La paz que el Señor ha prometido

Conferencia General Octubre 1960

La paz que el Señor ha prometido

por Henry D. Moyle
de la Primera Presidencia

Es grande el privilegio, mis hermanos y hermanas, de hallarme con vosotros esta tarde para tener tan maravillosa oportunidad de testificar en cuanto a las verdades del evangelio. Hay un algo en el mundo que la gente busca sobre toda las demás cosas en la actuali­dad, y este algo es la paz. El objeto fundamental de la organización de la Iglesia es establecer la paz en la tierra.

El presidente McKay nos dijo recientemente que “paz quiere decir estar libres de los disturbios indi­viduales, de las riñas entre la familia, de las dificultades nacionales. La paz no viene al que infringe la ley; la paz viene por obedecer la ley: el individuo disfruta de esa paz que le permite estar en paz con Dios, tener paz en el hogar y en la vecindad. El espíritu del mundo se contrapone al establecimiento de la paz. La ley de la naturaleza parece ser la sobrevivencia del más fuerte a toda costa. Sin embargo, la paz sólo puede venir al mundo por medio de la obediencia al evangelio de Jesucristo.”

Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia. Las enseñanzas que Él ha dado concernientes al arbi­traje como el medio de arreglar las dificultades aca­barían con las guerras si las naciones las aplicaran.

“El evangelio es un sistema completo de vida, y el verdadero plan de vida produce el gozo y la paz”—dice el presidente McKay. Un elemento fundamental de las doctrinas de la Iglesia es la declaración del profeta Lehi: “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:25)

Las enseñanzas actuales de nuestro Presidente no son el desarrollo de una filosofía que viene de la sabi­duría de los hombres, la cual cambia con el tiempo y la experiencia. No son el resultado de las pruebas y errores del mejoramiento. No se descubren en los experimentos de los laboratorios, ni en los estudios de lo pasado, lo presente o lo futuro. Son verdades eternas que los profetas de Dios, antiguos y modernos, han enseñado a los hijos de los hombres. Las verdades del evangelio son inmutables; son infalibles. El Salvador del género humano, nuestro Redentor, el Hijo del Dios Viviente, el Señor de señores, el Rey de reyes que rige y reina este universo, trajo la paz a esta tierra cuando moró entre los hijos de los hombres en la carne. Es el Varón de Paz. Vino para prometer: “Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9) Seguir leyendo

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“Yo soy la ley”

Conferencia General Octubre 1960

“Yo soy la ley”

por J. Reuben Clark Jr.
de la Primera Presidencia

Mis hermanos y hermanas, miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra en esta época:

El Señor ha sido bueno conmigo, pues me ha dado la fuerza física para estar con vosotros esta mañana. He dicho a veces en son de broma que en tanto que no pensemos con los talones, poco importa lo que éstos hagan, sólo cuando el Señor o alguna otra persona empiezan a trastornarnos la cabeza (risa)… y yo personalmente no estoy seguro sobre ese punto. Pero sí estoy agradecido por hallarme con vosotros para unir mi testimonio a los de aquellos que nos han prece­dido, de que ésta es la obra de Dios; que nos hallamos en su servicio; que estamos obrando de acuerdo con su plan y estamos enseñando al mundo en general, y a nos­otros en particular, los principios de su evangelio.

A los antiguos habitantes de este continente el Señor dijo: “Yo soy la ley”. Tales son sus palabras, y no hay necesidad de buscar más allá de ellas para obtener las guías y principios que nos conducirán a la vida eterna. Una vez tras otras proclamó, a veces re­firiéndose a cuatro principios, a veces a tres: “Yo soy la vida, la luz, el camino y la verdad.” Y ése es su mensaje para nosotros. Tales son los principios de acuerdo con los cuales deben regirse nuestras vidas.

Os reitero esta mañana el testimonio que os he dado durante más de la cuarta parte de un siglo—me parece que lo he hecho en cada conferencia—el testi­monio de que Dios vive, de que Jesús es su Hijo y es el Cristo; el testimonio del que el Padre y el Hijo le aparecieron al Profeta y con ello establecieron para siempre, en lo que a nosotros respecta, que el Padre y el Hijo son personas reales y que Jesús habló con la verdad cuando declaró: “El que me ha visto ha visto al Padre.” (Juan 14:9)

Mis hermanas y hermanos, se nos ha indicado el camino. Para nosotros no hay más allá y no tenemos necesidad de buscar fuera de sus palabras y revela­ciones de su parecer y voluntad que da a conocer a su Profeta, el cual es llamado, ordenado y sostenido mediante vuestro voto para ser el Profeta, Vidente y Revelador de esta Iglesia. Reitero nuevamente mi testi­monio de que el Salvador, junto con su Padre, vinieron al profeta José, que éste y sus compañeros, con la ayuda dada a ellos, establecieron esta Iglesia, la única Iglesia verdadera, como ya llevo dicho, que existe sobre la faz de la tierra.

¡Cómo quisiera que pudiéramos llevar este con­cepto, esta creencia, este testimonio en nuestros cora­zones, con exclusión de todo lo demás! En estos días hallamos, en lo que a esta nación respecta, que por primera vez, hasta donde mí memoria me permite re­cordar, ha entrado de lleno en la campaña electoral el problema estrictamente religioso. No os perturbéis: nada tenemos que ver con esto eclesiásticamente. Tene­mos la verdad; nuestro es el sacerdocio. Somos nosotros

los que Dios ha establecido con un sistema de gobierno por El revelado, en el cual tenemos a la cabeza un hombre, sostenido como acabo de decir, mediante vues­tro voto, como el Profeta, Vidente y Revelador del Señor a su pueblo. Ningún otro tiene el derecho de declarar la palabra del Señor a este pueblo. Seguir leyendo

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El testimonio del Espíritu

Conferencia General Octubre 1960

El testimonio del Espíritu

por el presidente David O. McKay

¡Que glorioso es escuchar las canciones de estas bellas mujeres, nuestras madres! Estoy seguro que acordáis conmigo en que esto es evidencia de la verdad de las palabras del Señor: “La canción de los justos es una oración para mí.” (Doc. y Con. 25:12) ¡Dios las bendiga!

Entonces los Fariseos, oyendo qué había cerrado la boca a los Saduceos se juntaron, a una.

Y preguntó uno de ellos, intérprete de la ley, tentándole y diciendo:

Maestro, ¿cuál es el mandamiento grande en la ley?

Y Jesús le dijo; Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente.

Este es el primero y el grande mandamiento.

Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:34-40)

Me complace notar que el texto anterior va de acuerdo con la súplica que hizo el hermano Lewis en su oración al iniciarse esta conferencia, y que ese espíritu de fe en Dios y amor por nuestros semejantes se manifiesta en esta sesión.

Muchos que niegan la divinidad de Jesús declaran que es el único personaje perfecto, la personalidad incomparable de la historia. Millones lo aceptan como el Gran Maestro, cuyas enseñanzas, sin embargo, no se aplican a las condiciones modernas. Unos pocos lo aceptan por lo que realmente es: el “Unigénito del Padre. . . que vino al mundo, aun Jesús, para ser crucificado por él y llevar los pecados del mundo.”

El lunes pasado, el día tres de octubre, el Primer Ministro de la Rusia Soviética amenazó que si las Naciones Unidas no se reorganizan como él lo exige, el bloque comunista se “valdrá de su propia fuerza para contrarrestarnos.” También amenazó pasar por alto la Comisión de las Naciones Unidas que lucha por la paz, a menos que el Secretario General renuncie a su puesto, es decir, que el puesto del Secretario sea reemplazado por un presidium de tres, al estilo comunista, autorizados con la facultad del veto. Seguir leyendo

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¿Es el cristianismo más antiguo que Cristo?

¿Es el cristianismo más antiguo que Cristo?

por O. Presion Robinson
(Tomado de the Church News)

Un una discusión que Jesús sostuvo con los judíos, les dijo:

“Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí».1

Aunque esta amonestación de “escudriñar las Es­crituras” se aplica a nosotros en esta generación, así como a todas las que han nacido después del ministerio del Salvador, es interesante considerar la circunstancia especial que existía cuando Jesús hizo la declaración anterior. Los judíos lo habían estado criticando por sanar a un enfermo el día del sábado. Cuando Jesús les respondió: “Mi Padre hasta ahora obra y yo obro,” los judíos más procuraron matarlo, “porque no sólo que­brantaba el sábado, sino que también a su Padre lla­maba Dios, haciéndose igual a Dios”.2

Jesús los reprendió por su ceguedad, diciéndoles que escudriñaban las Escrituras con la esperanza de hallar en ellas la vida eterna, mientras que las propias Escrituras testificaban de Él.

¿Qué eran estas Escrituras que los judíos escudri­ñaban y testificaban de Jesús? Hay que tomar en cuen­ta que el Nuevo Testamento, el cual testifica tan exten­samente y con tanto detalle que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, aún no había sido recopilado en aquella época. De hecho, el evangelio de Juan no se escribió sino, por lo menos hasta después de veinticinco años de la crucifixión.

Es evidente, pues, que Jesús se refería, por lo menos en parte, a las Escrituras que ahora conocemos como el Antiguo Testamento. De hecho, en este mismo capítulo de Juan leemos que Jesús dijo: “Porque si vosotros creyeseis a Moisés, creeríais a mí; porque de mí escribió él.”3

Sin embargo, aun cuando el Antiguo Testamento testifica en forma indirecta del futuro nacimiento y ministerio4 de Cristo, sólo un número limitado de pasajes directos son considerados como referencias particu­lares a Él.

Algunos de los más conocidos se hallan en Isaías. Por ejemplo: Seguir leyendo

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“Enseñaos el uno al otro”

“Enseñaos el uno al otro”

por el presidente David O. McKay
Liahona, Enero 1961

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.” (Doc. y Con. 88:77)

Quisiera imponer tres responsabilidades a los que se en­señan el uno al otro la doctrina del reino; La primera de ellas es el entendimiento de la responsabilidad del maes­tro; la segunda, estimar las oportunidades que tenéis de impre­sionar a los que enseñáis; y la tercera, la posibilidad que cada uno tiene de enseñar por el poder del ejemplo.

Desde que nacen hasta que mueren, hay diferencias en los hombres. Son tan variados como las flores de un jardín. En lo que respecta a intelecto, temperamento, energía y pre­paración, algunos ascienden a un nivel, otros a otro.

El maestro que logra el éxito es aquel que con el espíritu de discernimiento puede distinguir, hasta cierto grado por lo menos, la mentalidad y capacidad de los miembros de su clase. Debe tener la habilidad para conocer las expresiones faciales y saber corresponder a la actitud mental y espiritual de los que está enseñando. El Gran Maestro tenía en su per­fección este poder para discernir, como tan claramente se puede ver en su conversación con la mujer de Samaría, cuyos inte­reses no sólo le interpretó, sino cuya alma pudo leer en virtud de sus hechos anteriores. Son pocos los maestros que poseen este don, aun en lo más elemental, pero ellos tienen la responsabilidad de determinar cuál es la mejor manera de instruir a los miembros de su clase para inculcarles algo que sea duradero.

Algunos de vosotros tenéis en vuestro hogar un grabado que representa a Cristo en su juven­tud, frente a un grupo de hombres instruidos en el templo. En ese cuadro el artista ha combinado la fuerza física, el fuego intelectual, la belleza moral y el fervor espiritual. ¡He allí el ideal para todo joven! Quisiera suplicaros, maestros, a que toméis el pincel y el lienzo del artista y tratéis de reproducir ese cuadro de una juventud per­fecta. ¿Vaciláis? ¿Decís que no tenéis ni la ha­bilidad ni la preparación? Muy bien; y sin em­bargo, toda persona que enseña se compromete no sólo a intentar poner sobre el lienzo un re­trato ideal de la juventud, sino de formar, de un alma viviente, un carácter perfecto. “Si hacemos una obra de mármol, perece; si es de bronce, con el tiempo se deshace; si erigimos templos, se vuelven polvo; pero si trabajamos con mentes in­mortales y les infundimos principios rectos, el justo temor de Dios y el amor hacia nuestros semejantes, esculpimos sobre esa superficie algo que brillará por toda la eternidad.” Seguir leyendo

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“¡Marchad a la victoria!”

“¡Marchad a la victoria!”

(Tomado de the Church News)

Hermanos, ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor, hermanos, marchad a la victoria!”

Con estas palabras, dirigidas a la Iglesia en general, el profeta José Smith invitó a los miembros de la Iglesia a que lo siguieran a una vida nueva, una vida azarosa ciertamente, pero vida en abundancia.

Hubo algunos en aquel primer grupo que perdieron el valor y se apartaron del camino; pero aquellos que continuaron, avanzando contra todo obstáculo, lograron la victoria. Fué un destacado triunfo personal para cada uno de ellos, pero también fué una victoria para el recién establecido reino de Dios sobre la tierra.

Dijo el Salmista en la antigüedad: “Aguarda a Jehová; esfuérzate y aliéntese tu corazón: sí, espera a Jehová.”

Uno de los grandes profetas de las épocas antiguas alentó a su pueblo con estas palabras: “Esforzaos pues, y obrad; que Jehová será con el bueno.”

El Señor requiere que su pueblo sea valiente en su manera de vivir; en la fe; en la justicia; en resistir el mal. Es cierto que a todos nos invade el desánimo, y aun los más nobles tienen sus momentos de melancolía. Sin embargo, el desánimo nunca ha logrado una sola victoria. Los pensamientos desalentadores nunca han producido una obra grande. Seguir leyendo

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Con todo el corazón

Con todo el corazón

(Tomado de the Church News)

Los mártires del mundo son las personas de quienes más nos acordamos. Se han dedi­cado a una causa importante: han entregado a su obra primeramente su corazón, sus pensamientos, su fuerza, y por último, su vida.

Casi siempre los mártires han muerto por una causa que se relaciona con otros. Su abnegación, su amor hacia otros, su buena disposición para dar de sí mismos, aun hasta la muerte, ha impresionado al género humano a tal grado, que sus memorias perduran y nos inspiran a lograr propósitos más nobles.

Jesús dijo en una ocasión: “Nadie tiene mayor amor que éste, que ponga alguno su vida por sus amigos.” (Juan 15:13)

El propio Salvador es nuestro ejemplo máxi­mo de amor y sacrificio abnegados; pero también ha habido otros que han sacrificado su vida, quizá no en forma tan trascendental, pero dieron cuanto tenían.

José Smith murió para sellar su testimonio con su sangre. Hyrum, su hermano, lo acompañó, tanto en la vida como en la muerte. Fueron nuestros grandes mártires modernos.

Algunos de los profetas de la antigüedad fueron martirizados, uno tras otro, por motivo de la iniquidad del pueblo y por causa de la grandeza de su mensaje; pero también por causa de su devoción a aquel que los envió y por su eterna fidelidad a esa obra.

Una cosa ha distinguido a todos nuestros mártires: tuvieron el valor suficiente para defender sus convicciones. Sabían qué era lo justo, lo correcto, y no permitieron que la inconve­niencia personal o la oposición de sus enemigos ni ninguna otra cosa les impidiera el cumpli­miento de sus propósitos.

En forma muy real el Señor espera esa clase de devoción de cada uno de nosotros, aun­que no se nos exige morir como mártires. De lo contrario, ¿por qué nos dió el primer grande mandamiento? Seguir leyendo

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Las enseñanzas de Jacob en el Templo (Jacob 1-4)

Guía de estudio del Libro de Mormón

Las enseñanzas de Jacob en el Templo
(Jacob 1-4)

Haciendo las cosas preciosas simples
Randal S. Chase


Jacob era un hijo de Lehi y Saríah y un hermano menor de Nefi. Nació en el desierto de Arabia y pasó necesidades de niño con los rigores de ese viaje a través del desierto; y el viaje a través del mar al Nuevo Mundo. Él claramente era recto, porque vio al Salvador en su juventud y fue ordenado al sacerdocio (2 Nefi 2:4; 6:2; 11:3). Antes de que Nefi muriera, él le dio los registros sagrados a Jacob y le encargó el bienestar espiritual de la gente de Nefi; haciendo a Jacob el nuevo profeta para el pueblo.

Joseph Fielding McConkie y Robert L. Millet escribieron: «Jacob fue uno de los grandes apóstoles del Libro de Mormón. Como un testigo especial, él compartió un perfecto testimonio: Entretuvo a ángeles y fue un testigo del Redentor. Aún en su juventud este hijo de Lehi sabía los poderes redentores de su Salvador y vio la gloria del Señor. Bajo la tutela de su padre y de su hermano profeta Nefi, Jacob de los días de su infancia aprendió a deleitarse en la palabra sagrada y con ello ganó una familiaridad con el Espíritu que sólo conocen el obediente y el estudiante serio de las Escrituras. En el papel de maestro doctrinal, hubieron pocos más grandes que el. Jacob nos ha dejado una reserva de gemas teológicas: sólo Nefi, Mormón, y Moroni contribuyeron más a este volumen de santa escritura conocido como el Libro de Mormón.»1

Muy al principio de la historia de los nefitas, después de su separación de los lamanitas, Nefi le construyó a su gente un templo siguiendo el patrón del templo de Salomón (2 Nefi 5:16), donde ellos podrían llevar a cabo sus ordenanzas mosáicas. El templo también fue un lugar de instrucción, y fue en este templo, que Jacob dio el sermón contenido en esta parte de su registro (Jacob 1:17).

•  Jacob 1:1-6 Nefi instruye a Jacob a registrar en las planchas menores sólo aquellas cosas que son «más preciosas.» Cincuenta y cinco años habían pasado desde el momento en que Lehi salió de Jerusalén (v. 1), por lo que la fecha de esta transferencia de las planchas menores de Nefi a Jacob se sitúa aproximadamente en el año 545 A. C.; Como Jacob nació más o menos entre los años 600 y 590 A. C., el tendría entre cuarenta o cuarenta y cinco años de edad en este momento.

Nefi le dijo que «no tratara más que ligeramente la historia de este pueblo» (v. 2), el cual estaba siendo grabado en las planchas mayores (v. 3). Se le dijo ajacob que las «trasmitiera a su posteridad, de generación en generación» (v. 3), estableciendo un patrón que fue seguido hasta el fin del libro de Omni, cuando se acabó el espacio en las planchas menores (Omni 1:30). Seguir leyendo

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La Doctrina de Cristo (2 Nefi 31-33)

Guía de estudio del Libro de Mormón

La Doctrina de Cristo
(2 Nefi 31-33)

Haciendo las cosas preciosas simples
Randal S. Chase


Los capítulos finales de los escritos de Nefi son algunos de los más poderosos en todas las escrituras. Yo recuerdo bien la primera vez que tuve un banquete de éstas (lo opuesto a simplemente leerlas) mientras servía mi misión en las tierras centrales de Inglaterra. Fui profundamente conmovido por el testimonio de Nefi del Salvador, poderoso pero humilde. Fui también conmovido por la belleza de su lenguaje, y recuerdo que pensé: «Éstas no son las palabras de José Smith. Éstas son las palabras de un profeta maduro, sabio y poéticamente dotado.» En el tiempo que José Smith tradujo estas palabras él «ni podía escribir o dictar una palabra coherente o bien escrita; mucho menos dictar un libro como el Libro de Mormón.»1

Las palabras de Nefi compiten con las palabras finales de Moroni en cuanto a su poder y consecuencia para los lectores. Los lectores no pueden leer y rechazar a este testigo sin un profundo riesgo para su salvación. Y los lectores no pueden aceptar y creer las palabras de Nefi sin que éstas cambien sus vidas para siempre.

NEFI ENSEÑA CON SENCILLEZ

•  2 Nefi 31:1-3 Nefi se deleita en la sencillez. Cuando Nefi empezó a concluir su registro, él se disculpó por incluir en las planchas sólo una pequeña parte de sus enseñanzas y aquellas de su hermano Jacob (versículos 1-2). Nefi había consumido mucho tiempo y espacio en el grabado explicando las profecías de Isaías; precisamente porque él quería hacerlas más sencillas—y más fáciles para que nosotros las entendiéramos. Él deseó concluir con lo que él llamó la «Doctrina de Cristo» (v. 2) y explicarla con sencillez. «Porque mi alma se deleita en la claridad; porque así es como el Señor Dios obra entre los hijos de los hombres. Porque el Señor Dios ilumina el entendimiento; pues él habla a los hombres de acuerdo con el idioma de ellos, para que entiendan» (v. 3). Seguir leyendo

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Las Profecías de Nefi (2 Nefi 25-30)

Guía de estudio del Libro de Mormón

Las Profecías de Nefi
(2 Nefi 25-30)

Haciendo las cosas preciosas simples
Randal S. Chase


Ammón le dijo el rey Limhi «un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas, o mejor dicho, las cosas secretas serán manifestadas, y las cosas ocultas saldrán a la luz» (Mosíah 8:17). Nefi e Isaías fueron ambos grandes videntes.

En estos capítulos, Nefi revela muchas cosas acerca del futuro. Él prevé la destrucción de su gente después que ellos han degenerado en a la incredulidad. También ve a los Gentiles elevarse en el orgullo con «muchas iglesias,» «envidias, contiendas, y malicia» ( 2 Nefi 26:21) Nefi habla de los últimos días durante los cuales aparecerá el Libro de Mormón. Él usa las palabras de Isaías (Isaías 29) para revelar muchas cosas que conciernen con la última dispensación; él analiza las filosofías de Satanás y cómo él operará en nuestros días, y da un número de claves para superar la decepción.

El élder Spencer W. Kimball dijo: «Estos son días trascendentales, los últimos días, cuando habrá numerosas decepciones … Lucifer, el engañador… Está ejerciendo todos sus esfuerzos. Las decepciones se incrementarán; los cultos se volverán más numerosos; más y más de los débiles se quedan en el camino … uno tiene asegurada la la protección a través de la guía del Espíritu Santo … si uno vive en total armonía y fe, apoyando a las autoridades de la Iglesia y vive todos los principios, el Espíritu lo guiará, pero si el hombre se vuelve arrogante y se ergie como juez final, él podrá ser engañado.»1

•  2 Nefi 25:1-8 Nefi explica el valor de Isaías para «[su] pueblo» de Israel. ÉL explica por qué las palabras de Isaías son difíciles de entender para los no judíos (v. 1) Él promete que aquellos con el espíritu de profecía serán capaces de discernirlas (v. 4) para que sean simples en el día que sean cumplidas (v. 7) y que ellas serán de gran valor para nosotros porque las entenderemos (v. 8). Estos son los versículos de los cuales obtenemos dos claves importantes para entender a Isaías, las cuales fueron discutidas en el capítulo «Interpretando a Isaías.»

NEFI EXPLICA LAS PROFECÍAS DE ISAÍAS
(2 Nefi 25-26, 29)

Nefi profetiza lo concerniente a Israel

•  2 Nefi 25:9-17 Nefi añade profecías propias. Él predice la destrucción y el cautiverio de Jerusalén bajo Nabucodonosor de Babilonia (v. 10), la restauración de los judíos bajo Ciro de Persia (v. 11). El rechazo del Hijo de Dios por los judíos (v. 12), y la muerte y resurrección de Jesús (v. 13). Luego pasó a predecir la segunda destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 A.C. (v. 14), la dispersión de los judíos (v. 15) la posible aceptación de Jesús como el Mesías por los judíos (v. 16), y que ellos serían rescatados de «estado perdido y caído» (v. 17). Seguir leyendo

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10 consejos para enseñar el arrepentimiento

ENSEÑAR A ADOLESCENTES Y A NIÑOS

10 consejos para enseñar el arrepentimiento

A veces arrepentimiento suena a algo que da miedo o es confuso para los niños y adolescentes. Estos son algunos consejos para enseñar el arrepentimiento de una manera amorosa y fortalecedora.

      1. Hágalo sencillo. Usted puede enseñar a sus hijos que “cuando pecamos, nos alejamos de Dios”, pero “cuando nos arrepentimos, nos volvemos hacia Dios”1. Podemos volvernos hacia Dios al reconocer nuestros errores, al hacer las cosas correctamente y al esforzarnos para hacerlas mejor.
      2. Céntrese en lo positivo. Sea cual sea la situación, “el arrepentimiento es siempre positivo”2. No es un castigo por un mal comportamiento, es una oportunidad para intentarlo de nuevo y acercarse a Dios. Aliente a sus hijos a que piensen sobre lo que están haciendo bien y cómo pueden hacer algo más.
      3. Haga hincapié en lo cotidiano. El arrepentimiento es tanto para los pecados pequeños como para los grandes. El arrepentimiento diario significa rectificar con frecuencia, como un barco que mantiene su curso. Ayude a sus hijos a reconocer las maneras sencillas en las que pueden mejorar cada día.
      4. Deje un espacio para los errores. Ayude a sus hijos a entender que los errores pueden ser parte del aprendizaje. Permítales que afronten las consecuencias de sus decisiones y ayúdelos a encontrar la manera de hacer las cosas correctas de nuevo. Enséñeles a buscar la ayuda de Dios.
      5. Sea un ejemplo. Cuando cometa errores, admítalo. Sea lo suficientemente humilde para pedir disculpas a sus hijos y delante de ellos. Deje que vean cómo se está esforzando usted en hacer mejor las cosas y comparta su testimonio de cómo el Salvador le ha ayudado a cambiar.
      6. Personalícelo. Cuando enseñe los principios de arrepentimiento a sus hijos3, tenga en cuenta que el proceso de arrepentimiento no será el mismo para cada persona y en cada momento. No es una lista de tareas que hay que marcar cuando se cumplen; es un proceso de crecimiento continuo. Se trata de los deseos de nuestro corazón y de cómo nos esforzamos para alinearnos con el Salvador. Podemos saber que nos hemos arrepentido completamente cuando sentimos paz, gozo y perdón.
      7. Tenga una perspectiva amplia. Es fácil desanimarse cuando uno toma las mismas desafortunadas decisiones en múltiples ocasiones. Enseñe a sus hijos que, siempre y cuando sigan arrepintiéndose, Dios seguirá perdonándolos (véase Moroni 6:8). Explíqueles que lo que realmente importa es intentarlo. Es por medio de nuestro esfuerzo y despojándonos del hombre natural (véase Mosíah 3:19) que llegamos a ser más como Dios.
      8. Distinga entre la culpa y la vergüenza. “La tristeza que es según Dios” es un requisito para el arrepentimiento (véase 2 Corintios 7:9–10). Pero si su hijo se siente indigno o sin esperanza, incluso después de arrepentirse, puede que la vergüenza sea la causa de ese sentimiento4. Recuérdeles que el Padre Celestial siempre los ama y que “si pecamos, seremos menos dignos, ¡pero nunca tendremos menos valor!”5. Si es necesario, considere reunirse con su obispo o un terapeuta profesional.
      9. Entender la expiación del Salvador. Enseñe a sus hijos que Jesucristo no solo expió nuestros pecados sino también todo nuestro sufrimiento (véase Alma 7:11–12). Asegúreles a sus hijos que ellos no son culpables “de la conducta hiriente de otras personas”6. Las víctimas de abuso son completamente inocentes; ayúdelos a buscar la paz y la sanación del Salvador.
      10. Mencione continuamente al Salvador. Enseñe a sus hijos que el Salvador comprende la dificultad contra la que están luchando y puede ayudarlos a vencerla. Testifique de Él en su hogar con frecuencia. Aliente a sus hijos a orar, servir, estudiar las Escrituras y hacer otras cosas que les ayuden a conocerlo a Él mejor para que, de forma natural, busquen Su ayuda para superar sus debilidades.

Notas

      1. Neil L. Andersen, “Arrepentíos… para que yo os sane”,Liahona, noviembre de 2009, pág. 40.
      2. Stephen W. Owen, “El arrepentimiento es siempre positivo”,Liahona, noviembre de 2017, pág. 48.
      3. Véase “Capítulo 19: Arrepentimiento”, Principios del Evangelio,2009, págs. 117–124.
      4. Véase Wendy Ulrich, “No es un pecado ser débil”, Liahona,abril de 2015, págs. 20–25.
      5. Joy D. Jones, “Un valor inconmensurable”, Liahona,noviembre de 2017, pág. 14.
      6. Leales a la fe: Una referencia del Evangelio, 2004, pág. 5.

 

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Una poderosa fuerza para el bien

JÓVENES ADULTOS

Una poderosa fuerza para el bien

Por Mindy Selu
Revistas de la Iglesia

Todos podemos ser una fuerza para bien en el mundo, por grande o pequeña que sea nuestra esfera de influencia.

Fue una tormenta de nieve a mediados de abril lo que hizo que comenzara todo. No es necesariamente un acontecimiento inusual en Utah, pero aún así pensé que había que inmortalizar los tulipanes llenos de nieve en la Manzana del Templo. Así que creé una cuenta Instagram en la que no había fotos de mis gatos (por muy adorables que sean) sino fotos del templo.

Así comenzó un año de publicaciones diarias (y algunos años más de publicaciones no tan diarias). Sacar fotos del templo y publicarlas con citas de líderes de la Iglesia relacionadas con él se convirtió en una forma divertida de desarrollar mis talentos y hacer más profundo mi aprecio por el templo.

A cuantas más personas influía más me daba cuenta de la oportunidad que tenía de ser una influencia para bien. No soy una “influenciadora” de las redes sociales, pero me gusta pensar que mis esfuerzos marcan la diferencia para alguien en algún lugar.

A pesar de nuestra vida rápida y ajetreada, todos podemos utilizar nuestros talentos para bendecir a los demás y ser una fuerza para el bien. Después de todo, “creemos… en hacer el bien” (Artículos de Fe 1:13).

He encontrado a otros jóvenes adultos que se esfuerzan por ser una fuerza para el bien. Así es como ellos están marcando la diferencia.

Tender la mano con amor

Graziely Moreira, de 25 años, fue básicamente criada para hacer el bien. Cuando los habitantes de su ciudad natal de Fortaleza, Ceará, Brasil, ven a alguien necesitado, le ayudan. “Es una cuestión cultural”, explica. Y para los miembros de la Iglesia, “también lo es porque pensamos, como dijo Jesucristo, en amar a los demás como a nosotros mismos. Así que sencillamente lo hacemos. Lo hacemos porque nos gusta hacerlo”. Seguir leyendo

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El milagro de pertenecer al convenio

El milagro de pertenecer al convenio

Élder Gerrit W. GongPor el élder Gerrit W. Gong
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Strengthen One Another in the Lord”, pronunciado en la Conferencia de la Mujer de la Universidad Brigham Young el 4 de mayo de 2018.

La armonía de nuestros convenios y de la expiación de Jesucristo se oye en melodías y contrapuntos a medida que el recurrir a la expiación de nuestro Salvador nos ayuda a cumplir nuestros convenios de un modo nuevo y más santo.

man and woman shaking hands

En la escuela de la vida terrenal, el Señor nos invita a aprender y progresar de maneras vitalicias y eternas al amarlo primeramente, y al fortalecernos unos a otros en Su amor.

Fortalecernos unos a otros en el Señor y en Su amor se halla implícito en el primer gran mandamiento, así como en el segundo. Tal como se ha enseñado recientemente en una carta de la Primera Presidencia: “El ministerio del Salvador ejemplifica los dos grandes mandamientos: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente’ y ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Mateo 22:37, 39)”. La carta de la Primera Presidencia continúa así: “En ese sentido, Jesús también enseñó: ‘Vosotros sois aquellos a quienes he escogido para ejercer el ministerio entre este pueblo’ (3 Nefi 13:25)”1.

La canción del amor que redime de nuestro Salvador resucitado celebra la armonía de los convenios, los cuales nos conectan con Dios y los unos con los otros; y la expiación de Jesucristo, la cual nos ayuda a despojarnos del hombre y de la mujer natural y someternos al santificador “influjo del Espíritu Santo” (Mosíah 3:19).

Dicha armonía se expresa en el plan de felicidad, en el que aprendemos y progresamos mediante el ejercicio diario del albedrío moral personal, y en el que no se nos deja librados a andar errantes por nuestra propia cuenta, sino que se nos dan la senda del convenio y el don del Espíritu Santo. El Alfa y la Omega (véase Doctrina y Convenios 61:1), el Señor Jesucristo, está con nosotros desde el principio. Y está con nosotros hasta el fin, cuando “Dios enjugará toda lágrima de [nuestros] ojos” (Apocalipsis 7:17), excepto las que sean de gozo.

Nuestros convenios nos conectan con Dios y los unos con los otros; estos, cuyo designio es ser eternos, abarcan a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Su Hijo Jesucristo. Los convenios eternos pueden invocar el poder del amor de Dios; brindar esperanza y aumentar el amor; elevar y transformar; edificar y santificar; redimir y exaltar. Seguir leyendo

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Cómo hallar paz en la tormenta de la adicción

Cómo hallar paz en la tormenta de la adicción

Por Chakell Wardleigh
Revistas de la Iglesia

La adicción es un huracán implacable que zarandea tanto al adicto como a sus seres queridos de un lado a otro.

Jamás olvidaré la noche en que mi hermano sufrió una sobredosis de heroína. Aún recuerdo cada detalle: el golpe seco de su cuerpo al caer al suelo; los gritos de mis padres; el terror, la confusión y la desesperanza que sentí al darme cuenta de que volvíamos a cero en aquella aparentemente interminable batalla contra la adicción.

No obstante, cuando vi que mi hermano no reaccionaba, me sorprendí. A pesar del caos que me rodeaba, me invadió una fortaleza interior inesperada, la cual me permitió ayudar a mis padres a estabilizar a mi hermano. Le tomé las rígidas y pálidas manos, y le hablé lentamente mientras él tenía la mirada vacía. Aunque no podía creer lo que veía, me hallaba sorprendentemente calmada mientras esperábamos que volviera en sí. Más adelante, me di cuenta de que aquella oportuna calma era el poder sustentador del Señor.

Después de que se estabilizó y fuera trasladado a un hospital para recibir atención, me asaltó la realidad de la situación. Mi fortaleza enviada del cielo se acabó y me derrumbé de pesar; se me rompió el corazón; me dolía el pecho al acurrucarme en la cama, y respiraba con dificultad. Era como si no pudiera sollozar lo suficiente como para seguirle el paso a mis emociones. “¿Cómo llegó a esto mi vida?”, pensé. “¡Jamás superará este problema! ¡Ya no puedo más!”.

En aquel momento en que me había desplomado de pesar, sentía como si una fuerza invisible me hubiera levantado por los aires, como si un viento huracanado me hubiese lanzado hasta hacerme tocar el gélido y sombrío fondo; un lugar reservado no solo para los adictos, sino también para quienes los aman, un lugar con el que me estoy familiarizando demasiado. Seguir leyendo

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Cómo superar la plaga de la adicción

Cómo superar la plaga de la adicción

Por el Dr. Kevin Theriot
Servicios para la Familia SUD

Entender la adicción es un paso clave para superarla. No obstante, también debemos confiar en el Señor y creer que Él puede sanarnos.

Cuando alguien lucha contra alguna adicción, es importante saber que hay esperanza. Hay personas todos los días y en todo el mundo que tienen la capacidad de liberarse de la sustancia o conducta que las mantiene como rehenes. Se requerirá un esfuerzo personal coordinado, entend

er los factores de cada caso en particular que las retienen en el ciclo de la adicción, junto con la creencia de que Dios puede inspirarlas en su senda personal hacia la libertad.

Durante los 38 años en que he ayudado a personas a vencer adicciones, he visto cómo, con el tiempo, han mejorado tanto el conocimiento que tenemos sobre las adicciones, así como el tratamiento de la adicción. Tengo la firme sospecha de que tal evolución continuará durante los años venideros. Aunque aquellos en el campo de las ciencias que estudian las adicciones afrontan preguntas difíciles, seguimos haciendo avances positivos. De modo que la información que aquí se presenta se basa en lo que conocemos en la actualidad, con la creencia de que en el futuro seguirá descubriéndose más luz y conocimiento al respecto.

Entender la adicción

Sé cuán desgarrador es bregar en la lucha contra una adicción, pero el primer paso es entenderla. A continuación, se ofrecen algunas ideas clave que esclarecen un poco el tema:

      • Las adicciones comienzan con una exposición inicial y acaban en la dependencia. En cualquier punto del proceso en que se encuentre, la persona puede ejercer cierto grado de albedrío y encontrar la forma de salir de la conducta adictiva.
      • Calificar a alguien como adicto puede socavar su progreso a largo plazo, en especial en las primeras etapas de la conducta. La frase “en recuperación” parece ser más útil. Es como decir: “Elijo confiar en el Salvador y en Su expiación a fin de llegar a ser más semejante a Él” en lugar de: “Estoy atrapado en el pecado para siempre”.
      • Todas las adicciones tienen varios factores: biológicos (genética, neuroquímica, etc.), psicológicos (autoestima, características de la personalidad, estrés postraumático, etc.), sociales (padres, amigos, cultura, etc.) y espirituales (costumbres religiosas personales y familiares, etc.). A menudo, la combinación de cada uno de esos factores y sus fortalezas relativas son tan particulares como la persona en sí. Cada factor quizás requiera atención específica e individualizada en el caso de cada persona en su conjunto, a fin de liberarse de la conducta negativa.

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