Instrumentos en las manos de Dios

Conferencia General Octubre 2005
Instrumentos en las manos de Dios
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Su influencia para bien no se puede calcular ni describir.

El presidente Hinckley me ha autorizado, en nombre de la Primera Presidencia a expresar nuestro agradecimiento a todos los que han ayudado en cualquier aspecto a preservar la vida y la propiedad después de los desastres que han ocurrido recientemente y que todavía continúan en nuestro país.

Mis queridas hermanas, siento humildad ante esta gran responsabilidad y privilegio de dirigirme a ustedes, las hijas de Dios, en los diversos países. Hemos sido edificados y elevados espiritualmente mediante la breve presentación en video del presidente Hinckley. Agradecemos que el presidente Hinckley y el presidente Monson estén con nosotros esta noche. Su apoyo e influencia nos fortalece. La hermana Parkin, la hermana Hughes y la hermana Pingree nos han inspirado, y el coro nos ha conmovido. Al ver sus rostros, puedo percibir su bondad. Felicito a cada una de ustedes por sus labores de rectitud de cada día. Aunque sean pocos los que se den cuenta de las obras que ustedes realizan, éstas están inscritas en el libro de la vida del Cordero 1 , el cual será abierto un día para ser testigo de su dedicado servicio, de su devoción y de sus hechos como “instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra” 2 .

El élder Neal A. Maxwell dijo: “Poco sabemos del porqué de la división de los deberes entre el hombre y la mujer, así como entre la maternidad y el sacerdocio; eso fue divinamente determinado en otro tiempo y en otro lugar. Nos acostumbramos a enfocar nuestra atención en los hombres de Dios, porque en ellos recaen las responsabilidades del sacerdocio y del liderato. Pero paralela a esa línea de autoridad, fluye una influencia recta que se refleja en las admirables hijas de Dios que han existido en todas las épocas y dispensaciones, incluso en la nuestra, y cuya grandeza no se mide en palabras escritas, ya sea en los periódicos o en las Escrituras. La historia de las mujeres de Dios ha sido, hasta ahora, un inédito drama femenino dentro del drama histórico” 3 .

Hermanas, quizás algunas de ustedes crean que no están a la altura de las circunstancias, ya que parece que no logran hacer todo lo que desean hacer. La maternidad y la crianza de los hijos son funciones sumamente difíciles. También tienen llamamientos en la Iglesia que desempeñan en forma competente y a conciencia. Además, muchas de ustedes, aparte de todo eso, tienen que trabajar al igual que cuidar de su familia. Me conmueve de corazón la situación de las viudas y de las hermanas que son madres solas, sobre quienes recae gran parte de la responsabilidad de criar a los hijos. En general, y mejor de lo que piensan, ustedes, nobles hermanas, están cumpliendo bien con sus responsabilidades y logrando éxito en la vida. Permítanme sugerirles que enfrenten sus desafíos día a día. Hagan lo mejor que puedan. Miren todo con una perspectiva eterna. Si lo hacen así, la vida tomará una perspectiva diferente.

Hermanas, creo que todas ustedes desean ser felices y desean encontrar la paz que el Salvador prometió. Pienso que muchas de ustedes hacen un gran esfuerzo por cumplir con todas sus responsabilidades. No deseo ofender a nadie y me siento un poco renuente en cuanto a mencionar cierto asunto, pero creo que se debe hablar de ello. Algunas veces albergamos durante mucho tiempo sentimientos tristes del pasado. Agotamos demasiadas energías pensando en cosas que han pasado que no se pueden cambiar. Nos cuesta trabajo olvidar y dejar atrás ese dolor. Si después de un tiempo podemos perdonar lo que nos haya causado ese dolor, tendremos acceso “a la fuente de consuelo vivificadora” mediante la Expiación, y la dulce paz del perdón será nuestra 4 . Algunas heridas son tan dolorosas y profundas que su cicatriz sólo se logra con la ayuda de un poder más alto y de la esperanza en la justicia y la restitución perfectas en la vida venidera. Hermanas, ustedes pueden tener acceso a ese poder más alto y recibir ese preciado consuelo y esa dulce paz.

Hermanas, me temo que no se den cuenta, en lo más mínimo, de hasta dónde llega la influencia para bien que ejercen sobre sus familias, sobre la Iglesia y sobre la sociedad. Su influencia para bien no se puede calcular ni describir. El presidente Brigham Young dijo: “Las hermanas de nuestras Sociedades de Socorro de damas han hecho mucho bien. ¿Podemos decir cuánto bien son capaces de hacer las madres e hijas de Israel? No, eso es imposible. Y el bien que hacen las seguirá hasta la eternidad” 5 . Creo firmemente que ustedes son instrumentos en las manos de Dios en sus diversas funciones, en especial la de la maternidad. Seguir leyendo

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Las bendiciones del leer el Libro de Mormón

Conferencia General Octubre 2005

Las bendiciones del leer el Libro de Mormón

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ahora bien, de nosotros depende el estudiar el Libro de Mormón y aprender acerca de sus principios, y aplicarlos a nuestra vida.


Todos los meses espero con anhelo la llegada de esa maravillosa revista Ensign, que me fortalece con los mensajes de la Primera Presidencia, los que se publican en cada número. Los ejemplares de agosto de Ensign y de Liahona contienen la exhortación del presidente Hinckley de leer o releer el Libro de Mormón antes del fin del año.

¿Por qué considera el presidente Hinckley que leer el Libro de Mormón será tan beneficioso para cada uno de nosotros? Él especifica:

“Su atractivo es tan imperecedero como la verdad, tan universal como la humanidad. Es el único libro que contiene en sus páginas una promesa de que el lector puede saber con certeza, por poder divino, que es la verdad.

“Su origen es milagroso; y cuando se relata por primera vez ese origen a alguien que no lo conozca, es casi increíble. Pero el libro está aquí y es posible palparlo, tenerlo en la mano y leerlo. Nadie puede negar su existencia…

“Ningún otro testamento escrito ilustra tan claramente el hecho de que cuando el hombre, [y la mujer] y la nación andan con amor y respeto a Dios, y obedecen Sus mandamientos, prosperan y progresan; pero que cuando no le prestan atención ni escuchan Su palabra, sobreviene una corrupción que, a menos que se detenga con la rectitud, conduce a la decadencia y a la muerte…” (“Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, págs. 4–5).

¿Por qué el leer el Libro de Mormón es tan importante para nosotros hoy en día? Lo es porque los principales escritores del Libro de Mormón comprendían a la perfección que sus escritos eran esencialmente para las personas de una generación futura en lugar de ser para las de su propia generación. Moroni escribió a nuestra generación: “…os hablo como si os hallaseis presentes…” (Mormón 8:35). El profeta Nefi dijo:

“De modo que por esta causa el Señor Dios me ha prometido que estas cosas que escribo serán guardadas, y preservadas y entregadas a los de mi posteridad, de generación en generación, para que se cumpla la promesa hecha a José, que su linaje no perecería jamás, mientras durase la tierra” (2 Nefi 25:21).

El Libro de Mormón es una voz de amonestación para esta generación. Vemos lo vívidamente que describe las condiciones de la tierra en la actualidad:

“Y no es menester que nadie diga que [estos registros] no saldrán, pues ciertamente saldrán, porque el Señor lo ha dicho; porque de la tierra han de salir, por mano del Señor, y nadie puede impedirlo; y sucederá en una época en que se dirá que ya no existen los milagros; y será como si alguien hablase de entre los muertos.

“Y sucederá en un día en que la sangre de los santos clamará al Señor, por motivo de las combinaciones secretas y las obras de obscuridad.

“Sí, sucederá en un día en que se negará el poder de Dios; y las iglesias se habrán corrompido y ensalzado en el orgullo de sus corazones; sí, en un día en que los directores y maestros de las iglesias se envanecerán con el orgullo de sus corazones, hasta el grado de envidiar a aquellos que pertenecen a sus iglesias.

“Sí, sucederá en un día en que se oirá de fuegos, y tempestades, y vapores de humo en países extranjeros;

“y también se oirá de guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares.

“Sí, sucederá en un día en que habrá grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra: habrá asesinatos, y robos, y mentiras, y engaños, y fornicaciones, y toda clase de abominaciones; cuando habrá muchos que dirán: Haz esto, o haz aquello, y no importa, porque en el postrer día el Señor sostendrá al que tal hiciere. Pero ¡ay de tales, porque se hallan en la hiel de amargura y en los lazos de la iniquidad!” (Mormón 8:26–31).

El presidente Ezra Taft Benson corroboró el hecho de que el Libro de Mormón es de valor particular para nuestra época cuando dijo:

“El Libro de Mormón fue escrito para nosotros, los que vivimos en estos tiempos. Dios es el autor del libro. Es el registro de un pueblo caído, el cual fue compilado por hombres inspirados para que fuese una bendición para nosotros, los de la actualidad. Las gentes de aquella época nunca tuvieron el libro… éste era para nosotros. Mormón, el profeta antiguo cuyo nombre lleva el libro, compendió siglos de anales. Dios, que conoce el fin desde el principio, le hizo saber lo que debía incluir en la recopilación porque nosotros lo necesitaríamos para nuestra época” (véase “El Libro de Mormón es la palabra de Dios”, Liahona, mayo de 1988, págs. 2–3).

Con cuánta frecuencia solemos leer el registro fundamentalmente como la historia de un pueblo caído, sin recordar que fue compilado por profetas inspirados con el fin de ayudarnos a venir a Cristo. Los principales escritores del Libro de Mormón no se propusieron en absoluto que éste fuese un libro de historia. De hecho, Jacob dijo que su hermano Nefi le había mandado “que no tratara más que ligeramente la historia de este pueblo” (Jacob 1:2).

Cada vez que leamos el libro quizá debiéramos preguntarnos: “¿Por qué los escritores habrán escogido esos relatos o esos sucesos en particular para ponerlos en el compendio? ¿Qué valor tienen para nosotros en la actualidad?”.

Entre las lecciones que aprendemos del Libro de Mormón se encuentran la causa y el efecto de la guerra, y en qué condiciones se justifica. Habla de las maldades y de los peligros de las combinaciones secretas, que se instituyen para conseguir poder y riquezas. Habla de la realidad de Satanás e indica algunos de los métodos que él utiliza. Nos aconseja sobre la forma prudente de utilizar la riqueza. Nos habla de las verdades claras y preciosas del Evangelio, y de la realidad y de la divinidad de Jesucristo, así como de Su sacrificio expiatorio por todo el género humano. Nos hace saber del recogimiento de la casa de Israel en los últimos días. Nos habla del objetivo y de los principios de la obra misional. Nos advierte evitar el orgullo, la indiferencia, la postergación de deberes, los peligros de las falsas tradiciones, la hipocresía y la falta de castidad.

Ahora bien, de nosotros depende el estudiar el Libro de Mormón y aprender acerca de sus principios, y aplicarlos a nuestra vida.

El Libro de Mormón comienza con un gran relato sobre la importancia de que las familias tengan y utilicen las Escrituras. A Lehi, padre de familia y profeta, se le advirtió que había quienes procuraban quitarle la vida por motivo de lo que les había dicho con respecto a su iniquidad. Se le mandó tomar a su familia y huir.

“Y ocurrió que salió para el desierto; y abandonó su casa, y la tierra de su herencia, y su oro, su plata y sus objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desierto” (1 Nefi 2:4).

Tras haber recorrido cierta distancia, Lehi tuvo un sueño en el que el Señor le dijo que no debían proseguir la marcha sin regresar primero a Jerusalén a conseguir los anales de sus padres que estaban grabados sobre planchas de bronce. Esas planchas también contenían las palabras de los profetas y los mandamientos del Señor. Se mandó a los cuatro hijos de Lehi hacer el viaje de regreso para conseguir los anales.

Al llegar a Jerusalén, echaron suertes para ver cuál de ellos iría a la casa de Labán a pedirle las planchas de bronce. La suerte cayó sobre Lamán. Éste fue y entró a hablar con Labán, “y he aquí, aconteció que Labán se llenó de ira y lo echó de su presencia; y no quiso que él tuviera los anales. Por tanto, le dijo: He aquí, tú eres un ladrón, y te voy a matar” (1 Nefi 3:13). Lamán escapó con vida, pero sin las planchas de bronce.

Lo que me llama la atención acerca de aquella primera tentativa es que los hermanos no tuvieran un buen plan. Eso nos enseña una importante lección que podemos aplicar a nuestro estudio de las Escrituras. Para poner de manifiesto nuestro cometido de leer el Libro de Mormón, abordemos nuestro estudio con un plan preciso.

En su artículo de las revistas de la Iglesia Ensign y Liahona, el presidente Hinckley exhortó “a los miembros de la Iglesia en todo el mundo y a nuestros amigos de todas partes a leer o releer el Libro de Mormón”. En seguida, nos presentó un plan para cumplir con esa exhortación; decía: “Si leen poco más de un capítulo y medio por día, terminarán de leerlo antes de fin de año” (Liahona, agosto de 2005, pág. 6). Agosto y septiembre ya han pasado a la historia. Según el plan del presidente Hinckley, a estas alturas debiéramos estar leyendo el Libro de Alma, entre los capítulos 4 y 12. ¿Se hallan adelantados o atrasados con respecto a lo previsto?

Una vez que falló la primera tentativa de conseguir la planchas de bronce, los hermanos de Nefi estuvieron a punto de volver a su familia en el desierto, pero Nefi los alentó a seguir intentándolo y les propuso otro método para conseguir el registro: “Por tanto, seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor. Descendamos, pues, a la tierra de la herencia de nuestro padre, pues he aquí, él dejó oro y plata y toda clase de riquezas; y ha hecho todo esto a causa de los mandamientos del Señor…

“Y acaeció que entramos donde estaba Labán, y le pedimos que nos diera los anales… a cambio de los cuales le entregaríamos nuestro oro, y nuestra plata, y todas nuestras cosas preciosas” (1 Nefi 3:16, 24).

El ejemplo de Nefi nos enseña que las bendiciones de las Escrituras son muchísimo más valiosas que los bienes y las demás cosas mundanas. El buscar las cosas del mundo podrá a veces darnos placer pasajero, pero no regocijo ni felicidad perdurables. Si buscamos las cosas del Espíritu, las recompensas son eternas y nos brindarán la satisfacción que buscamos por medio de esta experiencia mortal.

El presidente Hinckley nos ha instado a leer el Libro de Mormón para elevarnos por encima de las cosas del mundo y disfrutar de las cosas del Señor. Él ha dicho: “Sin reservas les prometo que, si cada uno de ustedes sigue ese sencillo programa, sin tener en cuenta cuántas veces hayan leído antes el Libro de Mormón, recibirán personalmente y en su hogar una porción mayor del Espíritu del Señor, se fortalecerá su resolución de obedecer los mandamientos de Dios y tendrán un testimonio más fuerte de la realidad viviente del Hijo de Dios” (Liahona, agosto de 2005, pág. 6). Esas bendiciones son mucho más valiosas que las posesiones materiales.

Cuando Nefi y sus hermanos le ofrecieron a Labán sus riquezas a cambio de las planchas de bronce, Labán se apoderó de sus bienes e intentó quitarles la vida. Totalmente desalentados tras todavía otra tentativa que les había fallado, Lamán y Lemuel de nuevo desearon abandonar lo que consideraban una tarea imposible. Pero Nefi fue inquebrantable en su cometido de obedecer los mandatos del Señor y razonó con sus hermanos de esta manera: “Subamos de nuevo a Jerusalén, y seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, pues he aquí, él es más poderoso que toda la tierra. ¿Por qué, pues, no ha de ser más poderoso que Labán con sus cincuenta, o aun con sus decenas de millares?” (1 Nefi 4:1).

El haber abordado aquella misión con fe en el Señor produjo el resultado deseado. Cuando Nefi fue en busca de los anales, siendo guiado por el Espíritu, Labán fue puesto en sus manos. Por su fe y obediencia, Nefi consiguió tanto para sí mismo como para su familia las bendiciones de tener las Escrituras. Una vez que tuvieron las planchas de bronce en su poder, Nefi y sus hermanos pudieron volver a su padre en el desierto y continuar su viaje.

Si abordamos la exhortación del presidente Hinckley con fe, contaremos con la promesa inequívoca de nuestro profeta de las bendiciones que recibiremos como consecuencia de nuestro estudio del Libro de Mormón. Descubriremos, como lo hicieron Nefi y su familia, que las Escrituras son “deseables; sí, de gran valor para nosotros” (1 Nefi 5:21). También podremos recibir la bendición que prometió Moroni al concluir sus escritos del Libro de Mormón:

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de Dios” (Moroni 10:32).

Este año celebramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. El Libro de Mormón constituye una evidencia incontrovertible del ministerio del profeta José Smith y de la restauración de la Iglesia de Jesucristo. El presidente Hinckley, en la conferencia general del pasado abril, dijo del Libro de Mormón: “Es algo que se puede palpar, que se puede leer, que se puede poner a prueba… Creo que todo el mundo cristiano debe procurarlo, darle la bienvenida y [tenerlo en cuenta] como un testimonio vibrante, ya que representa otro grandioso y básico aporte que llegó como una revelación al profeta [José]” (“Las cosas grandes que Dios ha revelado”, Liahona, mayo de 2005, 80).

Ruego que todos nosotros leamos el Libro de Mormón antes de fin de año en cumplimiento a la exhortación de nuestro profeta actual Gordon B. Hinckley, a fin de honrar al profeta de la Restauración, José Smith. Ruego que tengamos un plan que seguiremos con fe para experimentar lo que es de valor infinito y eterno, y ser llenos de ello, vale decir, la palabra de Dios que se encuentra en el Libro de Mormón. Es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Como yo os he amado

Febrero 2017
“Como yo os he amado”
Por el presidente Thomas S. Monson

Thomas S. MonsonHace algunos años, un amigo que se llama Louis me contó un tierno relato sobre su dulce y callada madre. Cuando falleció, no les dejó a sus hijos una fortuna económica, sino más bien un legado de riqueza de ejemplo, sacrificio y obediencia.

Father with children

Después de que se expresaron los encomios fúnebres y se realizó el trayecto al cementerio, los familiares adultos revisaron las escasas pertenencias que la madre había dejado. Entre ellas, Louis descubrió una nota y una llave; la nota decía: “En el dormitorio de la esquina, en el cajón de abajo del tocador, hay un pequeño cofre que contiene el tesoro de mi corazón. Esta llave lo abrirá”.

Todos se preguntaban qué era lo que su madre poseía que fuera de tanto valor como para ponerlo bajo llave.

Retiraron el cofre del lugar donde se encontraba y lo abrieron con la ayuda de la llave. Al examinar el contenido, Louis y los demás encontraron una foto individual de cada hijo, con su nombre y fecha de nacimiento. Louis sacó entonces un objeto confeccionado a mano para el día de San Valentín. Con letra burda e infantil, que reconoció como la suya propia, leyó las palabras que había escrito 60 años antes: “Querida mamá, te amo”.

Se enternecieron corazones, se acallaron voces y se humedecieron los ojos. El tesoro de la madre era su familia eterna; su fuerza radicaba en el firme cimiento de las palabras: “Te amo”.

En el mundo actual, en ninguna otra parte se necesita más ese firme cimiento de amor que en el hogar; y en ninguna parte debe el mundo encontrar un mejor ejemplo de ese cimiento que en los hogares de los Santos de los Últimos Días que han hecho del amor el fundamento de su vida familiar.

Para aquellos que profesamos ser discípulos del Salvador Jesucristo, Él dio esta instrucción trascendental:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”1.

Si deseamos cumplir el mandamiento de amarnos los unos a los otros, debemos tratarnos con compasión y respeto, demostrando nuestro amor en las interacciones cotidianas. El amor brinda una palabra amable, una respuesta paciente, un acto desinteresado, un oído comprensivo y un corazón que perdona. En todas nuestras relaciones, estos y otros actos similares sirven para manifestar el amor de nuestro corazón.

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) observó: “El amor… es el crisol de oro al final del arcoíris; no obstante, es más que el final del arcoíris. El amor se encuentra también al principio, y de él proviene la belleza que surca el cielo en un día tempestuoso. El amor es la seguridad por la cual lloran los niños, es el anhelo de la juventud, es el elemento cohesivo que conserva unido a un matrimonio y el aceite lubricante que suaviza las fricciones en el hogar; es la paz de la ancianidad, la luz de la esperanza que brilla a la hora de la muerte. ¡Cuán afortunados son aquellos que lo poseen y lo comparten en sus relaciones con sus familiares, con los amigos, con los miembros de la Iglesia y los vecinos!”2.

El amor es la esencia misma del Evangelio, el atributo más noble del alma humana; el amor es el remedio para las familias en crisis, para las comunidades enfermas y las naciones con problemas; el amor es una sonrisa, un saludo, un comentario amable y un cumplido; el amor es sacrificio, servicio y desinterés.

Maridos, amen a su esposa; trátenla con dignidad y aprecio. Hermanas, amen a su marido; trátenlo con honor y aliento.

Padres, amen a sus hijos, oren por ellos, enséñenles y testifíquenles. Hijos, amen a sus padres; muéstrenles respeto, gratitud y obediencia.

Mormón nos aconseja que, sin el amor puro de Cristo, “no [somos] nada”3. Ruego que sigamos el consejo de Mormón de “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que [lleguemos] a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él”4.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Monson nos enseña la importancia de demostrar el verdadero amor de Cristo, sobre todo en el hogar. Medite en lo que puede hacer para mostrar amor por aquellos a quienes enseña. También podría pedirles que hablen de las diferentes formas en que pueden mostrarse más amor los unos por los otros. Podría animarlos a seleccionar una de esas ideas y hacer planes para lograrlo como familia. Por ejemplo, cada semana, los miembros de la familia podrían tratar de ofrecer un acto secreto de servicio a favor de otro miembro de la familia. Podría pedirles que más tarde reflexionen en la forma en que el esforzarse por alcanzar su objetivo aumentó el amor en el hogar.

Jóvenes
Orar para que haya paz

Por Sarah T.
La autora vive en Arizona, EE. UU.

Mis padres con frecuencia asistían a reuniones después de los servicios de la Iglesia, y yo cuidaba a mis tres hermanos menores y los ayudaba a preparar su almuerzo, aunque a menudo andaban malhumorados y hambrientos. Por lo general, si empezaban a pelear, podía resolver el pequeño desacuerdo rápidamente, pero a veces era difícil mantener la paz una vez que había comenzado una pelea, porque yo me alteraba.

Una tarde, mis hermanos estaban teniendo muchas dificultades para llevarse bien, y descubrí que mis esfuerzos para establecer la paz solo empeoraron las cosas, porque yo estaba molesta; de modo que preparé mi propio almuerzo y permanecí en silencio. Finalmente, dije: “Voy a orar; ¿pueden permanecer en silencio un minuto?”. Una vez que se apaciguaron, pedí una bendición sobre los alimentos. Antes de terminar la oración, añadí: “Y por favor ayúdanos a ser pacificadores”.

Al principio, pareció que no oyeron y comenzaron a pelear de nuevo, lo cual me molestó, pero sabía que tenía que mostrarme lo más cariñosa y tranquila que fuese posible, porque acababa de orar para que hubiese paz. Después de un minuto, me sentí muy tranquila; comí sin decir nada, y los chicos finalmente dejaron de pelear. Me di cuenta de que la paz que sentí fue una respuesta a una sencilla oración; había orado para ser una pacificadora, y mi Padre Celestial me había ayudado a mantener la calma cuando la tentación era dar gritos. Sé que Él verdaderamente nos puede dar paz.

Niños
Un verdadero tesoro

El presidente Monson cuenta la historia de una madre que tenía un cofre especial de tesoros. Cuando los hijos lo abrieron, encontraron una fotografía de cada uno de ellos. ¡El tesoro de la madre era su familia!

El verdadero tesoro no es el oro ni las joyas: es la gente a la que uno ama. ¿A quién aman ustedes? Haz un dibujo de ellos o escribe sus nombres en el cofre de tesoros.

Notas

  1. Juan 13:34–35.
  2. Véase de Gordon B. Hinckley, “Pero el mayor de ellos es el amor”, Liahona, agosto de 1984, págs. 3–6.
  3. Moroni 7:46; véase también el versículo 44.
  4. Moroni 7:48.
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La expiación de Cristo es prueba del amor de Dios

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Febrero 2017
La expiación de Cristo es prueba del amor de Dios.

Relief Society sealEstudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿Cómo preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vidad eterna el entender el propósito de la Sociedad de Socorro?

El comprender que nuestro Padre Celestial dio a Su Hijo Unigénito para que pudiésemos tener inmortalidad y el potencial para la vida eterna nos ayuda a sentir el amor infinito e incomprensible de Dios por nosotros. Nuestro Salvador también nos ama.

“¿Quién nos apartará del amor de Cristo?…

“Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 8:35, 38–39).

Christ being taken down from the cross

El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo en cuanto a la expiación de Jesucristo: “El sufrimiento del Salvador en Getsemaní y Su agonía en la cruz nos redimen del pecado al satisfacer lo que la justicia demanda de nosotros. Él extiende misericordia y perdona a quienes se arrepienten. La Expiación también salda la deuda que la justicia tiene con nosotros al sanarnos y compensarnos por cualquier sufrimiento que padezcamos sin ser culpables. ‘… porque he aquí, él sufre los dolores de todos los hombres, sí, los dolores de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán’ (2 Nefi 9:21; véase también Alma 7:11–12)”1.

Cristo nos ha “[grabado] en las palmas de [Sus] manos” (Isaías 49:16). Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dice: “Ese acto supremo de amor debería llevar a cada uno de nosotros a arrodillarnos en humilde oración para agradecer a nuestro Padre Celestial el amarnos lo suficiente como para mandar a Su Hijo Unigénito y perfecto a sufrir por nuestros pecados, nuestras penas y todo lo que parece ser injusto en nuestras vidas”2.

Escrituras e información adicionales

Juan 3:16; 2 Nefi 2:6–7, 9; reliefsociety.lds.org

Considere lo siguiente

¿Cómo podemos expresar nuestra gratitud y amor a Dios y a Jesucristo por el don de la expiación de nuestro Salvador?

Notas

1. D. Todd Christofferson, “Redención”, Liahona, mayo de 2013, pág. 110.
2. Linda K. Burton, “¿Está escrita en nuestro corazón la fe en la expiación de Jesucristo?”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 114.

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El verdadero milagro de la sanación

Febrero 2017
El verdadero milagro de la sanación
Por Jonathan Taylor

El autor vive en Wyoming, EE. UU.

Después de mi accidente, me enteré de que la parálisis física es incurable, pero gracias a la expiación de Jesucristo, la parálisis espiritual sí es curable.

El año 2000 estuvo repleto de acontecimientos importantes para mi familia y para mí; mi esposa y yo celebramos nuestro primer aniversario; nos convertimos en padres por primera vez. También fue el año en el que quedé paralítico, solo cinco semanas después del nacimiento de nuestra hija.

Ese verano había estado ayudando a una hermana mayor de nuestro barrio, y solía ir en bicicleta las pocas cuadras de distancia desde nuestro apartamento a su casa para cortar el césped, pero una mañana me sentía muy cansado y no estaba tan alerta como debería haberlo estado, y un auto me atropelló accidentalmente. Aunque sobreviví de milagro, por desgracia no me libré de sufrir lesiones. Una semana después del accidente, desperté y me di cuenta de que estaba paralizado, sin poder mover los músculos debajo de la zona abdominal.

La parálisis es una discapacidad permanente. Incluso con todos los grandes avances modernos en la ciencia y la medicina, es incurable. Naturalmente, al principio tuve miedo, preocupado por la forma en que iba a ser marido y padre. Entonces, al temor lo reemplazó la ira que sentía hacia mí mismo por mi insensatez, por no detenerme en esa bocacalle y por no llevar puesto el casco.

Me sentía como una carga. Tuve que pasar muchos meses en un hospital de rehabilitación para que me enseñaran a vivir el resto de mi vida con mi discapacidad y la forma de volver a ser independiente. Al mismo tiempo, vivir con la parálisis me ha servido para entender mejor las Escrituras y la expiación de nuestro Salvador.

Christ in Gethsemane

Recibí una perspectiva particular mientras meditaba en los milagros que Cristo realizó. En Marcos 2, Jesús perdona a un paralítico de sus pecados y luego lo cura. Cuando los escribas cuestionaron Su dádiva de perdón, Jesús dijo: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, y toma tu lecho y anda?” (versículo 9).

Había leído ese pasaje de las Escrituras muchas veces, pero nunca lo entendí hasta después del accidente. Al leer el capítulo, se nos recuerda cuán verdaderamente milagrosa fue la sanación. Hoy en día, incluso después de 2.000 años y muchos avances médicos, el hombre por sí solo todavía no puede lograr esa sanación, y yo vivo con esta realidad todos los días. Muchos piensan que esa es la lección que encierra ese pasaje de las Escrituras, que Cristo tiene el poder de curar incluso lo incurable. No obstante, ese pasaje encierra mucho más, especialmente cuando miramos más allá del milagro físico y en vez de ello nos centrarnos en el milagro espiritual.

Del mismo modo que es imposible que uno que padezca parálisis física se “levante” y “ande”, es igualmente imposible que un hombre, por sí solo, supere la parálisis espiritual que resulta del pecado. He aprendido que en ese pasaje de las Escrituras, la expiación del Salvador es el verdadero milagro. Es posible que en mi vida terrenal nunca vuelva a experimentar el milagro de levantarme y andar físicamente, pero he recibido el mayor milagro del perdón de mis pecados mediante la expiación de mi Señor y Salvador, Jesucristo. La realidad de ese milagro se afirma en los versículos 10 y 11:

“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):

“A ti te digo: ¡Levántate!, y toma tu lecho y vete a tu casa”.

El ser curados de los efectos del pecado es el milagro más grandioso que podemos recibir en nuestra vida, todo gracias a Jesucristo. Al expiar nuestros pecados, Cristo tomó sobre Sí nuestras enfermedades y pecados. Él sabe por lo que pasamos en la vida; Él entiende nuestras discapacidades individuales, debilidades y retos, no importa cuán grandes o pequeños sean. No hay ninguna otra persona en el mundo que pueda curar la parálisis espiritual del pecado.

Estoy agradecido por el conocimiento con el que se me ha bendecido; me proporciona la perspectiva necesaria al vivir con mi discapacidad y esforzarme por utilizarla para ayudarme a aprender y progresar. He podido dejar de compadecerme de mí mismo e ir y hacer las mismas cosas que me encantaba hacer antes de mi accidente, y he sido bendecido con poder servir a pesar de mi condición. A algunos les puede parecer difícil ser agradecidos cuando se vive con una discapacidad, pero Dios nos bendice continuamente, incluso en estos tiempos. Estoy agradecido por mi Salvador, por Su expiación y por este increíble milagro en mi vida.

EL MILAGRO MÁS GRANDE

Linda S. Reeves“Para mí, los milagros más grandes de la vida no son partir el Mar Rojo, mover montañas, ni siquiera sanar el cuerpo. El milagro más grande ocurre cuando acudimos con humildad al Padre Celestial y rogamos fervientemente en oración ser perdonados, y luego se nos limpia de esos pecados por medio del sacrificio expiatorio del Salvador.”

Linda S. Reeves, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “El gran plan de redención”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 90.

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¿Voy a morir?

Febrero 2017
¿Voy a morir?
Por Gregory Hamblin

El autor vive en Nevada, EE. UU.

No sabía por qué de pronto mi hijo sintió temor al pensar en la muerte, pero en las verdades del Evangelio se halla la tranquilidad que él necesitaba.

Father and son fixing bike
Mi hijo de siete años de edad pedaleaba vigorosamente sin ir a ninguna parte, ya que a su bicicleta se le había caído la cadena. Fui para ayudarlo a salir de esa situación, y di vuelta a la bicicleta para tener acceso a la cadena. Mientras trabajaba, él dijo: “Papá, cuando muera, ¿estaré todo cubierto de sangre?”.

Lo miré un tanto sorprendido mientras él lloraba.

“¿Qué? ¡No!”, le dije. “No vas a morir”. Me senté en la acera, y él se sentó en mi regazo mientras lloraba. ¿De dónde había sacado eso?

“¿Se me va a salir el estómago?”, preguntó.

¿Había estado mi pequeño viendo películas de terror o algo por el estilo? “¡No!”, le dije. Una vez más, le aseguré que no iba a morir.

“No, papá; todo el mundo va a morir, ¿verdad?”.

Respiré hondo; esa no era una conversación que esperaba tener con un niño tan pequeño.

Cuando me convertí en padre, me hice la promesa de que nunca les ocultaría la verdad a mis hijos, pero la idea de decirle a cualquiera de ellos que algún día morirían era aterradora. Traté de esquivar la pregunta. “No tienes que preocuparte de eso ahora”, dije. “Sé feliz, diviértete y no te preocupes. Vas a vivir mucho, mucho tiempo”.

“No quiero morir”, dijo.

“¿Qué hago ahora?”, me pregunté. La idea de decir algo equivocado y de traumatizarlo para siempre me daba vueltas en la cabeza. “¿Qué debo hacer?”. Ofrecí una oración en silencio en busca de ayuda.

Empecé a hablarle del Plan de Salvación. Le dije que todos somos visitantes en este mundo. Le dije cómo cada uno de nosotros es un ser que se compone de dos partes: un cuerpo y un espíritu. Le dije que cuando las personas mueren— y sí, algún día todos vamos a tener que morir —es simplemente que nuestros cuerpos físicos dejan de funcionar. Nuestros espíritus son eternos y nunca morirán (véase Alma 40:11).

Le dije que Jesucristo es nuestro Salvador porque Él hizo posible que todos estemos juntos, a pesar de que a veces tenemos que estar separados durante un tiempo. Le enseñé que el Salvador murió por nosotros y resucitó, y que gracias a que Él vive, nuestro espíritu algún día regresará a nuestro cuerpo y nunca más volveremos a enfrentar la muerte (véase Alma 11:43–45).

Me preguntó si alguna vez había visto a una persona muerta; le dije que había podido despedirme de mis abuelos en sus funerales y que a pesar de que sus cuerpos habían muerto, sus espíritus siguen vivos, y que a veces podemos sentir su presencia cerca de nosotros.

Los temores de mi hijo se calmaron, y los sollozos se tornaron en las risitas acostumbradas. La idea de que los familiares nos visiten a pesar de que no podamos verlos le hizo sonreír.

Caminamos juntos de nuevo a casa, tirando de la bicicleta ya compuesta hasta el garaje. Pensé en lo que le había dicho; pensé en el deseo de decir la verdad a mis hijos y las respuestas que había dado a mi hijo.

En ese momento me sentí enormemente agradecido por mi testimonio del evangelio de Jesucristo. Gracias a que ya sabía que el Plan de Salvación es real, me fue posible hablar con mi hijo con confianza y honradez y darle la fuerza para superar sus temores.

Mi preparación para ese momento comenzó mucho antes de que mi hijo naciera. Cuando me preparaba para mi misión, tenía la meta de obtener un testimonio de todos los aspectos del Evangelio que quizás tuviese que enseñar, pero la parte con la que tuve más dificultad fue la resurrección de los muertos.

Estudié, reflexioné y oré; ayuné y rogué obtener un testimonio. Después de un tiempo, el Espíritu Santo me testificó que la resurrección es real, que en verdad hay vida después de la muerte y que las promesas del Plan de Salvación son reales. (Véase 1 Nefi 10:19).

Ese testimonio fue importante en mi misión, pero se convirtió en uno de mis tesoros más preciados cuando mi hijo necesitaba encontrar paz.

Estoy muy agradecido por ese testimonio y testifico que el Plan de Salvación es real. Testifico de la importancia de fortalecer nuestro testimonio para que cuando nosotros o nuestros seres queridos sientan temor, podamos encontrar paz en nuestro testimonio y una comprensión del evangelio de Jesucristo.

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La vida es una obra: El Plan de Salvación en tres actos

Febrero 2017
La vida es una obra: El Plan de Salvación en tres actos
Por Margaret Willden

Esta idea se basa en un discurso titulado “La obra y el plan”, que presentó el presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, en una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia para jóvenes adultos el 7 de mayo de 1995.
La autora vive en Nueva York, EE. UU.

Estamos en medio de una obra teatral de tres actos que no entendemos del todo, pero el centrarnos en Cristo nos ayudará a encontrar un final feliz para siempre.

Three lights on stage

Se apagan las luces; se levanta el telón rojo afelpado; las figuras ataviadas con sus vestuarios a tu alrededor entran en acción. ¿Quién es el héroe? ¿Quién es el villano? Es difícil decirlo.

Te encuentras en el centro del escenario, incapaz de comprender lo que sucede; todo el mundo parece entender lo que está pasando menos tú. “Este es el segundo acto”, susurra uno de los actores. “Eche una mirada al guion”.

Tal vez no todos seamos actores, pero la idea de una obra semejante no está tan lejos de la realidad. Imaginemos que el Plan de Salvación, al que también se le llama “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8), es una obra de tres actos; el primero es de dónde vinimos, el segundo es nuestra vida en la tierra, y el tercero es a dónde vamos. Durante el segundo acto, no tenemos memoria de nuestro pasado y poco sabemos de nuestro futuro, pero afortunadamente el evangelio de Jesucristo —el guion de la obra— pone nuestra vida mortal en el debido contexto.

Primer Acto: Entender nuestros comienzos

De las Escrituras y de las palabras de los profetas vivientes aprendemos sobre nuestra existencia premortal (véase Abraham 3:22–24). Antes de venir a la tierra, participamos en un concilio con nuestro Padre Celestial; aprendimos que vendríamos a la tierra a obtener un cuerpo, tener posteridad, enfrentar oposición y aumentar en luz y verdad. Si éramos obedientes y llegábamos a ser más como Cristo, un día podríamos vivir de nuevo con nuestro Padre.

Ya que cometeríamos errores a lo largo del camino, se escogió a Jesucristo como nuestro Salvador para pagar el precio del pecado. Él sufrió por cada uno de nosotros y, debido a Su sacrificio, podemos ser purificados mediante el arrepentimiento.

No obstante, Satanás (o Lucifer, como era llamado en la existencia premortal) se rebeló y procuró despojarnos de nuestra capacidad de elegir el bien o el mal y dio comienzo una guerra en los cielos. Tras su derrota, Satanás fue arrojado del cielo, junto con los espíritus que decidieron seguirlo (véase Moisés 4:1–4).

Aunque no podemos recordar esa existencia premortal, sabemos que prometimos hacer todo lo que estuviese a nuestro alcance para volver a la presencia de Dios una vez que estuviésemos en la tierra, y Él nos prometió el albedrío, permitiéndonos elegir seguirlo.

Segundo Acto: El uso de nuestro albedrío

Ahora estamos aquí en el segundo acto, y Dios ha proporcionado el guion para guiarnos de nuevo a Él: el evangelio de Jesucristo. El reto que tenemos es utilizar nuestro albedrío para seguir el guion a fin de prepararnos para volver a nuestro Padre Celestial (véase Abraham 3:25). Al igual que una obra compleja llena de tramas secundarias, nuestra vida mortal puede ser complicada; está plagada de tentaciones, pruebas y tragedias de todo tipo; pero la verdad es que el objetivo del segundo acto es si seguiremos las enseñanzas de Cristo para que lleguemos a ser más como Él.

Las Escrituras proporcionan el modelo perfecto para la felicidad, alentándonos a “[marchar] adelante, [deleitándonos] en la palabra de Cristo, y [perseverar] hasta el fin” (2 Nefi 31:20). Progresamos a medida que hacemos y guardamos convenios, obedecemos los mandamientos y nos arrepentimos cuando pecamos. Al enfrascarnos en las Escrituras y en las enseñanzas de nuestros profetas, permaneceremos concentrados en el plan que con alegría acordamos seguir en el primer acto.

Tercer Acto: Acoger la eternidad

Nuestros cuerpos físicos pueden morir al final del segundo acto, pero la historia no termina allí; de hecho, no hay telón final: es para siempre (véase Abraham 3:26).

Gracias a la expiación de Jesucristo, todos los hijos de Dios que vengan a la tierra serán resucitados. ¿Qué podría brindar más gozo que la resurrección? (véase D. y C. 93:33).

Casi todos también recibirán un grado de gloria según sus obras: el reino telestial, con una gloria semejante a la de las estrellas; el reino terrestre, con una gloria semejante a la de la luna; o el reino celestial, con la gloria máxima semejante a la del sol (véase D. y C. 76:50–113). En el reino celestial moraremos con el Padre y el Hijo. Un número relativamente pequeño de personas permanecerá “inmund[o] todavía” (2 Nefi 9:16) y serán arrojadas a las tinieblas, donde nunca pueden progresar.

¿Cuál será la historia de ustedes?

Si en el segundo acto seguimos el evangelio de Jesucristo, el tercer acto de nuestra obra será más glorioso de lo que se pueda imaginar. Se levanta el telón; la obra está en marcha. ¿Qué harás en el escenario?

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La voz del Espíritu

Febrero 2017
La voz del Espíritu
Por el élder Eduardo Gavarret
De los Setenta

Eduardo Gavarret

Escuchar con atención al Espíritu Santo me ayuda a determinar si me encuentro en el camino correcto o si necesito cambiar el curso.

clock

Cuando era joven, mi padre tenía un negocio en el que vendía y reparaba relojes de pared y de pulsera. Dado que nuestra casa estaba en la parte de atrás del negocio, crecí escuchando todo tipo de relojes.

Al final de cada día, mi padre llevaba algunos de los relojes de pared en los que había trabajado durante el día y los colgaba en el interior de la casa, en las paredes cerca de los dormitorios. Yo no entendía por qué lo hacía ni por qué teníamos que dormir con todo ese ruido; pero, con el pasar del tiempo, el sonido de los diferentes relojes se tornó algo familiar en las silenciosas noches.

Un par de años más tarde, comencé a trabajar con mi padre en el negocio, aprendiendo con él a reparar relojes. Una mañana dijo algo que abrió mi mente y me ayudó a entender por qué colgaba los relojes en las paredes cerca de nuestros dormitorios en lugar de dejarlos en el negocio.

“¿Podrías traerme el reloj de pared que colgué anoche cerca de tu dormitorio?”, me pidió. “Durante la noche estuve escuchando su sonido y me parece que no funciona bien; tengo que volver a examinarlo”.

¡Ese era el motivo! En el silencio de la noche, él había escuchado el sonido del reloj de la misma manera en que un médico escucha el latido del corazón de un paciente. Debido a que había reparado todo tipo de relojes de pared y de pulsera durante toda su vida, había entrenado los oídos para determinar, mediante el sonido, si un reloj funcionaba debidamente o no.

Después de esa experiencia, comencé a prestar atención al sonido de los relojes durante la noche, tal como mi padre lo hacía; al hacerlo, aprendí a detectar si un reloj funcionaba correctamente o si necesitaba un ajuste.

Al crecer y adquirir un entendimiento de los principios del Evangelio, comencé a comparar esa experiencia con la influencia positiva que el Espíritu Santo puede tener en nuestra vida. Comencé a comparar los momentos de reflexión y meditación espiritual con las horas de silencio de la noche durante mi niñez, y empecé a comparar el sonido de los relojes con la voz del Espíritu que me advertía, me guiaba y me hablaba de tanto en tanto.

Importantes cualidades espirituales

Esa experiencia me ayudó a reconocer la veracidad de las experiencias que Nefi tuvo con los susurros del Espíritu Santo. En el Libro de Mormón aprendemos lo que Nefi dijo a su hermano Sam: “… las cosas que el Señor [le] había manifestado por medio de su Santo Espíritu” (1 Nefi 2:17; cursiva agregada).

Nefi estaba bien familiarizado con la influencia del Espíritu Santo; su vida estaba llena de sentimientos de amor que provenían del Padre y del Hijo, los cuales le eran manifestados por el Espíritu Santo. Si repasamos la vida de Nefi, podemos ver claros ejemplos del amor de Dios que se manifiesta mediante respuestas a oraciones y guía espiritual. Como ejemplos figuran:

• La visión de Nefi del árbol de la vida (véase 1 Nefi 11–15).
• La Liahona, la cual funcionaba de acuerdo con la fe (véase 1 Nefi 16:10, 16, 26–30).
• La liberación de Nefi después de que se le ató con ligaduras (véase 1 Nefi 7:17–18).
• La guía del Señor mientras la familia de Nefi atravesaba el océano (véase 1 Nefi 18:21–23).
• La advertencia del Señor de que huyese al desierto (véase 2 Nefi 5:5).
Durante su niñez y probablemente con la ayuda del ejemplo de sus padres, Nefi desarrolló una sensibilidad hacia la voz del Espíritu; cultivó esa capacidad ejerciendo las siguientes e importantes cualidades espirituales:

• El deseo: “Y sucedió que yo, Nefi… [tuve] grandes deseos de conocer los misterios de Dios, clamé por tanto al Señor” (1 Nefi 2:16). “… después que hube deseado conocer las cosas que mi padre había visto” (1 Nefi 11:1; véase también el versículo 3).
• La fe: “… creí todas las palabras que mi padre había hablado” (1 Nefi 2:16).
• La constancia en la oración: “Y yo, Nefi, subía con frecuencia al monte y a menudo oraba al Señor; por lo que el Señor me manifestó grandes cosas” (1 Nefi 18:3).
• La obediencia: “Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado”(1 Nefi 3:7).

La labor del Espíritu Santo

Nephi praying
Nefi estaba bien preparado para hablar sobre el tercer miembro de la Trinidad; había aprendido a escuchar la voz del Espíritu, tanto en aguas tranquilas como en mares agitados, y sus experiencias lo llevaron a escribir acerca de “la labor del Espíritu Santo”1 (véase 2 Nefi 31–32). De Nefi, y de otros profetas, aprendemos que:

El Espíritu Santo revela: “Ningún hombre puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones. El Espíritu Santo es un revelador”2 (véase 1 Nefi 10:17–19; 2 Nefi 32:5; Moroni 10:5).

El Espíritu Santo inspira: Él nos da ideas, sentimientos y palabras, ilumina nuestro entendimiento y dirige nuestros pensamientos (véase 1 Nefi 4:6).

El Espíritu Santo testifica: Él testifica del Padre y del Hijo (véase 2 Nefi 31:18; 3 Nefi 28:11; Éter 12:41).

El Espíritu Santo enseña: Él aumenta nuestro conocimiento (véase 2 Nefi 32:5).

El Espíritu Santo santifica: Después del bautismo podemos ser santificados mediante la recepción del Espíritu Santo (véase 3 Nefi 27:20).

El Espíritu Santo recuerda: Él nos trae a la memoria cosas aprendidas en el momento en que más las necesitamos (véase Juan 14:26).

El Espíritu Santo consuela: En épocas de tribulación o desesperación, el Espíritu Santo puede elevar nuestro espíritu y darnos esperanza (véase Moroni 8:26), enseñarnos “las cosas apacibles del reino” (D. y C. 36:2), y ayudarnos a sentir “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7) 3.

La influencia del Espíritu Santo

En el primer capítulo del Libro de Mormón aprendemos que Lehi “fue lleno del Espíritu del Señor” (1 Nefi 1:12). En el último capítulo del Libro de Mormón, Moroni nos promete que Dios “[nos] manifestará la [veracidad del Libro de Mormón] por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4).

Desde el principio hasta el final de este inspirado libro de Escritura, el Espíritu Santo participa de forma activa en la vida del pueblo de Dios. Esa poderosa influencia se extiende y conmueve a todos los lectores del Libro de Mormón que oran, muestran fe y tienen un deseo sincero de saber la verdad (véase Moroni 10:4–5).

¿Cómo podemos reconocer al Espíritu Santo y ejercer el derecho que tenemos en calidad de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días de recibir Su influencia en nuestras vidas? El élder Craig C. Christensen, de la Presidencia de los Setenta, enseñó: “Todos tenemos experiencias con el Espíritu Santo, aun cuando puede que no siempre las reconozcamos. Cuando nos llegan pensamientos inspirados a la mente, sabemos que son verdaderos por las impresiones espirituales que nos llegan al corazón”4.

A fin de aumentar nuestra capacidad para recibir la influencia y la guía del Espíritu Santo en nuestra vida, nosotros, al igual que Nefi, necesitamos cultivar el deseo de recibir, ejercer la fe en el Señor Jesucristo, “orar siempre, y no desmayar” (2 Nefi 32:9) y obedecer los mandamientos.

El presidente Thomas S. Monson nos ha pedido que hagamos algo más: “Abran el corazón, abran el alma misma al sonido de esa voz especial que testifica de la verdad… Ruego que siempre estemos a tono, que podamos escuchar esa voz consoladora que nos guía y que nos mantendrá a salvo”5.

De mi padre aprendí la lección de escuchar de una manera práctica: al trabajar con relojes de pared y de pulsera. Hoy en día valoro la lección que me enseñó. De hecho, el Espíritu Santo aún me trae esa lección a la mente y al corazón, y me recuerda la promesa de las cosas buenas por venir.

Esa experiencia me ha ayudado a buscar momentos de quietud en los que pueda escuchar la voz del Espíritu. Escuchar con atención al Espíritu Santo me ayuda a determinar si me encuentro en el camino correcto o si necesito cambiar el curso, para que pueda estar en sintonía con los deseos del Padre Celestial.

El Espíritu Santo y la revelación personal

Robert D. Hales“El Espíritu Santo nos brinda revelación personal para ayudarnos a tomar decisiones importantes en la vida, tales como la formación académica, la misión, nuestra profesión, el matrimonio, los hijos, dónde viviremos con nuestra familia, etcétera. En estos aspectos, el Padre Celestial espera que usemos nuestro albedrío, que estudiemos la situación en la mente de acuerdo con los principios del Evangelio y que le presentemos una decisión a través de la oración”.

Élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El Espíritu Santo”, Liahona, mayo de 2016, pág. 105.

Para recibir la influencia y la dirección del Espíritu Santo

• Cultiven el deseo de recibir.
• Ejerzan la fe en el Señor Jesucristo.
• Oren siempre.
• Obedezcan los mandamientos.

Notas

  1. Robert D. Hales, “El Espíritu Santo”, Liahona, mayo de 2016, pág. 105.
  2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 139.
  3. Para saber más sobre las funciones del Espíritu Santo, véanse David A. Bednar, “Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”, Liahona, mayo de 2016, págs. 59–62; Robert D. Hales, “El Espíritu Santo”, págs. 105–107.
  4. Véase de Craig C. Christensen, “Un inefable don de Dios”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 14; cursiva agregada.
  5. Thomas S. Monson, “Guarden los mandamientos”,Liahona, noviembre de 2015, pág. 84.
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Cómo comprender la historia de la Iglesia por el estudio y la fe

Febrero 2017
Cómo comprender la historia de la Iglesia por el estudio y la fe
Por Keith A. Erekson
Director de la Biblioteca de Historia de la Iglesia

Hoy en día, aprendemos sobre el pasado mediante porciones incompletas de la historia. Al estudiar dichos registros, debemos recordar que no representan la totalidad del pasado.

La historia significa mucho más que la memorización de fechas y datos para un examen. Todos los días, archivistas, bibliotecarios e historiadores de la Biblioteca de Historia de la Iglesia recopilan, preservan y comparten registros del pasado que nos ayudan a discernir la mano de Dios en la historia de la Iglesia y en nuestra vida personal. El entender nuestra historia implica un proceso de aprendizaje y descubrimiento que puede fortalecer nuestro testimonio, ayudarnos a evitar la duda, narrar los mejores relatos, discernir la doctrina verdadera y mejorar nuestra forma de pensar. Al “adquirir un conocimiento de la historia”, también contribuiremos a llevar a efecto “la salvación de Sion” (D. y C. 93:53).

Historical photograph of Salt Lake CityComo historiador, he llegado a comprender que aprendemos sobre la historia “tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118). La fe y el estudio se combinan conforme nos deleitamos con espíritu de oración en las Escrituras, leemos y reflexionamos sobre múltiples fuentes históricas, establecemos conexiones entre los pasajes de las Escrituras y las fuentes históricas, consideramos la información dentro del contexto adecuado, buscamos modelos y temas, y extraemos lecciones relevantes. Esas prácticas nos ayudan a lograr entender los hechos históricos y encontrar respuesta a nuestras preguntas. Hay varios principios que pueden ayudarnos a considerar la historia de modos que nos abren la mente para lograr un mayor entendimiento.

El pasado ha quedado atrás; solo quedan porciones

Desde nuestra perspectiva en el presente, el pasado ha quedado mayormente atrás. Las personas han fallecido; sus vivencias han finalizado. Sin embargo, quedan porciones del pasado: cartas, diarios personales, registros de organizaciones y objetos tangibles. En la actualidad, podemos aprender sobre el pasado solo indirectamente, a través de las porciones que quedan. Siempre se pierde información entre el pasado y el presente. Debemos estudiar los registros que aún existen, al tiempo que recordamos que no representan la totalidad del pasado.

Consideremos un ejemplo: Cuando José Smith predicaba algún sermón a los santos, por lo general no tenía un texto preparado ni se hacían grabaciones de audio ni video. Aunque algunos de los presentes puedan haber tomado notas o escrito reflexiones, incluso son aun menos las notas que aún existen. Por consiguiente, no podemos afirmar conocer todo lo que José Smith haya dicho vez alguna, a pesar de que podemos, por ejemplo, citar las notas de Wilford Woodruff sobre un sermón determinado de José.

En otros casos, hay partes importantes de la historia de la Iglesia que aún no se han descubierto. Por ejemplo, no tenemos registros de la visita de Pedro, Santiago y Juan que sean tan detallados como el relato de la visita de Juan el Bautista (véase José Smith—Historia 1:66–75 ). De igual manera, si bien tenemos registros de que no se confería el sacerdocio a los hombres de ascendencia negra africana, no existe ningún registro que explique con autorizadamente por qué comenzó dicha práctica. En el estudio de la historia, la falta de pruebas no es motivo válido de duda. Aprender sobre el pasado es una labor de recopilar toda la evidencia confiable posible y, donde sea posible, verificable, al tiempo que reservarse el veredicto final de las partes de la historia que no podemos plenamente comprender por falta de información.

Los hechos no hablan, pero los narradores sí

Puesto que las porciones que existen del pasado están incompletas, algunas personas intentan consolidarlas a fin de narrar alguna anécdota. Las primeras anécdotas las relataron quienes intervinieron en ellas y, por lo general, describen lo que experimentaron y por qué fue importante para ellos. Algunos de ellos narraron sus anécdotas en muchas ocasiones y a diferentes audiencias. Algunos acontecimientos inspiraron a muchos de los que tomaron parte a relatar sus experiencias; otros acontecimientos se olvidaron hasta que alguna experiencia posterior los trajo a la memoria.

Hay muchas razones por las que se recopilan relatos y otras personas los vuelven a narrar: para entretener a cierta audiencia, vender un producto, influir en la opinión pública o abogar por cambios. Cada relato llega a ser una interpretación del pasado, que se edifica sobre porciones de hechos y está bajo la influencia de la memoria, los intereses y los objetivos del narrador. Como resultado de ello, los relatos sobre el pasado son incompletos y en ocasiones contradictorios. Debemos considerar siempre quiénes narran los relatos, cómo los narran y por qué lo hacen.

José Smith proporcionó un ejemplo de cómo evaluar a los narradores y los hechos. En 1838, observó que ya había “muchas noticias que personas mal dispuestas e insidiosas han hecho circular acerca del origen y progreso de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Por consiguiente, escribió una historia con la intención de “presentar a los que buscan la verdad los hechos tal como han sucedido, tanto en lo concerniente a mí, así como a la Iglesia, y lo hago hasta donde el conocimiento de estos hechos me lo permite” (José Smith—Historia 1:1). No todos los relatos que se narran sobre José Smith comparten igual valor o exactitud. Los relatos que narran las personas que se relacionaban más estrechamente con los acontecimientos pasados podrían ser más confiables. Los mejores relatos toman en cuenta todas las porciones del pasado y reconocen los puntos de vista de las fuentes.

El pasado es diferente del presente (y está bien que así sea)

Conforme procuremos lograr entender las porciones del pasado y los relatos que se narran sobre este, descubriremos personas, lugares, experiencias y tradiciones diferentes de las nuestras. Los cambios en la ciencia, la tecnología y la cultura producen diferentes experiencias en lo tocante al nacimiento, la alimentación, los viajes, las vacaciones, la higiene, el salir con personas del sexo opuesto, la medicina y la muerte. Los diferentes sistemas políticos y económicos crean diferentes experiencias en lo concerniente a la formación académica, la capacidad de decidir, la libertad y las oportunidades. Los puntos de vista en cuanto al pasado difieren de nuestros puntos de vista sobre el trabajo, la familia, el servicio público, y la función y situación de la mujer y las minorías. Todo aspecto temporal de las vivencias humanas cambia con el tiempo de maneras tanto pequeñas como grandes.

Por ejemplo, desde nuestra perspectiva en el presente, el que José Smith usara una piedra vidente para traducir el Libro de Mormón parece muy inusual. Sin embargo, en su época, muchas personas creían que era posible usar objetos físicos para recibir mensajes divinos. En parte, tales creencias se basaban en los relatos bíblicos en los que se empleaban objetos para fines divinos (véanse Números 17:1–10; 2 Reyes 5; Juan 9:6) Una revelación que José Smith recibió para la organización de la Iglesia explicaba que Dios “le dio poder de lo alto para traducir el Libro de Mormón, por los medios preparados de antemano” (D. y C. 20:8). A pesar de que los “medios” incluían una piedra vidente, así como el Urim y Tumim, incluso así podemos discernir el mensaje doctrinal de “que Dios inspira a los hombres y los llama a su santa obra en esta edad… demostrando por este medio que él es el mismo Dios ayer, hoy y para siempre” (D. y C. 20:11–12).

Las suposiciones presentes distorsionan el pasado

Puesto que el pasado era diferente de nuestros días, debemos tener especial cuidado de no hacer suposiciones sobre este basándonos en nuestras ideas y valores presentes. No podemos suponer que las personas del pasado fueran iguales a nosotros, ni que apreciarían nuestra cultura ni nuestras creencias. Tampoco podemos suponer que ahora lo sabemos todo, que hemos leído todas las fuentes de información ni que nuestro actual entendimiento del pasado jamás cambiará. Con frecuencia, lo que se percibe como problemas en cuanto al pasado son solo malas suposiciones que se han hecho en el presente.

Por ejemplo, José Smith declaró: “Nunca les dije que era perfecto”1. Si vamos a suponer que los profetas nunca cometían errores, entonces podríamos asombrarnos al descubrir las ocasiones en que José los cometió. Para “resolver” ese problema, no debemos ni aferrarnos obstinadamente a que José fuera perfecto ni acusar a la Iglesia de engañar. Antes bien, podemos reconocer que José era humano y verlo en el contexto de otros relatos de las Escrituras sobre los profetas. Debido a ello, podemos adaptar nuestras suposiciones para reconocer que todos los profetas son mortales y, por lo tanto, tienen imperfecciones. Podemos estar agradecidos porque Dios obre con paciencia con cada uno de nosotros. Admitir los errores en nuestra propia forma de pensar a veces es la parte más difícil de entender la historia.

El aprender sobre la historia requiere humildad

Al encontrarnos con historia incompleta, que esté abierta a interpretaciones y que sea diferente de lo que hemos supuesto, debemos “[poner nuestra] confianza en ese Espíritu que induce a… andar humildemente” (D. y C. 11:12). Desde nuestra perspectiva actual, es obvio que sabemos más sobre los resultados del pasado que quienes intervinieron en él, pero también sabemos mucho menos acerca de su experiencia al vivirlo. Las personas que vivían en el pasado pertenecían a sus propios tiempos, lugares y circunstancias. Para sentir caridad para con sus diferencias y empatía por sus experiencias, debemos empezar teniendo humildad en cuanto a nuestras propias limitaciones. Se requiere humildad para no juzgar a las personas del pasado según nuestras pautas. Se requiere humildad para admitir que no lo sabemos todo, para aguardar más respuestas con paciencia y para continuar aprendiendo. Cuando se descubren nuevas fuentes que proporcionan nuevas perspectivas sobre lo que pensábamos que sabíamos, se requiere humildad para reconsiderar nuestro entendimiento.

Un modelo para aprender por el estudio y POR la fe

El estudio fiel de la historia de la Iglesia puede seguir el modelo que Alma ilustra al comparar cómo plantar una semilla (véase Alma 32:27–42):

1. Damos cabida al aprendizaje de la historia al poner en práctica los principios que aquí se describen.
2. Plantamos la semilla en nuestra mente y nuestro corazón mediante la lectura minuciosa y mediante la reflexión (¿Se trata de una porción del pasado o de un relato que se ha narrado después? ¿Quién lo creó y por qué? ¿Cuál es la idea principal? ¿Qué pruebas lo corroboran?).
3. Podemos discernir la importancia de nuestra lectura al considerar cuán auténtica y confiable es la fuente, al plantear nuestras respuestas en el contexto histórico adecuado y al determinar los principios eternos que puedan aplicarse a nuestras circunstancias personales.
4. A lo largo de nuestra vida, podemos nutrir el estudio fiel de la historia de la Iglesia al leer, pensar, orar, compartir y enseñar diligentemente.
5. Si lo hacemos, llegaremos a cosechar el fruto del estudio fiel conforme mejore nuestro entendimiento y aumente nuestra fe, haciéndonos mejores estudiantes y maestros, padres e hijos, discípulos y santos.

Nota

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith,2007, pág. 555.

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Me propuse encontrar un templo

Febrero 2017
Me propuse encontrar un templo
Por Mireille Rouffet
La autora vive en Auvernia-Ródano-Alpes, Francia.

Andaba en busca de un lugar santo y encontré la manera de formar parte de una familia eterna.

Corría el año 1973; mientras pasaba por algunas dificultades, sentí el fuerte deseo de conocer a Dios, así que decidí leer la Biblia. Un día leí sobre el templo de Salomón en 2 Crónicas 2–5 y tuve la sensación de que en la Tierra se encontraba un lugar tan santo como ese, de modo que ayuné y oré a fin de que el Espíritu Santo me guiara para encontrarlo. Sentía que si hallaba un templo, podría hablar con uno de los siervos del Señor sobre mis problemas y él me ayudaría a resolverlos.

Illustrated scene of city in France

Así que me propuse encontrar un templo. En esa época vivía en Fontenay-sous-Bois, un suburbio de París, y comencé a conducir hacia la ciudad en busca de un templo. Miré muchos edificios, inclusive iglesias y sinagogas, pero no encontré ningún templo. Al volver a casa, oré y me pregunté por qué no podía hallar un templo. ¿Acaso no era lo suficientemente pura? O, ¿simplemente no estaba preparada?

Olvidé por completo mi búsqueda fallida hasta que unas hermanas misioneras de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días vinieron a mi hogar en febrero de 1980. Me dijeron que el templo más cercano se encontraba en Zollikofen, Suiza: el Templo de Berna, Suiza.

Me bauticé el 12 de abril de 1980, y fui al templo por primera vez poco más de un año después, el 5 de mayo de 1981. Allí pude efectuar la obra del templo a favor de varias mujeres de mi familia, entre ellas mis abuelas, tías y primas.

De todas ellas, a la única que había conocido era a mi prima Olga;

ella era de Italia y se había casado muy joven, pero, lamentablemente, su esposo era violento y le era infiel. Con la ayuda de su padre y su hermano, Olga decidió huir cuando esperaba a su quinto hijo.

Ella se fue a vivir con sus padres y su hermano. Después del nacimiento de ese niño, Olga falleció y sus padres nunca se recuperaron del impacto de su muerte repentina.

Mientras llevaba a cabo las ordenanzas en el templo a favor de Olga, constantemente acudía una palabra a mi mente: misión. Sin embargo, me sentía confundida, ya que estaba ocupada criando a tres hijos yo sola y no había manera de que pudiera ir en una misión.

La respuesta llegó varios meses después. Un día, mi primo Renzo me dijo que la mamá de Olga, o sea mi tía Anita, había fallecido. De repente recordé que había efectuado la obra por Olga un día martes, y que su madre había fallecido el viernes siguiente. Con gran emoción, tuve la impresión de que Olga había estado ansiosa por recibir las ordenanzas del templo para poder recibir a su mamá en el mundo de los espíritus. Tal vez esa era la misión de Olga.

No obstante, yo también tenía la misión de ayudar a mis propios padres. En varias ocasiones había hecho el intento de hablarles sobre la Iglesia, pero no habían mostrado interés, de modo que después de que mi madre y mi padre fallecieron, realicé la obra del templo por ellos lo más pronto que pude.

Cuando mis padres fueron sellados, el corazón me latía con fuerza y los ojos se me llenaron de lágrimas de amor; después fui sellada a mis padres. No podía dejar de pensar en mi madre, y tuve el deseo de abrazar a la hermana que había servido como su representante. Le agradecí que hubiese representado a mi madre; la hermana también tenía lágrimas en los ojos y me agradeció que le permitiera tener esa experiencia. A pesar de que no la conocía, sentimos que pertenecíamos a la misma familia.

Después mis padres fueron sellados a sus padres, y Olga, a quien yo representaba en la ordenanza, fue sellada a sus padres, mi tío Marino y mi tía Anita.

Cada vez que recuerdo esas experiencias, me embarga la emoción. Pienso en Olga, y espero que ella esté cumpliendo su misión al otro lado del velo. Gracias a las ordenanzas del templo, ya no soy la única miembro de la Iglesia de mi familia. Tengo la creencia de que mis padres aceptaron las ordenanzas que se efectuaron a favor de ellos. Me llena de gozo y agradezco al Señor que hiciera posible que yo estableciera una familia eterna mediante las bendiciones de Su santo templo.

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La historia familiar y las bendiciones del templo

Febrero 2017
La historia familiar y las bendiciones del templo
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Y por Ruth L. Renlund y Ashley R. Renlund

Dale G. Renlund

Tomado de un presentación que se hizo en la Conferencia de Historia Familiar RootsTech 2016 en Salt Lake City, Utah, EE. UU., el 6 de febrero de 2016. Para ver la grabación de la presentación en español.

Durante su presentación en RootsTech 2016, el élder Dale G. Renlund, junto con su esposa Ruth y su hija Ashley, recordaron a los Santos de los Últimos Días que se obtiene un poder verdadero al combinar la historia familiar con las bendiciones del templo.

The Renlunds at RootsTech
ÉLDER RENLUND: En diciembre de 1963, mi familia hizo un recorrido en automóvil desde Helsinki hasta la isla de Larsmo, en la costa oeste de Finlandia. Fue en ese lugar donde mi padre se crio y donde vivía mi abuela Lena Sofía.

Años antes, en 1912, Lena Sofía y mi abuelo Leander escucharon a misioneros de Suecia predicar el Evangelio restaurado. En aquel entonces, había menos de 800 misioneros en todo el mundo.

Esos misioneros enseñaron el mensaje del Evangelio restaurado, Lena Sofía y Leander se bautizaron al día siguiente, y se hicieron miembros de una pequeña rama que era la primera en Finlandia.

Solo unos años antes, la madre de Leander, quien había estado viviendo con ellos, murió de tuberculosis. En 1917, Leander también murió de tuberculosis, dejando a Lena Sofía viuda y embarazada con su décimo hijo. Ese hijo era mi padre y nació dos meses después de la muerte de Leander. Con el tiempo, Lena Sofía enterró a 7 de sus 10 hijos. Fue muy difícil para ella, por ser una mujer campesina en la pobreza, mantener intacto lo que quedaba de su familia.

Durante cerca de dos décadas no tuvo una buena noche de descanso; durante el día se apresuraba a hacer trabajos esporádicos a fin de juntar lo suficiente para comer; por la noche cuidaba a sus familiares que estaban enfermos de gravedad. La muerte literalmente rondaba sobre su cabeza. En ese tiempo, se cortaban maderos, se ponían a secar en las vigas del techo y se utilizaban para hacer los ataúdes de los que morían. Es difícil imaginar cómo se sentía Lena Sofía.

El día en que la conocí en 1963, yo acababa de cumplir 11 años y ella tenía 87; estaba encorvada por la vida de trabajo arduo que había llevado; tanto así, que cuando se levantaba de su silla, su estatura era la misma. Tenía curtida la piel del rostro y de las manos, tan áspera y tan rugosa como el cuero viejo.

Se puso de pie lo mejor que pudo y, señalando una foto de Leander que había en la pared, me dijo en sueco: “Det här är min gubbe” (Él es mi esposo).

Ese otoño yo había asistido a una escuela donde se hablaba sueco, y apenas estaba volviendo a aprender el idioma. Pensé que mi abuela había utilizado el tiempo presente del verbo de forma incorrecta al decir “él es mi esposo”, ya que Leander había fallecido 46 años atrás. Le dije a mi madre que Lena Sofía debió haber dicho: “él era mi esposo”. Mamá solo me dijo: “Es que no comprendes”.

Tenía razón. No comprendía; no de la forma que ahora comprendo. Desde entonces, he reflexionado en muchas ocasiones en cuanto al significado de esa experiencia y sobre lo que mi abuela me había enseñado.

¡Imaginen la fortaleza y el consuelo que Lena Sofía sintió al saber del poder de sellar! A ese poder se le brinda guía cuando investigamos y averiguamos acerca de nuestros antepasados. Tanto la historia familiar como las bendiciones del templo pueden tener significado en nuestra vida, pero el verdadero poder proviene cuando las combinamos. No se trata de combinar dos cosas sin ton ni son, sino que una ayuda a dirigir a la otra. El conocimiento de que algún día se efectuarían esas ordenanzas a favor de ella y de Leander dio consuelo y paz a Lena Sofía durante esos prolongados años de su viudez.

El verdadero valor de la historia familiar

ASHLEY: Sin la historia familiar, la autoridad para sellar no puede llegar donde necesita estar para utilizarse. El verdadero valor de la historia familiar solo se logra gracias a la autoridad para sellar. El verdadero poder radica en la combinación.

HERMANA RENLUND: Me encanta ese concepto. Aprendemos en cuanto a ambas bendiciones en muchas partes de las Escrituras. El hecho de combinarlas trae más bendiciones y poder a nuestra vida. Veamos algunos ejemplos:

En Doctrina y Convenios, el Señor nos dice que Él envió a Elías el Profeta a “[plantar] en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres”, y que eso haría que el corazón de los hijos se volviera hacia sus padres. Creo que esa parte, Dale, fue lo que tu abuela plantó en ti. Luego el Señor nos dice que “toda la tierra sería totalmente asolada a [la Segunda Venida del Salvador]” si no se volvía el corazón (véase D. y C. 2:2–3). Es un poderoso mensaje.

Entonces, aunque tengamos todos los registros genealógicos disponibles en el mundo y todo lo que pudiéramos recopilar, sin la autoridad para sellar que restauró el profeta Elías, el propósito de la creación se frustraría y sería “asolada”. Ese fue uno de los primeros mensajes que el Señor reveló al profeta José Smith en nuestra dispensación.

ÉLDER RENLUND: Tienes razón, Ruth. Sin darme cuenta, toda mi vida he sentido la fortaleza y el poder de las historias y los ejemplos de mi abuela y de otros antepasados.

Hay una profecía en Doctrina y Convenios sección 128 en la que José Smith cita Malaquías 4:5–6. Él explica la frase “volver… el corazón de los hijos hacia los padres” en el contexto del poder de sellar y del bautismo por los muertos. Luego dice: “Y no solo esto, sino que las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes fueron escondidas de los sabios y entendidos, serán reveladas a los niños pequeños y a los de pecho en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (véase D. y C. 128:17–18).

¡Piensen en eso! José Smith predijo que hasta los niños comprenderían y sabrían cosas que los hombres y las mujeres eruditos del mundo no podrían explicar. Niños y jóvenes de todo el mundo participan en estas bendiciones todos los días, como lo hice yo a los 11 años, al aprender esos conceptos de mi abuela y de mi madre. Las personas que nunca escuchan del Salvador mientras viven en la Tierra tienen la oportunidad de recibir las mismas bendiciones que las que sí reciben la oportunidad en esta vida. La oportunidad de recibir bendiciones no excluye a nadie.

Las ordenanzas del templo y el poder individual

HERMANA RENLUND: Además, las ordenanzas del templo son fundamentales para tener poder individual. De hecho, el Señor ha dado ejemplos de ese poder individual. A los primeros santos se les enseñó sobre la necesidad de recibir la investidura antes de que pudieran impulsar la obra de salvación:

“… me conviene que mis élderes esperen un corto tiempo la redención de Sion;

“para que ellos mismos se preparen, y mi pueblo sea instruido con mayor perfección, y adquiera experiencia, y sepa más cabalmente lo concerniente a su deber y a las cosas que de sus manos requiero;

“y esto no puede llevarse a cabo sino hasta que mis élderes sean investidos con poder de lo alto” (D. y C. 105:9–11).

El Señor estaba enseñando en cuanto a la importancia de prepararse para recibir la investidura del templo, a fin de que los élderes fuesen bendecidos con poder de lo alto. Esas bendiciones facultaron a los santos para que continuaran siendo instruidos con más perfección y pudieran emplear bien ese poder.

ÉLDER RENLUND: Ese aprendizaje se puede ampliar si vamos a la sección 109, que es la oración dedicatoria del Templo de Kirtland. En ella, José Smith dice: “… y para que todas las personas que pasen por el umbral de la casa del Señor sientan tu poder y se sientan constreñidas a reconocer que tú la has santificado y que es tu casa, lugar de tu santidad” (D. y C. 109:13).

ASHLEY: Así es, las ordenanzas del templo son puras y poderosas. Sin embargo, al agregar el templo a la labor de estudiar y averiguar respecto a nuestros antepasados, el poder es mayor y lleva nuestras bendiciones al siguiente nivel.

HERMANA RENLUND: Dale, ¿crees que Lena Sofía comprendía eso cuando te hizo ese comentario sobre Leander? ¿Era su comprensión más profunda debido a que reconocía el poder del templo junto con el amor que sentía por él y por su propia familia?

ÉLDER RENLUND: Sí, eso es precisamente lo que estaba enseñando. Lena Sofía sabía que su esposo que ya tenía años de fallecido fue y seguiría siendo suyo por las eternidades. Por medio de la doctrina de las familias eternas, Leander seguía presente en su vida y formaba parte de su gran esperanza en el futuro. Lena era como otras personas que “en la fe murieron… sin haber recibido las cosas prometidas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y aceptándolas, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13).

En una contundente afirmación de la fe que tenía en la autoridad para sellar, Lena Sofía envió en 1938 los registros familiares de sus hijos fallecidos que tenían más de ocho años al momento de morir. De esa manera se pudo realizar la obra del templo de ellos, aunque ella no tendría la oportunidad de ir al templo durante su vida. Esos registros fueron de los primeros que se enviaron desde Finlandia a un templo para que se efectuaran ordenanzas.

¿Recuerdan el desafío que el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dio en RootsTech en 2014?

ASHLEY: Él dijo: “… [preparen] el mismo número de nombres para el templo que el número de bautismos que [efectúen] allí”1.

HERMANA RENLUND: En 2015, agregó nueve palabras al reto: “Y ayuden a alguien más a hacer lo mismo”2.

Cómo agregar poder espiritual

ÉLDER RENLUND: Exactamente. He pensado en ese desafío apostólico y en cómo puede continuar creciendo. Partiendo de nuestra conversación, creo que podemos agregar un elemento de poder espiritual a esa promesa. Leamos en el capítulo 47 de Ezequiel:

“Después, [el ángel] me hizo volver [a mí, Ezequiel] a la entrada de la casa [del Señor]; y he aquí aguas brotaban de debajo del umbral de la casa hacia el oriente, porque la fachada de la casa daba al oriente; y las aguas descendían desde debajo del lado derecho de la casa, por el costado sur del altar.

“Y me sacó por el camino de la puerta del norte y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, hasta la puerta exterior que mira al oriente; y he aquí, las aguas fluían del lado derecho.

“Y cuando el varón salió hacia el oriente, tenía un cordel en su mano; y midió mil codos y me hizo pasar por las aguas, con el agua hasta los tobillos.

“Y midió otros mil y me hizo pasar por las aguas, con el agua hasta las rodillas. Midió luego otros mil y me hizo pasar por las aguas, hasta los lomos.

“Y midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido, y el río no se podía pasar sino a nado…

“Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al desierto y entrarán en el mar; y al entrar en el mar, las aguas serán sanadas.

“Y acontecerá que toda alma viviente que nade por dondequiera que entren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, pues serán sanadas; y vivirá todo lo que entre en este río” (Ezequiel 47:1–5, 8–9).

Ezequiel ve un río que crece a medida que fluye de la casa. El agua que brota del templo representa bendiciones, las cuales fluyen de los templos para sanar a las familias y darles vida.

ASHLEY: Sin embargo, el agua se vuelve más profunda a medida que el río fluye. No tiene sentido para mí.

ÉLDER RENLUND: Pongamos por caso, yo (soy una persona), mis padres (son dos), mis abuelos (son cuatro); y así sucesivamente hacia adelante y hacia atrás. El crecimiento del río es similar al crecimiento exponencial de nuestra familia de una generación a otra.

Las bendiciones del templo están al alcance de todo y de todos; ¡y qué bendiciones! “Y vivirá todo lo que entre en este río”.

“Ella ya esperó suficiente”

Renlunds at RootsTech
ÉLDER RENLUND: El Señor tiene un plan para vencer las desgracias personales de Lena Sofía, nuestras pérdidas, las tragedias de ustedes; en fin, las calamidades de todos. Él restauró en la tierra Su sacerdocio y Su autoridad para sellar. Lena Sofía lo sabía y también mi mamá, Mariana.

SISTER RENLUND: ¿Te refieres a la forma en que ella envió el nombre de Lena Sofía para que se efectuara la obra del templo?

ASHLEY: Me encanta ese relato. Poco después de la muerte de Lena Sofía en 1966, mi abuela Mariana llevó el nombre de Lena al Departamento de Genealogía3. El hermano que la atendió le dijo que las pautas de la Iglesia indicaban que una persona tenía que llevar al menos un año de fallecida antes de que se pudiera efectuar la obra del templo en su favor. La abuela Mariana respondió: “No me gusta esa respuesta. Permítame hablar con alguien que me responda de otra forma. Ella ya esperó suficiente”.

El abuelo Åke dijo que trató de hacerla entrar en razón, pero ella le echó una mirada que él conocía muy bien, con la cual cualquier cosa que él dijera sería inútil. El abuelo escribió en su diario: “Sentí gran pesar por el hermano de la oficina que le dijo que no se podía hacer nada durante al menos un año. Ese hombre no sabía lo que le esperaba. Yo le pude haber dicho, pero no me preguntó”4.

ÉLDER RENLUND: Menos de dos meses después, con la autorización del Presidente de la Iglesia, la obra del templo de Lena Sofía y Leander se llevó a cabo. La abuela Mariana y el abuelo Åke actuaron como representantes de Lena Sofía y Leander, quienes fueron sellados por el tiempo y por toda la eternidad en el Templo de Salt Lake. Además, ¿sabían que, según las normas presentes de la Iglesia, si una persona no pudo disfrutar de las bendiciones del templo debido a la distancia no tiene que esperar todo un año? De ese modo, personas como Lena Sofía pueden recibir esas bendiciones lo más rápido posible. Tal como la abuela Mariana le dijo al hermano del Departamento de Genealogía: “Ellos ya han esperado suficiente”.

HERMANA RENLUND: ¡Fue un lindo día para tu familia! Imagínate el gozo que sintieron Leander y Lena Sofía, y qué decir del gozo que sintieron sus hijos. Esas bendiciones son la culminación de la combinación de la obra de historia familiar y del templo, lo cual desata el poder del que hemos hablado hoy.

Hace poco se me recordó que el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, habló de ese poder. Hace años, él comenzó a tratar de instar a las personas a reconocer la bendición de combinar los dos aspectos divinos del templo y de historia familiar.

El élder Bednar dijo: “La historia familiar no es solo un programa y luego también adoramos en el templo. Todas las cosas están reunidas en Cristo. Sentimos poder al encontrar a nuestros antepasados y al llevar sus nombres a la Casa del Señor. Yo lo he hecho. He trabajado y he hablado con cientos y miles de personas que han hecho esa obra. Nuestra experiencia en el templo es aún mejor si hemos hecho la obra para poder efectuar esas ordenanzas en favor de nuestros antepasados fallecidos”5.

ASHLEY: El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, también hizo la promesa de que podemos ver ese poder en nuestra vida. Él dijo: “Aunque la obra del templo y de historia familiar tiene el poder para bendecir a los que están más allá del velo, tiene el mismo poder para bendecir a las personas que están vivas. Tiene una influencia refinadora en aquellos que participan de ella. Estos literalmente están ayudando a exaltar a su familia”6.

Una promesa de protección

ÉLDER RENLUND: Siento gratitud al agregar mi testimonio al de ellos, para ser una voz apostólica más en apoyo a este desafío del templo. Extiendo la promesa de protección que se ha ofrecido en el pasado. Hermanos y hermanas, les prometo protección para ustedes y su familia a medida que acepten el desafío de preparar la misma cantidad de nombres para el templo que la cantidad de bautismos que efectúan en él, y de enseñar a los demás a hacer lo mismo.

Si aceptan el desafío, comenzarán a fluir bendiciones para ustedes y su familia como el poder del río que mencionó Ezequiel. Y el río crecerá a medida que sigan efectuando esta obra y enseñen a los demás a hacer lo mismo. No solo hallarán protección contra la tentación y los males de este mundo, sino que también hallarán poder personal: poder para cambiar, poder para arrepentirse, poder para aprender, poder para ser santificados y poder para hacer volver el corazón de su familia unos hacia otros y para sanar lo que necesite sanación.

Notas

1. Neil L. Andersen, “‘Mis días’ de templos y tecnología”, Liahona, febrero de 2015, pág. 31.
2. Neil L. Andersen, en Ryan Morgenegg, “RootsTech 2015: El élder Andersen agrega palabras al desafío del templo”, lds.org/church/news/rootstech-2015-elder-andersen-adds-to-temple-challenge.
3. Ahora se llama Departamento de Historia Familiar.
4. Mats Åke Renlund, “Reflections”, diario personal, pág. 119.
5. David A. Bednar, en “The Turning of Our Hearts” (video), lds.org/topics/family-history/turn-our-hearts.
6. Russell M. Nelson, “Generaciones entrelazadas con amor”, Liahona, mayo de 2010, pág. 94.

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Renunciar a mi fondo para la misión

Febrero 2017
Renunciar a mi fondo para la misión
Frederick John Holt, Sussex Occidental, Inglaterra

checkbook

Me uní a la Iglesia antes de cumplir 21 años. Sentía un gran deseo de servir en una misión, pero me encontraba en una situación difícil. Debido a que mi padre nos había abandonado, yo mantenía económicamente a mi madre y a mis tres hermanos menores. Casi todo mi dinero lo gastaba en mi familia. En ese entonces, uno necesitaba por lo menos 500 libras esterlinas antes de enviar los papeles para la misión. Después de ahorrar durante dos años, solo tenía 250.

Tuvimos un revés económico tras otro. Mi hermano menor se metió en problemas y le dieron una multa de 240 libras esterlinas. Mi familia me pedía que le prestara el dinero, que era casi todo lo que yo tenía. Sentía que era una decisión entre la misión y mi hermano, aunque él prometió que me devolvería el dinero cuando pudiera. Tuve una lucha interna y busqué el consejo de mi obispo, quien me aconsejó que ayudara a mi hermano. Seguí su consejo y pagué la multa. Sabía que era lo correcto, pero estaba desesperado por poder ir a la misión.

Pensaba que me llevaría años ahorrar nuevamente el dinero, pero por medio de la humilde oración recibí impresiones acerca del futuro. El Espíritu me dijo que no esperara que mi hermano me devolviera el dinero y que yo iría a mi misión al año siguiente. Me había costado dos años ahorrar el dinero que le había dado a mi hermano, pero el Señor me decía que tendría el doble para fin de año.

Tenía mis dudas, pero seguí adelante, y en cada una de las siguientes diez semanas ocurrió un milagro. Un joven adulto soltero del barrio se enteró de que yo había renunciado a mi fondo misional y me dio 100 libras esterlinas para mi misión. La semana siguiente otro adulto soltero me dio 100 por la misma razón. Me sentí conmovido y empecé a arrepentirme de mi incredulidad.

Más tarde, mi empleador ofreció incentivos al despido voluntario (un incentivo económico para los empleados que renuncian de forma voluntaria). Me ofrecí pero no creía que me despedirían, ya que habían invertido mucho dinero para capacitarme. Mi gerente me preguntó por qué quería ser despedido, así que le hablé de mi misión. Me dio un aumento retroactivo de varias semanas y aceptó mi despido voluntario. Además me dio una bonificación como parte de mi paquete de dimisión.

Encontré un empleo provisional, el cual a las dos semanas se convirtió en un trabajo de tiempo completo. Además me ofrecieron horas extras los fines de semana, y acepté trabajar cada sábado. Poco después envié mi solicitud para la misión y recibí el llamamiento para servir en la Misión Inglaterra Londres Bristol. Había ahorrado 2.500 libras esterlinas en menos de un año. Recibí literalmente diez veces la suma que había dado. En Lucas 6:38 dice: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante se os dará en vuestro regazo, porque con la misma medida con que midiereis, se os volverá a medir”.

Sé que fui bendecido por mi obediencia y fe al seguir el consejo de mi obispo.

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Hallé paz mediante la Santa Cena

Febrero 2017
Hallé paz mediante la Santa Cena
Jane McBride, Colorado, EE. UU.

Mother and children taking the sacrament

Cuando era una madre joven me costaba encontrar momentos de paz durante los agitados días en que la vida giraba en torno al cuidado de cinco niños activos y exigentes. Cinco minutos aquí y diez minutos allá era todo lo que lograba hallar, pero atesoraba cada pequeño trocito de tranquilidad.

A menudo acudía a mi Padre Celestial en oración, pidiéndole fuerza, paciencia y paz. Los domingos eran especialmente frenéticos, ya que le daba el pecho a un bebé, vestía a un niño pequeño y supervisaba a mis hijos mayores mientras se preparaban para la Iglesia. Irónicamente, fue durante un domingo ocupado que hallé la solución.

Al escuchar las oraciones sacramentales aquel día, las palabras cobraron un significado especial: “… para que siempre puedan tener su Espíritu consigo” (D. y C. 20:77).

Yo tenía derecho a tener el Espíritu del Señor conmigo. ¿Cómo es que nunca me había dado cuenta de la importancia de esa promesa?

La Santa Cena se convirtió en el momento tranquilo y contemplativo en mi ruidosa vida. En la ordenanza de la Santa Cena hallé la paz que había buscado.

Aunque después de tomar el pan y el agua tuviese que salir de la reunión sacramental con un niño en brazos retorciéndose para liberarse, me aseguraba de estar allí durante ese tiempo especial para recordar. Esperaba anhelosamente esos preciados momentos con un fervor que nunca antes había sentido.

Ahora que mis hijos han crecido, disfruto el lujo de muchos más momentos de tranquilidad. Sin embargo, aún atesoro aquellos momentos durante la Santa Cena.

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El poder consolador de Cristo

Febrero 2017
El poder consolador de Cristo
Chris Deaver, California, EE. UU.

Talking on a train in New York City

Hace varios años, mi amigo Joseph estaba planeando conducir desde Utah hasta Washington, D.C., EE. UU., y me invitó a que lo acompañara en el viaje. En el camino visitamos varios sitios históricos de la Iglesia, y cuando llegamos a la costa este nos dirigimos hasta la ciudad de Nueva York.

Estuvimos allí apenas dos semanas después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Sentíamos profundamente que debíamos visitar el lugar en el que las Torres Gemelas habían sido destruidas.

Vimos a un soldado que señalaba el camino en una calle llena de personas mientras estas observaban los escombros. Él repartía pañuelos desechables para que la gente se secara las lágrimas.

Joseph y yo pudimos sentir cuán profundamente aquellos sucesos habían lastimado a todos, y quisimos hacer algo al respecto. Consideramos que lo mejor que podíamos hacer era hablar con la gente, escuchar sus historias y quizás compartir con ellos un mensaje sobre la esperanza del evangelio restaurado de Jesucristo.

En el camino de regreso a nuestro hotel viajamos en el metro. Sentada frente a mí había una mujer que leía un libro. Me pregunté qué pasaba en su vida. Me presenté y le dije que estábamos de visita en Nueva York; le comenté que teníamos curiosidad por conocer sus experiencias con los recientes acontecimientos del 11 de septiembre.

Su nombre era María, y había vivido en la ciudad de Nueva York por décadas. Trabajaba en un edificio muy cerca de las torres. Nos dijo que unas semanas antes del 11 de septiembre había tenido un fuerte sentimiento de que debía orar y preguntar si Dios estaba allí. Mencionó que hasta ese momento de su vida no había orado mucho ni había sentido realmente que necesitaba hacerlo. No sintió una respuesta a su oración hasta que los terroristas atacaron las torres aquella funesta mañana. El caos y la confusión la rodeaban; sin embargo, de repente ella sintió calma. María nos dijo que sintió una paz increíble y que, a pesar de toda la inexplicable destrucción del momento, sintió que Dios estaba allí cuidándola.

Después de que María compartió eso con nosotros, Joseph y yo le dijimos que ella había sentido el Espíritu de su Padre Celestial en la forma de aquella paz y consuelo especiales. Le dijimos que siempre podía sentir esa paz al buscarlo a Él en oración y al estudiar el Libro de Mormón. Le dimos un ejemplar del Libro de Mormón y le dijimos que el libro continuaría dándole la paz que había estado buscando. Le encantó recibirlo y nos dio las gracias.

No sé cómo siguió la historia de María porque Joseph y yo tuvimos que bajarnos en nuestra parada, pero sé que el Padre Celestial ama a cada uno de Sus hijos e hijas. Sé que Él está en los detalles de nuestra vida, especialmente cuando todo a nuestro alrededor parece estar mal. Él puede brindar una paz indescriptible que proviene de Su Espíritu mediante el poder de Su Hijo Jesucristo. La luz de Cristo puede brillar radiantemente a través de la oscuridad de cualquier prueba o tragedia porque Él ha vencido todo.

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Cómo hallar paz en la imperfección

Febrero 2017
Cómo hallar paz en la imperfección
Por Elizabeth Lloyd Lund
Servicios para la Familia SUD

Esperar solamente la perfección ahora significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar.

Young woman with dove

Una de las ideas erróneas con las que en ocasiones luchamos en esta vida terrenal tiene que ver con el concepto de la perfección. Muchos creen equivocadamente que debemos alcanzar la perfección en esta vida a fin de ser salvos o exaltados.

Como terapeuta, me encontraba una vez en una reunión con una mujer cuando comenzó a llorar; ella dijo: “¿Cómo podré alguna vez ser lo suficientemente buena?”. Siguió hablando de lo indigna que era. Al explorar sus sentimientos, no se percibió ningún pecado grave de su pasado ni del presente; simplemente sentía que no era lo suficientemente buena. Se comparaba con sus vecinos, amigos y familiares, y todos a los que recordaba eran, a su modo de ver, “mejores” que ella.

Los pensamientos se convierten en nuestra realidad

Sé que hay muchos que han abrigado sentimientos de imperfección e inseguridad, ya sea en un llamamiento, como padres, o en general. Esos sentimientos pueden llevarnos a esconder nuestros talentos, a mantenernos alejados de los demás o a que sintamos desánimo, ansiedad o depresión. Lo que pensamos de nosotros mismos influye considerablemente en nuestro comportamiento y nuestros sentimientos. Muchos de nosotros nos decimos cosas que nunca diríamos a otra persona. Eso, a su vez, nos aleja de nuestro verdadero potencial y aminora nuestras habilidades y talentos. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Satanás aumenta sus esfuerzos para vencer a los santos con las armas de la desesperación, el desaliento, el decaimiento y la depresión”1.

Afortunadamente, la “única opinión que importa es lo que nuestro Padre Celestial piensa de nosotros”, enseñó el élder J. Devn Cornish, de los Setenta. “Por favor, pregúntenle con sinceridad lo que Él piensa de ustedes. Él nos ama y nos corrige pero nunca nos desanima; ese es el truco de Satanás”2

La imperfección es una oportunidad

Estamos en la Tierra para tener gozo, y parte de ese gozo es lo que creamos, lo que creemos y lo que aceptamos. Si aceptamos que somos hijos imperfectos de Dios que estamos aprendiendo sobre la marcha, podemos aceptar nuestros defectos. Esperar la perfección inmediata significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar. Estaríamos negando el don del arrepentimiento y el poder de Jesucristo y Su expiación en nuestra vida. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hubo solo un ser perfecto: el Señor Jesucristo. Si los hombres [y las mujeres] hubieran de ser perfectos y tuvieran que obedecer estricta, completa y totalmente las leyes, solamente habría una sola persona salva en la eternidad. El profeta José Smith enseñó que hay muchas cosas que se deben hacer, aun después de la muerte, para lograr la salvación”3. Nuestras imperfecciones mismas pueden ser un medio por el que Dios nos esté preparando para regresar a Él.

Las debilidades pueden volverse fortalezas

Acudir a nuestro Padre Celestial en la imperfección requiere humildad. Este proceso se describe en Éter: “… y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27). Si somos humildes, nuestro Padre Celestial abrirá Sus brazos para ayudarnos a aprender de nuestras debilidades. Un ejemplo de ello se encuentra en el Nuevo Testamento. Al luchar con un “aguijón en [su] carne”, Pablo aprendió que dicha debilidad lo había humillado y acercado a Dios (véase 2 Corintios 12:7). Esa humildad y disposición para aprender es exactamente lo que debemos aplicar a nuestras imperfecciones. Debemos aprender de esas debilidades para que puedan convertirse en fortalezas.

Además, hay una diferencia entre humillarse y sentirse de poco valor o estima. La humildad nos acerca al Señor, mientras que la vergüenza y la culpa pueden alejarnos de Él. Dios no desea que nos menospreciemos y sintamos que somos de poco valor a Su vista; eso es hiriente para Él y para nosotros. Es importante reconocer que valemos el tiempo y el esfuerzo que se necesitan para cambiar. Parte del propósito de esta vida terrenal es encontrar maneras de cambiar nuestras debilidades. Algunas debilidades pueden ser batallas de toda la vida, mientras que otras pueden superarse más rápidamente.

Hace varios años trabajé con una cliente, Rachel (se ha cambiado el nombre), quien tenía problemas de alcoholismo. El alcohol se había convertido en una muleta y en un medio para liberar el estrés de su vida difícil; tomó la determinación de que vencería su adicción, y con ayuda y aliento, dejó de tomar alcohol. Antes de superar totalmente su problema con la bebida, no se denigraba a sí misma por causa de su debilidad; la reconocía. Entonces, con determinación y con la ayuda de un buen obispo, el Señor y algunas personas clave, Rachel tomó la determinación de que dejaría el alcohol. La última vez que hablé con ella, me dijo que no tenía el deseo de beber.

A fin de superar nuestras debilidades, debemos acudir al Señor con fe, esperanza y la seguridad de que Él nos sostendrá en la palma de Su mano. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha aconsejado: “A la persona que es débil y temerosa de corazón, le digo: sea paciente con usted misma. La perfección no se logra en esta vida, sino en la próxima. No exija cosas que no sean razonables, pero exíjase a usted mismo mejorar. Al permitir que el Señor lo ayude con eso, Él marcará la diferencia”4.

Escojamos la felicidad ahora

Adjusting the sails on a boat
En el proceso de llegar a ser mejores, podemos elegir la paz y la felicidad ahora. Aun en medio de las circunstancias más sombrías, podemos escoger nuestra actitud. Viktor Frankl, conocido psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, declaró: “… al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la de elegir su actitud ante un conjunto de circunstancias, la de escoger su propio camino”5.

Se nos enseña que “… existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), lo cual no significa que Dios llenará mágicamente nuestra vida de felicidad. Para la mayoría de nosotros, la felicidad es una elección; requiere esfuerzo y poner en práctica la gratitud, la confianza y la fe. Lo negativo puede ocupar todo el espacio de nuestra vida si lo permitimos. Probablemente no podamos cambiar las circunstancias de nuestra vida, pero podemos elegir cómo reaccionaremos ante ellas. El presidente Thomas S. Monson dijo: “No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. A fin de tener la mayor felicidad, paz y satisfacción posibles, decidamos tener una actitud positiva”6.

Al decidir concentrarnos en lo bueno, confiar en el Señor y Su expiación, y aceptar y aprender de nuestras imperfecciones, podemos deshacernos de las expectativas poco realistas de nosotros mismos y esforzarnos por ser buenos y felices en la vida. Estaremos en paz con nuestras imperfecciones y hallaremos consuelo en el amor redentor de Dios. Tendremos gozo en el corazón al saber que el Plan de Salvación puede llevarnos de regreso a nuestro Padre Celestial a medida que damos nuestro mejor esfuerzo, pese a lo imperfecto que sea, por ser dignos de vivir nuevamente con Él.

Notas

1. Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, Liahona, febrero de 1975, pág. 43.
2. J. Devn Cornish, “¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Lo lograré?”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 33.
3. Bruce R. McConkie, “The Seven Deadly Heresies” (tomado de 1980 Devotional Speeches of the Year, Provo, Utah: Brigham Young University Press, 1981, págs. 78–79).
4. Russell M. Nelson, “Los corazones de los hombres están desfalleciendo” (video), http://www.lds.org.
5. Véase Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona: Editorial Herder, 1991, pág. 71.
6. Presidente Thomas S. Monson, “Vivamos la vida abundante”, Liahona, enero de 2012, pág. 4.

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