Lamentacionesde Jeremías

El libro de Lamentaciones de Jeremías da voz al dolor de un pueblo que ha visto caer Jerusalén, perder su templo y dispersarse a sus familias. Sus poemas nos acercan a esa tragedia a través de escenas concretas: los caminos vacíos en días de fiesta, los niños que piden pan y una ciudad que pregunta a quienes pasan si su dolor les conmueve. El pueblo reconoce su rebelión, recuerda las advertencias que desoyó y lleva ante Jehová preguntas que todavía le cuesta responder. Esa franqueza es una de las enseñanzas más profundas del libro. La oración puede dar cabida al duelo y a la confesión, incluso cuando todavía faltan palabras para expresar todo lo que se ha perdido.

En medio de ese dolor surge una declaración de esperanza: «Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:23). Jerusalén sigue en ruinas cuando el poeta recuerda la misericordia de Jehová, y ese recuerdo le da una razón para seguir buscándolo. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, esa confianza cobra un sentido especial al recordar que Jesucristo tomó sobre Sí nuestros dolores y aflicciones para saber cómo socorrernos (Alma 7:11–12). Por eso, la súplica final del libro, «Haznos volver a ti, oh Jehová, y nos volveremos» (Lamentaciones 5:21), también puede ser nuestra. Cuando el dolor nos deja sin saber por dónde empezar, podemos pedirle al Salvador que nos ayude a dar el primer paso hacia Él.


Contenido

Lamentaciones 1.
Lamentaciones 2.
Lamentaciones 3.
Lamentaciones 4.
Lamentaciones 5.


Lamentaciones 1

En el capítulo 1 de Lamentaciones de Jeremías, Jerusalén aparece como una viuda que llora en la noche. Sus antiguos aliados la han traicionado, sus hijos han ido al cautiverio y los caminos que antes se llenaban de peregrinos están de duelo. Al principio, el poeta habla de la ciudad, pero pronto Jerusalén misma toma la palabra y pregunta a quienes pasan: «¿No os conmueve?». Su clamor nos invita a detenernos ante el dolor ajeno. Luego, al decir «Jehová es justo; pues yo contra su palabra me rebelé», la ciudad reconoce su responsabilidad y, aun así, se atreve a pedir: «Mira, oh Jehová, porque estoy atribulada». En esa oración caben el arrepentimiento y el dolor. A la luz del Evangelio restaurado, podemos acercarnos a Jesucristo con ambos, confiando en que Él comprende nuestras aflicciones y puede socorrernos (Alma 7:11–12). Y cuando somos nosotros quienes pasamos junto a alguien que sufre, podemos responder a la pregunta de Jerusalén deteniéndonos a escuchar y acompañar.


Lamentaciones 1:4
«Las calzadas de Sion están de duelo, porque no hay quien venga a las fiestas solemnes».

La voz poética describe a Jerusalén en tercera persona tras la conquista babilónica y la destrucción del templo. Los caminos que antes recorrían los peregrinos están vacíos, las puertas han quedado desoladas y los sacerdotes gimen. La palabra hebrea môʿēd, traducida aquí como «fiestas solemnes», designa un tiempo señalado para la reunión y la adoración. Deuteronomio 16:16 ayuda a entender lo que se ha perdido al mencionar las tres fiestas anuales en que el pueblo debía acudir al lugar escogido por Jehová. El poeta dice que hasta los caminos están de duelo. Al atribuirles el dolor de quienes solían recorrerlos, hace sentir cuánto ha cambiado la vida de Sion.

Leídas junto a Isaías 35:8–10, las calzadas desiertas de Sion ofrecen un contraste. Isaías contempla un camino por el que los redimidos vuelven a Sion con gozo. Desde la perspectiva restaurada, ese regreso puede iluminar nuestro acercamiento a Jesucristo. En 3 Nefi 18:22–25, el Salvador manda a Sus discípulos que se reúnan con frecuencia y permitan que otros se alleguen a Él. De ese contraste se desprende un principio: al congregarnos para adorar a Jesucristo, podemos fortalecer nuestra fe y ayudar a otros a acercarse a Él. El lamento de Sion nos hace apreciar lo que significa contar con un lugar y un pueblo con quienes adorar al Señor.


Lamentaciones 1:5
«Jehová la afligió por la multitud de sus transgresiones».

Una voz poética describe a Jerusalén como una madre que ve a sus hijos marchar al cautiverio mientras sus enemigos pasan a gobernarla. Más adelante, la propia ciudad toma la palabra y pide a los pueblos que escuchen su dolor (Lamentaciones 1:18). La tradición atribuye el libro a Jeremías, aunque el poema no identifica a su autor. El lamento tiene como trasfondo la conquista babilónica de Jerusalén y la destrucción de su templo hacia el año 586 a. C. En hebreo, lerósh, traducido como «gobernantes», significa literalmente «a la cabeza». Esa expresión evoca Deuteronomio 28:43–45, donde el extranjero llega a ser cabeza e Israel queda en posición subordinada. El poeta interpreta así la derrota de Jerusalén a la luz de las consecuencias de quebrantar el convenio.

La nota sobre «transgresiones» remite a Jeremías 5:19–25, donde el profeta vincula el abandono de Jehová con la futura servidumbre en tierra ajena. La imagen de los hijos deportados pone de relieve un principio: las decisiones de una comunidad pueden traer consecuencias que alcanzan también a sus miembros más vulnerables. En la doctrina restaurada, Jesucristo es Jehová, el Señor a quien el poema atribuye el juicio sobre Jerusalén. En una lectura devocional, el destierro puede evocar la pérdida de libertad espiritual que trae el pecado. La esperanza de volver al Señor aparece en el propio libro, cuando el pueblo pide que Él lo haga volver a Sí (Lamentaciones 5:21). Alma 7:11–13 amplía esa esperanza al enseñar que el Salvador tomó sobre Sí los pecados y los dolores de Su pueblo. Gracias a Su Expiación, podemos arrepentirnos y acudir a Él en busca de perdón y consuelo.


Lamentaciones 1:8
«Todos los que la honraban la han despreciado, porque vieron su desnudez».

La voz poética sigue hablando de Jerusalén en tercera persona. Tras la conquista babilónica, la ciudad que antes era honrada aparece como una mujer humillada que suspira y se vuelve de espaldas. La expresión hebrea ḥēṭ ḥāṭəʾāh combina un sustantivo y un verbo de la misma raíz para dar énfasis a la acusación, de ahí «gravemente ha pecado». El término nîdāh, traducido en la edición de la Iglesia como «cosa inmunda», también se ha interpretado como «objeto de escarnio». La primera lectura destaca la impureza y la segunda, el desprecio público. La imagen de la desnudez expresa la vergüenza de quedar expuesta ante quienes antes la honraban. Ezequiel 16:37–39 emplea una imagen semejante al describir las consecuencias de la infidelidad de Jerusalén al convenio.

El lamento permite reconocer un principio: la infidelidad al convenio puede quebrantar la confianza y deteriorar relaciones que antes daban honra y seguridad. El versículo muestra el dolor de Jerusalén, y el propio libro abre un camino de regreso al invitar al pueblo a examinar su conducta y volver a Jehová (Lamentaciones 3:40). Desde la perspectiva restaurada, 3 Nefi 27:19–20 aclara cómo Jesucristo hace posible ese regreso. Allí el Salvador enseña que, por Su sangre, quienes se arrepienten, se bautizan y perseveran pueden ser limpios. Leído junto a esa enseñanza, el contraste entre la impureza de Jerusalén y la limpieza que ofrece Cristo ayuda a comprender otro principio: por medio de Su Expiación, el Salvador puede limpiarnos cuando nos volvemos a Él con fe y arrepentimiento.


Lamentaciones 1:9
«Mira, oh Jehová, mi aflicción, porque el enemigo se ha engrandecido».

La voz poética sigue describiendo a Jerusalén como una mujer humillada tras la conquista babilónica. La imagen de la inmundicia en sus faldas prolonga la del versículo anterior. Lo que antes podía quedar oculto ha quedado a la vista. En hebreo, ʾaḥarít significa «fin» o «desenlace». La frase «no se acuerda de su final» indica que Jerusalén no tuvo presente adónde la llevaba su conducta. Deuteronomio 32:29 emplea la misma palabra al expresar el deseo de que Israel considere cuál será su fin. Pero el versículo cambia de voz en su última línea. Hasta entonces, el poeta habla de Jerusalén en tercera persona. Ahora la ciudad misma se dirige a Jehová y le pide que mire su aflicción.

El versículo invita a considerar adónde nos llevan nuestras decisiones y muestra que podemos acudir al Señor aun en medio de sus consecuencias. Jerusalén sigue sin hallar consuelo cuando eleva su súplica. Más adelante, Lamentaciones 3:55–57 retoma ese movimiento de la angustia a la oración. Desde lo profundo, la voz del poema invoca a Jehová y recuerda que Él se acercó y le dijo que no temiera. A la luz de la doctrina restaurada, esa súplica puede leerse junto a Alma 7:11–12, donde se enseña que Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. Así, el ruego de Jerusalén encuentra un eco en la promesa de que el Salvador comprende el dolor de quienes claman a Él y puede sostenerlos en medio de su aflicción.


Lamentaciones 1:10
«Ha extendido su mano el adversario a todas sus cosas preciosas; ciertamente ella ha visto entrar en su santuario a las naciones».

La voz poética describe a Jerusalén como testigo del saqueo y, al decir «mandaste», se dirige a Jehová. El hebreo miqdāš designa el santuario, el lugar consagrado a Dios, mientras que qāhāl se refiere a la asamblea del pueblo. El poema relaciona ambas imágenes para expresar la gravedad de la profanación. Quienes estaban fuera de la asamblea de Israel han irrumpido por la fuerza en su lugar más sagrado. Jeremías 52:17–23 da un marco histórico a la escena al narrar cómo los babilonios se llevaron los utensilios y las piezas de bronce del templo. Para Jerusalén, la pérdida de sus objetos preciosos iba unida a la profanación del lugar donde adoraba a Jehová.

Leído junto a Marcos 11:15–17, el lamento ayuda a apreciar cómo Jesucristo honró la santidad del templo. En un contexto distinto, Jesús echó a quienes comerciaban allí y, citando Isaías 56:7, recordó que la casa de Dios debía ser una casa de oración para todos los pueblos. Isaías también habla de extranjeros que se allegan al Señor y guardan Su convenio. Ese paralelo permite distinguir la entrada violenta que lamenta Jerusalén de la acogida que Dios promete a quienes vienen a adorarlo. De estos pasajes se desprende un principio: honramos la santidad de la casa del Señor cuando la tratamos con reverencia y recordamos su propósito de acercarnos a Él.


Lamentaciones 1:12
«¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad y ved si hay dolor como el dolor que me ha venido».

Jerusalén, personificada como una mujer, toma la palabra y se dirige a quienes pasan por el camino. Tras la conquista babilónica, la ciudad pide que alguien se detenga y mire lo que le ha sucedido. La pregunta «¿No os conmueve?» traduce la breve expresión hebrea lôʾ ʾalêkhem, que puede entenderse como «¿No os importa?». Los dos imperativos, «mirad y ved», refuerzan el ruego de que los transeúntes reconozcan su dolor. La expresión «el día de su ardiente furor» sitúa la ruina de Jerusalén en el marco del juicio divino. Unos versículos más adelante, la propia ciudad reconoce que se rebeló contra la palabra de Jehová y vuelve a pedir que otros escuchen su lamento (Lamentaciones 1:18). El poema reúne así la confesión de su rebeldía y la súplica de que alguien se compadezca de ella.

El dolor que habla en el versículo es el de Jerusalén. En una lectura devocional, su ruego puede resonar con Isaías 53:3–5, donde el Siervo es despreciado y lleva sobre Sí los dolores y las transgresiones de otros. Alma 7:11–12 enseña que Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. Esa enseñanza también ilumina nuestra respuesta ante la pregunta de Jerusalén. Seguir a Jesucristo implica detenernos, reconocer el dolor ajeno y acompañar a quien sufre. Es lo que Alma invita a hacer en Mosíah 18:8–9 al hablar de llevar las cargas de los demás, llorar con quienes lloran y consolar a quienes necesitan consuelo.


Lamentaciones 1:14
«El yugo de mis transgresiones ha sido atado por su mano; entrelazadas han subido sobre mi cerviz; ha hecho decaer mis fuerzas».

Jerusalén, personificada como una mujer, sigue hablando en primera persona ante quienes pasan por el camino (Lamentaciones 1:12). Tras la conquista babilónica, describe su derrota como un peso que le dobla el cuello y le quita las fuerzas. El hebreo ʿōl significa «yugo», la pieza que se colocaba sobre el cuello de los animales de tiro y que aquí evoca la pérdida de libertad. Las transgresiones aparecen entrelazadas como una carga, y Jerusalén dice que el Señor mismo se la ha atado. El poema presenta así la dominación enemiga como consecuencia de la rebelión de la ciudad contra Jehová, una responsabilidad que ella reconoce abiertamente en Lamentaciones 1:18. Jeremías 27:8, 12 da un contexto histórico a la imagen al usar el yugo para representar la sujeción al rey de Babilonia.

Del lamento se desprende un principio: la desobediencia puede llegar a limitarnos hasta dejarnos sin fuerzas para salir por nuestra cuenta de sus consecuencias. En una lectura devocional, el yugo de Jerusalén contrasta con el que Jesucristo invita a tomar en Mateo 11:28–30. En Lamentaciones, el yugo pesa sobre una ciudad sometida. En Mateo, Jesús invita a los cansados y cargados a venir a Él y aprender de Él para hallar descanso. Alma 36:17–21 muestra cómo se experimenta ese descanso al arrepentirse. Cuando Alma recuerda a Jesucristo y clama por misericordia, la angustia por sus pecados da paso al gozo. Leídos juntos, estos pasajes enseñan que cuando el peso del pecado nos abruma, podemos acudir a Jesucristo con arrepentimiento y recibir, por Su Expiación, el perdón y el descanso que Él promete.


Lamentaciones 1:16
«Mis ojos, mis ojos destilan lágrimas, porque se ha alejado de mí el consolador que da reposo a mi alma».

Jerusalén sigue hablando en primera persona, como una madre que llora por sus hijos tras la conquista babilónica. Su lamento continúa el llamado a los transeúntes de Lamentaciones 1:12, a quienes pidió que se detuvieran a mirar su dolor. La repetición «mis ojos, mis ojos» intensifica el llanto. En hebreo, mēšîḇ nap̄šî, traducido como «da reposo a mi alma», expresa la idea de recobrar el ánimo o las fuerzas. Jerusalén echa de menos a alguien que pueda alentarla mientras su pueblo sufre las consecuencias de la derrota. El versículo siguiente retoma esa soledad con otro gesto: Sion extiende las manos y sigue sin hallar quien la consuele.

El poema expresa la ausencia de alguien que consuele a Jerusalén. Leído junto a Juan 14:16–18, 26, ese anhelo encuentra un eco en la promesa de Jesucristo a Sus discípulos. Ante Su partida, les asegura que no los dejará huérfanos y que el Padre enviará al Consolador, el Espíritu Santo. Alma 7:11–12 enseña, además, que el Salvador tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. De estos pasajes se desprende un principio: el Señor puede sostenernos en medio del duelo, aun mientras persisten las circunstancias que nos hacen llorar. Como discípulos, podemos participar de ese cuidado al cumplir el compromiso de consolar a quienes necesitan consuelo, tal como enseña Mosíah 18:8–9.


Lamentaciones 1:18
«Jehová es justo; pues yo contra su palabra me rebelé. Oíd, ahora, pueblos todos, y ved mi dolor».

Jerusalén, personificada como una mujer, habla en primera persona y se dirige a todos los pueblos. Después de la conquista babilónica, la ciudad reconoce su rebelión contra Jehová y pide que otros sean testigos de su dolor al ver partir al cautiverio a sus jóvenes. En hebreo, ṣaddîq significa «justo», y pîhû mārîtî expresa literalmente que Jerusalén se rebeló contra «su boca», una manera de referirse a lo que Jehová había dicho. La confesión vuelve sobre la explicación que daba el poeta en Lamentaciones 1:5, pero ahora es la propia ciudad la que reconoce su responsabilidad. En la misma voz caben la confesión y el lamento. Jerusalén afirma que Jehová es justo y pide que se escuche su dolor.

En la doctrina restaurada, Jesucristo es Jehová, cuya justicia reconoce Jerusalén. El versículo expresa una confesión, y Lamentaciones 3:40 da el paso siguiente al invitar al pueblo a examinar su conducta y volver al Señor. Alma 42:22–24 amplía esa enseñanza al explicar que, por la Expiación de Jesucristo, la misericordia alcanza a quienes se arrepienten y la justicia conserva sus demandas. De ahí surgen dos principios para el discipulado. Reconocer con sinceridad nuestra desobediencia es un paso hacia el arrepentimiento. Y podemos confiar en la justicia del Señor y acudir a Él con nuestro dolor. El mismo Dios a quien Jerusalén dirige su confesión es Aquel de quien el libro afirma que se compadece conforme a la abundancia de Sus misericordias.


Lamentaciones 1:21
«Me han oído gemir, mas no hay consolador para mí. Todos mis enemigos han oído de mi mal; se alegran de lo que tú hiciste».

Jerusalén, personificada como una mujer, se dirige a Jehová tras la conquista babilónica. La repetición de «han oído» acentúa su soledad. Su gemido se ha escuchado, pero nadie la consuela, y sus enemigos se alegran de su desgracia. En la frase «harás llegar el día que has anunciado», el verbo hebreo hēḇēʾtā admite también una lectura de súplica confiada: «Haz llegar ese día». El versículo siguiente aclara lo que Jerusalén pide: que la maldad de sus adversarios también comparezca ante Jehová. Abdías 1:12–15 ofrece un paralelo concreto al censurar a Edom por alegrarse de la ruina de Judá y anunciar que responderá por sus propios actos.

Jerusalén ha reconocido su propia rebelión en Lamentaciones 1:18, y ahora confía a Jehová el juicio sobre quienes celebran su caída. De ahí se desprende un principio: podemos reconocer nuestras faltas y acudir al Señor con el dolor que otros nos han causado. El Nuevo Testamento ofrece una manera de vivir ese principio al seguir a Jesucristo. 1 Pedro 2:21–23 enseña que, cuando el Salvador padeció y fue maltratado, se encomendó al que juzga con justicia. Su ejemplo nos ayuda a poner el agravio en manos de Dios y a responder con compasión cuando somos nosotros quienes oímos el lamento de alguien más.


Lamentaciones 2


Lamentaciones 2 tiene como trasfondo la conquista de Jerusalén por los babilonios hacia el año 586 a. C. Tras un asedio que dejó a la población sin alimento, las fuerzas de Nabucodonosor derribaron las murallas, destruyeron el templo y deportaron a parte del pueblo de Judá. El capítulo es un poema acróstico de 22 versículos, cada uno encabezado en hebreo por una letra del alfabeto. La tradición atribuye el libro a Jeremías, quien vivió en aquella época, aunque el poema no identifica a su autor. Al comienzo, la voz poética describe la caída de Sion y la interpreta a la luz de las advertencias del convenio. Luego, el poeta expresa su propio dolor al ver a los niños desfallecer de hambre y pregunta: «¿Quién te sanará?». Al final, Jerusalén misma toma la palabra y le pide a Jehová que mire su sufrimiento. Ese cambio de voz nos lleva de contemplar la ciudad en ruinas a escuchar la oración de un pueblo que, aun en medio de su quebranto, se vuelve al Señor.


Lamentaciones 2:5
«El Señor llegó a ser como enemigo».

Tras la conquista babilónica de Jerusalén, el poeta contempla los palacios destruidos, las fortalezas arruinadas y el dolor de la población. En hebreo, kəʾōyēḇ significa «como un enemigo». La comparación cobra fuerza al leer el versículo 3, donde el Señor retira Su diestra de delante del enemigo. La mano que Sion esperaba que la defendiera ya no la protege, y el poeta atribuye al Señor el juicio que la ciudad experimenta. El verbo billaʿ, traducido como «destruyó», significa «devoró» o «tragó». Su repetición transmite la magnitud de la ruina. Así, el lamento expresa cuán desconcertante fue para Judá experimentar el juicio de Aquel en quien había puesto su confianza.

Lamentaciones 3:31–33 permite escuchar el resto del testimonio del libro. El Señor no desecha para siempre y se compadece conforme a la abundancia de Sus misericordias. Desde la perspectiva restaurada, 3 Nefi 9:13–14 ofrece un paralelo. Después de una gran destrucción, Jesucristo invita a los sobrevivientes a arrepentirse y venir a Él para ser sanados. Leídos juntos, estos pasajes enseñan que podemos tomar en serio las consecuencias de nuestras decisiones y, aun en medio del dolor, confiar en la misericordia del Salvador. El lamento de Judá da voz a lo difícil que puede ser volver al Señor cuando sentimos que nos ha retirado Su protección. La invitación de Cristo nos da una razón para hacerlo.


Lamentaciones 2:13
«Grande como el mar es tu quebranto. ¿Quién te sanará?».

Tras la caída de Jerusalén ante Babilonia, el poeta se dirige a la ciudad como a una mujer herida. Acaba de describir a los niños desfalleciendo de hambre en brazos de sus madres, y ahora busca con qué comparar el dolor de Sion para poder consolarla. La palabra hebrea šeḇer, traducida como «quebranto», evoca una fractura o una ruina. La comparación con el mar comunica la magnitud de esa herida. El poeta puede dar testimonio de lo que ha visto y llorar con Jerusalén, pero deja abierta la pregunta de quién podrá sanarla.

Más adelante, el mismo poeta invita a Sion a derramar su corazón ante el Señor y a orar por la vida de sus pequeños (Lamentaciones 2:19). Desde la perspectiva restaurada, Alma 7:11–12 da luz a la pregunta «¿Quién te sanará?». Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. De ahí surge un principio para nuestra vida: podemos acudir al Salvador con un dolor que todavía no sabemos expresar, y Él puede sostenernos mientras lo atravesamos. El ejemplo del poeta también nos enseña cómo acompañar a otros. A veces, lo primero que podemos ofrecer es reconocer su dolor y quedarnos a su lado.


Lamentaciones 2:14
«No expusieron tu iniquidad para evitar tu cautiverio».

El poeta se dirige a Jerusalén después de la conquista babilónica y denuncia a los profetas que le ofrecieron visiones engañosas. En hebreo, gillû, traducido como «expusieron», significa «descubrieron» o «pusieron al descubierto». El reproche tiene dos partes: aquellos profetas anunciaron falsedades y dejaron sin señalar la conducta que el pueblo necesitaba corregir. Jeremías 23:16–22 aclara el contraste. Allí, algunos profetas prometen paz a quienes persisten en su mal camino, mientras Jehová declara que, si hubieran escuchado Su palabra, habrían procurado apartar al pueblo de sus malas obras.

De este pasaje se desprende un principio: la enseñanza profética fiel nos ayuda a reconocer el pecado y nos invita a volver al Señor. Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 18:10–14 muestra por qué ese llamado es una expresión de amor. Las almas son de gran valor para Dios, y Jesucristo padeció para que todos pudieran arrepentirse y venir a Él. Lamentaciones muestra lo que se pierde cuando se oculta la verdad que podría llevar al arrepentimiento. La revelación restaurada muestra lo que el Salvador ofrece cuando respondemos a esa verdad: la oportunidad de cambiar y volver a Él.


Lamentaciones 2:17
«Jehová ha hecho lo que tenía determinado; ha cumplido su palabra».

Ante las ruinas de Jerusalén, el poeta responde a la jactancia de los enemigos, que en el versículo anterior exclaman: «¡La hemos devorado!». Ellos celebran su victoria, mientras el poeta interpreta la caída a la luz de lo que Jehová había advertido desde antiguo. La expresión hebrea biṣṣaʿ ʾemrātô, traducida como «ha cumplido su palabra», comunica que el Señor llevó a efecto lo que había anunciado. Deuteronomio 28:47–52 da contexto a esa afirmación al describir el asedio y la caída de las ciudades entre las consecuencias de abandonar el convenio. El contraste entre ambos versículos ayuda a entender el lamento: lo que los vencedores celebran como triunfo militar, el poeta lo entiende como cumplimiento de una advertencia divina.

De este pasaje se desprende un principio: escuchar la palabra del Señor a tiempo nos da la oportunidad de corregir nuestro rumbo. Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 1:37–38 amplía esa enseñanza al afirmar que las palabras del Señor se cumplirán, sea por Su propia voz o por la de Sus siervos. Esa fidelidad da peso tanto a Sus advertencias como a Sus promesas. En Doctrina y Convenios 58:42–43, el mismo Señor promete perdonar a quien se arrepiente y señala la confesión y el abandono del pecado como parte de ese cambio. Por eso, cuando la palabra del Señor nos muestra algo que debemos corregir, podemos recibirla como una invitación a volver a Jesucristo y confiar en Su promesa de perdón.


Lamentaciones 2:19
«Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor».

En medio de la devastación de Jerusalén, la voz poética se dirige a Sion como a una madre y la llama a levantarse en la noche, clamar y alzar las manos por sus pequeños, que desfallecen de hambre en las calles. El verbo hebreo šip̄ḵî, «derrama», es un imperativo femenino dirigido a la ciudad personificada. La comparación con el agua da forma a la súplica: Sion puede poner ante el Señor todo lo que lleva dentro. En el versículo siguiente, la ciudad responde con sus propias palabras: «Mira, oh Jehová, y considera». El poema pasa así de la invitación a orar a una oración que se atreve a nombrar lo que más duele.

El versículo enseña que podemos llevar nuestro dolor ante Dios e interceder por quienes sufren. Alma 34:26–27 amplía ese principio al invitarnos a derramar el alma en oración y a mantener el corazón vuelto al Señor por nuestro bienestar y el de quienes nos rodean. El versículo 28 une esa oración al cuidado concreto de los necesitados. Jesucristo nos da un ejemplo de esa intercesión en 3 Nefi 17:14–17, cuando ora al Padre por el pueblo reunido y lo conmueve profundamente. A la luz de ese ejemplo, alzar las manos por alguien significa llevar su necesidad ante el Padre y estar dispuestos a hacer lo que esté a nuestro alcance para aliviarla.


Lamentaciones 3


Lamentaciones 3 tiene como trasfondo la caída de Jerusalén ante Babilonia hacia el año 586 a. C. En medio de la devastación de Judá, una voz poética habla en primera persona como «el hombre que ha visto la aflicción». La tradición atribuye el libro a Jeremías, aunque el poema no identifica al hablante por nombre. Su lamento personal se entrelaza con el de toda la comunidad, como se ve cuando pasa del «yo» al «nosotros» e invita al pueblo a examinar sus caminos y volver a Jehová (versículos 40–42). El capítulo tiene 66 versículos organizados en grupos de tres, cada uno de los cuales comienza con la misma letra hebrea, siguiendo el orden del alfabeto. En el centro del poema, después de confesar que se le han acabado las fuerzas y la esperanza, el hablante recuerda que las misericordias del Señor son nuevas cada mañana (versículos 21–24). El dolor continúa, pero ese recuerdo le permite volver a orar y reconocer que Jehová se acercó cuando clamó desde lo profundo y le dijo: «No temas» (versículo 57). Así, el capítulo muestra cómo, en medio de una calamidad que todavía no termina, el recuerdo de la fidelidad de Dios puede devolverle la esperanza a quien sufre.


Lamentaciones 3:21–24
«Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad».

En medio del lamento por la caída de Jerusalén, el poeta acaba de decir que se le han agotado las fuerzas y la esperanza (versículo 18). El giro comienza cuando decide «hacer volver» algo a su corazón. Esa expresión hebrea, que también puede traducirse como «traer a la memoria», muestra que el poeta recuerda deliberadamente la misericordia de Jehová. La palabra ḥéseḏ, traducida aquí como «misericordia», reúne las ideas de bondad y lealtad. Jerusalén sigue en ruinas, pero el poeta reconoce una señal de esa bondad en que el pueblo no ha sido consumido. Por eso, su lenguaje cambia. Pasa de hablar acerca del Señor a dirigirse a Él: «Grande es tu fidelidad».

Al decir «Mi porción es Jehová», el poeta identifica en quién puede confiar cuando tanto de lo que sostenía su vida se ha perdido. Desde la perspectiva restaurada, Éter 12:4 amplía esa enseñanza al presentar la esperanza que nace de la fe en Dios como un ancla para el alma. De ahí surge un principio: recordar la misericordia del Señor puede renovar nuestra esperanza mientras la aflicción todavía continúa. En un día difícil, podemos llevar a la oración el recuerdo de alguna ocasión en que Jesucristo nos sostuvo. Ese recuerdo puede ayudarnos a confiar en Él para dar el siguiente paso.


Lamentaciones 3:25–26
«Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová».

En medio del lamento por la caída de Jerusalén, el poeta acaba de declarar que Jehová es su porción y que en Él esperará. El versículo 25 une esa espera con la búsqueda: el Señor es bueno con quienes ponen su esperanza en Él y lo buscan. El versículo 26 añade el matiz de dûmām, «en silencio» o «quietamente». En el contexto del poema, esa quietud expresa la paciencia de quien todavía aguarda la liberación. Más adelante, el mismo poeta recuerda que clamó desde una cisterna y que el Señor se acercó y le dijo «No temas». El silencio de la espera y el clamor de la oración caben en la experiencia de la misma persona.

Desde la perspectiva restaurada, Mosíah 24:13–16 muestra cómo puede llegar la ayuda del Señor durante la espera. El pueblo de Alma seguía bajo servidumbre cuando el Señor lo fortaleció para sobrellevar sus cargas. La liberación llegó después. Ese relato ayuda a reconocer que el socorro de Jesucristo puede manifestarse primero en la fuerza para afrontar lo que aún no ha cambiado. Esperar en el Señor es seguir buscándolo en oración y confiar en Su ayuda mientras damos el paso que hoy está a nuestro alcance.


Lamentaciones 3:31–33
«Si aflige, también se compadecerá según la multitud de sus misericordias».

En medio del duelo por la caída de Jerusalén, la voz poética afirma que el Señor «no desechará para siempre». Esa convicción ayuda a leer el capítulo anterior, donde Judá experimenta el juicio con tal severidad que el poeta dice que el Señor llegó a ser «como enemigo» (Lamentaciones 2:5). En el versículo 33, la expresión hebrea millibbô, traducida como «voluntariamente», significa literalmente «de su corazón». En este contexto, comunica que el Señor no se complace en afligir. El poeta reconoce la gravedad del juicio y, al mismo tiempo, confía en que la compasión del Señor pone un límite al rechazo que Judá está experimentando.

Desde la perspectiva restaurada, Alma 7:11–12 ayuda a comprender cómo se manifiesta esa compasión. Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. Y en Doctrina y Convenios 121:7–8, el Señor ofrece paz a José Smith mientras aún está preso. En ambos pasajes, el socorro del Salvador alcanza a quienes sufren en medio de su aflicción. De ahí surge un principio: podemos confiar en la compasión del Señor aun cuando la prueba continúe y todavía no entendamos su desenlace. Esa confianza nos permite llevarle nuestro dolor tal como lo sentimos.


Lamentaciones 3:40–42
«Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos y volvámonos a Jehová».

En medio del duelo por la caída de Jerusalén, el poeta pasa del «yo» al «nosotros» e invita a todo el pueblo a examinar su conducta. En hebreo, los dos primeros verbos, naḥpəśāh y naḥqōrāh, refuerzan la idea de investigar a fondo los propios caminos. El tercero, nāšûḇāh, significa «volvámonos» y señala el propósito de ese examen: regresar a Jehová. En el versículo 41, el pueblo levanta el corazón junto con las manos, uniendo la disposición interior al gesto de oración. En el 42, la invitación se convierte en confesión: «Nosotros hemos transgredido y nos hemos rebelado». La comunidad reconoce su responsabilidad mientras todavía vive las consecuencias de la caída.

Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 58:42–43 amplía esta enseñanza. Jesucristo promete perdonar a quien se arrepiente y señala la confesión y el abandono del pecado como señales de ese cambio. El lamento de Judá nos permite ver el comienzo de ese proceso: mirar con sinceridad cómo hemos vivido y dirigirnos al Señor con lo que descubrimos. El arrepentimiento une el examen honrado de nuestros actos con la decisión de volver a Jesucristo y cambiar de rumbo. Podemos ponerlo en práctica al preguntarnos en oración qué conducta debemos corregir y dar un paso concreto para abandonarla.


Lamentaciones 3:55–58
«Te acercaste el día en que te invoqué; dijiste: No temas».

Desde lo profundo de la cisterna, la voz poética invoca a Jehová. La imagen recoge la angustia de los versículos anteriores, donde el hablante se siente acorralado por sus enemigos y da su vida por perdida. Al comienzo del capítulo había dicho que el Señor cerraba Sus oídos a su oración (versículo 8). Ahora puede decirle: «Oíste mi voz». El verbo hebreo qāraḇtā, traducido como «te acercaste», expresa que el Señor se hizo cercano al que clamaba. Su primera respuesta es «No temas». Luego, el poeta reconoce que el Señor defendió su causa y rescató su vida, aunque todavía le pide que haga justicia frente al agravio de sus enemigos (versículo 59).

Desde la perspectiva restaurada, Alma 7:11–12 ilumina esa experiencia al enseñar que Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. El orden del relato ofrece una enseñanza para nosotros: antes de hablar del rescate, el poeta recuerda que el Señor se acercó y le habló en medio de su temor. Podemos clamar al Salvador desde lo más profundo de nuestra aflicción y recibir Su socorro mientras todavía aguardamos la liberación. En Doctrina y Convenios 121:7–8, esa ayuda toma la forma de palabras de paz que el Señor dirige a José Smith cuando aún está preso.


Lamentaciones 4


Lamentaciones 4 es un poema acróstico de 22 versículos que recuerda el asedio y la caída de Jerusalén ante Babilonia hacia el año 586 a. C. El poeta contrasta la antigua prosperidad de Sion con el hambre que padeció su población. Al comienzo, los hijos de la ciudad, antes estimados como oro puro, son tratados como vasijas de barro, y los niños piden pan sin que nadie pueda dárselo. El lamento señala la responsabilidad de los profetas y sacerdotes que derramaron sangre inocente y recuerda cómo fracasaron las esperanzas de auxilio extranjero y de protección bajo el rey, cuyo apresamiento se evoca en la figura del «ungido de Jehová». Al final, el poema se vuelve hacia Edom y anuncia que también responderá por su iniquidad, mientras declara que el castigo de Sion ha llegado a su término. Esa última palabra da al capítulo un horizonte de esperanza en medio de la devastación: el cautiverio tiene un límite.


Lamentaciones 4:1–2
«Los hijos preciados de Sion, estimados más que el oro puro, ¡cómo son ahora estimados como vasijas de barro, obra de manos de alfarero!».

Tras la caída de Jerusalén, el poeta abre el lamento con la imagen del oro que ha perdido su brillo y de las piedras del santuario esparcidas por las calles. En el versículo 2, la mirada pasa de las ruinas a las personas. El hebreo yəqārîm, traducido como «preciados», describe a los hijos de Sion como personas de gran valor. El verbo neḥšəḇû, «son estimados», pone el énfasis en cómo ahora se les considera: como vasijas comunes de barro. La exclamación «¡cómo!» expresa el asombro del poeta ante ese cambio. Quienes antes eran tenidos en alta estima ahora sufren el desprecio que acompaña a la derrota.

Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 18:10–11 nos ayuda a distinguir el trato que una persona recibe del valor que tiene ante Dios. El Señor declara que las almas son de gran valor a Su vista y vincula esa verdad con lo que Jesucristo padeció para que todos pudieran arrepentirse y venir a Él. Leídos juntos, estos pasajes enseñan que el valor de una persona ante Dios permanece aun cuando otros dejen de reconocerlo. Podemos vivir esa enseñanza al tratar con dignidad a quien ha perdido su posición, sus bienes o el reconocimiento de los demás, tal como el poeta sigue llamando «preciados» a los hijos de Sion en medio de su humillación.


Lamentaciones 4:12–13
«Por los pecados de sus profetas y por las iniquidades de sus sacerdotes, que derramaron en medio de ella la sangre de los justos».

El poeta recuerda el asombro que causó la entrada del enemigo por las puertas de Jerusalén. La ciudad parecía inexpugnable, pero el lamento dirige la atención a lo que ya ocurría dentro de sus murallas: entre quienes debían orientar al pueblo había profetas y sacerdotes que derramaban «la sangre de los justos». El hebreo ṣaddîqîm, «justos», describe aquí a quienes sufrieron esa violencia y acentúa la gravedad de la acusación contra los dirigentes. Miqueas 3:9–12 ofrece un paralelo al denunciar a los líderes que edificaban Sion con sangre mientras se amparaban en la seguridad de que Jehová estaba con ellos. Ambos pasajes muestran la contradicción de invocar el nombre del Señor mientras se perjudica a quienes se tiene el deber de cuidar.

Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 121:36–37 enseña que los poderes del cielo se ejercen conforme a principios de rectitud y que, cuando se usa la autoridad para encubrir pecados o ejercer dominio injusto, el Espíritu del Señor se retira. Jesucristo muestra cómo ejercer esa responsabilidad al enseñar que quien aspira a ser grande entre Sus discípulos debe servir a los demás, siguiendo Su propio ejemplo (Mateo 20:25–28). De ahí surge un principio: ejercer autoridad a la manera de Cristo implica usarla para servir y proteger a las personas confiadas a nuestro cuidado, especialmente cuando son vulnerables al abuso de poder.


Lamentaciones 4:17
«Hemos aguardado a una nación que no puede salvar».

La voz del poema pasa al «nosotros» y recuerda la espera de quienes vigilaban el horizonte durante el asedio de Jerusalén. El hebreo repite la raíz ṣāfâ, «vigilar» o «mirar desde un puesto de observación». La imagen es la de un pueblo que mira una y otra vez hasta que le desfallecen los ojos. El versículo deja a la nación sin nombrar, pero Jeremías 37:5–10 ayuda a identificarla con Egipto. La salida del ejército egipcio hizo que los babilonios levantaran temporalmente el asedio. Jeremías advirtió, sin embargo, que los egipcios volverían a su tierra y que los babilonios regresarían. Hubo un alivio momentáneo, pero el socorro esperado no libró a Jerusalén.

En el lamento, «salvar» significa librar a la ciudad del asedio. Salmos 146:3–5 amplía la enseñanza al reconocer los límites del poder humano y llamar bienaventurado a quien pone su esperanza en Jehová. Desde la perspectiva restaurada, Mosíah 3:17 lleva esa confianza al plano de la salvación espiritual, que viene por medio de Jesucristo. De ahí surge un principio: podemos recibir con gratitud la ayuda de otros y depositar nuestra esperanza más profunda en el Salvador. Cuando un apoyo del que dependíamos falla, podemos preguntarnos qué esperamos que resuelva y qué necesitamos confiarle al Señor.


Lamentaciones 4:20
«A su sombra tendremos vida entre las naciones».

Tras la caída de Jerusalén, el poeta recuerda la esperanza que Judá había depositado en su rey. En hebreo, māšîaḥ significa «ungido» y, en este contexto, designa al rey de Judá, generalmente identificado con Sedequías, a quien los babilonios capturaron mientras huía de la ciudad (2 Reyes 25:4–7). Al llamarlo «el aliento de nuestra nariz», el pueblo expresa cuánto dependía de él para sobrevivir. La imagen de vivir «a su sombra» evoca el amparo que esperaban encontrar bajo su gobierno aun en medio de otras naciones. El dolor del versículo nace del contraste entre esa esperanza y la captura del propio rey.

En una lectura cristológica, la pérdida del amparo que Judá esperaba de su rey ayuda a apreciar la seguridad que Jesucristo, el Mesías, ofrece a Sus discípulos. Helamán 5:12 expresa esa seguridad con otra imagen: la roca sobre la cual podemos edificar. En ese pasaje, las tormentas llegan incluso a quienes han edificado sobre Cristo, pero carecen del poder para arrastrarlos si permanecen firmes sobre ese fundamento. De ahí surge un principio: cuando fallan los apoyos en los que contábamos, Jesucristo puede sostener nuestra fe en medio de la prueba. Edificar sobre Él significa hacer de Su palabra y de nuestros convenios con Él la base de nuestras decisiones, aun cuando el futuro sea incierto.


Lamentaciones 4:21–22
«Se ha cumplido tu castigo, oh hija de Sion».

El poema termina dirigiéndose a dos pueblos. Primero habla con ironía a Edom, que se alegra de la desgracia de Judá, y le advierte que la copa del juicio también llegará hasta él. Abdías 1:12–15 ayuda a entender ese reproche al censurar a Edom por alegrarse de la caída de Jerusalén y aprovecharse de ella. Luego, el poeta se dirige a Sion. La expresión hebrea tam ʿăwōnēḵ indica, en este contexto, que el castigo por su iniquidad llega a su término. El mismo término hebreo se traduce como «castigo» al hablar de Sion y como «iniquidad» al hablar de Edom. Ese contraste da fuerza al cierre: el destierro de Sion tiene un límite, y Edom deberá responder por sus propios actos.

Lamentaciones 3:31–32 da sentido a esa esperanza al afirmar que el Señor no desechará para siempre y que se compadece conforme a la abundancia de Sus misericordias. En su contexto, Lamentaciones 4 habla del destierro de Judá. Desde la perspectiva restaurada, 3 Nefi 9:13–14 amplía la enseñanza al mostrar a Jesucristo invitando a quienes han sobrevivido a una calamidad a arrepentirse, volver a Él y recibir sanación. De ambos pasajes se desprende un principio: aun en medio de las consecuencias de nuestras decisiones, podemos volver al Salvador y confiar en Su misericordia. La promesa a Sion abre esa posibilidad cuando su pueblo todavía tiene por delante la tarea de rehacer su vida.


Lamentaciones 5


Lamentaciones 5 cierra el libro con una oración comunitaria que nace de la desolación de Judá tras la caída de Jerusalén ante Babilonia. El pueblo habla en primera persona plural y le pide a Jehová que mire lo que ha sucedido. Sus tierras y casas han pasado a manos ajenas, conseguir pan supone arriesgar la vida y el gozo de la ciudad se ha convertido en duelo. La comunidad reconoce que sufre las consecuencias de los pecados de generaciones anteriores y también confiesa sus propias faltas. En los últimos versículos, afirma que el trono de Jehová permanece para siempre, aun cuando siente que Él la ha olvidado. Desde esa tensión nace la súplica central del capítulo: que el Señor haga volver a Su pueblo a Él y renueve sus días. El libro termina con esa petición aún abierta, en la voz de un pueblo que sigue orando en medio de la pérdida.


Lamentaciones 5:1
«Acuérdate, oh Jehová, de lo que nos ha sucedido; mira y ve nuestro oprobio».

Tras la caída de Jerusalén ante Babilonia, el pueblo de Judá toma la palabra en una oración colectiva. El hebreo zəḵōr, «acuérdate», abre una serie de tres peticiones: «acuérdate», «mira» y «ve». Juntas expresan el ruego de que Jehová preste atención a la aflicción de Su pueblo e intervenga a su favor. El «oprobio» del que hablan es la humillación que acompaña sus pérdidas. En los versículos siguientes, la comunidad pone nombre a lo que sufre: su heredad y sus casas han pasado a manos ajenas, y conseguir agua y leña supone un costo. La oración comienza al contarle al Señor lo que les ha sucedido, tal como lo están viviendo.

Salmos 62:8 une la confianza en Dios con la invitación a derramar el corazón delante de Él. Desde la perspectiva restaurada, Alma 7:11–12 da una razón para orar con esa confianza: Jesucristo tomó sobre Sí los dolores y las aflicciones de Su pueblo para saber cómo socorrerlo. De ahí surge un principio: podemos hablar con Dios con franqueza acerca de nuestro sufrimiento, confiando en que el Salvador comprende lo que vivimos. A veces, el primer paso de una oración es tan sencillo como el de Judá: decir qué hemos perdido, qué nos duele y dónde necesitamos Su ayuda.


Lamentaciones 5:7, 16
«Nosotros llevamos su castigo».
«¡Ay ahora de nosotros, porque hemos pecado!».

Tras la caída de Jerusalén, Judá habla en una oración colectiva. En el versículo 7, el pueblo lamenta que sus antepasados hayan muerto mientras la generación presente carga con las consecuencias de sus actos. El verbo hebreo sāḇalnû, «llevamos», evoca el peso de una carga. Esa imagen cobra sentido en el resto de la oración, donde la comunidad describe la pérdida de su heredad, el hambre y la opresión. En el versículo 16, la caída de la corona expresa la pérdida de la dignidad de Judá y da paso a una confesión: «Hemos pecado». La misma comunidad que lamenta la carga que heredó reconoce su responsabilidad por sus propias decisiones.

Ezequiel 18:20 ayuda a distinguir esas dos realidades: las consecuencias del pecado pueden alcanzar a otras personas, mientras que la culpa moral corresponde a quien peca. Desde la perspectiva restaurada, el segundo Artículo de Fe afirma nuestra responsabilidad por nuestros propios pecados. Esa distinción también nos ayuda a comprender cómo acudir a Jesucristo. Podemos buscar Su consuelo por el daño que hemos sufrido y Su perdón por aquello que nos corresponde confesar y abandonar. La oración de Judá da lugar a ambas cosas: lamentar con sinceridad lo que hemos recibido y asumir con humildad lo que podemos cambiar.


Lamentaciones 5:19
«Mas tú, oh Jehová, permanecerás para siempre; tu trono, de generación en generación».

Tras la caída de Jerusalén, Judá declara en su oración que la corona ha caído de su cabeza (versículo 16) y que el monte Sion está desolado (versículo 18). En medio de esas pérdidas, el pueblo se dirige a Jehová con una afirmación de fe. El verbo hebreo tēšēḇ, traducido como «permanecerás», también puede significar «estarás sentado». La mención del trono en la segunda línea aclara la imagen: Jehová sigue reinando de generación en generación. Esa convicción da fuerza a la pregunta que viene enseguida: «¿Por qué te olvidas para siempre de nosotros?». En la misma oración, el pueblo confiesa que el Señor reina y le dice con franqueza cuánto le duele sentirse olvidado.

Lamentaciones 3:22–24 expresa esa misma confianza desde otra perspectiva. Allí, el poeta recuerda que las misericordias del Señor son nuevas cada mañana y decide esperar en Él. Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 76:20–24 da testimonio de que Jesucristo vive y está a la diestra del Padre. Saber en quién confiamos nos permite hacer lo que hace Judá al final de su oración: pedirle al Señor que nos ayude a volver a Él, aun cuando todavía falten respuestas. La fidelidad del Señor sostiene nuestra esperanza cuando se derrumban las seguridades en las que confiábamos.


Lamentaciones 5:20
«¿Por qué te olvidas para siempre de nosotros y nos abandonas por tan largo tiempo?».

Tras la caída de Jerusalén, la comunidad de Judá le pregunta a Jehová cuánto durará Su aparente ausencia. La pregunta cobra fuerza por el contraste con el versículo anterior. Allí, el pueblo afirma que Jehová permanecerá «para siempre». Aquí, usa esa misma expresión para describir un abandono que parece interminable. El hebreo emplea dos expresiones distintas, ləʿôlām para la permanencia del Señor y lāneṣaḥ para el olvido que teme el pueblo. La tensión se aclara al leer el versículo siguiente: quienes se sienten olvidados siguen dirigiéndose a Jehová y le suplican que los haga volver a Él.

Desde la perspectiva restaurada, Doctrina y Convenios 121:1–2, 7–8 recoge una súplica semejante. Desde la cárcel de Liberty, José Smith pregunta dónde está Dios y hasta cuándo continuará la aflicción de los santos. El Señor le responde con palabras de paz mientras aún está preso. Ambos pasajes muestran que la fe puede expresarse en una oración que incluye preguntas difíciles. Cuando sentimos que la respuesta tarda, podemos decirle al Padre con franqueza cuánto nos duele la espera y pedir, en el nombre de Jesucristo, la paz que necesitamos para sobrellevarla.


Lamentaciones 5:21
«Haznos volver a ti, oh Jehová, y nos volveremos; renueva nuestros días como en los tiempos antiguos».

Tras la caída de Jerusalén, el pueblo de Judá le pregunta a Jehová por qué parece haberlo olvidado. En el versículo siguiente, ese mismo pueblo le pide que lo ayude a volver a Él. En hebreo, hašîḇēnû («haznos volver») y wənāšûḇāh («y nos volveremos») proceden de la misma raíz, šûḇ, «volver». La primera forma expresa lo que la comunidad pide al Señor y la segunda, cómo espera responder. El orden de la oración también importa. Antes de pedir que se renueven sus días, Judá pide volver a Jehová. En medio de las pérdidas del destierro, lo primero que desea recuperar es su relación con el Señor.

Desde la perspectiva restaurada, 3 Nefi 9:13–14 ilumina esa súplica. Después de una gran destrucción, Jesucristo invita a los sobrevivientes a arrepentirse y venir a Él para ser sanados. La invitación del Salvador y la oración de Judá nos ayudan a entender un mismo principio: el Señor nos ayuda a volver a Él, y nosotros respondemos con fe y arrepentimiento. Cuando nos cuesta dar ese paso, podemos pedirle que nos ayude a reconocer lo que debemos cambiar y nos dé fuerzas para hacerlo. La oración «haznos volver a ti» puede ser el comienzo de ese regreso.