El Lenguaje del Libro de Mormón

El Lenguaje del Libro de Mormón

por John A. Tvedtnes

Moroni, el último de los profetas que se hizo cargo del documento que conocemos como el Libro de Mormón, escribió: «hemos escrito estos anales según nuestro conocimiento, en los caracteres que entre nosotros se llaman egipcio reformado; y los hemos transmitido y alterado conforme a nuestra manera de hablar. Y si nuestras planchas hubiesen sido suficientemente amplias, habríamos escrito en hebreo; pero también hemos alterado el hebreo» (Mormón 9: 32-33).

Esto sugiere que, aunque los nefitas emplearon caracteres egipcios, el hebreo siguió siendo su lengua nativa mil años después de que sus antepasados hubieran salido de Jerusalén para asentarse en el Nuevo Mundo. En el artículo anterior, sugerí que probablemente escribieron un texto hebreo haciendo uso de caracteres egipcios, y mostré ejemplos de tales textos procedentes del antiguo Cercano Oriente. Siendo así, no nos debería extrañar que se encontraran indicios del original en hebreo en la traducción al inglés del Libro de Mormón. Uno de tales indicios se advierte en el uso de consonantes en los nombre del Libro de Mormón, las cuales coinciden con las usadas en hebreo1.

Modismos hebreos

Algunas expresiones de las que se utilizan en el Libro de Mormón deben de haber parecido extrañas cuando se publicó en 1830, porque no están en buen inglés. Sin embargo, son expresiones válidas en hebreo, lo que nos da una idea de la lengua a partir de la cual tradujo José Smith.

Un ejemplo es lo que se denomina el «estado de construcción», en el que encontramos dos nombres hebreos, uno tras otro, con una estrecha relación gramatical. Por ejemplo, en inglés, se dice stone altar (lit. piedra altar, ‘altar de piedra’), si bien en hebreo sería «altar piedra». Pero para poder reflejar, de manera correcta, la relación entre los dos nombres hebreos, es necesario decir «altar de piedra», aunque la palabra «de» no existe en el hebreo bíblico. Cuando el Libro de Mormón utiliza expresiones tales como plates of brass (lit. planchas de bronce) en vez de brass plates (lit. bronce planchas, ‘planchas de bronce’), y mist of darkness (lit. niebla de oscuridad) en vez de dark mist (lit. oscura niebla), no hace sino reflejar el orden de palabras hebreo. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón nos ayuda a entender la Biblia

El Libro de Mormón
nos ayuda a entender la Biblia

por John A. Tvedtnes

Uno de los propósitos del Libro de Mormón es prestar apoyo a la Biblia. Unos cuatro siglos después de la visita de Jesucristo a los nefitas en el Nuevo Mundo, Mormón escribió: «Porque he aquí, se escriben éstos [estos anales, es decir, el Libro de Mormón] con el fin de que creáis en aquéllos [aquellos anales, es decir, la Biblia]; y si creéis en aquéllos, también creeréis en éstos […]» (Mormón 7: 9).

En el presente artículo examinaremos algunas de las formas en que el Libro de Mormón nos ayuda a entender la Biblia.

Jesús es el Hijo de Dios

La primera forma en que el Libro de Mormón apoya a la Biblia es testificando que la declaración que se halla en la misma de que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo es correcta. Nefi, quien había llegado de Jerusalén a las Américas seis siglos antes de Cristo, escribió que «según las palabras de los profetas, el Mesías viene seiscientos años a partir de la ocasión en que mi padre salió de Jerusalén; y según las palabras de los profetas, y también la palabra del ángel de Dios, su nombre será Jesucristo, el Hijo de Dios» (2 Nefi 25: 19). Más de cuatro siglos después, uno de los descendientes de Nefi, un rey llamado Benjamín, profetizó en cuanto a la venida del Salvador: «Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María» (Mosíah 3: 8). Alma, un profeta de la siguiente generación, también declaró que «el Hijo de Dios viene sobre la faz de la tierra. Y he aquí, nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados, y siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, dará a luz un hijo, sí, aun el Hijo de Dios» (Alma 7: 9-10). Cuatro siglos después que Cristo viniera a enseñar a los nefitas, Mormón escribió: «Sabed que debéis llegar al conocimiento de vuestros padres, y a arrepentiros de todos vuestros pecados e iniquidades, y creer en Jesucristo, que él es el Hijo de Dios» (Mormón 7: 5).

El Libro de Mormón deja claro que la profecía del siervo de Dios, que se encuentra en Isaías 53, se refiere a Jesucristo (ver Mosíah 14-15). También nos dice que cuando Abraham fue «obediente a los mandamientos de Dios al ofrecer a su hijo Isaac», esto era «una semejanza de Dios y de su Hijo Unigénito» (Jacob 4: 5).

Profetas que no se mencionan en la Biblia

El profeta Helamán, del Libro de Mormón, escribió que «todos los santos profetas» de los tiempos antiguos habían testificado que Cristo vendría (Helamán 8: 16). Menciona a los profetas bíblicos Abraham, Moisés, Isaías y Jeremías, y también a otros profetas llamados Zenós, Zenoc, Neum (Helamán 8: 17-20). Hay varios pasajes en la Biblia que mencionan a profetas cuyos escritos se perdieron en la antigüedad (1 Crónicas 29: 29; 2 Crónicas 9: 29; 12: 15; 13: 22; 20: 34; 26: 22; 33: 18-19). Gracias al Libro de Mormón, sabemos que hubo otros profetas cuyos escritos ya no existen. Esto concuerda con lo que dicen algunos de los primeros Padres de la Iglesia de los primeros siglos después de Cristo, tales como Eusebio, Agustín, Irineo, Clemente de Alejandría y Justino Mártir, quienes a veces citaron libros proféticos que ya no aparecen en nuestra Biblia moderna. Seguir leyendo

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Brigham Young (1801-1877)

Brigham Young 1801-1877

Edad Puntos sobresalientes de la vida de Brigham Young(1801-1877)
  Nace en Whittingham, condado de Windham, es­tado de Vermont (Junio 1, de 1801).
14 Muere su madre; Brigham comienza a ganarse la vida, convirtiéndose posteriormente en carpinte­ro (1815).
23 Contrae matrimonio con Miriam Works (1824).
31 Se bautiza en la Iglesia, es ordenado élder; muere su primera esposa, Miriam Works (1832).
33 Se casa con Mary Ann Angelí; se une a la marcha del Campamento de Sión (1834).
34 Es ordenado apóstol, miembro del Quorum origi­nal de los Doce Apóstoles (1835).
38-40 Cumple una misión en la Gran Bretaña (1839-41).
43 El martirio de José Smith; Brigham Young dirige la Iglesia en capacidad de presidente del Quorum de los Doce (1844).
45-46 Dirige el éxodo de Salt Lake City (1846-47).
46 Es sostenido como presidente de la Iglesia en Winter Quarters (1847).
49 Se convierte en gobernador del territorio de Utah (1850).
52 Coloca la primera piedra para el Templo de Salt Lake City (1853).
56-57 Sobreviene la Guerra de Utah; es relevado como gobernador después de haber servido un término de ocho años (1857-58).
66 Se termina la construcción del Tabernáculo (1867).
68 Llega el ferrocarril a Utah (1869).
76 Dedicación del Templo de St. George (1877).
76 Muere en Salt Lake City, Utah (29 de agosto de 1877).

1. Respuesta a la palabra de Dios

Cuatro años antes del nacimiento del profeta José Smith, nació un niño, el noveno hijo del matrimonio integrado por Abigail Howe Young y John Young. Para los Young, este hijo nacido el primero de junio de 1801, fue simplemente una bien recibida adición a la familia, que luchaba por salir avante en Whittingham, estado de Vermont. En los registros existentes, no hay ninguna indicación de que algún miembro de la familia supusiera que este pequeño se convertiría, un día, en uno de los más grandes hombres de la historia. Muy poco se imaginaba John Young, un veterano de la reciente Guerra de Independencia, de los Estados Unidos, que ciento cuarenta y nueve años más tarde, una estatua de este mismo hijo proyectando su fisonomía adulta, sería colocada en el Salón Estatuario del Capitolio Nacional en Washington, D.C. Sin embargo, a menos de cincuenta años de su nacimiento, Brigham Young se levantaría como líder político y espiritual de miles y miles de personas, así como gobernador del territorio de Utah y profeta del Señor. No obstante, para sus padres y hermanos, en 1801, Brigham era simplemente el recién nacido. Seguir leyendo

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La oración del Profeta

La oración del Profeta

Letra de George Manwaring.
Música de Adam Craik Smyth.

1. Qué hermosa la mañana; qué brillante era ̮el sol.
Pajaritos y abejas daban voces de loor
cuando en la arboleda suplicó José a Dios,
cuando en la arboleda suplicó José a Dios.
3. Descendió gran luz del cielo, más brillante que el sol,
y gloriosa, la columna sobre ̮el joven descansó.
Vio dos Seres celestiales, Dios el Padre y Jesús.
Vio dos Seres celestiales, Dios el Padre y Jesús.
2. Con ahínco suplicaba en ferviente oración,
y la fuerza del maligno de angustia le llenó.
Mas en Dios él esperaba y confiaba en Su ̮amor.
Mas en Dios él esperaba y confiaba en Su ̮amor.
4. “Este es mi Hijo ̮amado; da oído”, dijo Dios.
Su ̮oración fue contestada y ̮escuchó al Salvador.
¡Oh qué gozo en su pecho porque vio José a Dios!
¡Oh qué gozo en su pecho porque vio José a Dios!

 EL HIMNO

“La Oración del Profeta” se basa en el evento más grande que ha ocurrido en estos últimos días. Fué inspirado por el propio relato del Profeta de la visión del Padre y del Hijo; y su narración es el mejor fondo que puede ofrecerse como el origen de este himno. El relata:

Hallándome en medio de las inmensas dificultades que las contenciones de estos partidos de religiosos originaban, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto verso, que dice: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.”

Jamás llegó un pasaje de las Escrituras al corazón de un hombre con mayor fuerza que con la que este pasaje penetró en el mío en esta ocasión. Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguna persona necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y, a menos que pudiese lograr más sabiduría de la que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; pues los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto que destruía toda esperanza de resolver el problema con recurrir a la Biblia. Seguir leyendo

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No seas Cangrejo

No seas Cangrejo

Por Marvin O. Ashton (1883–1946)
Liahona, diciembre 1947

Se narra el cuento de un pescador hawaiano, que estaba pescando. Había pescado dos cangrejos y los había puesto en una cacerola. Esta no era muy profunda. Un desconocido se le acercó y le dijo: ¿Por qué no puso los cangrejos en una cacerola más profunda? Cuando usted se descuide se saldrán”. Le respondió el pescador: “Mi amigo, usted no conoce a los cangrejos. Un cangrejo nunca permitirá que el otro suba más alto que él, si es que puede evitarlo. Si uno de los cangrejos hace el intento de subir o salirse, su compañero de prisión lo jala hacia abajo”.

Cuando oí este cuento pensé que había una buena lección en él. Nosotros como hermanos o amigos, por la envidia y celos, ¿Nos retenemos uno al otro, si uno asciende un poco más en el mundo? ¿Tratamos instintivamente de degradarlo o detener su progreso? ¿Sabes que la envidia es una de las peores cosas del mundo? A veces nos duele ver que otros progresan.

Se verificaba un programa escolar. Todas las madres estaban presentes; cada una estaba orgullosa o celosa, según la importancia del papel que desempeñaban sus hijos. Vino al foro un chiquillo pomposo que con la elocuencia de Patrick Henry gritó hacia el cielo: “Amigos, Romanos, compatriotas, prestad oídos”. Esta muestra de elocuencia fué demasiado para una madre envidiosa, quien volteándose hacia su compañera de asiento y arriscando la nariz exclamó: “Ese es el hijo de los Jiménez. No sería hijo de su madre si dejara de estar pidiendo prestado”. Seguir leyendo

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La visión del futuro de los Lamanita

La visión del futura de los Lamanita

por Spencer W. Kimball

Discurso pronunciado por el élder Spencer W. Kimball, el 3 de noviem­bre de 1947, en la Conferencia Lamanita, Mesa, Arizona.

Mis queridos hermanos y herma­nas, deseo referirme a uno o dos pa­sajes del Libro de Mormón:

Ahora bien, lo que nuestro padre quiere decir concerniente al injerto de las ramas naturales, por medio de la plenitud de los gentiles, es que en los días postreros, cuando nuestros descendientes hayan degenerado en la incredulidad, sí, por el espacio de muchos años, y muchas generaciones después que el Mesías sea manifestado en la carne a los hijos de los hombres, entonces la plenitud del evangelio del Mesías vendrá a los gentiles; y de los gentiles vendrá al resto de nuestra posteridad.

Y en aquel día el resto de los de nuestra posteridad sabrán que son de la casa de Israel, y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces sabrán y llegarán al conocimiento de sus antepasados, y también al conocimiento del evangelio de su Redentor, que él ministró a sus padres. Por tanto, llegarán al conocimiento de su Redentor y de los principios exactos de su doctrina, para que sepan cómo venir a él y ser salvos. (1Nefi 15:13-­14)).

y significa que viene el tiempo, después que toda la casa de Israel haya sido dispersada y confundida, en que el Señor Dios levantará una nación poderosa entre los gentiles, sí, sobre la superficie de esta tierra; y nuestros descendientes serán esparcidos por ellos.

Y después que nuestra posteridad haya sido dispersada, el Señor Dios procederá a efectuar una obra maravillosa entre los gentiles, que será de gran valor para nuestra posteridad; por tanto, se compara a que serán nutridos por los gentiles y llevados en sus brazos y sobre sus hombros.

Por tanto, los sacará otra vez de su cautividad, y serán reunidos en las tierras de su herencia; y serán sacados de la obscuridad y de las tinieblas; y sabrán que el Señor es su Salvador y su Redentor, el Fuerte de Israel.” (1Nefi 22:7, 8, 12).

Grandes promesas se hicieron en estos versos a la Casa de Israel de la cual vosotros sois parte. Iban a venir gentes a este continente que esparci­rían a los lamanitas. Entonces iba a seguir el establecimiento de una grande nación entre los Gentiles, que afli­giría a los lamanitas, pero la que por fin les llevaría la luz del evangelio. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón: Otro testamento de Jesucristo

El Libro de Mormón:
Otro testamento de Jesucristo

por John A. Tvedtnes

Uno de los libros más populares del mundo, después de la Biblia, es el Libro de Mormón. Desde que saliera a la luz, por vez primera, en 1830, se han publicado unos 78 millones de ejemplares en 94 idiomas; tan sólo en 1997 se distribuyeron más de cuatro millones de ejemplares.

La historia del Libro de Mormón comenzó en la primavera de 1820, cuando un muchacho estadounidense de catorce años llamado José Smith fue a orar a un bosque que se encontraba cerca de la granja de su familia, en el estado de Nueva York, en Estados Unidos. Él explicó cómo Dios el Padre y su hijo Jesucristo se le aparecieron y dieron respuesta a las preguntas que tenía en lo tocante al tema de la religión. Este fue el principio de su llamamiento como profeta contemporáneo.

Tres años después, se encontraba de nuevo orando cuando recibió la visita de un ángel que le dijo que se llamaba Moroni. «Dijo que se hallaba depositado un libro,» escribió José Smith más adelante, «escrito sobre planchas de oro, el cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente [americano], así como del origen de su procedencia. También declaró que en él se encontraba la plenitud del evangelio eterno el cual el Salvador lo había comunicado a los antiguos habitantes. (José Smith-Historia 1:34)

Se le dijo que las planchas de oro estaban escritas en egipcio reformado y que las habían escondido y enterrado en la ladera de una colina que se encontraba cerca del hogar de José, en una caja cuadrada de piedra cubierta por otra piedra redonda más grande. Con el registro se encontraba un antiguo pectoral que contenía dos piedras llamadas Urim y Tumim, que el Señor había preparado para ayudar a José Smith a traducir el antiguo registro. (En la época de la Biblia, los israelitas recibían revelación de Dios mediante el Urim y el Tumim, que el sumo sacerdote llevaba sujetos a un pectoral; cf. Éxodo 28:30. Números 27:21). Seguir leyendo

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La expiación Infinita en sufrimiento

La expiación
Infinita en sufrimiento

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


¿Sufrió el salvador como nosotros sufrimos?

El precio de la Expiación de Jesucristo fue la sangre, la vida y el sufrimiento indescriptibles de un Dios. Contrariamente a los que algunos piensan, no solo fue un sufrimiento mental; fue una angustia intensa, prolongada «tanto en el cuerpo como en el espíritu» (DyC 19:18; énfasis añadido). Fue la combinación de un dolor físico, espiritual, intelectual y emocional de primer orden. Tal fue su colosal magnitud que hizo que «Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro» (DyC 19:18).

Tan sustantivo como pareció el sufrimiento del Salvador, ¿fue este atenuado por el hecho de que poseía atributos divinos? ¿Tenía poderes de resistencia sobrehumanos que le permitieron encarar y soportar más fácilmente la triste condición humana? Dicho de otro modo, ¿contaba con un escudo, mientras que to­dos los demás han de combatir sin tal protección? Ciertamente, puede que hubiera ayunado durante cuarenta días, ¿pero estaba hambriento en su interior? ¿Necesitaba alimento su organismo imperiosamente? ¿Ansiaban sus labios saciar la sed con agua? ¿Temblaban sus músculos y, en definitiva, sufría dolor su cuerpo? ¿O unos poderes sobrehumanos le aportaban ventaja con respecto a sus homólogos mortales? Algunos sostendrán que él pasó, como mera formalidad, por las experiencias humanas, pero que nunca llegó a interiorizar el sufrimiento, que, al igual que Sadrac, Mesac y Abed-nego, él anduvo por el horno ardiente de la vida sin sen­tir jamás el calor de las llamas. Pablo contempló la cuestión, y formula la respuesta siguiente: «Porque ciertamente no auxilió a los ángeles, sino que auxilió a la descendencia de Abraham. Por lo cual, debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:16-17). Más tarde, Pablo confirmaría que el Salvador era capaz de «compadecerse de nuestras flaquezas» (Hebreos 4:15).

La vida terrenal no fue para Cristo un mero ejercicio académi­co; fue una cruda realidad que prensó el «sentir» de un hombre hasta extraer el ser de un Dios. Pablo observó que el Salvador «[gustó] la muerte por todos» (Hebreos 2:9). Esas palabras, sentir y gustar, son penosamente descriptivas. No se trataba de una sim­ple intelectualización, sino la interiorización de la patética con­dición humana. Alma enseñó esta verdad, que «el Hijo de Dios padece según la carne» (Alma 7:13). Jacob añadió su testimonio de que el Salvador se «[dejaría] someter al hombre en la carne» (2 Nefi 9:5; véase también Filipenses 2:7). Pablo predicó que Cristo se hizo «semejante a los hombres» (Filipenses 2:7). E Isaías profetizó que el Salvador sería «varón de dolores y experimenta­do en quebranto» (Isaías 53:3). Una y otra vez, los profetas han testificado que el Salvador no solamente sufrió lo que nosotros sufrimos; también sufrió como nosotros. Quizá Robert Browning no solamente escribió de sí mismo en estos versos: Seguir leyendo

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En la Judea Tierra de Dios

En la Judea Tierra de Dios

Letra y música: John Menzies Macfarlane, 1833–1892.

1. En la Judea, en tierra de Dios,
fieles pastores oyeron la voz:
¡Gloria a Dios, gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
¡Paz y buena voluntad!
3. Y con los ángeles santos de Dios,
siempre cantemos con alma y voz:
¡Gloria a Dios, gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
¡Paz y buena voluntad!
2. Dulces los cánticos de Su amor,
dulce mensaje de paz y loor:
¡Gloria a Dios, gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
Paz y buena voluntad!
4. Día vendrá que en todo lugar
hombres vendrán en unión a cantar:
¡Gloria a Dios, gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
¡Paz y buena voluntad!

 Las palabras y la melodía del him­no “en la Judea tierra de Dios” fue­ron obra de John Menzies Mcfarlane, hijo de John y Annabella Sinclair Mcfarlane nacido el 11 de octubre de 1833, en Sterling, cerca de la Ciu­dad de Glasgow, Scotland. Su padre era el cochero del Duque y cuando la Reina de Inglaterra visitó Scotland, él fué asignado como cochero de ella. El padre murió cuando John era to­davía muy joven. John vino a Amé­rica con la familia y se estableció en Cedar City Utah en 1851 ó 1852, en donde casó con Ann Chatterley. El organizó un coro y cuando St George fué fundada, llevó su coro allá y dió un concierto para animar al pueblo. Después del concierto Erastus Snow le dijo: “Necesitamos un coro en St George, vaya a su casa y venda todo lo que tenga y vengase a vivir aquí”.

Así lo hizo él. Mientras tanto ayudó a colonizar Torquerville y contruyó la primera casa allí.

Cuando el último Obispo Scanlon de la Iglesia Católica visitó a Silver Reef un campo minero floresciente en aquellos días, él expresó el deseo de celebrar una misa en St George. Las autoridades de los Santos de los Últimos Días, con una liberalidad por la cual se caracterizan, consintieron en ello y el Hno. Macfarlane sometió a su coro a una práctica de seis se­manas para aprender la misa latina. Fué celebrada en el Tabernáculo de St George. En éste tiempo él pensó que había necesidad de más cantos de Navidad, así que compuso: “En la Judea Tierra de Dios” cuya popula­ridad ha traspasado los límites de nuestra propia Iglesia.

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El bautismo de infantes

El bautismo de infantes

Por Joseph Fielding Smith


Una doctrina definidamente ense­ñada en las Escrituras, es la del Bau­tismo para la remisión de pecados que debe ser aplicada a todos aque­llos que son capaces de creer. De acuerdo con Mateo, el Señor dijo a sus Discípulos; “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándolos que observen todas las cosas que os he mandado, y he aquí estoy siempre con vosotros hasta el fin del Mundo, Amén”. Marcos cita al Señor dicien­do: “El que creyere y fuere bautiza­do será salvo, más el que no creyere será condenado”. En el día de Pentecostés fueron bautizados los que creyeron, y Felipe dijo al Enuco cuan­do le pidió que lo bautizara: “Si crees de todo corazón, puedes. Y le contes­tó diciendo, Creo en Jesucristo, el Hi­jo de Dios”. Esta es doctrina de las Escrituras.

Varios siglos después de la muerte de los Apóstoles, la forma del bau­tismo fué pervertida vaciando o ro­ciando agua en la cabeza. Eusebio registra el primer hecho no recono­cido como bautismo de aspersión. Esto ocurrió el año 252 antes de Cristo., o 253, y es registrado por este escritor antiguo como sigue: “Novato, siendo aliviado por los exortistas, cayó en una grave enfermedad, se supuso que iba a morirse inmediatamente, y se le administró el bautismo, (si se puede llamar bautismo), por medio de ro­ciarle agua en la cabeza donde esta­ba, ni aún después de haberse alivia­do, recibió las otras cosas que pres­cribía el Canon de la Iglesia, ni fué sellado por la imposición de las ma­nos del Obispo”. Agrega Eusebio, “Este bautismo era imperfecto y poco solemne por varias razones. Todos los que fueron bautizados después de eso fueron llamados ‘Clinici’; y por el 12 vo. Canon del Concilio de Neocasarea, les fué prohibido a éstos ‘Clinici’ el Sacerdocio”. Esto indica claramente que a mediados del tercer siglo el ro­ciamiento del agua era considerado como una innovación, pero es una co­sa de admirarse lo que pueden cam­biar las cosas en un poco de tiempo. El Señor David King, comentando de esto ha dicho “La Iglesia cambió la ordenanza, no suponiendo del todo que Cristo había instituido otra cosa ade­más de la inmersión, ni creyendo por un solo momento que la Iglesia pri­mitiva bautizaba en otra forma que no fuese la inmersión, sino porque era conveniente, y por qué la Iglesia reclamaba tener poder para cambiar el orden de las ordenanzas de la Iglesia de Dios”. Seguir leyendo

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Genealogía

Genealogía

Por el Dr. Juan A Widtsoe

Publicado en “Mensajero Deseret” Enero 1945

¿Cuál es nuestra obligación personal para la salvación de nuestros muertos?

La obra para la salvación de los muertos es de suprema importancia. José Smith declaró que “. . . nosotros sin ellos (los muertos) no podemos ser hechos perfectos; ni ellos sin nosotros pueden ser hechos perfectos”. (D. y C. 128-18). En otra ocasión el profeta dijo: “La más grande res­ponsabilidad en este mundo que Dios puso sobre nosotros es buscar por nues­tros muertos, (Enseñanzas del profe­ta José Smith, p. 356). Y el amones­tó que, “estos Santos que son negli­gentes en beneficio de sus parientes fallecidos, lo hacen con peligro de su propia salvación”. (Enseñanzas pág. 393).

La razón básica de la importancia de la obra para los muertos, es que el Señor desea salvar a todos sus hijos. El plan de salvación es absolutamen­te universal. La obra del Señor no será completada hasta que todos los que vengan a morar sobre la tierra hayan tenido una plena y equitativa oportunidad de aceptar o rechazar el Evangelio. El poder para hacerlo así permanece con los muertos en el mundo espiritual, donde el Evange­lio les será predicado.

Sin embargo las posibles bendicio­nes de la salvación están condiciona­das sobre la obediencia a los princi­pios y ordenanzas del plan. Los muer­tos tanto como los vivos deben cum­plir con los requerimientos para la salvación. Estos requerimientos son de naturaleza dual. Estos que pueden aplicarse en la vida después de ésta, en el cielo, y éstos que deben ser eje­cutados sobre la tierra. Fe y arre­pentimiento pueden ser desarrollados en el mundo espiritual. Bautismo con agua (un elemento estrictamente te­rrenal) una ordenanza necesaria del evangelio, puede ser ejecutada única­mente sobre la tierra.

Esto hace a los muertos dependien­tes de nosotros, los vivos, por ayuda. Siendo que los muertos no pueden so­meterse por sí mismos a las ordenan­zas que son específicamente de la tierra, no obstante que por edicto di­vino son requisito para la entrada en el reino del cielo, la única cosa que puede ser hecha, puesto que la ley no puede ser quebrada, es de que algún viviente en la tierra ejecute estas or­denanzas en beneficio de los muer­tos. Tal obra vicaria, por supuesto, vendría únicamente a ser efectiva cuando los muertos acepten la obra así hecha para ellos. Esto provee un modo, por el cual, con la ayuda de los vivos, los fieles muertos pueden alcanzar su pleno destino.

A menos que nosotros, los vivos, ejecutemos tal obra para los muertos, nos ponemos en contra del propósito del Señor en cuanto a todos sus hijos. Esto coloca sobre nosotros, de cada generación aun entre los vivientes, el deber de ayudar a completar el plan de salvación. A tal ayuda todos nos­otros estamos obligados, por haber aceptado las proposiciones presenta­das en el concilio en los cielos. Nos­otros acordamos allí de ayudar a lle­var el plan a su finalización. Esto ex­plica la afirmación del Profeta, de que nuestra más grande obligación es ayudar a abrir las puertas de la salvación para los muertos; y tam­bién la amonestación de que nosotros ponemos en peligro nuestra propia salvación por ser negligentes a este deber. Seguir leyendo

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Bienaventurados los pacificadores

Bienaventurados los pacificadores

Por el Dr. Franklin L. West
Comisionado de Educación de la Iglesia.

Dis­curso pronunciado el domingo 7 de abril de 1946 por la estación KSL.
Tomado del “Mensajero Deseret” Dic. 1946.

BIENAVENTURADOS los pacifica­dores; porque ellos serán llamados hi­jos de Dios” (Mateo 5:9). Ellos son los que promueven el amor y buena voluntad, y alejan la maldad, la envi­dia y odios, por medio de la armonía y paz que ellos traen al mundo.

En el Sermón del Monte, Cristo re­cordó a sus discípulos de algo más que el requerimiento mosaico, “no ma­tarás”; más bien insistió que se ama­ran los unos a los otros, aun hasta el grado de amar a sus enemigos. Si un individuo está enojado con su her­mano, y sin causa le llama insensato, Jesús dijo que ese individuo está en peligro del fuego del infierno. Si uno es tratado injustamente, y alberga un sentimiento de represalia o venganza y mantiene ese resentimiento por un largo período, los efectos se acumu­lan y se encuentra poseído del mal hasta el fin, aun hasta matar al ene­migo. Por esta razón Jesús urge una reconciliación de las disputas y des­avenencias.

“Ponte de acuerdo con tu adver­sario presto, entretanto que estás con él en el camino; porque no acontez­ca que el adversario te entregue al juez, y el juez te entregue al minis­tro: y seas echado en prisión” (Mateo 5:25).

En otra oportunidad Jesús aconse­jó a los que le seguían, diciéndoles:

“Por lo tanto, si tu hermano peca­re contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo; si te oyere, ganado has a tu hermano. Mas, si no te oyere, toma aún contigo uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia” (Mateo 18:15-17).

Evidentemente, lo que se intenta indicar en este mensaje, es que, ami­gos imparciales, en una actitud de amor y con deseos de ser pacificado­res, escuchen a los del conflicto, y así tal vez puedan reconciliarlos, reem­plazando el odio y la contienda por el amor y buena voluntad. Seguir leyendo

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La expiación Infinita en profundidad

La expiación
Infinita en profundidad

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Descendió por debajo de todo

Si la Expiación engloba todas las creaciones de Dios y todas las formas de vida que en ellas hay, la pregunta que nos formulamos a continuación es, «¿Incluye la Expiación todos nuestros pecados y dolores, o hay algunos que han pecado y sufrido más allá de la gracia redentora de Cristo?». En A Winter’s Tale, Shakespeare escribió acerca de Leontes, un hombre que parecía ser un caso perdido, imposible de redimir. Estaba consumido por los celos. Encarceló injustamente a su esposa, rechazó al oráculo de Delfos y, finalmente, mandó al exilio a su hija de tierna edad. En una reacción en cadena, una serie de sucesos calamitosos se precipita en respuesta a sus acciones indignas. Incapaz de soportarlo más, Paulina, la esposa de uno de los señores de Leontes, lo criticó mordazmente:

No te arrepientas de estas cosas, pues son más pesadas de lo que tus desvelos pueden mover. Por tanto, aban­dónate a la desesperación. Mil veces de rodillas, diez mil años juntos, desnudo, en ayunas, sobre un monte árido, y todavía invierno en perpetua tormenta, no podría conmover a los dioses para que miraran en tu dirección.1

Esta era una predicción siniestra, pero afortunadamente, Paulina subestimó la misericordia de Dios hacia los penitentes sinceros. El Salvador descendió por debajo de todo pecado, toda transgresión, toda dolencia y toda tentación conocidos para la familia humana. Él conoce la suma total de la condición humana no solo porque ha sido testigo de ella, sino porque la hizo suya también. En una ocasión, el Señor le habló a José Smith de las pruebas a las que tenía que hacer frente aún: «si eres echado en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien» (DyC 122:7).

La escritura añade a continuación este pensamiento, a modo de fascinante conclusión: «¿El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?» (DyC 122:8). En otros términos, el Señor le estaba diciendo: «José, no importa lo que el mundo ponga en tu camino; no importa lo que sufras; no importa qué tentaciones te asedien: yo me he enfrentado a todo ello y a mucho más».

La entrada del Salvador en la condición humana no fue una experiencia a medias tintas. Fue una inmersión total. No expe­rimentó algunos dolores y otros no. Su vida no fue un mues- treo aleatorio ni una prueba selectiva; fue una confrontación total con todas y cada una de las experiencias, las dificultades y las pruebas humanas, y una interiorización de ellas. De algún modo, su esponja podía absorber el océano entero de la aflicción, la debilidad, el sufrimiento de los seres humanos. El Señor ha­ría este descenso a pecho humano descubierto. No se emplearían poderes divinos a fin de escudarle de ni tan siquiera un ápice de dolor humano. Pablo lo sabía: «Porque ciertamente [el Salvador] no auxilió a los ángeles, sino que auxilió a la descendencia de Abraham. Por lo cual, debía ser en todo semejante a sus herma­nos» (Hebreos 2:16-17). Seguir leyendo

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Revelación

Revelación

Por el élder Mark E. Petersen
(Discurso pronunciado ante los maestros de religión, en la Universidad Brigham Young, el 24 de agosto de 1954)


Es maravilloso estar con vosotros, hermanos y hermanas. Apreciamos la excelencia de la obra que realizáis. Es grande la necesidad que tenemos en la Iglesia de la clase de servicio que dais. Claro está que nuestra gran responsabilidad consiste en salvar almas; por cuanto vosotros tratáis con personas jóvenes, ciertamente tenéis también una gran responsabilidad.

Siempre me han impresionado las palabras de la sección 18 de Doctrinas y Convenios, donde el Señor nos habla del gran valor que tienen las almas:

“Recordad que el valor de las almas es grande en la vista de Dios;

“Porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pueda arrepentirse y venir a él.

“Y ha resucitado de entre los muertos, para poder traer a todos los hombres a él, con la condición de que se arrepientan.

“¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!

“Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo.

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo, y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

“Ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18:10-16).

Permitidme iniciar mi discurso sobre la revelación con el siguiente ejemplo: Suponed que tenéis un hijo que está por salir del hogar por primera vez en su vida; pensad en lo que tiene que afrontar. Nuestros jóvenes que son llamados al servicio militar, salen de bellos hogares y son puestos súbitamente en un medio que en ocasiones es espantoso. Tienen que realizar una gran adaptación. Si vosotros tuviereis un hijo en esta clase de medio, ¿os gustaría estar lo más cerca posible de él? ¿Os gustaría hablarle por teléfono con la mayor frecuencia posible y enviarle cartas? De ser posible, ¿os gustaría tomar vuestro coche e ir a visitarlo? En todo caso, ¿no recurriríais a todo el poder o influencia posible, sea por teléfono, correo o cualquier medio de esa situación mundana, para que pudiera permanecer limpio y puro? ¿No desearíais que regresara a casa tan dulce y sano como cuando partió? Seguir leyendo

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Enseñemos la palabra a la generación que surge

Enseñemos la palabra a la generación que surge

Por el élder A. Theodore Tuttle
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, el 10 de julio de 1970)

Creo que ha llegado el día señalado en la sección 88 (versículo 73) de Doctrinas y Convenios. El Señor dijo: “He aquí, apresuraré mi obra en su tiempo.” Este parece ser el día en que el Señor apresurará su obra a fin de difundir su mensaje por todo el mundo, no sólo entre sus hijos que no comprenden el evangelio, sino también entre quienes lo comprenden.

¿Quién necesita ser enseñado? Uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras se encuentra en la sección 123 de Doctrinas y Convenios, donde dice que “es una obligación imperativa que tenemos para con la generación que va creciendo…” Hasta dónde puedo ver, esa es nuestra responsabilidad: enseñar y exhortar a la generación creciente y aumentar en el hogar la enseñanza del evangelio. Después el Señor dice: “Porque todavía hay muchos en la tierra, entre todas las sectas, partidos y denominaciones, que son cegados por la sutil astucia de los hombres que acechan para engañar, y no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla” (D. y C. 123:11, 12). En ocasiones lo anterior se aplica a la generación creciente que necesita que vosotros le enseñéis la verdad.

Estoy agradecido porque la obra se ha extendido hasta los hijos lamanitas de nuestro Padre y ha progresado entre ellos. Espero que todos vosotros quienes no estéis participando directamente en los seminarios indios, dediquéis tiempo y atención a los indios que asisten a vuestras clases. No necesito recalcar este punto, pero sí deseo invitaros a que os familiaricéis con ellos, que aprendáis sus nombres, los invitéis a participar en el programa, y os cercioréis de que tengan las mismas oportunidades que los demás por lo que respecta a su desarrollo y progreso mientras asisten a las escuelas donde vosotros servís. Necesitan esta atención adicional, y la merecen. Existe algo hermoso y purificador que entra en la vida de la persona que trabaja entre los lamanitas. Os doy mi testimonio de esto. Vosotros sabréis que esto es verdadero si dedicáis un poquito más de esfuerzo. Seguir leyendo

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