abandonar el pecado y orientar la vida de acuerdo con Su voluntad.
La sanidad prometida es mucho más profunda que una mejoría física. Jesucristo puede quitar la culpa, sanar las heridas causadas por el pecado, restaurar nuestra relación con Dios y transformar progresivamente nuestra naturaleza. No todas las heridas emocionales o consecuencias temporales desaparecen de inmediato, pero ninguna queda fuera del alcance final de Su poder redentor. La tragedia de Israel consistía en que su dureza de corazón lo llevaba a rechazar precisamente la medicina que podía curarlo. Cristo continúa ofreciendo sanidad, pero debemos abrir los ojos, escuchar Su voz y volvernos voluntariamente hacia Él.


Isaías 6:11 — La compasión del profeta
«Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor?».

Cuando Isaías comprendió que el pueblo rechazaría su mensaje y que vendrían desolación y cautiverio, no reaccionó con satisfacción ni indiferencia. Su pregunta «¿Hasta cuándo?» expresa dolor por la duración y el alcance del juicio. Aunque acababa de aceptar su misión, ya comenzaba a sentir el peso espiritual de hablar a personas que quizá no responderían. El verdadero profeta no contempla la destrucción desde la distancia; ama al pueblo, se preocupa por su destino y desea que la disciplina termine en restauración.
Un mensajero de Dios declara la verdad con firmeza, pero no lo hace para humillar ni para satisfacer un deseo de condenación. La corrección profética busca despertar, proteger y conducir al arrepentimiento. En esto, Isaías anticipa el carácter compasivo de Jesucristo, quien denunció el pecado con claridad y, al mismo tiempo, lloró por Jerusalén. El pasaje también enseña cómo debemos corregir a los demás: con verdad, paciencia y dolor sincero por su sufrimiento, recordando que el propósito del Señor no es destruir al pecador, sino invitarlo a regresar y ser sanado.


Isaías 6:11–12 — Las consecuencias de rechazar a Dios
«Hasta que las ciudades estén asoladas y sin habitantes […] y la tierra quede desierta».

La persistente rebelión de Israel y Judá conduciría finalmente a invasión, destrucción y destierro. Esta profecía tendría cumplimientos históricos en las conquistas asirias y babilónicas, cuando ciudades fueron destruidas y muchos habitantes llevados lejos de su tierra. La desolación no surgiría de manera repentina ni sin advertencia: durante generaciones, el Señor había enviado profetas para llamar al pueblo al arrepentimiento. Sin embargo, al endurecer el corazón y rechazar repetidamente la palabra divina, la nación perdió la protección que había despreciado.
La paciencia de Dios es grande, pero no elimina el albedrío ni sus consecuencias. Él advierte porque ama y desea evitar la destrucción, no porque se complazca en castigar. Cuando las personas o las sociedades insisten en apartarse de la verdad, terminan debilitando los fundamentos espirituales y morales que las sostenían. No obstante, el juicio no sería el final de la historia de Israel: aun después del esparcimiento, el Señor preservaría un remanente y prepararía su futura restauración. En Jesucristo, la advertencia siempre conserva una puerta abierta al arrepentimiento y a la esperanza.


Isaías 6:13 — La simiente santa
«Como el terebinto y como la encina, de los cuales en la tala queda el tronco; así el tronco de ella será la simiente santa».

Después de anunciar ciudades desoladas, destierro y una tala casi completa, Isaías introduce una imagen de esperanza: el árbol sería cortado, pero su tronco permanecería en la tierra. Ese tronco representa al remanente que Dios preservaría para continuar cumpliendo Sus convenios. Israel sería castigado y esparcido, pero no borrado por completo. La expresión «simiente santa» enseña que la continuidad del pueblo no dependería únicamente de su fuerza nacional, sino de la fidelidad y misericordia del Señor, quien puede conservar vida incluso en medio de una gran devastación.
La imagen también dirige la mirada hacia Jesucristo, el Renuevo que surgiría de la casa de David. Cuando la dinastía y la nación parecieran reducidas a un tronco sin futuro, Dios haría brotar de ellas al Mesías y, mediante Él, ofrecería salvación a Israel y a todas las naciones. Este principio ofrece esperanza personal: las pérdidas y las consecuencias del pecado pueden dejar nuestra vida aparentemente arrasada, pero si queda una disposición sincera para volver a Dios, Cristo puede hacer surgir un nuevo comienzo. Lo que parece un final puede convertirse, en Sus manos, en la raíz de una restauración santa.