El maravilloso fundamento de nuestra fe

Conferencia General Octubre 2002
El maravilloso fundamento de nuestra fe
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Gracias sean dadas a Dios por Su maravilloso otorgamiento de testimonio, autoridad y doctrina relacionados con ésta, la Iglesia restaurada de Jesucristo.

Mis queridos hermanos y hermanas, pido la inspiración del Señor al dirigirme a ustedes. No salgo de mi asombro ante la tremenda responsabilidad de dirigirme a los Santos de los Últimos Días. Estoy agradecido por su bondad y su paciencia. Ruego constantemente ser digno de la confianza de la gente.

Acabo de regresar de un viaje muy largo; ha sido muy pesado, pero ha sido maravilloso estar entre los santos. Si fuese posible, dejaría a cargo de otras personas los asuntos administrativos y rutinarios de la Iglesia, y luego, me dedicaría a visitar a la gente de las ramas pequeñas así como a la de las estacas grandes. Me gustaría reunirme con los santos dondequiera que estén. Considero que todo miembro de esta Iglesia merece una visita. Lamento que debido a las limitaciones físicas ya no me sea posible saludar con un apretón de manos a todos, pero puedo mirarles a los ojos con gozo en mi corazón y expresar mi amor y dejarles una bendición.

El motivo de este viaje reciente fue la rededicación del Templo de Freiberg, Alemania y la dedicación del Templo de La Haya, Holanda. Tuve la oportunidad de dedicar el Templo de Freiberg hace 17 años. Era un edificio un tanto modesto, construido en lo que antes era la República Democrática Alemana, la Zona Oriental de una Alemania dividida. Su construcción fue literalmente un milagro. El presidente Monson, Hans Ringger y otros se habían ganado la simpatía de los oficiales gubernamentales de Alemania Oriental, quienes dieron su aprobación.

El templo ha sido maravillosamente útil a través de estos años. El abominable muro ya ha desaparecido, lo que facilita que nuestros miembros viajen a Freiberg. El edificio se había deteriorado después de esos años y ya era inadecuado.

El templo se ha ampliado, al mismo tiempo que se ha hecho más hermoso y práctico. Efectuamos sólo una sesión dedicatoria, a la que concurrieron santos de una extensa región. En la espaciosa sala en la que nos encontrábamos sentados, podíamos ver las marcadas facciones en el rostro de muchos de esos firmes y maravillosos Santos de los Últimos Días quienes, a través de todos esos años, en los tiempos buenos como en los malos, bajo restricciones impuestas por el gobierno, y ahora en perfecta libertad, han guardado la fe, han servido al Señor y han sido grandes ejemplos. Lamento tanto no haber podido poner mis brazos alrededor de esos heroicos hermanos y hermanas y decirles lo mucho que los quiero. Si me están escuchando en estos momentos, espero que sepan de ese amor y que disculpen mi apresurada partida.

De ahí viajamos hasta Francia para atender unos asuntos de la Iglesia. Luego volamos a Rotterdam y por auto fuimos hasta La Haya. El trabajar en tres naciones en un día es un horario un tanto pesado para un anciano.

Al día siguiente dedicamos el Templo de La Haya, Holanda, donde se efectuaron cuatro sesiones. ¡Fue una experiencia conmovedora y maravillosa!

El templo es un edificio hermoso ubicado en un buen lugar. Estoy muy agradecido por la Casa del Señor que satisfará las necesidades de los santos de Holanda, Bélgica y partes de Francia. En 1861 se enviaron misioneros a esa parte de Europa. Miles se han unido a la Iglesia, habiendo emigrado la mayoría a los Estados Unidos. No obstante, ahora tenemos allí un maravilloso grupo de fieles y queridos Santos de los Últimos Días que son merecedores de una Casa del Señor en su país.

Decidí que mientras nos encontrábamos en esa parte del mundo visitaríamos otras regiones. Es así que viajamos a Kiev, en Ucrania, lugar que visité hace 21 años. Allí se respira una nueva sensación de libertad. ¡Qué inspiración reunirnos con más de 3.000 santos ucranianos! Las personas se congregaron de todas partes del país a costa de grandes incomodidades y gastos para llegar allí.

Una familia no podía pagar los pasajes para ir con todos sus integrantes, de modo que los padres se quedaron en casa y enviaron a sus hijos para que tuviesen la oportunidad de estar con nosotros.

De ahí fuimos a Moscú, Rusia, lugar donde estuve también hace 21 años. Se ha realizado un cambio; es como la electricidad: no se puede ver pero se puede sentir. Allí también tuvimos una maravillosa reunión, con la oportunidad de conversar con importantes oficiales del gobierno, como lo habíamos hecho en Ucrania.

¡Qué valioso e inestimable privilegio el reunirnos con esos extraordinarios santos que se han congregado “uno de cada ciudad, y dos de cada familia” en el redil de Sión, en cumplimiento de la profecía de Jeremías (véase Jeremías 3:14). La vida no es fácil para ellos; sus cargas son pesadas, pero su fe es firme y sus testimonios son vibrantes. Seguir leyendo

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Elévense a la altura de su llamamiento

Conferencia General Octubre 2002
Elévense a la altura de su llamamiento
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

El Señor le guiará por revelación de la misma forma en que lo llamó. Debe pedir con fe para recibir revelación y saber qué debe hacer.

No hace mucho, un joven al que no conocía se me acercó en un lugar abarrotado de personas y me dijo calladamente pero con gran firmeza: “Élder Eyring, acabo de ser llamado como presidente del quórum de élderes. ¿Qué consejo podría darme?”. Yo sabía que no podía darle allí lo que él precisaba saber y pensar, con la gente pasando a nuestro lado, así que le dije: “Le daré mi consejo en la conferencia general”.

Este joven no es el único que desea ayuda. Cada semana se llama a miles de miembros de la Iglesia de todo el mundo a prestar servicio y muchos de ellos son recién conversos. La variedad de sus llamamientos es grande, y la variedad de su experiencia previa en la Iglesia es aún mayor. Si usted es uno de los que llama, capacita o simplemente cuida de esas personas, como lo hacemos todos nosotros, hay ciertas cosas que debe saber sobre cómo ayudarles a tener éxito.

Primero debe asegurarse de que ellos reciban un manual de instrucciones, de lecciones o los registros que deban llevar. Incluso puede darles una lista de las horas y los lugares de las reuniones a las que deban asistir. Después, puede ocuparse de hablarles de cómo se va a evaluar su labor, cuando perciba cierta preocupación en sus ojos.

Hasta el más nuevo de los miembros de la Iglesia sabe que el llamamiento a servir debe ser, principalmente, un asunto del corazón. Llegamos a conocer al Maestro al entregarle por completo nuestro corazón y guardar Sus mandamientos. Con el tiempo, nuestro corazón cambia y llegamos a ser como Él. Por tanto, existe una manera mejor de ayudar a los que reciben un llamamiento que darles una descripción de lo que tienen que hacer.

Lo que necesitarán, mucho más que una capacitación en sus tareas, es ver con ojos espirituales lo que significa ser llamados a servir en la Iglesia restaurada de Jesucristo. Ésta constituye el reino de Dios sobre la tierra, y debido a ello, tiene un poder que sobrepasa cualquier otra actividad en que los hombres puedan tomar parte. Ese poder depende de la fe de aquellos a quienes se llama a servir en esta Iglesia.

Por tanto, doy mi consejo a todo hombre o mujer, jovencita o joven que haya sido llamado o que sea llamado en el futuro. Hay algunas cosas cuya veracidad deberá llegar a conocer. Intentaré expresarlas con palabras, pero sólo el Señor, por medio del Espíritu Santo, puede manifestarlas a lo más profundo de su corazón. Ellas son:

En primer lugar, usted es llamado por Dios. El Señor le conoce. Él sabe a quién desea que sirva en cada responsabilidad de Su Iglesia. Él le escogió y ha preparado la manera de poder extenderle su llamamiento. Él restauró las llaves del sacerdocio a José Smith, las cuales han pasado por una línea sin interrupción hasta el presidente Hinckley. Mediante esas llaves, se han dado llaves a otros siervos del sacerdocio para presidir en estacas y barrios, en distritos y ramas. Fue por conducto de esas llaves que el Señor le ha llamado; esas llaves llevan consigo el derecho a la revelación, y ésta se recibe en respuesta a la oración. La persona que fue inspirada a recomendarle para su llamamiento no lo hizo porque usted le cayera bien o necesitara a alguien para llevar a cabo una determinada tarea. Esas personas oraron y recibieron la respuesta de que era a usted a quien se debía llamar.

La persona que le extendió el llamamiento no lo hizo simplemente porque sabía que usted era digno y estaba dispuesto a servir, sino que oró para conocer la voluntad del Señor con respecto a usted. Fueron la oración y la revelación dada a los siervos autorizados del Señor lo que le trajeron a este punto. Su llamamiento es un ejemplo de la fuente de poder exclusiva de la Iglesia del Señor. Los hombres y las mujeres son llamados por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos a quienes Él ha autorizado.

Se le ha llamado para representar al Salvador. Cuando usted testifica, su voz es la de Él, sus manos que auxilian son las de Él. Su labor consiste en bendecir a los hijos espirituales de Su Padre con la oportunidad de escoger la vida eterna. Por tanto, su llamamiento consiste en bendecir vidas, y esto es así aún en las tareas más sencillas que le hayan sido asignadas o en los momentos en los que podría estar haciendo algo aparentemente sin relación alguna con su llamamiento. Su forma de sonreír o la manera de ofrecer ayuda a alguien puede edificar la fe de esa persona; y tanto su forma de hablar como su comportamiento pueden destruir la fe.

Su llamamiento tiene consecuencias eternas para otras personas y para usted. Puede que en el mundo venidero miles de personas le llamen bienaventurado, un número mayor de las que usted haya servido aquí, pues serán los antepasados y los descendientes de aquellos que escogieron la vida eterna gracias a algo que usted dijo, hizo o incluso fue. Si alguien rechaza la invitación del Salvador porque usted no hizo todo lo que pudiera haber hecho, el pesar de ellos será el suyo. No hay llamamientos pequeños en lo referente a representar al Señor. Su llamamiento conlleva una seria responsabilidad, pero no debe temer porque su llamamiento también trae consigo grandes promesas.

Una de esas promesas es la segunda cosa que precisa saber; y es que el Señor le guiará por revelación de la misma forma en que lo llamó. Debe pedir con fe para recibir revelación y saber qué debe hacer. Acompaña al llamamiento la promesa de que tendrá respuestas, pero esa guía la recibirá sólo cuando el Señor tenga la certeza de que usted va a obedecer. Para conocer Su voluntad, usted debe estar comprometido a obedecerla. Las palabras “hágase tu voluntad”, escritas en el corazón, son la puerta que conduce a la revelación.

La respuesta se recibe por medio del Espíritu Santo, y precisará esta guía con frecuencia. Para disfrutar de la compañía del Espíritu Santo, usted debe ser digno, purificado por medio de la expiación de Jesucristo. En consecuencia, la obediencia a los mandamientos, el deseo y sus súplicas determinarán la claridad con que el Maestro podrá guiarle por conducto de las respuestas a sus oraciones.

Con frecuencia las respuestas las recibirá durante el estudio de las Escrituras. Éstas contienen relatos de los hechos del Salvador durante Su ministerio terrenal y la guía que brindó a Sus siervos. Las Escrituras contienen doctrina que se aplica a cada momento y a cada situación. El meditar en las Escrituras le ayudará a hacer las preguntas adecuadas al orar, y, tan cierto como que los cielos se abrieron para José Smith tras meditar las Escrituras con fe, Dios dará respuesta a sus oraciones y le llevará de la mano. Seguir leyendo

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La mujer de fe

Conferencia General Octubre 2002
La mujer de fe
Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes recientemente relevada

Margaret D. Nadauld

La mujer de fe confía en Dios… Sabe que Él tiene interés en su vida. Sabe que Él la conoce. Ella ama Sus palabras y bebe intensamente de esa agua viva.

Amo al Señor Jesucristo y Su Iglesia que ha sido restaurada en la tierra en nuestra época. Significan mucho para mí las enseñanzas de Su santa vida desde niño recién nacido hasta hombre resucitado: el Hijo de Dios.

Al leer en las páginas de la Biblia, me ha parecido verle cómo “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (1), y era como haber estado allí cuando levantaba a los muertos. Sanó a los enfermos, alimentó a cinco mil personas y trajo consuelo, esperanza y un método de paz al mundo que Él había creado. Perdonó a los que le ridiculizaron, le torturaron y le crucificaron: porque no sabían lo que hacían. Me ha parecido ver el amor y el interés divinos que tuvo por Su madre aun cuando Él mismo estaba padeciendo intensamente. Venció a la muerte para que nosotros también la venciésemos. Ha preparado un lugar para nosotros en el cielo con nuestro Padre Eterno. Nos ha enseñado el plan de felicidad, así como a entenderlo y nos ha dado la esperanza de seguirlo. Su vida fue el ejemplo perfecto de lo que es el sacrificio y el servicio para cumplir el plan de Dios Su Padre.

La mujer Santo de los Últimos Días que sigue el ejemplo de Cristo en su vida cotidiana comienza a cumplir el plan de nuestro Padre Celestial con respecto a ella. Al hacerlo, ejerce una poderosa buena influencia en el mundo de hoy y hace frente a los desafíos de la vida terrenal. He conocido mujeres con esas cualidades que me han señalado el camino que debo seguir. La mujer Santo de los Últimos Días que sigue a Cristo es una verdadera cristiana en todo el sentido de la palabra; es una mujer de fe que confía en Dios, que tiene seguridad y es valiente.

La mujer de fe confía en Dios y encara la adversidad con esperanza. Sabe que Él tiene interés en su vida. Sabe que Él la conoce. Ella ama Sus palabras y bebe intensamente de esa agua viva. Se siente agradecida por el profeta que Él ha enviado para estos últimos días y confía en sus consejos y los sigue, porque sabe que al hacerlo hallará seguridad y paz. Busca en la oración la bondadosa y constante orientación y ayuda del Padre Celestial que la escucha. Cuando ora, presta atención para dar lugar a la comunicación mutua. Ella confía en que Él, en Su forma silenciosa y tranquila, la llevará de la mano y dará respuesta a sus oraciones (2).

La mujer de fe tiene seguridad porque comprende el plan divino de nuestro Padre Celestial y su función de ser una bendición para los demás. Tiene seguridad en que cualquier sacrificio que haga vale algo en un sentido eterno. Sabe del sacrificio porque sabe de la vida del Salvador; y, aunque comprende que sus sacrificios son pequeños en comparación, también es consciente de que nuestro Padre Celestial entiende y valora lo que ella hace por fortalecer su hogar y su familia, y el mundo en el que vive. Su confianza aumenta porque es virtuosa, delicada y cortés, lo cual es mucho mejor que ser hermosa. Sus intenciones son puras. Es amorosa, dulce y bondadosa. El corazón de su marido y el de sus hijos están en ella confiados (3), al igual que el de los niños y el de los jóvenes, y el de las mujeres a los que ha sido llamada a enseñar, guiar, servir y amar; ellos cuentan con ella por motivo de ese espíritu especial que irradia. Es la imagen de Dios que ha recibido en el rostro, lo que es agradable e importante (4). Tiene confianza en que está adquiriendo las cualidades que le permitirán ser invitada a estar en la presencia de su Padre Celestial, y podrá hacerlo con el conocimiento de que se sentirá enteramente a gusto allí, de que Él la conoce, la ama, la valora y la aprecia para siempre jamás.

La mujer de fe es valiente. No teme mal alguno porque Dios está con ella (5). No hay incertidumbre ni trompeta que le dé sonido incierto en la vida. Puede vivir una vida de principios por motivo de que estudia la doctrina y las enseñanzas de un maestro perfecto: el Maestro. Es un digno ejemplo para todos los que la conocen. No es perfecta, desde luego, y no porque no tenga principios perfectos ni el ejemplo perfecto en Cristo, sino porque es humana. Se conserva alejada de las influencias malignas y de toda cosa impura, y, si algo indebido le sale al paso, es como una leona que defiende a sus cachorros. La valiente mujer de fe tiene el valor de hablar con sus hijos de las prácticas que los destruirían, y ellos no sólo la oyen hablar de sus cometidos, sino que los ven aplicados en su diario vivir: en la forma en que se viste, en lo que lee y en lo que ve, en el modo como pasa sus ratos libres, en lo que le gusta y la hace reír, en las personas a las que atrae y en su manera de actuar en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar. Su modo de ser es encantador, jovial, lleno de vida y bueno. Nuestras niñas pequeñas, lo mismo que las mujeres jóvenes, pueden confiar en su ejemplo sin temor a equivocarse. Rogamos que ellas también sean valientes al buscar y fomentar lo edificante, lo feliz y lo decente, porque ellas son nuestro futuro.

Gracias sean dadas al cielo por las mujeres de fe que nos rodean. La mujer de fe ama al Señor y desea que Él lo sepa mediante la vida que lleva, así como por las palabras que habla, por el servicio que presta a Sus hijos y por todo lo que hace. Sabe que el Señor la ama aun cuando es imperfecta y sigue intentando ser mejor. Sabe que si hace lo mejor que puede, eso basta, como nos ha dicho el presidente Hinckley (6).

La mujer de fe es bendecida por los varones fieles de su vida que poseen el sacerdocio de Dios y honran ese privilegio: su padre, el obispo, su marido, sus hermanos y sus hijos. Ellos la aprecian a ella y también aprecian los dones divinos que Dios le ha dado como Su hija. La apoyan y la animan, y comprenden la gran misión de su vida en calidad de mujer. La aman; la bendicen. A su vez son bendecidos por esa mujer de fe al caminar juntos por la senda de la vida, y saben, como enseña la Escritura, que “mejores son dos que uno… Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero…” (7).

Expreso mi gratitud por las magníficas mujeres de fe, y por los grandes y nobles hombres, al igual que por mi amada familia, que me han elevado e inspirado a lo largo de mi vida. Ellos han sido una bendición particularmente grande para mí en mis intentos por cumplir con la sagrada tarea que me ha encomendado el Señor como presidenta general de las Mujeres Jóvenes.

Amados hermanos y hermanas, sepan del amor que les tengo a ustedes y de la inmensa gratitud que siento por nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Les honraré y serviré con todo mi corazón para siempre, y lo haré agradecida por el privilegio de hacerlo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Lucas 2:52.
  2. Véase D. y C. 112:10.
  3. Véase Proverbios 31:11.
  4. Véase Alma 5:14.
  5. Véase Salmos 23:4.
  6. Véase “Las mujeres de la Iglesia”, Liahona, enero de 1997, pág. 78.
  7. Eclesiastés 4:9–10.
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Para que todos sean uno en nosotros

Conferencia General Octubre 2002
Para que todos sean uno en nosotros
Élder D. Todd Christofferson
De los Setenta

D. Todd Christofferson

No seremos uno con Dios y con Cristo hasta que logremos que la voluntad y el interés de Ellos sean nuestro mayor deseo.

Al llegar al fin de Su ministerio terrenal, y saber que “su hora había llegado” (Juan 13:1), Jesús reunió a Sus apóstoles en un aposento alto en Jerusalén. Después de la cena y de haberles lavado los pies y haberles enseñado, Jesús ofreció una oración sublime e intercesora a favor de esos apóstoles y de todos los que creerían en Él. Suplicó al Padre con estas palabras:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.
“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:20–23).

¡Cuán glorioso es el contemplar que se nos ha invitado a esa unidad perfecta que existe entre el Padre y el Hijo! ¿Cómo puede suceder eso?

Al meditar en esa pregunta, queda claro que debemos comenzar por llegar a ser uno dentro de nosotros mismos. Somos seres duales, con un cuerpo y un espíritu, y a veces no nos sentimos en armonía o tenemos conflictos. La conciencia, la luz de Cristo (véase Moroni 7:16; D. y C. 93:2) ilumina nuestro espíritu, y naturalmente, éste responde a los susurros del Espíritu Santo y desea seguir la verdad. Pero los apetitos y las tentaciones a los que está sujeta la carne pueden, si lo permitimos, vencer y dominar el espíritu. Pablo dijo:

“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.
“Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
“pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:21–23).

Nefi expresó sentimientos semejantes.

“Sin embargo, a pesar de la gran bondad del Señor al mostrarme sus grandes y maravillosas obras, mi corazón exclama: ¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades.
“Me veo circundado a causa de las tentaciones y pecados que tan fácilmente me asedian” (2 Nefi 4:17–18).

Mas, al recordar al Salvador, Nefi pronuncia esta conclusión llena de esperanza: “…no obstante, sé en quien he confiado” (2 Nefi 4:19). ¿Qué quiso decir?

Jesús fue también un ser de carne y espíritu, pero no cedió a la tentación (véase Mosíah 15:5). Al buscar unidad y paz dentro de nosotros, podemos volvernos a Jesucristo porque Él comprende; comprende qué significa afrontar la lucha y también cómo ganarla. Como dijo Pablo: “…no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

Lo más importante es que podemos acudir a Jesús para que nos ayude a restaurar la unión interior de nuestras almas cuando hayamos caído ante el pecado y destruido nuestra paz. Poco después de Su súplica intercesora para que fuésemos “perfectos en unidad”, Jesús sufrió y dio Su vida para expiar el pecado. El poder de Su expiación puede eliminar los efectos del pecado. Cuando nos arrepentimos, Su gracia expiadora nos justifica y purifica (véase 3 Nefi 27:16–20). Es como si no hubiéramos sucumbido, como si no hubiéramos cedido a la tentación. Seguir leyendo

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A donde me mandes iré

Conferencia General Octubre 2002
A donde me mandes iré
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

La dimensión total de [nuestra] conversión en hombres y mujeres de Dios se lleva a cabo mejor mediante nuestras labores en Su viña.

Mi tema proviene de un himno que ha inspirado a los siervos fieles del Señor de muchas generaciones:

Quizás no tenga yo que cruzar
montañas ni ancho mar;
quizás no sea a lucha cruel
que Cristo me quiera enviar.
Mas si Él me llama a sendas
que yo nunca caminé,
confiando en Él le diré:
Señor, adonde me mandes iré.
(“A donde me mandes iré”, Himnos, N° 175.)

Escrito por una poetisa que no era Santo de los Últimos Días, sus palabras expresan la dedicación de los hijos fieles de Dios en todas las épocas.

Abraham, que condujo a Isaac en aquella desgarradora jornada hasta el monte Moriah, iba fielmente a donde el Señor quería que fuera (véase Génesis 22). También lo hizo David, cuando salió de las filas de los ejércitos de Israel para responder al desafío del gigante Goliat (véase 1 Samuel 17). Ester, inspirada para salvar a su pueblo, recorrió un mortífero sendero para enfrentar al rey en el aposento real (véase Ester 4–5). “A donde me mandes iré, Señor” fue la motivación que tuvo Lehi para abandonar Jerusalén (véase 1 Nefi 2) y su hijo Nefi para volver en busca de los preciados anales (véase 1 Nefi 3). Se podrían citar cientos de otros ejemplos de las Escrituras.

Todas esas almas fieles demostraron su obediencia a la guía del Señor y la fe que tenían en Su poder y bondad. Como lo explicó Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

A nuestro alrededor, y en recuerdos de tiempos pasados, tenemos los ejemplos inspiradores del servicio humilde y fiel de Santos de los Últimos Días. Uno de los más conocidos es el del presidente J. Reuben Clark. Después de más de dieciséis años de haber sido un primer consejero de influencia extraordinaria, se reorganizó la Primera Presidencia y lo llamaron como segundo consejero. Dando un ejemplo de humildad y de disposición a prestar servicio que ha influido en generaciones, él dijo a la Iglesia:” ‘Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo’ ” (citado por Keith K. Hilbig en “El crear o continuar eslabones del sacerdocio”, Liahona, enero de 2002, pág. 53).

De la misma importancia, aunque menos visibles, están los millones de miembros que ahora trabajan con fe y devoción similares en los rincones remotos de la viña del Señor. Nuestros fieles misioneros mayores presentan los mejores ejemplos que conozco.

Hace poco revisé los papeles misionales de más de cincuenta matrimonios mayores. Todos habían cumplido ya por lo menos tres misiones cuando enviaron los papeles para recibir otro llamamiento; provenían de todas partes, desde Australia hasta Arizona, de California a Misuri; sus edades variaban desde sesenta y setenta y tantos años hasta… bueno, no importa. Una de las parejas, que se ofrecía para cumplir la séptima misión, había prestado servicio en la Manzana del Templo, en Alaska, en Nueva Zelanda, en Kenya y en Ghana; se les mandó a Filipinas. Se podrían citar infinidad de ejemplos similares.

Los comentarios de los líderes del sacerdocio, que aparecen en los papeles de esos matrimonios, son un testimonio de servicio y sacrificio. A continuación, cito varios:

“Dispuestos a ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa durante todo el tiempo que se les requiera”.

“Son un gran ejemplo de los miembros de la Iglesia que dedican su vida a servir al Señor”.

“Iremos a donde el Señor quiera que vayamos”, comentó un matrimonio. “Oramos para que nos manden a donde se nos necesite”.

Los comentarios de los líderes del sacerdocio sobre las cualidades de esos matrimonios dan un buen resumen de la obra que nuestros misioneros mayores llevan a cabo tan eficazmente.

“Él es especial para comenzar y hacer funcionar programas, y en liderazgo”.

“Su mayor gozo es cuando se les pide que ‘edifiquen’ y desarrollen algo, por lo que una asignación en un área en desarrollo de la Iglesia sería apropiada para ellos. Están dispuestos a prestar servicio en cualquier cargo al que se les llame”.

“Serían de mayor utilidad trabajando con los menos activos y los conversos que en las oficinas”.

“Aman a los jóvenes y tienen un don especial para tratarlos”.

“Consideran que son más eficaces, y les gusta más, la capacitación de líderes y la obra de hermanamiento”.

“Han declinado un poco físicamente, pero no en asuntos espirituales ni en su entusiasmo misional”.

“Él es un verdadero misionero. Se llama Nefi y sigue los pasos de su tocayo. Ella es una mujer extraordinaria y siempre ha sido un gran ejemplo. Serán excelentes en cualquier lugar a donde se les llame. Ésta es su quinta misión”. (Habían prestado servicio previamente en Guam, Nigeria, Vietnam, Pakistán, Singapur y Malasia. Para que descansaran de esos senderos tan difíciles, los siervos del Señor los llamaron a prestar servicio en el Templo de Nauvoo.)

Otro matrimonio habló por todos esos héroes y heroínas al escribir lo siguiente: “Iremos a cualquier parte y haremos lo que se nos pida. No es un sacrificio sino un privilegio”.

Esos misioneros mayores ofrecen una porción especial de sacrificio y dedicación; así también lo hacen nuestros presidentes de misión y de templo y sus leales compañeras. Todos dejan atrás su hogar y su familia para prestar servicio regular durante cierto tiempo. Lo mismo hacen el ejército de misioneros jóvenes, que interrumpen su vida cotidiana, se despiden de familia y de amigos y salen (generalmente pagando sus propios gastos) a prestar servicio en dondequiera que el Señor les asigne, hablando por medio de Sus siervos.

A donde me mandes iré, Señor,
a montañas o islas del mar.
Diré lo que quieras que diga, Señor,
y lo que Tú quieras seré.
(Himnos, N° 175.)

Millones de otras personas prestan servicio viviendo en su propio hogar y sirviendo voluntariamente en la Iglesia. Eso hacen los veintiséis mil obispados y presidencias de rama, y las fieles presidencias de quórumes y de la Sociedad de Socorro, la Primaria y las Mujeres Jóvenes que trabajan con ellos y bajo su dirección. Y eso hacen millones de otras personas que son fieles maestros en barrios, ramas, estacas y distritos. Pienso, además, en los cientos de miles de maestros orientadores y maestras visitantes que cumplen el mandato del Señor de “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53). Todos ellos pueden unirse en esta inspirada estrofa:

Habrá palabras de fe y paz
que me mande el Señor decir;
yo sé que en sendas de la maldad
hay seres que redimir.
Señor, si Tú quieres mi guía ser,
la senda seguiré;
tu bello mensaje podré anunciar,
y lo que me mandes diré.
(Himnos, N° 175.)

Como lo enseñó el rey y profeta Benjamín: “…cuando [estamos] al servicio de [n]uestros semejantes, sólo [estamos] al servicio de [n]uestro Dios” (Mosíah 2:17). También nos advirtió: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:27).

El Evangelio de Jesucristo nos exhorta a convertirnos; nos enseña lo que debemos hacer y nos da las oportunidades de llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial quiere que seamos. La dimensión total de esa conversión en hombres y mujeres de Dios se lleva a cabo mejor mediante nuestras labores en Su viña. Seguir leyendo

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Modelos que debemos seguir

Conferencia General Octubre 2002

Modelos que debemos seguir

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Todos los que vivimos en el mundo de hoy necesitamos puntos de referencia, o sea, modelos que debemos seguir.


Hace muchos años admiré la cubierta de una de las publicaciones de nuestra Iglesia que consistía de una magnífica reproducción de una pintura de Carl Bloch. La escena que el artista captó en su imaginación y que luego, con el toque de la mano del Maestro, traspasó al lienzo, representaba a Elisabet, esposa de Zacarías, que recibía a María, la madre de Jesús. Ambas darían luz a varones: serían nacimientos milagrosos.

Al hijo que le nació a Elisabet se le llegó a conocer como Juan el Bautista. Tal como en el caso de Jesús, el hijo de María, lo mismo ocurrió con Juan: poco y valioso es lo que se registra sobre sus años de adolescencia. Todo lo que sabemos de la vida de Juan, desde su nacimiento hasta su ministerio público, lo encierra una sola frase: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (1).

El mensaje de Juan era breve; predicaba en cuanto a la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión y el otorgamiento del Espíritu Santo por medio de una autoridad superior a la que él poseía. “Yo no soy el Cristo”, declaró a sus fieles discípulos, “sino que soy enviado delante de él” (2). “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo… él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (3).

Luego ocurrió el bautismo de Cristo por Juan el Bautista. Más tarde, Jesús testificó: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (4).

Todos los que vivimos en el mundo de hoy necesitamos puntos de referencia, o sea, modelos que debemos seguir. Juan el Bautista nos proporciona un ejemplo perfecto de verdadera humildad, ya que él siempre se sometió a Aquel que habría de seguirle: el Salvador de la humanidad.

El aprender acerca de aquellos que confiaron en Dios y siguieron Sus enseñanzas nos ayuda a percibir el Espíritu que nos dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (5). Ellos fueron bendecidos al guardar sus mandamientos con firmeza y al confiar en Él. Si seguimos el ejemplo de ellos, nosotros también seremos igualmente bendecidos en nuestros días y época. Cada uno se convierte en un modelo que debemos seguir.

A todos nos gusta el hermoso relato de Abraham e Isaac que se encuentra en la Biblia. Cuán terriblemente difícil debió haber sido para Abraham, en obediencia al mandamiento de Dios, tomar a su amado Isaac y llevarlo a la tierra de Moriah, para presentarlo allí como holocausto. ¿Se imaginan el tormento de su corazón mientras juntaba la leña para el fuego y emprendía la jornada al lugar señalado? No hay duda del dolor que le habrá agobiado el cuerpo y torturado la mente al atar a Isaac, ponerlo sobre el altar y estirar el brazo para tomar el cuchillo con el que mataría a su hijo. ¡Qué gloriosa sería la declaración y con cuánto asombro la recibiría! “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (6).

Abraham reúne los requisitos como modelo de obediencia intachable.

Si alguno de nosotros piensa que no le es posible superar sus dificultades, lea entonces acerca de Job, ya que al hacerlo, sentirá que podrá decir: “Si Job pudo soportarlo y superarlo, yo también”.

Job era un “hombre perfecto y recto temeroso de Dios y apartado del mal” (7). Job, hombre piadoso y próspero, habría de enfrentar una prueba que habría destruido a cualquiera. Habiendo sido despojado de sus posesiones, menospreciado por sus amigos, afligido por su sufrimiento, destrozado por la pérdida de su familia, le fue dicho: “Maldice a Dios, y muérete” (8). Resistió esa tentación, y desde lo profundo de su alma noble, declaró: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (9). “Yo sé que mi Redentor vive” (10).

Job se convirtió en el modelo de paciencia sin límite. Hasta hoy en día decimos que los que han sufrido mucho tienen “la paciencia de Job”. Él nos proporciona un ejemplo que todos debemos emular.

Un “varón justo,… perfecto en sus generaciones”, uno que “con Dios caminó” (11) era el profeta Noé. Habiendo sido ordenado al sacerdocio a temprana edad, “se convirtió en predicador de la rectitud y declaró el Evangelio de Jesucristo, enseñando fe, arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo” (12). Exhortó que el no dar oídos a su mensaje traería inundaciones sobre aquellos que escucharan su voz y que, aun así, no obedecieran sus palabras.

Noé obedeció el mandato de Dios de construir un arca para que él y su familia se librasen de la destrucción; obedeció las instrucciones de Dios de poner en el arca un par de toda criatura viviente, a fin de que también se salvasen de las aguas. Seguir leyendo

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Dones de paz

Devocional de Navidad de 2016

Dones de paz

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia



Estoy agradecido por estar con ustedes en esta celebración de Navidad. Nuestro propósito es honrar al Señor, Jesucristo. Nuestra esperanza es que captemos el verdadero espíritu de la Navidad, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos. Ese espíritu se caracteriza por la paz, no la paz política, ya que el Salvador nació en una época de tanto temor y agitación que su familia tuvo que huir como refugiados a Egipto; no la paz económica, ya que Él nació en un establo y fue recostado en un humilde pesebre; y ni siquiera la paz que se siente cuando todos los regalos están envueltos, los árboles decorados y la mesa puesta, ya que esa paz es solo momentánea. La paz de la Navidad es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”(1). Es la paz que el apóstol Pablo prometió que “[guardaría nuestros] corazones y [nuestros] pensamientos en Cristo Jesús”(2). Y Pablo tenía razón. Esa paz que buscamos se logra mediante Jesucristo y a causa de Él.

Algunos de nosotros vivimos en entornos hermosos y pacíficos, sin embargo, estamos pasando por una agitación interna. Otros sienten paz y serenidad perfecta en medio de grandes pérdidas, tragedias y pruebas personales constantes.

A todos los que han venido a la Tierra, el Señor dijo: “En el mundo tendréis aflicción”(3). Sin embargo, dio esta maravillosa promesa a Sus discípulos durante Su ministerio terrenal: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da”(4). Es un consuelo saber que esta promesa de paz personal continúa hoy día para todos Sus discípulos del convenio.

Es una promesa que se dio incluso la misma noche de Su nacimiento. Cuando los mensajeros celestiales anunciaron el nacimiento del Salvador, declararon: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”(5).

En esta bendita temporada del año, buscamos —más que nunca— la paz a través del Dador de todos los dones. Esta noche deseo compartir solo algunas de las muchas maneras en que podemos aumentar la paz que sentimos en esta temporada, durante el año que está por venir y durante toda nuestra vida.

Primero, al igual que los ángeles que cantaron durante la noche de Su nacimiento, podemos sentir paz al celebrar a nuestro Salvador, Jesucristo. Podemos decir: “… venid [y] adoremos” (6).

La Navidad es la celebración de un nacimiento. Todos hemos sentido la maravilla de ver a un niño recién nacido. Sentimos humildad al ver el milagro de los rasgos delicados y de la promesa del futuro. Sentimos ternura. Sentimos gratitud. Sentimos paz; y llega a nuestro corazón un sentimiento de amor que nos hace querer dar y ser amables al recordar a la persona cuyo nacimiento celebramos, porque la Navidad es la celebración de un nacimiento como ningún otro. El nacimiento de Jesús lo habían previsto los profetas de Dios durante siglos. Ese nacimiento fue el cumplimiento de una promesa que nos hizo un amoroso Padre Celestial en el mundo de los espíritus. Fue el nacimiento del Mesías prometido.

Las palabras vuelven del recuerdo y se anidan en mi corazón cada temporada navideña. En mi mente oigo las voces gozosas de un gran coro que canta: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”(7).

La primera vez que recuerdo oír esas palabras fue cuando me encontraba sentado en el balcón del Tabernáculo de Salt Lake. Un coro entonaba la música de Handel. Recuerdo que sentí algo en mi corazón. En aquel entonces yo era joven: ahora soy mayor, y sé lo que fue esa sensación. Fue el Espíritu Santo, cuya compañía se me había concedido cuando tenía ocho años de edad. El Espíritu le confirmó a mi corazón que las palabras que se cantaron esa noche eran verdaderas.

El bebé que nació en Belén hace mucho tiempo fue y es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre. Aquellos que se arrodillaron ante Él fueron a adorar al Salvador. Él era el Cordero de Dios, enviado para quebrantar los lazos de la muerte por medio de Su sacrificio expiatorio. Él vino con el poder de soportar nuestras penas y nuestra angustia para que supiera cómo socorrernos; y Él nació para expiar todos nuestros pecados como solo Él podía hacerlo:

De tu trono has bajado
y la muerte conquistado
para dar al ser mortal
nacimiento celestial.
Escuchad el son triunfal(8).

El sentimiento que tuve en el balcón del Tabernáculo aquella noche fue de fe y esperanza. Sentí fe porque a causa de que “un niño nos [fue] nacido”, podía tener esperanza en que la muerte no sería el final. Sería resucitado, y a todos los hijos del Padre Celestial les sería quitado el aguijón de la muerte. Seguir leyendo

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El don del Espíritu Santo

Devocional de Navidad de 2016
El don del Espíritu Santo
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia de los Hombres Jóvenes

 

Hermanos y hermanas, es una gran bendición reunirme con ustedes esta noche.

Tres semanas a partir de hoy, será el día de Navidad. Esa mañana, millones de niños se levantarán a una hora poco razonable y en un interesante cambio de papeles, ellos arrastrarán a sus padres fuera de la cama, llenos de expectativa, se reunirán alrededor de los regalos a los que han estado mirando por días.

A mi padre le encantaba la Navidad; dar regalos lo llenaba de mucha alegría, y él y mi madre eran muy buenos para ello. Mis hermanos y yo, así como muchas otras personas, fuimos los beneficiarios de su don. Algunos de sus mejores regalos no eran tangibles: eran experiencias que desarrollaron lazos de amor y recuerdos preciados; esos recuerdos todavía me dan alegría hoy.

Parece apropiado que dar y recibir regalos es una parte central de la Navidad. Después de todo, estamos celebrando el inigualable regalo del Hijo de Dios, el Salvador Jesucristo. Por supuesto, los regalos que nos damos entre nosotros nunca se compararán con ese regalo, pero creo que el gozo de dar y recibir regalos puede volver nuestro corazón hacia los regalos o “dones de Dios”(1).

El preciado regalo del Hijo de Dios nos invita a cada uno de nosotros a encontrar “la paz en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero”(2). La paz puede parecer esquiva en un mundo donde el conflicto y la división se intensifican, pero esa paz es exactamente lo que nuestro amoroso Padre y Su Hijo nos ofrecen a cada uno de nosotros, si solo la recibimos.

Imagínense lo extraño que sería si, en la mañana de Navidad, nos sentáramos alrededor del árbol de Navidad, admiráramos los regalos maravillosamente envueltos, habláramos de lo que podría haber dentro de ellos y luego continuáramos nuestro día ¡sin abrir los regalos!

Por desgracia, eso es lo que a veces hacemos con los dones de Dios para nosotros. Consideren estas palabras del Salvador: “¿… en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”(3).

Esta noche deseo invitar a cada uno de nosotros a reflexionar sobre la forma en que realmente podemos recibir los dones que Dios nos ha ofrecido. En concreto, deseo centrarme en el don ilimitado del Espíritu Santo. Mientras lo hago, ruego que el Espíritu Santo nos ayude a entender el significado de ese don, nos enseñe lo que podemos hacer para recibirlo más plenamente y nos de la gracia para actuar sobre lo que sentimos.

¿Por qué es el Espíritu Santo un don tan deseado?

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Él es el Consolador(4), un guía(5), un maestro(6), un santificador(7) y, por tanto, el que cambia los corazones humanos(8). Por medio de Él, podemos recibir los poderes y atributos de Dios en nuestra vida.

Ustedes recuerdan algunos de esos atributos: “amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre [y] templanza”(9) Eso me parece una buena descripción de lo que a menudo se llama “el espíritu navideño”. Las promesas de los ángeles de “nuevas de gran gozo” y “paz, buena voluntad para con los hombres”(10) de esa primera noche de Navidad se cumplen, en parte, cuando recibimos el Espíritu Santo. Seguir leyendo

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La plenitud del relato de la Navidad

Devocional de Navidad de 2016

La plenitud del relato de la Navidad

Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta



La Navidad inspira sentimientos de ternura, gozo y amor, y, como cualquier padre o madre puede confirmar, hay sentimientos semejantes que comúnmente acompañan el nacimiento de cada recién nacido. Por supuesto que el nacimiento de Cristo fue diferente a cualquier otro. Los preciados detalles —el viaje a Belén, el mesón abarrotado de gente, el humilde pesebre, la estrella nueva y los ángeles ministrantes— hacen del relato de Su nacimiento algo extraordinario. Sin embargo, el relato del nacimiento del Salvador representa solo una parte de por qué sentimos el Espíritu durante la época navideña. La Navidad no es solo la celebración de cómo vino Jesús al mundo, sino también del conocimiento de quién es Él —nuestro Señor y Salvador Jesucristo— y de por qué vino.

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Gracias a que Él vino a la tierra, … [podemos tener] alegría y felicidad en la vida y paz cada día del año… Debido a que Él vino, nuestra existencia mortal tiene sentido”(1).

El Primogénito del Padre
Ese sentido se torna más claro cuando consideramos la totalidad de la historia de la Navidad. Tal como el presidente Gordon B. Hinckley explicó: “No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección”(2).

Ni el nacimiento de Jesús en Belén es el comienzo de la historia, ni el Calvario es el final. Las Escrituras enseñan que Él estaba “en el principio… con Dios”(3) en el Concilio preterrenal de los cielos. Nosotros también estábamos allí, donde lo conocíamos como Jehová, el Primogénito de nuestro Padre Eterno(4). Supimos que Él desempeñaría la función central como Creador y Redentor del mundo. Nos regocijamos al aceptar el gran Plan de Felicidad(5). Aunque hubo algunos que se rebelaron contra el plan de Dios, nosotros estuvimos entre quienes depositaron su fe en Jesucristo. Aceptamos de buena gana los peligros de la vida mortal porque teníamos confianza en que Jesús cumpliría la voluntad del Padre; en que mediante Él seríamos salvos.

El nacimiento del Hijo Unigénito de Dios
Aquí en la tierra, el recuerdo de nuestra vida anterior está cubierto por un velo de olvido. Nuestro propósito al venir a la tierra era aprender que “por fe andamos, no por vista”(6).

Para fortalecer esa fe, Dios envió a los profetas que previeron y predijeron la venida del Mesías prometido. Uno de ellos fue Nefi, que vio en visión un árbol que era sumamente bello y blanco. Cuando pidió conocer la interpretación de la visión, se le mostró la ciudad de Nazaret y a María, una virgen que era la más hermosa y pura. El ángel que visitó a Nefi le hizo entonces esta pregunta tan significativa: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?”. En otras palabras, “¿Entiendes por qué Dios mismo vendrá al mundo; por qué condescenderá por debajo de todas las cosas?”. La respuesta de Nefi fue un tanto vacilante: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas”.

Entonces el ángel dijo: “La virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios”. Nefi vio a María, quien sostenía en brazos a un niño, y el ángel exclamó con gozo: “¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!”. De repente, el significado del árbol —y la razón por la que celebramos el nacimiento de Cristo— quedaron más claros para Nefi. Este dijo: “Es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas”. “Sí”, añadió el ángel, “y el de mayor gozo para el alma”(7).

Finalmente, unos seiscientos años después de la visión de Nefi, llegó el día esperado y profetizado por tanto tiempo. Jesús atravesó el velo y entró en el mundo como un indefenso bebé, aunque no fue semejante a ningún otro niñito. El Hijo Primogénito de Dios en el espíritu llegó a ser Su Hijo Unigénito en la carne. ¡Ese niño, que había nacido en las más humildes circunstancias, cargaría sobre Sus hombros la salvación de la familia eterna de Dios! Ciertamente, “pueblecito de Belén”, aquella noche “en tus calles [brilló] la luz de redención que da… la eterna salvación”(8).

Pero la historia, por supuesto, no culmina allí. Aunque el nacimiento del Salvador fue milagroso, había milagros mayores por venir.

En los asuntos del Padre
Sabemos muy poco sobre los primeros años de Jesús. Se nos dice que “crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres”(9). Para los doce años de edad, el deseo que expresaba era estar “en los asuntos de [Su] Padre”(10). Dichos asuntos eran manifestar al mundo “el grande y maravilloso amor” del Padre hacia Sus hijos(11).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, … para que el mundo sea salvo por él”(12).

Los asuntos de Su Padre eran “[andar] haciendo bienes”(13). Era una obra compasiva: “Sanar a los enfermos, levantar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan”(14).

Los asuntos de Su Padre eran abrir los ojos de nuestra fe, avivar nuestras facultades espirituales y sanar nuestros dolores, orgullo, enfermedades y pecados; eran “[socorrernos]… [en nuestras] debilidades”. Para lograrlo, Jesús sufrió voluntariamente dolores, rechazo, aflicciones y tentaciones de todas clases(15).

Los asuntos de Su Padre eran ayudarnos a cumplir con nuestro propósito en la tierra; “[hacernos] más dignos” para que vivamos con Él en “Su gran mansión”(16). En otras palabras, los asuntos de Su padre eran —y son— “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”(17). Seguir leyendo

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Anuncios proféticos del nacimiento de Cristo

Devocional de Navidad de 2016
Anuncios proféticos del nacimiento de Cristo
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 

En Navidad, los creyentes celebramos el nacimiento de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, el Padre Eterno. Como parte de este Devocional de Navidad de la Primera Presidencia que establece el patrón para nuestra celebración, hablaré de las profecías de Su nacimiento.

Ningún anuncio fue más significativo que la aparición del ángel a María.

“Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.
“Y he aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.
“Éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
“Y reinará en la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin” (Lucas 1: 30–33).

El nacimiento, la vida y la muerte del Hijo de Dios en la tierra eran esenciales en el plan de nuestro Padre Celestial de “[llevar] a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Antes de que la tierra fuese creada, Jesucristo fue escogido para experimentar la vida mortal y ser el Salvador necesario para llevar a cabo ese plan (véase Moisés 4:2). Al padre Adán se le mandó ofrecer sacrificios como “una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. Por consiguiente” —se le instruyó—, “harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:7–8).

En el libro de Moisés leemos además la explicación que Dios da de este, Su “plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito, el cual vendrá en el meridiano de los tiempos” (Moisés 6:62). Dios el Padre nos mandó arrepentirnos y ser bautizados en el nombre de Su “Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres” (Moisés 6:52).

Isaías, un gran profeta del Antiguo Testamento, anunció el futuro nacimiento del Mesías: “… el Señor mismo os dará señal” —declaró—: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

Isaías también declaró:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
“El aumento de su dominio y la paz no tendrán fin, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Isaías 9:6–7).

El nacimiento de Cristo también les fue revelado a los profetas del Libro de Mormón. Seiscientos años antes del nacimiento del Salvador, Lehi enseñó que Dios levantaría entre los judíos “un Mesías, o, en otras palabras, un Salvador del mundo” (1 Nefi 10:4).

El profeta Abinadí proclamó:

“… ¿no les profetizó Moisés concerniente a la venida del Mesías, y que Dios redimiría a su pueblo? Sí, y aun todos los profetas que han profetizado desde el principio del mundo, ¿no han hablado ellos más o menos acerca de estas cosas?
“¿No han dicho ellos que Dios mismo bajaría entre los hijos de los hombres, y tomaría sobre sí la forma de hombre, e iría con gran poder sobre la faz de la tierra?” (Mosíah 13:33–34).

El profeta Nefi registró que un ángel le mostró a una virgen en la ciudad de Nazaret, diciendo: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne” (1 Nefi 11:18).

“Y aconteció” —escribió Nefi— “que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!
“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.
“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:19–21; véase también Alma 7:9–10). Seguir leyendo

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A los hombres del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2002
A los hombres del sacerdocio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Ustedes, los hombres que poseen este preciado sacerdocio, líguenlo a sus propias almas. Sean dignos de él en todo momento y en toda circunstancia.

Ahora, mis amados hermanos, les hablo con el deseo de brindar ayuda. Ruego que el Espíritu del Señor me guíe.

No necesito decirles que nos hemos convertido en una Iglesia muy grande y compleja. Nuestro programa es tan amplio y nuestro alcance tan extenso que es difícil de comprender. Somos una Iglesia de liderazgo laico. ¡Qué extraordinario y maravilloso es eso! Y así debe permanecer; nunca debe moverse hacia la dirección de un extenso clérigo remunerado. Pero sabemos que la carga administrativa sobre nuestros obispos y presidentes de estaca, al igual que sobre algunos otros, es muy pesada. El estar al tanto de ello ha llevado a la Presidencia y a los Doce a realizar varias reuniones, algunas de ellas largas e interesantes, en las que, en efecto, hemos desarmado la Iglesia y la hemos vuelto a armar. Nuestro objetivo ha sido ver si había algunos programas de los que pudiéramos prescindir. Pero al analizarlos, no hemos visto mucho que se pudiera eliminar. El eliminar uno es como desprenderse de un hijo, y nadie tiene el corazón para hacerlo. Pero quiero asegurarles que estamos al tanto de la carga que llevan y del tiempo que dedican. En esta reunión del sacerdocio quiero mencionarles unos pocos puntos que hemos analizado. Creo que se darán cuenta de que hemos hecho algún progreso, aun cuando parezca pequeño.

Les voy a hablar acerca de diversos puntos.

Hemos tomado la decisión, primero, de que, a partir del 1 de noviembre, la recomendación del templo permanecerá en vigencia durante dos años en lugar de uno. Eso reducirá el tiempo en que los obispos y los presidentes de estaca y sus consejeros pasan en entrevistas para las recomendaciones del templo. Claro está que, si en algún momento, alguien que posea una recomendación llega a ser indigno de ir al templo, será entonces responsabilidad del obispo o del presidente de estaca retirársela.

La experiencia, sin embargo, ha demostrado que hay muy pocos casos así; por lo que desde ahora ése será el programa, hermanos. A partir del 1 de noviembre, no importa cuál sea la fecha anotada en la recomendación, la fecha de vencimiento se extenderá por un año. Las recomendaciones se renovarán entonces cada dos años en lugar de un año como hasta ahora. Esperamos que eso sea beneficioso; estamos seguros de que lo será.

Otro punto.

El élder Ballard les ha hablado con respecto a los misioneros. Quiero decirles que apruebo lo que él ha dicho. Espero que nuestros jóvenes y jovencitas acepten el desafío que él les ha hecho. Debemos aumentar la dignidad y los requisitos de quienes van al mundo como embajadores del Señor Jesucristo.

Ahora bien, en la Iglesia tenemos una costumbre interesante. A los misioneros que salen se les brinda una despedida. En algunos barrios eso se ha convertido en un problema. Entre los misioneros que se van y los que regresan, la mayoría de las reuniones sacramentales están dedicadas a despedidas y bienvenidas.

Nadie más en la Iglesia tiene una despedida cuando comienza un servicio en particular. Nunca tenemos una reunión especial de despedida para un obispo recién llamado, ni para un presidente de estaca, ni para una presidenta de la Sociedad de Socorro, ni para una Autoridad General, ni para nadie que yo recuerde. ¿Por qué entonces tenemos despedidas para los misioneros?

La Primera Presidencia y los Doce, después de mucha oración y consideración minuciosa, han llegado a la decisión de que el programa actual de despedida misional debe modificarse.

Al misionero que sale debe dársele la oportunidad de hablar en la reunión sacramental durante 15 o 20 minutos. Pero los padres y hermanos no serán invitados a hacerlo. Podrá haber dos o más misioneros que hablen en el mismo servicio. La reunión estará totalmente a cargo del obispo y no habrá arreglos por parte de la familia. No habrá números musicales especiales ni nada por el estilo. Seguir leyendo

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Paz, cálmense

Conferencia General Octubre 2002
Paz, cálmense
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

Sus palabras en las sagradas Escrituras son más que suficiente: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.

Los cantos del coro de jóvenes esta noche han avivado mi mente y me han hecho recordar las canciones que cantaba de niño. Solíamos entonar con entusiasmo:

Pon tu hombro a la lid con fervor,
haz tu obra con afán y amor,
hay que luchar y trabajar.
Pon tu hombro a la lid (1).

Teníamos una directora de coro que enseñaba a cantar a los muchachos. Teníamos que cantar. La hermana Stella Waters movía la batuta a escasos centímetros de nuestras narices y marcaba el ritmo dando unos golpes tan fuertes con el pie que hacía crujir el suelo.

Si cantábamos de forma aceptable, la hermana Waters nos dejaba cantar uno de nuestros himnos favoritos que, inevitablemente, siempre era:

Cristo, el mar se encrespa,
y ruge la tempestad.
Obscuros los cielos se muestran,
terribles y sin piedad.
¿No te da pena el vernos?
¿Puedes aún dormir
cuando el mar amenaza sumirnos
en vasta profundidad?

Y entonces venía el estribillo reconfortante:
Las olas y vientos oirán Tu voz:

“¡Cálmense!”
Sean los mares que rujan más,
o diablos que bramen con fuerte clamor,
las aguas al barco no dañarán
del Rey de los cielos y de la mar.
Mas todos ellos se domarán.
“¡Cálmense!” “¡Cálmense!”
Mas todos ellos se domarán.
“¡Paz, cálmense!” (2)

Siendo niño, podía comprender más o menos el peligro de un mar azotado por la tormenta; sin embargo, mi entendimiento de otros demonios que pueden estar al acecho en nuestra vida, que pueden destruir nuestros sueños, ahogar nuestra dicha y desviarnos de nuestro camino hacia el reino celestial de Dios era algo menor.

La lista de demonios destructivos es interminable y cada hombre, joven o anciano, conoce aquellos contra los que debe luchar. Nombraré sólo unos pocos:

El Demonio de la Avaricia; el Demonio de la Falta de Honradez; el Demonio de la Deuda; el Demonio de la Duda; el Demonio de las Drogas; y los demonios gemelos de la Inmodestia y la Inmoralidad. Cada uno de estos demonios puede causar daños terribles a nuestra vida, y varios de ellos juntos pueden conducirnos a la destrucción.

Referente a la avaricia, Eclesiastés nos aconseja cautela: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto” (3).

Jesús aconsejó: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (4).

Debemos aprender a separar la necesidad de la avaricia.

Cuando hablamos del demonio de la falta de honradez, podemos hallarlo en una variedad de lugares. Uno de éstos es la escuela. Evitemos copiar, mentir, sacar partido de los demás o cualquier cosa parecida. Dejemos que la integridad sea nuestra norma.

Cuando tengan que tomar una decisión, no se pregunten: “Qué pensarán los demás?”; sino más bien: “¿Qué pensaré de mí mismo?”.

Cada día somos tentados muchas veces a abrazar el demonio de la deuda. Cito el consejo del presidente Gordon B. Hinckley:

“Me preocupa la enorme deuda que pesa sobre la gente de esta nación, entre la que se encuentra nuestros propios miembros.

“Se nos engaña con la atractiva publicidad a la que estamos expuestos. Por televisión se nos comunica la tentadora invitación a pedir un préstamo de hasta el 125 por ciento del valor de nuestra casa, pero no se hace ninguna mención del interés que hay que pagar…

“Naturalmente, reconozco que quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio esté dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesarán sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años” (5). Seguir leyendo

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Creo que puedo y sabía que podía

Conferencia General Octubre 2002
Creo que puedo y sabía que podía
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

Aunque no todos tenemos la misma experiencia, aptitudes y fortaleza… todos seremos considerados responsables por el uso de los dones y de las oportunidades que se nos hayan dado.

Mis queridos hermanos del santo sacerdocio, al hablar en esta ocasión a esta vasta audiencia, ruego por su comprensión. Como Presidente de la Iglesia, el presidente Gordon B. Hinckley ha logrado llevar a cabo un número insuperable de tareas. Sin embargo, una vez fue un joven poseedor del Sacerdocio Aarónico como muchos de ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, que serán los futuros líderes de la Iglesia. En esta oportunidad, deseo dirigir mis palabras principalmente a ustedes. Es importante que comprendan que el éxito —tanto en forma personal como para la Iglesia— dependerá de la determinación que tengan de llevar a cabo la obra del Señor. Cada uno de ustedes debe tener fe y confianza para seguir adelante.

A todo hombre y joven que me escucha esta noche se le ha confiado el poder más grande de la tierra: el santo sacerdocio de Dios; éste es el poder de actuar rectamente en el nombre del Señor con el fin de edificar el reino de Dios en la tierra. Les recuerdo que “los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (1). El sacerdocio es una comisión divina y el Señor nos hará responsables del uso que hagamos de esa extraordinaria autoridad.

Oí por primera vez la maravillosa historia de La pequeña locomotora que sí pudo cuando tenía unos diez años de edad. De niño me fascinaba este relato porque los vagones del tren estaban llenos de animales, de payasos de juguete, de cortaplumas, de rompecabezas, de libros y de cosas deliciosas para comer. Sin embargo, la máquina que tiraba del tren se estropeó al comenzar a subir la montaña. El cuento dice que llegó una locomotora grande de un tren pasajeros y que, cuando se le pidió que tirara de los vagones para pasar la montaña, se negó porque no quería rebajarse y tirar de un tren pequeño. Pasó otra locomotora, pero tampoco quiso rebajarse a ayudar al pequeño tren porque era una locomotora de carga. Se acercó una locomotora vieja, pero no quiso ayudar porque, dijo: “Estoy muy cansada… No puedo. No puedo. No puedo”.

Entonces, una pequeña locomotora azul pasó por la vía y también se le pidió que tirara de los vagones hasta el otro lado de la montaña, donde se encontraban los niños. La pequeña locomotora respondió: “No soy muy grande… y sólo me utilizan para cambiar los vagones de la estación. Nunca he pasado la montaña”. Pero le preocupaba que los niños que se encontraban al otro lado se desilusionaran al no recibir las cosas hermosas que había en los vagones; por lo que dijo: “Creo que puedo. Creo que puedo. Creo que puedo”. Y se enganchó al pequeño tren. “Piiiiiii. Chucu, chucu, hizo la Pequeña Locomotora Azul. ‘Creo que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo’ ”. Con esa actitud, la pequeña locomotora llegó a la cima de la montaña y comenzó a descender hacia el otro lado diciendo: “Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía” (2).

En ocasiones se nos llama para que nos esforcemos y hagamos más de lo que pensamos que podemos hacer. Recuerdo un comentario del presidente Theodore Roosevelt: “Soy sólo un hombre corriente pero, ¡caramba!, ¡trabajo más que un hombre corriente!” (3). Desarrollamos nuestros talentos cuando pensamos en primer lugar que podemos hacerlo. Todos conocemos la parábola de los talentos. El Maestro dio a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, “a cada uno conforme a su capacidad…

“Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.

“Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.

“Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor”.

Después de mucho tiempo, el Maestro pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos informó que había ganado otros cinco talentos, y recibió un reconocimiento: “…sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré”. El que recibió dos talentos, ganó otros dos y también recibió la promesa de un dominio más grande. Pero el que había recibido un talento, lo devolvió diciendo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; Seguir leyendo

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La generación más grandiosa de misioneros

Conferencia General Octubre 2002
La generación más grandiosa de misioneros
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

Les suplicamos a ustedes, nuestros jóvenes del Sacerdocio Aarónico, que se superen, que estén a la altura de lo que pueden llegar a ser y que estén plenamente preparados para servir al Señor.

En una de las historias más poderosas e instructivas del Libro de Mormón, el pueblo de Ammón había hecho convenio de nunca volver a tomar armas para derramar sangre humana. Mas “cuando vieron el peligro, y las muchas aflicciones… que los nefitas padecían por ellos, se llenaron de compasión y sintieron deseos de tomar las armas en defensa de su país” (Alma 53:13). Helamán y sus hermanos los persuadieron a honrar el convenio que habían hecho con el Señor.

El relato de las Escrituras no nos dice quién señaló primeramente que sus hijos no habían hecho el mismo convenio que sus padres, pero me gusta pensar que fue uno de los jóvenes quien sugirió la posibilidad de que a él y a sus compañeros se les permitiera “portar armas… y… [llamarse] nefitas.

“E hicieron un convenio de luchar por la libertad de los nefitas, sí, de proteger la tierra hasta con su vida” (Alma 53:16–17).

Ése era un cometido extraordinario para un grupo de 2.000 jóvenes, pero ellos eran extraordinarios. De acuerdo con el registro de las Escrituras, eran “sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad; mas he aquí, esto no era todo; eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada.

“Sí, eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él” (Alma 53:20–21).

El resto de la historia nos cuenta que esos jóvenes pelearon con valentía contra el ejército lamanita compuesto de hombres mucho mayores y de más experiencia. Según su líder, Helamán, “combati[eron] como con la fuerza de Dios… y con tanto ímpetu cayeron sobre los lamanitas, que los llenaron de espanto; y por esta razón los lamanitas se rindieron como prisioneros de guerra” (Alma 56:56).

¡Imagínense! Esos jóvenes inexpertos estaban tan preparados espiritual y físicamente, y eran tan poderosos, que espantaron a sus enemigos ¡al grado de que se rindieron! Aun cuando en un momento dado todos los 2.000 jóvenes fueron heridos en la batalla, ninguno murió (véase Alma 57:25). Cito de nuevo a Helamán: “Y lo atribuimos con justicia al milagroso poder de Dios, por motivo de su extraordinaria fe en lo que se les había enseñado a creer: que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, sería preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26).

Hermanos, en la actualidad estamos peleando una batalla que en muchos aspectos es más arriesgada y más peligrosa que la batalla que se libró entre nefitas y lamanitas. Nuestro enemigo es astuto y hábil. Estamos peleando contra Lucifer, el padre de todas las mentiras, el enemigo de todo lo que es bueno, correcto y santo. Verdaderamente vivimos en el tiempo del cual profetizó el apóstol Pablo, en que “habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,

“sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
“…amadores de los deleites más que de Dios,
“que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:2–5).

¿No les parece eso familiar, hermanos? A mí me parece como lo que se ve en la televisión por la noche, en las horas de mayor audiencia.

Vivimos en “tiempos peligrosos”. Nuestra lucha es literalmente por las almas de los hombres. El enemigo es implacable y despiadado. Está tomando prisioneros eternos a un ritmo alarmante, y no hay señales de que esté aminorando sus esfuerzos.

Si bien estamos profundamente agradecidos por los muchos miembros de la Iglesia que hacen grandes cosas en la batalla por la verdad y el bien, debo decirles honradamente que no es suficiente. Necesitamos mucha más ayuda. Y tal como el pueblo de Ammón acudió a sus hijos para obtener refuerzos para la guerra en contra de los lamanitas, así acudimos nosotros a ustedes, mis jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico. Les necesitamos. Al igual que los 2.000 jóvenes guerreros de Helamán, ustedes también son hijos espirituales de Dios y pueden ser investidos con poder para edificar y defender Su reino. Necesitamos que hagan convenios sagrados, así como ellos lo hicieron. Necesitamos que sean meticulosamente obedientes y fieles, tal como ellos lo fueron.

Lo que actualmente necesitamos es la generación más grandiosa de misioneros que haya existido en la historia de la Iglesia. Necesitamos misioneros dignos, capacitados y vigorosos espiritualmente que, al igual que los 2.000 jóvenes guerreros de Helamán, sean “sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad” y que sean “en todo momento… fieles a cualquier cosa que les [sea] confiada” (Alma 53:20).

Escuchen esas palabras, mis hermanos jóvenes: Valientes. Intrepidez. Vigor. Actividad. Fieles. No necesitamos jóvenes espiritualmente débiles y que estén comprometidos sólo a medias; no necesitamos que simplemente llenen un puesto, sino que necesitamos todo su corazón y toda su alma. Necesitamos misioneros vibrantes, inteligentes y fervientes que sepan escuchar y responder a los susurros del Santo Espíritu. Éste no es el momento para los alfeñiques espirituales; no podemos enviarles a una misión para que se reactiven, se reformen o para que obtengan un testimonio; simplemente no tenemos tiempo para eso. Queremos que estén llenos de “fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios” (D. y C. 4:5). Seguir leyendo

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El patriarca de estaca

Conferencia General Octubre 2002
El patriarca de estaca
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer

El Señor tiene un interés particular en el patriarca, quien ocupa un cargo exclusivo en la Iglesia.

Hace cincuenta y ocho años, llamé a la puerta de J. Roland Sandstrom, patriarca de la Estaca Santa Ana, California, con la recomendación de mi obispo para recibir la bendición patriarcal. No nos conocíamos y no volveríamos a encontrarnos en catorce años. Volvimos a vernos quince años después, y, en esa ocasión, como miembro de los Doce, le di una bendición el día antes de que falleciera.

Recibí la transcripción de la bendición por correo en el cuartel de la base de la fuerza aérea a la que me habían destacado. En aquel entonces yo no sabía, como lo sé ahora, que un patriarca tiene visión profética, que la bendición que me dio sería más que una guía para mí, puesto que ha sido un escudo, una protección.

La revelación indica que “es el deber de los Doce ordenar ministros evangelistas en todas las ramas grandes de la iglesia, según les sea designado por revelación” (1).

El profeta José Smith dijo: “El evangelista es un patriarca… Dondequiera que la Iglesia de Cristo se halle establecida sobre la tierra, allí debe haber un patriarca para el beneficio de la posteridad de los santos, tal como fue con Jacob cuando dio su bendición patriarcal a sus hijos” (2).

Las Escrituras hablan de tres tipos de patriarcas: los padres de familia (3), los profetas líderes de los tiempos antiguos y el patriarca de estaca, oficio al que se es ordenado en el Sacerdocio de Melquisedec (4).

El padre de familia es patriarca de su familia y puede y debe dar bendiciones de padre a sus hijos.

Hasta hace unos pocos años, todo patriarca de estaca era llamado y ordenado por un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Cuando el número de estacas aumentó, esa responsabilidad se delegó al presidente de estaca.

Al igual que los demás oficios del Sacerdocio de Melquisedec —élderes, sumos sacerdotes, setentas y apóstoles—, el patriarca de estaca es ordenado en lugar de ser apartado.

El presidente de estaca envía el nombre de un hermano al Quórum de los Doce Apóstoles. Cada nombre se tiene en cuenta detenidamente y con oración. Una vez que es aprobado, el patriarca es sostenido en una conferencia de estaca; en seguida, es ordenado. Entonces él, con percepción profética, pronunciará bendiciones sobre la cabeza de los que vayan a él con la recomendación del obispo de su respectivo barrio.

Hay una publicación titulada Información y sugerencias para patriarcas, en la que se dan instrucciones al presidente de estaca y al patriarca con respecto a este sagrado oficio. Esa publicación la trataron durante años la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce. Cada vez que se revisaba, se reducía de tamaño. Uno de los hermanos de mayor antigüedad del Quórum dijo: “Hermanos, no debemos inmiscuirnos demasiado entre el Señor y Sus patriarcas”.

Ahora pedimos a todo presidente de estaca y a todo patriarca que relea ese breve documento. Léanlo más de una vez.

Los patriarcas no solicitan dar bendiciones. Los miembros deben procurar recibir la bendición cuando se sientan inspirados a hacerlo. No hay edad determinada para recibir la bendición patriarcal. El obispo se asegura de que el miembro tenga la edad y la madurez suficientes para entender el significado y la importancia de tal bendición.

Las bendiciones patriarcales las registra y las transcribe la persona que haya sido asignada por el presidente de estaca. Esa bendición llega a ser un tesoro muy personal.

Con excepción de los familiares inmediatos, no debemos permitir que otras personas lean nuestra bendición ni debemos pedir a nadie que la interprete. Ni el patriarca ni el obispo pueden ni deben interpretarla. Seguir leyendo

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