Joseph Smith El Vidente Escogido

JOSEPH SMITH

EL VIDENTE ESCOGIDO

por Robert L. Millet y Joseph Fielding McConkie


José Smith: El Vidente escogido, nos invita a valorar el llamamiento del Profeta por medio de las verdades que enseñó y de las bendiciones que esas verdades pueden producir en nuestra vida. Su planteamiento central es que el testimonio de José Smith se comprende mejor al estudiar su mensaje: lo que reveló acerca de Dios, de Jesucristo, de nuestra identidad eterna y del propósito de la salvación.

Uno de los mayores aportes del libro es mostrar la relación entre las doctrinas de la Restauración. La Creación, la Caída y la Expiación forman un conjunto; el sacerdocio, los convenios y el templo encuentran su propósito en acercarnos a Dios; y la vida eterna adquiere un significado profundamente familiar. Esta perspectiva nos ayuda a comprender que el Evangelio abarca mucho más que conocimientos religiosos: nos invita a cambiar mediante Jesucristo y a cultivar relaciones que puedan perdurar más allá de la muerte.

También resulta significativa su insistencia en la revelación personal. Los autores presentan a José Smith como un profeta que invitaba a los demás a buscar respuestas de Dios. Su experiencia nos anima a estudiar, preguntar, orar y vivir de acuerdo con la luz recibida. Desde esa perspectiva, conocer la Restauración implica asumir una responsabilidad espiritual: permitir que sus enseñanzas transformen nuestra conducta.

Conviene leerlo distinguiendo las Escrituras y las enseñanzas proféticas citadas de las interpretaciones y conclusiones de los autores. Es una obra de estudio y defensa de la Restauración, no una declaración oficial de doctrina de la Iglesia. Algunas afirmaciones históricas y explicaciones doctrinales requieren ese discernimiento y una comparación cuidadosa con las fuentes oficiales.

La reflexión que deja el libro es personal: ¿qué estamos haciendo con las verdades que hemos recibido? Apreciar el ministerio de José Smith puede llevarnos a una fe más profunda en Jesucristo, a mayor fidelidad a nuestros convenios y a un amor más consciente por nuestra familia. Allí encuentra su fruto más valioso esta lectura: en una vida que se acerca al Salvador.


 Contenido

Prefacio.
Prólogo.

  1. La apertura de los cielos.
  2. El Evangelio sempiterno.
  3. Dios el primero: el Creador.
  4. Dios el segundo: el Redentor.
  5. Dios el tercero: el testigo o Testador.
  6. El significado y la fuente de la verdad.
  7. La naturaleza del hombre.
  8. Incontables mundos.
  9. Los tres pilares de la eternidad.
  10. El primer estado.
  11. El segundo estado.
  12. La vida más allá del sepulcro.
  13. La necesidad de la autoridad divina.
  14. El sacerdocio preparatorio.
  15. El santo orden de Dios.
  16. La restauración de las llaves y del poder.
  17. Las ordenanzas de salvación.
  18. La restauración del convenio.
  19. La restauración del pueblo del convenio.
  20. La salvación y la familia eterna.
  21. El monte de la Casa del Señor.
  22. El establecimiento de Sion.
  23. El reino de Dios en épocas pasadas.
  24. La restauración del reino de Dios.
  25. Abrir el velo.
  26. Una visión panorámica.
  27. La restauración de verdades claras y preciosas.
  28. La ampliación del canon.
  29. José Smith como traductor.
  30. El milagro del Libro de Mormón.
  31. Profetas y profecía.
  32. El pasado: clave del futuro.
  33. Dones espirituales.
  34. Herederos de Dios y coherederos con Cristo.
  35. La dispensación del cumplimiento de los tiempos.
  36. Todos con los mismos privilegios.
    Loor al Profeta.
    Relato de la Primera Visión de 1832.
    Relato de la Primera Visión de 1835.
    La carta a Wentworth.

 Prefacio


El antiguo profeta Enoc tuvo el privilegio de contemplar cosas «que no eran visibles al ojo natural; y desde entonces se divulgó el dicho por toda la tierra: El Señor ha levantado un vidente para su pueblo» (Moisés 6:36). Así como el pasado es un modelo para el futuro, también en nuestros días Dios ha levantado un vidente, un «vidente escogido» en la tierra, uno a quien verdaderamente se le permitió traspasar el velo y contemplar cosas « a lo lejos» (Doctrina y Convenios 101:54).

José Smith fue llamado por Dios en esta dispensación final para ser un profeta, un vidente y un revelador de asuntos sagrados, un portavoz del convenio entre el Israel de los últimos días. Fue llamado para ocupar el lugar de cabeza de dispensación, como el principal testigo profético de Jehová: proclamar la filiación divina de Cristo y reafirmar la verdad eterna de que la salvación llega a los hombres y a las mujeres únicamente por medio de la sangre expiatoria del inmaculado Hijo del Hombre. Fue llamado a presentar y poner en práctica los principios, las doctrinas, las verdades santificadoras y los poderes divinos que constituyen lo que conocemos como el Evangelio, el plan de salvación, el plan de redención y el gran plan de felicidad.

«Guardaos de los falsos profetas», advirtió el Maestro, «que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:15–16; véase también 3 Nefi 14:15–16). En efecto, la única manera de determinar la veracidad de quienes afirman poseer un llamamiento profético, además de recibir una revelación directa e inmediata, es por sus frutos: lo que resulta de su obra, las obras y bendiciones que emanan de su ministerio. En este libro nos centraremos en los frutos del ministerio de José Smith en tres aspectos de su llamamiento:

  1. Su función como revelador de la verdad, quien expone doctrinas fundamentales y esenciales;
  2. Su función como administrador legal, por medio de quien se restauran y ponen en vigor los sacerdocios, las llaves, los convenios y las ordenanzas salvadoras; y
  3. Su función como profeta y vidente, quien penetra el velo, amplía el canon de las Escrituras e invita y prepara a otros para entrar en el reposo del Señor.

Al evaluar el extraordinario impacto de la obra del Vidente Escogido en esta dispensación, acudiremos, ante todo, a las enseñanzas doctrinales de José Smith, tal como se encuentran en sus sermones, cartas, revelaciones, traducciones y relatos. Además, recurriremos ocasionalmente a las aclaraciones y ampliaciones de aquellos que conocieron personalmente al hermano José y aprendieron a sus pies, así como de aquellos sucesores apostólicos y proféticos a quienes se ha conferido el mandato divino de edificar sobre el fundamento doctrinal que él estableció.

Ambos autores emprendimos la redacción de este libro con la absoluta certeza de que José Smith fue y es un profeta de Dios y de que, como explicó John Taylor, José Smith ha hecho más, salvo únicamente el Salvador, por la salvación de los hombres y las mujeres en este mundo que cualquier otro hombre (véase Doctrina y Convenios 135:3). Jamás hubo la menor duda al respecto en nuestras mentes. Sin embargo, durante las horas, semanas y años dedicados a la preparación de este manuscrito —tanto en los momentos tranquilos de reflexión personal como en las animadas conversaciones que surgieron al meditar en voz alta sobre las extraordinarias contribuciones del Profeta— se ha reafirmado y ampliado en nuestra mente y en nuestro corazón una certeza que nos impulsa a dar testimonio, con todo el fervor de nuestra alma, del llamamiento divino y del ministerio singular de José Smith el Profeta, el Vidente Escogido de los últimos días.

El editor del Millennial Star escribió acerca de José Smith:

«Consciente de poseer un conocimiento de los principios más profundos de verdad, virtud y felicidad jamás revelados al hombre, descargó poderosos e implacables golpes contra el Goliat del error y sonrió con igual serenidad ante el imponente frente de su adversario… Contempló, sin la menor sombra de duda, el éxito completo y triunfante de aquel sistema de verdad que Dios había revelado por medio de él para la seguridad temporal, espiritual y eterna de la humanidad; y aunque sus días fueron truncados por las manos crueles de asesinos, vivió lo suficiente para cumplir la obra para la cual fue enviado. Esa obra la terminó: el fundamento del reino milenario quedó plenamente establecido por él.» (Millennial Star 9:104; 1 de abril de 1847).

Con el propósito de que cada capítulo pudiera sostenerse como un testigo independiente del llamamiento divino del profeta José Smith, algunos conceptos doctrinales se mencionarán brevemente en más de un capítulo. Esperamos que esa repetición resulte útil y no tediosa. Como un servicio al lector, hemos incluido al final del libro tres relatos de la Primera Visión. Con frecuencia, estos son difíciles de encontrar en otros lugares.

En la preparación de esta obra estamos en deuda con muchas personas, especialmente con nuestros padres y maestros, quienes dieron un testimonio firme y sólido y cultivaron y fortalecieron ese mismo testimonio en nosotros. También estamos agradecidos con nuestros colegas de la facultad y con nuestros alumnos, quienes nos han desafiado intelectualmente y nos han motivado a expresar la razón de la esperanza que hay en nosotros. Expresamos un agradecimiento especial a Lori Soza, una asistente administrativa diligente y sensible, por su esfuerzo en preparar el manuscrito para su publicación. A Cory Maxwell, de Bookcraft Publishers, le manifestamos nuestro aprecio por su constante apoyo a este proyecto durante varios años. Chris Bigelow y Rebecca Taylor brindaron una ayuda editorial de incalculable valor. Aunque debemos tanto a tantas personas, únicamente nosotros somos responsables de las conclusiones derivadas de las evidencias citadas. Este libro constituye un esfuerzo privado y, por lo tanto, no es una publicación oficial ni de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ni de la Universidad Brigham Young.

 

Prólogo

José Smith entre los profetas


El profeta José Smith fue poco comprendido por la gente del siglo XIX y, quizá, sea aún más enigmático para quienes viven en nuestra época. Incluso los santos de Dios, aquellos que se levantan y dan testimonio del llamamiento divino del Profeta, aquellos que reconocen que fue levantado y ungido por Dios, comprenden muy poco qué clase de hombre fue realmente. «Nadie conoce mi historia», dijo en una ocasión. «No puedo contarla; jamás intentaré hacerlo. No culpo a nadie por no creer mi historia. Si yo no hubiera experimentado lo que he vivido, tampoco la habría creído». (History of the Church 6:317).

Al igual que su Maestro, Jesucristo, José Smith fue llamado a soportar una vida de soledad. Fue una vida caracterizada no solo por la persecución y la sospecha, sino también por un aislamiento conocido únicamente por aquellos que caminan bajo la gloriosa luz del sol del mediodía, que saben con absoluta certeza y, sin embargo, deben ministrar entre otros que parecen conformarse con caminar y hablar bajo los desvanecientes rayos del crepúsculo; aquellos que luchan con la fe, aquellos que dudan e incluso aquellos que no se atreven a creer. El muchacho de granja que llegó a convertirse en el profeta de los profetas fue también, al menos en cierta medida, «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Mosíah 14:3), alguien que conoció de primera mano el costo del discipulado cristiano. «Dios es mi amigo», escribió a su esposa Emma en un momento de gran dificultad. «En Él hallaré consuelo. He puesto mi vida en Sus manos. Estoy preparado para ir cuando Él me llame. Deseo estar con Cristo. No considero preciosa mi vida para mí mismo; solo deseo hacer Su voluntad». (The Personal Writings of Joseph Smith, p. 239; puntuación modernizada). Expresiones como estas nos permiten discernir el alma de José Smith y descubrir el secreto que sustentó su éxito: su humildad. Pero él era el profeta del Todopoderoso; Dios lo sabía, y él también lo sabía.

Conocido por los antiguos

La dispensación del cumplimiento de los tiempos estaba destinada a consumar las obras, los designios y los propósitos del Señor. Debido a que esta sería la época en la que Dios reuniría todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra (véase Efesios 1:10), era un día esperado y anhelado por los santos de las dispensaciones anteriores. Ellos conocían y hablaban de este día, así como del hombre que dirigiría la dispensación final. El presidente Brigham Young declaró lo siguiente acerca de José Smith:

«Fue decretado en los consejos de la eternidad, mucho antes de que fueran puestos los cimientos de la tierra, que él sería el hombre que, en la última dispensación de este mundo, sacaría a luz la palabra de Dios para el pueblo y recibiría la plenitud de las llaves y del poder del Sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor tenía puestos Sus ojos sobre él, sobre su padre, sobre el padre de su padre y sobre sus progenitores, remontándose hasta Abraham, desde Abraham hasta el Diluvio, desde el Diluvio hasta Enoc y desde Enoc hasta Adán. Él ha observado a esa familia y a esa sangre mientras ha circulado desde su origen hasta el nacimiento de ese hombre. Fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación, tan ciertamente como Jesucristo fue preordenado para ser el Salvador del mundo». (Journal of Discourses 7:289–290).

Podemos suponer que Adán, Enoc, Noé y Abraham conocían la venida de José Smith en los últimos días y el papel trascendental que desempeñaría en los acontecimientos finales. Sabemos con certeza que, casi cuatro milenios antes del nacimiento de José Smith, el antiguo José, bisnieto de Abraham, habló específicamente de quien llevaría su mismo nombre. Sus profecías, de las cuales Nefi registró que «no hay muchas mayores» (2 Nefi 4:2), anunciaban la venida de un «vidente escogido» que surgiría del fruto de sus lomos (2 Nefi 3:7). Conocemos estas profecías gracias a la traducción que José Smith hizo de Génesis 50:24–38, y suponemos que Lehi, al hablar a su hijo menor José acerca de estas cosas, se basó en las antiguas palabras proféticas contenidas en las planchas de bronce, mediante las cuales Jehová había hablado por medio de José: «Será altamente estimado entre el fruto de tus lomos. Y le daré el mandamiento de efectuar una obra para el fruto de tus lomos, sus hermanos, la cual será de gran valor para ellos, aun para llevarlos al conocimiento de los convenios que he hecho con tus padres». Allí también leemos: «Le daré poder para sacar a luz mi palabra [el Libro de Mormón] al linaje de tus lomos; y no solo para sacar a luz mi palabra, dice el Señor, sino para convencerlos de mi palabra, la cual ya habrá salido entre ellos [la Biblia]… Será semejante a ti». (vv. 11, 15). El antiguo José continuó diciendo: «Porque aquello que el Señor saque a luz por su mano» —el Libro de Mormón y, por extensión, la plenitud del evangelio eterno— «por el poder del Señor llevará a mi pueblo a la salvación» (2 Nefi 3:15). El Señor, hablando por medio de José, declaró: «Levantaré [a un hombre] para el fruto de tus lomos». ¿Podría referirse aquí a Mormón, el gran profeta y compilador? «Y le proporcionaré un portavoz». ¿No podría referirse esto a José Smith? «Y he aquí, le concederé a él» —a Mormón— «que escriba los escritos del fruto de tus lomos para el fruto de tus lomos; y el portavoz de tus lomos» —José Smith— «los declarará». (v. 18; véase también Bruce R. McConkie, A New Witness for the Articles of Faith, pp. 425–426).

El Salvador resucitado explicó a los nefitas con respecto al estandarte de los últimos días: «En aquel día, por causa mía, el Padre hará una obra que será grande y maravillosa entre ellos; y habrá entre ellos quienes no la creerán, aunque un hombre se la declare. Pero he aquí, la vida de mi siervo estará en mi mano; por tanto, no le harán daño, aunque sea desfigurado por causa de ellos. Sin embargo, yo lo sanaré, porque les mostraré que mi sabiduría es mayor que la astucia del diablo». Luego el Maestro declaró que quienes rechazaran las palabras de este siervo —evidentemente José Smith— recibirían la misma condenación que quienes rechazaran Su palabra: «Serán separados de entre mi pueblo que es del convenio». (3 Nefi 21:9–11).

Al hablar del extraordinario valor del registro del Libro de Mormón, Moroni dijo que «nadie puede tener poder para sacarlo a luz, a menos que Dios se lo conceda». Luego añadió: «… Y bendito sea el que saque esta obra a luz; porque será sacada de las tinieblas a la luz, conforme a la palabra de Dios… y será hecha por el poder de Dios». Unos versículos más adelante, Moroni agregó: «Aquellos santos que vivieron antes que yo y que poseyeron esta tierra clamarán, sí, aun desde el polvo clamarán al Señor; y vive el Señor, que se acordará del convenio que ha hecho con ellos. Y conoce sus oraciones… Y conoce su fe… Y he aquí, sus oraciones fueron también en favor de aquel a quien el Señor permitiría sacar estas cosas a luz». (Mormón 8:14–16, 23–25).

Estos oráculos concernientes al llamamiento y la obra del vidente escogido parecen haberse transmitido de generación en generación en ambos continentes. Hacia el meridiano de los tiempos, los judíos del hemisferio oriental todavía esperaban la venida de un gran profeta. Juan escribió: «Y este es el testimonio de Juan [el Bautista], cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: ¿Quién eres tú? Y él confesó y no negó que él fuera Elías; sino que confesó, diciendo: No soy el Cristo». Es decir, Juan el Bautista negó ser el Mesías, el profeta ungido semejante a Moisés que había de ser levantado entre los hijos de Israel (véase Deuteronomio 18:15, 18–19). «Y le preguntaron, diciendo: ¿Cómo, pues, eres Elías? Y él dijo: No soy aquel Elías que había de restaurar todas las cosas. Entonces le preguntaron: ¿Eres tú aquel profeta? Y respondió: No». (Traducción de José Smith, Juan 1:20–22). En el diario de George Laub encontramos el siguiente informe de un sermón pronunciado por José Smith el 12 de mayo de 1844: «El hermano José Smith fue escogido para la última dispensación, o la séptima dispensación. Cuando el gran consejo se reunió en los cielos para organizar este mundo, José fue escogido como el último y mayor de los profetas para poner el fundamento de la obra de Dios correspondiente a la séptima dispensación. Por eso los judíos preguntaron a Juan el Bautista si él era Elías, o Jesús, o aquel gran profeta que había de venir». (The Words of Joseph Smith, p. 370; ortografía y puntuación modernizadas).

José Smith fue el último gran Elías antes de la venida del Mesías; fue un Elías de restauración. Cuando Jesús descendía del Monte de la Transfiguración acompañado de sus apóstoles Pedro, Santiago y Juan, ellos le preguntaron: «¿Por qué dicen, pues, los escribas que Elías [refiriéndose en este caso al profeta Elías] debe venir primero?» (Mateo 17:10). «Y Jesús respondió y les dijo: Elías [refiriéndose aquí a un precursor] verdaderamente vendrá primero y restaurará todas las cosas, como escribieron los profetas. Y además os digo que Elías ya vino, de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de mi faz, el cual preparará mi camino delante de mí; y no le reconocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del Hombre padecerá a manos de ellos. Pero yo os digo: ¿Quién es Elías? He aquí, este es Elías, a quien envío para preparar el camino delante de mí. Entonces los discípulos comprendieron que les hablaba de Juan el Bautista y también de otro que habría de venir para restaurar todas las cosas, según está escrito por los profetas». (Traducción de José Smith, Mateo 17:10–14).

Como parte de su discurso del Monte de los Olivos, Cristo habló de los últimos días: «Y además», dijo, «este evangelio del reino será predicado en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin, o la destrucción de los inicuos» (José Smith—Mateo 1:31). En mayo de 1844, el Profeta y Vidente realizó una traducción literal de este pasaje de su Biblia en alemán: «Y será predicado el evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todos los pueblos; y entonces vendrá el fin». Ofreciendo una especie de comentario profético, un comentario que parece destacar su propio papel en la dispensación de los últimos días, José Smith declaró entonces: «El Salvador dijo que cuando ocurrieran estas tribulaciones, este [el evangelio del reino] sería encomendado a un hombre que sería testigo ante todo el mundo; las llaves del conocimiento, del poder y de las revelaciones serían reveladas a un testigo que llevaría el testimonio al mundo». (Enseñanzas del Profeta José Smith, en adelante Enseñanzas, p. 364). Desde el principio, el Señor y Sus siervos escogidos conocieron y hablaron del gran vidente de los últimos días.

José Smith también fue conocido por los antiguos en otro sentido: durante su propio ministerio terrenal fue instruido y enseñado por ellos. Exceptuando únicamente a Jesucristo, el mundo nunca ha conocido una autoridad más competente en las Escrituras que José Smith. Una biblioteca que contuviera todo lo que el mundo sabe acerca de la Biblia, por ejemplo, no igualaría su comprensión. Una cosa es leer un libro de Escrituras y otra muy distinta ser instruido personalmente por sus autores. ¿Quién entre los eruditos o teólogos del mundo puede jactarse de haber estado cara a cara con Adán, Enoc, Noé, Moisés, Elías, Juan el Bautista y Pedro, Santiago y Juan? ¿Quién puede hablar con autoridad sobre la vida en la antigua América debido a las enseñanzas recibidas personalmente de Nefi, Alma, Mormón, Moroni y, sin duda, de otros antiguos hebreos americanos? (Véase Journal of Discourses 13:47; 17:374; 21:161–64; 23:362). Mientras los líderes religiosos afirmaban que los cielos estaban cerrados para ellos, José Smith era instruido personalmente por estos antiguos profetas. Muchos de ellos pusieron sus manos sobre su cabeza y le confirieron sus sacerdocios, llaves y autoridades (véase D. y C. 128:20). Para resumir este punto, acudamos a las palabras del presidente John Taylor, quien habló con tanta elocuencia y lealtad acerca de su amado profeta y líder:

«José Smith fue apartado en primer lugar por el Todopoderoso, de acuerdo con los consejos de los dioses en los mundos eternos, para introducir entre los hombres los principios de vida, de los cuales el Evangelio es el gran poder e influencia, y mediante los cuales la salvación puede extenderse a todos los pueblos, todas las naciones, todos los linajes, todas las lenguas y todos los mundos. Es el principio que trae a luz la vida y la inmortalidad y que nos pone en comunicación con Dios. Dios lo escogió para ese propósito, y él cumplió su misión, vivió honorablemente y murió honorablemente. Sé de lo que hablo, porque lo conocí muy bien y estuve con él en muchas ocasiones durante su vida, y también estuve con él cuando murió. Los principios que poseía lo ponían en comunicación con el Señor, y no solo con el Señor, sino también con los antiguos apóstoles y profetas; hombres como Abraham, Isaac, Jacob, Noé, Adán, Set, Enoc, Jesús y el Padre, así como los apóstoles que vivieron en este continente y aquellos que vivieron en el continente asiático. Parecía estar tan familiarizado con estas personas como nosotros lo estamos unos con otros. ¿Por qué? Porque tenía que introducir una dispensación que fue llamada la dispensación del cumplimiento de los tiempos, y así era conocida por los antiguos siervos de Dios». (Journal of Discourses 21:94).

José Smith conocía las Escrituras, conocía sus preceptos, conocía a sus profetas y conocía a su personaje central: el Señor Jesucristo.

Un jefe de dispensación

Cuando Aarón y María permitieron que un espíritu crítico los envolviera con respecto a su hermano Moisés, Jehová declaró: «Si hubiere entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, claramente y no por figuras; y verá la semejanza de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?» (Números 12:6–8). De este intercambio aprendemos un principio importante: hay profetas y luego hay profetas. El apóstol Pablo explicó que «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (1 Corintios 14:32). Existe un orden y una jerarquía incluso entre aquellos llamados como oráculos escogidos y portavoces del Todopoderoso.

Jesucristo es el Sumo Sacerdote presidente. El profeta José Smith explicó que, después de Cristo, en el gobierno del reino de Dios, viene Adán y luego Noé (véase Enseñanzas, p. 157). El élder Bruce R. McConkie observó: «Se comienza con el Señor Jesucristo, y luego vienen Adán y Noé. Después siguen los jefes de dispensación. Luego se desciende considerablemente y se llega a los profetas y apóstoles, a los élderes de Israel y a hombres sabios, buenos y prudentes que poseen el espíritu de luz y entendimiento» («This Generation Shall Have My Word Through You», p. 4). José Smith, al igual que Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y Jesús, ocupa el lugar de un jefe de dispensación. El jefe de dispensación llega a ser el medio por el cual el conocimiento y el poder de Dios son canalizados a los hombres y mujeres sobre la tierra. Llega a ser el medio por el cual el evangelio de Jesucristo —el plan de salvación y exaltación— es revelado nuevamente; el medio por el cual los poderes divinos transformadores, incluidos los convenios y las ordenanzas salvadoras, son extendidos a las personas durante una época de la historia que llamamos una dispensación. El jefe de dispensación se erige como el principal testigo profético de Cristo; conoce de primera mano porque ha visto y oído.

Debido a su lugar central en el plan y porque es mediante el poder de su testimonio que hombres y mujeres llegan a conocer al Señor y a disfrutar de la luz del Espíritu, el llamamiento y la posición del jefe de dispensación se convierten en elementos acerca de los cuales los seguidores del Señor sienten el deseo de dar testimonio. En efecto, y apropiadamente, los hombres y mujeres de una determinada dispensación que expresan el testimonio que arde en su pecho se encuentran dando testimonio de Cristo y del jefe de dispensación —el revelador de Cristo— casi en el mismo aliento. Así es como debe ser. El élder McConkie señaló: «Todo profeta es un testigo de Cristo; todo jefe de dispensación es un revelador de Cristo para su época; y todo otro profeta o apóstol que viene es un reflejo, un eco y un expositor del jefe de dispensación. Todos ellos vienen para hacer eco al mundo y explicar y desarrollar lo que Dios ha revelado por medio del hombre que fue designado para esa era para dar Su palabra eterna al mundo. Ese es el concepto de dispensación». (Ibid., pp. 4–5). Así, el Salvador afirmó a José Smith: «Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (D. y C. 5:10). A Thomas B. Marsh se le instruyó que «declarara buenas nuevas de gran gozo a esta generación». ¿Y qué implicaba eso? «Declararás las cosas que han sido reveladas a mi siervo José Smith, hijo» (D. y C. 31:3–4). Si el conocimiento y el poder de Dios han de obtenerse en esta última dispensación, se obtendrán únicamente por medio de la obra iniciada, las verdades reveladas y las autoridades transmitidas por José Smith; de otro modo, no se obtendrán en absoluto. Dar testimonio de que José Smith es un profeta o un vidente es testificar que (1) fue un revelador de la verdad divina y (2) fue un administrador legítimo, un conducto mediante el cual las llaves del reino de Dios fueron conferidas nuevamente a los hombres después de la larga noche de oscuridad apostatada.

Ocasionalmente escuchamos a personas quejarse de que oyen muy pocos testimonios de Cristo y demasiados de José Smith. Sin duda, adoramos al Padre en el nombre del Hijo; Cristo, nuestro Señor, es el camino al Padre, y el suyo es el único nombre bajo el cielo mediante el cual el hombre puede ser salvo. Sin embargo, hemos visto que el jefe de dispensación es el principal revelador profético de Cristo. Por tanto, dar testimonio de José Smith es dar testimonio de Jesucristo, quien lo envió, del mismo modo que un testimonio de Cristo implica claramente un testimonio del Padre Eterno que lo envió. Por otra parte, negar abiertamente a José Smith —rechazar las impresiones espirituales que confirman su llamamiento profético— es negar al Señor que lo envió. Jesús dijo a Sus discípulos: «El que a vosotros desprecia, a mí me desprecia; y el que me desprecia a mí, desprecia al que me envió» (Lucas 10:16; compárese con D. y C. 1:38; 84:36; 112:20). El presidente Brigham Young testificó: «Todo aquel que confiese que José Smith fue enviado por Dios para revelar el santo Evangelio a los hijos de los hombres, poner el fundamento para recoger a Israel y edificar el reino de Dios sobre la tierra, ese espíritu es de Dios; y todo espíritu que no confiese que Dios envió a José Smith y reveló por medio de él el Evangelio eterno, es del anticristo, sin importar si se encuentra en un púlpito o en un trono» (Journal of Discourses 8:176).

Hemos observado que existe un poder —un poder celestial, una extraordinaria investidura espiritual procedente del Señor a quien adoramos— asociado con el hecho de dar un testimonio puro y ferviente de José Smith y de la Restauración. Tales manifestaciones ciertamente significan la aprobación de los cielos. El presidente Joseph F. Smith, sobrino del Profeta, declaró: «Creo en la divinidad de Jesucristo porque, más que nunca, me acerco al conocimiento real de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente, por medio del testimonio de José Smith… de que lo vio, de que lo oyó, de que recibió instrucciones de Él, de que obedeció esas instrucciones y de que hoy se presenta ante el mundo como el último gran testigo real y viviente de la divinidad de la misión de Cristo y del poder de Cristo para redimir al hombre… ¡Gracias a Dios por José Smith!». (Doctrina del Evangelio, p. 495).

«… Salvo Jesús únicamente»

No es difícil captar ocasionalmente un atisbo del singular papel de José Smith en esta última dispensación. Con un espíritu de homenaje, gratitud y alabanza, el élder John Taylor, un hombre que no era propenso a la exageración, escribió: «José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más, salvo Jesús únicamente, por la salvación de los hombres en este mundo, que cualquier otro hombre que haya vivido en él» (Doctrina y Convenios 135:3). Nos preguntamos: ¿Más que Enoc? ¿Más que Abraham? ¿Más que Jacob? ¿Más que Moisés? ¿Qué quiso decir el élder Taylor?

1. José Smith sirve como el administrador legal asociado con aquel período de tiempo profetizado por Joel: «Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días» (Joel 2:28–29). Cuando Moroni apareció por primera vez a José Smith en septiembre de 1823, citó estos versículos y dijo «que esto aún no se había cumplido, pero pronto se cumpliría» (José Smith—Historia 1:41). El Espíritu de Dios ciertamente demostraría ser la fuerza impulsora detrás de la difusión de la verdad eterna y de la transformación espiritual de quienes se sometieran a los términos y condiciones del evangelio de Jesucristo. Pero ¿qué hay de los que estaban fuera de la fe? ¿No influiría también ese Espíritu sobre ellos? El presidente Joseph Fielding Smith, después de citar la profecía de Joel, explicó:

Ahora bien, hermanos y hermanas, no voy a limitar esta profecía a los miembros de la Iglesia. El Señor dijo que derramaría Su Espíritu sobre toda carne. Eso no significa que el Espíritu Santo sería enviado sobre toda carne y que todos participarían de las bendiciones que tienen el privilegio de recibir quienes han sido bautizados, investidos y hechos miembros de la Iglesia; sino que el Señor derramaría Sus bendiciones y Su Espíritu sobre todos los pueblos y los utilizaría para llevar a cabo Sus propósitos. . . .

. . . Nunca se ha dado un paso . . . en un descubrimiento o una invención sin que el Espíritu del Señor (es decir, el Espíritu del que habló Joel, la Luz de Cristo, ¡no el Espíritu Santo!) haya sido la fuerza predominante que reposó sobre la persona y la impulsó a realizar ese descubrimiento o esa invención. El mundo no comprende eso, pero para mí es perfectamente claro; ni el Señor siempre utilizó a personas de fe, ni siempre lo hace hoy. Él utiliza mentes que son dóciles y que pueden ser dirigidas en determinadas direcciones para llevar a cabo Su obra, crean o no crean en Él. (Doctrinas de Salvación, 1:176, 178; énfasis en el original).

El presidente Smith añadió la siguiente observación: «Ha habido muchísimos descubrimientos. De hecho, desde el establecimiento del Evangelio, estos descubrimientos e invenciones se han incrementado con mayor rapidez y hemos visto más, quizá, . . . de lo que se vio durante todos los años comprendidos entre el renacimiento del saber y la Reforma hasta la visita de Moroni al profeta José Smith» (Ibíd., 1:179). En resumen, el Espíritu de Dios —es decir, la Luz de Cristo— ha estado detrás del rápido desarrollo intelectual, científico y tecnológico desde la época de la Revolución Industrial hasta nuestra actual Era de la Información. El Vidente moderno preside esta era de iluminación y expansión.

2. Aunque nos llena de gozo saber que Dios continúa guiando a Su Iglesia y Su reino, y sigue dando a conocer Su mente y Su voluntad a Sus siervos escogidos, llegamos a la conclusión de que la mayor parte de lo que hoy conocemos como doctrina —miles de páginas de revelaciones, instrucciones y dirección profética— nos ha llegado por medio de José Smith. Su llamamiento dio inicio a los «tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de todos sus santos profetas desde el principio del mundo» (Hechos 3:21), un período de restauración que continuará durante todo el Milenio. La nuestra es la última dispensación en la que el Evangelio será entregado a la tierra, una era que no terminará en apostasía. Se le llama la dispensación del cumplimiento de los tiempos o la dispensación del cumplimiento de las dispensaciones. José Smith escribió las siguientes palabras inspiradas desde la cárcel de Liberty: «Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, [conocimiento] que no ha sido revelado desde que existió el mundo hasta ahora; el cual nuestros padres esperaron con anhelante expectativa que fuera revelado en los postreros tiempos, al cual dirigieron su mente los ángeles, reservándolo para la plenitud de su gloria; un tiempo venidero en el que nada será retenido» (Doctrina y Convenios 121:26–28). En una revelación dada en enero de 1841 acerca de las ordenanzas del templo, el Señor declaró: «Me digno revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos» (Doctrina y Convenios 124:41). José Smith fue levantado para dar a conocer «aquellas cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, sino que han permanecido ocultas para los sabios y entendidos, [cosas que] serán reveladas a los niños y a los pequeñitos en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos» (Doctrina y Convenios 128:18).

3. Con la visita del Salvador resucitado al mundo de los espíritus, comenzó la obra de la redención de los muertos. Sabemos por la primera epístola de Pablo a los Corintios que los primeros cristianos habían comenzado las labores vicarias (1 Corintios 15:29), y suponemos que esa obra continuó hasta que la gran apostasía alcanzó su pleno desarrollo y el sacerdocio fue quitado de la tierra, lo que pudo haber ocurrido apenas setenta u ochenta años después de la muerte de Cristo. Después del período de la gran apostasía, ¿quién habría realizado las ordenanzas salvadoras apropiadas para toda la humanidad, ordenanzas no solo para quienes nacieron después del meridiano de los tiempos, sino también para las personas de las primeras épocas de la historia del mundo? Aparte del breve período en el que la Iglesia cristiana del primer siglo puso la salvación vicaria al alcance de algunos, parecería que la responsabilidad de administrar las ordenanzas del Evangelio para el resto de la humanidad recae sobre la dispensación final. Así, las personas que murieron sin conocer el Evangelio desde el principio del mundo quedan comprendidas dentro del ámbito de la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

¡Pensemos en ello! José Smith y sus sucesores son responsables de enseñar el Evangelio en el mundo de los espíritus y de efectuar las ordenanzas salvadoras para literalmente miles de millones de los hijos de nuestro Padre. Nuestro colega Larry E. Dahl ha escrito: «Sin disminuir en lo más mínimo la importancia de la obra realizada por los profetas anteriores y otros siervos del Señor, claramente, en términos del número de almas a quienes los principios y las ordenanzas salvadoras del Evangelio han sido puestos al alcance, una obra monumental se ha efectuado por medio de “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor” (Doctrina y Convenios 135:3)» («The Theological Significance of the First Vision», pág. 321). El presidente Joseph F. Smith enseñó: «La obra en la que José Smith estuvo comprometido no se limitó únicamente a esta vida, sino que pertenece también a la vida venidera y a la vida pasada. En otras palabras, se relaciona con aquellos que han vivido sobre la tierra, con los que viven ahora y con los que vendrán después de nosotros. No es algo que concierna al hombre solamente mientras mora en la carne, sino a toda la familia humana desde la eternidad hasta la eternidad. En consecuencia, . . . José Smith es tenido en reverencia» (Doctrina del Evangelio, pág. 481).

Con ese mismo espíritu, el presidente Brigham Young pronunció una declaración que para algunos resulta audaz y, ciertamente, provocadora:

José Smith posee las llaves de esta última dispensación y ahora está ocupado detrás del velo en la gran obra de los últimos días. Puedo decir a nuestros queridos hermanos cristianos que dieron muerte a los profetas y asesinaron, y de otras maneras causaron la muerte de miles de Santos de los Últimos Días . . . algo que sin duda los mortificará; algo que, por decir lo menos, les causará un profundo pesar, a saber: que ningún hombre ni mujer de esta dispensación entrará jamás en el reino celestial de Dios sin el consentimiento de José Smith. Desde el día en que el sacerdocio fue quitado de la tierra hasta la escena final de todas las cosas, todo hombre y toda mujer deberán tener el certificado de José Smith, hijo, como pasaporte para entrar en la mansión donde están Dios y Cristo: yo con vosotros y vosotros conmigo. Yo no puedo entrar allí sin su consentimiento. Él posee las llaves de ese reino para la última dispensación: las llaves para gobernar en el mundo de los espíritus; y allí gobierna triunfalmente, porque obtuvo pleno poder y una gloriosa victoria sobre el poder de Satanás cuando aún estaba en la carne, y fue mártir por su religión y por el nombre de Cristo, lo cual le concede una victoria perfecta en el mundo de los espíritus. . . .

¿No debería este pensamiento brindar consuelo a toda la humanidad? Algún día todos estarán mil veces más agradecidos por un hombre como José Smith, hijo, de lo que les sería posible estar por cualquier otro bien terrenal. Su misión consiste en procurar que todos los hijos de los hombres de esta última dispensación que puedan ser salvos mediante la redención lo sean. Cada uno de ustedes agradecerá que José Smith, hijo, haya sido ordenado para este gran llamamiento antes de que existieran los mundos. (En Journal of Discourses 7:289.)

Un tributo

Sugerimos anteriormente que la vida de José Smith fue, en cierto grado, un reflejo de la vida de su Maestro, Jesucristo. Llevando ese concepto hasta su trágica culminación, observamos que José Smith, el testador, también derramó su sangre para que el testamento final, el restablecimiento del nuevo convenio, entrara plenamente en vigor (véase Hebreos 9:16). Poco antes de su muerte, el profeta José comentó, según el relato de Mary Elizabeth Rollins Lightner:

«Estoy cansado; he sido perseguido por las turbas; he sufrido muchísimo. Algunos de los hermanos creen que pueden llevar adelante esta obra mejor que yo, mucho mejor. He pedido al Señor que me saque de este mundo. He soportado todo lo que he podido. Debo sellar mi testimonio a esta generación con mi sangre. Tengo que hacerlo, porque esta obra nunca progresará hasta que yo haya partido, pues el testimonio no tiene fuerza mientras el testador viva. La gente sabe muy poco de quién soy cuando habla de mí, y nunca lo sabrá hasta que me vea pesado en la balanza en el reino de Dios. Entonces sabrán quién soy y me verán tal como soy. No me atrevo a decírselo, y ellos no me conocen». (Andrus, They Knew the Prophet, págs. 26–27).

El enigmático comentario del Profeta acerca de su propia identidad encuentra eco en un relato del élder Heber C. Kimball, en el que se informa que el Profeta dijo: «¡Ojalá, hermanos, pudiera deciros quién soy! ¡Ojalá pudiera deciros lo que sé! Pero lo llamaríais blasfemia, y hay hombres en esta tribuna que querrían quitarme la vida». (Whitney, Life of Heber C. Kimball, pág. 322). Según el relato de Joseph Lee Robinson, el Profeta dijo: «Si revelara las cosas que Dios me ha revelado, hay algunos en esta tribuna que me cortarían la garganta o derramarían la sangre de mi corazón». (They Knew the Prophet, pág. 164). Algún día veremos con certeza quién fue, quién es y qué clase de hombre caminó entre el pueblo en los últimos días.

George Q. Cannon declaró:

«José Smith había sido un joven reservado; el Espíritu lo hizo valeroso para declarar nuevamente el Evangelio revelado ante gobernantes, potentados y toda la humanidad. Había sido un humilde muchacho campesino; la autoridad divina reposó sobre él con tanta naturalidad que los hombres lo contemplaban con reverente admiración. Había carecido de instrucción en las grandes disciplinas del arte y la ciencia; caminó con Dios hasta que el conocimiento humano fue para él como un libro abierto, y la luz celestial resplandeció a través de su mente.

Su alma elevada comprendía la grandeza de su misión sobre la tierra; y con fortaleza divina cumplió el destino que Dios había ordenado para él antes de la fundación del mundo». (Life of Joseph Smith the Prophet, pág. 19).

El presidente Brigham Young ofreció este testimonio: «¿Quién puede decir con justicia algo contra José Smith? Lo conocí tan bien como cualquier otro hombre. No creo que su padre y su madre lo conocieran mejor que yo. No pienso que exista un hombre sobre la tierra que lo haya conocido mejor que yo; y me atrevo a decir que, excepto Jesucristo, nunca ha vivido ni vive sobre esta tierra un hombre mejor». (En Journal of Discourses 9:332). También declaró: «Siento deseos de gritar ¡aleluya! todo el tiempo cuando pienso que llegué a conocer a José Smith, el Profeta». (Ibid. 3:51). El élder Wilford Woodruff observó: «No hay un hombre tan grande como José en esta generación. Los gentiles lo contemplan como si fuera un lecho de oro oculto a la vista humana. No conocen sus principios, su espíritu, su sabiduría, sus virtudes, su filantropía ni su llamamiento. Su mente, como la de Enoc, se expande hasta la eternidad, y solo Dios puede comprender su alma». (Journal History, 9 de abril de 1837).

Uno de los desafíos más importantes que enfrentamos como Santos de los Últimos Días al final del siglo veinte es ser verdaderos y fieles al legado de José Smith. El salmista declaró que en los últimos días los inicuos atacarían los fundamentos de la fe de los creyentes (véase TJS, Salmos 11:1–3) y procurarían socavar las verdades fundamentales que sostienen nuestro compromiso con la Iglesia y el reino de Dios. Esto puede manifestarse, por ejemplo, en ataques contra la historicidad o la antigüedad del Libro de Mormón o del Libro de Abraham. Puede consistir en los esfuerzos de algunos por sembrar dudas y discordia respecto de alguna enseñanza o práctica de nuestra historia. Y, por supuesto, ha implicado y seguirá implicando intentos, tanto maliciosos como sutiles, de desacreditar el nombre y la obra de José Smith, el profeta fundador de esta dispensación. En palabras del élder B. H. Roberts: «José Smith… no reclamó para sí una santidad especial, una vida sin faltas, una perfección de carácter ni una infalibilidad en cada palabra que pronunció. Y como él no reclamó estas cosas para sí mismo, tampoco pueden ser reclamadas por otros en su favor… Sin embargo, a José Smith se le concedió acceso a la mente de la Deidad mediante las revelaciones de Dios». (A Comprehensive History of the Church 2:360–361).

En nuestra época, en ciertos círculos se ha puesto de moda enfatizar la humanidad y las debilidades de José Smith y de sus sucesores, poner en duda sus motivos o su carácter, y divulgar detalles históricos cuyo contexto y verdadero significado suelen omitirse. Lamentablemente, el profeta José no puede estar hoy entre nosotros para responder a todas las acusaciones formuladas contra él. Pero debe recordarse que el Dios de los cielos llamó y aprobó a José Smith; quienes procuren mancillar el nombre y la imagen del Profeta de la Restauración finalmente tendrán que responder ante Dios mismo por sus acciones. Fue el presidente George Albert Smith quien observó: «Ha habido quienes lo han menospreciado, pero quisiera decir que quienes lo hicieron serán olvidados y sus restos volverán a la madre tierra, si es que ya no lo han hecho, y el hedor de su infamia nunca desaparecerá; mientras que la gloria, el honor, la majestad, el valor y la fidelidad manifestados por el profeta José Smith permanecerán unidos a su nombre para siempre». (The Teachings of George Albert Smith, pág. 45).

Testificamos con firmeza que José Smith fue y es un profeta del Dios viviente. Sabemos que el Señor se le apareció, lo llamó y lo facultó para revelar a un mundo que había permanecido durante siglos en tinieblas al Dios de los cielos y las doctrinas de la salvación. Nuestra oración es que el Señor dote a cada uno de nosotros del compromiso y la fortaleza espiritual para vivir de acuerdo con lo que creemos, a fin de demostrar nuestro agradecimiento a Dios nuestro Padre, a Jesucristo, Su Hijo, y a Su eminente testigo profético en estos últimos días: José Smith, el Vidente Escogido.

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta