Cómo llegar a ser verdaderos discípulos

Liahona Octubre 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Cómo llegar a ser verdaderos discípulos

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

youth, woman, man silhouettesEn cada reunión sacramental, tenemos el privilegio de prometer a nuestro Padre Celestial que siempre recordaremos al Salvador y guardaremos Sus mandamientos para que podamos tener Su Espíritu con nosotros (véanse Moroni 4:35:2D. y C. 20:77, 79).  El recordarlo siempre se presentará de manera natural al tomar Su nombre sobre nosotros. Lo hacemos de muchas maneras, pero sobre todo cuando prestamos servicio a los demás en Su nombre, leemos Sus santas palabras y oramos para saber lo que Él querría que hiciéramos.

Eso me sucedió cuando llevé a cabo el bautismo de un joven. Sabía que los siervos ordenados del Salvador me habían llamado como misionero para enseñar Su evangelio y para testificar de Él y de Su verdadera Iglesia. Mi compañero de misión y yo le habíamos prometido al joven que sería purificado por el poder de la expiación de Jesucristo al arrepentirse con fe en el Salvador y ser bautizado por uno de Sus siervos autorizados.

Al levantar al joven de las aguas de la pila bautismal, me susurró al oído: “Estoy limpio, estoy limpio”. En ese momento, recordé el bautismo del Salvador por parte de Juan el Bautista en el río Jordán. Aun más, recordé que estaba efectuando la obra de salvación de un Salvador resucitado y viviente, acompañado del Espíritu Santo, tal como lo había estado Juan.

Para mí y para cada uno de nosotros, recordar al Salvador puede ser más que confiar en un recuerdo de nuestro conocimiento y experiencias con Él. Cada día podemos tomar decisiones que nos acerquen a Él en este momento.

La opción más sencilla puede ser leer las Escrituras. Al hacerlo, podemos lograr el sentimiento de estar cerca de Él. En lo personal, yo percibo esa cercanía con más frecuencia cuando leo el Libro de Mormón. En los primeros minutos que leo los capítulos de 2 Nefi, escucho en mi mente las voces de Nefi y de Lehi que describen al Salvador como si lo conociesen personalmente; se percibe una cercanía.

En el caso de ustedes, otros lugares de las Escrituras los pueden acercar especialmente a Él. Sin embargo, dondequiera y siempre que lean la palabra de Dios, con humildad y verdadera intención de recordar al Salvador, aumentarán su deseo de tomar Su nombre sobre ustedes en su vida diaria.

Ese deseo cambiará la forma en que prestan servicio en la Iglesia del Señor. Ustedes suplicarán ayuda al Padre Celestial para magnificar incluso lo que les pueda parecer un llamamiento insignificante. La ayuda que pedirán es la facultad de olvidarse de ustedes mismos y concentrarse más en lo que el Salvador desea para aquellos a quienes ustedes son llamados a servir.

He sentido la mano y la cercanía de Dios en mi servicio para con nuestros hijos cuando oré para saber cómo ayudarlos a encontrar la paz que solo el Evangelio nos brinda. En esos momentos, no me preocupaba que me vieran como un padre competente, pero sí me preocupaba profundamente el éxito y el bienestar de mis hijos.

El deseo de dar a quienes prestamos servicio lo que el Salvador les daría conduce a oraciones que son una súplica al Padre Celestial, verdaderamente en el nombre de Jesucristo. Cuando oramos de esa manera —en nombre del Salvador, con fe en Él— el Padre responde. Él envía al Espíritu Santo para guiarnos, consolarnos y alentarnos. A causa de que el Espíritu siempre da testimonio del Salvador (véanse 3 Nefi 11:32, 3628:11Éter 12:41), nuestra capacidad para amar al Señor con todo nuestro corazón, mente y fuerza aumenta (véanse Marcos 12:30Lucas 10:27D. y C. 59:5).

Las bendiciones de recordar a diario y de manera activa se recibirán lenta y constantemente a medida que lo sirvamos a Él, nos deleitemos con Su palabra y oremos con fe en Su nombre. Y ese recuerdo influirá en nosotros para convertirnos en verdaderos discípulos del Señor Jesucristo en Su reino en esta tierra, y más tarde con Su Padre en el glorioso mundo venidero.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Eyring nos aconseja recordar al Salvador siempre al tomar decisiones diarias para acercarnos a Él. Con aquellos a quienes enseña, podría leer las oraciones sacramentales, que describen el convenio de recordar siempre al Señor (véanse  Moroni 4:35:2D. y C. 20:77, 79). Podría invitar a aquellos a quienes enseña a escribir una lista de cosas que podrían hacer todos los días para recordar al Salvador. También podría invitarlos a orar al Padre Celestial por el éxito y el bienestar mutuo. Podría orar por ellos de la misma manera.

Jóvenes
Cómo recordar al Señor todos los días

young man praying and young woman reading scriptures

Amigos, deberes escolares, otras tareas, TV; hay tantas cosas que reclaman nuestra atención, pero, cada semana, prometemos a nuestro Padre Celestial “que siempre [nos acordamos] de [Su Hijo Jesucristo]” (D. y C. 20:79).

El presidente Eyring dice que “cada día podemos tomar decisiones” que nos ayudan a recordar al Salvador. Este mes podrías fijar la meta de recordar más al Salvador cada día. Podrías hacer un calendario y comprometerte a hacer una cosa por día para edificar tu relación con Él. El presidente Eyring menciona cosas como leer las Escrituras, orar con fe y prestar servicio al Salvador y a los demás. Además, se puede escribir en el diario personal, asistir a las reuniones de la Iglesia, escuchar la conferencia general, ir al templo, cantar himnos, ¡la lista es interminable! Al recordar al Salvador cada día, el presidente Eyring promete que “las bendiciones… se recibirán lenta y constantemente… [e] influirá en nosotros para convertirnos en verdaderos discípulos del Señor Jesucristo”.

 

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Un elefante en el aula

Liahona Octubre 2017
ENSEÑAR A LA MANERA DEL SALVADOR

Un elefante en el aula

Por Jessica Griffith y Richard M. Romney
Revistas de la Iglesia

Las reuniones del consejo de maestros no solo están cambiando la forma en que enseñamos, sino que están cambiando la forma en que aprendemos.

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Mzwakhe Sitole se enfrenta a un desafío. Como presidente de la Escuela Dominical del barrio, él tiene la responsabilidad que Dios le ha dado de ayudar a mejorar el aprendizaje y la enseñanza del Evangelio en el barrio1.

No obstante, los miembros de su barrio de Johannesburgo, Sudáfrica, tienen, en algunos casos, antecedentes y expectativas muy diferentes; algunos tienen una buena educación, mientras que otros no. A muchos se les ha enseñado que el lugar de un alumno es escuchar, no hablar. Otros enfrentan una difícil batalla cultural al comprender que, tanto hombres como mujeres, deben participar en la enseñanza en la Iglesia y en el hogar.

“También tenemos personas que hablan diferentes idiomas”, afirma el hermano Sitole, “pero el Espíritu desea influir en cada uno”.

El año pasado, cuando se presentaron las reuniones del consejo de maestros y Enseñar a la manera del Salvador, los barrios y las ramas de toda la Iglesia comenzaron a efectuar reuniones de consejo de maestros a fin de analizar, aprender y practicar lo que significa enseñar a la manera del Salvador.

Fue cuando el hermano Sitole comenzó a ver cómo las reuniones de consejo de maestros podrían bendecir a su barrio. Se podrían abordar desafíos culturales, la participación en la clase podría aumentar, y las diferentes perspectivas de los miembros se podrían convertir en bendiciones.

Al igual que muchas otras personas alrededor del mundo, el hermano Sitole se dio cuenta de que el Señor no utiliza las reuniones de consejo de maestros solo para cambiar la forma en que enseñamos; se vale de ellas para cambiar también la forma en que aprendemos.

Un elefante con una perspectiva singular

Uno de los descubrimientos más interesantes del hermano Sitole fue que a medida que los maestros capacitan a los alumnos para participar en su propio aprendizaje, todos se benefician de la amplia visión que brindan las diferentes perspectivas.

El hermano Sitole percibió esa noción durante una reunión del consejo de maestros, cuando un miembro del barrio compartió la parábola de los hombres ciegos y el elefante, pero con una perspectiva singular. La parábola dice que seis hombres ciegos, cada uno por separado, describen de manera diferente a un elefante (una pierna es como un pilar, la cola es como una soga, la trompa es como un tubo de desagüe, etc.) porque cada uno toca una parte diferente del animal2.

parts of an elephant

“Pero supongamos que el elefante representa la enseñanza del Evangelio”, dice el hermano Sitole. “Entonces es necesario que permitamos que cada miembro de la clase comparta su punto de vista, de modo que juntos lleguemos a un entendimiento común de la forma en que el Evangelio nos bendice a todos”.

Por esa razón, los maestros del barrio del hermano Sitole siempre se sientan alrededor de una mesa durante la reunión del consejo de maestros a fin de facilitar el análisis. “Nos recuerda que todos tienen igual voz”, dice.

Según sus necesidades

En Tokio, Japón, Natsuko Soejima dudaba que pudiera enseñar. “Cuando me llamaron para ser maestra de jóvenes en la Escuela Dominical”, dice, “le dije al obispo que tendría miedo, pero él dijo que el llamamiento era de Dios, así que acepté”.

Como grupo, la clase la intimidaba debido a los desafíos individuales que ellos presentaban. Dos de los jóvenes tenían discapacidades auditivas y algunos miembros de la clase que se habían trasladado a Japón de otros países solo hablaban inglés. También temía la diferencia de edad entre ella y los miembros de la clase.

Entonces, en una reunión del consejo de maestros, la hermana Soejima encontró la respuesta. “Hablamos de amar a cada uno de los miembros de la clase, de aprender sus nombres, de orar por cada uno de ellos y de enseñar, con la guía del Espíritu, según sus necesidades”, explica, “así que es lo que empecé a hacer”. También hizo algo más que había aprendido en el consejo: “Utilicé palabras que transmitían mi amor”.

¿Cuál fue el resultado? “Mi corazón cambió; comencé a sentir afecto por mis alumnos; me preocupaba por los que faltaban y también oraba por ellos. Tan pronto como terminaba una lección, empezaba a prepararme para la siguiente, para tener tiempo de pensar en oportunidades para la enseñanza. Me sentía muy feliz”.

Respuestas específicas

Brad Wilson, presidente de Escuela Dominical en Minnesota, EE. UU., se asegura de que los maestros que asisten a la reunión del consejo de maestros no se vayan hasta que hayan hablado sobre cómo van a cambiar debido a lo que han aprendido.

“Seguimos el bosquejo que figura en Enseñar a la manera del Salvador”, dice el hermano Wilson. “Hablamos sobre las experiencias de los maestros, y luego tratamos uno de los temas sugeridos. Como facilitador, hago preguntas y resumo ideas. Después practicamos la implementación; nos dividimos en pequeños grupos y analizamos lo siguiente: ‘¿Qué voy a hacer de manera diferente debido a nuestra reunión de hoy?’”.

Ron Goodson, maestro de cuórum de diáconos en el mismo barrio, dice que está impresionado al ver cómo el hermano Wilson “entrena” al consejo. “Hablamos de cómo el Salvador enseñaría”, dice. “Entonces, al sentir el Espíritu, uno piensa: ‘Eso es algo que debo tratar de hacer en mi clase’. Pensar en el Salvador cambia el modo de abordar el tema. No se centra en ‘Tengo que preparar una lección’, sino más en ‘¿Qué necesitan estos diáconos y cómo puedo contribuir a proporcionárselo?’”.

Se acuerda de escribir en su diario: “Hoy asistí a la reunión del consejo de maestros, y esto es lo que tengo que hacer”. De hecho, su diario está lleno de notas como esas. Él ahora se prepara de antemano: “Empieza por adelantado y recibirás impresiones durante toda la semana”. Pregunta a los diáconos qué está pasando en sus vidas: “Soy más eficaz en ayudarlos cuando los conozco mejor”, y los invita a que lo ayuden a enseñar: “Al hacerlo, también aprenden mejor”3.

Seguí cantando

“En nuestro consejo, hablamos sobre cómo la música puede invitar al Espíritu”, dice Jocelyn Herrington, maestra de la Primaria en el mismo barrio de Minnesota. “Más tarde, enseñaba a los Rayitos de Sol y pensé: ‘Voy a cantar mientras están coloreando, y será lindo’. Comencé a cantar, y todos se detuvieron y escucharon, así que seguí cantando. Se sintió el Espíritu, y cuando terminé, ellos fueron reverentes mientras esperaban que yo hablara. También habíamos hablado de eso [en el consejo], de dar testimonio cuando se presentara la oportunidad, así que di mi testimonio en palabras que pudieron entender”.

La hermana Herrington dice que aprecia que se incluya a los maestros de la Primaria en las reuniones de consejo. “Hablamos de enseñar a adultos”, dice, “pero luego el hermano Wilson dice: ‘¿Qué piensa sobre enseñar a los jóvenes? ¿Qué piensa sobre enseñar a los niños?’. Él vuelve nuestra atención al hecho de que allí se encuentran todos los niveles de edades”.

De consejo a consejo

Adam Martin, presidente de Escuela Dominical de barrio en Calgary, Alberta, Canadá, dice que aprecia las sugerencias del consejo de barrio. “La presidenta de la Sociedad de Socorro o el presidente del cuórum de élderes dicen: ‘Nos gustaría que los maestros se centraran en esto’, y por eso lo mencionamos en [la reunión de] consejo de maestros”, dice.

Cuando comenzaron las reuniones del consejo de maestros, estos no estaban seguros de qué esperar, así que él envió muchas invitaciones personales y presentó los materiales de capacitación disponibles en teaching.lds.org. “Ahora las reuniones se llevan a cabo con regularidad”, dice. “Ellos saben que es un lugar donde se puede hablar de lo que está pasando”.

Una reunión reciente se centró en seguir al Espíritu. “Hablamos de prepararnos bien, pero de no preocuparnos por cubrir todo el material”, dice. “Una hermana dijo que siempre había pensado que necesitaba hablar sobre cada tema del plan de la lección. Podía verse cómo se le iluminaba el rostro cuando hablamos de seguir la inspiración cuando como maestros dirigimos un análisis de un tema”.

Encontrar soluciones juntos

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Cada situación de enseñanza incluye sus propias oportunidades, desafíos y posibles bendiciones. Es por eso que los consejos son eficaces, ya que permiten que los maestros, con la ayuda del Espíritu, busquen y encuentren respuestas a sus desafíos específicos.

Geoffrey Reid, presidente de Escuela Dominical de una estaca en Arizona, EE. UU., dice que las reuniones de consejo de maestros funcionan mejor cuando los maestros entienden que su propósito es aconsejar: “Entonces ven que pueden ayudarse mutuamente”.

La estaca, dice, se está centrando en ayudar a los maestros a cambiar su modo de pensar, de decir “¿Desempeño bien mi asignación?” a que piensen: “¿Cómo se recibe el mensaje?”.

Marisa Canova, maestra de Primaria en dicha estaca, dice que en respuesta a una impresión que sintió en el consejo de maestros, ahora anima a los miembros de la clase Valientes 8 a orar los unos por los otros. Eso fue eficaz, pero tal vez no dé resultados de la misma manera para una clase de adultos. “Orar por cada miembro de una clase numerosa de Doctrina del Evangelio puede ser abrumador”, dice. “Afortunadamente, esos maestros dicen: ‘¿Cómo podemos adaptarlo a nuestra clase?’. Y encontramos soluciones juntos.

“Lo que que me gusta de las reuniones del consejo de maestros”, dice ella, “es que nos dan tiempo para reflexionar cómo lo estamos haciendo y qué estamos haciendo. Es útil contar con apoyo y evaluación, considerando que todos están luchando por lograr la misma meta. También me gustan las diferentes perspectivas que aportan las diferentes personas. Me ayuda a considerar cosas que definitivamente no habría considerado por mi cuenta”.

A medida que participamos y compartimos ideas en las reuniones de consejo de maestros, nuestra visión del elefante llamada “enseñanza del Evangelio” comienza a esclarecerse. Al igual que el hermano Sitole, de África, muchos miembros de la Iglesia están descubriendo que a medida que mejora nuestra aptitud para enseñar a la manera del Salvador, no solo cambia la manera en que enseñamos, sino también la manera en que aprendemos.

Información adicional

Para aprender más en cuanto a las reuniones de consejo de maestros y Enseñar a la manera del Salvador, visite teaching.lds.org.

 

Notas

1. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 12.2.2.
2. La parábola se incluye en el discurso de Dieter F. Uchtdorf, “¿Qué es la verdad?” (Devocional para jóvenes adultos del Sistema Educativo de la Iglesia, 13 de enero de 2013), broadcasts.lds.org; y Dieter F. Uchtdorf, “What Is the Truth?”, Friend, marzo de 2017, pág. 2.
3. Para sugerencias adicionales, véase “Cómo ayudar a los jóvenes a enseñar”, de Brian K. Ashton, Liahona, agosto de 2016, págs. 24–25.

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No es demasiado tarde para una segunda oportunidad

Liahona Octubre 2017
HABLAMOS DE CRISTO

No es demasiado tarde para una segunda oportunidad

Por Amber Jensen
La autora vive en Virginia, EE. UU.

El padre de una de mis alumnas que tenía dificultades le dijo a su hija: “No es demasiado tarde para que tengas éxito”. El Señor nos da el mismo mensaje.

father and daughter at a parent teacher conference

Sandra era una alumna en mi clase de inglés avanzado. Durante varias semanas del año, no había hecho ninguna de las tareas o proyectos; se pasaba el tiempo soñando despierta en su escritorio e inventaba excusas para explicar por qué no había completado sus tareas y no demostraba ni la actitud ni el trabajo necesario para tener éxito en un curso tan exigente.

Su consejero y yo decidimos concertar una conferencia con Sandra, con su padre y algunos de los otros maestros para determinar qué dirección debía tomar: ¿debería abandonar los cursos avanzados y en vez de ello tomar los regulares? Lo más importante en lo que todos pensábamos era: ¿podríamos encontrar la manera de ayudar a Sandra a tener éxito?

Considerando que a Sandra se le habían dado muchas oportunidades de triunfar pero en lugar de eso había elegido fracasar, entré en la reunión sintiéndome muy desanimada. En mi interior, tenía la esperanza de que decidiera abandonar mi clase y que ya no tuviera que preocuparme por ella. Pensé que había hecho todo lo posible y que ya era demasiado tarde.

En la reunión, el modo de comportarse reveló que Sandra también dudaba de su capacidad para tener éxito. Ella fijó la mirada en la mesa mientras le hablaba de su fracaso en la clase de inglés. Cuando su maestro de historia confirmó que Sandra también estaba fallando en su clase, su cuerpo se sumió aún más en la silla y pude ver que las lágrimas le rodaban por el rostro.

Haciendo acopio de compasión, le expliqué a ella y a su padre que si Sandra quería tener éxito en esos cursos difíciles, iba a tener que cambiar el comportamiento que la había hundido en ese hoyo y que iba a ser sumamente difícil.

Un mensaje de su padre

El consejero entonces se dirigió al padre de Sandra, un hombre con poca educación que parecía incómodo en el ambiente escolar. El consejero le preguntó si tenía alguna pregunta para los maestros. Dijo que no y nos agradeció lo que habíamos hecho por Sandra, pero después dijo que tenía algo que decirle a su hija.

Tuve un mal presentimiento. Había formado parte de algunas conferencias de padres y maestros donde los padres habían reprendido verbalmente a sus hijos delante de los maestros y consejeros, criticándolos por su pereza y falta de atención y motivación. Me preparé para volver a oír la misma cosa.

Lo que escuché me sorprendió. El humilde padre de Sandra se volvió hacia su llorosa hija de 16 años que estaba consumida por la vergüenza y el pesar y le dijo: “No es demasiado tarde; no es demasiado tarde para que logres el éxito. De verdad no es demasiado tarde”.

Salí de esa reunión agradecida por su reacción amorosa, pero preocupada porque él no tenía idea de lo que haría falta a esas alturas para que su hija saliera adelante. Parecía imposible. Más tarde llegó la noticia de que ella había decidido abandonar su clase de historia, pero no mi clase de inglés.

Más tarde ese día, mientras me arrodillaba en oración, considerando mis propias fallas y pidiendo a mi Padre Celestial que me perdonara, me di cuenta de lo mucho que tenía que aprender del padre de Sandra. Las inseguridades y los sentimientos de ineptitud en mi propia vida a veces hacían que me preguntara si era digna o merecedora de una segunda oportunidad. En esos momentos, el Señor, al igual que el padre de Sandra, prefirió no reprenderme, sino tranquilizarme: “No es demasiado tarde, hija mía. No es demasiado tarde”.

El mensaje del Evangelio

¿Cuántas veces hemos creído en el mensaje del adversario de que no hay esperanzas para nosotros? Sin embargo, los profetas nos dicen lo contrario. Isaías proclama: “… vuélvase a Jehová, quien tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, quien será amplio en perdonar” (Isaías 55:7).  Mormón añade su testimonio: “Cuantas veces se arrepentían y pedían perdón, con verdadera intención, se les perdonaba”(Moroni 6:8). El gozo del Evangelio es que nunca es demasiado tarde, ya que con la frecuencia que procuremos el perdón, la redención del Señor nos permitirá comenzar de nuevo.

Sandra, que tuvo la motivación para empezar de nuevo, hizo cambios lentos pero significativos. La transformación no fue fácil: requería un esfuerzo diario para superar sus malos h’abitos, pero vio las recompensas de sus esfuerzos a medida que sus calificaciones mejoraron gradualmente.

Desde la perspectiva del Evangelio, nuestra calificación final no tendrá en cuenta el tiempo que vacilamos o cuánto nos hayamos alejado de la Iglesia. En vez de ello, el Señor juzgará nuestras vidas según la dirección hacia la que nos dirigimos, cómo nos hemos arrepentido y cuánto hemos confiado en la expiación del Señor.

Debido a mi escaso entendimiento, había dudado de la capacidad que tenía Sandra para superar los errores de su pasado. Por el contrario, nuestro Padre perfecto nunca pierde esperanza en la capacidad de Sus hijos de alcanzar la salvación al ser perfeccionados en Cristo. No importa cuánto nos hayamos desviado, Él siempre buscará a la oveja descarriada. El Señor nos suplica que ya no andemos como extraños en el pecado, sino que lo busquemos con esperanza y disfrutemos de las bendiciones de Su expiación infinita. De verdad, nunca es demasiado tarde.

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Un carácter cristiano

Liahona Octubre 2017

Un carácter cristiano

Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

De un discurso pronunciado en el Simposio de Religión de la Universidad Brigham Young–Idaho del 25 de enero de 2003.

Jesús, el que más sufrió, tiene la mayor compasión por todos nosotros que sufrimos mucho menos.

 

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El élder Neal A. Maxwell (1926–2004) enseñó un principio que me ha impresionado profundamente y ha sido el objeto principal de gran parte de mi estudio, reflexión y meditación. Dijo: “¡No podría haber habido Expiación si no fuera por el carácter de Cristo!”1. Desde que escuché aquella afirmación directa y penetrante he tratado de aprender más sobre la palabra “carácter” y comprenderla mejor. Además, he meditado acerca de la relación que existe entre el carácter de Cristo y Su expiación; así como lo que implica dicha relación para cada uno de nosotros como discípulos.

El carácter del Señor Jesucristo

Tal vez el mayor indicador del carácter sea la capacidad de distinguir y reaccionar adecuadamente ante otras personas que experimentan el mismo reto o la misma adversidad que nos abruma a nosotros del modo más inmediato e impetuoso. El carácter se pone de manifiesto, por ejemplo, en la facultad de discernir el sufrimiento de los demás mientras nosotros mismos sufrimos; en la capacidad de detectar el hambre de otras personas mientras nosotros tenemos hambre; y en la facultad de tender la mano y mostrar compasión ante la agonía espiritual de otros cuando nosotros estamos en medio de nuestras propias aflicciones espirituales. Así, pues, el carácter se demuestra al mirar al exterior y tender la mano a los demás, cuando la reacción natural e instintiva es abstraerse y pensar en uno mismo. Si tal capacidad es en verdad el criterio supremo del carácter moral, entonces el Salvador del mundo es el ejemplo perfecto de dicho carácter constante y caritativo.

Algunos ejemplos del carácter de Cristo

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En el aposento alto, la noche de la última cena, la misma noche en la cual padecería el mayor sufrimiento que haya tenido lugar en todos los mundos que Él ha creado, Cristo habló acerca del Consolador y de la paz:

“Estas cosas os he hablado estando con vosotros.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:25–27).

Mientras comprendía que Él mismo estaba por experimentar de manera intensa y personal la ausencia tanto de consuelo como de paz, y en un momento en el que Su corazón quizás se hallaba atribulado y temeroso, el Maestro tendió la mano y ofreció a los demás las mismas bendiciones que podrían y lo habrían fortalecido.

En la gran Oración Intercesora, que se ofreció inmediatamente antes que Jesús fuera con Sus discípulos al otro lado del arroyo Cedrón hasta el huerto de Getsemaní, el Maestro oró por Sus discípulos y por todos “los que han de creer en mí por la palabra de ellos;

“para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…

“Para que sean perfeccionados en uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos, como también a mí me has amado…

“y yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos”  (Juan 17:20, 21, 23, 26).

Al meditar sobre este y otros acontecimientos que tuvieron lugar tan próximos a Su entrega y a Su sufrimiento en el huerto y a Su traición, me planteo repetidamente las siguientes preguntas: ¿Cómo podía orar por el bienestar y la unidad de los demás inmediatamente antes de Sus propias aflicciones? ¿Qué le daba la capacidad de procurar consuelo y paz para aquellos cuya necesidad era mucho menor que la de Él? Mientras la naturaleza caída del mundo que Él había creado se cernía sobre Él, ¿cómo podía centrarse de manera tan total y exclusiva en las condiciones y los problemas de los demás? ¿Cómo pudo el Maestro tender la mano a los demás cuando un ser inferior se hubiera centrado en sí mismo? Cierta declaración del élder Maxwell ofrece respuesta a cada una de esas elocuentes preguntas:

“El carácter del Señor proporcionó necesariamente el cimiento para Su extraordinaria expiación. Sin el carácter sublime de Jesús, ¡no podría haber habido ninguna Expiación sublime! Su carácter es tal que sufrió ‘tentaciones de todas clases’(Alma 7:11), sin embargo, ‘no hizo caso de ellas’ (D. y C. 20:22).”2

Jesús, quien padeció lo peor, tiene la máxima compasión por todos nosotros, quienes padecemos muchísimo menos. De hecho, la profundidad del sufrimiento y de la compasión está estrechamente ligada a la profundidad del amor que siente quien ministra.

Procurar la caridad de manera activa

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En la vida terrenal, podemos procurar que se nos bendiga con los elementos esenciales de un carácter cristiano y cultivarlos. Ciertamente, es posible que nosotros, como seres mortales, nos esforcemos en rectitud a fin de recibir los dones espirituales relacionados con la capacidad de tender la mano a los demás y reaccionar adecuadamente ante otras personas que experimentan el mismo reto o la misma adversidad que nos abruma a nosotros del modo más inmediato e impetuoso. No podemos lograr tal capacidad meramente mediante la fuerza de voluntad ni la determinación personal. Más bien, dependemos de “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” y los necesitamos (2 Nefi 2:8). Pero “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30) y “con el transcurso del tiempo” (Moisés 7:21), se nos faculta para tender la mano a los demás, cuando la tendencia natural es centrarnos en nosotros mismos.

Permítanme indicar que ustedes y yo debemos orar, anhelar, esforzarnos y trabajar a fin de cultivar un carácter semejante al de Cristo si tenemos la esperanza de recibir el don espiritual de la caridad: el amor puro de Cristo. La caridad no es un rasgo ni una característica que adquirimos exclusivamente mediante nuestra propia y firme persistencia y determinación. De hecho, debemos honrar nuestros convenios, vivir de forma digna y hacer todo lo que podamos para ser merecedores del don; pero, en última instancia, el don de la caridad nos posee a nosotros y no nosotros a él (véase Moroni 7:47). El Señor determina si recibimos y cuándo recibimos todos los dones espirituales, pero nosotros debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para desear, ansiar, invitar y merecer tales dones. Al actuar cada vez más de manera congruente con el carácter de Cristo, entonces quizás indicamos a los cielos de un modo más elocuente nuestro deseo de recibir el don supremo de la caridad. Y es claro que se nos bendice con ese maravilloso don conforme tendemos la mano a los demás cada vez más, mientras que, por lo general, el hombre o la mujer natural de nuestro interior se centraría en sí mismo.

Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito del Padre Eterno. Sé que Él vive. Y testifico que Su carácter nos hizo posible tener las oportunidades tanto de la inmortalidad como de la vida eterna. Ruego que tendamos la mano a los demás aunque nuestra tendencia natural sea centrarnos en nosotros mismos.

Notas

1. Neal A. Maxwell, “The Holy Ghost: Glorifying Christ,” Ensign, julio de 2002, pág. 58.
2. Neal A. Maxwell, “O How Great the Plan of Our God!” (discurso dirigido a educadores religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia el 3 de febrero de 1995), pág. 6, si.lds.org.

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Cinco lecciones de jóvenes apóstoles para los jóvenes adultos

Liahona Octubre 2017

Cinco lecciones de jóvenes apóstoles para los jóvenes adultos

Por Matthew C. Godfrey
Departamento de Historia de la Iglesia

¿Qué podemos aprender hoy en día de las experiencias de los primeros apóstoles de la Restauración?

Tenían entre 23 y 35 años de edad; sin embargo, contribuyeron a cambiar el mundo. Los primeros apóstoles de la Iglesia restaurada eran personas jóvenes. Algunos de ellos no se sentían aptos; algunos cometieron errores; pero todos marcaron una diferencia. A continuación, hay cinco lecciones que podemos aprender de sus vivencias.

1. No hace falta que te sientas lo suficientemente bueno para que lo seas

Heber C. Kimball

Heber C. Kimball se sentía incapaz cuando recibió su llamamiento al Cuórum de los Doce Apóstoles en febrero de 1835. Había pertenecido a la Iglesia menos de tres años y solo tenía 33 años de edad.

“Excedía por mucho mis expectativas”, rememoró Heber más adelante1. Sin embargo, estaba dispuesto a aceptar el llamamiento, y cuando se lo bendijo en su ordenación se le dijo “que muchos millones de personas se convertirían por conducto de él”2.

Como Apóstol, prestó servicio con gran éxito en dos misiones en Inglaterra. Convirtió a una multitud de personas cuyos descendientes bien podrían ascender a millones en la actualidad. El seguir adelante, aun cuando Heber sentía que tenía muy poco para dar, lo bendijo a él y a muchas otras personas.

2. Son las decisiones las que nos definen, y no las circunstancias

Thomas B. Marsh

Thomas B. Marsh huyó de su casa de New Hampshire a la edad de 14 años. Trabajó como obrero agrícola en Vermont; como mesero en Albany, Nueva York; en un hotel de la ciudad de Nueva York; y luego como criado en Long Island. Sus circunstancias fueron poco estables hasta que conoció a Elizabeth Godkin y se casó con ella.

Con el tiempo, el Espíritu condujo a él y a Elizabeth a la zona occidental de Nueva York; allí escucharon sobre el Libro de Mormón. Thomas vio copias de las primeras dieciséis páginas al salir de la imprenta, y el impresor le permitió leer la hoja de prueba de impresión. Al creer que el libro era de Dios, Thomas decidió unirse a la Iglesia. Se bautizó el 3 de septiembre de 18303.

Thomas predicó el Evangelio en diversas áreas. Sobrellevó tribulaciones cuando se expulsó a los santos del condado de Jackson, Misuri en noviembre de 1833. Fue uno de los primeros miembros del sumo consejo de Misuri cuando se organizó en julio de 1834. Después de su llamamiento como Apóstol a la edad de 34 años, prestó servicio como Presidente del Cuórum de los Doce. A pesar de que en el pasado había defendido fervientemente a José Smith contra los disidentes, con el tiempo, Thomas se sintió desilusionado. En 1838 decidió abandonar la Iglesia4.

De Thomas Marsh aprendemos que las circunstancias poco estables no tienen por qué impedir que recibamos las bendiciones del Evangelio ni que bendigamos la vida de otras personas.

3. Ten cuidado: Nadie es tan bueno como para no caer

Lyman Johnson

Lyman Johnson fue el más joven de los que se llamó: tenía 23 años y 4 meses de edad en aquel momento. Había sido ordenado sumo sacerdote pocos días después de cumplir 20 años en 1831, y había servido en varias misiones de la Iglesia. Mientras se encontraba en una de ellas, predicó un sermón que se ha recordado como “uno de los más potentes testimonios concernientes a la misión de José Smith y a la gran obra de los últimos días”5.

Desafortunadamente, el servicio de Lyman como Apóstol no duró mucho. Durante la agitación económica de 1837 en Kirtland, Ohio, se volvió en contra de José Smith. Lyman fue excomulgado en 1838.

Independientemente de lo bien que pudiera predicar, sin importar el oficio que tuviese en la Iglesia, aun así, Lyman se apartó y cayó. Brigham Young dijo que Lyman admitió más adelante que deseaba seguir creyendo en el Evangelio: “Me sentía lleno de gozo y alegría… Era feliz de noche y de día… Pero ahora todo es oscuridad, pesar, tristeza e infortunio en extremo”6.

4. La obediencia no garantiza una vida sencilla, pero vale la pena

Parley P. Pratt

Después que se ordenó Apóstol a Parley P. Pratt, Oliver Cowdery, uno de los designados para ayudar a escoger a los apóstoles, dio una responsabilidad específica a Parley y le dijo que “tendría que afrontar las mismas dificultades en el cumplimiento de ese ministerio que habían tenido los apóstoles de antaño”. Dijo que Parley afrontaría “recios calabozos y sombrías prisiones”, pero que tales circunstancias no debían intimidarlo, puesto que las pruebas le permitirían “recibir la gloria” que el Señor tenía reservada para él7.

La vida de Parley siguió esa norma. En ocasiones, afrontó la pobreza extrema; experimentó el ridículo mientras predicaba el Evangelio; en 1838 y en 1839 fue encarcelado bajo acusaciones que surgieron de las dificultades que atravesaron los miembros de la Iglesia en Misuri. Sin embargo, Parley también experimentó las bendiciones que Oliver había prometido. Poco tiempo después de su liberación de la cárcel, escribió: “Estamos bien y hemos prosperado en gran manera en el Señor, después de todas nuestras tribulaciones”8.

5. La edad no importa tanto como la fe

Orson Pratt

Orson Pratt, hermano de Parley, era casi el más joven de los apóstoles; ordenado a la edad de 23 años, era solo unas pocas semanas mayor que Lyman Johnson. El servicio que Orson había prestado anteriormente a la Iglesia ofrece un excelente ejemplo del modo en que los jóvenes adultos pueden ser una fuerza para hacer el bien.

Orson se bautizó el 19 de septiembre de 1830, el día en que cumplía 19 años de edad. Poco después, José Smith recibió una revelación dirigida a él que decía que Orson era hijo de Dios, que se le bendecía por haber creído y que su responsabilidad era predicar el Evangelio (véase  D. y C. 34:3–6). De conformidad con ello, Orson prestó servicio en numerosas misiones, entre ellas, en una con Lyman Johnson en 1832 en la que bautizaron a casi cien personas y ordenaron a varios élderes.

Cuando se llamó a Orson como Apóstol, este no se hallaba en Kirtland. El 23 de abril de 1835, en la ciudad de Columbus [EE. UU.], se enteró de que se requería su presencia el 26 de dicho mes en una reunión en Kirtland.

Sin conocer el propósito de la reunión, se encaminó hacia allí de inmediato. Sin saber que había sido llamado como Apóstol, entró mientras la congregación “oraba y deseaba su llegada”9. Al sentir el apoyo de los santos, Orson aceptó el llamamiento.

Como Apóstol, preparó un folleto que contenía el primer relato impreso de la Primera Visión de José Smith. En 1847, en su carácter de pionero, llevó un detallado registro del viaje hacia el Oeste. Además, redactó muchos folletos misionales y fue un firme defensor del Libro de Mormón.

Hoy es diferente… ¿o no?

En muchos sentidos, hoy en día los jóvenes adultos son diferentes de como eran en 1835. No obstante, estas lecciones pueden ayudar a los jóvenes adultos de la actualidad conforme se esfuerzan por vivir a la altura de su potencial. El siguiente es un resumen:

•  Cuando no te consideres apto, sigue adelante de todos modos.
•  Todos afrontamos dificultades; tú puedes vencer las tuyas.
•  Serás más feliz si te mantienes activo en la Iglesia.
•  Mantente dedicado; sé obediente y fiel; las bendiciones llegarán.
•  Tú tienes algo importante para dar. El Señor cuenta contigo.

El llamamiento de los primeros apóstoles de la Restauración

El 8 de febrero de 1835, José Smith pidió a los hermanos Brigham y Joseph Young que cantaran para él. El Profeta recibió entonces la revelación de que era el momento de llamar a los Doce Apóstoles1.

José Smith pidió a Brigham que avisara que se celebraría una conferencia el siguiente sábado; y le dijo a Brigham que él sería uno de los Doce2.

Seis días después, los santos se reunieron. José Smith dijo que uno de los propósitos principales de la reunión era que los Tres Testigos del Libro de Mormón —Oliver Cowdery, David Whitmer y Martin Harris— “escogieran a doce hombres de la Iglesia como Apóstoles”3. Anteriormente, Oliver y David habían recibido aquella asignación en junio de 1829, pero, a pesar de que habían “buscado al Señor mediante el ayuno y la oración” para saber cuáles eran los Doce, el momento aún no era el indicado4. Ahora, dijo José, había llegado el momento.

Los Doce (en el orden en que se presentaron en la reunión) eran Lyman Johnson, de 23 años de edad; Brigham Young, de 33; Heber C. Kimball, de 33; Orson Hyde, de 30; David W. Patten, de 35; Luke Johnson, de 27; William E. McLellin, de 29; John F. Boynton, de 23; Orson Pratt, de 23; William Smith, de 23; Thomas B. Marsh, de 34; y Parley P. Pratt, de 27. Todos ellos habían servido en misiones. Ocho habían acompañado a José Smith en la expedición del Campo de Sion durante el verano anterior5.

Tras su designación, se ordenó a cada uno de los Apóstoles6. Las bendiciones pronunciadas en sus ordenaciones rebosaban de promesas de éxito misional. Heber C. Kimball recordó más adelante que las bendiciones “predijeron muchas cosas que se habrían de verificar; que tendríamos el poder de sanar a los enfermos, echar fuera demonios, devolver la vida a los muertos, dar vista a los ciegos, … mover montañas; y que todas las cosas nos estarían sujetas mediante el nombre de Jesucristo”7.

Oliver Cowdery también recalcó las dificultades que afrontarían: “Estén preparados en todo momento para sacrificar su vida si Dios se lo requiriera para el avance y la edificación de Su causa”. Oliver instó a los apóstoles a procurar conocer personalmente a Jesucristo, a fin de que pudieran testificar de Su existencia con certeza: “Jamás cesen de esforzarse hasta que hayan visto a Dios, cara a cara”8.

A partir de mayo de 1835, los apóstoles emprendieron varias misiones de proselitismo para la Iglesia y su liderazgo general también bendijo a muchas personas.

Notas

1. Véase History, 1838–1856 (Manuscript History of the Church), tomo B–1 [1 de septiembre de 1834–2 de noviembre de 1838]”, apéndices, nota A, pág. 1, josephsmithpapers.org.
2. Véase Joseph Young, History of the Organization of the Seventies, 1878, pág. 1.
3. “Minutes, Discourses, and Blessings, 14–15 February 1835”, en Joseph Smith Papers, documentos, tomo IV, abril de 1834–septiembre de 1835, págs. 224–228.
4. “Minutes and Blessings, 21 February 1835”, en Joseph Smith Papers, documentos, tomo IV, abril de 1834–Septiembre de 1835, págs. 242, 243.
5. Las cuatro personas que no fueron parte del campo eran David W. Patten, Thomas B. Marsh, William E. McLellin y John F. Boynton.
6. Solo nueve de los Doce estuvieron presentes en la reunión del 14 de febrero de 1835. Parley P. Pratt fue ordenado el 21 de febrero de 1835, mientras que Thomas B. Marsh y Orson Pratt fueron ambos ordenados el 26 de abril de 1835.
7. “Extracts from H. C. Kimball’s Journal”, Times and Seasons, 15 de abril de 1845, pág. 868.
8. “Minutes and Blessings, 21 February 1835”, en Joseph Smith Papers, documentos, tomo IV, abril de 1834–septiembre de 1835, pág. 244.
Para conocer más sobre el llamamiento de los primeros Doce Apóstoles de esta dispensación, ve a history.lds.org.


Notas

1. “Extracts from H. C. Kimball’s Journal”, Times and Seasons, 15 de abril de 1845, pág. 868.
2. “Minutes, Discourse, and Blessings, 14–15 February 1835”, en The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo IV: abril de 1834-septiembre de 1835, ed. Matthew C. Godfrey et al, 2016, pág. 229.
3. Véase “History of Thos. Baldwin Marsh”, The Deseret News, 24 de marzo de 1858, pág. 18.
4. Véanse “History of Thos. Baldwin Marsh”, The Deseret News, 24 de marzo de 1858, pág. 18; Kay Darowski, “The Faith and Fall of Thomas Marsh”, en Revelations in Context: The Stories behind the Sections of the Doctrine and Covenants, eds. Matthew McBride y James Goldberg, 2016, págs. 57–59.
5. Edward W. Tullidge, Tullidge’s Histories, 1889, tomo II (suplemento), pág. 175.
6. Brigham Young, discurso pronunciado el 17 de junio de 1877, en Journal of Discourses, tomo XIX, pág. 41.
7. Oliver Cowdery, en “Minutes and Blessings, 21 February, 1835”, en Joseph Smith Papers, Documents, Tomo IV: abril de 1834-septiembre de1835, págs. 240–241.
8. “Letter from Parley P. Pratt, 22 November 1839”, josephsmithpapers.org/paper-summary/letter-from-parley-p-pratt-22-november-1839/1.
9. “Extracts from H. C. Kimball’s Journal”, Times and Seasons, 15 de abril de 1845, pág. 869.

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“Seamos autosuficientes e independientes”

Liahona Octubre 2017

“Seamos autosuficientes e independientes”

A medida que adoptan los principios y las doctrinas de la iniciativa de autosuficiencia de la Iglesia, los Santos de los Últimos Días de todo el mundo están cosechando las bendiciones de “más esperanza, paz y progreso”.

violin maker in workshop

Antes de ser miembro de la Iglesia, Peter Uglow había pasado la mayor parte de su vida adulta en pos del éxito financiero y, por fuera, todo parecía indicar que lo había encontrado. Al fin y al cabo, había sido propietario de varios negocios.

Cuando un líder local de la Iglesia en West Midlands, Inglaterra, lo invitó a unirse a un grupo de finanzas personales que ofrecía la Iglesia a través de su iniciativa para la autosuficiencia, Peter dudó que aquel curso pudiera enseñarle algo. No obstante, una vez que comenzó a asistir al grupo, pronto se dio cuenta de lo mucho que le quedaba por aprender.

“El curso no es solo sobre finanzas; eso es solamente una parte de la historia”, dice. “Lo más importante para mí fue aprender a tener fe en el Padre Celestial, en el modo en que Él nos provee todas las bendiciones temporales y abre las puertas a la verdadera autosuficiencia si seguimos Su guía espiritual”.

Como miembro de un grupo de finanzas personales, Peter aprendió habilidades prácticas, como llevar un control de los gastos familiares, hacer un presupuesto y vivir dentro del mismo, reducir la deuda y ahorrar para el futuro. Al utilizar estas habilidades, ejerciendo la fe en Jesucristo y trabajando duro, Peter y su esposa saldaron una enorme deuda.

“Me siento mucho más ligero y más libre sin el miedo que acompaña a la deuda y al caos financiero”, dice. “Siento las abundantes bendiciones del Padre Celestial de una manera que nunca había sentido antes. He aprendido la manera de pedir y escuchar Sus respuestas cuando necesito ayuda con mis asuntos temporales”.

Iniciativa de autosuficiencia

La autosuficiencia es más que tener un buen trabajo, alimentos almacenados o dinero en el banco. Más bien es “la capacidad, el compromiso y el esfuerzo de proporcionar los elementos espirituales y temporales indispensables para sostener la vida de uno mismo y de la familia. Conforme los miembros [de la Iglesia] llegan a ser autosuficientes, también tienen mayor capacidad para servir y cuidar de los demás”1. al tiempo que dejan que el trabajo ocupe su trono como principio gobernante en sus vidas.

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “La autosuficiencia es el producto de nuestro trabajo y es el fundamento de todas las demás formas de poner en práctica esta obra. Es un elemento esencial para nuestro bienestar espiritual tanto como para el temporal… ‘Trabajemos por aquello que necesitamos. Debemos ser autosuficientes e independientes, porque no se obtiene la salvación por otro principio. La salvación es un asunto individual y cada quien debe labrar la suya en las cosas temporales y en las espirituales’”2.

Bajo la dirección de los líderes locales del sacerdocio, más de quinientos mil Santos de los Últimos Días en más de cien países han participado desde 2014 en la iniciativa para la autosuficiencia. Ahora la Iglesia está presentando esta iniciativa por toda Norteamérica.

La iniciativa incluye cursos y recursos “para ayudar a los miembros de la Iglesia a aprender y a poner en práctica los principios de la fe, la educación, el trabajo arduo y la confianza en el Señor. El aceptar y vivir esos principios”, dice la Primera Presidencia, “[nos] permitirá recibir las bendiciones temporales prometidas por el Señor”3.

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Feliz y esperanzada

Maria Edilene Romão había perdido la esperanza. No podía encontrar trabajo, era madre soltera y tenía varios hijos a los que alimentar.

Fue entonces cuando dos miembros de su barrio en Santa Catarina, Brasil, la invitaron a un devocional de autosuficiencia. Al final del devocional, Maria se unió a un grupo para ayudarla a encontrar trabajo.

“Por primera vez en mi vida creí en un futuro en el que podría cuidar de mi familia”, recuerda. “Confiaba en que el grupo de autosuficiencia me ayudaría a cambiar mi vida”.

Y así fue.

Durante las doce semanas que siguieron, Maria se dedicó en cuerpo y alma a su grupo, a sus estudios y a sus compromisos. Con energías renovadas trabajó para alcanzar sus metas. Practicó técnicas de entrevistas de trabajo y en dos semanas consiguió tener una prometedora entrevista laboral. De esa entrevista le salió un trabajo.

“Mi vida ha cambiado para siempre”, dice Maria, que ya no tiene problemas para alimentar a su familia. “Ahora soy feliz, estoy emocionada, tengo paciencia y esperanza. Sé que el Padre Celestial vive y que me ama. Sé que, cuando ejerzo mi fe en Jesucristo, soy bendecida”.

“La herramienta más fabulosa”

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La autosuficiencia es un medio para alcanzar un propósito mayor, dijo el élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “La meta final es llegar a ser como el Salvador, y el servicio desinteresado a los demás realza dicha meta. Nuestra capacidad para servir aumenta o disminuye según el nivel de nuestra autosuficiencia”.

Solo cuando llegamos a ser autosuficientes, añadió el élder Hales, “podemos en verdad emular al Salvador al servir y bendecir a los demás”4.

Sergio Galbuchi aprendió esta verdad por sí mismo cuando abrió su propio negocio poco después de que la presidencia de estaca lo llamara como especialista de autosuficiencia de estaca. Armado con la fe, las habilidades y el conocimiento que había adquirido como miembro del comité, Sergio y su esposa, Silvia, abrieron en Buenos Aires una tienda de “artesanía y sabores” de Argentina.

“Creo que llegar a ser autosuficiente es una manera de poner en práctica la fe”, explica Sergio. Al principio, Silvia y él no tuvieron el éxito que habían esperado, por lo que la fe siguió siendo fundamental en su empeño. Sin embargo, mientras esperaban los frutos económicos, trabajaron duro y bendijeron a sus clientes con sus productos y con sus esfuerzos misionales.

“Conocemos a muchas personas”, dice Sergio, “y hemos tenido oportunidades de entregar ejemplares del Libro de Mormón”.

Inicialmente, el comité de autosuficiencia de estaca localizó a diez miembros de la estaca de Sergio que necesitaban ayuda con la autosuficiencia; pero luego se movilizaron todos los obispos.

“Ahora sabemos de treinta y cinco personas necesitadas”, dijo Sergio a medida que aumentaba la labor. “Sus obispos los han invitado individualmente a participar en los grupos”.

La fe de ellos floreció, hicieron los cambios necesarios y emplearon nuevas habilidades.

“Cada vez que hablo con los líderes del sacerdocio trato de expresarles que esta es la herramienta más fabulosa que jamás hemos recibido de la Primera Presidencia”, añade Sergio. Es mejor que todo el dinero que se pudiera dar para ayudar a alguien, y sus enseñanzas son más claras que muchas de las cosas que aprendí cuando iba a la universidad.

Y lo más importante es que quienes completan las doce semanas de los cursos de autosuficiencia llegan a ser mejores discípulos de Jesucristo y aprenden a utilizar sus habilidades para edificar el reino de Dios.

“Este grupo [de autosuficiencia] no se centra solo en nuestro negocio; se centra en nuestra relación con Dios y con los demás”, dice Sergio. “Durante los tres meses que pasamos en este grupo, llegamos a ser mejores discípulos de Jesucristo. Después de todo, puede que un negocio nos ayude a ser más autosuficientes, pero el propósito final es prestar servicio.

Crecimiento y acción

mother with sons

“Siempre ha sido fundamental para los Santos de los Últimos Días”, dijo el presidente Joseph F. Smith (1838–1918), “la enseñanza de que no se puede confiar en que la religión que no tiene el poder para salvar a las personas temporalmente y hacerlas prósperas y felices en esta vida las salve espiritualmente y las exalte en la vida venidera”6.

Entonces no debería sorprendernos que, al fortalecer lo temporal, fortalezcamos también lo espiritual. El élder David y la hermana Theresa Nish, que sirvieron como misioneros de autosuficiencia en las Islas Salomón, vieron directamente esa correlación entre los miembros de la Iglesia de ese lugar.

“El crecimiento espiritual y la asistencia al templo se deben claramente a los principios, las habilidades y los hábitos que se enseñan en Mi fundamento y a la explicación exhaustiva que se encuentra en Mi camino a la autosuficiencia”, dicen de los cuadernillos de esta iniciativa. “[Estos] ayudan a la gente a progresar espiritual y temporalmente, conduciéndoles a la autosuficiencia espiritual y temporal”.

Cheryl Redd, facilitadora de autosuficiencia en Utah, EE. UU., explica cómo los principios espirituales de esta iniciativa la han ayudado a progresar en lo temporal: “Me di cuenta de que estos principios y fundamentos se pueden aplicar a todos los aspectos de nuestra vida. Estos talleres me han ayudado a estar más enfocada en mis responsabilidades como esposa y madre. Ahora tengo las herramientas para entender mejor la economía familiar. Veo que trabajar junto a nuestro cónyuge para adminsitrar nuestras finanzas es, en cierto modo, un negocio. Necesitamos estas herramientas para que nuestras familias tengan éxito”.

Por toda la Iglesia, esta visión más amplia se traduce en una mayor fe y una mayor fortaleza espiritual. Como resultado, los miembros han aumentado su compromiso de asistir a la Iglesia, pagar los diezmos y mantenerse dignos de entrar en el templo.

“Me llamó la atención”, dice un miembro nuevo, George Echevarría, acerca de la iniciativa de autosuficiencia. George, que conduce un taxi en Perú, dice que esta iniciativa le ayudó a obtener un testimonio del Evangelio al tiempo que le llenó de deseos de mejorar. Ahora espera convertirse en electricista, arreglando los pequeños mototaxis que ha conducido por años.

“No podemos sentarnos a esperar que nos sucedan las cosas”, afirma. “Debemos ser proactivos”.

“Su vida será bendecida”

woman kneeling in prayer

Los Santos de los Últimos Días de todo el mundo están cosechando las bendiciones prometidas del Señor a medida que diligentemente aprenden, viven y ponen en práctica los principios de la autosuficiencia espiritual y temporal. Aunque todos pueden beneficiarse, esta iniciativa ha bendecido especialmente a quienes carecen o necesitan fortaleza en la autosuficiencia temporal y espiritual. El Fondo Perpetuo para la Educación respalda la iniciativa de autosuficiencia al ayudar a quienes tienen un plan de formación académica a tener acceso a los recursos necesarios.

Las Escrituras prometen la ayuda del Señor a medida que trabajemos para conseguir la autosuficiencia. Él ha dicho: “… es mi propósito abastecer a mis santos” (D. y C. 104:15).

Hablando de este objetivo, la Primera Presidencia ha declarado: “Esta revelación es una promesa del Señor de que Él le proveerá las bendiciones temporales y abrirá la puerta de la autosuficiencia, la cual es la capacidad de proporcionar las necesidades de la vida para nosotros mismos y para los miembros de nuestra familia”.

A medida que estudiemos, pongamos en práctica y enseñemos estos principios a los miembros de nuestra familia, la Primera Presidencia promete: “… su vida será bendecida. Usted aprenderá cómo actuar en su camino hacia una mayor autosuficiencia. Será bendecido con mayor paz, esperanza y progreso”7.

Están invitados

El camino hacia una mayor autosuficiencia comienza con una invitación al devocional de Mi camino a la autosuficiencia. En este devocional se le alentará a evaluar su situación actual, a establecer un plan para avanzar y a presentarle entonces su plan al Señor. Al final del devocional se le pedirá que elija un grupo de autosuficiencia que pueda ayudarle a:

•  Encontrar un trabajo o mejorar su situación laboral.
•  Administrar mejor la economía personal y familiar.
•  Elegir una trayectoria académica y lograr el éxito en los estudios.
•  Iniciar o mejorar su pequeño negocio.

En su grupo de autosuficiencia, usted:
•  Asistirá cada semana a una reunión de grupo de dos horas de duración durante tres meses.
•  Establecerá compromisos personales y actuará conforme a ellos para lograr metas de autosuficiencia.
•  Aprenderá de otros miembros del grupo, se reunirá en consejo con ellos y les dará su apoyo.
•  Obtendrá una mayor fe en Jesucristo y en Su poder para ayudarle a ayudarse a sí mismo a llegar a ser autosuficiente.

Los grupos de autosuficiencia funcionan como un consejo. Los participantes se ayudan mutuamente y son responsables los unos de los otros. Los facilitadores de grupo invitan a interactuar, fomentan la participación, muestran videos de capacitación y ayudan a los grupos de autosuficiencia a seguir el proceso tal como se describe en los materiales relacionados.

Los miembros pueden encontrar los videos y materiales que se utilizan en la capacitación para la autosuficiencia en srs.lds.org o en la aplicación móvil Biblioteca del Evangelio.

Revelación y autosuficiencia

Las presidencias de estaca y distrito ponen en marcha, dirigen y conducen la iniciativa de autosuficiencia de la Iglesia y lo hacen trabajando hombro con hombro con la Sociedad de Socorro y organizando un comité de autosuficiencia.

Este comité incluye a un miembro del sumo consejo de la estaca, un miembro de la presidencia de la Sociedad de Socorro de estaca, el director del consejo de bienestar de los obispos y los especialistas de estaca en autosuficiencia. El comité capacita y alienta a los consejos de barrio a orar e invitar a los miembros a participar en esta iniciativa. Ellos organizan grupos de autosuficiencia y trabajan con el gerente local de Servicios de Autosuficiencia para recopilar y compartir los recursos de la comunidad.

“La iniciativa de autosuficiencia de la Iglesia ayuda a las personas a recibir revelación personal por medio de la obediencia a los principios clave del Evangelio. “Los facilitadores son llamados para crear un ambiente [por medio del análisis interactivo] donde el Espíritu Santo puede enseñar a los participantes ‘todas las cosas que [deben] hacer´’ (2 Nefi 32:5; véase también 32:3)”5.

Encontrará más información en srs.lds.org.

Autosuficiente e independiente

“El Señor ha mandado a la Iglesia y a sus miembros que sean autosuficientes e independientes (véase D. y C. 78:13–14).

“La responsabilidad del bienestar social, emocional, espiritual, físico o económico de toda persona cae, primeramente, sobre sí misma; en segundo lugar, sobre su familia; y en tercero, sobre la Iglesia si se trata de un miembro fiel”.

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 129.

La esencia de nuestra religión

“Como las dos caras de una moneda, lo temporal y lo espiritual son inseparables…

“Esta obra de proveer conforme a la manera del Señor no es solo otro artículo en el catálogo de programas de la Iglesia. No se puede desatender ni dejar de lado. Es fundamental en nuestra doctrina; es la esencia de nuestra religión.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “El proveer conforme a la manera del Señor”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 53, 55.

Notas

1. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 6.1.1
2. Thomas S. Monson, “Los principios de bienestar personal y familiar”, Liahona, febrero de 1987, pág. 3; véase también Marion G. Romney, en Welfare Services Meeting Report, 2 de octubre de 1976, pág. 13.
3. Primera Presidencia, en Mi fundamento: Principios, habilidades y hábitos, cuadernillo, 2015, pág. 2.
4. Robert D. Hales, “Una perspectiva del Evangelio sobre Bienestar: La fe en acción”, en Principios básicos sobre bienestar y autosuficiencia, cuadernillo, 2009, pág. 2.
5. You’re Invited: A Leader’s Guide to the Self-Reliance Initiative (cuadernillo, 2016), pág. 9.
6. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, 2000, pág. 176.
7. Primera Presidencia, en Mi fundamento, pág. 2.

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Buscando ayuda tras las muerte de Nancy

Liahona Octubre 2017

Buscando ayuda tras las muerte de Nancy

Por Darren Wilcox
El autor vive en Georgia, EE. UU.

¿Qué debía hacer yo a fin de activar el poder sanador de Jesucristo en mi vida?

man sitting down

En febrero de 2016, mi esposa Nancy falleció después de una lucha contra el cáncer de mama que duró once años. Sería imposible describir el abrumador pesar que sentí durante los primeros meses tras su muerte a alguien que no haya experimentado este tipo de pérdida. Pesar, angustia, tristeza, dolor… ninguna de estas palabras le hacen justicia. Era insoportable.

El poder sanador del Salvador

Hace mucho comprendí que Jesucristo “descendió debajo de todo” (D. y C. 88:6) a fin de que pudiera “socorrer [dar alivio o ayuda] a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos” (Alma 7:12). Esto significa que el poder de la expiación del Salvador va más allá de proporcionar la resurrección y la redención de los pecados. Por medio de este poder, Él también puede sanarnos en nuestros momentos de sufrimiento y necesidad. En mi aflicción, traté con urgencia —casi frenéticamente— de averiguar lo que tenía que hacer para activar este aspecto del poder del Salvador en mi vida. Durante semanas escudriñé las Escrituras y los discursos de las Autoridades Generales de la Iglesia. Yo creía sinceramente que, a costa de un enorme dolor y sacrificio para Sí mismo, el Salvador conocía el dolor que yo estaba sufriendo. Pero, ¿cómo me ayudaba el hecho de que Él tuviera ese conocimiento? Ya que Él sufrió esto por mí, ¿qué tenía que hacer yo para recibir el socorro que de este modo Él sabe cómo proporcionar?

Después de mucha búsqueda, estudio, oración y adoración en el templo, comencé a comprender. En primer lugar, comencé a ver con más claridad que el Señor ya había estado socorriendo, consolando y sosteniendo a nuestra familia, especialmente en las semanas que precedieron a la muerte de Nancy. Hubo experiencias espirituales maravillosas que, ahora me doy cuenta, fueron bendiciones que vienen del poder sanador y fortalecedor que está a nuestro alcance gracias a la expiación del Salvador. Y el mero hecho de saber que el Salvador ya estaba cuidando de nosotros de una manera tan personal fue, de por sí, inmensamente reconfortante. Al igual que con Sadrac, Mesac y Abed-nego en el pasado, Él ha estado con nosotros en el “horno de fuego” de nuestra aflicción (véase Daniel 3:17).

Confiar en el Señor

También aprendí que, para recibir el consuelo y la sanación del Señor, hay algunas cosas que se requieren de nosotros. Lo más importante es que debemos confiar en Él. Eso puede ser difícil. ¿Por qué habría de confiar en Dios cuando Él podría haber evitado primero la muerte de Nancy? En respuesta a esta pregunta, continuamente medito en algo que el Señor le dijo a José Smith:

“Por lo pronto no podéis ver con vuestros ojos naturales el designio de vuestro Dios concerniente a las cosas que vendrán más adelante, ni la gloria que seguirá después de mucha tribulación” (D. y C. 58:3).

Nosotros fuimos bendecidos con muchas señales de que la manera y el tiempo de la muerte de Nancy eran conforme a la voluntad del Señor. He llegado a entender que un Padre omnisciente y amoroso ha permitido que suframos estas cosas porque, en Su perfecto designio para la exaltación de nuestra familia, esta aflicción es necesaria de algún modo. Sabiendo eso, entiendo que mi parte en Su designio no es tan solo sobrellevarlo, sino “[sobrellevarlo] bien” (véase D. y C. 121:8). Al grado en que pueda consagrarle a Él esta tribulación, no solo seré socorrido, sino también santificado. Ya he experimentado esto de muchas maneras.

He aconsejado a mis hijos que hagan lo que yo he aprendido por mí mismo a lo largo de este proceso:

•  Dejen que el dolor que ocasionan las experiencias difíciles les lleve a ser mejores discípulos.
•  Derramen su corazón en oración.
•  Si se sienten enojados con Dios por permitir que sucedan tragedias, suplíquenle que reemplace el enojo por fe y sumisión.
•  Hagan convenio de amarle y serle fieles hasta el fin.
•  Beban constantemente de la palabra de Dios: de las Escrituras, los discursos y los escritos de profetas modernos y maestros inspirados.
•  Vayan al templo anhelosos de que se les enseñen las cosas de la eternidad.
•  Busquen personas para quienes una crisis personal se haya convertido en una crisis de fe, y fortalézcanlos con su testimonio de estas doctrinas.

Un testimonio apostólico

Aproximadamente un mes después de la muerte de Nancy, hubo una noche en la que el dolor que sentía era absolutamente devastador. Había sentido un profundo dolor y una intensa pena durante todo el día. Recordé que el élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó que “el sendero de la salvación siempre ha pasado por Getsemaní”1. Aunque mi sufrimiento no se puede comparar con el del Salvador, aquella noche me hallaba en medio de mis propias “horas de oscuridad y amargura”2.

Después de sentir esto por algún tiempo y de orar para pedir ayuda, vino a mi mente algo que había leído y marcado como favorito en mi computadora unos años antes. Localicé el documento y desplacé el cursor hasta lo que estaba buscando. Era una entrevista al élder Richard G. Scott, del Cuórum de los Doce Apóstoles (1928–2015), en la que le preguntaban en cuanto a la pérdida de su esposa, Jeanene, en 1995 por causa del cáncer. El élder Scott respondió: “En primer lugar… no la perdí. Ella se encuentra al otro lado del velo. Hemos sido sellados en esa santa ordenanza del templo y vamos a estar unidos para siempre”3.

Atlanta Georgia Temple

Aquella noche, esas palabras llegaron con un poder que nunca había sentido antes. Fue como un faro que se encendía en una noche oscura. Nunca he leído nada que tuviera en mí un efecto tan repentino y profundo. La oscuridad y el dolor desaparecieron. Fue como Alma cuando no pudo “[acordarse] más de [sus] dolores” (Alma 36:19).  Este testimonio apostólico penetró en lo más profundo de mi ser. Me maravillé de que un concepto que había entendido desde mi niñez pudiera de pronto parecer tan extraordinario. Me pregunté cómo era posible que el élder Scott pudiera saber algo así; y en ese momento me di cuenta de que yo también lo sé. Si soy fiel, puedo tener toda la esperanza que tenía el élder Scott. Aunque desde entonces ciertamente ha habido tristeza y lamento, nunca he vuelto a sentir el profundo dolor y la pena que experimenté aquella noche.

Este es el poder que el Salvador nos brinda para socorrernos en nuestras pruebas. Sé que el dolor de nuestra familia nunca desaparecerá del todo, pero es absorbido en lo que hemos llamado las “vigorizantes” y “perfeccionadoras” bendiciones de la expiación del Salvador4. Nos hemos acercado al Salvador, hemos sentido Sus promesas y hemos sido sostenidos por el fundamento seguro de nuestros convenios.

Fortalecidos por Jesucristo

“Isaías enseñó que el Mesías llevó nuestras ‘enfermedades’ y nuestros ‘dolores’ (Isaías 53:4). Isaías también enseñó sobre cómo Él nos fortalece: ‘No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré’ (Isaías 41:10)…

“Así vemos que, gracias a Su expiación, el Salvador tiene el poder de socorrer —de ayudar— en cada dolor y aflicción de la vida terrenal. A veces, Su poder sana una dolencia, pero las Escrituras y nuestras experiencias nos enseñan que a veces Él nos socorre o nos ayuda dándonos la fuerza o la paciencia para soportar nuestras dolencias…

“La expiación del Salvador hace más que garantizarnos la inmortalidad mediante una resurrección universal y brindarnos la oportunidad de ser limpios del pecado por medio del arrepentimiento y del bautismo. Su expiación también nos brinda la oportunidad de acudir a Él, quien ha sufrido todas las dolencias de la vida terrenal, para darnos la fuerza a fin de sobrellevar las cargas de esta vida. Él conoce nuestra angustia y desea ayudarnos. Así como el buen samaritano, cada vez que nos encuentre lastimados a la orilla del camino, Él vendará nuestras heridas y nos cuidará (véase Lucas 10:34). El poder sanador y fortalecedor de Jesucristo y de Su expiación es para todos los que pidamos. De ello testifico, y también testifico de nuestro Salvador, que hace todo eso posible”.

Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Fortalecidos por la expiación de Jesucristo”, Liahona, noviembre de 2015, págs. 62, 64.

Notas

1. Jeffrey R. Holland, “Lessons from Liberty Jail”, devocional de la Universidad Brigham Young, 7 de septiembre de 2008, pág. 6, speeches.byu.edu.
2. Dieter F. Uchtdorf, “Rodeados por Sus amorosos brazos”, Liahona, marzo de 2015, pág. 5.
3. “Un testigo seguro de Jesucristo: Élder Richard G. Scott” lds.org/prophets-and-apostles.
4. Véase Bruce C. Hafen y Marie K. Hafen, The Contrite Spirit: How the Temple Helps Us Apply Christ’s Atonement, 2015, págs. 34–52.

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Como resolver conflictos en su matrimonio

Liahona Octubre 2017

Como resolver conflictos en su matrimonio

Por S. Brent Scharman
Consejero jubilado de los Servicios para la Familia SUD
El autor vive en Utah, EE. UU.

Las bendiciones que se reciben cuando se resuelven conflictos en un ambiente de amor son maravillosas.

couple holding hands

Matt y Margaret (todos los nombres han sido cambiados) apagaron la televisión después de la última sesión de la conferencia general. Los mensajes habían sido inspiradores, y habían disfrutado del ambiente positivo que se había sentido en su hogar ese fin de semana.

Nadie podría haberse sentido más decepcionado que Matt y Margaret cuando, menos de veinticuatro horas después, se vieron inmersos en una acalorada discusión sobre si debían ahorrar una paga inesperada que Matt había recibido en el trabajo o gastarla en ropa escolar para sus hijos mayores. La discusión no se resolvió, y Matt y Margaret volvieron a sus respectivas tareas sintiéndose incomprendidos.

Para crear un matrimonio duradero y feliz, la pareja debe aprender a resolver conflictos de manera que cada uno se sienta comprendido y se tomen decisiones que impliquen concesiones mutuamente aceptables.

Advertencia y guía espiritual

Las Escrituras y las palabras de los profetas y los apóstoles ofrecen abundantes advertencias contra la contención. En 3 Nefi leemos: “… aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención” (3 Nefi 11:29).El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó que Satanás “intenta provocar desavenencias entre el padre y la madre, incita a los hijos a desobedecer a sus padres… Satanás sabe que la manera más certera y eficaz de perturbar la obra de Dios es minimizar la eficacia de la familia y la santidad del hogar”1.

Las diferencias de opinión y los diferentes hábitos y experiencias en la vida son inevitables, pero tenemos muchos recursos que nos ayudan a saber cómo hacerles frente. La doctrina y la instrucción que se imparten en la adoración dominical y en las publicaciones de la Iglesia pueden ayudar, y cuando sea necesario se pueden complementar con información profesional de calidad. La pareja puede aprender métodos para afrontar el conflicto. La inspiración produce un cambio en el corazón que ablanda a cada cónyuge desde adentro.

El presidente Thomas S. Monson advirtió: “… algunas de las oportunidades más grandes para demostrar nuestro amor estarán dentro de las paredes de nuestro propio hogar. El amor debería ser el núcleo de la vida familiar, y sin embargo, a veces no lo es; quizás haya mucha impaciencia, discusión, peleas y lágrimas”2.

Cuando los problemas persisten y llegan a ser destructivos para la vida familiar, puede haber causas más graves de conflicto, incluso la inmadurez, el egoísmo, la lucha de poder o el orgullo. El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) enseñó: “Por mucho tiempo he pensado que el factor más importante en un matrimonio feliz es la preocupación solícita por la comodidad y el bienestar de nuestro cónyuge. En la mayoría de los casos, el egoísmo es el factor principal que ocasiona discusión, separación, divorcio y corazones destrozados”3.

El élder Marvin J. Ashton (1915–1994), del Cuórum de los Doce Apóstoles, también comentó: “Cuando uno considera el mal sentimiento y la desagradable experiencia [causados por] la contención, es bueno preguntarse: ‘¿Por qué soy partícipe de ella?’.

“… es importante reconocer que somos nosotros quienes escogemos nuestra conducta. La raíz de todo este asunto es el [viejo problema del] orgullo”4.

Sea cual sea la causa, si los problemas persisten, debemos aprender nuevas habilidades y ablandar nuestro corazón.

Causas de conflicto

silhouette of couple arguing

Hay muchas causas de conflicto, que van desde simples preferencias personales hasta estilos de comunicación profundamente arraigados. Además de superar el egoísmo y la inmadurez, la pareja hará frente a otras causas comunes de conflicto, que incluyen factores como los siguientes:

Recién casados que aprenden a adaptarse el uno al otro

Diferencias naturales entre hombres y mujeres

Irritabilidad debida al agotamiento

Diferencias de opinión en cuanto a la mejor manera de educar a los hijos o administrar las finanzas

Hijos que están aprendiendo a ejercer su albedrío

Diferencias en las cosas que nos agradan y las que nos desagradan

Reacciones exageradas por causa del estrés

Falta de comprensión o de habilidad para resolver conflictos

Advertencias sobre la ira

Muchos conflictos maritales y familiares surgen por motivo de una ira descontrolada. Si no tenemos cuidado, podemos prolongar un episodio de enojo al pensar constantemente en el modo en que la otra persona nos ofendió. Cuanto más pensemos en ello, más razones encontraremos que justifiquen nuestro punto de vista. Esta inquietud nos impedirá calmarnos y, si una segunda ola de rabia surge antes de haber resuelto la primera, las reacciones hormonales pueden conducir a nuevos estallidos.

Por ejemplo, en una sesión de terapia, Marilyn describió cuán frustrante había sido estar en la cama después de que su marido y ella se hubieran gritado el uno al otro. “Sabía que yo tenía razón”, dijo ella. “Sabía que encendería la luz y se disculparía, pero no lo hizo. Cuando más pensaba en ello, más me enojaba. Cuando oí que comenzaba a roncar, no pude soportarlo; salté de la cama y le grité todavía más, y luego me fui al piso de abajo. ¿Puede creerse que siguió sin disculparse?”. La experiencia de Marilyn es un buen ejemplo de cómo no tratar los sentimientos de enojo.

Quizás parezca difícil poner fin a los hábitos, incluso a los recién adquiridos, pero los cónyuges pueden aprender habilidades que ayuden. Estas son algunas prácticas útiles:

7 consejos para calmarse

Cuestiona rápidamente tus pensamientos. En nuestro ejemplo, Marilyn podía haberse dicho a sí misma: “Parece que tengo razón, pero mi reacción está siendo desproporcionada. Mi relación con mi esposo es más importante para mí que aquello por lo que estamos discutiendo”.

Deja que tus emociones se aplaquen antes de abordar el problema. Espera a que pase la reacción química que podría estar teniendo lugar.

Busca una distracción. Elige pensar en otra cosa o sal a dar un paseo.

Escribe tus pensamientos. A algunas personas esto les ayuda a aumentar su percepción de sí mismos.

Exprésalo en formas productivas. Hablar a gritos de tus sentimientos no te ayudará a “desahogarte”. Cuanto más enojo descargues, más intensas se volverán tus emociones.

Escucha música relajante o lee literatura que te inspire.

Vuelve a empezar. Contrólate al principio del desacuerdo. Hay estudios que demuestran que los primeros tres o cinco minutos de una conversación establecen las bases de lo que probablemente sucederá a continuación. Di: “Esto va por mal camino; vamos a empezar de nuevo”.

Pasos para resolver un conflicto

couple sitting together at table

El manual Cómo fortalecer el matrimonio, de los Servicios para la Familia SUD, recomienda tres pasos para resolver un conflicto: (1) Expresen sus puntos de vista, (2) Examinen sus inquietudes, y (3) Elijan soluciones que sean satisfactorias para ambos5.

1. Expresen sus puntos de vista

Cada uno comparte sus puntos de vista de manera sincera pero sin atacar. En ocasiones, una reflexión detenida resuelve el problema una vez que queda claro que el desacuerdo era simplemente un malentendido. Por ejemplo, una esposa que cree que su marido insiste de manera egoísta en que vaya con él a un partido de baloncesto en una escuela secundaria en lugar de salir a cenar juntos, podría llegar a la conclusión de que él no está tan interesado en el baloncesto como en mostrar interés por un jugador que ha dejado de asistir a sus clases de Escuela Dominical.

2. Examinen sus inquietudes

El matrimonio debe examinar sus inquietudes a un nivel más profundo. Lo importante es comprender y aceptar las inquietudes del otro. Volviendo al ejemplo del baloncesto, aunque la esposa entiende la preocupación de su marido por el alumno, tal vez piense que poner las necesidades de otras personas siempre por delante de su matrimonio es algo que él está tomando como costumbre. En este caso es necesario tener una conversación más reflexiva en la que cada uno exprese sus sentimientos con delicadeza, y la confrontación dé paso a la cooperación.

3. Elijan soluciones que sean satisfactorias para ambos

El matrimonio propone ideas y decide soluciones que sean satisfactorias para ambos. El enfoque se centra en lo que cada uno puede hacer para encauzar sus inquietudes, y no en lo que puede hacer su cónyuge. Esta negociación puede poner a prueba la madurez y la paciencia pero, con el tiempo, lleva a la convicción de que es seguro expresar los sentimientos, y a confiar en que los deseos de cada uno se tendrán en cuenta. La pareja de nuestro ejemplo podría acordar pasar una tarde de viernes juntos en un partido de baloncesto, otra tarde de viernes el esposo podría ir solo al partido, y dos tardes de viernes podrían realizar actividades en pareja. Que la calidad del proceso de toma de decisiones sea satisfactoria para ambos es más importante que el modo en que la pareja decida pasar la tarde del viernes.

Resultados de la resolución de conflictos

couple praying together

Las bendiciones que se reciben cuando se resuelven conflictos en un ambiente de amor son maravillosas. Estas incluyen seguridad, progreso personal que lleva a la paz interior, mayor fe, fortaleza de carácter y rectitud personal.

Nuevos modelos pueden ocupar el lugar de los conflictos cuando estos se resuelven. Entonces se abre una vía para que los cónyuges expresen pensamientos positivos y demuestren apoyo. La hermana Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “Las palabras tienen un poder sorprendente, tanto para construir como para destruir. Tal vez todos recordemos palabras negativas que nos desanimaron y otras que se dijeron con amor y que edificaron nuestro espíritu. Elegir decir sobre los demás solo lo que es positivo, o decírselo a ellos, eleva y fortalece a los que nos rodean y los ayuda a seguir a la manera del Salvador”6.

Los matrimonios que han hecho progresos a largo plazo en la resolución de conflictos cosechan recompensas deseables. Un esposo cuya relación había estado llena de problemas en el pasado dijo: “Para mí es difícil mirar atrás, a cómo solía ser, y creer que fue real. ¿Cómo pude tratar a mi esposa de aquel modo? Estoy agradecido porque el Espíritu me llamó la atención y por la paciencia que mi esposa tuvo conmigo”.

Conclusión

Superar el conflicto requiere esmero y un esfuerzo consciente. Lo primero que digas o hagas puede dar pie a modelos de comunicación más positivos en tu matrimonio. Tú también puedes recoger los frutos del Espíritu, tal como les sucedió a los nefitas: “… no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

“Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos… y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso” (4 Nefi 1:15–16).

Reglas para hablar de los problemas

A continuación se dan algunas ideas que aumentan la probabilidad de resolver conflictos con éxito.

•  Busquen guía espiritual.
•  Si el historial de problemas es importante, decidan un momento y un lugar para hablar.
•  Procuren comprender en vez de discutir.
•  Dejen hablar a su cónyuge.
•  Hablen con suavidad y sean amables.
•  Si fuera necesario, tómense un descanso.
•  Usen un lenguaje apropiado.
•  Cíñanse al tema. Hablen solamente del problema actual.
•  Nunca hagan uso de la violencia.
•  No amenacen con el divorcio o la separación.
•  Encuentren soluciones que sean mensurables, como: “Yo daré la oración familiar y tú dirigirás la noche de hogar”.
•  Cuenten con que habrá excepciones.
•  Acuerden recordatorios neutros, tales como: “Dejemos que el calendario sea el que marque a quién le toca lavar los platos”.
•  Vuelvan a evaluar y revisar las soluciones cuando sea necesario.

Notas

1. M. Russell Ballard, “Las sagradas responsabilidades de ser padres” (Devocional en la Universidad Brigham Young, 19 de agosto de 2003), pág. 3, speeches.byu.edu.
2. Thomas S. Monson, “El amor: La esencia del Evangelio”, Liahona, mayo de 2014, pág. 92.
3. Gordon B. Hinckley, “Lealtad”, Liahona, mayo de 2003, pág. 59.
4. Marvin J. Ashton, “No tenemos tiempo para la contención”, Liahona, agosto de 1978, pág. 12.
5. Véase Cómo fortalecer el matrimonio: Guía para los cónyuges, 2006, págs. 19–20
6. Jean B. Bingham, “Traeré la luz del Evangelio a mi hogar”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 7.

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Lo que deben saber antes de ir: Los bautismos en el templo

Liahona Octubre 2017

Lo que deben saber antes de ir: Los bautismos en el templo

Por Heather J. Johnson
Revistas de la Iglesia

No es necesario esperar. Ahora, todo miembro digno, incluso jóvenes y nuevos miembros, pueden prestar servicio en el templo.

standing in front of temple doors

“Debemos ser, en verdad, un pueblo que asista al templo y ame el templo”, dijo el presidente Howard W. Hunter (1907–1995). “Apresurémonos a asistir al templo con la frecuencia que… [nuestras] circunstancias personales lo permitan. No solo debemos ir para hacer la obra en favor de nuestros seres queridos que hayan fallecido, sino también para recibir las bendiciones personales que se obtienen mediante la adoración en el templo, y para sentir la santidad y la seguridad que reina dentro de esas sagradas y consagradas paredes” (véase “Un pueblo deseoso de asistir al templo”, Liahona, mayo de 1995, pág. 6).

Este consejo se aplica a todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, incluso a los miembros recién bautizados. Siempre y cuando sean dignos, no hay un tiempo de espera para poder asistir al templo. En cuanto sea bautizado y confirmado, usted puede obtener una recomendación de uso limitado para ir al templo.

Esta recomendación le permite entrar al templo para efectuar bautismos y confirmaciones vicarios por antepasados que han fallecido. Al prestar servicio y adorar en el templo, usted fortalecerá su testimonio del Evangelio.

Natalia Lorena Figueroa, de Argentina, dijo acerca de su primera experiencia en el templo: “En el baptisterio del templo vi a un hermano bautizarse por mi abuelo y por mis tíos. Luego yo me bauticé por mi abuela y mis tías. El gozo que sentí fue increíble. Los ojos se me llenaron de lágrimas y sentí en el pecho un ardor que nunca antes había sentido”. Las bendiciones que aguardan a quienes cumplen los requisitos para tener y utilizar una recomendación de uso limitado para ir al templo son similares.

Preguntas frecuentes

¿Cómo puedo tener una recomendación de uso limitado?
•  Debes tener doce años o más, y ser un miembro digno de la Iglesia. Los hombres deben recibir el Sacerdocio Aarónico, lo cual se puede hacer normalmente en la primera semana después del bautismo.
•  Para recibir una recomendación, tu obispo o presidente de rama te hace una entrevista similar a la que te hicieron antes de tu bautismo. Hablarás de tu testimonio del Evangelio y de tu observancia de los mandamientos.
•  La recomendación tiene una validez de un año.

¿Cuáles son algunas de las bendiciones de tener una recomendación de uso limitado?
•  Al efectuar bautismos y confirmaciones vicarios por tus antepasados fallecidos, puedes prestarles servicio a ellos y a otras personas que han muerto.
•  Puedes recordar tu propio bautismo y confirmación, y los convenios que has hecho.
•  Aun cuando no puedas asistir al templo con frecuencia, puedes llevar tu recomendación contigo como un recordatorio constante del templo y de tu compromiso de ser digno de asistir a él.
•  El vivir siendo digno de tener una recomendación de uso limitado te ayuda a prepararte para recibir tus propias ordenanzas de investidura y sellamiento en el templo.

¿Cómo planifico una visita al templo?
•  Pide a un líder de tu barrio o rama, como el líder misional de barrio o la presidenta de la Sociedad de Socorro, que te ayude a planificar tu visita al templo.
•  Los horarios del baptisterio de cada templo están publicados en línea en temples.lds.org. También puedes llamar al templo para solicitar información.
•  Si vas a ir por primera vez, puedes llamar al templo para programar una cita. De este modo estarán preparados para recibirte y explicarte lo que harás en el templo.
•  Lleva al templo tu mejor ropa de domingo.
•  Lleva un cambio de ropa interior blanca. Algunos templos proporcionan ropa interior blanca, pero otros no. El templo te proporcionará el traje bautismal y la toalla, de color blanco.

¿Qué debo esperar cuando vaya al templo a efectuar bautismos y confirmaciones vicarios?
•  Cuando entres al templo, ve primero al mostrador de recomendaciones. Un obrero del templo verificará tu recomendación.
•  Los hombres y las mujeres van a vestidores diferentes para cambiarse de ropa. Allí hay cabinas privadas para que te cambies de ropa y te pongas el traje bautismal de color blanco.
•  Los obreros del templo te dirán adónde ir para efectuar bautismos y confirmaciones vicarios.
•  Los bautismos y las confirmaciones en los que participes serán similares a tu propio bautismo y confirmación, pero lo harás en nombre de una persona fallecida.
•  Cuando hayas terminado de participar en las ordenanzas, volverás al vestuario y te pondrás tu propia ropa.
•  No tienes por qué estar nervioso por ir al templo. Los obreros están a tu disposición en todo lugar del templo donde te encuentres. Ellos te ayudarán.

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Abran los cielos mediante la obra del templo y de historia familiar

Liahona Octubre 2017

Abran los cielos mediante la obra del templo y de historia familiar

Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles
y por Wendy W. Nelson

Tomado de un presentación que se llevó a cabo en la Conferencia de Historia Familiar RootsTech 2017 en Salt Lake City, Utah, EE. UU., el 11 de febrero de 2017.

Durante la presentación que hicieron en RootsTech 2017, el presidente Russell M. Nelson y su esposa, Wendy, invitaron a los Santos de los Últimos Días a considerar con espíritu de oración qué tipo de sacrificio pueden hacer a fin de llevar a cabo más obra del templo y de historia familiar.

President and Sister Nelson
Presidente Nelson: Cuando mi abuelo A. C. Nelson era un joven esposo y padre, con apenas 27 años, su padre murió. Alrededor de tres meses más tarde, su difunto padre, mi bisabuelo, vino a visitarlo. La fecha de esa visita fue la noche del 6 de abril de 1891. El abuelo Nelson estaba tan impresionado por la visita de su padre que escribió la experiencia en su diario para su familia y amigos.

“Estaba en la cama cuando papá entró en la habitación”, escribió el abuelo Nelson. “Él vino y se sentó al lado de la cama y dijo: ‘Bueno, hijo mío, ya que tenía unos minutos libres, recibí permiso para venir a verte unos minutos. Me siento bien, hijo mío, y he tenido mucho que hacer desde que fallecí’”.

Cuando el abuelo Nelson le preguntó qué había estado haciendo, su padre respondió que había estado ocupado enseñando el evangelio de Jesucristo en el mundo de los espíritus.

“No puedes imaginar, hijo mío, cuántos espíritus hay en el mundo de los espíritus que aún no han recibido el Evangelio”, dijo. “No obstante, muchos lo están recibiendo, y se está llevando a cabo una gran obra. “Muchos [espíritus] esperan ansiosamente que sus amigos que todavía viven lleven a cabo las ordenanzas por ellos en los templos”.

El abuelo Nelson le dijo a su padre: “Tenemos la intención de ir al templo y sellarnos a usted, padre, tan pronto como podamos”.

Mi bisabuelo respondió: “Eso, hijo mío, es en parte por lo que vine a verte. A’un seremos una familia y viviremos por toda la eternidad”.

Entonces el abuelo Nelson preguntó: “Padre, ¿es verdadero el Evangelio que enseña esta Iglesia?”.

Su padre señaló hacia el retrato de la Primera Presidencia que colgaba en la pared del dormitorio.

“Hijo mío, con la misma certeza con la que ves esa foto, es la certeza de que el Evangelio es verdadero. El evangelio de Jesucristo lleva implícito el poder de salvar a todo hombre y mujer que lo obedezca, y de ninguna otra manera pueden obtener la salvación en el reino de Dios. Hijo mío, aférrate siempre al Evangelio. Sé humilde, sé dedicado a la oración, sé sumiso al sacerdocio, sé verídico, sé fiel a los convenios que has hecho con Dios. Nunca hagas nada que desagrade a Dios. Oh, qué bendición es el Evangelio. Hijo mío, sé un buen muchacho”.

A.C. Nelson and fatherA. C. Nelson, abuelo del presidente Russell M. Nelson.

Hermana Nelson: Me encantan esos consejos. “Sé humilde, sé dedicado a la oración, sé sumiso al sacerdocio, sé verídico, sé fiel a los convenios que has hecho con Dios… sé un buen muchacho”. Son consejos que te ha legado tu bisabuelo fallecido. Se parecen mucho a los consejos que dio el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) donde utilizó el verbo Ser1.

Presidente Nelson: Es muy cierto. Significa mucho para mí que mi abuelo dejara ese registro para nosotros. Supimos que los hijos de su padre fueron posteriormente sellados a él. De modo que se logró el motivo de su visita.

El espíritu de Elías el profeta

Presidente Nelson: Un nombre de gran importancia en las Escrituras explica por qué la familia es tan importante. Ese nombre es Elías. EL-I-JAH en hebreo significa literalmente “Jehová es mi Dios”2. ¡Piensen en eso! El nombre de Elías encierra los términos hebreos para el Padre y el Hijo.

Hermana Nelson: Elías el profeta fue el último profeta que poseyó el poder sellador del Sacerdocio de Melquisedec antes de la época de Jesucristo. La misión de Elías el profeta era volver el corazón de los hijos a los padres, y el corazón de los padres a los hijos, a fin de que pudiesen ser sellados, o si no “toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (José Smith—Historia 1:39; cursiva agregada). Son palabras sumamente fuertes.

Presidente Nelson: Me gusta pensar que el espíritu de Elías es “una manifestación del Espíritu Santo que da testimonio de la naturaleza divina de la familia”3. Según la Guía para el Estudio de las Escrituras, “El poder de Elías el profeta es el poder de sellar que corresponde al sacerdocio, poder mediante el cual todo lo que se ate o se desate en la tierra se atará o se desatará también en los cielos” (“Elías el profeta”).

Hermana Nelson: Así que cuando decimos que el espíritu de Elías el profeta actúa sobre la gente para alentarlos a buscar a sus parientes fallecidos, estamos realmente diciendo que el Espíritu Santo nos está impulsando a hacer las cosas que permitirán que las familias sean selladas eternamente.

Presidente Nelson: Es maravilloso volver el corazón de los hijos a sus padres al contarles importantes historias familiares de maneras que sean accesibles y memorables. Quizás el tener siempre ante nuestra vista documentos de historia familiar, historias, fotos y recuerdos puede fortalecer nuestros testimonios (véase Mosíah 1:5). Al colocarlas en nuestras paredes, mesas, computadoras, en nuestros iPads e incluso en nuestros teléfonos celulares, tal vez recibamos la impresión de tomar mejores decisiones y nos acerquemos más al Señor y a nuestras familias.

Sin embargo, si lo dejamos en ese nivel, en realidad no hemos hecho lo suficiente. Como miembros de la Iglesia, nuestro interés en la obra de historia familiar ha sido motivado por la instrucción del Señor de que nuestros antepasados no pueden ser perfeccionados sin nosotros y que nosotros no podemos ser perfeccionados sin ellos (véase D. y C. 128:15). Eso significa que debemos estar unidos mediante las sagradas ordenanzas de sellamiento del templo. Debemos ser eslabones fuertes en la cadena que va desde nuestros antepasados hasta nuestra posteridad. Si nuestras colecciones de historias y fotos algún día llegan a convertirse en el resultado final de lo que hagamos, si sabemos quiénes son nuestros antepasados y sabemos cosas maravillosas acerca de ellos, pero los dejamos abandonados en el otro lado, sin sus ordenanzas, tal distracción no será de ningún provecho para nuestros antepasados, quienes permanecen encerrados en la prisión de espíritus.

Hermana Nelson: El preservar las historias de los antepasados es importante, pero nunca deberá ser a expensas de realizar la obra de las ordenanzas por ellos. Debemos dedicar tiempo para poder encontrar la información requerida para realizar las ordenanzas de nuestros antepasados.

couple looking at computer screen

Presidente Nelson: Eso significa sacrificar tiempo que normalmente dedicaríamos a otras actividades. Necesitamos pasar más tiempo en el templo y en la investigación de historia familiar, que incluye la indexación.

Hermana Nelson: Ciertamente por sacrificios se dan bendiciones4. He sido bendecida al encontrar a muchos antepasados que estoy segura de que estaban listos para hacer convenios con Dios y recibir sus ordenanzas esenciales. Con el tiempo, me di cuenta de que si me encontraba trabajando en un proyecto abrumador y no disponía de tiempo, energía e ideas, si hacía un sacrificio de tiempo para encontrar la información requerida para realizar las ordenanzas para algunos antepasados o al ir al templo para actuar como representante de ellos, los cielos se abrían y la energía y las ideas comenzaban a fluir. De alguna manera encontraba el tiempo suficiente para cumplir con la fecha de vencimiento. Era totalmente imposible, pero sucedía cada vez. La obra del templo y de historia familiar me brinda una alegría incomparable en este mundo.

Historia familiar y la obra misional

Presidente Nelson: Si fuera un misionero hoy en día, mis dos mejores amigos en el barrio o la rama donde prestara servicio serían el líder misional de barrio y el consultor de templo y de historia familiar de barrio.

Las personas tienen un deseo innato de saber algo sobre sus antepasados. Eso se convierte en una oportunidad natural para nuestros misioneros. A medida que los misioneros aprenden a amar a las personas a quienes enseñan, de manera natural preguntarán por sus familiares. “¿Viven sus padres? ¿Viven sus abuelos? ¿Conocen a sus cuatro abuelos?”. Las conversaciones fluyen con facilidad cuando a aquellos que se sienten atraídos a hablar con los misioneros se les invita a hablar acerca de las personas a las que aman.

En ese momento, puede ser natural que los misioneros, incluyendo los miembros misioneros, pregunten: “¿Conocen a alguno de sus bisabuelos? ¿Conocen sus nombres?”. Es probable que los investigadores no conozcan los nombres de los ocho bisabuelos.

Entonces los misioneros pueden hacer esta sugerencia: “Tengo un amigo en nuestra Iglesia que puede ayudar. Si pudiéramos encontrar los nombres de algunos o quizás de todos sus bisabuelos, ¿valdría la pena un par de horas de su tiempo averiguar quiénes son sus bisabuelos?”. Por supuesto, ese amigo en la Iglesia es el consultor de templo y de historia familiar del barrio.

Hermana Nelson: Creo que puede ser reconfortante para los misioneros saber que nunca están solos cuando están buscando y enseñando a aquellos que son receptivos a las verdades del evangelio restaurado de Jesucristo. El presidente George Q. Cannon (1827–1901), quien fue consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia, enseñó que en estos últimos días los que se unen a la Iglesia lo hacen precisamente porque sus antepasados han estado orando para que una persona de su posteridad se uniera a la Iglesia para que ellos, los antepasados, pudiesen recibir sus ordenanzas esenciales vicarias5.

La exaltación: un asunto de familia

Family outside the Accra Ghana Temple

Presidente Nelson: La exaltación es un asunto de familia. Únicamente mediante las ordenanzas salvadoras del evangelio de Jesucristo pueden ser exaltadas las familias. El principal objetivo al que aspiramos es ser felices como familias: investidos, sellados y preparados para la vida eterna en la presencia de Dios.

Hermana Nelson: Cada clase de la Iglesia a la que asistimos, cada vez que prestamos servicio, cada convenio que hacemos con Dios, cada ordenanza del sacerdocio que recibimos, todo lo que hacemos en la Iglesia nos lleva al santo templo, la casa del Señor. Un matrimonio y sus hijos tienen acceso a un gran poder mediante la ordenanza de sellamiento cuando guardan sus convenios.

Presidente Nelson: Cada día elegimos dónde queremos vivir eternamente según el modo en que pensamos, sentimos, hablamos y actuamos. Nuestro Padre Celestial ha dicho que Su obra y Su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39), pero Él quiere que elijamos regresar a Él. Él no nos obligará de ninguna manera. La precisión con la que guardemos nuestros convenios le demuestra cuánto deseamos volver a vivir con Él. Cada día nos acerca o nos aleja más de nuestra gloriosa posibilidad de la vida eterna. Cada uno de nosotros necesitamos guardar nuestros convenios, arrepentirnos todos los días y procurar ser más como nuestro Salvador. Entonces y solo entonces las familias pueden estar juntas para siempre.

Hermana Nelson: Es mi testimonio que no importa cuán fabulosa sea la vida que llevan en este momento, o cuán desalentadora y dolorosa pueda ser, su participación en la obra del templo y de historia familiar la mejorará. ¿Qué necesitan en su vida en este momento? ¿Más amor? ¿Más alegría? ¿Más autodominio? ¿Más paz? ¿Más momentos significativos? ¿Una mayor sensación de que están marcando una diferencia? ¿Más diversión? ¿Más respuestas a los interrogantes de su alma? ¿Más conexiones emocionales con otras personas? ¿Más comprensión de lo que están leyendo en las Escrituras? ¿Más habilidad para amar y para perdonar? ¿Más habilidad para orar con fervor? ¿Más inspiración e ideas creativas para su trabajo y otros proyectos? ¿Más tiempo para lo que realmente importa?

Les ruego que hagan un sacrificio de tiempo al Señor al aumentar el tiempo que pasan llevando a cabo la obra del templo y de historia familiar, y que luego observen lo que sucede. Es mi testimonio que cuando mostramos al Señor que de verdad deseamos ayudar a nuestros antepasados, los cielos se abrirán y recibiremos todo lo que necesitamos.

Presidente Nelson: Podemos sentirnos inspirados durante todo el día sobre experiencias del templo y de historia familiar que otras personas hayan tenido. Sin embargo, debemos hacer algo para experimentar realmente la alegría por nosotros mismos. Quisiera extender un desafío a todos para que ese maravilloso sentimiento de esta obra continúe e incluso aumente. Los invito a considerar con oración qué tipo de sacrificio —de preferencia un sacrificio de tiempo— pueden hacer para dedicarse más a la obra del templo y de historia familiar este año.

Estamos embarcados en la obra de Dios Todopoderoso. Él vive. Jesús es el Cristo. Esta es Su Iglesia. Somos Sus hijos del convenio. Él puede contar con nosotros.

Notas

1. Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, abril de 2001, págs. 30–41.
2. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Elías el Profeta”.
3. Russell M. Nelson, “Un nuevo tiempo para la cosecha”, Liahona, julio de 1998, pág. 36.
4. Véase “Loor al Profeta” (Himnos, nro. 15).
5. Véase Gospel Truth: Discourses and Writings of President George Q. Cannon, comp. de Jerreld L. Newquist, 2 tomos, 1974, tomo II, págs. 88–89.

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Cómo rodear con amor a quienes se apartan del camino

Liahona Octubre 2017
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Cómo rodear con amor a quienes se apartan del camino

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

mother and daughters walking together

“La realidad es que no hay familias perfectas…”, dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia. “Cualesquiera que sean los problemas que enfrente su familia, sea lo que sea lo que deban hacer para solucionarlos, el principio y el fin de la solución es la caridad, el amor puro de Cristo”1.

De las personas que no participan plenamente del Evangelio, Linda K. Burton, quien fue Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “El Padre Celestial ama a todos Sus hijos… No importa dónde estén, en el sendero correcto o no, Él desea que vuelvan a casa”2.

“… pese a lo rebeldes que sean [sus hijos]… cuando les hablen, no lo hagan con enojo ni ásperamente con un espíritu de reproche”, enseñó el presidente Joseph F. Smith (1838–1918). “Háblenles con bondad”3.

El élder Brent H. Nielson, de los Setenta, reiteró la instrucción que dio el Salvador a aquellos que tienen diez piezas de plata y pierden una: “… busquen hasta que la encuentren. Cuando la persona descarriada es su hijo o su hija, su hermano o su hermana… después de hacer cuanto podemos, amamos a esa persona con todo nuestro corazón…

“Que ustedes y yo recibamos revelación para conocer la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado y, cuando sea necesario, tener la paciencia y el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo, en tanto que amamos, observamos y esperamos al [hijo] pródigo”4.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “He orado con fe para que alguien a quien yo amaba buscara y sintiera el poder de la Expiación. He orado con fe para que ángeles humanos acudieran a prestarles ayuda y lo hicieron.

“Dios ha dispuesto de medios para salvar a cada uno de Sus hijos”5.

Escrituras e información adicionales

Mateo 18:12Alma 31:353 Nefi 13:32D. y C. 121:41–42

Relief Society sealFe Familia Socorro

Considere lo siguiente

¿De qué manera podemos seguir demostrando caridad hacia aquellos que no desean vivir los principios del Evangelio?

Notas

1. Dieter F. Uchtdorf, “Un elogio a los que salvan”, Liahona, mayo de 2016, págs. 79, 80.
2. Linda K. Burton, de Sarah Jane Weaver, “Sister Burton, Sister Wixom Visit Church’s Pacific Area”, Church News, 2 de abril de 2013, lds.org/church/news.
3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, pág. 272.
4. Brent H. Nielson, “A la espera del [hijo] pródigo”, Liahona, mayo de 2015, pág. 103.
5. Henry B. Eyring, “A mis nietos”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 71.

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Unidad en la diversidad

Liahona Agosto 1992

Unidad en la diversidad

Por el élder John K. Carmack
De los Setenta

En una iglesia universal, el estar unidos no significa que somos iguales.

Cuando regresé a mi hogar en Santa Barbara, California, después de servir en las fuerzas armadas de los Estados Unidos en Seúl, Corea, el primer paso que di para continuar mi educación en la Universidad de California, en Los Angeles, fue mudarme a la Estaca de Los Angeles. Esto sucedió en el año 1957. La estaca, sin que ninguno de nosotros lo supiera, iba a dejar de ser una estaca típica californiana, con líderes que en su mayoría venían de Utah, y con miembros provenientes del norte de Europa. En raras ocasiones se podían ver en las congregaciones algún converso judío y algunos conversos latinoamericanos, pero eso era poco común. Después de muchos años, el presidente John M. Russon fue relevado como presidente de una estaca con miembros de un mismo origen étnico, quienes lo respetaban profundamente. Nadie podía imaginar el gran cambio por el que iba a pasar la estaca durante los siguientes treinta años.

Volvamos ahora al año 1988. El Museo de Historia y Arte de la Iglesia recientemente había anunciado el primer concurso internacional de arte entre los artistas miembros de la Iglesia en todo el mundo. El concurso comprendía cualquier tipo de expresión artística relacionada con algún tema del evangelio. El éxito del concurso fue mayor de lo que esperábamos. (El segundo concurso artístico internacional se llevó a cabo en 1991.) La Liahona publicó fotografías de muchas de las obras que se enviaron de todas partes del mundo. Estas y otras obras que no se publicaron en la revista deleitaron a muchos miembros de la Iglesia. Obras artísticas de muchas partes del mundo colgaron de las paredes del museo durante los meses en que estuvieron en exhibición. Algunas aún se encuentran allí, comunicando un mensaje precioso y eterno.

Las obras que se enviaron representaban muchos y diversos géneros artísticos. Piezas de artesanía europea con temas simbólicos se colocaron al lado de imaginativas pinturas llenas de color procedentes de Latinoamérica, o de cuadros que ilustraban una gran variedad de temas del evangelio, pintados por miembros de las Islas del Pacífico, o de una mezcla de formas y estilos artísticos de todas partes de América del Norte. Al lado de aquellas representaciones con simbolismo abstracto e impresionista, se podían encontrar obras que exponían los temas del evangelio en forma sencilla, directa y realista. Las personas que tuvieron la suerte de presenciar la exposición se deleitaron con una muestra unificada de arte, y talento verdaderamente extraordinarios. La presencia e influencia del Salvador se manifestaron sobremanera en el museo.

¿Qué fue lo que unificó a las distintas obras? ¿Qué hizo que la exposición no fuera tan sólo una colección despareja de creaciones artísticas de aficionados? El evangelio restaurado de Jesucristo fue lo que vinculó a aquellas obras de arte. La diversidad de culturas fue lo que dio a la exposición fuerza y atractivo universal. La asistencia aumentó considerablemente cuando muchos de los visitantes volvieron a la exposición una y otra vez. Si se hubiera dado énfasis solamente a una cultura y área geográfica, el entusiasmo no hubiera sido el mismo.

¿Cómo logramos la unificación en la iglesia?

El concurso internacional de arte es un ejemplo de la unidad y la diversidad que a menudo encontramos en las congregaciones de los santos hoy día. Los primeros cristianos también tuvieron que hacer frente a la diversidad, lo cual no fue fácil. Muchas veces les fue imposible unificar las diferentes culturas, ya que carecían de ciertos factores que nos unifican actualmente, tales como medios instantáneos de comunicación, corporaciones multinacionales de negocios, viajes intercontinentales y una gran selección de libros y revistas. Pero lograron encontrar la forma de crear una iglesia unificada compuesta por conversos de muchas tierras distintas.

Ya sea que nos demos cuenta o no, la diversidad es en esta época una parte integral de la Iglesia, y va en aumento día a día. Si nuestros esfuerzos por unificar a los miembros de diferentes culturas tienen el mismo éxito que tuvo el concurso de arte, la Iglesia puede tener miembros de muchas diferentes culturas que comparten una profunda unidad espiritual. Para lograrlo, necesitaremos que los líderes, cuidadosamente preparados, enseñen conceptos de unificación a los miembros. Los barrios y estacas cuyos miembros sepan dar una bienvenida cálida a miembros de diversas culturas —dándoles la oportunidad de trabajar hombro a hombro con sus hermanos y hermanas, al servicio de sus semejantes— apresurarán el proceso de unificación. Como dijo el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “Todos nos necesitamos mutuamente; nada es bello o bueno cuando nos encontramos solos”.

Ahora, volvamos a la Estaca de Los Angeles en la década de los años cincuenta. Solamente había un grupo minoritario claramente identificado en la estaca. El hermano Joe Brandenburg presidía su amada Rama para Sordos del Sur de California. Esa pequeña rama era el deleite de la estaca cuando yo llegué. Las madres cantantes de la Sociedad de Socorro nos conmovían cuando interpretaban los bellos himnos durante las conferencias. La estaca tenía muchos desafíos, pero la verdadera diversidad aún estaba por llegar.

Los acontecimientos subsiguientes empezaron a cambiar la configuración de la estaca y de la región del Sur de California. El presidente de la misión, el hermano John K. Edmunds, decidió enviar a una pareja de misioneros para trabajar con los sordos. Los élderes Wayne Bennett y Jack Rose bautizaron a muchos nuevos conversos en la rama. El presidente Brandenburg se convirtió en el obispo Brandenburg. El barrio se dividió varias veces y muchas ramas para sordos empezaron a funcionar en otras estacas.

Un cambio dramático

Mientras tanto, en Corea, al principio de la década de los años cincuenta, se estaban llevando a cabo otros acontecimientos que habrían de cambiar el futuro de la Estaca de Los Angeles. A medida que la guerra se generalizó en aquella antigua tierra, la cual había cerrado sus puertas a la influencia occidental y a la obra misional hasta ese momento, los miembros de la Iglesia que servían en las fuerzas armadas estadounidenses estaban sembrando las semillas del evangelio por medio del ejemplo que daban al vivir su religión en el desempeño de sus obligaciones militares.

Al mismo tiempo, Kim Ho Jik estaba estudiando para obtener un doctorado en la Universidad Cornell, en Ithaca, Nueva York. El inicio de la guerra le impuso una larga separación de su familia en Corea, y por las noches empapaba la almohada con lágrimas de preocupación y tristeza. En las circunstancias y estado emocional en que se encontraba, le impresionaron mucho las buenas obras y la doctrina de sus amigos miembros de la Iglesia. Se bautizó y fue el primer élder de la Iglesia de origen coreano. Cuando regresó a Corea después de la guerra, fue nombrado viceministro de educación de la nación y se convirtió en el élder principal de entre los santos coreanos. (Véase “Kim Ho Jik: un pionero coreano”, Liahona, febrero de 1989, páginas 8-15.)

Al poco tiempo, a los misioneros de la Iglesia se les llamó como líderes, reemplazando así a los soldados, y empezaron a enseñar el evangelio en el idioma coreano. Como oficial del ejército, tuve el privilegio de dar la bienvenida a los élderes Powell y Deton, los primeros misioneros que llegaron a Seúl, Corea. La formación de ramas, distritos y misiones progresó de tal manera que pronto llegaron a tener barrios, estacas y un templo. Cientos de miles de coreanos, incluso algunos de los Santos, emigraron a los Estados Unidos y a otros países. Muchos se bautizaron en la Iglesia en los países a donde emigraron. Tanto en su tierra natal como en el extranjero, los coreanos se convirtieron en una parte importante de la Iglesia, dándole así un carácter más universal. Muchos de ellos se ubicaron en la Estaca de Los Angeles, en donde pronto se formó una rama coreana. El oriente empezaba a extenderse hacia el occidente: esta vez en el occidente.

Este cambio dramático, que fue resultado de la guerra, se repitió en otras tierras, esparciendo a vietnamitas, camboyanos y a muchos otros pueblos por todo el mundo. La guerra y las tribulaciones en sus propios países obligó a los habitantes de estos pueblos a emigrar del oriente al occidente, y como resultado las puertas de las oportunidades para la predicación del evangelio se abrieron de par en par. En los países latinoamericanos y las Filipinas también se abrieron estas puertas y muchos de los habitantes viajaron a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades económicas para su familia. Tanto en su tierra natal como en los Estados Unidos, pasaron a formar parte de congregaciones de los Santos. Súbitamente, en las congregaciones de la Estaca de los Angeles —y en muchas otras estacas— se representaban muchas culturas. La Estaca de San Diego y la de Oakland siguieron el mismo patrón de cambio. Los líderes se esforzaron por crear congregaciones unificadas en las que los Santos se amaran, se aceptaran y sirvieran unos a otros. También se Organizaron algunas unidades en varios idiomas extranjeros.

“Ya no seáis extranjeros”

Todo este cambio no fue del agrado de muchos miembros; unos protestaron y otros optaron por mudarse a otro lugar, ya que añoraban épocas pasadas en que no había tantos cambios en la Iglesia. En 1978, más negros empezaron a convertirse a la Iglesia, y eso trajo consigo más variedad cultural en nuestras congregaciones. Los líderes, por medio de conferencias de estaca y de barrio, así como por otros medios, enseñaron la doctrina de que debemos amar, aceptar y servir a nuestros semejantes, así como a ser unidos en el evangelio. Un nuevo espíritu estimuló a los Santos. Como lo expresó la hermana Pinkston, quien fue presidenta de la Sociedad de Socorro del Barrio Wilshire, Estaca de los Angeles: “Estos son los días de emoción y de gloria, no como los días en que todos éramos descendientes de europeos”.

Muchos observaron lo que sucedió en Los Angeles y Oakland, California; Chicago, Illinois; Londres, Inglaterra y otras grandes ciudades que se convirtieron en centros internacionales de población de la Iglesia y se preguntaron lo que les depararía el futuro. Muy pronto se hizo evidente que lo mismo estaba sucediendo en muchas estacas de las grandes ciudades del mundo. Actualmente, ya sea en Washington, D.C.; en Sao Paulo, Brasil; en Sydney, Australia o en Hyde Park, Inglaterra, los miembros de la Iglesia que viajan por estos lugares encuentran tal diversidad. Es emocionante y también beneficioso porque presenta una multitud de dificultades, pero tiene éxito cuando los líderes comprenden la importancia de lo que está sucediendo.

Una fuerza unificadora

¿Existe una fuerza unificadora lo suficientemente poderosa como para que supere los obstáculos que separan a las personas de distintas culturas? La respuesta es un sonoro ¡sí!

Para lograr esta unidad se necesitan líderes entusiastas e inspirados. Cuando los líderes tienen visión, tienen una meta y saben cómo alcanzarla, los miembros responden en forma positiva. Ya tenemos la doctrina relacionada con este principio. Cristo es la principal piedra del ángulo de la Iglesia, y todos los que se unen a ella “ya no [son] extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Nuestro Profeta, autorizado por Dios, nos instruye en materia de doctrina y prácticá. La autoridad del sacerdocio que se da a los hombres les da el derecho de bautizar, de conferir el Espíritu Santo y de bendecir a nuestras congregaciones sin que perdamos nuestra individualidad cultural. Las Escrituras contienen la palabra de Dios para guiamos. Tenemos a nuestro alcance las ordenanzas básicas del evangelio, las reuniones sacramentales semanales, las bendiciones del templo y un sacerdocio y una Sociedad de Socorro universales. El evangelio se centra en los hogares, y el trabajo de propagar el evangelio por medio de la obra misional y el servicio en los templos en beneficio de nuestros antepasados proporciona a los miembros las oportunidades de vivir una vida dinámica y fructífera. Como un firme cimiento, el Espíritu Santo une a todos aquellos que viven dignamente para recibir y magnificar sus dones.

Los calificativos y otras barreras

A pesar de que tenemos a nuestro alcance estas sencillas doctrinas y prácticas unificadoras, existen algunas barreras que nos impiden lograr una mayor unidád entre los miembros de diversas culturas. Entre estas barreras se encuentran la discriminación racial o cultural y la opinión que algunas personas tienen de que los grupos raciales distintos deben mantenerse separados de los demás. El evangelio es suficiente para crear la unidad que se desea, pero el hombre es imperfecto. El temor que surge a consecuencia de las barreras del idioma, de aceptar a aquellos de raza o color distintos, y el rechazo a los que permanecen solteros, son todas barreras que impiden la unidad. Por lo general, el uso de calificativos conduce al maltrato, al aislamiento y a la discriminación. El calificar a un miembro de la Iglesia de intelectual, inactivo, feminista, sudafricano, armenio, mormón de Utah (de quienes se dice que son distintos de los demás mormones), o mexicano, por ejemplo, parece dar una excusa para maltratar a una persona o para no tomarla en cuenta, como si no existiera. Si queremos llegar a tener una sociedad como la que creó Enoc, debemos analizar éste y otros problemas similares.

A medida que lleguemos a ser uno con Dios, llegaremos a ser uno con nuestros semejantes. Al llegar a ser uno con nuestros semejantes, llegaremos a ser uno con Dios.

Esta unidad, la cual debería ser algo natural, muchas veces es algo muy difícil de alcanzar, y sólo se logra paso a paso: “línea por línea, precepto tras precepto” (D. y C. 98:12).

Fue necesario que Pedro tuviera una revelación para que dijera: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

Algunos de nosotros, como Pablo, aceptamos fácil y naturalmente el concepto de que debemos aceptar a todas las personas. Como pueblo, nosotros, al igual que los miembros de la Estaca de los Angeles, estamos cumpliendo en cierto grado con este mandamiento de crear unidad entre muchas culturas. Pero podríamos esforzarnos más por disfrutar de las diferencias culturales de nuestros hermanos. Es posible que tengamos que adoptar más cambios de actitud, pero debemos aprender a apreciar las diferencias en los demás. El futuro nos deparará aún muchos más cambios culturales, y todos los que asistan a nuestras congregaciones merecen tener amigos y líderes como el apóstol Pablo.

El vínculo que nos une

Se ha notado también una tendencia a simplificar la organización, los procedimientos y la forma de adorar, lo que significa que estamos volviendo a los conceptos básicos y fundamentales. Esta simplificación, lograda con prudencia y orden, se está llevando a cabo en toda la Iglesia. Un ejemplo de ello es el nuevo programa de presupuesto.

La experiencia me ha enseñado que debemos esforzarnos para crear unidad entre los miembros de distintas culturas. Para ello necesitamos líderes activos y capaces. El cambio no va a suceder por sí solo, sino que tenemos que hacer algo de nuestra parte, ya que aún es posible que en cualquier congregación de la Iglesia surja el aislamiento y la discriminación.

Cada uno de nosotros debemos hacer un esfuerzo personal por aprender a aceptar e incluir en nuestra vida a otras personas dondequiera que nos encontremos. Es algo que merece prioridad en nuestra vida. Y necesitamos líderes que ejemplifiquen estos preceptos y enseñanzas. Todos debemos ser justos con nuestros semejantes, especialmente con aquellos a quienes se discrimina, aisla o excluye de la sociedad. Cuidémonos de no tomar parte en bromas o chistes que rebajen o degraden a otras personas por motivo de su religión, cultura, raza, nacionalidad o sexo. Todos somos iguales a la vista de Dios. Debemos alejarnos de estas situaciones, o reprender a las personas que se burlan de las personas que son diferentes de ellos, lo cual es una práctica común y desagradable. Todos debemos poner de nuestra parte para erradicar este problema.

Ahora que se han creado nuevas misiones en América Central y del Sur, en Bulgaria, Checoslovaquia, Grecia, Hungría y Polonia, y con la dedicación de nuevos países para la predicación del evangelio, la Iglesia continúa creciendo a pasos agigantados y pronto estará establecida en la mayor parte del mundo. Es inevitable que surjan más cambios y diferencias raciales, culturales y nacionales. ¡Esta es una época gloriosa! Nosotros, de la misma manera que los miembros de la Estaca de Los Angeles, nos beneficiaremos por estos cambios.

Es mi oración que busquemos oportunidades para disminuir el aislamiento y aumentar la aceptación de todas las personas, y que podamos mejorar nuestra vida, aprovechando estas diferencias humanas y los lazos de unión que nos proporcionan nuestras creencias.

Tal como sucedió con la exposición internacional de arte del Museo de la Iglesia, tratemos de encontrar un vínculo común que nos una por medio del amor y por medio de Jesucristo y Su evangelio.

Espero que el feliz resultado de nuestros esfuerzos sea el desarrollo de la unidad en medio de las diferencias culturales y que podamos disfrutar de las condiciones que existieron en la época del Libro de Mormón cuando no se encontraba “ninguna especie de itas” (4 Nefi 1:17). □

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La clave de nuestra religión

Liahona Agosto 1992

La clave de nuestra religión

Por el presidente Ezra Taft Benson

Refiriéndose al Libro de Mormón, el profeta José Smith dijo que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.

Hoy quisiera hablar sobre uno de los dones más importantes que se han dado al mundo en tiempos modernos. El don al que me refiero es más importante que las invenciones que han surgido de la revolución industrial o tecnológica; este es un don de mayor valor aún para el género humano que los muchos adelantos maravillosos que hemos visto en la medicina moderna; es de mayor valor para el género humano que la evolución de los vuelos y viajes espaciales. Hablo del Libro de Mormón.

Este don fue preparado por la mano del Señor durante un período de más de mil años, y permaneció escondido por El para preservarlo en su pureza para nuestra generación. Quizá no haya nada que testifique más claramente de la importancia de este libro de Escrituras que lo que el Señor mismo ha dicho sobre él.

Por su propia boca ha dado testimonio de que: (1) es verdadero (D. y C. 17:6); (2) contiene la verdad de Sus palabras (D. y C. 19:26); (3) se tradujo por el poder del cielo (D. y C. 20:8); (4) contiene la plenitud del evangelio de Jesucristo (D. y C. 20:9; 42:12); (5) fue dado por inspiración y confirmado por el ministerio de ángeles (D. y C. 20:10); (6) da evidencia de que las Sagradas Escrituras son verdaderas (D. y C. 20:11); y (7) aquellos que lo reciban con fe recibirán la vida eterna (D. y C. 20:14).

Un poderoso segundo testimonio de la importancia del Libro de Mormón es el darse cuenta del momento en que el Señor permitió que se publicara, dentro del cuadro cronológico de la restauración. Lo único que lo precedió fue la Primera Visión. En esa manifestación maravillosa, el profeta José Smith entendió la verdadera naturaleza de Dios y supo que Dios tenía una obra que encomendarle. La aparición del Libro de Mormón fue lo que le siguió.

Piensen en eso y en lo que ello implica. La aparición del Libro de Mormón precedió a la restauración del sacerdocio. Se publicó unos pocos días antes de que se organizara la Iglesia. A los santos se les dio el Libro de Mormón para que lo leyesen, antes de que se les dieran las revelaciones que detallaban enseñanzas tales como los tres grados de gloria, el matrimonio celestial y la obra vicaria. Apareció antes de la organización de los quórumes del sacerdocio y de la Iglesia. ¿No nos dice esto algo sobre cómo considera el Señor esta obra sagrada?

Una vez que nos demos cuenta de cómo se siente el Señor con respecto a este libro, ¿no debería sorprendernos que también nos dé advertencias sobre cómo recibirlo? Después de indicar que aquellos que reciban el Libro de Mormón con fe, obrando con rectitud, recibirán una corona de vida eterna (véase D. y C. 20:14), el Señor continúa con esta exhortación: “… más para quienes endurezcan sus corazones en la incredulidad y la rechacen [esta obra], se tomará para su propia condenación” (D. y C. 20:15).

En 1829, el Señor advirtió a los santos que no deberían jugar con las cosas sagradas (véase D. y C. 6:12). Ciertamente, el Libro de Mormón es sagrado y, sin embargo, muchos juegan con él, o sea, lo toman a la ligera, sin darle mucha importancia.

En 1832, cuando algunos de los primeros misioneros regresaban de su misión, el Señor les reprendió por tratar el Libro de Mormón a la ligera. Les dijo que como resultado de esa actitud, sus mentes se habían ofuscado. El tratar este libro sagrado a la ligera no solamente les había dejado a ellos en tinieblas, sino que también había traído condenación a toda la Iglesia, aun a todos los hijos de Sión. Y luego el Señor les dijo: “… y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón” (D. y C. 84:57).

¿Hay alguna razón para que hoy nos parezca el Libro de Mormón menos importante por el hecho de que lo hayamos tenido por más de un siglo y medio? ¿Recordamos el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón? En la Biblia tenemos el Antiguo y el Nuevo Testamento. La palabra testamento es el equivalente en inglés de una palabra griega que se puede traducir como convenio. ¿Es esto lo que quiso decir el Señor cuando llamó al Libro de Mormón “el nuevo convenio”? Porque es en realidad otro testamento o testigo de Jesús. Esta es una de las razones por las que recientemente hemos agregado las palabras Otro testamento de Jesucristo al título del Libro de Mormón.

Si a los primeros santos se les reprendió por tratar al Libro de Mormón a la ligera, ¿acaso estamos nosotros bajo una condenación menor si hacemos lo mismo hoy día?

Existen tres grandes razones por las cuales los Santos de los Últimos Días deberían hacer del estudio del Libro de Mormón un esfuerzo de toda la vida.

La primera es que el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión. Así lo declaró el profeta José Smith. El testificó que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión” (Introducción al Libro de Mormón). La clave es la piedra central o angular de un arco. Sostiene a todas las demás en su lugar, y si se quita, el arco se derrumba.

Hay tres formas en que el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión. Es la clave en el testimonio de Jesucristo, es la clave de nuestra doctrina, y es la clave del testimonio.

El Libro de Mormón es la clave en nuestro testimonio de Jesucristo, quien es a la vez la clave de todo lo que hacemos. Con poder y claridad testifica de Su realidad. A diferencia de la Biblia, que pasó por generaciones de copistas, traductores y religiosos corruptos que manipularon indebidamente el texto, el Libro de Mormón vino de escritor a lector en un solo paso inspirado de traducción. Por lo tanto, su testimonio del Maestro es claro, puro y poderoso. Pero es más que eso. La mayoría del mundo cristiano de hoy rechaza la divinidad del Salvador. Pone en tela de juicio su nacimiento milagroso, su vida perfecta y la realidad de su gloriosa resurrección. El Libro de Mormón enseña en términos claros e inequívocos la autenticidad de tales hechos. También proporciona la explicación más completa de la Expiación. Verdaderamente, este libro divinamente inspirado es una clave que da testimonio al mundo de que Jesús es el Cristo (véase la portada del Libro de Mormón).

El Libro de Mormón es también la clave de la doctrina de la resurrección. Como mencioné anteriormente, el Señor mismo ha declarado que el Libro de Mormón contiene “la plenitud del evangelio de Jesucristo” (D. y C. 20:9). Eso no quiere decir que contenga todas las enseñanzas, ni toda la doctrina que se ha revelado. Lo que quiere decir es que en el Libro de Mormón encontraremos la plenitud de la doctrina que se requiere para nuestra salvación. Y se enseña clara y simplemente a fin de que aun los niños puedan aprender los senderos de salvación y exaltación. El Libro de Mormón ofrece tantas cosas que ensanchan nuestro conocimiento de la doctrina de salvación que, sin él, mucho de lo que se enseña en otros-libros de escritura no sería tan claro y precioso.

Finalmente, el Libro de Mormón es la clave del testimonio. Al igual que un arco se derrumba si se le quita la piedra angular, así también toda la Iglesia se sostiene, o cae, en base a la veracidad del Libro de Mormón. Los enemigos de la Iglesia entienden esto claramente, y esa es la razón por la que luchan tan arduamente para tratar de desacreditar al Libro de Mormón, porque si lo logran, también desacreditarían al profeta José Smith. Lo mismo sucede con nuestra declaración de que poseemos las llaves del sacerdocio, y la revelación y la restauración de la Iglesia. Pero igualmente, si el Libro de Mormón es verdadero —y millones de personas han testificado ya de que han recibido la confirmación del Espíritu acerca de su veracidad— entonces debe uno aceptar que ha habido una restauración y todo lo que le acompaña.

Sí, el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión— la clave de nuestro testimonio, la clave de nuestra doctrina y la clave en el testimonio de nuestro Señor y Salvador.

La segunda gran razón por la que debemos hacer del Libro de Mormón el centro de nuestro estudio es porque fue escrito para nuestros días. Los nefitas nunca tuvieron el libro, ni tampoco los lamanitas de la antigüedad. Fue escrito para nosotros. Mormón escribió casi al final de la civilización nefita. Bajo la inspiración de Dios, quien ve todas las cosas desde el principio, recopiló registros de siglos, escogiendo los relatos, discursos y acontecimientos que más nos serían de provecho.

Todos los escritores principales del Libro de Mormón testificaron que escribían para las generaciones futuras. Nefi dijo: “Dios el Señor me ha prometido que estas cosas que escribo serán guardadas, y preservadas y entregadas a los de mis posteridad, de generación en generación” (2 Nefi 25:21). Su hermano Jacob, quien lo sucedió, escribió palabras similares: “Porque [Nefi] dijo que la historia de su pueblo debería, grabarse sobre sus otras planchas, y que yo debía conservar estas planchas y transmitirlas a mi posteridad, de generación en generación” (Jacob 1:3). Tanto Enós como Jarom indicaron que ellos tampoco estaban escribiendo para su propia gente, sino para generaciones futuras (véase Enós 1:15-16; Jarom 1:2).

Mormón mismo dijo: “…sí, hablo a vosotros, un resto de la casa de Israel” (Mormón 7:1). Y Moroni, el último de los inspirados autores, realmente vio nuestros días y nuestra época. “He aquí”, dijo, “el Señor me ha mostrado cosas grandes y maravillosas concernientes a lo que se realizará en breve, en ese día en que aparezcan estas cosas entre vosotros.

“He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras” (Mormón 8:34-35).

Si ellos vieron nuestros días, y eligieron aquellas cosas que serían de máximo valor para nosotros, ¿no es esa suficiente razón para estudiar el Libro de Mormón? Constantemente deberíamos preguntarnos: “¿Por qué inspiró el Señor a Mormón [o a Moroni o a Alma] para que incluyera esto en su registro? ¿Qué lección puedo aprender de esto que me ayude a vivir en esta época?”

Hay muchos ejemplos de cómo contestar esta pregunta. Por ejemplo, en el Libro de Mormón encontramos un modelo para prepararnos para la Segunda Venida. Una gran parte del Libro se centra en las pocas décadas previas a la venida de Cristo a América. Por medio de un estudio cuidadoso de ese período, podemos determinar por qué algunos fueron destruidos en los terribles juicios que precedieron Su venida y que indujo a otros a ponerse de pie ante el templo, en la tierra de la Abundancia, y meter sus manos en las heridas de las manos y los pies del Señor.

Del Libro de Mormón aprendemos cómo viven los discípulos de Cristo en tiempos de guerra. Por el Libro de Mormón vemos las iniquidades de las combinaciones secretas expuestas en una gráfica y fría realidad. En el Libro de Mormón encontramos lecciones para enfrentarnos a la persecución y a la apostasía; aprendemos mucho sobre cómo hacer la obra misional. Y más que nada, en el Libro de Mormón vemos los peligros del materialismo y de poner nuestro corazón en las cosas del mundo. ¿Puede alguien dudar de que este Libro sea para nosotros y que en él encontremos gran poder, consuelo y protección?

La tercera razón por la cual el Libro de Mormón es de tanto valor para los Santos de los Últimos Días se da en la misma declaración del profeta José Smith, citada anteriormente. Él dijo: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que el hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción al Libro de Mormón). Esta es la tercera razón para estudiar el Libro de Mormón. Nos ayuda a acercarnos a Dios. ¿No existe algo muy profundo en nuestro corazón que añora acercarse más a Dios, ser más como Él es en nuestros quehaceres diarios y sentir su presencia constantemente? Si es así, el Libro de Mormón nos ayudará a lograrlo más que ningún otro libro.

No se trata sólo de que el Libro de Mormón nos enseñe la verdad, aunque en realidad así lo hace, ni de que dé testimonio de Cristo, aunque de hecho también lo hace, sino hay algo más que eso. Hay un poder en el libro que empezará a fluir a su vida en el momento en que empiece usted a estudiarlo seriamente. Encontrará mayor poder para resistir la tentación; encontrará el poder para evitar el engaño; encontrará el poder para mantenerse en el camino angosto y estrecho. A las Escrituras se les llama “las palabras de vida” (D. y C. 84:85), y en ningún otro caso es eso más verdadero que en el caso del Libro de Mormón. Cuando empiecen a sentir hambre y sed de esas palabras, encontrarán vida en mayor abundancia.

Les imploro de todo corazón que consideren con gran solemnidad la importancia del Libro de Mormón para ustedes personalmente y para la Iglesia colectivamente.

No permanezcamos bajo condenación, con sus castigos y juicios, por el hecho de tratar ligeramente este gran y maravilloso don que nos ha concedido el Señor (véase D. y C. 84:54-58). Por el contrario, obtengamos las promesas que se reciben al atesorarlo en nuestro corazón.

He recibido muchas cartas de los santos, tanto jóvenes como adultos, de todas partes del mundo, que han aceptado el compromiso personal de estudiar el Libro de Mormón.

Me han emocionado sus relatos de cómo el libro ha cambiado su vida y cómo se han acercado más al Señor como resultado de su dedicación. Estos gloriosos testimonios le han reafirmado a mi alma las palabras del profeta José Smith de que el Libro de Mormón es verdaderamente “la clave de nuestra religión” y de que el hombre “se… acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”.

Ruego que el Libro de Mormón se convierta en la clave de nuestra vida. □

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Creámosle a Cristo

Liahona Abril 1992

Creámosle a Cristo
Un análisis de la Expiación

Por Stephen E. Robinson

Tener fe en Jesucristo no significa simplemente creer en Su existencia y en Su identidad. Tener fe en Cristo significa creerle cuando nos dice que Él puede purificarnos y hacernos celestiales.

El gran dilema del universo consiste en dos hechos reales. En Doctrina y Convenios 1:31 leemos sobre el primero: “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”. Eso significa que el Señor no soporta el pecado; que no puede pasarlo por alto o hacer de cuenta que no existe. Él no lo tolera.

El otro hecho es muy simple: yo peco y ustedes también. Si esto fuera tan sencillo, tendríamos que llegar a la conclusión de que nosotros, como seres pecadores, no podríamos estar en la presencia de Dios.

Pero realmente no es así, porque la expiación de Cristo nos ofrece el plan glorioso por medio del cual se puede solucionar ese dilema. Para ilustrar este concepto, me gustaría contarles algunas experiencias que hemos tenido en mi familia.

La primera fue con mi hijo Michael. El hizo algo malo cuando tenía unos seis o siete años. Es mi hijo y quiero que sea mejor de lo que fui yo, su padre; espero mucho de él. En aquella ocasión le mandé que se fuera a su dormitorio y le dije:

“Te quedarás allí hasta que yo vaya a buscarte”.

Me olvidé del asunto y unas horas después, mientras estaba mirando televisión, oí que se abría la puerta del dormitorio de mi hijo y sentí unos pasos vacilantes por el corredor.

“¡Oh no!”, dije, levantándome rápidamente. En el corredor estaba mi hijo con los ojos hinchados de tanto llorar. Me miró, e inseguro por no saber si había hecho bien en salir de su habitación, me dijo:

“Papá, ¿vamos a volver a ser amigos?”

Por supuesto que lo abracé y le dije lo mucho que lo amaba. Él es mi hijo y lo amo, haga lo que haga.

Al igual que Michael, todos hacemos cosas que no son del agrado de nuestro Padre Celestial y que nos separan de Su presencia y de Su Espíritu. Hay ocasiones, desde el punto de vista espiritual, en las que se nos “manda que vayamos a nuestro dormitorio”. Cometemos pecados que hieren nuestro espíritu y a veces hacemos cosas que nos hacen sentir como si nunca más pudiéramos ser limpios otra vez. Cuando eso sucede, a veces le preguntamos al Señor: “Padre, ¿vamos a volver a ser amigos?”

La respuesta a esa pregunta la encontramos en todos los libros canónicos y es un rotundo: “¡Sí!, gracias a la expiación de Cristo”. En particular me gusta el pasaje que aparece en Isaías 1:8, que dice:

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

En ese pasaje el Señor nos está diciendo que, sea lo que fuere que hayamos hecho, Él puede hacer que seamos puros, dignos, inocentes y celestiales.

Ahora bien, tener fe en Jesucristo no significa simplemente creer que Él es quien dice ser, o creer en Cristo, sino que a veces también significa creer que Él puede salvarnos.

En mis llamamientos en calidad de obispo y maestro de la Iglesia he aprendido que hay muchas personas que creen que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo, pero no tienen una firme convicción con respecto al hecho de que Él puede darles la salvación; creen en Su identidad, pero no en el poder que tiene para limpiarlos, purificarlos y salvarlos. Tener fe en la identidad de Jesucristo es sólo la mitad del concepto de tener fe en El. Tener fe en el poder que tiene para purificar y salvar es la otra mitad. No sólo debemos creer en Cristo, sino que también debemos creerle cuando nos dice que tiene el poder para purificarnos y hacernos celestiales.

Cuando era obispo, algunos de los miembros del barrio me decían: “Obispo, mi pecado es horrible. No puedo recibir todas las bendiciones del evangelio porque hice esto y aquello. Vendré a la Iglesia y espero recibir alguna recompensa por ello, pero no soy digno de recibir la plenitud de las bendiciones de la exaltación en el reino celestial después de haber hecho lo que hice”.

Otros decían: “Obispo, soy un miembro común de la Iglesia; soy débil e imperfecto y no tengo todos los talentos que tiene el hermano Fulano o la hermana Fulana de tal. Nunca seré llamado a ocupar un cargo en el obispado, o ser presidenta de la Sociedad de Socorro.

Soy un santo o santa común y corriente. Nunca ganaré la exaltación”.

Declaraciones como las anteriores encierran el siguiente concepto: “No creo que Cristo pueda hacer lo que Él dice que puede hacer; no tengo fe en Su capacidad para exaltarme”.

Un hermano me dijo en una ocasión: “Obispo, yo no soy de índole celestial”. Dicho comentario me impacientó y le dije: “Hermano, ¿por qué no admite el verdadero problema que usted tiene? ¿Que usted no tiene una naturaleza celestial? Bueno, no es el único. ¡Ninguno de nosotros la tiene! Si fuera por nosotros mismos, ninguno lograría jamás el grado de perfección que debemos alcanzar para ser dignos de vivir en la presencia de Dios. ¿Por qué no admite que no tiene fe en la capacidad que Cristo tiene de hacer lo que Él dice que puede hacer?”

El hermano se molestó conmigo y agregó: “Yo tengo un testimonio de Jesús. Yo creo en Cristo”.

A lo que le respondí: “Sí, usted cree en Cristo, pero no le cree cuando Él dice que aunque usted no sea de índole celestial, Él puede hacerlo celestial si usted coopera”.

¿Por qué le llamamos el Salvador?

A veces nos sentimos abrumados ante la presión que sentimos al tratar de ser perfectos; a veces no creemos en la verdad más maravillosa del evangelio de que el Señor puede cambiarnos y llevarnos a Su reino. Permítanme contarles otra experiencia que sucedió hace unos diez años.

En ese entonces, mi esposa Janet y yo vivíamos en Pensilvania. Todo parecía marchar bien. Yo había recibido un ascenso en el trabajo y en general había sido un buen año para toda la familia. No obstante, fue una época muy difícil para mi esposa. Había nacido nuestro cuarto hijo, se había recibido de contadora pública y la habían llamado para ser presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Teníamos la recomendación para ir al templo, realizábamos las noches de hogar y yo estaba en el obispado.

Una noche ocurrió algo con mi esposa que yo describiría sólo como “agonía espiritual”. Ella se negaba a hablar y decirme lo que le sucedía.

Para mí, eso era lo peor. Durante varios días se negó a participar en cualquier cosa de índole espiritual, y pidió que la relevaran de sus llamamientos.

Por último, después de dos semanas, dijo: “Está bien. ¿Quieres saber lo que me pasa? Pues te lo diré.

No puedo hacerlo todo; no puedo levantarme a las 5:30 de la mañana, hacer pan casero, coser y remendar, ayudar a los chicos con las tareas de la escuela, cumplir con mis ocupaciones, cumplir con mi llamamiento en la Sociedad de Socorro, hacer la obra genealógica, asistir a las reuniones de padres y maestros de escuela y escribir a los misioneros”. Y, una por una, fue nombrando todas sus responsabilidades.

Luego enumeró sus defectos e imperfecciones. Agregó: “No tengo el talento de la hermana Morrell; no puedo hacer lo que hace la hermana Childs. Trato de no gritarles a los chicos, pero pierdo el control y les grito igual. He llegado a la conclusión de que no soy perfecta y jamás lo seré. Nunca voy a ser digna del reino celestial y no puedo pretender que lo soy. De modo que me doy por vencida. ¿Para qué matarme tratando de hacer algo imposible?”

Entonces comenzamos a hablar y lo hicimos hasta altas horas de la noche. Durante la conversación, le pregunté:

—Janet, ¿tienes un testimonio de la Iglesia?

A lo que contestó:

— ¡Por supuesto que sí! ¡Por eso me siento tan horrible! ¡Yo sé que es verdadera! Lo que pasa es que no puedo hacer todo lo que se espera de mí.

— ¿Has sido fiel a los convenios que hiciste cuando te bautizaste?

—He tratado y tratado, pero me es imposible cumplir con todos los mandamientos a la vez.

Sentí un gran alivio al saber que el problema de mi esposa no era nada de las cosas horribles que podrían haber sido. Es muy factible ser un miembro activo de la Iglesia, tener un testimonio de su veracidad, ocupar posiciones de liderazgo y, sin embargo, perder la perspectiva de las “buenas nuevas” que son el corazón del evangelio. Ella sabía por qué Jesús es el Asesor y el Maestro, por qué Él nos dio el ejemplo a seguir, por qué Él es la cabeza de la Iglesia, nuestro hermano mayor y hasta Dios. Mi esposa sabía todas esas cosas, pero no comprendía la razón por la que le llamamos el Salvador.

Mi esposa estaba tratando de salvarse, teniendo a Jesús como un asesor. Pero no podemos hacer eso. Nadie es perfecto. En Eter 3:2 leemos acerca de uno de los profetas más grandes que hayan vivido: el hermano de Jared. Su fe era tan grande que estuvo a punto de ver más allá del velo y ver el cuerpo espiritual de Cristo. No obstante, comenzó a orar y dijo:

“Y ahora, he aquí, oh Señor, no te enojes con tu siervo a causa de su debilidad delante de ti [obsérvese que comienza la oración disculpándose por ser un ser imperfecto y dirigirse a un Dios perfecto]; porque sabemos que tú eres santo y habitas en los cielos, y que somos indignos delante de ti; por causa de la caída nuestra naturaleza se torna mala continuamente; no obstante, oh Señor, tú nos has dado el mandamiento de que debemos invocarte, para que recibamos de ti según nuestros deseos”.

¡Por supuesto que no somos de índole celestial! Esa es precisamente la razón por la que necesitamos tener un salvador y por la que se nos manda que nos dirijamos a Dios y le pidamos recibir de acuerdo con los deseos de nuestro corazón. El Salvador dijo:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

Con frecuencia interpretamos mal ese pasaje de las Escrituras, porque pensamos que dice: “Bienaventurados los justos”, cuando no es así. ¿Cuándo tenemos hambre? ¿Cuándo tenemos sed? Cuando no tenemos lo que deseamos.

Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de la justicia que Dios tiene, de la justicia del reino celestial. Cuando esa justicia pasa a ser el deseo de nuestro corazón, ésta no será dada y seremos saciados. Recibimos “de acuerdo con los deseos de nuestro corazón”.

Ser uno

La perfección que se logre en la etapa mortal la debemos sólo al sacrificio expiatorio de Cristo. No nos es posible lograrla por nosotros mismos, sino que debemos ser uno con el Señor, quien es un ser perfecto. Eso es lo que en el mundo de los negocios se conoce como fusión. ¿Qué sucede cuando una pequeña compañía que está a punto de declarar bancarrota se une a una corporación más grande? Se juntan los bienes y las deudas de dos compañías para formar una entidad nueva y solvente.

Cuando mi esposa y yo nos casamos, yo estaba teniendo problemas económicos y Janet tenía dinero ahorrado en el banco. Cuando entramos en el convenio del matrimonio sacamos una cuenta bancaria a nombre de los dos. Ya no había más un “yo” ni un “ella”. Desde el punto de vista económico éramos “nosotros”. Sus ahorros compensaron mis deudas y, por primera vez en varios meses, yo pasé a ser solvente desde el punto de vista económico.

Lo mismo sucede desde el punto de vista espiritual cuando hacemos convenios con nuestro Salvador. Nosotros tenemos deudas y Él tiene bienes. Él nos propone los términos del convenio, y conste que uso la palabra propone a propósito, porque lo que se propone es cierto tipo de matrimonio espiritual. Esa es la razón por la que al Salvador le llaman el Esposo. Ese convenio es tan íntimo que en las Escrituras se le describe como una boda. Yo paso a ser uno con Cristo, y juntos nos esforzamos por lograr mi salvación. Mis deudas y Sus bienes se unen entre sí. Yo hago todo lo que puedo y El hace lo que yo todavía no puedo hacer; de ese modo, juntos, somos perfectos.

Esa es la razón por la que el Salvador dice:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

¿Qué otra exigencia tenemos que sea más grande que la de la perfección, la idea de que debemos perfeccionarnos en esta vida a fin de tener esperanzas en la vida venidera? ¿Qué carga hay que sea más pesada que el yugo de la ley?

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29-30).

“Confía en Mí”

El profeta Nefi fue un gran profeta. No obstante, necesitaba y dependía del Salvador. Él dijo:

“¡Oh, miserable hombre, que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades.

“Me veo circundado a causa de las tentaciones y pecados que tan fácilmente me asedian.

“Y cuando deseo regocijarme, mi corazón gime a causa de mis pecados…” (2 Nefi 4:17-19).

¿Se daba cuenta Nefi de su condición mortal, de la necesidad que tenía de que el Salvador lo salvara de sus pecados? Sí, y la clave yace en lo que dice al final del versículo:

“…no obstante, sé en quien he confiado” (versículo 19).

Nefi sabía que era imperfecto y se sentía agobiado por sus pecados. Todavía no era de índole celestial, pero sabía muy bien en quien había depositado su confianza. Nefi confiaba en el poder que Jesucristo tenía de limpiarlo de sus pecados y de llevarlo con El al Reino de Dios.

Yo tenía una amiga que con frecuencia solía decir: “He vivido la mitad de mi vida y me queda la otra mitad para continuar perfeccionándome y alcanzar el reino celestial”.

Un día le pregunté: “Judy, ¿qué sucedería si murieras mañana?” A ella nunca se le había ocurrido eso.

“Veamos”, dijo. “A mitad del camino hacia el reino celestial es… en medio del terrestre. Y eso no es suficiente”.

Es preciso que tengamos presente que gracias a ese convenio que hemos hecho con el Salvador, si muriéramos mañana, tendremos la esperanza de ser dignos de ir al reino celestial. Esa esperanza es una de las bendiciones que se nos prometen en ese convenio. No obstante, muchos no entienden esa esperanza ni se valen de ella.

Cuando mis hijas mellizas eran pequeñas las llevábamos a la piscina pública para enseñarles a nadar. Recuerdo que la primera vez que fuimos comencé con Rebeca. Cuando entré en el agua con ella yo pensaba: “Voy a enseñarle a nadar”. Pero ella pensaba: “¡Papá me va a ahogar! ¡Voy a morir!” Estaba tan asustada que comenzó a gritar, a llorar, a patear y hasta arañarme. No había manera de enseñarle a nadar.

Por último, la tomé en los brazos y con mucho cariño le dije: “Rebeca, estás en mis brazos; soy tu papá y te quiero mucho. No voy a permitir que te suceda nada malo. Sólo haz lo que te digo”. Para mi sorpresa me obedeció y confió en mí. Aflojó el cuerpo, y sosteniéndola en los brazos le dije: “Muy bien; ahora comienza a patalear”. Y así comenzó a aprender a nadar.

Desde el punto de vista espiritual, muchos de nosotros nos atemorizamos del mismo modo que mi hijita ante preguntas como las siguientes:

“¿Soy celestial? ¿Voy a salir bien de todo esto? ¿Hice hoy lo que se esperaba de mí?” Estamos tan horrorizados preguntándonos si vamos a vivir o a morir, si vamos a merecer o no el reino celestial, que detenemos nuestro progreso. Cuando nos sentimos de ese modo, en cierta manera, el Salvador nos rodea con Sus brazos y nos dice: “Estás en mis brazos y te amo; no voy a permitir que mueras. Descansa y confía en mí”. Si nos apaciguamos, confiamos en El y creemos lo que Él dice de la misma forma en que creemos en El, entonces, juntos, podemos comenzar a aprender a vivir los principios del evangelio. Entonces Él nos dice:

“Bien, ahora comienza a pagar el diezmo. Muy bien; ahora paga un diezmo completo”.

Y así comenzamos a progresar.

En Alma 34:14—16 leemos lo siguiente:

“Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio; y ese gran y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno.

“Y así él trae la salvación a cuantos crean en su nombre; ya que es el propósito de este último sacrificio poner por obra las entrañas de misericordia, que sobrepujan la justicia y proveen a los hombres la manera de poder tener fe para arrepentirse.

“Y así la misericordia puede satisfacer las exigencias de la justicia, y ciñe a los hombres con brazos de seguridad”.

Los brazos de seguridad: esa es mi frase favorita del Libro de Mormón.

¿Creemos los Santos de los Últimos Días en “ser salvos”? Si pregunto a mis alumnos de la clase de religión, con cierto tono de voz, “¿Creemos en ser salvos?”, en general un tercio de ellos mueven la cabeza y dicen:

“¡Oh, no, no. La mayoría de las otras religiones creen que son salvos por la gracia de Dios, hagan lo que hagan!”

¡Qué horror! Por cierto que creemos en ser salvos; esa es la razón por la que llamamos a Jesús nuestro Salvador. ¿De qué nos sirve tener un Salvador si no somos salvos? Es como tener un salvavidas que no se levante de la silla y diga: “Ahí se está ahogando otro. ¡Oye! ¡Trata de nadar de espaldas! ¡Qué lástima!, no volvió a salir a flote”. Pero nosotros tenemos a un Salvador que puede salvarnos de nosotros mismos; salvarnos de lo que nosotros no tenemos, de nuestras imperfecciones, del hombre natural que está en todos nosotros.

En la visión de José Smith del reino celestial, el Profeta describe a los que allí moran de la siguiente manera:

“Son aquellos cuyos nombres están escritos en el cielo, donde Dios y Cristo son los jueces de todo.

“Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre” (D. y C. 76:68-69).

Hombres y mujeres justos, hombres y mujeres buenos, los que tuvieron hambre y sed de justicia reciben la perfección mediante Jesucristo, el mediador del nuevo convenio.

Démosle todo lo que tenemos

Volviendo al tema de mi esposa, mientras analizábamos sus senti­mientos de incapacidad y de fracaso, recordé algo que había sucedido en nuestra familia unos meses antes, y a lo que llamamos la parábola de la bicicleta.

Un día, después de haber llegado a casa del trabajo, estaba sentado leyendo el periódico, cuando mi hija Sara, que en ese entonces tenía siete años, vino hacia mí y me dijo:

—Papá, ¿me compras una bicicleta?

No sabía con certeza si teníamos el dinero para hacer un gasto así, pero le dije que sí.

Entonces ella preguntó:

— ¿Cuándo? ¿La vamos a comprar ahora?

Para darle largas al asunto le dije:

—Ahorra todos los centavitos que puedas y pronto tendrás para comprar la bicicleta.

Y se fue complacida.

Unas semanas después, estando yo sentado en la misma silla, observé que Sara estaba ayudando a su madre y recibiendo pago por lo que hacía. Fue a su habitación y oí el sonido de monedas.

—Sara, ¿qué estás haciendo? —le pregunté.

Entonces vino y me mostró un frasco de vidrio con monedas. Me miró a los ojos y dijo: —Me prometiste que si ahorraba todo lo que pudiera, pronto tendría para comprar la bicicleta. Papá, he ahorrado todo lo que he ganado.

Me enternecí al ver que había hecho exactamente lo que yo le había dicho. Y no le había mentido, porque si guardaba todos sus centavitos, con el tiempo, tendría suficiente para comprar lo que deseaba; el problema era que, para ese entonces, ¡ella querría un auto! De modo que le dije:

—Vayamos a ver bicicletas. Fuimos a todos los comercios de bicicletas de la ciudad de Williamsport, Pensilvania, hasta que por fin encontramos la bicicleta perfecta para ella. Mi hijita se subió a ella entusiasmada, pero cuando vio el precio, el desencanto se le reflejó en su carita y con mucha tristeza me dijo:

—Papá, nunca tendré suficiente dinero para comprarla.

Entonces le hice la siguiente pregunta:

—Sara, ¿cuánto dinero tienes?

—Sesenta y un centavos.,

—Hagamos una cosa —agregué—. Entrégame todo lo que tengas, dame un abrazo y un beso y tendrás la bicicleta.

Ella me abrazó, me dio un beso y los sesenta y un centavos, y yo pagué la bicicleta. De regreso a casa, tuve que conducir el auto muy despacio porque ella se negó a bajarse de su preciada adquisición; ella iba por la acera, en su bicicleta. En el trayecto, se me ocurrió que esa era una parábola de la expiación de Cristo.

Todos deseamos algo con vehemencia, mucho más que una bicicleta: Deseamos ir al reino celestial; deseamos estar con nuestro Padre Celestial y, por más que nos esforcemos, siempre tendremos alguna imperfección que debemos superar. Y en un momento dado en la vida, nos decimos a nosotros mismos: “Yo no tengo fuerzas para seguir adelante”.

En esa etapa se encontraba mi esposa. A lo largo de la conversación, percibimos la dulzura del convenio donde el Salvador propone:

“Está bien, no eres perfecto.

Entrégame todo lo que tengas, y yo pagaré el resto. Dame un beso y un abrazo —o sea, acepta hacer el convenio conmigo— y yo me encargaré del resto”.

El Salvador requiere que nos esforcemos al máximo; requiere que luchemos y que hagamos lo mejor que podamos, y eso es todo, por ahora. Juntos progresaremos en las eternidades y, con el tiempo, llegaremos a ser perfectos. Mientras tanto, sólo somos perfectos si estamos asociados con El, por medio de un convenio. Su perfección es el único medio que tenemos para alcanzar la exaltación.

Después de analizar todo eso, por fin mi esposa comprendió. Recuerdo que llorando decía: “Siempre he creído que Él es el Hijo de Dios; siempre he creído que sufrió y murió por mí, pero ahora me doy cuenta de que Él puede salvarme de mí misma, de mis pecados, de mis debilidades, de mi incapacidad y de mi falta de talentos”.

Muchos de nosotros olvidamos las palabras de Nefi: “…ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías…” (2 Nefi 2:8).

No hay otro medio de lograr la exaltación. A veces, sin darnos cuenta, tratamos de salvarnos a nosotros mismos, poniendo a un lado el sacrificio expiatorio de Jesucristo diciendo:

“Una vez que lo haya logrado, cuando me haya perfeccionado, cuando sea digno, sólo entonces seré merecedor de la Expiación; sólo entonces le recibiré”. Pero no podemos hacer eso porque sería como si dijéramos:

“Cuando esté sano tomaré los medicamentos; sólo entonces lo mereceré”. Pero ese no es el propósito de la Expiación.

Uno de mis himnos favoritos dice: “Su gran amor debemos hoy saber corresponder, y en Su redención confiar y obedientes ser” (Himnos, 119). Creo que una de las razones por las que ese himno me gusta tanto es que expresa ambas partes del convenio. Nosotros debemos ser obedientes de todo corazón; debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, y después de haber hecho todo lo posible, entonces debemos confiar en Su redención y en Su capacidad para hacer por nosotros lo que todavía no podemos hacer por nosotros mismos.

El élder Bruce R. McConkie solía decir que era como estar en la montura del evangelio, porque cuando corremos una carrera de caballos, tratamos de ganar terreno, con la vista fija en la meta. Si bien todavía no hemos llegado a la meta final, tenemos la tranquilidad de que si esa es la meta que tenemos en la vida, también lo será en la eternidad. Mediante el sacrificio expiatorio de Cristo tenemos la esperanza de alcanzar esa meta.

Jesucristo es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Él nos salvará en forma personal si tan sólo hacemos ese convenio glorioso con Él y le damos todo lo que tenemos. Ya sean sesenta y un centavos o mucho más, no debemos retener nada. Después de haberle dado todo a Él, debemos tener fe y confiar en la capacidad que Él tiene de hacer por nosotros lo que todavía no podemos hacer; y lo hace con el fin de compensar nuestra falta de perfección. Ese es el yugo fácil y la carga ligera. □

Stephen E. Robinson es jefe del Departamento de Escrituras Antiguas de la Universidad Brigham Young.

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El ministerio eterno de Cristo

Liahona Abril 1992

El ministerio eterno de Cristo
Él es el Creador, el Revelador y el Redentor.

Por Kent P. Jackson

Los profetas de la antigüedad recibieron revelación por medio de Jesucristo, el Jehová del Antiguo Testamento. El mismo Jehová reveló las verdades del evangelio a José Smith en nuestra dispensación.

El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio y los sermones y escritos del profeta José Smith nos bendicen con el conocimiento de quién es Jesucristo, qué requiere el plan de Su Evangelio y cuál debe ser nuestra relación con El. Con esos libros modernos de revelación, más los del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento, no sólo llegamos al conocimiento de que Cristo vive, sino que también sabemos lo que significa para nosotros el hecho de que El viva.

A pesar de haber sido rechazado por la mayoría de la gente de Su época y de la ceguera del mundo actual, que con frecuencia parece no tener necesidad de un Salvador, sabemos que el Jesús que vivió en la carne no fue un carpintero judío común de Galilea. Antes de nacer en esta tierra, El gobernó en gloria bajo la dirección de Su Padre. Abraham vio a Cristo en la gloria premortal y testificó que El “era semejante a Dios” (Abraham 3:24). Por otro lado, Pablo escribió que el Cristo premortal era “en forma de Dios” (Filipenses 2:6).

Jesús mismo, al orar a Su Padre, dijo: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Él era “el resplandor de su gloria [del Padre], y la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3). Los actos divinos de crear y gobernar mundos incontables, de dar a conocer la voluntad divina a los profetas y de expiar los pecados de los hijos de Dios eran parte de la misión de Jesucristo —Jehová— quien era, tal como el rey Benjamín lo enseñó, “el Señor Omnipotente, que reina, que era y que es de eternidad en eternidad” (Mosíah 3:5). El Padre dejó todo poder y autoridad en las manos de Aquel que era el Unigénito en la carne.

A fin de comprender correctamente el papel de Jesucristo, también debemos tener un conocimiento de la magnitud de Su ministerio eterno. Las Escrituras nos enseñan que Cristo es el Creador, el Revelador y el Redentor,

El creador

Tanto las Escrituras de la antigüedad como las actuales testifican que Cristo fue el Creador. A José Smith le dijo:

“Así dice el Señor vuestro Dios, Jesucristo, el Gran YO SOY, el Alfa y la Omega…

“Soy el mismo que hablé, y el mundo fue hecho, y todas las cosas llegaron a existir por mí” (D. y C. 38:1, 3).

Pablo escribió que en Cristo “fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). El rey Benjamín dijo que Cristo era “el Creador de todas las cosas desde el principio” (Mosíah 3:8).

Moisés vio claramente el papel que Cristo desempeñó en la Creación cuando, en una visión, el Padre le mostró la obra del Señor y le dijo:

“Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado” (Moisés 1:32-33).

Bajo la dirección del Padre, Jehová sigue presidiendo Sus creaciones. El “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3), y la luz que fluye de Él “para llenar la inmensidad del espacio… da vida a todas las cosas” (D. y C. 88:12-13).

El revelador

Jesucristo es Jehová, el Dios del Israel antiguo y contemporáneo, quien ha hablado con Sus profetas desde el comienzo de los tiempos. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que: “Toda revelación desde la Caída ha venido por medio de Jesucristo, quien es el Jehová del Antiguo Testamento. En todos los pasajes en los que se menciona a Dios y en los que se refiere a su manifestación, se habla de Jehová. Fue Jehová quien habló con Abraham, con Noé, con Enoc, con Moisés y con todos los profetas. Él es el Dios de Israel, el Santo de Israel” (Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 25, compilación de Bruce R. McConkie, Salt Lake City, Utah, EE.UU. 1978).

El Libro de Mormón también nos enseña esa doctrina. Cuando Cristo se apareció en el Nuevo Mundo, después de haber resucitado, dijo:

“He aquí, soy yo quien di la ley, y soy el que hice convenio con mi pueblo Israel” (3 Nefi 15:5; véase también 1 Nefi 19:7-10; 3 Nefi 11:14).

También en nuestra época se ha manifestado como Jehová:

“Escuchad la voz de Jesucristo, vuestro Redentor, el Gran YO SOY” (D. y C. 29:1; véase también 38:1; 39:1; Éxodo 3:13-14).

El redentor

El ministerio de Jesús no se limitó a crear, a gobernar los mundos y a comunicarse con los profetas, porque debido a que Él es la Palabra de Dios y cumple en forma perfecta con la voluntad del Padre, Su misión también incluía venir a la tierra como ser mortal, ser probado en un grado mucho más alto que cualquier otro ser humano jamás podría haber resistido, vencer toda prueba y tentación sin cometer ningún pecado y sufrir por los pecados del mundo. El haber nacido en la tierra bajo circunstancias tan humildes —nacer en un establo, en una familia pobre que estaba lejos del hogar— ocultó Su identidad divina y la misión que venía a cumplir. No obstante, fue precisamente bajo esas circunstancias que pudo llevarse a cabo Su obra, porque era preciso que El descendiera “debajo de todo” (véase D. y C. 88: 5-6). Pablo conocía y entendía la naturaleza de la condescendencia de Dios: que Jesús “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

“y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:7-8). De hecho, Jesús dejó su gloria celestial cuando vino a la tierra. Llegó a ser mortal, como nosotros, para bendecir nuestra vida:

“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.

“Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado…

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 2:17-18; 4:15).

Una de las razones por la que Cristo descendió del trono divino para ser como nosotros fue para darnos el ejemplo a seguir. El demostró que, en verdad, podemos cumplir con los mandamientos y vencer las dificultades y las tentaciones de la vida. Es un gran consuelo para millones de personas que padecen problemas y tentaciones y que sufren en esta existencia mortal el saber que hubo un ser que sufrió y padeció más que cualquier otro ser humano. Jesús no sólo venció la adversidad, sino que comprende a aquellos que todavía están aprendiendo a superar la adversidad.

Pero al venir a la tierra como un ser mortal, Cristo hizo mucho más que indicarnos el camino a seguir, ya que, al expiar nuestros pecados, sufrió mucho más de lo que un ser humano puede llegar a comprender. Él dijo al respecto:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten” (D. y C. 19:16). El hizo todo eso como muestra de la misericordia infinita que tiene hacia nosotros. Cuando meditemos en el sufrimiento que Jesús padeció por nosotros, no olvidemos quién es El. Él es Jehová, el Dios Omnipotente, quien descendió de su trono de gloria, se sometió a la vida mortal y sufrió y murió por nosotros.

El sacrificio expiatorio de Cristo, el cual es el acto de sacrificio y renunciamiento más grande que jamás se haya hecho, es también Su triunfo mayor. Al realizar ese gesto de amor supremo, El demostró a todos el verdadero significado de la grandeza. Su expiación demuestra la insignificancia de la vanidad del ser humano de sentirse importante y de la obsesión de algunos de lograr jerarquía y posiciones de privilegio. Toda definición de valor debe medirse de acuerdo con el ejemplo que nos dio Jesús. El mundo rara vez mide el verdadero valor de las cosas; y a menudo lo interpreta mal.

Cuando Santiago, Juan y su madre fueron al Maestro pidiéndole ella que diera jerarquía y posición a sus hijos en el más allá, El, mansamente, les enseñó que el mundo estaba equivocado con respecto a esas cosas; les enseñó que la verdadera grandeza no proviene del rango ni del cargo que se tenga, sino del servicio que se preste a los demás. Él les dijo:

“Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.

“Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,

“y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;

“como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).

El rey de reyes

Jesús, el más grande de todos, descendió a las profundidades del abismo para que, cuando regresara al lugar de gloria que le correspondía, pudiera llevar a otros con él.

Sabemos que Jesús volvió a Su lugar de gloria; El, quien en Su vida mortal fue llamado “el Cordero de Dios” (véase Juan 1:29), es ahora, por la eternidad, el Rey de reyes y el Señor de señores (Apocalipsis 19:16). Pero aun en Su lugar de gloria, Él no ha terminado Su obra, porque todavía no estamos allí, con El. Su misión eterna, al igual que la de Su Padre, es llevar a cabo nuestra inmortalidad y nuestra vida eterna (véase Moisés 1:39).

El plan del Evangelio de Cristo nos ayuda a adquirir cualidades que reflejen Su naturaleza divina; la obediencia a Su voluntad nos ayuda a vencer nuestras debilidades y a llegar a ser más como El. No obstante, el ingrediente principal de nuestra salvación es y será siempre Su gracia.

Es posible que la parábola de Jesús sobre la oveja perdida (véase Lucas 15:1-7) nos dé una idea del gran amor que lo motiva a hacer esas cosas. Algunos lo seguirán con buena disposición, mientras que otros necesitarán más tiempo, más atención y más aliento del Pastor Divino. Pero con Su sacrificio expiatorio ya ha demostrado que para El nuestra alma no tiene precio; Su obra no habrá terminado hasta que se haya hecho todo el esfuerzo posible para salvar a cada una de las almas que escojan seguirle. Aquellos que respondan a Su llamado, que dejen de lado las cosas del mundo y vengan a Él, sabrán la veracidad de su promesa que dice: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy pues a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2). □

Kent P. Jackson es profesor de Escrituras Antiguas en la Universidad Brigham Yotmg.

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