“Enseñaos el uno al otro”

“Enseñaos el uno al otro”

por el presidente David O. McKay
Liahona, Enero 1961

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.” (Doc. y Con. 88:77)

Quisiera imponer tres responsabilidades a los que se en­señan el uno al otro la doctrina del reino; La primera de ellas es el entendimiento de la responsabilidad del maes­tro; la segunda, estimar las oportunidades que tenéis de impre­sionar a los que enseñáis; y la tercera, la posibilidad que cada uno tiene de enseñar por el poder del ejemplo.

Desde que nacen hasta que mueren, hay diferencias en los hombres. Son tan variados como las flores de un jardín. En lo que respecta a intelecto, temperamento, energía y pre­paración, algunos ascienden a un nivel, otros a otro.

El maestro que logra el éxito es aquel que con el espíritu de discernimiento puede distinguir, hasta cierto grado por lo menos, la mentalidad y capacidad de los miembros de su clase. Debe tener la habilidad para conocer las expresiones faciales y saber corresponder a la actitud mental y espiritual de los que está enseñando. El Gran Maestro tenía en su per­fección este poder para discernir, como tan claramente se puede ver en su conversación con la mujer de Samaría, cuyos inte­reses no sólo le interpretó, sino cuya alma pudo leer en virtud de sus hechos anteriores. Son pocos los maestros que poseen este don, aun en lo más elemental, pero ellos tienen la responsabilidad de determinar cuál es la mejor manera de instruir a los miembros de su clase para inculcarles algo que sea duradero.

Algunos de vosotros tenéis en vuestro hogar un grabado que representa a Cristo en su juven­tud, frente a un grupo de hombres instruidos en el templo. En ese cuadro el artista ha combinado la fuerza física, el fuego intelectual, la belleza moral y el fervor espiritual. ¡He allí el ideal para todo joven! Quisiera suplicaros, maestros, a que toméis el pincel y el lienzo del artista y tratéis de reproducir ese cuadro de una juventud per­fecta. ¿Vaciláis? ¿Decís que no tenéis ni la ha­bilidad ni la preparación? Muy bien; y sin em­bargo, toda persona que enseña se compromete no sólo a intentar poner sobre el lienzo un re­trato ideal de la juventud, sino de formar, de un alma viviente, un carácter perfecto. “Si hacemos una obra de mármol, perece; si es de bronce, con el tiempo se deshace; si erigimos templos, se vuelven polvo; pero si trabajamos con mentes in­mortales y les infundimos principios rectos, el justo temor de Dios y el amor hacia nuestros semejantes, esculpimos sobre esa superficie algo que brillará por toda la eternidad.”

Sin embargo, la responsabilidad del maestro no se concreta a su deber de enseñar la verdad en una manera positiva. Entra en el reino de lo que no se debe hacer, así como en el de lo que se debe hacer. En el jardín del alma humana, así como en el campo del esfuerzo humano, hay es­pinas y cardos junto con flores y plantas útiles. ¡Tres veces digno de condenación es aquel que quiere hollar en los pensamientos de un joven una flor de verdad y sembrar en su lugar la semilla de un error! De ahí la importancia de que el maestro sepa lo que está enseñando, cre­yendo concienzudamente que ello concuerda con Dios y con la verdad. No hago más que sugerir esta idea porque podéis arrodillaros en vuestras casas y pedir a Dios que os conceda la fuerza para declarar la verdad.

Los padres que son sabios, así como los edu­cadores principales del país, ahora comprenden que sólo por medio del desarrollo del carácter se puede lograr la buena ciudadanía. El maestro sincero comprende que es suya la oportunidad para inculcar las virtudes que contribuyen al desarrollo de hombres y mujeres verdaderos.

Todo maestro tiene como deber y responsa­bilidad llevar una vida recta y vivir de conformidad con elevadas normas éticas. La responsabilidad del maestro de religión es mayor todavía. La profesión del que enseña religión es más alta que la del profesor de escuelas ordinarias, porque además de su creencia en la eficacia de los pre­ceptos éticos y morales, el maestro religioso asu­me la responsabilidad de conducir a la juventud al reino de la espiritualidad. Su deber consiste en abrir los ojos de los ciegos a fin de que puedan ver a Dios. Es admirable descubrir ‘lenguas en los árboles, libros en las aguas corrientes de los arroyos, sermones en las piedras y lo bueno en todas las cosas.” Más gloriosa es la habilidad para conducir a un alma hambrienta de entre el laberinto de la ma­terialidad temporal y sensual, al reino perdurable de la espiritualidad.

Todo esto debe ser la responsabilidad de cada maestro; pero la del que enseña religión es más grave todavía. A él se extiende la oportunidad y privilegio de conducir a sus alumnos sobre las colinas morales y éticas hasta las cumbres gloriosas de la realidad espiri­tual, donde el espíritu del hombre puede recibir la iluminación e inspiración del Santo Espíritu de Dios, con cuya luz todo joven puede llegar a realizar lo que uno de nuestros científicos más ilustres declaró ser la cosa de importancia suprema en el mundo: “Estar cons­ciente de la realidad de aquello que es de valor moral y espiritual.

Esta entrada fue publicada en maestro, Responsabilidad y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario