Enseñaos diligentemente

“Enseñaos diligentemente”

Por Hugh B. Brown

(Discurso preparado por el ‘Élder Hugh B. Brown de la Mesa Directiva de la Escuela Dominical, y leído en la conferencia de la Escuela Dominical en el Tabernáculo Mormón el domingo 6 de octubre de 1946).

Moisés oyó la voz de Dios que decía desde la zarza ardiente, “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Hoy contemplamos un tema iluminado, el cual es la palabra de Dios, y pisamos tierra que ha sido hecha santa por los pies de profetas sucesivos a través del siglo. Humilde y reverentemente sentimos como si debiéramos quitarnos nuestros zapatos y decir juntamente con Moisés, “Si tu rostro no ha de ir conmigo no nos saques de aquí”. (Éxodo 33:15). Ya sea ante una audiencia o en una pequeña Escuela Dominical, el que enseña el evangelio, pisa tierra santa.

Para la definición de lo que es la enseñanza, nos referiremos a uno de los verdaderamente grandes maestros entre nosotros. El Dr. Milton Bennión, nuestro querido superintendente, recientemente dijo: “Toda enseñanza es o debe ser un arte bello basado sobre adecuados fundamentos científicos. La enseñanza de la religión en el significado más amplio de la dicción, es lo mejor de las bellas artes— enseñando por ejemplos en ambas, la conducta y la actitud, siempre es más importante de lo que es el enseñar tan sólo por precepto”.

Otro gran maestro contemporáneo, el decano de nuestra Mesa Directiva, el Dr. Howard R. Briggs, en su último libro El Arte del Maestro, hace la declaración desafiante que “no puede haber un privilegio más preciado para alguno que el de radiar luz del Evangelio, de iluminar las verdades del Evangelio, y de guiar a las almas a la luz de Dios”.

El apóstol Pablo colocó a los maestros enseguida de los apóstoles y profetas cuando dijo, “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas;—” (Efesios 4:11-15). Un príncipe de los judíos, deseaba pagar el tributo más alto que pudiera a Jesús de Nazaret y dijo, “sabemos que eres maestro que ha venido de Dios”. (Juan 3:2). El Maestro, cuando estaba a punto de dejar a sus discípulos les prometió otro maestro: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas”. El mandato del Salvador a sus discípulos fué que fueran y enseñaran a todas las naciones.

Al considerar nuestro tema, “Enseñaos Diligentemente”, pensemos juntos sobre algunas respuestas posibles a tres preguntas que nos sugiere. Seguir leyendo

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El tiempo de los Gentiles

El tiempo de los Gentiles

Por Joseph Fielding Smith
(Discurso pronunciado por radio el domingo,
24 de septiembre de 1944 por la estación KSL de Salt Lake City, Utah).


El nombre de Gentil es dado primeramente a los descendientes de Japhet, hijo de Noé. Los nombres de los hijos de Japhet se encuentran en el capítulo diez de Génesis, del cual leemos: “Por estos fueron repartidas las islas de las gentes en sus tierras, cada cual según su lengua, conforme a sus familias en sus naciones.” (Génesis 10:5). Entre los Israelitas este título solo tenía referencia a uno que no fuera de la raza Hebrea, y después esta interpretación fué hecha menos amplia para designar solamente las naciones que no eran descendiente de Abraham. El diccionario da la siguiente definición:

El término “gentil” definido

Gentil (1) Entre los Judíos, una persona que no es de raza o de creencia Judaica, quien no es Judío. (2) Entre los Cristianos; uno que no es ni Judío ni Cristiano; Pagano, Idólatra. (3) Entre los Mormones; uno que no es Mormón.

Al formar esta definición el autor ha cometido un error con relación a la interpretación dada a esa palabra por los “Mormones”. De acuerdo con la creencia de los Santos de Los Últimos Días, hay muchas personas quienes no son clasificadas como Gentiles. Los Judíos no son considerados como tales, a pesar del dicho popular de que solo entre los Mormones el Judío es Gentil. Los Judíos solo constituyen una parte de la casa de Israel y los miembros de otras tribus no son Gentiles. Es una creencia de los Santos de los Últimos Días que los Indios Americanos son descendientes de José, hijo de Jacob, y así es que ellos no son Gentiles, la misma cosa sucede con los Polinesios del Hawái, Samoa, Nueva Zelandia y otras islas del Pacífico. Los descendientes de Ismael, hijo de Abraham, no son Gentiles.

Los Santos de Los Últimos las clasifican como Gentiles a los que no son de la sangre de Abraham, ya sea que pertenezcan a las naciones Cristianas o paganas, pero no es ningún oprobio la naturaleza y el uso de esta expresión. Simplemente quiere decir que un Gentil no es de la sangre de Abraham. Moroni escribiendo acerca de la llegada del registro de su pueblo dijo: “Fueron sellados y escondidos al Señor, para salir en su debido tiempo por medio de un Gentil. —La interpretación, de ellas por el poder de Dios”. A pesar de que el Libro de Mormón dice que el hombre que tenía que revelar los registros debía de ser descendiente de José, hijo de Jacob, además tenía que venir de entre los Gentiles, y esto va de acuerdo con la creencia de Los Santos de los Últimos Días.

En un discurso anterior, demostré el cumplimiento de la promesa hecha por el Señor con Abraham, Isaac y Jacob, en la cual dijo que por medio de ellos todas las naciones de la tierra serían bendecidas, lo que en su mayoría se cumplió con el esparcimiento de Israel entre las naciones, así permitiendo que la sangre de Israel leudara las naciones, y así se han transformado en la simiente de Abraham. Estos Israelitas que han morado entre las naciones Gentiles, fueron absorbidos por estas y por lo cual han perdido su identidad como descendientes de Abraham; excepto que la identidad sea hecha por medio de revelación. Las promesas que el Señor hizo a Abraham, son de una grande esfera en cuanto a la bendición de su posteridad. En el libro de Abraham en la Perla de Gran Precio, estas promesas están más claramente definidas que en las variadas traducciones de la Biblia, a pesar de que en concreto son las mismas. El Señor dijo a Abraham: Seguir leyendo

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La redención de Judá

La redención de Judá

Por Joseph Fielding Smith

(Discurso pronunciado por radio el domingo,
17 de septiembre de 1944 por la estación KLS de Salt Lake City, Utah).


Una de las significantes profecías en las escrituras es la hablada por el Salvador a sus discípulos poco antes de su muerte concerniente a los Ju­díos y a la destrucción de Jerusalén, como está escrito en el capítulo vigésimo de Lucas. La destrucción predicha por nuestro Señor cayó so­bre Jerusalén y los Judíos en el año 70 D. C., cuando las legiones roma­nas sitiaron a Jerusalén. Para conti­nuar ese terrible día los Judíos fueron esparcidos por todas las naciones. Han sido perseguidos, corridos, abusados, odiados y asesinados, y aún así han prosperado en cosas materiales; han mantenido durante todas estas tribulaciones su integridad racial, cosa que es un milagro.

Palestina maldita

Después de la destrucción de Jerusalén y el esparcimiento de los Judíos, una maldición fué puesta sobre Palestina. Jerusalén fué prácticamente destruida y fué hollada por los Gentiles. Las montañas de Canaán que fueron en una época hermosas, y estaban cu­biertas con árboles y vegetación, se convirtieron en estériles, la tierra de las montañas no teniendo ninguna protección, ha sido deslavada a los valles haciéndose charcos profundos. Las una vez ciudades progresistas, ale­gres ranchos y viñedos han desapare­cido; la tierra se ha convertido en es­téril y sin frutos. La superficie de la tierra estaba tan débil que era la opinión popular que no podría sostener­se ni la más mezquina población; sin embargo en el pasado cuando el Se­ñor bendijo esta tierra, sostenía a millones de gentes, y era referida como la tierra que fluía leche y miel. Seguir leyendo

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¿Cuál es la importancia de la expiación?

¿Cuál es la
importancia de la Expiación?

por Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Una doctrina para la eternidad

La persona que estudia la Expiación es en cierta manera como un hombre que se retira a su cabaña de montaña para disfrutar del paisaje. Si mira por la ventana hacia el este, verá los picos ne­vados de las Rocosas; pero si pasa por alto contemplar la vista en dirección oeste, se perderá la puesta de sol teñida de carmesí en el horizonte; si deja de mirar hacia el norte, nunca verá el rutilante lago esmeralda; y si evita la ventana orientada al sur, se queda­rá sin admirar las flores silvestres en todo su glorioso esplendor, mecidas por la suave brisa alpina. La belleza le rodea en todas direcciones. Otro tanto sucede con la Expiación. Sea cual sea la atalaya desde la que se mire, el paisaje es glorioso. Todo principio subyacente, toda consecuencia que se derive de ella es una recom­pensa intelectual, anima nuestras emociones y vivifica el espíritu. Es una doctrina para la eternidad.

El intento de dominar esta doctrina exige una inmersión de todos los sentidos, los sentimientos y el intelecto. Si se presen­ta la oportunidad, la Expiación invade todas y cada una de la pasiones y facultades humanas, y al hacerlo invita al agotamiento de cada una de ellas a fin de captar su sentido más plenamente. Los que hayan refinado sus sensibilidades culturales enfocarán la Expiación con una empatia más sincera por la ternura y la compasión que representa. Los que hayan sacrificado su vida sir­viendo experimentarán una reverencia aún mayor por el que lo sacrificó todo. Los que han perfeccionado los poderes de la razón investigarán, con una perspectiva más profunda si cabe, los «por­qués» y los «cómos», no solo las consecuencias de esta doctrina inmensamente sublime. Y los de espíritu puro y vidas limpias sentirán un parentesco más estrecho hacia aquel cuya vida han intentado emular, si bien someramente.

La Expiación no es una doctrina que se preste a un plantea­miento singular, a una fórmula universal. Debe sentirse, no solo «figurarse»; ha de interiorizarse, no solo analizarse. La búsqueda de esta doctrina exige la persona en su totalidad, dado que la Expiación de Jesucristo es la doctrina más celestial, más ilumina­dora y ferviente que existirá en este mundo, o en este universo. Seguir leyendo

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Para una felicidad duradera hace falta la certeza de una vida Eterna

Para una felicidad duradera hace falta
la certeza de una vida Eterna

Por el Élder William E. Berrett
Liahona, Enero 1947


Hace muchos siglos se escribió el relato de un hombre cuya vida llena de contratiempos fué un constante su­frir. Este hombre se llamaba Job. En el transcurso de un tiempo relativa­mente corto, Job perdió todos sus bie­nes que había acumulado, su familia y su salud. Tan grande era su desven­tura y tan extremo su sufrimiento, que su propia esposa le suplicó que maldijera a Dios y muriera. Sin em­bargo, en medio de tantas calamida­des, Job decía a sus amigos: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se le­vantará sobre el polvo; y después de deshecha está mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios; al cual yo «‘tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis riñones se consu­man dentro de mí” (Job 19:25-27).

Estas son palabras significativas. Son las raíces de una sana filosofía de la vida.

Problemas de todos

Los problemas que Job tuvo que enfrentar son problemas que todos nosotros tenemos que resolver alguna vez en la vida; problemas de propie­dad, como la pérdida de nuestras ri­quezas materiales; problemas a los que tenemos que hacer frente cuan­do perdemos nuestros seres queridos; y también el problema que nos atañe a todos: el de la salud. En la vida de cada hombre llega un día en que no sólo pierde la salud que hoy goza, sino la misma vida que hoy le permi­te caminar sobre la tierra. Conside­rando entonces que todos los hom­bres y mujeres deben hacer frente a estos problemas, interesa conocer la respuesta a la vieja pregunta ¿Vivi­remos de nuevo? Qué felices sería­mos si todos, en lo más íntimo de nuestros corazones, pudiéramos de­cir: “Yo sé que mi Redentor vive”.

Cuando nos encontramos con gen­te cuya filosofía de la vida no alcan­za a ver una existencia más allá de la tumba, nos encontramos con indi­viduos que no son felices, y cuya pers­pectiva del mundo es mórbida. El gran filósofo Schopenhauer no vió en esta vida más que miseria, desola­ción, sufrimiento, competencias inúti­les, guerras, enfermedades, pestes, y por último, la muerte. Leer su filoso­fía es sentir que la vida toda es inútil y sin propósito.

Religión de esperanza

Quisiera señalar que cada una de las grandes religiones del mundo, que ha tenido una benéfica influencia so­bre la humanidad, ha sido una reli­gión que pregonaba la esperanza en una existencia feliz y gloriosa más allá de la tumba. La vida eterna de que yo hablo significa la vida de más allá de la tumba, en que la persona­lidad individual es conservada, y en que el espíritu del hombre es nueva­mente unido a un cuerpo carnal. Esa es la única existencia que puede dar­nos un alivio o una esperanza. Seguir leyendo

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El testigo del Libro de Mormón

El testigo del Libro de Mormón

Por Joseph Fielding Smith

(Este discurso fué trasmitido por radio el domingo, 13 de agosto de 1944 a las 9:15 p. m. por la KLS de Salt Lake City, Utah).


Él Profeta Nefi escribiendo sobre la venida del Libro de Mormón dijo: “Por tanto, en ese día cuando el libro sea entregado al hombre de quien he hablado, será escondido de los ojos del mundo, para que nadie lo vea, salvo que tres testigos lo verán por el poder de Dios, además de aquél al que el libro será entregado; y ellos testificarán de la verdad del libro y de las cosas que contenga.

“Y nadie más habrá que lo vea, a menos que no sean unos pocos, según la voluntad de Dios, para dar testimo­nio de su palabra a los hijos de los hombres; porque el Señor Dios ha dicho, que las palabras de los fieles deberían hablar como si fuera de los muertos.

“Por tanto, el Señor Dios procederá a traer a luz las palabras del libro; y, por la boca de tantos testigos co­mo a Él le plazca, establecerá su pa­labra; y ¡ay de aquel que rechace la palabra de Dios!” (2 Nefi 27:12­14).

Y de nuevo escribió por profecía al hombre que daría a luz las pala­bras del libro:

“Por tanto, cuando hayas leído tú las palabras que te he mandado, y obtenido los testigos que te he pro­metido, entonces sellarás otra vez el libro, y lo esconderás para mí, para que pueda yo conservar las palabras que tú no hayas leído, hasta que vea en mi propia sabiduría, que sea opor­tuno el revelar todas estas cosas a los hijos, de los hombres.

“Porque, he aquí que soy Dios; y soy un Dios de milagros; y manifes­taré al mundo que soy el mismo ayer, hoy y para siempre; y no trabajo entre los hijos de los hombres, a me­nos que no sea de conformidad con su fe”. (2 Nefi 27:22-23).

CRITICA

Una de las críticas hechas contra José Smith y el Libro de Mormón, que ha encontrado apoyo entre los de mente superficial, aquellos que no piensan, es una crítica de las pala­bras que acabo de citar. Frecuente­mente me han presentado este dicho como si presentara un argumento sin contestación: “Si José Smith verda­deramente tuvo las planchas de oro conteniendo una historia de los pue­blos antiguos de América, entonces con gozo las habría presentado al mundo; no las habría guardado en un rincón, escondidas de los ojos de todos menos de uno o dos testigos”. Recuerdo lo que dijo un ministro: “Si las planchas de trabajo tan cu­rioso hechas de oro se hubieran pues­to en un museo donde pudieran ser examinadas por arqueólogos y cien­tíficos que pudieran haberlos endor­sado a ser lo que ustedes reclaman, entonces todo el mundo habría creído en José Smith. No pueden esperar que aceptemos la historia como us­tedes la relatan al mundo”. Seguir leyendo

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Cinco cosas que el Profeta invita a todos los jóvenes a hacer ahora

 

Cinco cosas que el Profeta invita a todos los jóvenes a hacer ahora

En un devocional especial para jóvenes, el presidente Russell M. Nelson les dijo a los jóvenes de todo el mundo que participar en la reunión de Israel es su propósito más importante en este momento.

¿Qué es esta reunión? El presidente Nelson explicó que cada vez que hace algo que ayuda a cualquier persona-a ambos lados del velo-a dar un paso hacia la realización de convenios con Dios y recibir sus ordenanzas esenciales del bautismo y del templo, usted está ayudando a reunir a Israel.

«No hay nada de mayor consecuencia. Absolutamente nada «, dijo. «Esta reunión debería significar todo para ti. Esta es la misión por la cual fueron enviados a la tierra».

El profeta invitó a cada joven y a cada joven a hacer lo que él les enseñó a «cambiarte y ayudarte a cambiar el mundo».

  1. Mantenga un ayuno de siete días desde las redes sociales.

Primero, el presidente Nelson pidió a cada adolescente que elija siete días consecutivos para desconectarse de las redes sociales y prestar atención a las diferencias en cómo se sienten y piensan durante ese período de tiempo.

«¡Date un descanso de siete días de la falsificación!», Aconsejó.

Aunque las redes sociales se pueden utilizar con fines positivos, dijo que su poder para crear un sentido de realidad falsa y convertirse en una distracción de los susurros del Espíritu es perjudicial.

«Será su señal para el Señor», explicó, «que está dispuesto a alejarse del mundo para alistarse en su batallón juvenil».

  1. Durante tres semanas seguidas, haga un sacrificio semanal de tiempo para el Señor.

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Devocional mundial para los jóvenes 03/06/2018

Devocional mundial para los jóvenes: Mensajes del presidente Russell M. Nelson y la hermana

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Sed Uno

SED UNO
Una celebración de la revelación de 1978 en cuanto al sacerdocio

La Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días . Hace una celebración en Salt Lake City conmemorando el 40 aniversario de la revelación de 1978 sobre el sacerdocio.

Hace cuarenta años, el presidente Spencer W. Kimball anunció que las bendiciones del sacerdocio se extenderían a todos los hijos de Dios en todo el mundo.


 

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¿Qué camino seguiréis?

¿Qué camino seguiréis?

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona, Octubre 1991

Nuestro Padre Celestial no nos lanzó a nuestro viaje eterno sin darnos los medios para que recibamos de Él la guía que nos asegure el retorno al final de esta carrera de la vida. Al nombrar esa guía, me estoy refiriendo a la oración.

Una negra cinta de asfalto serpentea a través de las montañas del norte de Utah, entra al valle del Gran Lago Salado y luego sigue hacia el sur. Se trata de una importante carretera por la cual se transportan diariamente los productos de las fábricas y el comercio, y grandes masas de viajeros se dirigen a su destino.

Recuerdo que una vez, hace algunos años, mientras viajaba rumbo a mi casa, cerca de una rampa de entrada en esta carretera, vi a tres jóvenes que llevaban grandes carteles, evidentemente con la esperanza de que alguien los llevara gratis a su destino. Dos de ellos habían escrito en sus carteles el nombre de dos ciudades importantes; sin embargo, el tercer cartel fue el que no sólo me llamó la atención sino que también me hizo reflexionar en su mensaje. En él, el joven no había escrito el nombre de ninguna ciudad, ningún pueblo o lugar, sino las simples palabras: “A CUALQUIER PARTE”.

He allí alguien que se encontraba satisfecho de ir en cualquier dirección, de acuerdo con el capricho del conductor que estuviera dispuesto a transportarlo gratuitamente. Pero, qué enorme precio pagaría por aquel viaje! Andar sin plan, sin objetivo, sin meta. El camino a “cualquier parte” es el camino a ninguna parte, y este último conduce a una vida de sueños sacrificados, oportunidades malgastadas y una ausencia total de cometidos.

A diferencia de aquel joven, nosotros tenemos el divino don de elegir el camino que deseamos seguir. El apóstol Pablo comparó la vida con una carrera que tiene una meta a la cual hay que llegar, y les dijo a los santos de Corinto: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Cor. 9:24). Pero en nuestro celo, no descuidemos el sabio consejo que se nos da en Eclesiastés: “…ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes…” (9:11). En realidad, el premio pertenecerá a aquel que persevere hasta el fin. Y cada uno de nosotros debe preguntarse: “¿Adónde deseo ir? ¿Cómo llegaré allí? Y ¿cuál es mi destino divino?” Seguir leyendo

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“A vosotros os es requerido perdonar”

“A vosotros os es requerido perdonar”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona, Noviembre 1991

Cuando Jesús agonizaba en la cruz, clamó a Su Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Si hubiera alguien que anidara en su corazón la ponzoña de la enemistad hacia otra persona, le ruego que pida al Señor la fuerza necesaria para perdonar.

El espíritu de perdón y la predisposición para amar y para tener compasión hacia aquellos que nos hieran constituyen la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Cada uno de nosotros necesita tener ese espíritu; el mundo entero lo necesita. Así lo enseñó el Señor; Él fue ejemplo de ello como ninguna otra persona lo ha sido. Durante Su agonía en la cruz del calvario, rodeado de viles acusadores que lo despreciaban, y quienes lo habían arrojado a tan terrible crucifixión, el Salvador clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

De ninguno de nosotros se espera que perdonemos tan generosamente, más cada uno se encuentra bajo cierta obligación divina de extender perdón y misericordia. El Señor ha declarado por medio de la revelación:

“En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron gravemente afligidos y castigados.

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, más a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.

“Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos” (D. y C. 64:8-11).

¡Cuánta necesidad tenemos de aplicar este principio divino, y aquel que lo acompaña: el arrepentimiento! Vemos esta necesidad en el hogar, en donde pequeños malos entendidos se transforman en grandes disputas. Es evidente entre vecinos, en donde insignificantes diferencias conducen a interminables muestras de desprecio. Lo vemos en el mundo de los negocios, que está plagado de aquellos que se niegan a claudicar y perdonar. En la mayoría de los casos, si hubiera existido la buena voluntad de conversar y de analizar las cosas con calma, bien se podrían haber evitado estas situaciones para provecho y bendición de todos, en vez de pasar los días alimentando rencores y planeando venganza. Seguir leyendo

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Las bienaventuranzas: Un camino hacia el Salvador

Las bienaventuranzas:
Un camino hacia el Salvador

por S. Michael Wilcox
Liahona, Noviembre 1991

Estas enseñanzas del Sermón del Monte testifican de la divinidad del Salvador y nos indican la manera de seguirlo.

En un sermón similar al Sermón del monte que pronunció en el Viejo Mundo, Jesús enseñó a los nefitas qué hacer para venir a Él.

Cuando el Cristo resucitado habló a los nefitas a través de “los vapores de obscuridad” (3 Nefi 8:22), su mensaje fue “venid a mi (véase 3 Nefi 9:13-14, 20, 22). Después, al aparecer ante ellos, su primer mandato fue: “Levantaos y venid a mí… a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra…” (3 Nefi 11:14). Uno por uno, todos los de la multitud se acercaron al Salvador del mundo.

Aunque nosotros no hayamos estado presentes para gozar de tan maravilloso privilegio, la invitación de venir a Cristo es tan real para nosotros como lo fue para aquellos santos nefitas de la antigüedad. En un sermón similar al Sermón del monte que pronunció en el Viejo Mundo, (véase Mateo 5-7), Jesús les enseñó a los nefitas —y por extensión, a todos nosotros— qué hacer para venir a Él. Los principios que expuso, a los que se conoce con el nombre de Bienaventuranzas, pueden conducirnos a obtener un profundo testimonio de la divinidad del Salvador.

Seguir a los líderes

El primer principio que el Salvador resucitado enseñó a los nefitas fue el de seguir a sus siervos escogidos: “…Bienaventurados sois si prestáis atención a las palabras de estos doce que yo he escogido de entre vosotros para ejercer su ministerio en bien de vosotros y ser vuestros siervos…” (3 Nefi 12:1).

Cuando era diácono, mi madre me dijo que el élder William J. Critchlow, hijo, que era entonces Ayudante del Quórum de los Doce, iba a hablar en la conferencia de nuestra estaca. Ese día llegamos tarde y tuvimos que sentarnos en la parte de atrás del salón, muy alejados del pulpito; así que cuando el élder Critchlow se puso de pie para hablar, a mí me era imposible verlo desde donde estaba. Mamá me dijo entonces que tomara una silla, la llevara por el pasillo, la pusiera enfrente del estrado, y me sentara allí. Al élder Critchlow le debe de haber parecido muy extraño ver a un muchachito de doce años sentado en medio del pasillo, con la mirada fija en él.

No recuerdo todo lo que dijo, pero en cambio tengo presente que al oírlo hablar sentí un espíritu especial que me decía: “Este es un hombre de Dios; puedes confiar en lo que dice”. Al finalizar la sesión, se acercó a mí y me colocó una mano sobre el hombro; sentí entonces una paz y una felicidad profundas y en aquel momento supe lo que significa ser bienaventurado. Esa experiencia de la adolescencia me enseñó que si escuchamos y obedecemos las palabras de las Autoridades Generales, nos encontraremos en camino a ser ciertamente bienaventurados en la presencia de Cristo. ¡Qué felices seríamos todos si viniéramos a Cristo mediante la confianza y la obediencia a Sus siervos! Seguir leyendo

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Mi padre y mi recomendación para el Templo

Mi padre y mi recomendación para el Templo

por el élder L. Tom Perry
del Quórum de los Doce
Liahona, Mayo 1991

Nunca olvidaré la primera entrevista que tuve con el obispo para obtener la recomendación para ir al templo, cuando me preparaba para ir a recibir la investidura. El obispo era mí padre. Todos los días pasábamos mucho tiempo juntos, y podía haberme entrevistado en casa, en el granero, en el campo, en el auto o en cualquier otro sitio que le resultara conveniente. Pero papá quería que aquélla fuera para mí una ocasión especial, un suceso del que jamás me olvidara.

Un día me llamaron por teléfono de la oficina del obispo, diciéndome que mi padre deseaba fijar fecha y hora para entrevistarme acerca de la recomendación para el templo. Me pareció raro, puesto que nunca me había llamado antes para tener una entrevista conmigo ni para fijar una cita. Concertamos el día y la hora para reunirme con el obispo en su oficina. Cuando llegó el momento y entré en la oficina, su escritorio estaba completamente despejado, lo cual era poco común porque generalmente se hallaba cubierto de papeles y libros; pero ese día sólo se veían las Escrituras sobre él. Además de hacer que la entrevista fuera formal, papá quería que también fuera una experiencia de aprendizaje para mí.

Una vez que nos sentamos, me alcanzó las Escrituras y me pidió que leyera: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hurtarás, ni cometerás adulterio, ni matarás, ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). La última frase se grabó en mi memoria para siempre.

Hablamos de lo que significa ser moralmente limpio, particularmente de la pureza de pensamientos. Me dijo que casi siempre nuestros pensamientos se convierten en acciones, y que si lo que pensamos es limpio y puro, nunca cometeremos actos que nos impidan tener la recomendación para el templo. Después, tomó las Escrituras y me leyó lo siguiente: Seguir leyendo

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La sagrada ley del diezmo

La sagrada ley del diezmo

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona, Mayo 1991

«Siempre estaré agradecido a mis padres, quienes, desde que tengo uso de razón, nos enseñaron a pagar nuestro diezmo. Nunca he encontrado un fiel pagador del diezmo que no estuviera dispuesto a testificar que las ventanas de los cielos se han abierto y han derramado bendiciones sobre él.»

Siendo joven, en más de una ocasión escuché al presidente Heber J. Grant dar su testimonio, con un firme tono de convicción, concerniente a la sagrada ley del diezmo y a las maravillosas promesas que el Señor ha hecho a los que sean fieles en el pago del diezmo y las ofrendas. Cada vez que lo oí, sus palabras me impresionaron profundamente.

A menudo citaba estas notables palabras del antiguo profeta Malaquías:

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.
“Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado.
“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.
“Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos.
“Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos.” (Malaquías 3:8-12.)

Yo sabía que era el Señor, el Dios de los cielos, quien hacía esas promesas; y sabía que, por ser El quien es, cumple lo que promete.

Siempre estaré agradecido a mis padres, quienes, desde que tengo uso de razón, nos enseñaron a pagar nuestro diezmo. En aquellos días, en el barrio al que pertenecíamos, el obispo no disponía de una oficina en el centro de reuniones, así que íbamos a su casa para el ajuste de diezmos. Todavía recuerdo la sensación de nerviosismo que tenía al entrar en aquella casa, cuando de niño iba a realizar el ajuste de diezmos con el obispo John C. Duncan. La cantidad que pagaba quizás no fuera más que veinticinco centavos, puesto que en esa época de dificultades económicas los niños no teníamos muchos ingresos; pero, según nuestros cálculos infantiles, era exactamente la décima parte de lo que hubiéramos recibido, de acuerdo con este versito que repetíamos en la Escuela Dominical: Seguir leyendo

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Esas preciosas manos

Esas preciosas manos

Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1991

Cuando Jesús de Nazareth impartió sus enseñanzas entre los hombres y ministró entre ellos, no les habló como lo hacían los escribas ni los letrados de aquel tiempo, sino que utilizó un lenguaje comprensible para todos. Jesús les enseñó por medio de parábolas, y sus mensajes conmovieron a quienes los escucharon y los motivaron a llevar una vida nueva. El pastor de la montaña, el sembrador del campo, el pescador con su red—todos se convertían al entender las verdades eternas que enseñaba el Maestro.

El cuerpo humano divinamente creado, con sus verdaderamente admirables poderes y complejos elementos, cobró un nuevo significado cuando el Señor habló de los ojos de los ciegos y de los oídos de los sordos que se abrieron para ver y oír realmente, y de los corazones que se ablandaron y sintieron al recibir el nuevo conocimiento. Al impartir sus enseñanzas, el Salvador hizo mención de los pies, la nariz, el rostro, el costado, la espalda, y fueron notables las ocasiones en las que se refirió a otros miembros realmente peculiares del cuerpo: las manos.

Consideradas por los artistas y escultores como los miembros del cuerpo humano más difíciles de plasmar en un lienzo, o de moldear con arcilla, las manos son una maravilla dignas de contemplar. No hay edad, color, tamaño, ni forma que distorsione ese milagro de la creación.

Hablemos primero de las manos de un niño. ¿Quién de nosotros no ha alabado a Dios o no se ha maravillado de sus poderes al sostener a una criatura entre sus brazos? Esas manitas, tan pequeñas pero tan perfectas a la vez, provocan siempre un tema de conversación. ¿Puede alguien resistir el tierno apretón de las diminutas manos de un bebé? En el acto aflora una sonrisa en nuestros labios y un brillo especial ilumina nuestros ojos. Al reflexionar sobre todo esto, podemos comprender sin lugar a dudas el tipo de sentimientos que inspiraron al poeta a escribir:

Cual dulce retoño humano, que del seno de Dios ha brotado ha venido… el bebé a la tierra a florecer.

A medida que un niño crece, se abre su puño cerrado en una expresión de perfecta confianza, que sugiere: “Tómame de la mano, mamá, para que ya no tenga miedo”. Hay un bello canto que los niños entonan al unísono, y en el cual se refleja una súplica de paciencia, una invitación a la enseñanza y una oportunidad para servir, y que dice:

Mis manitas cruzadas y quietas están
Y aunque son muy pequeñas lo bueno harán durante las horas del día he de ver cuántas cosas podrán mis manitas hacer.
Por mis manos buen Padre doy gracias a ti
Y enséñanos siempre a ellas y a mí que sólo contento y feliz es aquel
que es siempre obediente, cumplido y fiel.
(Canta Conmigo, No. B-74-) Seguir leyendo

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