Cómo hallar paz en la imperfección

Febrero 2017
Cómo hallar paz en la imperfección
Por Elizabeth Lloyd Lund
Servicios para la Familia SUD

Esperar solamente la perfección ahora significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar.

Young woman with dove

Una de las ideas erróneas con las que en ocasiones luchamos en esta vida terrenal tiene que ver con el concepto de la perfección. Muchos creen equivocadamente que debemos alcanzar la perfección en esta vida a fin de ser salvos o exaltados.

Como terapeuta, me encontraba una vez en una reunión con una mujer cuando comenzó a llorar; ella dijo: “¿Cómo podré alguna vez ser lo suficientemente buena?”. Siguió hablando de lo indigna que era. Al explorar sus sentimientos, no se percibió ningún pecado grave de su pasado ni del presente; simplemente sentía que no era lo suficientemente buena. Se comparaba con sus vecinos, amigos y familiares, y todos a los que recordaba eran, a su modo de ver, “mejores” que ella.

Los pensamientos se convierten en nuestra realidad

Sé que hay muchos que han abrigado sentimientos de imperfección e inseguridad, ya sea en un llamamiento, como padres, o en general. Esos sentimientos pueden llevarnos a esconder nuestros talentos, a mantenernos alejados de los demás o a que sintamos desánimo, ansiedad o depresión. Lo que pensamos de nosotros mismos influye considerablemente en nuestro comportamiento y nuestros sentimientos. Muchos de nosotros nos decimos cosas que nunca diríamos a otra persona. Eso, a su vez, nos aleja de nuestro verdadero potencial y aminora nuestras habilidades y talentos. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Satanás aumenta sus esfuerzos para vencer a los santos con las armas de la desesperación, el desaliento, el decaimiento y la depresión”1.

Afortunadamente, la “única opinión que importa es lo que nuestro Padre Celestial piensa de nosotros”, enseñó el élder J. Devn Cornish, de los Setenta. “Por favor, pregúntenle con sinceridad lo que Él piensa de ustedes. Él nos ama y nos corrige pero nunca nos desanima; ese es el truco de Satanás”2

La imperfección es una oportunidad

Estamos en la Tierra para tener gozo, y parte de ese gozo es lo que creamos, lo que creemos y lo que aceptamos. Si aceptamos que somos hijos imperfectos de Dios que estamos aprendiendo sobre la marcha, podemos aceptar nuestros defectos. Esperar la perfección inmediata significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar. Estaríamos negando el don del arrepentimiento y el poder de Jesucristo y Su expiación en nuestra vida. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hubo solo un ser perfecto: el Señor Jesucristo. Si los hombres [y las mujeres] hubieran de ser perfectos y tuvieran que obedecer estricta, completa y totalmente las leyes, solamente habría una sola persona salva en la eternidad. El profeta José Smith enseñó que hay muchas cosas que se deben hacer, aun después de la muerte, para lograr la salvación”3. Nuestras imperfecciones mismas pueden ser un medio por el que Dios nos esté preparando para regresar a Él.

Las debilidades pueden volverse fortalezas

Acudir a nuestro Padre Celestial en la imperfección requiere humildad. Este proceso se describe en Éter: “… y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27). Si somos humildes, nuestro Padre Celestial abrirá Sus brazos para ayudarnos a aprender de nuestras debilidades. Un ejemplo de ello se encuentra en el Nuevo Testamento. Al luchar con un “aguijón en [su] carne”, Pablo aprendió que dicha debilidad lo había humillado y acercado a Dios (véase 2 Corintios 12:7). Esa humildad y disposición para aprender es exactamente lo que debemos aplicar a nuestras imperfecciones. Debemos aprender de esas debilidades para que puedan convertirse en fortalezas.

Además, hay una diferencia entre humillarse y sentirse de poco valor o estima. La humildad nos acerca al Señor, mientras que la vergüenza y la culpa pueden alejarnos de Él. Dios no desea que nos menospreciemos y sintamos que somos de poco valor a Su vista; eso es hiriente para Él y para nosotros. Es importante reconocer que valemos el tiempo y el esfuerzo que se necesitan para cambiar. Parte del propósito de esta vida terrenal es encontrar maneras de cambiar nuestras debilidades. Algunas debilidades pueden ser batallas de toda la vida, mientras que otras pueden superarse más rápidamente.

Hace varios años trabajé con una cliente, Rachel (se ha cambiado el nombre), quien tenía problemas de alcoholismo. El alcohol se había convertido en una muleta y en un medio para liberar el estrés de su vida difícil; tomó la determinación de que vencería su adicción, y con ayuda y aliento, dejó de tomar alcohol. Antes de superar totalmente su problema con la bebida, no se denigraba a sí misma por causa de su debilidad; la reconocía. Entonces, con determinación y con la ayuda de un buen obispo, el Señor y algunas personas clave, Rachel tomó la determinación de que dejaría el alcohol. La última vez que hablé con ella, me dijo que no tenía el deseo de beber.

A fin de superar nuestras debilidades, debemos acudir al Señor con fe, esperanza y la seguridad de que Él nos sostendrá en la palma de Su mano. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha aconsejado: “A la persona que es débil y temerosa de corazón, le digo: sea paciente con usted misma. La perfección no se logra en esta vida, sino en la próxima. No exija cosas que no sean razonables, pero exíjase a usted mismo mejorar. Al permitir que el Señor lo ayude con eso, Él marcará la diferencia”4.

Escojamos la felicidad ahora

Adjusting the sails on a boat
En el proceso de llegar a ser mejores, podemos elegir la paz y la felicidad ahora. Aun en medio de las circunstancias más sombrías, podemos escoger nuestra actitud. Viktor Frankl, conocido psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, declaró: “… al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la de elegir su actitud ante un conjunto de circunstancias, la de escoger su propio camino”5.

Se nos enseña que “… existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), lo cual no significa que Dios llenará mágicamente nuestra vida de felicidad. Para la mayoría de nosotros, la felicidad es una elección; requiere esfuerzo y poner en práctica la gratitud, la confianza y la fe. Lo negativo puede ocupar todo el espacio de nuestra vida si lo permitimos. Probablemente no podamos cambiar las circunstancias de nuestra vida, pero podemos elegir cómo reaccionaremos ante ellas. El presidente Thomas S. Monson dijo: “No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. A fin de tener la mayor felicidad, paz y satisfacción posibles, decidamos tener una actitud positiva”6.

Al decidir concentrarnos en lo bueno, confiar en el Señor y Su expiación, y aceptar y aprender de nuestras imperfecciones, podemos deshacernos de las expectativas poco realistas de nosotros mismos y esforzarnos por ser buenos y felices en la vida. Estaremos en paz con nuestras imperfecciones y hallaremos consuelo en el amor redentor de Dios. Tendremos gozo en el corazón al saber que el Plan de Salvación puede llevarnos de regreso a nuestro Padre Celestial a medida que damos nuestro mejor esfuerzo, pese a lo imperfecto que sea, por ser dignos de vivir nuevamente con Él.

Notas

1. Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, Liahona, febrero de 1975, pág. 43.
2. J. Devn Cornish, “¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Lo lograré?”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 33.
3. Bruce R. McConkie, “The Seven Deadly Heresies” (tomado de 1980 Devotional Speeches of the Year, Provo, Utah: Brigham Young University Press, 1981, págs. 78–79).
4. Russell M. Nelson, “Los corazones de los hombres están desfalleciendo” (video), http://www.lds.org.
5. Véase Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona: Editorial Herder, 1991, pág. 71.
6. Presidente Thomas S. Monson, “Vivamos la vida abundante”, Liahona, enero de 2012, pág. 4.

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Tres maneras de participar en la historia familiar

Febrero 2017
Tres maneras de participar en la historia familiar
Por Sally Johnson Odekirk
Revistas de la Iglesia

Cuando descubres la historia de tu familia, aprendes acerca de ti mismo durante el proceso.

Cuando el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Ustedes tienen los dedos amaestrados para textear y twitear para acelerar y adelantar la obra del Señor, y no solo para comunicarse rápidamente con sus amigos”, ¡estaba hablando de ustedes! Luego dijo: “Los aliento para que estudien, para que busquen a sus antepasados y se preparen para efectuar bautismos vicarios en la casa del Señor por sus propios familiares fallecidos” (“El corazón de los hijos se volverá”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 26, 27).

Miles de jóvenes y jovencitas de todo el mundo han aceptado su invitación de buscar a sus antepasados y efectuar bautismos vicarios por ellos. Una jovencita, Kaitlen D., descubrió que, cuando lleva nombres de familiares al templo, la experiencia se hace más significativa.

Ella explica: “Cuando comencé a efectuar las ordenanzas del templo por mis familiares, me di cuenta de que, en medio del frenético mundo en el que vivo, el único momento en que podía estar tranquila y sentir calma era entre los muros de ese lugar santo. También comencé a sentirme más cerca de los que están al otro lado del velo. Al efectuar los bautismos y las confirmaciones, comencé a pensar en todas esas personas que habían estado esperando tanto tiempo para que eso sucediera. Es un sentimiento prácticamente indescriptible, lleno de amor y esperanza, que ha aumentado mucho mi testimonio”.

Hay maneras muy diversas de participar en la obra de historia familiar y del templo; así que, ¿por dónde empezar? Tres jóvenes comparten sus experiencias en cuanto a lo que aprendieron sobre las historias de sus familiares, sobre entrevistar a miembros de su familia y encontrar nombres de familiares para llevar al templo.

Mis antepasados son buenos ejemplos para mí

Por Kyle S., Texas, EE. UU.

Mis padres y yo escuchamos al élder Bednar en la Conferencia General de octubre de 2011, cuando dijo que trabajar en la historia familiar nos brindaría protección contra el adversario. Entonces comenzamos a trabajar en nuestra historia familiar. Continúo aprendiendo y progresando gracias a la historia familiar; es muy divertido.

Me gusta descubrir de dónde vengo y saber cosas de mis antepasados. Aprendo de sus experiencias y las utilizo en mi vida para ayudarme a ser una mejor persona. Es increíble descubrir quiénes eran, a qué se dedicaban, cómo era la vida y qué dificultades tuvieron.

Por ejemplo, disfruté al saber de uno de mis antepasados que se trasladó con su familia de Tennessee a Texas, EE. UU., en la década de 1870, para ser ganadero. Afrontó muchos desafíos en su vida, y de él aprendí que la vida puede ser difícil, por lo que es importante defender lo que crees.

Cuando tengo desafíos en la vida, el trabajar en la historia familiar me hace sentir como si mis antepasados estuvieran siempre conmigo y me ayudaran a superar las pruebas difíciles, tal como el élder Bednar nos prometió.

Photo of man on horse

Cómo encontrar relatos de tu familia

Recopila historias de lo que les gustaba hacer a tus antepasados. Haz que tus antepasados cobren vida y encuentra cosas que tengas en común con ellos. ¿Qué deportes practicaban? ¿Qué alimentos comían? ¿Cómo era su escuela?

Habla con tus padres y abuelos sobre las historias de su vida. Puedes utilizar el cuadernillo de la Iglesia Mi familia para comenzar a recopilar y compartir historias de tu familia. En FamilySearch.org puedes agregar fotos, historias, fuentes de información, registros de audio y documentos para ayudar a otras personas de tu familia a conocer a tus antepasados. Para comenzar, visita FamilySearch.org y haz clic en “Recuerdos”.

Grabar las historias de mis abuelos

Por Matías M., Utah, EE. UU.

Mis abuelos viven en Uruguay. Cuando mis abuelos maternos visitaron a mi familia, aproveché la oportunidad para entrevistarlos y conocer la historia de cómo llegaron a ser miembros de la Iglesia. Nunca antes había escuchado su historia, por lo que en verdad fue una experiencia increíble escuchar el relato de boca de mis abuelos.

Mientras los entrevistaba, tomé notas y también los grabé usando mi teléfono, a fin de poder escucharlo siempre que quisiera oírlo de nuevo. Subí ese archivo de audio a FamilySearch para que otras personas puedan beneficiarse al escuchar su historia, tanto ahora como en el futuro.

Unos meses después pude grabar y subir una entrevista con mis abuelos paternos. Aprendí muchas cosas que antes no sabía, y me hablaron de su vida mucho más de lo que esperaba.

Me gustó mucho oír a mis propios abuelos relatar su historia y escuchar algunos consejos que me dieron. Sé que el haber dedicado solo unos minutos a hacer esas entrevistas me ayudará a “persuadir a [mis] hijos… a creer en Cristo” (2 Nefi 25:23), tal como lo hizo el profeta Nefi en el Libro de Mormón por sus descendientes. Sé que cuando mis hijos escuchen los testimonios de mis abuelos, sus testimonios también se fortalecerán.

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Cómo entrevistar a los miembros de la familia

Como actividad de barrio o rama, podrías invitar a los jóvenes a que entrevisten a los miembros mayores de su familia. Piensa en una o dos preguntas que te gustaría hacer a tus padres o abuelos, o a otros parientes; luego siéntate con ellos y hazles una pregunta sobre sus vidas, y grábala en video o audio con tu teléfono. Cuando hayas acabado, la puedes subir a la sección de recuerdos de FamilySearch.org.

Mi meta: Llevar los nombres de diez familiares al templo

Por Rajane S., Jamaica

Siempre me ha fascinado la obra genealógica, así que cuando nuestra Presidencia de Área puso a los jóvenes la meta de reunir los nombres de diez antepasados para efectuar bautismos y confirmaciones por ellos en el templo, me sentí muy feliz.

Comencé mi investigación sin ninguna ayuda, pero no estaba logrando nada. Tenía tres nombres sin información alguna y, en ese punto, me sentí estancada tanto espiritual como físicamente. Decidí pedirle ayuda a mi madre y ella me sugirió que llamara a su madre. Cuando llamé a mi abuela, ella estuvo más que encantada de ayudar; incluso me dio permiso para servir como representante a favor de los nombres de los que habíamos hablado. Me sentí agradecida y llena de gozo.

El viaje al templo se acercaba, y yo no tenía ningún nombre por el lado de mi padre. Unas pocas horas antes de salir de casa, sentí la impresión de ir al cementerio, y que mi padre llamara a su tía y la invitara a ir. Fuimos al cementerio y, al ver a mi padre y a mi tía abuela caminar por el lugar, sentí que se me dirigía hacia las lápidas de algunos de mis antepasados. Sentí sus deseos de formar parte del Evangelio. Con la ayuda de Espíritu Santo y de los miembros de mi familia, había alcanzado mi objetivo. ¡Tenía los nombres de dieciséis antepasados listos para el templo!

Cuando fui al templo, pude sentir el entusiasmo y la emoción de mis antepasados que estaban preparados y esperando. Durante los bautismos y las confirmaciones, pude sentir que sus almas se llenaban de gozo y de paz. Me sentí sumamente feliz, y todo lo que deseaba era darles las gracias por darme la oportunidad de ser parte de algo tan especial.

Photo of headstones

Cómo encontrar los nombres de tus familiares para llevarlos al templo

Prueba la vista Descendencia en FamilySearch.org para ayudarte a buscar antepasados que necesiten que se haga la obra por ellos. Luego acepta el reto que se ha extendido a los jóvenes de efectuar la obra en el templo (véase la página 54 de este ejemplar).

El modo en que la historia familiar nos transforma

Russell M. Nelson“Cuando nuestro corazón se vuelve a nuestros antepasados, algo cambia dentro de nosotros; nos sentimos parte de algo más grande que nosotros mismos. Nuestros anhelos innatos por tener conexiones familiares se hacen realidad cuando nos entrelazamos con nuestros antepasados mediante las ordenanzas sagradas del templo”.

Presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Generaciones entrelazadas con amor”, Liahona, mayo de 2010, pág. 92.

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Vencer las debilidades, desarrollar la fe

Febrero 2017
Vencer las debilidades, desarrollar la fe
Por E. Tracy Williams
La autora vive en Utah, EE. UU.

Tuve que aprender a confiar en el Señor para superar mis debilidades y desarrollar mis fortalezas, mientras me preparaba para la misión y mientras prestaba servicio.

E. Tracy Williams
Me llevó siete años reunir los requisitos para servir en una misión de tiempo completo. Cuando hablé por primera vez al respecto con mi obispo, el obispo Tapueluelu, él me dio algunas pautas que debía esforzarme por cumplir. Me dijo que si las cumplía y aprendía a ser obediente, sería bendecida. Las primeras pautas —estudiar las Escrituras a diario y asistir a la Iglesia cada semana— eran fáciles de lograr. “Esto es fácil”, pensé; pero me ofendí cuando se me pidió que cambiara ciertas cosas “mundanas” de mi vida, y mi orgullo y terquedad me dominaron.

En busca de una salida fácil, me mudé a cuatro barrios diferentes y hablé con cuatro obispos; incluso regresé a la universidad para obtener un título en medicina. Luego sentí la inspiración de dejar todo y volver a prepararme para servir en una misión; así que lo hice. Volví a hablar con el obispo Tapueluelu y humildemente le pedí ayuda. Me dijo que había un requisito de peso para los misioneros, y me di cuenta de que yo superaba el límite. Al instante mi mente se llenó de sentimientos de desánimo y vergüenza, pero mi obispo me alentó. Expresó su amor y fe en mí, y me dijo: “Mi puerta está siempre abierta; ¡podemos trabajar en esto juntos! Una debilidad a la vez, semana a semana”.

De modo que visité a mi obispo cada semana y nos concentramos en una debilidad a la vez. No tenía idea de que tendría que esperar otros cuatro años, simplemente intentando reunir los requisitos para cumplir una misión.

Confiar en el Salvador

Durante esos años, me esforcé por acercarme a Cristo y poner en práctica Sus enseñanzas. Al afrontar desafíos, Su expiación se convirtió en algo real para mí. Cuando mi mejor amiga falleció, cuando mi familia perdió su casa y cuando tuve un accidente automovilístico, me sostuvo el poder, el consuelo y la fortaleza que Él me dio mediante Su expiación. Cuando las circunstancias hicieron que perdiera a muchas de mis amistades, caí en una depresión, pero el Salvador me rescató. En vez de salir con amigos los viernes por la noche, comencé a hacer ejercicio en el gimnasio y a estudiar acerca de la expiación de Jesucristo.

Oraba cada noche por la gente a quien algún día serviría y ¡hasta por mis futuras compañeras!

Finalmente reuní los requisitos y se me llamó a prestar servicio en la Misión Nueva Zelanda Auckland, de habla tongana.

El arte callejero y el Espíritu

Cuando ingresé al Centro de Capacitación Misional, me di cuenta de que había más que aprender sobre Jesucristo y Su expiación, y sobre mí misma. Aunque soy de ascendencia tongana, nunca había estado en las islas del Pacífico Sur, y me costaba el idioma tongano. Cuando llegué a Nueva Zelanda no tenía idea de lo que la gente me decía en esa lengua; yo tenía mucho que decir, pero como no hablaba el idioma, mis palabras eran escasas, simples y entrecortadas; asentía cuando la gente me hacía preguntas; se reían de mí y yo me reía con ellos, pero en mi interior la risa se convirtió en lágrimas de frustración y desaliento. Yo pensaba: “¿Me preparé durante siete años para venir hasta aquí para esto?”.

Así que oré al Padre Celestial. En Éter 12:27 aprendemos que nuestras debilidades pueden convertirse en fortalezas si confiamos en Él. Le hablé de mis debilidades y de mi confianza en Él, y me levanté una… y otra… y otra vez. Empecé a confiar aún más en Cristo y también en mis fortalezas.

Amo este Evangelio y me encanta el arte callejero, así que decidí combinarlos; en mi mochila puse mis Escrituras, un cuaderno de dibujo, carboncillos, marcadores permanentes y pinturas en aerosol. Mis compañeras se rieron y me preguntaron: “¿Qué vas a hacer con la pintura en aerosol?”. Les expliqué: “Todavía no hablo el idioma, pero puedo mostrar mi testimonio a los demás”.

Durante el resto de mi misión utilicé el arte callejero (sobre papel, no en edificios) y el Espíritu para enseñar de Cristo. Y aunque parezca una locura, dio resultado. Muchas personas no querían escuchar mi mensaje, así que yo lo dibujaba; se abrieron puertas y oídos cuando yo les decía que hacía grafiti; no me creían; me tomaban el tiempo por tres minutos, y yo escribía la palabra fe mientras les enseñaba al respecto. Entre aquellas personas había muchas que sentían que se las juzgaba y que nadie las quería. Yo pude testificarles que con fe en Cristo podemos sentir Su amor y perdón, y que Él puede ayudarnos a cambiar para bien. Él me ayudó a mí.

Los siete años de preparación para mi misión me ayudaron a encontrarme a mí misma. Ese tiempo me permitió obtener un testimonio de la expiación de Cristo y de Su poder para ayudarme a superar mis debilidades y utilizar mis fortalezas para compartir lo que yo sabía con los demás. Al final, esos siete años valieron la pena.

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En una encrucijada con mis amigos

Febrero 2017
En una encrucijada con mis amigos
Por Stephen W. Owen
Presidente General de los Hombres Jóvenes

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Constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Illustration of young man at a crossroads

A los catorce años, tomé una decisión que cambió todo. Un viernes por la noche, caminaba por la calle con algunos amigos, y lo estábamos pasando bien, tal como solíamos hacer; pero esa noche había un problema, y yo sabía que debía hacer algo al respecto. No estaba seguro de que pudiera hacerlo.

Durante los últimos dos años, mis amigos habían comenzado a experimentar con el tabaco y el alcohol. Al principio fue algo lento, solo una o dos veces, pero para cuando llegó ese viernes, ellos fumaban y bebían con regularidad cuando estábamos solos.

Pensaba que, siempre y cuando me mantuviese limpio, podría seguir pasándolo bien con mis amigos. Naturalmente, mis padres se daban cuenta de que algo no andaba bien con mis amigos, y estos se daban cuenta de que mis padres no los aprobaban. Eso me dejaba a mí en una posición incómoda: constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Así que allí estábamos aquel viernes por la noche, caminando por la calle. Mis amigos comenzaron a tomar y fumar, y finalmente me di cuenta de lo incómodo que me sentía con su conducta; de modo que tomé una decisión.

Caminé hasta el otro lado de la calle.

Mis amigos se rieron de mí y me llamaron “santito”; dijeron que, si me quedaba allí, no volvería a ser su amigo.

Bueno, llegamos al final de la calle; mis amigos se fueron hacia la izquierda y yo hacia la derecha. Me encontraba a tres kilómetros de casa, y fueron los tres kilómetros más largos que jamás había caminado. Tal vez piensen que me sentí bien al tomar una decisión tan valiente, pero en ese momento me sentí terriblemente mal. A la mañana siguiente me desperté con la aterradora comprensión de que había perdido a mis amigos y que ahora estaba solo. Para un jovencito de catorce años, aquello fue devastador.

Un nuevo amigo

Pocos días después, recibí una llamada telefónica de un miembro de la Iglesia que conocía, llamado Dave. Me preguntó si quería ir a su casa el sábado por la tarde, y también me invitó a cenar con su familia al día siguiente. Parecía mucho más divertido de lo que estaba haciendo sin amigos, así que acepté.

Dave y yo lo pasamos bien juntos y, por supuesto, no hubo cigarrillos ni alcohol. Al escuchar al padre de Dave ofrecer la oración en la cena me sentí muy bien. Comencé a pensar que tal vez —solo tal vez— las cosas comenzaban a mejorar.

Dave y yo nos hicimos muy buenos amigos; jugábamos juntos al fútbol americano, íbamos juntos a la escuela y nos ayudamos el uno al otro a salir a la misión. Cuando regresamos, fuimos compañeros de cuarto en la universidad. Nos ayudamos el uno al otro a encontrar a la mujer correcta con quien casarnos, y nos mantuvimos mutuamente en el sendero estrecho y angosto hasta llegar al templo y más. Después de todos estos años, seguimos siendo buenos amigos, y todo comenzó con una simple llamada telefónica, justo cuando la necesitaba.

Illustration of young men playing football
La influencia de una madre

Al menos así es como pensaba que había comenzado todo. Imaginen mi sorpresa cuando, años después, me enteré de que ¡fue mi madre la que, de manera privada, había orquestado nuestra amistad! Poco después de que perdí a mis viejos amigos, ella notó algo anormal en mí, de modo que llamó a la madre de Dave para ver si a ellos se les ocurría alguna manera de ayudar. Entonces la madre de Dave convenció a este para que se pusiera en contacto conmigo y me invitara a su casa. En ocasiones, las impresiones para que ayudemos a alguien que lo necesita provienen del Espíritu Santo; otras veces provienen de un ángel —por ejemplo, una madre— la cual “[habla] por el poder del Espíritu Santo” (2 Nefi 32:3).

Con frecuencia me he preguntado cuán diferente habría sido la vida —tanto para mí como para Dave— si mi madre no hubiera percibido mi lucha ni hubiera tomado las medidas necesarias. ¿No les recuerda eso al modo en que el Padre Celestial nos bendice? Él conoce todas nuestras necesidades, y nos envía “luz y paz con la bondad de los demás” (“Quienes nos brindan su amor”, Himnos, nro. 188).

Caminamos juntos

Al final, todos somos responsables de nuestras propias decisiones. Tal como ha dicho el presidente Monson en repetidas ocasiones: “… las decisiones que tomamos determinan nuestro destino”1 y muchas de esas decisiones han de tomarse de manera personal e individual. A menudo nuestras decisiones nos hacen sentir aislados, incluso solos, pero nuestro Padre Celestial no nos envió aquí solos.

Las decisiones que tomé en los momentos clave bendijeron y guiaron toda mi vida. Sin embargo, recibí la inspiración y las fuerzas para tomar esas decisiones gracias a los fervientes esfuerzos de mi madre, y al apoyo y la amistad de Dave.

La prueba que llamamos vida terrenal es diferente a las pruebas que nos hacen en la escuela, en las que la persona debe mantener la vista fija en su propia prueba y no se le permite ayudar al vecino. No; en esta prueba podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros. De hecho, eso es parte de la prueba. De modo que, aunque las decisiones de ustedes puedan llevarlos en ocasiones al lado solitario del camino, por favor, tengan presente que a lo largo de todo ese camino hay otras personas que han tomado su propia decisión difícil para estar del lado del Señor. Ellos caminarán con ustedes, y ellos necesitan que ustedes caminen con ellos.

Nota

1. Thomas S. Monson, “Decisiones”, Liahona, mayo de 2016, pág. 86.

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Cuando el plan se hizo una realidad

Febrero 2017
Cuando el plan se hizo una realidad
Por Alissa Holm
La autora vive en Utah, EE. UU.

De pronto, el Plan de Salvación era más que tan solo una gráfica; era la fuente de mi esperanza y consuelo.

Car crash

“Anoten todos sus talentos, y escojan uno del que nos quieran hablar”, dijo la hermana Jensen a nuestra clase de Laureles. Expliqué orgullosa que el vóleibol era uno de mis mayores talentos y que la siguiente temporada —mi último año de vóleibol— iba a ser la mejor de todas.

“Los talentos vienen en diversas formas; algunos son dones espirituales”, enseñó la hermana Jensen. “Creo que el Padre Celestial me ha bendecido para amar a todas las personas a mi alrededor”.

La hermana Jensen radiaba amor a dondequiera que fuera y compartía su testimonio en sus conversaciones cotidianas. Su amor era genuino, bondadoso y semejante al de Cristo. Para mí, había llegado a ser más que una líder de las Mujeres Jóvenes; era como una segunda madre, una hermana o una mejor amiga durante mis años en la escuela secundaria. Íbamos juntas a conciertos, de compras, y hacíamos mermelada de fresa (frutilla) juntas. Me trajo pudín casero cuando me sacaron las muelas del juicio, y le gustaba visitarme en el establecimiento de raspados (copos) donde trabajaba. Ella trabajaba en mi escuela, así que también asistía a mis partidos de vóleibol.

Unos meses después, casi al final de las vacaciones de verano, me despertó el timbre del teléfono a las 3:00 h de la mañana. Mi mamá contestó y luego entró en mi dormitorio. “Los Jensen tuvieron un accidente automovilístico cuando volvían a casa de una reunión familiar”, dijo. “El auto se volcó en la autopista y la hermana Jensen falleció”.

Se me cayó el alma al suelo. “Eso no puede ser”, pensé. “Me mandó un mensaje de texto hace unas horas; ¿cómo era posible que se hubiera ido ya?”.

Me sentía en shock, confundida y triste, todo al mismo tiempo. Después de unos minutos, afloraron las lágrimas, y mi mamá me abrazó mientras yo lloraba. Dormir era imposible, de modo que permanecí allí con mis pensamientos y mis lágrimas durante el resto de la noche.

Las semanas siguientes, caí en una tristeza que nunca antes había sentido. El vóleibol no era una prioridad, y ya no tenía el deseo de comenzar un nuevo año escolar. Todo lo que antes me entusiasmaba ahora estaba sumido en la tristeza. “Me siento completamente abrumada por el pesar”, escribí una noche en mi diario. “No puedo dejar de llorar y siempre estoy cansada”.

La noche anterior al primer día de escuela, estuve en la cama llorando y pensando en la muerte de la hermana Jensen; ya no quería estar triste, y me di cuenta de que debía superar el dolor. Tenía que orar.

“Por favor, ayúdame a comprender por qué murió y cómo puedo superar esto”, oré.

Me arrodillé allí en silencio, preguntándome si Él me contestaría. Después de unos minutos, mi mente comenzó a formar conexiones con todo lo que había sucedido; sentía calidez en el corazón y se me había levantado el ánimo, y percibí que esos pensamientos no eran los míos, sino que el Espíritu me estaba enseñando.

El Plan de Salvación, esa gráfica que me habían enseñado desde la Primaria, era real. La hermana Jensen nació, experimentó la felicidad, superó cosas, compartió su amor, y ahora estaba en el mundo de los espíritus. Su espíritu aún existía, y sí la volvería a ver. Me di cuenta de que ese plan, el plan de felicidad, se había diseñado para ayudarnos a regresar a nuestro Padre Celestial, nuestras familias y nuestros amigos. En ese momento, lo único que quería más que nada era vivir de manera justa a fin de volver a verla.

Durante esas primeras semanas en la escuela, me concentré en intentar cultivar el talento de la hermana Jensen de amar a todo el mundo. Al concentrarme en amar a otras personas, mi dolor comenzó a desaparecer lentamente y me sentí más feliz. Aprendí que podemos demostrar nuestro amor por otras personas de muchas maneras: escuchándolas, sonriéndoles, llevándoles un dulce, o dándoles un cumplido. Esas fueron cosas pequeñas que la hermana Jensen hizo por mí, así que la mejor manera de preservar su memoria era ofrecer la clase de amor que ella brindaba.

Aunque la hermana Jensen falleció, siempre sentiré su amor. Al esforzarme cada día por demostrar un poco más de amor por otras personas, estoy viviendo la clase de vida que ella vivió, y acercándome un paso más al momento en que pueda verla otra vez.

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La llave del conocimiento de Dios

Conferencia General Octubre 2004
La llave del conocimiento de Dios
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La llave del conocimiento de Dios, administrada por los que guarden el juramento y el convenio del Sacerdocio de Melquisedec, nos permitirá salir adelante como los hijos de Dios.

Hermanos del sacerdocio de Dios, vuelvo a estar sentado para presentarles mi mensaje esta tarde. Como ven, tengo una transitoria afección de la columna vertebral. Aquellos que hayan padecido de la columna me entenderán, y los que no hayan tenido afecciones de ese tipo… ¡aguarden y verán! ¡Cualquier otra explicación sobre mis dolencias, no es cierta!

Humildemente me dirijo a ustedes esta noche, rogando en mi corazón que puedan entenderme por el poder del Espíritu. Cuesta imaginarse nada más importante para nosotros, los poseedores del sacerdocio, que conocer la llave del conocimiento de Dios. Deseo hablarles de esa llave.

El sacerdocio mayor administra el Evangelio “y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios” 1 . ¿Cuál es la llave del conocimiento de Dios? ¿Cualquiera puede obtenerla? Sin el sacerdocio no hay plenitud del conocimiento de Dios. El profeta José Smith dijo que “el Sacerdocio de Melquisedec… es el medio por el cual todo conocimiento, doctrina, plan de salvación y cualquier otro asunto importante es revelado de los cielos” 2 . El presidente Joseph F. Smith indicó: “La persona que afirma que José Smith fue un profeta de Dios y que Jesús es el Salvador posee un tesoro de valor incalculable. Si sabemos esto, conocemos a Dios y tenemos la llave de todo conocimiento” 3 .

Abraham reconoció el valor de esta llave al relatar su experiencia: “…busqué las bendiciones de los padres, y el derecho al cual yo debía ser ordenado, a fin de administrarlas; habiendo sido yo mismo seguidor de la rectitud, deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud, y lograr un conocimiento mayor… y anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios, llegué a ser un heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, poseedor del derecho que pertenecía a los patriarcas” 4 .

Toda persona justa y que desee poseer un conocimiento mayor y “ser un seguidor más fiel de la rectitud” puede, bajo la autoridad del sacerdocio, obtener un mayor conocimiento de Dios. En Doctrina y Convenios, el Señor nos habla de una manera de lograrlo: “Si pides, recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento… aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna” 5 .

Uno podría preguntarse: “¿Cómo se hace para ser un seguidor más fiel de la rectitud?”. Una persona recta es aquella que hace y guarda convenios del Evangelio. Éstos son contratos santos 6 , generalmente entre las personas y el Señor; en ocasiones también se incluye a otras personas, como por ejemplo, los cónyuges. Los convenios comprenden las promesas y los compromisos más sagrados, como son el bautismo, el otorgamiento del sacerdocio, las bendiciones del templo, el matrimonio y el ser padre o madre. Muchas de las bendiciones del padre Abraham se reciben cuando el Espíritu Santo se derrama sobre todas las personas 7 . Cualquier mujer u hombre digno que recibe al Espíritu Santo puede llegar a ser “una creación nueva” 8 . Seguir leyendo

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¡Crean!

Conferencia General Abril 2004
¡Crean!
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Crean en ustedes mismas. Crean que nunca están solas. Crean que serán guiadas.

Hace varios meses, me invitaron a hablar a las mujeres jóvenes de la estaca en la que crecí. La expectativa me llenó de entusiasmo. Mi madre me acompañó y llegamos algo temprano. La reunión se realizó en el edificio al que yo había ido a la Iglesia hasta que me fui a la universidad. No había vuelto allí desde hacía mucho tiempo y no imaginaba lo que sentiría al volver; entonces acudieron a mi memoria tantos recuerdos que comencé a llorar. Mi madre me miró y me dijo: “Elaine, no vas a llorar ahora”; pero me brotaron las lágrimas al ver la oficina que estaba a la subida de la bella escalera de mármol y que ocupaba mi padre cuando era obispo. Tras subir allí, como la puerta estaba abierta, entré y vi que la habían convertido en una pequeña sala de clase; otra vez, me llené de recuerdos. Vi en mi mente a mi padre sentado al escritorio y me vi yo misma de niña pequeña, sentada en una silla enfrente de él, pagando el diezmo, y más adelante, de jovencita, en entrevistas y recibiendo bendiciones del sacerdocio. Mi cariño a ese edificio está íntimamente ligado con las experiencias y los sentimientos espirituales que tuve allí.

De pequeña solía acompañar a la Iglesia a mi padre, que era el obispo, y le esperaba hasta que terminaba las reuniones y entrevistas. Yo me dedicaba a explorar, por lo que conocía todos los rincones de ese edificio. Una de mis salas preferidas era la de la torre, que era espaciosa y estaba en lo alto de una empinada escalera. Había allí un cuadro del Salvador sobre una gran chimenea. Siempre me atraía ese lugar. Tras subir los peldaños, entraba con reverencia. Me sentaba en una silla a contemplar la lámina del Salvador y a orar a nuestro Padre Celestial. Mis oraciones eran sencillas, pero siempre que oraba, me invadía una sensación muy especial que me hacía saber que Él oía mis oraciones infantiles. Entonces fue cuando comencé a creer.

El Señor nos ha prometido que si “[escudriñamos] diligentemente, [oramos] siempre, [y somos] creyentes… todas las cosas obrarán juntamente para [nuestro] bien” (D. y C. 90:24; cursiva agregada). Eso no quiere decir que todo será perfecto ni que no tendremos tribulaciones, pero sí significa que todo marchará bien si seguimos adelante. Nuestra es la oportunidad de ser “ejemplo de los creyentes” (1 Timoteo 4:12), y el Salvador ha prometido que “al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). Por tanto, crean en ustedes mismas. Crean que nunca están solas. Crean que siempre serán guiadas. Seguir leyendo

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Mi alma se deleita en las Escrituras

Conferencia General Abril 2004
Mi alma se deleita en las Escrituras
Julie B. Beck
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas.

De recién casada, le pedí a mi suegra, que cocina muy bien, que me enseñara a hacer los deliciosos panecillos que hacía ella. Con animación, me dijo ¡que le había llevado veinticinco años aprender a hacer un buen panecillo!, y añadió: “Más te vale comenzar a hacerlos ahora”. Seguí su consejo y hemos disfrutado en casa de muchos y muy buenos panecillos.

Por aquel mismo tiempo, me invitaron a un almuerzo que se daba a todas las hermanas de la Sociedad de Socorro de mi barrio que hubiesen leído ya fuese el Libro de Mormón o algún libro breve de historia de la Iglesia. En ese entonces, yo sólo leía las Escrituras de vez en cuando, por lo que llené los requisitos para ir al almuerzo por haber leído un libro breve, lo cual era más fácil y llevaba menos tiempo. Durante el almuerzo, experimenté la fuerte sensación de que, si bien el libro de historia era bueno, yo debía haber leído el Libro de Mormón. El Espíritu Santo me inspiraba a cambiar mis hábitos de lectura de las Escrituras. Aquel mismo día comencé a leer el Libro de Mormón y desde entonces nunca he dejado de leerlo. Aunque no me considero experta en las Escrituras, en verdad me regocijo al leerlas todas y me siento agradecida por haberme formado el hábito de toda una vida de leerlas. Sería imposible aprender las lecciones que contienen las Escrituras al leerlas todas sólo una vez o al estudiar versículos seleccionados en una clase.

Saber hacer panecillos es un gran conocimiento práctico para el ama de casa. Cuando los horneo, un aroma delicioso llena la casa. Me posibilita mostrar mi amor a mis familiares compartir con ellos lo que he hecho. Cuando estudio las Escrituras, el Espíritu del Señor llena mi casa, a la vez que adquiero un importante conocimiento que en seguida comparto con mis familiares, y mi amor por ellos aumenta. El Señor nos ha dicho: “…dedicaréis vuestro tiempo al estudio de las Escrituras” (D. y C. 26:1) y que “el Libro de Mormón y las Santas Escrituras [se nos han dado]… para [nuestra] instrucción” (D. y C. 33:16). Toda mujer puede ser instructora de doctrina del Evangelio en su hogar y toda hermana de la Iglesia debe tener conocimiento del Evangelio como líder y como maestra. Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas a fin de estar preparadas para sus responsabilidades tanto en esta vida como en las eternidades.

Mis primeras tentativas de hacer panecillos y de leer las Escrituras no siempre fueron satisfactorias, pero con el tiempo se volvieron tareas más fáciles. Para las dos labores, debí aprender las debidas técnicas y adquirir un conocimiento de los procedimientos adecuados. La clave fue comenzar e intentarlo una y otra vez. Una forma útil de comenzar a estudiar las Escrituras es “aplicarlas” a nosotras mismas (véase 1 Nefi 19:23). Hay quienes comienzan por escoger un tema en la Guía para el Estudio de las Escrituras del cual deseen saber más. O empiezan al comienzo de un libro de las Escrituras y buscan enseñanzas específicas a medida que lo leen. Seguir leyendo

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Todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien

Conferencia General Abril 2004
Todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Al escudriñar, orar y creer reconoceremos los milagros en nuestra vida y nos convertiremos en obradoras de milagros en la vida de los demás.

Me encanta leer, pero no soporto si una novela se pone demasiado seria, si la vida del héroe peligra, si es triste o complicada; por eso tengo que leer el final por adelantado para asegurarme de que todo saldrá bien para el personaje principal.

En cierto modo, todas estamos en medio de nuestra propia novela, la historia de nuestra vida. A veces éstas se complican y nos gustaría leer por adelantado para saber nuestro propio final y asegurarnos de que todo va a salir bien. Aunque no sepamos los detalles particulares de las experiencias de nuestra vida, afortunadamente sí sabemos algo de nuestro futuro si vivimos dignamente.

Se nos dan estas palabras en Doctrina y Convenios 90:24: “Escudriñad diligentemente, orad siempre, sed creyentes, y todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien, si andáis en la rectitud”. Esta maravillosa promesa del Señor, de que todas las cosas obrarán juntamente para nuestro bien, se repite muchas veces en las Escrituras, en particular a las personas o a los profetas que están sufriendo aflicciones en la historia de su propia vida.

Percibo que esta promesa proviene de un Padre tierno y amoroso que desea bendecirnos y darnos motivo para tener esperanza en nuestra jornada terrenal. El saber que al final las cosas obrarán juntamente para nuestro bien nos servirá para soportar las aflicciones al igual que los fieles pueblos de las Escrituras que sabían y confiaban en cuanto a lo que Dios había prometido, “mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo” (Hebreos 11:13). Nosotros también podemos creer esa promesa.

A veces vemos el cumplimiento inmediato de una promesa; otras veces, suplicamos durante años antes de ver el cumplimiento de las promesas deseadas. A veces, al igual que el fiel Abraham, quizás aceptemos las promesas, pero morimos conforme a la fe “sin haber recibido lo prometido” (Hebreos 11:13) mientras estemos en la tierra. Si bien es cierto, en algunos casos, que las bendiciones que se nos han prometido se cumplirán únicamente en las eternidades, también es cierto que al escudriñar, orar y creer con frecuencia veremos que las cosas obrarán juntamente para nuestro bien en esta vida.

Al leer los relatos de los apóstoles de Jesús después de Su muerte, veo que a menudo eran brutalmente perseguidos, apedreados y encarcelados; sin embargo, vivieron con valor y fe. Ellos sabían que al final las cosas obrarían juntamente para su bien; sabían también que, mediante bendiciones y milagros que recibían mientras tanto, las cosas marchaban bien; fueron sostenidos, guiados y protegidos; abrazaron las promesas no sólo de lejos, sino aquí y ahora.

En la vida de Pedro ocurrió un maravilloso milagro cuando fue encarcelado por el rey Herodes. A su compañero apóstol, Jacobo, le acababan de quitar la vida, y ahora Pedro era encarcelado, bajo la guardia de 16 hombres. Me pregunto si sentiría el sufrimiento que sintió el profeta José Smith en la cárcel de Liberty. Fue allí que el Señor le prometió que “todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Sería difícil creer en esa promesa en medio de esas tribulaciones, pero Pedro, al igual que José, fue bendecido por el Señor.

Los de la Iglesia estaban reunidos orando “sin cesar” por Pedro; entonces ocurrió algo maravilloso. Durante la noche, mientras dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, un ángel del Señor “se presentó” y “le despertó”, y “las cadenas se le cayeron de las manos”. Pedro pensaba que era un sueño; siguió al ángel pasando la guardia a través de una puerta de hierro que daba a la calle, “y luego el ángel se apartó de él”. Pedro se dio cuenta de que no era un sueño; había sido milagrosamente librado y el Señor lo estaba bendiciendo en ese preciso momento.

Se dirigió a la casa donde estaban reunidos miembros de la Iglesia orando por él y, cuando llamó a la puerta, una jovencita (alguien como ustedes) llamada Rode salió a escuchar y reconoció la voz de Pedro. En las Escrituras dice que le dio “gozo”; pero con la emoción, olvidó dejarlo entrar, corriendo adentro para compartir con los demás las buenas nuevas de que Pedro estaba a la puerta. Ellos no le creyeron y discutían con ella, diciéndole que no sabía lo que decía. Mientras tanto, Pedro persistía en llamar y esperar. Cuando por fin fueron a él, “se quedaron atónitos” (véase Hechos 12:4–17). Seguir leyendo

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Palabras finales

Conferencia General Abril 2004
Palabras finales
Presidente Gordon B. Hinckley

Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra… resplandezcan con el brillo de nuestras vidas y acciones.

Mis hermanos y hermanas, ya casi terminamos. Al llegar al final de esta conferencia histórica, me vienen a la mente las palabras del imperecedero himno Recessional de Rudyard Kipling:

“Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante sólo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, Señor”
(“Haznos pensar en ti, Señor”, Himnos, Nº 35).

Ruego que al regresar a nuestros hogares llevemos el espíritu de esta gran reunión. Ruego que lo que hemos escuchado y experimentado nos quede como una porción de amor y de paz, una actitud de arrepentimiento y una resolución de esforzarnos un poco más por ser mejores ante la radiante luz del sol del Evangelio.

Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra, a los cuales se les ha sacado más brillo, resplandezcan con el fulgor de nuestras vidas y acciones.

Que aumente el espíritu de amor, de paz y de aprecio mutuos en nuestro hogar, que prosperemos en nuestras labores, que nos volvamos más generosos al compartir y que nos acerquemos a quienes nos rodean con amistad y respeto.

Que nuestras oraciones se conviertan en expresiones de gratitud al Dador de todo lo bueno, y de amor a Aquel que es nuestro Redentor.

Ahora, mis hermanos y hermanas, con renuencia deseo tratar algo personal por un momento. Algunos de ustedes habrán notado la ausencia de la hermana Hinckley. Por primera vez, en los 46 años desde llegué a ser Autoridad General, ella no ha asistido a la conferencia general. A comienzos del año estuvimos en África para dedicar el Templo de Accra, Ghana. Al salir de allí, volamos a Sal, una desértica isla del Atlántico, donde nos reunimos con miembros de una rama de la localidad. Después volamos a Saint Thomas, una isla del Caribe, y allí nos reunimos con unos cuantos miembros. Regresábamos a casa cuando ella se desmayó del cansancio y ha pasado días difíciles desde ese entonces. Ahora ella tiene 92 años, un poco más joven que yo. Creo que al reloj se le está acabando la cuerda y no sabemos cómo darle cuerda.

Es un momento profundamente triste para mí. Hemos estado casados durante 67 años este mes. Ella es madre de nuestros cinco talentosos y capaces hijos, abuela de 25 nietos y con un número cada vez más grande de bisnietos. Hemos caminado juntos, lado a lado a lo largo de estos años, en igualdad y como compañeros a través de la tormenta y bajo el resplandor del sol. Ella ha hablado a lo largo y a lo ancho en testimonio de esta obra; ha impartido amor, ánimo y fe doquier que ha ido. Las hermanas le han escrito cartas de agradecimiento desde todas partes del mundo. Seguimos teniendo esperanza y oramos por ella, y expresamos desde lo más profundo de nuestro corazón nuestro agradecimiento hacia los que la han atendido y cuidado, así como por la fe y las oraciones de ustedes a favor de ella. Ahora, al irnos a nuestros hogares, siento que debo decir:

Para siempre Dios esté con vos;
con Su voz Él os sostenga…
Cuando el temor os venga,
en Sus brazos Él os cubra…
que os guíe Su bandera;
que la muerte no os hiera;
para siempre Dios esté con vos.
(“Para siempre Dios esté con vos”, Himnos, Nº 89.)

Cada hombre, mujer, niño, jovencito y jovencita debe salir de esta conferencia siendo una persona mejor de lo que él o ella era al empezar hace dos días. Dejo mi bendición y mi amor a cada uno de ustedes, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Con la fuerza del Señor

Conferencia General Abril 2004
Con la fuerza del Señor
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Necesitamos una fortaleza que supere la nuestra para guardar los mandamientos en cualquier circunstancia que nos depare la vida.

Siendo joven, serví como consejero de un sabio presidente de distrito de la Iglesia que se afanó por instruirme. Recuerdo que una de las cosas que me dejaron intrigado fue este consejo que me brindó: “Cuando conozcas a una persona, trátala como si tuviera un grave problema… y más de la mitad de las veces habrás acertado”.

En ese entonces pensé que él era muy pesimista, pero ahora, más de cuarenta años después, me doy cuenta de lo bien que entendía el mundo y la vida. Con el paso del tiempo, el mundo se torna cada vez más complicado, y nuestra capacidad física merma lentamente con la edad; se hace patente que vamos a precisar algo más que la fuerza humana. El salmista tenía razón: “Pero la salvación de los justos es de Jehová, y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia” 1 .

El Evangelio restaurado de Jesucristo nos ayuda a saber cómo ser merecedores de la fortaleza del Señor mientras luchamos con la adversidad, nos dice por qué nos enfrentamos con pruebas en la vida y, aun más importante, nos indica cómo recibir protección y ayuda del Señor.

Tenemos pruebas que afrontar porque nuestro Padre Celestial nos ama. Su propósito es ayudarnos a merecer la bendición de vivir con Él y con Su Hijo Jesucristo eternamente en gloria y como familias. A fin de ser merecedores de ese don, teníamos que recibir un cuerpo sujeto a la muerte, y, con ello, entendimos que seríamos probados con tentaciones y dificultades.

El Evangelio restaurado no sólo nos enseña por qué debemos ser probados, sino que también nos aclara en qué consiste la prueba. El profeta José Smith nos lo explicó. Por medio de la revelación, pudo poner por escrito palabras que se pronunciaron durante la creación del mundo referentes a nosotros, los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial que descenderíamos a la vida terrenal. Éstas son las palabras:

“Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” 2 .

Esa explicación nos permite comprender por qué tenemos pruebas en la vida. Éstas nos conceden la oportunidad de demostrar nuestra fidelidad a Dios. En la vida pasamos por tantas dificultades que el mero hecho de perseverar podrá parecernos casi incomprensible, o al menos, eso fue lo que las palabras de las Escrituras “[si] perseveráis hasta el fin” 3 me dieron a entender la primera vez que las leí. Me parecía terrible, semejante a quedarme sentado, aferrado a los brazos del sillón, mientras alguien trata de extraerme una muela.

Ciertamente puede parecerle así a la familia que depende de la cosecha cuando no hay lluvia. Tal vez ellos se pregunten: “¿Cuánto podremos aguantar?”. Puede parecerle así al joven que tiene que resistir el incremento de indecencia y de tentaciones. Puede parecerle así al joven que se esfuerza con dificultad por recibir la formación que necesita para obtener un empleo a fin de sostener a su esposa y su familia. Puede parecerle así a la persona que no encuentra empleo o que ha perdido trabajo tras trabajo cuando las empresas cierran. Puede parecerles así a las personas afectadas por la pérdida de la salud o del vigor físico, lo cual puede llegar tarde o temprano en la vida, ya sea a ellas o a seres queridos.

Pero la prueba que nos da un Dios amoroso no es ver si somos capaces de sobrellevar la dificultad, sino si la sobrellevamos bien. Superamos la prueba cuando demostramos que le recordamos a Él y los mandamientos que nos ha dado. Perseverar o sobrellevar bien las pruebas consiste en guardar esos mandamientos sean cuales sean la oposición, la tentación o la confusión que nos rodee. Nuestra comprensión es así de clara porque el Evangelio restaurado hace que el plan de felicidad sea fácil de entender. Seguir leyendo

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Jesús, en la corte celestial

Conferencia General Abril 2004
Jesús, en la corte celestial
Élder David B. Haight
Del Quórum de los Doce

El Evangelio es verdadero; lo sé; soy testigo de él.

Estoy ante ustedes con un corazón humilde, un corazón que está lleno de amor por esta obra, y por ustedes que están presentes y los que nos escuchan. En nuestra conferencia de hace seis meses, estuve de pie aquí junto al presidente Gordon B. Hinckley, quien me animó a que los saludara con la mano, lo cual requirió de toda mi energía. Algunas personas me dijeron que pensaron que me estaba despidiendo; pero he venido hoy día para indicarles y decirles que he regresado y que nadie me está ayudando a levantar el brazo.

Reconozco el poder de la oración, de la fe y de la devoción, y de preciosos testigos de los cielos. De modo que estoy aquí hoy sólo para dar mi testimonio y saludarles, y con la esperanza de que para la siguiente conferencia esté totalmente sanado y pueda hacer lo que se me pida.

Dios vive; Él es nuestro Padre: nuestro Padre Celestial.

Eliza R. Snow, quien compuso algunas piezas de nuestra música famosa, en especial la música para la Santa Cena, escribió estas palabras:

Jesús, en la corte celestial,
Mostró Su gran amor…
Piensen en eso unos instantes; porque nosotros estuvimos allí.

Jesús, en la corte celestial
mostró Su gran amor
al ofrecerse a venir
y ser el Salvador.
(“Jesús, en la corte celestial”, Himnos, Nº 116.)

Nosotros elegimos venir aquí a la tierra y nos encontramos reunidos en este vasto auditorio, en el que nos podemos dirigir la palabra unos a otros y dar fe y testimonio. Les aseguro que en las noches en las que no he podido dormir, cuando uno trata de solucionar todos los problemas y determinar cosas nuevas que se tienen que hacer, yo he tenido esos pensamientos celestiales que nos elevan. Dios nuestro Padre Celestial nos ama y nosotros debemos amarle a Él. Él escogió a Su Hijo para que viniese a la tierra para traer el Evangelio de Jesucristo, cuyo nombre lleva esta Iglesia y de quien damos testimonio. Es un honor ponerme de pie y dar testimonio hoy día de la fundación de esta Iglesia y de nuestro amor por el presidente Hinckley, quien nos guía en la actualidad.

El Evangelio es verdadero; lo sé; soy testigo de él. En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

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La Iglesia se fortalece

Conferencia General Abril 2004
La Iglesia se fortalece
Presidente Gordon B. Hinckley

Todavía queda mucho por hacer, pero lo que se ha llevado a cabo es en verdad espectacular.

Mis amados hermanos y hermanas, les damos una cordial bienvenida a otra conferencia mundial de la Iglesia. Ya somos una gran familia internacional, que residimos en muchas naciones y hablamos varios idiomas. Para mí, es maravilloso y milagroso que ustedes nos vean y nos oigan por todo el mundo.

Durante mi vida como Autoridad General, hemos avanzado desde la época en la que pensábamos que era sorprendente que hablásemos en el Tabernáculo de Salt Lake y que nos oyeran por radio por todo el estado de Utah. Hoy nos hemos reunido en este gran y magnífico Centro de Conferencias, y nuestras imágenes y palabras llegan al noventa y cinco por ciento de los miembros de la Iglesia.

Una nueva tecnología se ha abierto paso a medida que la Iglesia ha crecido y se ha fortalecido. El número de nuestros miembros llega hoy casi a los doce millones, y hay más miembros fuera de Norteamérica que los que residen en ella. En un tiempo se nos reconocía como una Iglesia de Utah, pero en la actualidad, hemos llegado a ser una gran organización internacional.

Hemos recorrido un camino muy largo en la labor de llegar a las naciones del mundo y todavía queda mucho por hacer, pero lo que se ha llevado a cabo es en verdad espectacular.

Cierto es que perdemos algunos miembros, demasiados, pero a todas las organizaciones que conozco les ocurre lo mismo; sin embargo, estoy convencido de que retenemos y conservamos en participación activa a un mayor porcentaje de nuestros miembros que cualquier otra Iglesia grande de las que tengo conocimiento.

En todas partes hay mucha actividad y mucho entusiasmo. Tenemos líderes firmes y capaces por todo el mundo que dan de su tiempo y de sus medios para hacer avanzar la obra.

Es magníficamente reconfortante ver la fe y la fidelidad de nuestros jóvenes. Ellos viven en una época en la que una gran oleada de maldad está cubriendo la tierra, la cual está por todos lados. Las antiguas normas se desechan y los principios de la virtud y de la integridad se dejan de lado. Pero hallamos literalmente a cientos de miles de nuestros jóvenes que se mantienen firmes en las elevadas normas del Evangelio y que encuentran una feliz y edificante asociación con los que comparten sus ideales. Ellos están cultivando su intelecto con instrucción y sus conocimientos prácticos con disciplina, y su influencia para bien se hace sentir más que nunca.

Me complace informales, mis hermanos y hermanas, que la Iglesia se encuentra en buenas condiciones. Seguimos construyendo templos y casas de oración, y llevando a cabo muchas obras de construcción y de mejoras, todo lo cual se hace posible gracias a la fe de nuestra gente.

Seguimos adelante con la gran campaña humanitaria, que está bendiciendo la vida de muchas de las personas menos afortunadas de la tierra, así como la de las que son víctimas de los desastres naturales.

Nos complace mencionar que el 1º de abril de este año, la Cámara de Representantes de Illinois aprobó por unanimidad una resolución de pesar por la expulsión obligada de nuestra gente de la ciudad de Nauvoo en 1846. Esa generosa moción se combina con la medida que tomó el entonces gobernador Christopher S. Bond, de Misuri, que en 1976 revocó la cruel e inconstitucional orden de exterminación contra nuestra gente, la cual dio el gobernador Lilburn W. Boggs en 1838.

Ésos y otros sucesos representan un cambio de actitud de magnitud considerable para con los Santos de los Últimos Días.

Cuán profundamente agradecido me siento para con todos y cada uno de ustedes por su dedicado y consagrado servicio. Les doy las gracias por las muchas atenciones que me dispensan adondequiera que voy. Soy su servidor y estoy listo y dispuesto a ayudarles en cualquier forma que pueda.

Dios los bendiga, mis amados colaboradores. Cuánto los amo. Cuánto oro por ustedes. Cuán agradecido estoy a ustedes.

Ruego a Dios que los bendiga y que haya amor, armonía, paz y bondad en sus hogares. Ruego que sean protegidos de daños y del mal, y que “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8) de nuestro Padre sea la norma por la cual vivan. Esto pido con humildad y gratitud en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Ahora, tendremos el gusto de oír a nuestro amado colaborador, el élder David B. Haight, del Quórum de los Doce, que ya tiene noventa y siete años de edad. Élder Haight, venga acá a dirigir la palabra a sus innumerables amigos.

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Tengan valor

Conferencia General Abril 2009
Tengan valor
Presidente Thomas S. Monson

Mi ruego ferviente es que tengan el valor que se necesita para abstenerse de juzgar a los demás, el valor para ser castas y virtuosas, y el valor para defender la verdad y la rectitud.

Mis queridas hermanitas: ¡qué escena tan maravillosa son ustedes! Reconozco que más allá de este magnífico Centro de Conferencias hay miles reunidas en capillas y en otros recintos de muchas partes del mundo. Ruego la ayuda divina al aceptar la oportunidad de dirigirme a ustedes.

Hemos escuchado mensajes oportunos e inspiradores de sus líderes generales de las Mujeres Jóvenes. Ellas son mujeres excelentes, llamadas y apartadas para guiarlas y enseñarles. Ellas las aman, al igual que yo.

Ustedes han venido a esta tierra en una época gloriosa. Las oportunidades que tienen por delante son casi ilimitadas. Casi todas ustedes viven en casas cómodas, con familias que las aman, comida adecuada y ropa suficiente; además, la mayoría de ustedes tiene acceso a increíbles avances tecnológicos; se comunican por teléfono celular, mensajes de texto, mensajes instantáneos, correos electrónicos, blogs, Facebook y medios similares; escuchan música en sus iPODs y reproductores MP3. Desde luego, esta lista representa sólo algunas de las tecnologías que tienen a su disposición.

Todo esto resulta un poco impresionante para alguien como yo que creció cuando las radios eran grandes muebles que se colocaban en el piso y casi no existían televisores, y mucho menos las computadoras y los teléfonos celulares. De hecho, cuando tenía la edad de ustedes, la mayoría de las líneas telefónicas eran compartidas. En nuestra familia, si queríamos usar el teléfono, primero teníamos que levantarlo y escuchar para asegurarnos de que ninguna otra familia estuviera usando la línea, ya que varias familias compartían la misma línea.

Podría pasar toda la noche mencionando las diferencias que existen entre mi generación y la de ustedes. Me basta decir que mucho ha cambiado desde la época en que yo tenía la edad de ustedes y el presente.

Aunque éste es un período extraordinario en el que abundan las oportunidades, ustedes también afrontan desafíos que son propios de esta época. Por ejemplo, las mismas herramientas tecnológicas que he mencionado proporcionan oportunidades al adversario para tentarlas y atraparlas en su red de engaño, con la esperanza de apoderarse de su destino.

Al contemplar todo lo que afrontan en el mundo hoy, me viene a la mente una palabra que describe un atributo que todos necesitamos, pero que ustedes, en este momento de su vida y en este mundo, necesitarán de forma especial. Ese atributo es el valor.

Esta noche me gustaría hablarles sobre el valor que necesitarán en tres aspectos de su vida:

• Primero, el valor para abstenerse de juzgar a los demás.
• Segundo, el valor para ser castas y virtuosas, y
• Tercero, el valor para defender la verdad y la rectitud.
Permítanme hablar primero del valor para abstenerse de juzgar a los demás. Quizás se pregunten: “¿Eso realmente requiere valor?”. Yo les respondería que creo que hay muchas ocasiones cuando abstenerse de juzgar —o de decir chismes o criticar, cosas que por cierto son similares a juzgar— requiere un acto de valor.

Lamentablemente, hay quienes sienten la necesidad de criticar o denigrar a los demás. Sin duda, ustedes se habrán encontrado con ese tipo de personas y lo harán en el futuro. Mis queridas amiguitas, no existe la necesidad de preguntarse cómo debemos comportarnos en esas situaciones. En el Sermón del Monte, el Salvador declaró: “No juzguéis” (1) . Más adelante, amonestó: “Cesad de criticaros el uno al otro” (2) . Al estar rodeadas de sus compañeras y sientan la presión del grupo para criticar y juzgar, se requerirá verdadero valor para no participar en ello.

Me atrevo a decir que hay jovencitas a su alrededor que, debido a los comentarios hirientes y críticas que ustedes han hecho, a menudo quedan excluidas. Parece ser lo normal, en especial en esta época de su vida, ser cruel o evitar a las personas que parezcan ser diferentes o no concuerden con lo que nosotros o los demás creen que deberían ser. Seguir leyendo

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El amor de Dios

Conferencia General Octubre 2009
El amor de Dios
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El amor es la medida de nuestra fe, la inspiración de nuestra obediencia y la verdadera altura de nuestro discipulado.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sigue creciendo y dándose a conocer en todo el mundo. Aunque siempre habrá quienes categoricen a la Iglesia y a sus miembros con generalizaciones negativas, la mayoría de las personas nos consideran honrados, serviciales y trabajadores. Algunos tienen la imagen de misioneros de apariencia pulcra, de familias amorosas y de vecinos amigables que no fuman ni toman bebidas alcohólicas. Quizás nos conozcan también como los que asisten a la Iglesia tres horas los domingos, en un lugar donde todos son hermanos y hermanas, donde los niños cantan acerca de arroyitos que hablan, de árboles que producen palomitas de maíz y de niños que quieren ser rayitos de sol.

Hermanos y hermanas, de entre todas las cosas por las que queremos que se nos conozca, ¿hay atributos por encima de todos que deban distinguirnos como miembros de Su Iglesia, sí, como discípulos de Jesucristo? Desde la última conferencia general, hace seis meses, he meditado en esa pregunta y en otras similares. Hoy me gustaría compartir con ustedes algunas ideas e impresiones que he recibido como resultado de esa indagación. La primera pregunta es:

¿Cómo llegamos a ser verdaderos discípulos de Jesucristo?

El Salvador mismo dio la respuesta con esta profunda declaración: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”(1). Ésa es la esencia de lo que significa ser un verdadero discípulo: los que reciben a Cristo Jesús andan con Él(2).

Pero eso podría presentar un problema para algunos, ya que hay tantas cosas que “debemos” y “no debemos” hacer, que el simple hecho de averiguar cuáles son puede ser muy difícil. A veces, las bienintencionadas aclaraciones de principios divinos —que muchas veces provienen de fuentes no inspiradas— complican la situación aún más, al disminuir la pureza de la verdad divina con explicaciones de los hombres. Una buena idea de una persona, algo que quizás a ella le dé resultado, echa raíz y se convierte en una expectativa; y gradualmente, los principios eternos se pierden en un laberinto de “buenas ideas”.

Ésa fue una de las críticas que hizo el Salvador de los “expertos” religiosos de Su época, a los que reprendió por ocuparse de cientos de detalles de la ley que tenían poca importancia, mientras desatendían los más importantes(3).

De modo que, ¿cómo nos mantenemos en armonía con “lo más importante?”. ¿Hay una brújula constante que nos permita dar el debido orden de prioridades a nuestra vida, nuestros pensamientos y nuestras acciones? Seguir leyendo

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