El que recibe con bondad y agradecimiento

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2012
El que recibe con bondad y agradecimiento
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

¡Qué época tan maravillosa del año! Cuando oigo la hermosa música, veo las luces y siento el aire frío, me remonto a las muchas ocasiones a lo largo de mi vida en que el espíritu de la Navidad le ha dado calidez a mi corazón y me ha elevado el alma.

Al igual que muchos de ustedes, creo que algunos de los recuerdos más cálidos y vívidos de la Navidad se originaron en mi niñez. Aunque me crié en circunstancias modestas, mis padres deseaban que la Navidad fuera un tiempo de gozo y de fascinación para sus hijos, e hicieron todo lo posible para que fuera un tiempo especial para nuestra familia.

Mis hermanos y yo nos hacíamos regalos unos a otros. Un año, recuerdo que le hice a mi hermana una pintura como regalo de Navidad; no pudo haber sido una obra de arte, pero ella la consideró un tesoro. ¡Cuánto la quiero por hacer eso! Otro año, mi hermano, que es 12 años mayor que yo, me dio un preciado regalo; de un palo que se encontró en un parque cercano a nuestra casa, talló un pequeño cuchillo de juguete. Era sencillo, nada extravagante, pero ¡cuánto atesoré ese regalo porque él lo había hecho!

Una de las grandes alegrías de la Navidad es ver los rostros llenos de entusiasmo de los niños cuando toman en sus manos un regalo envuelto que es simplemente para ellos.

Sin embargo, al ir madurando, nuestra habilidad para recibir regalos con el mismo entusiasmo y buena voluntad parecen disminuir. A veces, llega el punto en el que las personas no pueden recibir un regalo o ni siquiera un cumplido sin sentirse avergonzadas o tener sentimientos de estar en deuda. Piensan erróneamente que la única manera aceptable de responder al recibir un regalo es reciprocar con algo de más valor. Otros sencillamente no ven lo que significa un regalo, concentrándose solamente en su apariencia externa o su valor y pasan por alto el profundo significado que encierra para la persona sincera que lo obsequia.

Eso me recuerda un acontecimiento que ocurrió durante la última noche de la vida del Salvador, cuando reunió a Sus amados discípulos a Su alrededor, partió pan con ellos y les dio Sus últimas y valiosas instrucciones. ¿Recuerdan que en el transcurso de la comida, Jesús se levantó de la mesa, echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies de Sus discípulos?

Al llegar donde estaba Simón Pedro, el pescador se negó, diciendo: “No me lavarás los pies jamás”. El Salvador lo corrigió tiernamente: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”(1).

Estoy seguro de que Pedro pensó que tenía razones nobles para rechazar esa dádiva y pensó que estaba haciendo lo correcto, pero en ese momento, claramente no entendió el significado espiritual de lo que Jesús le obsequiaba.

Durante la Navidad hablamos mucho acerca de dar, y todos sabemos que “Más bienaventurado es dar que recibir”(2), pero me pregunto si a veces rechazamos o incluso menospreciamos la importancia de ser los que recibimos con bondad.

Una Navidad hace muchos años, una niña recibió un hermoso juego de cuentas. El padre le sugirió que hiciera algo para uno de los parientes que se habían congregado para una fiesta familiar.

A la niña se le iluminó el rostro y se dispuso a crear lo que pensó sería el regalo perfecto. Escogió a la persona a la que quería dárselo: a una tía anciana con rostro de enojo y de áspera personalidad.

“Tal vez si le hago un brazalete”, pensó la niña, “la hará feliz”.

Con mucho cuidado, seleccionó cada una de las cuentas y se esforzó para que ese regalo fuera especial para su tía.

Cuando por fin lo terminó, se acercó a la tía, le entregó el brazalete y le dijo que lo había diseñado y confeccionado exclusivamente para ella.

El silencio se hizo sentir en el cuarto cuando la tía levantó el brazalete con el índice y el pulgar como si estuviera sosteniendo una ristra de caracoles viscosos. Miró el regalo, entrecerró los ojos y arrugó la nariz y dejó caer el brazalete en las manos de la niña. Después se dio vuelta sin decir una palabra y empezó a hablar con alguien más.

La niña se ruborizó de vergüenza, profundamente decepcionada, salió en silencio de la habitación.

Los padres trataron de consolarla; trataron de ayudarla a entender que el brazalete era hermoso, a pesar de la reacción insensible de la tía. Sin embargo, la niña no podía dejar de sentirse triste cada vez que pensaba en lo ocurrido.

Han transcurrido las décadas y la niña, que ahora es tía ella misma, aún recuerda, con un poco de tristeza, ese día cuando se rechazó su regalo de niña.

Toda dádiva que se nos brinda, especialmente una que provenga del corazón, es una oportunidad para crear o fortalecer un lazo de amor. Cuando recibimos con bondad y agradecimiento, abrimos la puerta para intensificar nuestra relación con el que obsequia la dádiva. Sin embargo, cuando no estimamos una dádiva, o incluso la rechazamos, no sólo herimos a aquellos que se abren hacia nosotros, sino que, en cierta manera, nos hacemos daño también a nosotros mismos.

El Salvador enseñó que a menos que nos volvamos “como niños, no [entraremos] en el reino de los cielos(3).

Al observar el entusiasmo y la maravilla de los niños durante esta época del año, tal vez podamos recordar que tenemos que redescubrir y reclamar el valioso y glorioso atributo de los niños: la habilidad de recibir con gentileza y gratitud.

No es de sorprender que el Salvador sea nuestro ejemplo perfecto no sólo de dar de manera generosa, sino de aceptar con gentileza. Cuando Él se encontraba en Betania, casi al final de Su ministerio terrenal, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de aceite caro y poco común. A ella le fue permitido ungir la cabeza de Él con este preciado obsequio.

Algunas personas que presenciaron lo ocurrido se enfadaron. “Qué manera de desperdiciar el dinero”, dijeron. El aceite era sumamente caro; se podría haber vendido y dar el dinero a los pobres. Ellos vieron sólo el valor temporal de la dádiva, descartando totalmente el significado espiritual mucho más grande que encerraba.

No obstante, el Salvador comprendió el simbolismo y la expresión de amor de tal dádiva, y la recibió con gentileza.

“Dejadla”, les dijo a los que murmuraban “… ¿por qué la molestáis?… Ella ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura”(4).

Mis hermanos y hermanas, mis queridos amigos, ¿qué clase de personas somos al recibir? Al igual que el Salvador, ¿reconocemos las dádivas como expresiones de amor?

En nuestros días, el Salvador ha dicho que aquellos “que [reciban] todas las cosas con gratitud [serán] glorificado[s]”(5), y “la abundancia de la tierra será [de ellos]”(6).

Espero que esta Navidad y cada día del año tomemos en cuenta, en particular, las muchas dádivas que nuestro amoroso Padre Celestial nos ha dado. Espero que las recibamos con la maravilla, el agradecimiento y el entusiasmo de un niño.

Mi corazón se enternece y se llena de calidez al pensar en las dádivas que nuestro amoroso, bondadoso y generoso Padre Celestial nos ha dado: el indescriptible don del Espíritu Santo, el milagro del perdón, la revelación y la guía personales, la paz del Salvador, la certeza y el consuelo de que se ha conquistado la muerte, y muchas, muchas más.

Sobre todo, Dios nos ha dado el don de Su Hijo Unigénito, quien sacrificó Su vida “para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”(7).

¿Hemos recibido esas dádivas con humilde gratitud, con alegría? ¿O las rechazamos por el orgullo o un falso sentido de independencia? ¿Sentimos el amor de nuestro Padre que se expresa en esas dádivas? ¿Las recibimos de tal modo que se intensifique nuestra relación con este maravilloso y divino Dador? ¿O estamos demasiado distraídos para siquiera notar lo que Dios nos da cada día?

Sabemos que “Dios ama al dador alegre”(8), pero, ¿no ama Él también al que recibe con bondad, agradecimiento y alegría?

“Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”(9).

Ya sea que hayamos pasado nueve Navidades o noventa, aún somos todos niños, hijos de nuestro Padre Celestial.

Por tanto, llevamos en nuestro interior el experimentar esta época navideña con la fascinación y el asombro de un niño. Está en nuestro interior el decir: “…mi gozo es completo; sí, mi corazón rebosa de gozo, y me regocijaré en mi Dios” (10), el Dador de todos los buenos dones.

Con todos ustedes, y con todos aquellos que deseen seguir al Cristo tierno, elevo mi voz en alabanza de nuestro poderoso Dios por el valioso don de Su Hijo.

Esta época de Navidad y siempre, ruego que veamos el maravilloso don del nacimiento del Hijo de Dios a través de los benditos ojos de un niño. Ruego que además de dar buenas dádivas, nos esforcemos por llegar a ser los que recibamos con bondad y agradecimiento. Al hacerlo, el espíritu de esta temporada ensanchará nuestros corazones y aumentará nuestro gozo de manera incalculable. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Véase Juan 13:1–9.
  2. Hechos 20:35.
  3. Mateo 18:3.
  4. Véase Marcos 14:3–9.
  5. Doctrina y Convenios 78:19.
  6. Véase Doctrina y Convenios 59:15–21.
  7. Juan 3:16; véase también Alma 33:16: “Estás enojado, ¡oh Señor!, con los de este pueblo, porque no quieren comprender tus misericordias que les has concedido a causa de tu Hijo”.
  8. 2 Corintios 9:7.
  9. Doctrina y Convenios 88:33.
  10. Alma 26:11.
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El Regalo Perfecto

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2012
El Regalo Perfecto
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

En la Navidad celebramos el Regalo Perfecto de nuestro Padre Celestial de Su Hijo Amado, Jesucristo, el Salvador del mundo. La temporada navideña es una época en la que buscamos gozo al dar, lo cual nos recuerda de ese Regalo de regalos. Hemos aprendido por experiencia lo difícil que es dar servicio.

En 1970, mis tres hijos varones eran pequeños. Como padre joven, yo trabajaba arduamente para mantener a mi familia. Dos días después de Navidad, supe que debía irme de viaje de negocios y mi esposa Kathleen se quedaría con los niños mientras éstos no tenían clases. Sabiendo que su felicidad bien podría depender de los regalos que recibieran para jugar, los escogimos con esmero. Al mayor, que tenía siete años, le dimos un barómetro que pronosticaba el tiempo.

Descubrimos que el aparato se tenía que armar. Mi hijo y yo armamos ese magnífico y nuevo barómetro. Organizamos las piezas y leímos detenidamente las complejas instrucciones.

Tras unas horas, fue evidente que aun si armábamos de forma correcta todas las piezas, parecía que había un problema con el mecanismo que hacía subir y bajar el fluido del barómetro. Oculté mis dudas a mi hijo, pero esa misma noche, después de que él se había acostado, me sentía tan frustrado que escribí en mi diario el borrador de una carta de reclamo para el fabricante. Leeré parte de esa carta, la que me alegro no envié:

“Nuestro hijo quedó fascinado con el barómetro. Tiene siete años y tiene fe en que semejante aparato debe funcionar. Espero que el tiempo no cambie antes de recibir respuesta, ya que no deseo entrar en su cuarto a hurtadillas para ajustar el barómetro a mano, y no deseo que pierda la fe en éste… Les ruego me digan cómo hacerlo funcionar. No es la credibilidad de ustedes sino la mía la que está en juego”.

La asistencia humana no llegó a tiempo para que funcionara ese regalo de Navidad. Pero nuestro hijo, ahora ya un padre, recuerda el amor que compartimos al ayudarnos mutuamente. Y él todavía tiene la fe que tuvimos en el orden constante de la creación de Dios, el de la tierra y el de la atmósfera que hace que el arte del pronóstico de tiempo sea posible. Nuestros esfuerzos frenéticos por hacer que el barómetro funcionara no disminuyeron esa fe.

Aprendimos de ello lo que ustedes ya saben de sus experiencias: El éxito para brindar gozo en la Navidad requiere la ayuda de otras personas, pocas veces se encuentra en un esfuerzo aislado. El unirnos con los demás hace que el gozo sea mayor y más duradero. Y quizás lo más importante, al invocar la fe en el Salvador, el Creador y la fuente de toda felicidad duradera, invita al amor puro de Dios, que es el mayor de todos los dones y la fuente segura de la alegría duradera.

Esa realidad se introdujo más profundamente en nuestro corazón durante una época de Navidad años después de nuestra aventura con el barómetro.

Decidí diseñar y hacer un baúl de tesoros de madera para mi esposa. Necesitaba la ayuda de personas con herramientas y destrezas de las que yo carecía. Trabajamos muchas semanas. También necesitaba la ayuda del Espíritu Santo para transmitir amor y fe en el Evangelio con ese regalo.

En la tapa grabé el monograma de la familia y en el frente puse dos paneles. En uno de ellos grabé mi inicial y en el otro la de mi esposa. El baúl solo se podía abrir con dos llaves, una para abrir el cerrojo junto a mi inicial y la otra para el cerrojo junto a la inicial de mi esposa.

Ahora lo usamos para guardar tesoros familiares. Desde aquella Navidad en que estuvo debajo del árbol, ese baúl nos llena la mente y el corazón de amor del uno por el otro y por el sacrificio del Salvador, que permite que el matrimonio y las familias sean eternas. El baúl está lleno de fotos de la familia y de partituras de música navideña, y está junto al viejo piano en la sala. La hechura de ese obsequio trajo amor por la familia y por el Maestro.

De vez en cuando veo y agradezco a los que me ayudaron a hacerlo, y siento el gozo que a ellos les inundó al elaborar un regalo de amor para una familia y un símbolo de nuestro amor hacia el Salvador. Hay gozo en la sonrisa de ellos, igual que cuando hicimos juntos el baúl.

Ustedes saben por experiencia que durante la Navidad ese gozo proviene al elaborar y aún ofrecer sencillos regalos de amor. Muchos de ustedes han ayudado a niños a llevar platos con galletas a personas que se sienten solas en Navidad. Para el que recibe ese modesto obsequio de un niño podría ser algo tan preciado como el incienso, y el hecho de que lo dé un niño le recuerda de los magos que fueron de oriente a ver al Salvador. Tanto el que da como el que recibe recuerdan a Cristo y sienten amor y gratitud.

Los hombres jóvenes y las mujeres jovenes de la Iglesia, junto con sus líderes, ofrecen presentes de amor y testimonio en las pilas bautismales de los templos. El tener más templos cerca de los jóvenes hace que más de ellos tengan la experiencia de dar y con más frecuencia. Los sabios obispos y líderes de los jóvenes les ayudan al alentarlos y hasta participan en el servicio en el templo. Todos ellos se unen al ofrecer bendiciones de limpieza y purificación, que el Salvador hizo posibles, a aquellos que no pudieron recibir ese regalo en vida.

Cada vez más misioneros trabajan con el Salvador y sus compañeros para ofrecer el don de la vida eterna. Con el cambio de la edad para el servicio misional, muchos más sienten el gozo de ofrecer ese inestimable regalo. Los misioneros también ofrecen el Libro de Mormón a todos los que conocen, es un regalo de amor y testimonio que procede de la inspiración que Dios dio a profetas fieles durante siglos. El Salvador necesitaba la ayuda de esos profetas para elaborar regalos de testimonio en el Libro de Mormón, y necesita la ayuda de los misioneros para compartirlo.

Las familias brindan obsequios de amor y testimonio durante la Navidad por medio de la música y la palabra. Cuando era niño, mi familia se reunía alrededor del piano que ahora ya tiene más de cien años, que está en nuestra sala cerca del baúl de tesoros. Es una preciada reliquia de mucho valor para mi madre por ser un regalo de su esposo cuando eran pobres. Mis padres fueron pobres y por eso eran frugales. Nuestros regalos de Navidad eran modestos. Mi madre tenía una exquisita voz de soprano y en Navidad tocaba el piano y cantábamos villancicos populares e himnos sagrados.

Quizá nunca pensó que nos estaba invitando a dar un regalo duradero. En mi tierna edad, sentía un gozo inexpresable al cantar esas canciones. La música llenaba nuestro hogar con un espíritu de paz, no solo sentía el amor de mi madre, mi padre y mis dos hermanos, sino también el de mi Padre Celestial y del Salvador Jesucristo.

Supe que el amor que sentía entonces ya lo había sentido antes en el mundo de los espíritus. Mi mayor deseo era sentirlo algún día en mi propio hogar. Quería vivir de modo que pudiera regresar con mi propia familia al hogar celestial, donde sabía que nuestro Padre Celestial y el Salvador nos esperarían. Cada vez que veo el baúl y el piano, acuden a mi mente recuerdos de amor con mi familia, y del amor del Salvador.

Al cantar en coros, en familia y en clases, y como hemos escuchado hoy, los villancicos de Navidad nos recuerdan el regocijo que sentimos cuando supimos que vendríamos al mundo y que se nos daría un Salvador para redimirnos. Algún día los cantaremos con las huestes celestiales.

Ruego que el Espíritu nos bendiga esta Navidad y en los años siguientes, con el poder para ofrecer otros regalos de amor y del testimonio de Jesucristo y Su evangelio restaurado. Sé que el Espíritu nos guía de sencillas maneras para que brindemos amor, fe y gozo a los demás en esta época de regocijo.

Testifico que Jesucristo es el Hijo literal de Dios y el Salvador del mundo. Él fue el Regalo Perfecto de un amoroso Padre. En ésta y en todas las épocas, el Salvador nos invita a unirnos a Él y a otras personas para ofrecer un regalo de gozo. Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una estrella brillante y resplandeciente

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia 5 de diciembre de 2010
«Una estrella brillante y resplandeciente»
Thomas S. Monson

No existe un momento mejor que éste, esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo.

Mis amados hermanos y hermanas, es un tanto asombroso darse cuenta de que ha pasado un año desde el Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2009. Parece que el tiempo pasa más rápido a medida que pasan los años.

Al acercarnos a esta época especial y sagrada, he meditado en Navidades pasadas. Al mirar atrás a lo largo de los años, parece que fuera obvio que las Navidades que recuerdo más son las que estaban llenas de amor, de dar de sí y del Espíritu del Salvador. Creo que eso es así para todos nosotros al pensar en las Navidades que más recordamos. El llevar el espíritu de la Navidad a nuestro corazón y nuestro hogar requiere esfuerzo y planeamiento conscientes, pero en verdad se puede lograr.

Cada año, mi lectura de Navidad me ayuda cada año a tener el espíritu de la época. Siempre leo los mismos tres textos y lo he hecho durante más años de los que puedo recordar. Vuelvo a leer un pequeño libro titulado La mansión, por Henry Van Dyke. Su mensaje siempre me conmueve el corazón. También leo el eterno clásico de Dickens, Canción de Navidad. ¿Quién no se sentiría inspirado e instruido por los cambios que pasó Ebenezer Scrooge al recibir instrucción de los espectros de la Navidad pasada, de la Navidad presente y de la Navidad venidera? Finalmente, leo el segundo capítulo del Evangelio de Lucas, donde se relata el nacimiento del Salvador del mundo.

Este año, al echar un vistazo a mi extensa colección de cuentos, poemas y canciones de Navidad, volví a leer un cuento de John B. Matheson, hijo, en el que relata una experiencia que tuvo hace sesenta y cinco años, indicando que fue su Navidad más memorable. Mi corazón se conmovió al leer esta emotiva experiencia, así que pensé en compartirla con ustedes esta noche, con la esperanza de que en ustedes también emerja el espíritu de la Navidad.

Durante la Navidad de 1945, John Matheson se encontró sirviendo en el ejército de ocupación en Francfort, Alemania. La Segunda Guerra Mundial se había terminado hacía unos siete meses, pero durante el conflicto, la ciudad de Francfort había sufrido mucha destrucción. La mayor parte de la ciudad eran escombros. Muchas de las casas que no habían sufrido daños se utilizaron para alojar al personal militar de los Estados Unidos. John y otros dos oficiales vivían en una casa de tres plantas que fácilmente habría podido alojar tres familias.

Cada día de la semana, John y los otros dos oficiales solían ir a su oficina y regresaban por la noche donde encontraban las camas tendidas y la casa impecable, tareas que realizaba una anciana alemana que contrató el Ejército de los Estados Unidos para que se encargara de las tareas de aseo de varias casas. Muy de vez en cuando veían a esa frágil ancianita mientras se ocupaba de sus tareas. Las conversaciones que tenían con ella eran limitadas, porque ella no hablaba inglés, y el alemán de ellos era insuficiente; pero a través de cierto lenguaje de señas y sonrisas, le indicaban que estaban satisfechos con su trabajo.

Cada semana John iba a la estación de intercambio para que le dieran su ración de barras de chocolate, jabón y otros artículos. Aunque a veces se quejaba por el escaso surtido que tenían, siempre compraba todo lo que le era permitido y guardaba lo que le sobraba en su armario.

Al acercarse la Navidad, John pensó que debía hacerle un regalo a la señora encargada de la limpieza; de modo que de la abundancia de su armario, llenó una caja grande con barras de chocolate, jabón y latas de jugo de frutas. Sabía que en el sistema de trueque entre los alemanes, el regalo que él le hacía a ella valía muchos dólares más, pero el costo para él era insignificante.

Como sabía que ella no trabajaría el día de la Navidad, al irse a la oficina el 24 de diciembre, John colocó sobre la mesa, donde pudiera verla, la caja de regalo y una tarjeta de Navidad. Todo el día se sintió un tanto orgulloso al pensar en su generoso regalo. La mujer que hacía la limpieza sería como una heredera en la pobreza de su vecindario. Qué suerte la de ella, pensó él; qué agradecida le estaría, a ese generoso norteamericano. Y, sin embargo, ese regalo no se daba por compasión, sino simplemente por lástima y autosatisfacción.

Al acercarse a la casa en la oscuridad de la noche de diciembre, vio la luz tenue de la lámpara que se filtraba por la ventana. La casa estaba en silencio; entró y vio que su regalo y la persona que lo había recibido no estaban. Sin embargo, en el brillo de aquella lámpara, vio sobre la mesa la nota y el regalo de Navidad que ella le había hecho. No esperaba ningún regalo, pero allí estaba: todo lo que le permitían sus circunstancias, y obsequiado en el espíritu de la Navidad.

¿Qué podría dar aquella ancianita? De su pobreza y de su corazón podía dar sus más preciados recuerdos de su amada ciudad de antaño y podía dar la estrella de Navidad.

Sobre aquella mesa tenuemente iluminada, junto con su mensaje escrito meticulosamente “Feliz Navidad”, se encontraban diez viejas y gastadas tarjetas con escenas de Francfort de antes de la devastación de la guerra. La anciana había colocado cada una de las tarjetas sobre uno de sus bordes y las había sujetado juntas de modo que cada dos tarjetas formaran una punta y las diez formaran la estrella de la Navidad.

Era poco lo que tenía para dar. De hecho, era todo lo que tenía. Aunque John Matheson vivió para ver más Navidades, la estrella de Navidad de aquella anciana resplandeció brillantemente a lo largo de su vida. Comentó que la “Estrella de Belén” que ella le había dado había implantado en él el Espíritu de la Navidad y le había enseñado el verdadero significado del amor y del dar. 1

Hermanos y hermanas, esta gozosa época nos trae a todos una medida de felicidad que es equivalente al grado al cual volvamos nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestras acciones al Salvador, cuyo nacimiento celebramos.

No existe un momento mejor que éste, en esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo. Que sea ésta una época que ilumina los ojos de los niños y pone risas en sus labios. Que sea una época para elevar la vida de los que viven en soledad. Que sea un tiempo para reunir a nuestras familias, para sentir una cercanía con los que están cerca de nosotros y una cercanía también con los que están ausentes.

Que sea un tiempo de oraciones por la paz, por la preservación de principios libres, y por la protección de los que están lejos de nosotros. Que sea un tiempo para olvidarnos de nosotros mismos y encontrar tiempo para los demás. Que sea un tiempo para desechar lo que carece de valor y para recalcar los valores verdaderos. Que sea un tiempo de paz porque hemos encontrado paz en Sus enseñanzas.

Más que nada, que sea un tiempo para recordar el nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, que podamos compartir el cántico de los ángeles, el regocijo de los pastores y la adoración de los reyes magos.

Mis hermanos y hermanas, que el espíritu de amor que viene durante la Navidad llene nuestros hogares y nuestras vidas y permanezca allí mucho después de que se quite el árbol y se guarden las luces para otro año. Ésta es mi oración, en el nombre de Jesucristo, el Señor. Amén.

Notas

  1. See John B. Matheson Jr., “A Star of the Past,” in Christmas I Remember Best(1983), 85–86.
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La dádiva de un Salvador

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia 5/12/2010

La dádiva de un Salvador

Henry B. Eyring

Estoy agradecido por esta oportunidad de saludarles al celebrar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. El profeta Isaías habló de Él siglos antes de Su nacimiento: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” 1 .

Ese pequeñito, nacido en un establo y mecido en un pesebre, fue la dádiva de nuestro amoroso Padre Celestial. Él fue el prometido Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Hijo del Dios viviente. Él estaba con Su Padre antes de venir a la tierra en la vida terrenal y fue el Creador del mundo en el que nos hallamos.

El gran apóstol Juan nos da una idea de la grandeza de este niño que provino de las cortes de lo alto: “Sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” 2 . Aún así, vino a la tierra en circunstancias humildes.

De niño y de joven trabajó en el taller de carpintería de José, en Nazaret. Durante su ministerio terrenal, recorrió los polvorientos caminos de Palestina, sanó a los enfermos, levantó a los muertos, enseñó el Evangelio a personas que lo rechazaron, entregó Su vida en el monte del Calvario, se levantó al tercer día en lo que fue el comienzo de la Resurrección para romper las ligaduras de la muerte de todos nosotros, y llegó a ser “primicias de los que durmieron” 3 .

Sobre todo, el Salvador, cuyo nacimiento recordamos en esta época del año, pagó el precio de todos nuestros pecados. Una vez más, mucho antes del nacimiento de nuestro Salvador, el profeta Isaías vio la invaluable dádiva de la expiación de Jesucristo.

Él nos dio una descripción de lo que el Salvador hizo por nosotros.

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido.

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” 4 .

Quienes han sentido esa paz y sanación tienen su corazón colmado de gratitud, y también lo tienen las personas que los aman. Mi esposa y yo leemos los mensajes y vemos las fotografías que nos envían dos de nuestras nietas que prestan servicio como misioneras del Señor en Sudamérica. Nos envían fotos de gente sonriente con rostros radiantes de gozo. Mis nietas envían mensajes de gratitud y amor por el efecto que tiene la Expiación en la vida de las personas a las que enseñan y que han visto transformarse por su decisión de seguir el ejemplo del Salvador de ser bautizadas y recibir la ministración del Espíritu Santo.

Como Santos de los Últimos Días, nuestro corazón rebosa de gratitud por un Padre Celestial amoroso y Su Hijo Amado. Agradecemos sentir esa bendición gracias a la fe de un joven de 14 años, José Smith. En una mañana de primavera de 1820, su oración hizo posible que recibiéramos un certero testimonio de que el Padre, el gran Elohim, y Su Hijo, Jehová, viven y nos aman. Ellos se le aparecieron y le hablaron a plena luz del día, y lo llamaron por su nombre.

La dádiva de esa gloriosa convicción de que se nos conoce y nos ama nos sostiene durante las pruebas que nos deparará la vida. Nunca debemos sentirnos solos. Nunca debemos perder la esperanza.

Eso fue lo que vi el día en que visité a una tía mía de edad avanzada que vivía en un asilo de ancianos; era viuda y los efectos de la edad no le permitían cuidar de sí misma. Aunque la conocía desde pequeño, ella no me reconocía ni a mí ni a los otros familiares en la sala del asilo tan llena de gente.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Desconozco todas las fuentes de ese milagro de paz en su vida, pero conozco una. Desde niña asistió a la reunión sacramental. Allí inclinaba su cabeza y escuchaba palabras dichas en oración a nuestro Padre Celestial. Un sin fin de veces prometió tomar sobre sí el nombre del Hijo, recordarlo siempre y guardar Sus mandamientos para que pudiera tener Su espíritu consigo 5 .

Y aunque el paso de los años había despojado su vida de aquello que tanto gozo le producía, aún retenía los dones supernos que nosotros sentimos en Navidad. Recordaba a Su Redentor, sabía que Él vivía, sentía Su amor y sentía Su amor por todos los hijos del Padre Celestial, doquier que estuviesen y cualesquiera que fueran sus circunstancias.

Al dejar su sonriente presencia, me di cuenta de que nos había dado la dádiva que ella misma había recibido. Ella conocía la fuente de la paz que sentía. Y llena del amor y la gratitud que sentía por el Salvador, quiso que participáramos de esa bendición con ella. Yo había ido allí a consolarla y salí de allí consolado.

Ése es el Espíritu de la Navidad que pone en nuestro corazón el deseo de dar gozo a otras personas. Sentimos el espíritu de dar y sentimos gratitud por lo que se nos ha dado. Celebrar la Navidad nos ayuda a guardar nuestra promesa de recordarle siempre y recordar los dones que Él nos da. Ese recuerdo crea en nosotros el deseo de darle ofrendas a Él.

Él nos ha dicho lo que podemos darle para llevarle gozo. Primero, podemos, como muestra de fe en Él, ofrecerle un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Podemos arrepentirnos y hacer convenios sagrados con Él. Entre los que me están escuchando hay quienes han sentido Su invitación a la paz de Su evangelio, pero aún no la han aceptado. Ustedes le darían gozo si actuaran ahora para venir a Él mientras puedan.

Segundo, podrían darle a Él la dádiva de hacer por los demás lo que Él haría por ellos. Muchos de ustedes ya lo han hecho y han sentido Su aprecio. Puede que fuera el visitar a un viudo que se encuentra solo o al unirse a otras personas en un proyecto de ayuda a necesitados.

El libro de Mateo contiene una larga lista de posibilidades. En él leemos palabras de nuestro Redentor, las cuales todos esperamos escuchar y pronunciar cuando le veamos después de esta vida:

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos?

“¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” 6.

En esas palabras el Señor nos dice con claridad qué dádivas de nuestra gratitud le podemos brindar. Cada acto de bondad hacia cualquier persona llega a ser un acto de bondad hacia Él, porque Él ama a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Y dado que eso le genera gozo a Él, también conlleva gozo a Su Padre, a quien le debemos una gratitud infinita.

Muchos de ustedes encontrarán maneras de dar alimento a personas que padecen hambre en esta época navideña. Al hacerlo, le llevarán gozo al Señor. Aún así, Él nos enseñó que hay una manera de dar una dádiva aún más invaluable y duradera. Él dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás”7. De todas las bondades que realizamos por Él, la mayor de todas es indicar el camino que conduce a Él, la única fuente de vida eterna, a aquéllos a quienes amamos y servimos.

La dádiva de más valor que poseo para dar es mi testimonio del Salvador. Testifico que nació de María, que es el Hijo de Dios y que vivió una vida perfecta. Por medio del profeta José Smith, Él restauró Su Evangelio en la tierra y restauró las llaves de Su sacerdocio a aquellas personas que las han pasado aún hasta este día bendito. Sé por el Espíritu que Thomas S. Monson posee y ejerce esas llaves en nuestra época.

Les dejo mi amor y mi bendición. Agradezco sus ejemplos inspiradores de amor, fe y servicio, los cuales traen gozo a mi vida.

Notas

  1. Isaías 9:6; véase también 2 Nefi 19:6.
  2.  Juan 1:3.
  3. 1 Corintios 15:20.
  4. Isaías 53:4–5; veáse también Mosía 14:4–5.
  5. Véase Doctrina y Convenios 20:77.
  6.  Mateo 25:37–40.
  7. Juan 6:35.
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Todas son enviadas del cielo

Conferencia General Octubre 2002
Todas son enviadas del cielo
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero.

Mis amadas hermanas, su presencia es deslumbrante y me sobrecoge. Con gratitud reconocemos la presencia del presidente Hinckley y del presidente Monson. La música del coro nos ha elevado el espíritu en gran medida. La oración de la hermana Sainz ha sido una invitación a que la Divinidad esté con nosotros. Los inspirados mensajes de las hermanas Bonnie Parkin, Kathleen Hughes y Anne Pingree han sido excepcionales. El presidente Hinckley, el presidente Monson y yo participamos en el apartamiento y bendición de estas tres hermanas como integrantes de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Su inspirada asignación es guiar esta gran organización de hermanas bajo la dirección del sacerdocio. Las bendiciones que se pronunciaron sobre estas tres hermanas colectiva e individualmente fueron de peso. Cuando el presidente Hinckley apartó a la hermana Parkin, recordó a las hermanas: “el profeta José Smith reseñó la obra de la Sociedad de Socorro para tender una mano de ayuda, para atender a las necesidades de los pobres, de los necesitados, de los atribulados y afligidos, y para bendecir a la mujer”.

Nuestro tema en esta ocasión es: “Señor… Heme aquí, envíame…”. Esas palabras tan sencillas son muy apropiadas al dirigirme a ustedes, hermanas, en esta oportunidad, puesto que muchísimas de ustedes demuestran con gran eficacia la buena disposición a prestar servicio. Todas ustedes han sido enviadas del cielo. Ustedes constituyen el bellísimo adorno de la raza humana. Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero, y las que tienen, como dijo el profeta José Smith, “sentimientos de caridad y benevolencia” (1).

No tengo palabras para expresar mi respeto, reconocimiento y admiración para con ustedes, magníficas hermanas. Las mujeres de todas las épocas en esta Iglesia ha sido dotadas del don divino y singularmente femenino de la compasión. Nos asombran sus actos de fe, de dedicación, de obediencia y de amoroso servicio, así como su ejemplo de rectitud. Esta Iglesia no hubiese podido haber alcanzado su destino sin las dedicadas y fieles mujeres que, en su rectitud, han fortalecido la Iglesia de un modo infinito. A través de los años, las hermanas de la Iglesia se han enfrentado con desafíos tan grandes como los de ustedes hoy en día. Si bien sus desafíos son diferentes de los de sus madres, sus abuelas y sus bisabuelas, son muy reales.

Me regocijo por que tanto en la Iglesia como en el mundo las oportunidades para las mujeres van aumentando. Confiamos en que realcen esas mayores oportunidades con su sublime toque femenino. Esas oportunidades en realidad no tienen límite. Cuando el profeta José estableció esta organización, “dio vuelta a la llave para la emancipación de la mujer” y “dio vuelta a la llave para todo el mundo” (2). Desde que se dio vuelta a esa llave en 1842, ha llegado más conocimiento a la tierra y a las mujeres que el que ha llegado en toda la historia de este mundo.

A lo largo de los años, esta gran sociedad para las mujeres ha progresado bajo inspiración, pero la obra básica de la Sociedad de Socorro no ha cambiado. El profeta José indicó de forma muy directa que la obra de ustedes “no es sólo aliviar al pobre, sino salvar almas” (3).

Creo que los cuatro grandes e imperecederos conceptos de esta sociedad son:

Primero, es una hermandad establecida divinamente.

Segundo, es una sociedad de aprendizaje.

Tercero, es una organización cuyo objetivo básico es servir a los demás. Su lema es: “La caridad nunca deja de ser”.

Cuarto, es una sociedad en la que las mujeres pueden tratarse con sociabilidad y establecer amistades eternas (4).

Me complace que ustedes, las hermanas más jóvenes, tengan la oportunidad de participar en la Sociedad de Socorro a los dieciocho años de edad. Enorme será el beneficio que recibirán del ser miembros de esta organización de importancia vital. Recibirán bendiciones a medida que participen de buen grado con las hermanas en el servicio caritativo y en el cuidado esmerado de los necesitados. El curso de estudio de la Sociedad de Socorro se centra en la doctrina básica y les brindará la oportunidad de estudiar el Evangelio e incrementar su espiritualidad. El curso de estudio es adecuado para todo el género humano y no tan sólo para las esposas y madres. De todas las hermanas, incluidas ustedes, las más jóvenes, “debe hacerse memoria” y deben “ser nutrid[a]s por la buena palabra de Dios” (5). La doctrina las fortalecerá y les ayudará a cultivar la espiritualidad necesaria para vencer los desafíos de la vida. Seguir leyendo

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Caridad: Una familia y un hogar a la vez

Conferencia General Octubre 2002
Caridad: Una familia y un hogar a la vez
Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Anne C. Pingree

Como mujeres del convenio… podemos alterar la faz de la tierra, una familia y un hogar a la vez, mediante la caridad, nuestros actos pequeños y sencillos de amor puro.

Hace unos años, mi esposo y yo visitamos el sector oriental de Berlín, Alemania. Por todas partes había trozos de lo que fue el muro abominable que dividía los ciudadanos de esa ciudad, preservados como un monumento al triunfo de la libertad sobre la esclavitud. Escritas sobre un trozo de la pared con letras grandes, rojas y disparejas, estaban las palabras: “Muchas personas insignificantes, de muchos lugares pequeños que hagan muchas cosas sencillas pueden alterar la faz de la tierra”. Para mí, esa frase representa lo que cada una de nosotras —como mujeres del convenio— puede hacer para ser una influencia, al dar un paso al frente y ofrecer su corazón y manos al Señor al elevar y amar a los demás.

No importa si somos nuevas conversas o miembros de toda la vida; solteras, casadas, divorciadas o viudas; ya seamos ricas, pobres, con estudios o sin ellos; que vivamos en una ciudad moderna o en la villa más remota de la selva. Nosotras, como mujeres del convenio, nos hemos consagrado a la causa de Cristo por medio de nuestros convenios bautismales y del templo. Podemos alterar la faz de la tierra, una familia y un hogar a la vez, mediante la caridad, nuestros actos pequeños y sencillos de amor puro.

La caridad, el amor puro del Salvador, es “la clase de amor más sublime, noble y fuerte” (1), y el cual pedimos al Padre con toda la energía de nuestros corazones que podamos poseer (2). El élder Dallin H. Oaks nos enseña que la caridad “no es un acto sino una condición o estado del ser [en el que uno se convierte]” (3). Nuestras ofrendas diarias de caridad están “[escritas] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo… en [las] tablas de carne [de nuestros corazones]” (4). Poco a poco, nuestros actos caritativos cambian nuestra naturaleza, definen nuestro carácter y, al final, nos convierten en mujeres que tienen el valor y la dedicación para decir al Señor: “Heme aquí, envíame”.

Al ser nuestro ejemplo, el Salvador nos demostró por medio de Sus acciones lo que significa la caridad. Además de ministrar a las multitudes, Jesús demostró cuán profundo era Su amor y preocupación por Su familia. Aun durante Su terrible agonía en la cruz, Él pensó en Su madre y en las necesidades de ella.

“[Estaba] junto a la cruz de Jesús su madre…
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer he ahí tu hijo.
“Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (5).

Es enternecedor que en ese pasaje se manifieste la intensidad de la devoción de Juan hacia María, al decir que “la recibió en su casa”. Creo que los actos más importantes de caridad son los pequeños y sencillos, los de consecuencias eternas, y que se efectúan dentro de las paredes de nuestros “propios hogares”.

Al intentar hacer frente todos los días con paciencia y amor a bebés irritables, a adolescentes que presentan retos, a condiscípulos difíciles, a cónyuges menos activos o a padres mayores de edad o discapacitados, podemos preguntarnos: “¿Es importante lo que estoy haciendo? ¿Surte algún efecto positivo?”. Queridas hermanas, ¡lo que ustedes hacen con sus familias es muy importante! Es sumamente importante. Todos los días, todas aprendemos en el hogar una y otra vez que la caridad, el amor puro del Salvador, nunca falla. Muchas hermanas de la Sociedad de Socorro realizan un gran servicio a sus familias. Esas fieles mujeres no reciben los elogios del mundo —ni los buscan— sino que son una gran influencia al sentir compasión por los demás (6).

¿Quiénes son esas mujeres que dejan sentir su influencia? En Nauvoo, las primeras hermanas de la Sociedad de Socorro, en medio de la miseria absoluta, abrieron sus corazones y recibieron en sus hogares a los muchos conversos nuevos que llegaban a esa ciudad. Compartieron alimentos, ropa y, lo que es más importante, compartieron su fe en el amor redentor del Salvador.

En nuestros días, la hermana Knell es una mujer del convenio que deja sentir su influencia. Es una viuda de 80 años de edad, que tiene un hijo de 47 años, discapacitado mental y físicamente desde que nació. Hace unos años esa querida hermana se dispuso a hacer algo imposible para todos: enseñar a su hijo Keith a leer. El mayor deseo de éste era aprender a leer, pero los doctores habían dicho que él no sería capaz de hacerlo. Con fe en su corazón y un deseo de bendecir a su hijo, esa humilde viuda le dijo a su hijo: “Sé que el Padre Celestial te va a bendecir para que puedas leer el Libro de Mormón”.

La hermana Knell escribió lo siguiente: “Fue muy difícil para Keith y no fue fácil para mí. Los primeros días fueron difíciles porque yo me desesperaba. Ha tomado mucho tiempo y ha sido una lucha el aprender cada palabra. Me siento a su lado todas las mañanas y le señalo cada palabra con un lápiz para que no pierda el hilo. Siete años y un mes más tarde, Keith por fin terminó de leer el Libro de Mormón”. Su madre dijo: “El oírlo leer un versículo sin ayuda es algo tan maravilloso que no se puede expresar con palabras”. Ella testifica: “Sé que suceden milagros cuando confiamos en el Señor” (7).

A través del mundo en África, Asia, el Pacífico, Norte, Centro y Sudamérica, y Europa, las mujeres caritativas, junto con sus familias, también influyen en sus comunidades. En la pequeña isla de Trinidad, la hermana Ramoutar, una ocupada presidenta de la Sociedad de Socorro y su familia, están ayudando a los niños de la comunidad. Los Ramoutar viven en un lugar “infestado de drogas”, donde muchos padres y adultos son adictos al alcohol o se dedican al negocio de las drogas. Los niños están en gran peligro y muchas veces no tienen ninguna supervisión; y muchos no van a la escuela.

Cada jueves por la noche, cerca de 30 personas, de 3 a 19 años de edad, se sientan en un patio cubierto de la casa de los Ramoutar para participar en un grupo al que cariñosamente se le conoce como “Nuestra gran familia feliz”. Oraciones, himnos, canciones divertidas y el hablar de las cosas buenas que los niños han hecho cada semana forman parte de las actividades. A veces, doctores, policías, maestros o nuestros propios misioneros imparten lecciones útiles como los seis principios que el presidente Gordon B. Hinckley dio a la juventud. La familia Ramoutar rescata niños mediante sus pequeños y sencillos actos de caridad. Al compartir el Evangelio en su “gran familia feliz”, otras personas se han unido a la Iglesia.

Estimadas hermanas de la Sociedad de Socorro, sé que doquiera que vivamos, cualesquiera sean nuestras circunstancias, nosotras, como mujeres del convenio, unidas en rectitud, podemos alterar la faz de la tierra. Al igual que Alma, testifico que “por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (8). En nuestros hogares, esas cosas pequeñas y sencillas, nuestros actos diarios de caridad, proclaman nuestra convicción: “Heme aquí, envíame”.

Doy mi testimonio de que el acto más grandioso de caridad de esta vida y de la eternidad fue la expiación de Jesucristo. Él voluntariamente dio Su vida para expiar mis pecados y los de ustedes. Expreso mi devoción a Su causa y mi deseo de servirle siempre, adondequiera me llame, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. “Bible Dictionary”, pág. 632.
  2. Véase Moroni 7:48.
  3. Élder Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 40.
  4. 2 Corintios 3:3.
  5. Juan 19:25–27.
  6. Véase Judas 1:22.
  7. Carta en los archivos de las oficinas de la Sociedad de Socorro.
  8. Alma 37:6.
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Bendigamos a nuestras familias por medio de los convenios

Conferencia General Octubre 2002
Bendigamos a nuestras familias por medio de los convenios
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Kathleen H. Hughes

Si guardamos nuestros convenios, las promesas que recibiremos serán grandiosas.

Hermanas, qué maravilloso es estar con ustedes en esta ocasión. Ustedes son mujeres tan buenas; son hijas de Dios fieles y rectas que se esfuerzan por hacer todo lo posible por guardar los convenios que han hecho con nuestro Padre Celestial.

Espero que todas hayan tenido la oportunidad de ver el póster que escogimos para representar nuestro tema: “Heme aquí, envíame”. La pintura titulada “La llegada de los pioneros” la realizó la hermana Minerva Teichert, madre, esposa y distinguida artista. Nos encanta esa pintura; nos gusta contemplar el rostro de la mujer mientras camina junto a su familia; y lo que nos gusta en especial es su bolsa. A pesar de que nunca sabremos lo que hay en esa bolsa, me recuerda otras bolsas que veo en la Iglesia. ¡Yo las he llevado, y me imagino que ustedes también! En la mía he llevado, según la ocasión, las Escrituras, materiales para enseñar una lección, biberones, libros para niños, papel y crayolas.

Hermanas, de la misma forma en que llevamos nuestras bolsas a la Iglesia, es también necesario que, en sentido figurado, a dondequiera que vayamos llevemos otra bolsa —y en ella llevemos nuestro tesoro de convenios— porque somos mujeres del convenio. Quisiera hablarles sobre el modo en el que nuestros convenios fortalecen a las familias rectas.

Es importante que nos demos cuenta de que no hay una forma específica en que se pueda describir a una familia recta. Algunas de ellas tienen padre y madre, pero en ocasiones, a causa de la muerte o el divorcio, sólo queda uno de los padres. Algunas familias rectas tienen muchos hijos y otras, por el momento, no tienen ninguno. La mayoría de los miembros son solteros parte de su vida, pero el élder Marvin J. Ashton enseñó que “Dios y uno forman una familia” (1). En algunas familias rectas, sólo el padre trabaja fuera de casa y, otras veces, ambos padres deben trabajar. Por tanto, a pesar de ser diferentes, lo que las familias rectas tienen en común son los convenios que guardan sagrados.

Pienso primeramente en los convenios que se relacionan con las leyes del Evangelio: por ejemplo, el diezmo, la asistencia a la Iglesia y la Palabra de Sabiduría. Hermanas, no es necesario que les diga que si guardamos esos convenios nuestras familias serán bendecidas. Eso no quiere decir que nunca sufriremos, pero sabemos que al final recibiremos una recompensa por guardar nuestras promesas.

Otros convenios nos comprometen a tener una conducta moral: tanto de nuestra ética hacia los demás como de las normas de conducta relacionadas con nuestro cuerpo. Tenemos que enseñar a nuestros hijos comportamientos correctos: honradez, respeto, integridad, bondad de palabra y obra. Enviamos a nuestros hijos a un mundo en el que esos comportamientos están en decadencia, pero debemos enseñarles por medio de la palabra y, lo que es más importante, mediante el ejemplo, los actos de decencia y de bondad.

¿Y qué acerca de la norma de conducta relacionada con nuestro cuerpo? Hermanas, debemos ser ejemplos para nuestros hijos de lo que esperamos acerca de la forma de vestir, del aspecto y la castidad. Hace dos años, el presidente Hinckley estuvo en esta reunión y nos aconsejó: “Enseñen a sus hijos desde muy temprana edad, y nunca dejen de hacerlo” (2). La norma para todas nosotras es clara, pero lo que sí sabemos es que las vías del mundo muchas veces se convierten en nuestras vías y en las de nuestros hijos.

Una vez escuché a una madre decir que con todas las malas influencias que afrontaban sus hijas ella tuvo que elegir qué batallas pelear, de modo que decidió no luchar en contra de su forma de vestir. Pero vale la pena luchar la batalla en favor de la modestia, ya que muchas veces afecta temas morales más serios. Eso no quiere decir que pretendamos que nuestras hijas e hijos se cubran desde el cuello hasta los tobillos, pero sí quiere decir que debemos ayudarlos a que vistan de modo que demuestre que son hijos de Dios. Hermanas, ustedes son madres prudentes e increíbles; no necesitan un manual que les indique qué es aceptable en el vestir. Escuchen al Espíritu y ustedes y sus hijos sabrán qué es lo correcto. Seguir leyendo

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Con santidad de corazón

Conferencia General Octubre 2002

Con santidad de corazón

Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”.


Aunque somos muchas más que aquellas hermanas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo, el espíritu de nuestra congregación es el mismo. Tal como nosotras, ellas se edificaron, alentaron e inspiraron unas a otras; oraron las unas por las otras; consagraron al reino todo lo que poseían. El presidente Hinckley nos ha descrito como “una gran reserva de fe y de buenas obras… un áncora de devoción, de lealtad y de logros” (1). Cuán extraordinario es que, ya sea que estemos en el Centro de Conferencias, en una capilla en México o en una rama en Lituania, somos hermanas en Sión con una gran tarea que realizar. Y juntas, con la guía de un profeta de Dios, lo lograremos. Espero que puedan sentir el amor que tengo hacia ustedes, el mismo que comparten mis consejeras, quienes son una gran bendición para mí.

Decir que me quedé estupefacta cuando el presidente Hinckley me llamó a ser la presidenta general de la Sociedad de Socorro es quedarse corta. Ustedes me comprenden; pero, con voz trémula, respondí: “Heme aquí, envíame”. Cuando una amiga judía se enteró de lo que este llamamiento requería, me miró como si yo estuviera loca y me preguntó: “Bonnie, ¿por qué has aceptado eso?”. (En ocasiones como ésta, a menudo me pregunto lo mismo.) Pero hay una razón por la que lo hice: he hecho convenios con el Señor y sé lo que eso requiere. Además, sabía que ustedes y yo serviríamos juntas y que mis esfuerzos serían en beneficio de todas nosotras.

Desde hace siglos, las mujeres rectas se han estado uniendo a la causa de Cristo. Muchas de ustedes se han bautizado hace poco; los convenios que han hecho son nuevos en sus corazones y sus sacrificios son recientes. Al pensar en ustedes, recuerdo a Priscilla Staines, de Wiltshire, Inglaterra, que a los diecinueve años se unió a la Iglesia en 1843. Sola, tuvo que salir secretamente por la noche para ser bautizada, debido a las persecuciones de sus vecinos y el descontento de su familia. Ella escribió: “Esperamos hasta la medianoche… y nos dirigimos a un arroyuelo que había a cuatro kilómetros de distancia. Encontramos el agua… congelada, y el élder tuvo que abrir un hoyo lo suficientemente grande para efectuar el bautismo. Nadie, sólo Dios y Sus ángeles, y los pocos testigos que aguardaban en la orilla, escucharon mi convenio; pero en la solemnidad de esa hora, parecía que toda la naturaleza estaba escuchando y que el ángel registrador escribía nuestras palabras en el libro del Señor” (2).

Sus palabras: “Nadie, sólo Dios y Sus ángeles… escucharon mi convenio”, me conmovieron profundamente, porque, al igual que Priscilla —no importa nuestra edad, nuestro conocimiento del Evangelio, ni nuestro tiempo en la Iglesia—, todas somos mujeres del convenio. Ésta es una frase que a menudo oímos en la Iglesia, pero, ¿qué significa? ¿En qué forma los convenios definen quiénes somos y cómo vivimos?

Los convenios —o las promesas que tienen validez entre nosotros y nuestro Padre Celestial— son esenciales para nuestro progreso eterno. Paso a paso, Él nos instruye para que seamos como Él al invitarnos a participar en Su obra. Cuando nos bautizamos, hacemos el convenio de amarle con todo nuestro corazón, y de amar a nuestros hermanos y hermanas como a nosotras mismas. En el templo hacemos convenios adicionales de ser obedientes, generosos, fieles, honorables y caritativos. Hacemos el convenio de hacer sacrificios y de consagrar todo lo que tenemos. Cuando guardamos los convenios forjados mediante la autoridad del sacerdocio, recibimos bendiciones hasta rebosar nuestra copa. ¿Cuán a menudo reflexionan en que sus convenios se extienden más allá de la vida terrenal y en que las ponen en contacto con lo Divino? El hacer convenios es la manifestación de un corazón dispuesto; el guardarlos es la manifestación de un corazón fiel.

Parece muy sencillo al leerlo, ¿verdad? Naturalmente, al llevarlo a la práctica es donde probamos quiénes somos en realidad. Por eso, cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”. Por lo general, decimos esas palabras en forma callada y privada, sin alarde de extravagancia.

¿Cuándo los convenios que otra persona ha hecho con el Señor han sido una bendición para ustedes o les han traído paz y aliento a su alma? Cuando mi esposo y yo fuimos misioneros en Inglaterra, vimos a muchos élderes y hermanas cuyas vidas reflejaban la influencia directa de los convenios de mujeres rectas. Yo estaba tan agradecida por las madres, las hermanas, las tías y las maestras —como muchas de ustedes— que, al guardar sus convenios, hicieron llegar bendiciones a los demás por la forma en la que enseñaron a esos futuros misioneros.

Los convenios no sólo nos persuaden a dejar lo que es cómodo y a entrar en una nueva etapa de progreso, sino que conducen a los demás a hacer lo mismo. Jesús dijo: “…pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” (3). Él guardó Sus convenios y eso nos alienta a guardar los nuestros.

Los convenios nos libran del sufrimiento innecesario. Por ejemplo, cuando obedecemos la guía del Profeta, guardamos un convenio. Él nos ha aconsejado que evitemos las deudas, que tengamos un abastecimiento de alimentos y que seamos autosuficientes; pero el vivir dentro de lo que nuestros ingresos nos permitan, nos bendice más allá de esa obediencia; nos enseña gratitud, autodominio y generosidad; nos brinda paz de las presiones económicas y protección de la avaricia del materialismo. El mantener nuestras lámparas con aceite significa que las circunstancias imprevistas no nos obstaculizan las oportunidades para declarar con devoción: “Heme aquí, envíame”.

Los convenios que se renuevan dan energía y vigor al alma abatida. Cada domingo, cuando participamos de la Santa Cena, ¿qué sucede en nuestro corazón cuando escuchamos las palabras “y a recordarle siempre”? (4). ¿Mejoramos a la semana siguiente, concentrándonos en lo que es más importante? Sí, afrontamos dificultades; sí, es pesado hacer cambios, pero, ¿se han preguntado cómo soportaron nuestras hermanas el haber sido expulsadas de Nauvoo, muchas de ellas caminando todo el camino? Cuando se les cansaban los pies, ¡sus convenios les infundían aliento! ¿Qué otra cosa podría haberles brindado esa fortaleza espiritual y física?

Los convenios nos protegen también de ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (5). Las mujeres del convenio permanecen firmes cuando a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno malo. Ya sea en las aulas de la universidad, en el trabajo, o al ver a los “expertos” por televisión, el recordar nuestros convenios nos impide ser engañadas.

Los convenios nos mantienen a nosotras y a nuestros seres queridos espiritualmente seguros y preparados al poner lo más importante en primer plano. Por ejemplo, en lo referente a las familias, no nos podemos permitir la indiferencia ni la distracción. La niñez está desapareciendo; muy pocos han conocido los días felices que yo conocí al criarme en una granja. El presidente Hinckley ha dicho: “Creo que nuestros problemas, casi cada uno de ellos, sale de los hogares de la gente. Si va a haber un cambio… se debe comenzar en el hogar. Es allí donde se aprende la verdad, donde se cultiva la integridad, se inculca la autodisciplina y donde se nutre el amor” (6).

Hermanas, el Señor necesita mujeres que enseñen a sus hijos a trabajar, a aprender, a servir y a creer. Ya sean los nuestros, o los de otra persona, debemos estar dispuestas a decir: “Heme aquí, envíame para cuidar a tus pequeñitos, a ponerlos en primer lugar, a guiarlos y protegerlos de la maldad, a amarlos”.

Algunas veces nos enfrentamos con el dilema de guardar nuestros convenios cuando no parece haber una razón lógica para hacerlo. Escuché a una hermana soltera relatar su experiencia de “haber llegado a confiar plenamente en el Señor”. Su vida no era lo que había esperado. ¿Les parece familiar? Ese periodo de introspección se distinguió por cambios de trabajo, nuevas presiones económicas, la influencia de filosofías mundanas. Presten atención a lo que ella hizo. Al tratar con las otras hermanas del barrio, descubrió que ellas también buscaban la paz que brinda el Evangelio. Pidió que le dieran una bendición del sacerdocio; con valor cumplió su llamamiento; estudió y trató de dedicar más plenamente su amor, gratitud y convicción a Jesús. Ella oró. “Le supliqué al Señor”, contó, “y le dije que haría lo que Él me pidiera hacer”. Lo hizo a pesar de esas dificultades. ¿Y saben lo que ocurrió? No, su compañero eterno no se presentó a la puerta, sino que la paz le llegó al corazón y su vida se mejoró.

Hermanas, guardamos nuestros convenios cuando compartimos la sabiduría de la vida para alentarnos mutuamente, cuando hacemos las visitas de maestras visitantes con compasión sincera, cuando le hacemos saber a una hermana más joven que su punto de vista nos beneficia en la Sociedad de Socorro. ¡Eso lo podemos hacer!

Cuando la joven Priscilla, la conversa británica de 1843, cruzó el Atlántico, una mujer de la edad de su madre le dio su amistad. Esa hermana mayor también sintió el gran deseo de cumplir sus convenios. Al llegar al muelle de Nauvoo, ella estuvo al lado de Priscilla; juntas, audaces y optimistas, se unieron a los santos de Dios (7).

La integridad espiritual para guardar nuestros convenios se deriva del ser constantes en el estudio de las Escrituras, de la oración, del servicio y del sacrificio. Esos pasos sencillos nutren nuestras almas para poder decir: “Envíame a ayudar a una hermana y a su recién nacido; envíame a instruir a un alumno con dificultades; envíame a amar a una persona que no sea miembro de la Iglesia; envíame donde me necesites y cuando me necesites”.

El Señor nos ha llamado a hacer nuestras tareas con “santidad de corazón” (8). Y la santidad es el resultado del vivir los convenios. Amo la letra de este himno y cómo me hace sentir:

Más santidad dame,
más consagración;
más paciencia dame,
más resignación,
más rica esperanza,
más abnegación,
más celo en servirte,
con más oración” (9).

La santidad da lugar a las palabras: “Heme aquí, envíame”. Cuando Priscilla Staines hizo su convenio de medianoche en aquellas aguas congeladas, dio un paso a una nueva vida, con la ropa casi congelada, pero con el corazón cálido de gozo: “No podía volver atrás”, dijo. “Me propuse obtener la recompensa de la vida eterna, confiando en Dios” (10).

Presidente Hinckley, con las hermanas de la Sociedad de Socorro de todo el mundo, le reitero que permanecemos unidas como mujeres del convenio y que escuchamos su voz. En una multitud de idiomas, escuche las palabras de todas las hermanas de la Sociedad de Socorro que decimos: “Heme aquí, envíame”.

Ruego que los convenios individuales que nos unen a nuestro amado Padre Celestial nos guíen, nos protejan, nos santifiquen y nos permitan hacer lo mismo para todos Sus hijos, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. “Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, pág. 115.
  2. Citado en Edward W. Tullidge, The Women of Mormondom, 1877, pág. 287; véanse también las págs. 285–286, 288.
  3. 3 Nefi 27:21.
  4. D. y C. 20:77, 79.
  5. Efesios 4:14.
  6. Liahona, enero de 1999, pág. 117.
  7. Véase Tullidge, Women of Mormondom, págs. 289, 291.
  8. D. y C. 46:7.
  9. “Más santidad dame”, Himnos, Nº 71.
  10. Tullidge, Women of Mormondom, pág. 288.
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Cada uno… una persona mejor

Conferencia General Octubre 2002
Cada uno… una persona mejor
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Hay lugar para la superación personal en cada uno… sean cuales fuesen nuestras circunstancias, podemos mejorar como personas y, al hacerlo, influir en los que nos rodean.

¡Qué maravillosa ha sido esta conferencia, mis hermanos y hermanas! Al regresar a nuestros hogares y a nuestras actividades diarias, cada uno de nosotros debe ser una persona mejor de lo que era cuando comenzó esta conferencia.

Todos los que han dirigido la palabra lo han hecho muy bien. Las oraciones han sido inspiradoras y la música, magnífica.

Pero lo más importante es lo que haya ocurrido dentro de cada uno de nosotros como consecuencia de lo que hemos experimentado. Yo, personalmente, he tomado una resolución más firme en mi fuero interno de ser una persona mejor de lo que he sido hasta ahora. Espero ser un poco más bondadoso con cualquier persona con la que me encuentre y que esté afligida. Espero ser un poco más útil para con los que estén necesitados. Confío en ser un poco más digno de su confianza, en ser un mejor esposo, un mejor padre y un mejor abuelo. Espero ser mejor vecino y mejor amigo. Confío en ser un mejor Santo de los Últimos Días, con un entendimiento más amplio de los prodigiosos aspectos de este glorioso Evangelio.

Desafío a cada uno de ustedes, los que oyen mi voz, a elevarse a la altura de la divinidad que llevan dentro. ¿Nos damos cuenta de lo que en realidad significa ser hijo o hija de Dios, del hecho de que tenemos dentro de nosotros algo de la naturaleza divina?

Creo de todo corazón que los Santos de los Últimos Días, hablando en términos generales, son personas buenas. Si vivimos de conformidad con los principios del Evangelio, tenemos que ser personas buenas, puesto que seremos generosos y bondadosos, considerados y tolerantes, útiles y serviciales para con los afligidos. Podemos o amortiguar la naturaleza divina y esconderla de manera que no se manifieste en la forma en que vivimos o podemos darle viveza y hacerla resplandecer en todo lo que hagamos.

Hay lugar para la superación personal en cada uno. Sea cual sea nuestra ocupación, sean cuales fuesen nuestras circunstancias, podemos mejorar como personas y, al hacerlo, influir en los que nos rodean.

No hace falta hacer ostentación de nuestra religión. Ciertamente no debemos jactarnos de ella ni ser arrogantes en forma alguna, pues eso es contrario al Espíritu de Cristo a quien debemos procurar emular. Ese Espíritu halla expresión en el corazón y en el alma, en nuestra manera discreta y modesta de vivir.

Todos hemos visto a personas a las que casi envidiamos porque han cultivado una manera de ser que, sin asomo de alusión a ello, a todas luces, irradian la belleza del Evangelio que han incorporado a su modo de conducirse.

Podemos hablar con más suavidad. Podemos devolver bien por mal. Podemos sonreír cuando manifestar enojo sería mucho más fácil. Podemos ejercer el autodominio y la autodisciplina, y no hacer ningún caso a los agravios que se nos hagan.

Seamos personas felices. El plan del Señor es un plan de felicidad. La vida será más llevadera, las preocupaciones disminuirán y las tribulaciones serán menos difíciles de sobrellevar si cultivamos el espíritu de la felicidad.

Esforcémonos un poco más por cumplir con nuestra responsabilidad de padres. El hogar es la unidad básica de la sociedad. La familia es la organización básica de la Iglesia. Nos preocupamos profundamente por la calidad de vida de nuestra gente como esposos y esposas, y como padres e hijos.

Hay demasiadas críticas y acusaciones con enojo y elevado tono de la voz. Los apremios a que nos vemos sometidos todos los días son enormes. El marido llega a casa del trabajo cada día cansado e irritable. Lamentablemente, la mayoría de las esposas trabajan, y ellas también se enfrentan con un serio desafío que puede ser más costoso de lo que vale la pena. Los niños se las arreglan solos para buscar entretenimientos, muchos de los cuales no son buenos.

Mis hermanos y hermanas, debemos esforzarnos por cumplir con nuestra responsabilidad de padres como si todo en la vida dependiera de ello, porque, de hecho, todo en la vida sí depende de ello.

Si fracasamos en nuestros hogares, fracasamos en nuestras vidas. Nadie que haya fracasado en su hogar ha triunfado en verdad. Pido a ustedes, los varones, en particular, que se detengan a hacerse un examen de conciencia en su calidad de esposos y padres, y cabezas de familia. Oren y pidan orientación, ayuda y dirección, y después sigan lo que les indiquen los susurros del Espíritu para guiarlos en la más seria de todas sus responsabilidades, puesto que las consecuencias de su liderazgo en su hogar serán eternas e imperecederas.

Dios los bendiga, mis amados amigos. Ruego que el espíritu de paz y de amor los acompañe dondequiera que estén. Que haya armonía en sus vidas. Como he dicho a nuestros jóvenes en muchos lugares, sean inteligentes, sean puros, sean verídicos, sean agradecidos, sean humildes, tengan el espíritu de oración. Ruego que se arrodillen en oración ante el Todopoderoso con acción de gracias hacia Él por Sus abundantes y generosas bendiciones. Ruego que entonces se pongan de pie y sigan adelante como hijos e hijas de Dios para llevar a cabo Sus eternos propósitos, cada cual a su propia manera, es mi humilde oración al mismo tiempo que dejo mi amor y bendiciones con ustedes, en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Papá, ¿estás despierto?

Conferencia General Octubre 2002
Papá, ¿estás despierto?
Élder F. Melvin Hammond
De los Setenta

F. Melvin Hammond

¿Se preguntan sus hijos si ustedes están dormidos en lo que respecta a las cosas que tienen más importancia para ellos?

Hace poco, el élder Pace, el élder Condie y yo nos reunimos con la Primera Presidencia. Al entrar en la sala, el presidente Hinckley nos miró con detenimiento y luego, con una sonrisa, dijo: “¿Cómo pueden tres hombres de pelo blanco ser la Presidencia de los Hombres Jóvenes de esta Iglesia?”. Sólo le respondimos: “Porque usted nos llamó, Presidente”.

Jovencitos, esperamos que estén entusiasmados con el programa “Sacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios”. Ha sido presentado a todo el Sacerdocio Aarónico en el mundo y tiene como fin bendecirles espiritual, física, social y mentalmente. Los requisitos son importantes y requerirán el máximo de sus esfuerzos. Podrán establecer metas personales y lograrlas con la ayuda de sus padres y extraordinarios líderes. Por toda la Iglesia se percibe un gran entusiasmo relacionado con este programa. Queremos que cada uno de ustedes cumpla los requisitos y reciba el anhelado premio “Mi deber a Dios”.

Hace muchos años llevé a nuestro único hijo, que era sólo un niño, en su primer viaje de campamento y pesca. El cañón era empinado y el descenso era difícil; pero la pesca era excelente. Cada vez que un pez mordía mi anzuelo, le daba la caña al emocionado muchacho, quien, con gritos de alegría, terminaba de sacar la bella trucha. En las sombras y la frescura de la tarde que caía, empezamos a subir la elevada montaña. Él se apresuró antes que yo y me decía: “Vamos, papá; a que te gano a llegar hasta arriba”. El reto cayó en oídos sordos. Su pequeño cuerpo literalmente parecía volar alrededor de cada obstáculo y cuando parecía que yo iba a desfallecer con cada paso, él llegó a la cima y se volvió para darme ánimo. Después de cenar nos arrodillamos para orar; su vocecita se elevó dulcemente hacia los cielos en una plegaria para dar fin a nuestro día. Después nos metimos en una gran bolsa de dormir y luego de empujar y tirar un poco, su cuerpecito se acurrucó fuertemente contra el mío para recibir calor y seguridad durante la noche. Al contemplar a mi hijo a mi lado, de pronto sentí una ola de amor pasar por mi cuerpo con tal fuerza que hizo que se me salieran las lágrimas. En ese preciso momento, él me abrazó y dijo:

“Papá”.
“Sí, hijo”.
“¿Estás despierto?”
“Sí, hijo, estoy despierto”.
“Papi, ¡te quiero un millón y un trillón de veces!”

Inmediatamente se quedó dormido, pero yo permanecí despierto hasta altas horas de la noche, expresando mi gratitud por las maravillosas bendiciones que representaba el cuerpecito de aquel niño. Seguir leyendo

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¡A Sión venid, pues, prestos!

Conferencia General Octubre 2002
¡A Sión venid, pues, prestos!
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Keith B. McMullin

Los principios de amor, trabajo, autosuficiencia y consagración son ordenados por Dios. Aquellos que los acepten y gobiernen sus vidas de la manera correspondiente, llegarán a ser puros de corazón.

Cuando nos reunimos con los miembros de la Iglesia alrededor del mundo, parece haber un desafío universal: el tener tiempo suficiente para hacer todo lo indispensable. Entre aquellos que tienen escasos recursos, se necesita más tiempo para ganar el sustento diario. Entre aquellos que tienen lo suficiente, se necesita más tiempo para disfrutar de la vida. El desafío es desalentador porque el tiempo es limitado; el hombre no puede prolongar el día ni extender el año.

El mundo es el culpable, porque a medida que lucha por hallar maneras más eficaces de administrar el tiempo, nos hace caer en la trampa de buscar más y más cosas terrenales. Pero la vida no es una lucha contra el tiempo, sino una batalla entre el bien y el mal.

Qué hacer en cuanto a todo esto puede ser una de las decisiones más mortificantes de la vida. En 1872, el profeta Brigham Young aconsejó a los santos en cuanto a este tema. Él dijo: “¡Deténganse! ¡Esperen! Cuando se levanten en la mañana y antes de llevarse a la boca ningún alimento… inclínense ante el Señor, pídanle que les perdone los pecados, que los proteja durante el día, que los libre de toda tentación y de todo mal, y que guíe correctamente sus pasos para que puedan hacer algo ese día que resulte en beneficio para el Reino de Dios en la tierra. ¿Tienen tiempo para eso?… Éste es el consejo que doy a los santos hoy. Deténganse, no se apresuren… Ustedes están siempre demasiado apresurados; no asisten suficientemente a las reuniones, no oran bastante, no leen las Escrituras lo suficiente, no meditan bastante, están ocupados en otras cosas y con tanto apremio que no saben qué hacer primero… Permítanme reducir esto a una simple máxima, uno de los dichos más sencillos y familiares que podrían utilizarse: ‘Manténgase siempre listos’, de modo que cuando les llegue la buena fortuna puedan estar preparados para recibirla” (1).

Válganse del plan del Evangelio para establecer las prioridades correctas. El Señor enseñó: “Por tanto, no busquéis las cosas de este mundo, mas buscad primeramente edificar el reino de Dios [o Sión], y establecer su justicia, y todas las cosas os serán añadidas” (2).

Durante mi infancia en el sur de Utah, los conceptos de Sión no eran tan claros para mí como lo son ahora. Vivíamos en un pueblo pequeño no muy lejos del Zion National Park (Parque Nacional Sión). En la iglesia, a menudo cantábamos la conocida letra:

Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo;
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues, prestos,
y su ira evitad.
A Sión venid, pues, prestos,
y su ira evitad (3).

En mi mente de niño, veía los magníficos precipicios y enormes pináculos de piedra del parque nacional. Entre las escarpadas paredes del cañón serpenteaba un río de agua algunas veces plácida y otras veces torrentosa. Probablemente se pueden imaginar la confusión que experimentaba ese niño al tratar de establecer la relación entre las palabras del himno y los parajes familiares de aquel hermoso parque. Aunque no todo encajaba perfectamente, en mi mente tenía la firme impresión de que Sión era algo majestuoso y divino. Con el correr de los años, ha surgido un mejor entendimiento. En las Escrituras leemos: “Por tanto, de cierto, así dice el Señor: Regocíjese Sión, por que ésta es Sión: los puros de corazón…” 4 . Seguir leyendo

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Diversión y felicidad

Conferencia General Octubre 2002
Diversión y felicidad
Élder Claudio R. M. Costa
De los setenta

Claudio R. M. Costa

Podemos sentirnos felices cada día de nuestra vida gracias a las pequeñas cosas que hacemos y somos plenamente felices al guardar los mandamientos de un Dios amoroso.

Hace unos cuatro meses, recibí la asignación de servir en Bogotá, Colombia, lugar al que nos trasladamos. Un día, mientras trataba de encontrar el camino para llegar a la capilla a la que asisto, me detuve en un parque para pedir información.

Observé que allí había muchas familias disfrutando de la bella y soleada mañana. Vi a unos cuantos niños jugando y corriendo llenos de vitalidad. Tenían un brillo especial en sus semblantes; tenían las mejillas enrojecidas por el sol y por la agitación de correr y jugar; observé que todos se llevaban muy bien.

Me dio la impresión de que se estaban divirtiendo bastante, pero al prestar mayor atención percibí que, más que estar divirtiéndose, aquellos niños tan puros eran totalmente felices.

Más tarde, mientras conducía el automóvil hacia la capilla, mis pensamientos se remontaron al tiempo que fui bautizado. Un amigo me preguntó qué era lo que había encontrado de diferente en la Iglesia. Yo le respondí: “He encontrado la verdadera felicidad”, a lo que él comentó: “La felicidad completa no existe; lo único que existe son momentos felices”.

Comprendo que ese buen amigo mío no entendía la diferencia que hay entre diversión y felicidad. Lo que él llamaba “momentos felices” eran esas ocasiones en las que se divertía. Lo que no sabía era que la felicidad es mucho más que sólo diversión, ya que ésta es pasajera, mientras que la felicidad es un estado perdurable.

Muchas personas de este mundo no comprenden la diferencia que existe entre diversión y felicidad y tratan de encontrar la felicidad en medio de la diversión. Pero esas palabras tienen diferentes significados.

Al buscar una definición de ambas palabras en el diccionario encontré lo siguiente: Diversión: Espectáculo, juego, fiesta. Felicidad: Satisfacción, alegría, dicha.

Después de entrar en la Iglesia, aprendí que realmente existe una gran diferencia entre estos dos términos. Aun antes de ser bautizado supe que el Señor tiene un plan de salvación para todos Sus hijos (véase 2 Nefi 2:9). Gracias a ese plan, y dependiendo de lo que hagamos aquí en la tierra, podremos volver a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él para siempre en un estado de felicidad eterna.

Tanto la diversión como la felicidad son buenas, pero indudablemente vale más la pena buscar la felicidad. La felicidad puede comprender también la diversión, pero la diversión sola no nos asegurará la verdadera felicidad.

En el capítulo 15 de Lucas encontramos la parábola del hijo pródigo. En ella el hijo menor pide a su padre la parte que le corresponde de su herencia. El padre se la entrega y el joven hijo se va al mundo, en busca de lo que él creía que era la verdadera felicidad. Empieza a divertirse mucho y mientras le dura el dinero se ve rodeado de muchas personas que afirman ser sus amigos. Una vez que desperdicia toda su fortuna en diversiones con los supuestos amigos, éstos le dan la espalda y él se queda sin nada. A esa altura de su vida el muchacho pasa por mucho sufrimiento y decepción; va a trabajar para un hombre para cuidarle los cerdos y al pasar hambre desea comer incluso las algarrobas que comían esos animales. Entonces repara en el hecho de que los sirvientes de su padre se alimentaban bien y tenían incluso de sobra, y que él no tenía qué comer.

Así, decide volver a la casa de su padre y pedirle que le permita ser uno de sus empleados. Regresa arrepentido de sus hechos y su padre, un hombre justo, lo recibe lleno de amor. Entonces él se da cuenta de que su felicidad estaba allí, en la vida apacible junto a su familia. Seguir leyendo

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El someterse al influjo del Santo Espíritu

Conferencia General Octubre 2002
El someterse al influjo del Santo Espíritu
Élder Kenneth Johnson
De los Setenta

Kenneth Johnson

Esos susurros internos se originan de una fuente divina y, cuando se obedecen, nos ayudarán a mantenernos en el camino correcto, protegiéndonos así de las influencias dañinas y de los desvíos peligrosos.

Fui criado por padres amorosos en un hogar donde los valores que se enseñaban y se practicaban me prepararon el camino para conocer la Iglesia y aceptar los principios del Evangelio. Me bauticé en agosto de 1959, poco después de cumplir diecinueve años. Al meditar sobre los acontecimientos que precedieron mi conversión, mis pensamientos se remontan a una experiencia de mi niñez.

Cerca del hogar donde yo vivía cuando era niño había una casa grande. Tenía un terreno muy hermoso rodeado por lo que para mí era una enorme cerca, hecha de paneles de madera, probablemente de unos dos metros de alto. Recuerdo que atisbaba por entre las perforaciones de los paneles donde los nudos de la madera se habían caído. Era como mirar por un telescopio hacia un mundo diferente. El hermoso y bien cuidado césped, los ordenados jardines de flores y la pequeña arboleda le daban un ambiente idílico a esa morada tan inconfundible. Lamentablemente, la oportunidad de disfrutar de ese panorama siempre era breve debido a la vigilancia de un perro buldog británico que rondaba por los jardines y se sentía inmediatamente atraído hacia cualquiera que estuviese en las inmediaciones exteriores de la cerca. Aun cuando el feroz perro estaba encerrado en el jardín, el sonido de su respiración al arrimarse a la cerca me hacía retroceder de miedo mientras mi vívida imaginación me ponía ante variadas posibilidades.

El señor Lyons y su esposa, que vivían en esa casa, eran maestros de escuela. Mostraban un comportamiento muy circunspecto y parecían disfrutar de la intimidad que les ofrecía el ambiente de su propiedad. Algo que prestaba más intriga a la aventura era que el señor Lyons no tenía la mano derecha, por lo que utilizaba un garfio que le salía por debajo de la manga del saco. En mi mente infantil, imaginaba que el señor Lyons me perseguía, me atrapaba por el cuello con el garfio y me llevaba cautivo.

Recuerdo una mañana de agosto, cuando yo tenía diez u once años, después de una noche con vientos sumamente fuertes, que me encontré con algunos amigos cuando salía de mi casa. Era obvio que estaban entusiasmados por algo y me preguntaron: “¿Oíste el viento anoche?”.

Cuando les respondí que sí, procedieron a contarme lo que habían descubierto: el viento había derribado varias secciones de la cerca que rodeaba la casa de los Lyons. Yo no entendía por qué eso habría de causar tanto alboroto y les pedí que me lo explicaran.

Respondieron con un entusiasmo aún mayor: ¡“Tenemos acceso a los manzanos!”.

Yo seguía aún muy cauteloso y pregunté:

“Pero, ¿y el señor Lyons?”.
“Ni el señor Lyons ni su señora están en casa. Están visitando a familiares”.
“¿Dónde está el perro?”, indagué.
“Lo pusieron en una residencia para perros”, respondieron.

Mis amigos en verdad habían hecho una detallada investigación, por lo que, confiado en sus palabras, nos dirigimos deprisa a nuestro objetivo. Entramos en la propiedad, nos subimos a los árboles y empezamos a arrancar fruta, llenando nuestros bolsillos y también el espacio entre la camisa y el cuerpo. El corazón me latía con fuerza y el pulso se me aceleraba al pensar que en cualquier momento el perro o el señor Lyons, o ambos, podrían aparecer en el jardín y aprehendernos. Corrimos desde el lugar de la escena de nuestra incursión a un lugar aislado en una arboleda cercana y, luego de reponernos, empezamos a comernos las manzanas.

Era agosto, y las manzanas todavía no estaban maduras para comerlas. De hecho, tenían un gusto amargo, pero la acritud de esas manzanas verdes no nos detuvo a medida que consumíamos con entusiasmo nuestro botín, y actuábamos bajo una compulsión que ahora no puedo explicar. Después de devorar una buena cantidad de manzanas, me contenté con dar un mordisco a cada una de las que quedaban y tirar las sobras entre unos arbustos cercanos. La diversión disminuyó a medida que nuestros cuerpos empezaron a reaccionar gradualmente ante la invasión que habían experimentado. La reacción química entre los jugos gástricos y las manzanas verdes me causaron retortijones en el estómago y empecé a sentir náuseas. Al estar allí sentado y arrepentido de lo que había hecho, me di cuenta de que en mi interior tenía un sentimiento mucho más incómodo que el que habían producido las manzanas verdes.

El mayor malestar se debió a que me daba cuenta de que lo que había hecho estaba mal.

Cuando mis amigos me propusieron invadir el jardín, me sentí incómodo, pero no tuve la valentía de negarme, por lo que reprimí mis sentimientos. Tras haber llevado a efecto el hecho, me agobiaba el remordimiento. Para mi consternación, no había hecho caso a los susurros que me advertían en cuanto al error de mis acciones.

Las barreras físicas y las fuerzas externas pueden impedir que continuemos por senderos errados; pero también existe un sentimiento dentro de nosotros, al que a veces se describe como un “silbo apacible y delicado” (1), que, si se reconoce y se actúa de acuerdo con él, nos evita sucumbir a la tentación.

Años más tarde, las palabras del presidente Boyd K. Packer llegaron a lo más profundo de mi ser cuando enseñó: “No podemos ponernos en marcha por el camino equivocado sin antes rechazar una advertencia”. Pensé en aquel momento, y en otros como ése… en las impresiones y discernimientos que acuden a nosotros cuando contemplamos las consecuencias de nuestras acciones. Seguir leyendo

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Para quedar libre de las pesadas cargas

Conferencia General Octubre 2002
Para quedar libre de las pesadas cargas
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. Scott

Debes confiar en que el Salvador ha dado Su vida para que tú puedas hacer los cambios necesarios en la tuya; esos cambios que traerán la paz.

Muchos de ustedes sufren sin ninguna necesidad al llevar pesadas cargas porque no abren el corazón al poder sanador del Señor. Que este mensaje los aliente a sentir la inspiración del Espíritu Santo para que hagan los cambios que les ayudarán a liberarse de las cargas opresivas. El Salvador ha prometido: “…aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas… y esto haré yo… para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones” (1). Te hablaré a ti que sufres debido a elecciones incorrectas y después te daré algunas sugerencias, a ti, que te angustias por lo que otros te han hecho.

Sentado frente a mí, se encontraba un hombre abatido, con la cabeza entre las manos, sollozante ante las consecuencias inevitables de sus repetidas violaciones a los mandamientos de Dios. Con angustia, dijo: “No sé qué hacer. Me siento abrumado. Estoy cansado de no querer afrontar las cosas. No tengo paz ni felicidad. Cuando oro, nadie me escucha. ¿De qué vale hacerlo?”.

Lo conozco desde hace mucho tiempo. Sus padres y otras personas han tratado de guiarlo, pero no han tenido mucho éxito. A causa de sus elecciones, se ha alejado de las verdades que lo habrían ayudado. No ha cultivado la fe en el Maestro ni en el poder de la oración. Sus decisiones se centran en aquello que satisface rápidamente sus antojos; o hace caso omiso a sus problemas o miente acerca de ellos. Ha manipulado la generosidad de sus padres y amigos con el fin de tratar de resolver rápidamente los problemas. Él no mide las consecuencias que las decisiones de hoy tienen en la vida del mañana.

Con mi corazón embargado de tristeza, me di cuenta de que él no ve el mundo como realmente es: un lugar de gozo y felicidad, de amistad verdadera donde la fe en Jesucristo y la obediencia a Sus enseñanzas invitan al Espíritu Santo a inspirarnos a tomar decisiones correctas. Él vive en un ambiente dominado por la influencia de Satanás. No hace caso a los sanos consejos porque en su mundo distorsionado no puede ver de qué modo lo beneficiarán. Ese punto de vista distorsionado de la vida es una realidad para él; se forjó cuando sucumbió a las tentaciones sutiles que decían: “Vamos; pruébalo; nadie se va enterar nunca. Es tu vida; vívela como te plazca. Nadie te puede obligar; tú tienes tu albedrío moral”.

Esas insinuaciones y el encanto de lo prohibido le llevaron a un camino que parecía atractivamente fascinante. Fue llevado en la cresta de la ola del deseo y de la pasión, ajeno a las consecuencias, hasta que se estrelló al producirse el inevitable encuentro con las leyes de Dios. Eso produjo dolor, remordimiento y lamentación. Entonces Satanás inculcó otro concepto: “Es imposible volver atrás; es mejor que sigas haciendo lo mismo que hasta ahora; no tiene caso tratar de cambiar”. Por motivo de sus pecados, no puede ver la salida a sus fracasos; en el ambiente en el que se encuentra no puede hallar lo necesario para empezar una nueva vida. Su trágico y limitado mundo ha sido producto de la violación a la ley eterna, motivado por el deseo de una satisfacción inmediata.

¿Te encuentras en una situación así? ¿Has hecho cosas que desearías no haber hecho? ¿Es difícil para ti ver la forma de resolver tus problemas? ¿Te parece estar bajo una carga agobiante y pesada que no te deja a pesar de todo lo que haces para deshacerte de ella? Bajo la influencia de emociones o estimulantes poderosos, quizás haya períodos de alivio. Aun así, en los tranquilos momentos de reflexión que llegan inevitablemente, te das cuenta de que tu vida no es lo que desearías que fuera. En público podrás protestar que tus amigos e incluso el Señor te han abandonado, pero al reflexionar con sinceridad, te das cuenta de que has sido tú quien los ha abandonado a ellos. Por favor, decide ahora buscar el camino de regreso a la paz y al gozo reconfortante que reemplazan a los placeres pasajeros del pecado y a la agonía y al vacío que les siguen. Ya has confirmado lo que las Escrituras enseñan: “…la maldad nunca fue felicidad” (2). Obtén gozo perdurable ahora, mediante una vida limpia y con sentido (3). Seguir leyendo

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¿Hallará [Él] fe en la tierra?

Conferencia General Octubre 2002
¿Hallará [Él] fe en la tierra?
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

Sólo cuando nuestra fe esté en armonía con la voluntad de nuestro Padre Celestial podremos recibir las bendiciones que buscamos.

Ésa ha sido la interpretación más bella del magnífico himno: “Un pobre forastero”, que era el preferido del profeta José y de su hermano Hyrum. ¡Qué hermosa fue la interpretación del coro y de la orquesta!

Ruego tener conmigo el Espíritu del Señor que ha estado con nosotros durante la conferencia, para decir aquello que sea de beneficio para los miembros de la Iglesia y de los que no son miembros. Siento una gran humildad ante esta asignación.

Hoy hago una pregunta que el Salvador hizo hace casi dos mil años: “…cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1).

El primer principio del Evangelio
¿Qué es la fe verdadera? La fe se define como “creencia y confianza en Dios y lealtad a Él… Una creencia firme en algo de lo que no existe prueba” (2). Nosotros creemos que “la fe es tener esperanza en lo que no se ve pero que es verdadero…” y debe centrarse en Jesucristo. De hecho, nosotros creemos que “la fe en Jesucristo es el primer principio del Evangelio” (3).

La fe de la viuda
Hay quienes pueden enseñarnos acerca de la fe si tan sólo abrimos nuestro corazón y nuestra mente. Una de esas personas es una mujer cuyo esposo falleció. Habiéndose quedando sola para criar a su hijo, trató de buscar la forma de mantenerse, pero vivía en una época de terrible hambruna, donde los alimentos escaseaban y muchos perecían a causa del hambre.

A medida que disminuían los alimentos disponibles, también lo hacían sus oportunidades de sobrevivir. Cada día veía impotente cómo se agotaban sus provisiones.

Esperando encontrar ayuda, pero sin hallar ninguna, finalmente llegó el día en que la mujer se dio cuenta de que sólo le quedaban alimentos para una última comida.

Fue entonces cuando un extraño se le acercó y le hizo la petición inconcebible: “Te ruego que me traigas… un bocado de pan”, le dijo.

La mujer se volvió y le contestó: “Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija”. Ella le explicó que iba a prepararlos como última comida para ella y su hijo, “para que lo comamos, y nos dejemos morir”.

No sabía que el hombre que estaba ante ella era Elías el profeta, a quien el Señor había enviado. Lo que ese profeta le dijo a continuación podría parecer sorprendente para aquellos que en la actualidad no comprenden el principio de la fe.

“No tengas temor”, le dijo. “Pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo”.

¿Se imaginan lo que ella pudo haber pensado? ¿Lo que pudo haber sentido? No tuvo ni tiempo para contestar cuando el hombre prosiguió: “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra”.

La mujer, luego de oír esa promesa profética, fue con fe e hizo lo que Elías el profeta le había pedido. “Y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” el profeta (4).

De acuerdo con la forma de ver actual, la petición del profeta podría parecer injusta y egoísta, y la respuesta de la viuda insensata e imprudente. Eso se debe más que nada a que muchas veces aprendemos a tomar decisiones basándonos en lo que vemos. Tomamos decisiones basándonos en la evidencia que está frente a nosotros y lo que parece ser nuestro interés mejor e inmediato.

“La fe”, por otro lado, es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (5). La fe tiene ojos que traspasan la oscuridad y ven la luz que se encuentra del otro lado. “…que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (6). Seguir leyendo

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