Caída, Expiación, Resurrección y Santa Cena

Caída, Expiación, Resurrección y Santa Cena

Por el presidente Joseph Fielding Smith
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en el Instituto de Religión de la Iglesia, en Salt Lake City, el 4 de enero de 1961)

Cuando el hermano William E. Berrett me invitó a daros este discurso, pensé que debía prepararme muy bien porque no me siento del todo capacitado para tratar con maestros. Ahora me encuentro aquí, viendo a los ojos de presidentes de estaca, consejeros y, supongo, también algunos obispos, así como otros oficiales de las organizaciones de la Iglesia. Así que, después de todo, no voy a hablar de lo que pensaba hablar. Espero que el Señor me ayude en lo que sí voy a decir.

Acabo de escuchar uno de los mejores discursos que jamás había presenciado sobre el tema del carácter y la misión del Hijo de Dios. Me hubiera gustado que todos los maestros de la Universidad Brigham Young hubiesen estado presentes y lo hubiesen escuchado. Apruebo cada una de las palabras que el hermano Berret pronunció porque sé que son verdaderas.

Si Jesucristo no fuera el Hijo de Dios y el Redentor de los hombres, estaríamos en una situación angustiosa. ¿Por qué digo esto? Porque no habría salvación para nosotros. No habría resurrección. Habría muerte; eso es inevitable. ¿Os habéis puesto a pensar sobre la condición en que estaríamos si permaneciéramos muertos, sin la esperanza de la resurrección? En la actualidad, hasta el así llamado mundo cristiano está llegando rápidamente a la conclusión de que no hay resurrección; es decir, que el cuerpo no se levantará de la tumba. Muchas personas hablan de una resurrección espiritual. El editor de cierta publicación religiosa dijo que se debería abandonar la práctica de sepultar los cuerpos; que toda persona que muere debe ser incinerada, pues nadie jamás querrá tener este cuerpo de nuevo. Su idea, pues, es la de incinerar el cuerpo y ponerle fin; así nos evitaríamos el uso de cementerios y nos olvidaríamos de los muertos, pues, según él, esto es lo que más nos conviene. La gente se está aproximando a un punto de vista generalizado en este sentido. Pero, ¿qué nos hubiera sucedido si Jesucristo no hubiese venido al mundo y no se hubiesen tomado medidas para redimir al hombre?

Creo que Jacob, el hermano de Nefi, pronunció la declaración más clara, enfática y explícita jamás registrada en las Escrituras, acerca de lo que hubiese sucedido si Jesucristo no hubiese venido. Me voy a permitir leeros esto; se encuentra en el noveno capítulo de 2 Nefi. Son palabras extrañas, es decir, para el mundo son extrañas.

“Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor” (2 Nefi 9:6).

Estoy muy agradecido de que en el Libro de Mormón, y en otras Escrituras, no se catalogue como pecado la caída de Adán. No fue pecado. En la Biblia que siempre traigo conmigo, los editores escribieron lo siguiente en una de las páginas de Génesis, a manera de título: “La vergonzosa caída del hombre”. No creo que haya sido una vergonzosa caída. ¿Qué hizo Adán? Hizo exactamente lo que el Señor quería que hiciera; y me molesta el que alguien le llame pecado, porque no fue pecado. ¿Pecó Adán cuando participó del fruto prohibido? Permitidme contestar que no, ¡no pecó! Ahora veamos lo que se escribió en el Libro de Moisés con respecto al mandamiento que Dios le dio a Adán: Seguir leyendo

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Bendiciones patriarcales

Bendiciones patriarcales

Por Joseph Fielding Smith
(Discurso pronunciado ante el personal de institutos y seminarios en la Universidad Brigham Young, el 15 de junio de 1956)

Es un honor el privilegio que tengo de venir hoy a hablar ante vosotros, los que realizan la obra de enseñar a nuestros jóvenes de los institutos y seminarios de la Iglesia. El tema de las bendiciones patriarcales es uno de los cuales pueden ser tratados con el espíritu de orientar. Permitidme pedir que levantéis la mano quienes ya recibieron su bendición patriarcal. ¡Es casi unánime!

Algunas personas tienen ideas peculiares acerca de las bendiciones patriarcales. De eso hablaré más en unos momentos. Primeramente quiero deciros algo referente al sacerdocio patriarcal. El sacerdocio que fue dado a Adán era un sacerdocio patriarcal, y este sacerdocio permaneció sobre la tierra hasta los días de Moisés, cuando el Señor lo retiró. En otras palabras, dejó de ordenar y dar a los hombres la autoridad divina y abandonó sus intenciones originales de establecer un “sacerdocio real”. Ofreció el sacerdocio a todas las tribus de Israel, pero éstas faltaron al cumplimiento de los mandamientos del Señor, y él, en su ira, retiró de ellos a Moisés y el sumo sacerdocio, como nos lo relata la sección 84 de Doctrinas y Convenios. A los hijos de Israel les dejó el Sacerdocio Aarónico, principalmente. Pero el Señor no podía retirar todo su poder divino perteneciente al sumo sacerdocio; era indispensable que alguien poseyera este sacerdocio durante todos aquellos años en que a Israel, hablando en términos generales, le fue negado este privilegio. En los escritos del profeta José Smith leemos que todos los profetas poseyeron el Sacerdocio de Melquisedec y también, evidentemente, el orden patriarcal del sacerdocio; pero dicho honor fue conferido a unos cuantos, y cada uno de éstos tuvo que recibir la ordenación especial. Fuera de estos cuantos, se le dio exclusivamente a Israel el Sacerdocio Aarónico, tal como nos lo relata la sección 84 de Doctrinas y Convenios.

El sacerdocio patriarcal será el que poseerán todos aquellos hombres que sean hallados dignos de ser exaltados en el reino celestial de Dios, pues todo el plan de salvación y exaltación se basa en el orden patriarcal. Como sabréis todos los que habéis hecho obra en el templo, sellamos los hijos a sus padres de generación en generación. Comenzamos con la nuestra propia, y avanzamos hasta donde nos es posible llegar. Con el transcurso del tiempo, cuando el camino sea abierto y se den las revelaciones, este orden familiar continuará hasta que seamos unidos todos en una gran familia, desde ese último día hasta el principio del tiempo, o desde el día en que el Señor termine su obra temporal en la tierra y todos seamos sellados por los convenios en los templos del Señor; desde nuestros días hasta los días de Adán. Pablo habla de la familia de Dios en los cielos y en la tierra; es efectivamente una familia, y por esta razón realizamos obra en los templos, sellando los hijos a los padres y éstos a sus propios padres de generación en generación hasta donde podemos llegar. Finalmente, cuando el camino sea abierto, Adán estará a la cabeza, tal como nos lo dice la sección 107 de D. y C. y él será el príncipe que presidirá sobre nosotros para siempre. Adán posee las llaves de esta autoridad, y sobre él está Jesucristo. Seguir leyendo

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Evitemos el sectarismo

Evitemos el sectarismo

Por el élder Mark E. Petersen
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, el 22 de junio de 1962)


Ciertamente es un gran privilegio, oportunidad y placer estar reunidos hoy con vosotros, ya que vosotros constituís uno de los grupos más influyentes de la Iglesia, y quiero deciros que os apreciamos profundamente. Creo que el sistema de seminarios e institutos de la Iglesia es uno de los agentes más potentes con que contamos para la conversión de los Santos de los Últimos Días. Siempre me ha impresionado la importancia que tiene el que los jóvenes de la Iglesia se conviertan, y no veo dónde podrían ellos convertirse más al evangelio restaurado que en vuestras propias clases. Creo que vosotros sois, en gran medida, los responsables de que se efectúen matrimonios en el templo; que a vosotros se debe, en gran medida, la madurez de nuestros jóvenes que van a la misión. Seguramente es invaluable el mérito de vuestra labor, y os estamos muy agradecidos por todo lo que hacéis.

Como estamos en un medio educativo, tenemos un interés vital por el aprendizaje. Como vosotros sabéis, el Señor nos aconseja aprender de los mejores libros. “La gloria de Dios es la inteligencia”, y la gloria del hombre es la inteligencia. Debemos adquirir más conocimiento, debemos aplicar ese conocimiento; debemos desarrollar sabiduría junto con ese conocimiento. Si queremos llegar a ser perfectos como Dios, entonces nuestro aprendizaje debe continuar eternamente; debemos tener un deseo casi insaciable de adquirir más conocimiento y sabiduría. Pero, lo importante, es asegurarnos de que este conocimiento es bueno, que es un conocimiento ennoblecedor y está formado de hechos y no de teorías. Es importante conocer los hechos, porque si aprendemos conceptos equivocados podemos desviarnos; Sólo la verdad nos mantiene sobre el sendero; por tanto, tenemos que seleccionar muy bien los libros que leemos y las instrucciones que seguimos.

Debemos ser sumamente selectivos con respecto a los caminos que escogemos y el modo en que enseñamos a los demás. Los que obramos en el terreno educativo de la Iglesia, pertenecemos a una categoría distinta de quienes enseñan en otros campos, y debemos reconocerlo. Debemos reconocer también que somos diferentes de todos los demás maestros, aun distintos de Los otros maestros de la Iglesia. Es necesario comprender que pertenecemos a una categoría única.

¿A qué me refiero con eso? Concretamente a esto: si somos maestros de matemáticas o de idiomas, emplearemos los conocimiento del mundo. El Señor no nos ha revelado por medio de sus profetas cómo enseñar matemáticas, idiomas, geografía o historia. No ha dicho nada el Señor con respecto al poder atómico, los submarinos nucleares o la investigación espacial. El mundo sí ha desarrollado gran conocimiento en esos campos, y esa es nuestra única fuente de conocimientos de esta clase; por tanto, los empleamos. Podemos enseñar estas materias en nuestros colegios y universidades, basándonos en quienes tienen autoridad en dichos campos. Esto lo hacemos conforme al conocimiento de los hombres. Seguir leyendo

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El lugar del profeta viviente, vidente y revelador

El lugar del profeta viviente, vidente y revelador

Por el élder Harold B. Lee
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, el 8 de julio de 1966)

El hermano William E. Berrett me ha pedido que os hable sobre un tema peculiar. El tema que me asignó es “El lugar del profeta viviente”. Lo que resulta interesante —y creo que vosotros, como maestros, ya habéis experimentado lo mismo— es que cuando me puse a investigar esta cuestión descubrí que necesitaría más que unos minutos para comentarlo. Tendría que hablaros durante seis semanas, para poder agotar lo que yo consideraría un tratado completo sobre este tema. Así que me veo en la necesidad de limitar mi discurso a ciertas particularidades, o generalidades, según el punto de vista de donde vosotros lo miréis.

En primer lugar, tendré que restringir un poco el tema, pues el termino profeta tiene, como vosotros bien sabéis, una amplitud mucho mayor que la que el hermano Berrett sin duda espera de mi discurso. Sugiero pues el título de “El lugar del profeta viviente, vidente y revelador”, y en breves momentos os explicaré por qué.

Mientras meditaba sobre la cuestión del “profeta viviente” (por qué razón el hermano Berrett no empleó el título que yo sugiero), descubrí que él solo estaba citando las Escrituras. Pedro, en su gran testimonio del Maestro, dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” En el Libro de Mormón se nos exhorta a creer en los “profetas vivientes”. Y en Doctrinas y Convenios se hace referencia a “oráculos vivientes”. La inferencia clara que hacemos de todo esto es que, al hablarse de un profeta viviente, se debe suponer que existe tal cosa como un profeta muerto en el cuál cree la gente, o bien, un oráculo muerto o un dios muerto.

El hermano McAllister, presidente de la Estaca de Nueva York, nos relata una experiencia que vivió, la cual probablemente define esta particularidad de la que estoy hablando. El hermano McAllister regresaba de un viaje de negocios en St. Louis, Misurí, y su compañero de asiento en el avión era un sacerdote católico. Después de hacerse compañía un rato, y habiendo entrado en confianza el uno con el Otro, ambos descubrieron el papel que el otro desempeñaba en su respectiva iglesia. Mientras hablaban sobre diversos temas, el sacerdote católico preguntó: “¿Ya visitó usted la feria mundial?”

“Sí”, repuso el hermano McAtlister, “formo parte del comité que diseñó nuestro pabellón.”

“¿Y ya visitó usted el pabellón católico?” Nuevamente la respuesta fue afirmativa.

El sacerdote dijo entonces: “Pues yo también asistí a la feria, y visité su pabellón. En el pabellón católico tenemos al Cristo muerto, o La Piedad. Pero en el pabellón mormón tienen al Cristo vivo; es decir, el Cristo viviente.” Seguir leyendo

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Autoconfianza

Autoconfianza

Por el Élder Boyd K. Packer
(Charla fogonera realizada en la Universidad de Brigham Young el 2 de Mayo de 1975)

Creo que debo alertar a ustedes que la charla que he preparado no es verdaderamente muy interesante. Esto, debo aclararlo, no es porque no haya invertido tiempo en prepararla, pues lo he hecho — e incluso un tiempo mayor que otras veces. Deseo ser muy informativo, y si ustedes encuentran que la charla no es interesante — lo que puede suceder — sean pacientes pensando que en este caso servirá para enseñar a unos pocos y no para entretener a muchos.

Por mucho tiempo he tenido en mente un tema que deseo discutir con los jóvenes adultos de la Iglesia. La he ido dejando de lado durante algún tiempo porque es muy difícil de explicar. Aunque es un tema muy común, nunca he escuchado a nadie referirse a él.

Antes de comenzar, quizás algunos de ustedes desearían ser como el estudiante que asistió a una lectura y luego escribió: “No me gusta el maestro. El tema es demasiado profundo. Yo cortaría esta clase. Pero necesito dormir”.

Ahora bien, si se encuentra alguno de ustedes en esa situación — y puede suceder, — sean mis invitados. Pero traten de no roncar por favor. Bueno, pidan que los despierten un poco antes del final.

Existe un principio de educación conocido como transferencia y me gustaría hacer uso de él hablando acerca de un programa familiar de la Iglesia y luego transferir el principio fundamental de el a otra parte de nuestras vidas. Primero, permítanme revisar por ustedes algunos de los principios básicos del programa de bienestar de la Iglesia. El bienestar en la Iglesia, sin embargo, no es el tema de mi sermón. Lo estoy usando solamente para ilustrar el punto.

La Iglesia tenía solamente dos años cuando el Señor reveló que, “No habrá lugar en la Iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres” (Doctrina y Convenios 75:29). En nuestra última conferencia el Presidente Marion G. Romney explicó este principio con su rectitud característica: “La obligación de sostenerse por sí mismo fue divinamente impuesta sobre la raza humana desde el principio. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Génesis 3:19) Seguir leyendo

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Enseñemos por el Espíritu

Enseñemos por el Espíritu

Por el presidente William E. Berret
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos, en la Universidad Brigham Young, el 27 de junio de 1966)

En las Escrituras —con las cuales hemos sido bendecidos en nuestros días— encontramos la siguiente declaración:

“Y además, los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio que se encuentran en la Biblia y el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud de mi evangelio.

“Y observarán los convenios y reglamentos de la iglesia para cumplirlos, y esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.

“Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis” (D. y C. 42:12-1 4).

Para los fines de nuestro programa, ciertamente es esencial que enseñemos por el Espíritu. Quiero hablaros sobre lo que significa enseñar por el Espíritu.

A muchas personas las traemos a la Iglesia del mismo modo que entraron en ella la mayoría de vuestros alumnos: mediante el bautismo y la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo. Creo que nuestras Escrituras son explícitas respecto al hecho de que, si uno ha testificado ante la Iglesia que guardará los mandamientos del Señor, y ha entrado a las aguas bautismales, recibirá el Espíritu Santo por la imposición de manos. Me ha molestado, en ocasiones, escuchar a algunas personas decir que el Espíritu Santo no es dado en ese instante; que cuando el élder dice: “Recibe el Espíritu Santo”, sólo se refiere a que la persona ha de abrir su corazón a fin de poder recibir al Espíritu Santo posteriormente. Creo que si leemos todas las Escrituras sobre esta ordenanza, la comprenderemos sin dificultad.

En Doctrinas y Convenios 84:64 leemos estas palabras del Señor: “Por tanto… de nuevo os digo que toda alma que crea en vuestras palabras y se bautice en el agua para la remisión de los pecados, recibirá el Espíritu Santo.” Otra vez, en Doctrinas y Convenios 35:6, encontramos esto: “Pero ahora te doy el mandamiento de bautizar en agua, y recibirán el Espíritu Santo por la imposición de manos, como lo hacían los antiguos apóstoles.” En la sección 33, versículo 15, de esta misma fuente leemos: “Y por la imposición de manos confirmaréis en mi iglesia a quienes tengan fe, y yo les conferiré el don del Espíritu Santo.” En otras palabras, si al tiempo de la confirmación el sujeto realmente se encuentra arrepentido, entonces, como ya ha nacido del agua, nacerá también del Espíritu. Y al recibir el Espíritu Santo, la persona puede recibir dirección de este ser, si guarda los mandamientos del Señor. Esto concuerda con el orden de la Iglesia primitiva, donde el Espíritu Santo era conferido por la imposición de manos. Seguir leyendo

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El evangelio da solución a los problemas de la vida

El evangelio da solución a los problemas de la vida

por el élder Neal A. Maxwell
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, verano de 1970)

Como vosotros podréis imaginaros, me embarga cierta ansiedad de expectación debido a la tarea que los Doce y la Primera Presidencia me han asignado. Tal vez mi reacción sea diferente de la de los demás, pero si habéis tenido esta misma experiencia sabréis que uno no sale inmutable de una entrevista con tres miembros de la Primera Presidencia. Me trataron con gentileza y amabilidad, pero simplemente no pude permanecer inmutable; me sentí excitado y algo atemorizado, y estas dos emociones han producido gran revuelo en mi interior desde ese momento. Sin embargo, aunque mis responsabilidades oficiales no comienzan sino hasta dentro de un mes, no lo considero prematuro expresaros el aprecio que os tengo como hermano, y como padre en el reino, a causa del servicio que brindéis y seguiréis brindando en bien de los jóvenes miembros de esta Iglesia. No creo que sea posible poder expresaros todo el agradecimiento que merecéis; estoy seguro que en ocasiones dedicáis a vuestras asignaciones incontables horas a causa de vuestra dedicación a los asuntos del reino. Lo que os voy a decir hoy por vía de sugerencia se basa en la suposición encomiable de que estáis logrando mucho, pero podéis lograr aún más. Y estoy dispuesto a poner mi hombro a la lid con vosotros para ayudaros en todo lo que pueda, pues tengo conciencia del alcance y magnitud de la obra.

Es obvio que, hablando en términos de las horas del día durante las cuales vosotros ejercéis control o influencia, disponéis de más después del hogar, que cualquier otra organización eclesiástica. Las horas dedicadas a las reuniones sacramentales y la Escuela Dominical jamás podrán igualaros. Sé que el control de las horas y la labor de enseñar no son la misma cosa, pero sí me parece que el destino de los jóvenes de esta Iglesia se forja, después del hogar, en los salones de clases donde vosotros enseñáis. Y ésta es una responsabilidad muy seria.

Habiendo servido hace algunos años como maestro suplente de seminario matutino, comprendo que algunos de vuestros alumnos llegan a clase restregándose los ojos soñolientos. Sé que otros llegan a las clases de seminario e instituto envueltos calladamente en una crisis vital, esperando que vosotros de alguna forma os percatéis de ello y encontréis la manera de abordarlos y brindarles la solución a su problema. Entiendo que a vuestras clases concurren los entusiastas, los renuentes, los incrédulos sinceros quienes realmente luchan con sus problemas; y también los incrédulos hipócritas, quienes más bien acarician la duda por el provecho que obtienen de ella; y, finalmente, una multitud de mormones apacibles de quienes conocemos muy poco. Y, en verdad, las Escrituras se refieren a vosotros, donde dicen que la “red… recoge de toda clase de peces…” (Mateo 13:47). Estoy consciente de eso, y reconozco el alcance y la calidad del desafío que vosotros afrontáis. Seguir leyendo

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El valor de la preparación

El valor de la preparación

Por el presidente Hugh B. Brown
(Discurso pronunciado en el seminario para directores jóvenes del seminario del distrito de Ogden, el 31 de octubre de 1964)

Esta es, me parece, una de las congregaciones que más me han inspirado al pararme frente a ellas. Esta inspiración es debida a la promesa que tienen. Vosotros, los jóvenes congregados aquí, sois quienes me impresionan e inspiran a la vez.

Primeramente me gustaría rendir tributo a los estudiantes cuya fe y devoción los han capacitado para preparar este programa; y felicito a quienes han participado hasta el momento. También me gustaría rendir tributo a vuestros padres: los seres de quienes recibís orientación y ayuda. Ellos han realizado muchos sacrificios en bien de vosotros, y también esperan mucho a cambio. Quiero rendir tributo a los obispos y presidentes de estaca quienes han llevado a cabo esta gran obra de los seminarios. En la actualidad [1964], según un censo reciente, contamos en la Iglesia con 105,000 estudiantes de seminario y 22,000 de instituto. Una de las grandes obras de la Iglesia se relaciona con sus estudiantes de nivel medio y superior, y con los estudiantes de todo el país. También quiero rendir tributo a los maestros y administradores de los seminarios e institutos y felicitarlos por sus espléndidos esfuerzos orientados para hacer de esta gran institución todo un éxito.

Ahora, permitidme sugeriros que tal vez una de las cualidades esenciales en la vida es el sentido del humor. Pienso que debemos cambiar el aspecto de nuestro rostro, dándole una configuración horizontal en vez de vertical mediante una sonrisa. Dad la apariencia de estar contentos. Debemos conservar el sentido del humor; no en el sentido de ser ridículos o chistosos, sino con la intención de mantener una actitud correcta hacia la vida. Debéis estar preparados para apreciar la vida en toda su dimensión; familiarizaos con ella, con sus oportunidades y desafíos.

Como seguramente lo sabéis, viví bastante tiempo en Inglaterra; de hecho estuve allí unos diez años. Llegué a conocer bien a los ingleses y los admiro bastante. Sin embargo, aún me cuesta trabajo comprender algo: su sentido del humor. Pero con todo esto creo que a ellos se les dificulta más comprender nuestro sentido del humor que el suyo propio. Os relataré una anécdota para que comprendáis mejor. Se afirma que en cierta ocasión un inglés destacado se encontraba de visita en Utah. Se alojaba en el hotel que lleva este mismo nombre. Un día, mientras el inglés meditaba, sentado en el vestíbulo, se le acercó el administrador del hotel. Este le hizo plática, y al poco rato decidió contarle un chiste. Le dijo: “¿Sabe?, mi mamá tuvo un niño. Ese niño no es mi hermano ni mi hermana. ¿Quién cree usted que sea?” Seguir leyendo

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Fe en la obra de salvación

Fe en la obra de salvación

Presidente Thomas S. Monson

Antes de comenzar, quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer sus amables palabras durante esta época difícil por la pérdida de mi amada esposa, Frances. He sido fortalecido y sostenido al sentir su amor y oraciones por mí.

Para la hermana Monson y para mí, la obra misional ha ocupado siempre una parte de nuestro corazón y de nuestra vida juntos. Apenas estábamos recién casados cuando fui llamado a servir como obispo del antiguo Barrio 6–7, en Salt Lake City, un barrio de mil ochenta miembros. Había muchos en el barrio que eran menos activos, y la hermana Monson siempre me apoyó y alentó mientras mis consejeros y yo visitábamos a estos queridos miembros y trabajábamos para traerlos de nuevo a la actividad.

Unos pocos años después fui llamado a servir como presidente de la misión canadiense. No había pasado un mes después que llegara el llamamiento cuando la hermana Monson y yo dejamos nuestra casa recién construida, y con nuestros dos hijos pequeños y otro en camino, viajamos a Toronto, Ontario, Canadá, donde la obra misional se convirtió en nuestra vida durante los siguientes tres años.

Permítanme respaldar todo lo que se ha dicho hoy aquí. Les testifico que serán bendecidos al seguir los consejos que han recibido.

Las sagradas Escrituras no contienen una proclamación más relevante, una responsabilidad más obligatoria ni instrucciones más directas que el mandato dado por el Señor resucitado cuando se apareció en Galilea a los once discípulos. Él dijo: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). El profeta José Smith declaró: “Después de todo lo que se ha dicho, el mayor y más importante deber es predicar el Evangelio”. Algunos de ustedes todavía recordarán las palabras del presidente David O. McKay, quien expresó la conocida frase “¡Todo miembro un misionero!”. El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo: “Muchos de entre nosotros consideran que la obra misional es simplemente repartir folletos. Todo aquel que está familiarizado con esta obra sabe que hay una mejor manera. Esa manera es por medio de los miembros de la Iglesia”.

A sus palabras, agrego las mías: ahora es el momento en que los miembros y los misioneros se unan, que trabajen juntos, que trabajen en la viña del Señor para traer almas a Él. Él ha preparado los medios para que nosotros compartamos el Evangelio en una variedad de formas, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para cumplir con Su obra.

Durante el tiempo que la hermana Monson y yo servimos en la misión canadiense, fuimos testigos de la profunda fe de los santos canadienses y esa fe nos fortaleció. Este video describe la fe y los esfuerzos de los miembros y misioneros en nuestra misión, quienes vivieron y trabajaron en St. Thomas.

Otra evidencia de fe tuvo lugar cuando visité por primera vez la Rama St. Thomas de la misión, a unos 193 kilómetros de Toronto. A mi esposa y a mí se nos había invitado a asistir a la reunión sacramental de la rama y a dirigirnos a los miembros. Al conducir por una moderna calle, vimos muchas iglesias y nos preguntábamos cuál sería la nuestra. No era ninguna. Cuando llegamos a la dirección que nos habían dado, descubrimos que se trataba de un edificio decrépito. Nuestra rama se reunía en un decrépito sótano y estaba compuesta por quizás unos veinticinco miembros, doce de los cuales se encontraban presentes. Las mismas personas dirigían la reunión, bendecían y repartían la Santa Cena, ofrecían las oraciones y cantaban los himnos.

Al término de los servicios, Irving Wilson, el presidente de rama, me preguntó si podíamos reunirnos. En la reunión, me pasó un ejemplar de la revista Improvement Era, lo que en la actualidad es la revista Liahona, y me señaló una de nuestras capillas en Australia, una capilla nueva. El presidente Wilson dijo: “Un edificio así es el que necesitamos en St. Thomas”.

Yo sonreí y le respondí: “Cuando tengan suficientes miembros aquí como para justificar y pagar por un edificio así, estoy seguro que tendremos uno”. En esa época, se requería que los miembros recaudaran el 30 por ciento del costo del terreno y del edificio, además de pagar los diezmos y demás ofrendas.

El presidente Wilson respondió: “Nuestros hijos están creciendo. ¡Necesitamos este edificio y lo necesitamos ahora!”.

Lo animé a que aumentaran el número de miembros mediante sus esfuerzos personales al hermanar y enseñar. El resultado, hermanos y hermanas es un ejemplo clásico de fe, asociado con el esfuerzo y coronado por el testimonio.

El presidente Wilson solicitó que se asignaran seis misioneros más a la ciudad de St. Thomas. Cuando ello se logró, llamó a los misioneros para que se reunieran en la pequeña trastienda de su pequeña joyería, donde se arrodillaron a orar. Al concluir la oración, pidió a uno de los élderes que le alcanzara la guía telefónica que había sobre una mesa cercana. El presidente Wilson la tomó y dijo: “Si algún día vamos a tener nuestro soñado edificio en St. Thomas, necesitaremos a un Santo de los Últimos Días que la diseñe. Ya que no tenemos a ningún miembro arquitecto, sencillamente debemos convertir a uno”. Señalando con su dedo la lista de arquitectos de la guía, siguió hacia abajo hasta que se detuvo en un nombre y dijo: “Ésta es la persona que invitaremos a mi casa a escuchar el mensaje de la Restauración”.

El presidente Wilson siguió haciendo lo mismo con los nombres de plomeros, electricistas y demás oficios. Tampoco fue que dejó a un lado a otras profesiones, ya que su deseo era tener una rama bien balanceada. Esas personas fueron invitadas a su casa para reunirse con los misioneros, se enseñó la verdad, se dieron testimonios y el resultado fueron las conversiones. Esas personas recién bautizadas, hicieron lo mismo, invitaron a otras personas. Semana tras semana y mes tras mes se repitió el procedimiento.

La Rama de St. Thomas tuvo un crecimiento extraordinario. A los dos años y medio, se obtuvo un terreno, se construyó un hermoso edificio y un sueño inspirado se hizo realidad. Esa rama es ahora un barrio floreciente de una estaca de Sión.

Cuando pienso en la ciudad de St. Thomas, no lo hago en los cientos de miembros del barrio ni en la gran cantidad de familias, sino que recuerdo en cambio la pequeña reunión sacramental en el sótano de un edificio, las doce personas, y la promesa del Señor: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Han pasado muchos años desde que se grabó este video. La voz que escucharon era de alguien más joven, pero el principio de fe concerniente a la obra misional continua siendo tan verdadero hoy como lo fue hace medio siglo en la Rama St. Thomas.

Testifico que cuando actuamos con fe, el Señor nos mostrará cómo fortalecer a Su Iglesia en los barrios y en las ramas a los que pertenecemos. Él estará con nosotros y se convertirá en un compañero activo en nuestros esfuerzos misionales.

Debido a que el número de misioneros en los barrios y en las estacas de todo el mundo se incrementa, les pido encarecidamente que ejerzan su fe, como lo hizo el presidente Wilson en St. Thomas, conforme consideran en espíritu de oración a quién de su familia, amigos, vecinos y conocidos les gustaría invitar a su hogar para que se reúnan con los misioneros, para que escuchen el mensaje de la Restauración. Como el Señor lo hizo en la ciudad de St. Thomas, Él santificará sus esfuerzos y obtendrán una capacidad que excederá la de ustedes mismos para elevar y bendecir la vida de otras personas.

Que siempre podamos incrementar nuestra fe y fidelidad al realizar nuestro sagrado deber de rescatar a los hijos de nuestro Padre Celestial, nuestros hermanos y hermanas. En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

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Cómo enseñar en la Iglesia

Cómo enseñar en la Iglesia

Por Boyd K. Packer
Presidente del cuórum de los doce apostoles

Cuando se me asignó hablar a la Iglesia acerca de la enseñanza, me sentí muy humilde y oré fervientemente al respecto. Hace casi setenta años, me hallaba sentado en un acantilado, en una pequeña islita del Pacífico, cerca de la isla de Okinawa. Acababa de terminar la guerra y yo había sobrevivido. Me preguntaba qué haría. Estábamos esperando que los barcos nos fueran a buscar para llevarnos a casa. Me preguntaba qué haría con mi vida. ¿Qué deseaba hacer? ¿Qué deseaba ser? Finalmente me di cuenta de que deseaba ser maestro. Y aquí estoy, después de casi setenta años, aún con el mismo deseo, la misma determinación, habiendo aprendido mucho, pero todavía con mucho por aprender.

A fin de cuentas, todo lo que hacemos se reduce a enseñar, y aprendemos a enseñar. Podemos aprender a analizar principios y, entre ellos, quizás el más difícil de aprender sea el de vivir de tal manera que puedan actuar por sí mismos y a no leer de un libreto, sino que sólo dependan del Espíritu.

Ojalá pudiera prometerles que, si estudian con empeño y seriedad, serán mejores. Pero no es así; al menos no serán tan buenos como si confían en el Señor y confían en el Espíritu y luego enseñan. Aunque no es automático, con el tiempo, pueden aprender a confiar en el Espíritu y allí estará. Muchas veces he estado ante un púlpito y me he preguntado qué debo decir, casi con la mente en blanco, consciente de la gran responsabilidad que tenía, pero siempre he recibido lo que debo decir. Llega cuando empiezan a enseñar. Comienzan y entonces empieza a fluir la revelación. El mérito casi no nos corresponde, porque es el Espíritu el que genera el poder.

He llegado a comprender que todos somos maestros. En la Iglesia hablamos de ser llamados a ciertos cargos y ser apartados para enseñar en la Escuela Dominical o en otras organizaciones auxiliares. A veces el Sacerdocio se enorgullece de tener el poder de enseñar. Ellos nos se acercan al poder que se da a la madre. La mayor enseñanza en la Iglesia la realizan las madres.

Así que, a los maestros de la Iglesia, sean o no profesionales, ustedes saben que lo que enseñan es sagrado y que la mayor parte de esa enseñanza ocurre fuera del salón de clase, aun fuera del tiempo de preparación, cuando leen las lecciones, las estudian y luego las meditan según el pasaje de las Escrituras que dice: “la voz del Señor… penetró mi mente”. Esa “voz” nunca falla si siguen adelante y son obedientes. A los jóvenes la palabra “obediencia” les parece triste. No somos obedientes en forma automática. Los padres, de manera particular las madres educan a sus hijos para que sean obedientes. Somos responsables por ello cuando somos adultos y a veces tenemos pequeñas batallas interiores con nosotros mismos. Existe la palabra: arrepentirse. ¿Qué implica arrepentirse? Implica volver a hacerlo: repetir, arrepentirse. Y luego hay que retroceder hasta el punto donde se salieron de la senda y avanzar sin los obstáculos de antes. La Expiación es el medio sanador supremo; expía los pecados. ¿Se dan cuenta qué maravilloso es que puedan recurrir a la Expiación? El Señor la llevó a cabo para nuestro bien. No hay nada de lo que cual no puedan arrepentirse o de lo cual no puedan ser rescatados si se arrepienten y resuelven tomar la decisión. Así que mi consejo es sencillo: escojan hacer lo correcto, decidan ser mejores, decidan confiar en el pasaje de las Escrituras, y si lo hacen, progresarán y las dificultades que tengan serán para su bien.

Estos últimos setenta años y más me han enseñado mucho y todavía me queda mucho por aprender. No sé cuánto tiempo estaré aprendiendo pero cuando esta vida termine, iré a un nuevo reino y empezaré una nueva escuela. Expreso mi testimonio de que el Señor vive, que la Restauración ocurrió y fue dirigida desde el otro lado del velo para nuestro beneficio. El Señor vive. Sé que el Señor vive y conozco al Señor. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Lo que espero que enseñéis a mis nietos

Lo que espero que enseñéis a mis nietos

Por el élder Spencer W. Kimball
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young, 11 de julio de 1966)

Mis amados hermanos y hermanas, decidí que titularía mi discurso en esta forma: “Lo que espero que enseñéis a mis nietos”. Deseo expresaros mi aprecio por la poderosa influencia que vosotros ejercéis sobre los hijos e hijas de Sión. Descubro que los misioneros que salen mediante este programa se adaptan mejor y son más fieles, y los hogares que han tenido vuestra influencia son los más rectos.

Cada semana me reúno con obispados, con presidencias de estacas y con otros directores. Osadamente declaro que si sus jóvenes varones van bien preparados al campo misional, irán resolviendo por adelantado sus problemas matrimoniales. Prácticamente todos los jóvenes así fortificados se casarán en el templo sin presión o prosecución de parte de otros. Será una cosa que seguirá a la otra como el día sigue a la noche. Cuando contemplo a jóvenes bien entrenados marchando hacia el campo misional, veo disiparse las sombras de obscuridad, y luego a su regreso en el tiempo debido, los veo dirigirse al templo en su atuendo de bodas. De manera que os saludo, maestros e inspiración de los jóvenes. Vuestra responsabilidad infunde reverencia, vuestras oportunidades de ser salvadores son casi ilimitadas.

Constantemente nos esforzamos para recalcar bien ante los padres de éstos vuestros millares de jóvenes, que es responsabilidad primordial de los padres criar a sus hijos en fe y en corrección de vida, aunque debemos ser realistas y comprender que muchos padres fracasan al capacitar a sus hijos. Por lo tanto, todos los demás medios dedicados a hacer el bien deben levantar la antorcha. Primero entre éstos, está la Iglesia y entre sus dependencias más fuertes están los seminarios e institutos. Nosotros no intentamos eximir a los padres en sus fracasos, pero debemos poner la carga sobre vuestras fuertes espaldas para seguir adelante. Vuestra obra no puede ser mediocre. Debe ser brillante y eficaz. Seguir leyendo

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Hombres con un mensaje

Hombres con un mensaje

Por el élder A. Theodore Tuttle
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young, 1958)

Mis hermanos y hermanas, pido vuestro interés y oraciones mientras ocupo este lugar.

Estoy seguro de que habéis escuchado las palabras de la canción, “Ningún hombre es una isla”. Esa idea expresa mis sentimientos de manera más adecuada de lo que yo los puedo expresar, por tanto os extiendo mi agradecimiento, hermanos y hermanas, por vuestra parte al ayudarme a venir a ocupar este puesto de honor en el Primer Consejo de los Setenta.

Tendréis que tener presente los discursos dados anteriormente en esta serie, porque deseo usar como premisa los que dieron el presidente Clark, el presidente Smith y el presidente Wilkinson. Recordaréis que el presidente Clark nos dijo que ésta es una “dispensación de responsabilidad sin precedentes”. No sé si hay alguien que pueda entender eso mejor que este grupo aquí presente. El mencionó que “ésta es la última vez que el Señor ha extendido su mano para efectuar esta obra”, y que “el genio de la organización de la Iglesia es que ella es ordenada de Dios”. Lo que da su poder y motivación a la Iglesia es nuestro testimonio de ese hecho.

Deseo establecer como segunda premisa el hecho de que nosotros necesitamos la influencia del Espíritu Santo. El presidente Smith mencionó que tenemos el sacerdocio y como maestros de seminario somos dignos de actuar bajo la inspiración e influencia del Espíritu Santo, que El puede tomar la dirección de nuestros pensamientos y nuestras mentes y dar poder real a lo que de otro modo serían nuestras débiles palabras. Debemos enseñar mediante la influencia y espíritu del Espíritu Santo. Si no fuera ésta la obra del Señor, no tendríamos eso. En relación a esta idea, Pablo ha dicho algo que concierne a nuestra responsabilidad especial como maestros del evangelio:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Seguir leyendo

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Verdaderos pastores siguen los pasos del Señor

Verdaderos pastores siguen los pasos del Señor

Por el élder Thomas S. Monson
(Pathways to Perfection/Caminos hacia la perfección; Deseret Book co., 1973).

Vivimos en una nueva era, en un mundo variable. Muchas de las antiguas tradiciones están siendo descartadas. Por ejemplo, ya no estamos más en comunidades rurales y confinadas. Nuestros jóvenes tienen más libertad de movimiento que nunca. No tienen temor de recorrer grandes distancias, ir a nuevos lugares, mientras que hace algunas generaciones nunca salían de sus propias comunidades, Era un: “Levantarse de mañana, efectuar las tareas, ir al trabajo, hacer las tareas, irse a la cama”. Era un mundo diferente. Vivimos en una sociedad que está marcada por el cambio.

Los jóvenes quieren crecer demasiado aprisa. Quieren resolver sus dudas al momento; y cuando vienen a nosotros, si no tenemos las respuestas, sienten que pertenecemos a la generación de “viejos”, que no nos comunicamos, que existe un abismo entre generación y generación. Podríamos decir que ésta es la generación del “ahora”, pero la necesidad de sabio consejo nunca ha sido más urgente.

Como ejemplo, permitidme compartir una carta que me escribió una joven:

“Querido hermano Monson:

“Necesito consejo y asesoramiento ahora [Y subrayó el “ahora”] Lo necesito de parte de alguien que tenga y honre el sacerdocio y que esté en posición de tener visión suficiente y de dar el consejo adecuado. Soy nueva en la Iglesia; hace once meses que estoy en ella, y provengo de un hogar estable. Mis padres son muy morales y éticos a su manera, pero no según las normas de nuestra Iglesia. He vivido en un vecindario difícil y todas mis normas anteriores eran directamente opuestas a las enseñanzas del evangelio.

“Cuando me uní a la Iglesia, estaba comprometida con un joven maravilloso que fue a servir en el ejército tres meses antes de que yo me bautizara. Ahora ha regresado y pasé con él las vacaciones de Navidad. Hermano Monson, he desobedecido la Palabra de Sabiduría. Fui culpable de dudar de las enseñanzas de la Iglesia, y dormí varias veces con el joven al que amo. No lo lamento en lo más mínimo ni me avergüenzo de haber compartido mi amor con él, pero me siento verdaderamente avergonzada de haber bebido ron y coca.” Seguir leyendo

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 Diez mandamientos para los maestros

Diez mandamientos para los maestros
de seminarios e institutos

por el presidente N. Eldon Tanner
(Discurso dado en la Convención de Coordinadores, 11 de abril de 1974)

En su tan generosa introducción Joe Christensen dijo que sus hijos consideraban como sus abuelos a mi esposa y a mí. Yo estaba observando a este grupo y creo que somos suficientemente viejos como para ser los padres de casi todos los presentes. Una mañana iba apresurado acompañando al presidente Joseph Fielding Smith. Recién habíamos tenido nuestra reunión de la Primera Presidencia en la oficina, y nos dirigíamos al templo para reunirnos con los Doce. Como íbamos con un poco de atraso, caminábamos con prisa. Le dije: “Camina usted muy aprisa para un hombre de su edad.” Y me respondió: “He tenido mucha práctica.”

Mientras escuchaba la música tan dulce que nos ha deleitado esta noche, pensaba —y deseo felicitar a vosotros los músicos— cuán fácil sería para mí seguir escuchando por más tiempo. Me trajo recuerdos de un banquete al que asistí en Washington. Al finalizar la cena, los comensales estaban sentados, platicando unos con otros, pasando un agradable momento. El maestro de ceremonias se dirigió a mí y me dijo: “¿Debo darle el tiempo a usted ahora, o debo dejar que sigan disfrutando su plática?” Estoy seguro de que vosotros habríais gozado más si estos cantantes hubieran seguido.

Aprecio mucho la oportunidad de estar con este importante grupo durante vuestra Convención de Coordinadores. Y particularmente deseo reconocer a aquellos que vienen —no quiero decir de países extranjeros— de tierras internacionales. Aquí no queremos extranjeros, ¿verdad? “Ya no sois extranjeros” (Efesios 2:19). Pero al observar a este grupo veo a muchos más que no son de los Estados Unidos de los que yo creía encontrar. Y ciertamente deseo expresaros una bienvenida y deciros cuán felices nos sentimos por teneros con nosotros. Vosotros nos ayudáis a comprender cuánto se está extendiendo este programa en el mundo. Cuando pienso que estamos sirviendo en cuarenta y siete países y a más de un cuarto de millón de personas —casi un 7.5 por ciento de la población total de la Iglesia— pienso en todos esos hombres, mujeres y niños; y vosotros estáis enseñando a aquellos que están bajo vuestra guía en la obra de seminarios e institutos. Seguir leyendo

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A quienes enseñan en tiempos difíciles

A quienes enseñan en tiempos difíciles

por el élder Boyd K. Packer
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young. Verano de 1970)

El presidente William E. Berrett me dijo que si querría hablar sobre el tema: “Problemas civiles y relaciones de los alumnos y maestros Santos de los Últimos Días para con dichos problemas”. Traté de elaborar mi predicación —y creo que no he estado jamás bajo tanta presión en cuanto a tiempo como durante las últimas semanas— traté de preparar un discurso formal y no pude; de manera que estoy aquí con una nota o dos para esperar junto con vosotros los susurros del Espíritu con relación a este tema.

Ayer durante el almuerzo, me senté al lado del presidente Harold B. Lee. Él me contó de su visita aquí y reafirmó su vigoroso respaldo hacia vosotros y lo que estáis haciendo.

Yo, naturalmente, tengo muchos recuerdos que vienen a mi mente al estar aquí. Estoy consciente del hecho de que cada vez que ha habido cursos de verano —con la excepción de una vez, cuando vivía en el este, en Cambridge— he asistido por lo menos a una sesión. Naturalmente, me he mantenido en contacto con vosotros mediante oportunidades bastante frecuentes al reunirme con el presidente Berrett, quien dirige vuestra obra, y el hermano Oakes, quien ayuda en este programa, así como con otros de vuestros compañeros de equipo en el programa de educación de la Iglesia.

Esta es la primera vez que he venido ante vosotros como uno de los miembros del Consejo de los Doce. No me puedo acostumbrar a eso, aunque la preparación y el período de prueba anterior al llamamiento es algo que uno no puede olvidar, ni supongo que uno querría someterse a ello dos veces en la vida. Pero quiero que sepáis que sé sin duda alguna, por medio de la experiencia personal, que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tal como Él ha declarado, es la única Iglesia viviente sobre la faz de toda la tierra; que el Señor Jesucristo dirige en persona esta obra. Sus siervos aquí en la tierra vienen y van a su voluntad, y su inspiración está constantemente con nosotros; de manera que vengo humildemente y busco el interés de vuestra fe y oraciones.

Todos vosotros estáis familiarizados con estas palabras de Timoteo en el Nuevo Testamento: Seguir leyendo

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