Bienaventurados los pacificadores

Conferencia General Octubre 2002

“Bienaventurados los pacificadores”

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La paz es una virtud de importancia fundamental que debemos procurar alcanzar.

Entre los viajes más memorables de todos los que he hecho con mi familia, destacan nuestras peregrinaciones a la Tierra Santa. Las visitas que hemos hecho a esa parte del mundo nos han cambiado la vida. Pero ahora, la Tierra Santa es una caldera que hierve de agitación, y de acceso prohibido para los que quisieran ir allí en busca de alimento espiritual. Prácticamente todas las partes del mundo están plagadas de actos de terror que antes eran desconocidos. La confusión sobreviene a muchas personas que mientras ruegan por la paz encaran con temor a los que se valen de la violencia para lograr sus fines.

La paz y la contención
En las Escrituras se han profetizado los tiempos peligrosos en los que vivimos. Se ha previsto nuestra época como una etapa de “fuegos, y tempestades, y vapores de humo en países extranjeros… guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares… en que habrá grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra… y toda clase de abominaciones” (1).

Esa profecía hace eco al relato de las Escrituras de la segunda generación de la vida humana (2) sobre la tierra: “Y en aquellos días Satanás ejercía gran dominio entre los hombres y agitaba sus corazones a la ira; y desde entonces hubo guerras y derramamiento de sangre; y buscando poder, el hombre levantaba su mano en contra de su propio hermano…” (3). Desde los tiempos de Caín y Abel (4), de Esaú y Jacob (5), y de José que fue vendido para Egipto (6), las enemistades familiares han alimentado las llamas de la hostilidad.

El odio entre hermanos y vecinos ha llegado en la actualidad a reducir ciudades sagradas a urbes de dolor. Cuando pienso en la difícil situación de esos lugares, acude a mi memoria el proverbio: “Los hombres escarnecedores ponen la ciudad en llamas; mas los sabios apartan la ira” (7).

Punto de vista doctrinal
Las Escrituras dan luz tanto sobre la causa como sobre el remedio de la enfermedad del odio humano: “…el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo…” (8).

La paz prevalece sólo si se sustituye esa inclinación natural a contender con la autodeterminación de vivir a un nivel más elevado. El venir a Jesucristo que es el “Príncipe de paz” 9 es el camino que conduce a la paz en la tierra y a la buena voluntad entre los hombres (10). Él nos ha hecho la promesa: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (11).

Jesús enseñó a las personas el modo de vivir unas con otras. Él proclamó los dos grandes mandamientos; primero: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (12), y el segundo: “y a tu prójimo como a ti mismo” (13).

En seguida, añadió: “Amad a vuestros enemigos, [y] bendecid a los que os maldicen” (14).

Él enseñó la Regla de Oro: “…todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (15). Este principio se encuentra en casi todas las religiones principales. Otras personas, como por ejemplo, Confucio y Aristóteles, también lo enseñaron (16). Después de todo, el Evangelio no comenzó con el Niño de Belén. Es sempiterno. Fue proclamado en el principio a Adán y Eva. Partes del Evangelio se han conservado en diversas culturas. Aun las mitologías paganas se han engrandecido con fragmentos de la verdad de dispensaciones anteriores.

Esté donde esté y se exprese como se exprese, la Regla de Oro contiene el código moral del reino de Dios. Prohíbe el que una persona se inmiscuya en los derechos de otra. Es igualmente válida con respecto a las naciones, a las asociaciones y a las personas en forma individual. Con compasión y tolerancia, ella reemplaza el deseo de venganza del “ojo por ojo, y diente por diente” (17). Si permaneciéramos en ese viejo y infructuoso camino, estaríamos todos ciegos y sin dientes (18).

Ese concepto de tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros es fácil de comprender y lleva implícitos los valiosos atributos de cada hijo e hija de Dios (19). La Escritura pide a los padres que no consientan que sus hijos “contiendan y riñan unos con otros y sirvan al diablo, que es el maestro del pecado”, sino, dice: “les enseñaréis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro” (20).

Jesús enseñó la importancia de la reconciliación y de la resolución de las discrepancias entre las personas. Él dijo:

“…cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio…
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
“deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (21).

El Maestro de maestros nos enseñó: “perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

“Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (22).

Jesús dijo que llegaría el día del juicio y que todas las personas darán cuenta de su vida mortal y de cómo habrán tratado a las demás personas (23). Seguir leyendo

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Llamados a servir

Conferencia General Octubre 2002
“Llamados a servir”
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

Para criar a nuestras familias y servir fielmente en la Iglesia, todo ello sin correr más aprisa de lo que nuestras fuerzas nos permitan, requiere prudencia, juicio, ayuda divina e, inevitablemente, algún sacrificio.

Buenas tardes, hermanos y hermanas. Les traigo saludos de los maravillosos miembros y misioneros de Latinoamérica. Como muchos de ustedes ya saben, el élder Dallin Oaks y su esposa, y yo mismo y mi esposa hemos sido llamados a servir en las áreas de la Iglesia de Filipinas y Chile, respectivamente. Si el murmullo de las conversaciones sirve de indicación alguna, esta decisión ha demostrado ser de más interés para la Iglesia que lo que cualquiera pudiera haberse imaginado. Cualesquiera que sean sus especulaciones, me considero autorizado para asegurarles que no nos dirigimos a estos puestos de avanzada como dos de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Para aquellos que intentan buscar una “señal” en todo esto, tengan a bien verla como la señal de una Iglesia maravillosa, internacional y en crecimiento, con miembros y misioneros que se desplazan con firmeza a través de idiomas y continentes. Es un gozo conocer y servir con Santos de los Últimos Días de todas partes, de cerca y de lejos, en casa o en el extranjero, y les damos las gracias por sus oraciones y su interés en la obra.

Este tipo de servicio que prestan los Doce no es, obviamente, algo nuevo y debo decir que nuestra generación ha tenido menos dificultades en salir a prestarlo que la anterior. Lo mejor de todo es tener a la hermana Holland conmigo en vez de tener que dejarla en casa, cuidando de sí misma y de los hijos. Es más, no tuve que realizar trabajo alguno durante el camino para pagarme el pasaje a Santiago. Volamos en pocas horas hasta nuestro destino en un moderno avión en vez de tener que navegar durante semanas, e incluso meses, en la bodega de un barco. No tuve que padecer escalofríos, fiebre, paludismo, cólera ni tisis, si bien me resfrié y uno de los vuelos de conexión se retrasó una hora. Espero que esas dificultades me hagan digno de estar algún día ante Pedro, Pablo, Brigham y Wilford.

Como la mayoría de ustedes, crecí con los relatos de aquellos primeros Apóstoles que iban a Canadá, Inglaterra, Escandinavia, Europa, las Islas del Pacífico, México, Asia y demás lugares. Hace poco leí sobre la misión de Parley P. Pratt en Chile, donde la familia perdió y enterró a un hijo pequeño en Valparaíso. He leído sobre el élder Melvin J. Ballard que fue llamado a dedicar Sudamérica cuando este maravilloso continente aún era un campo misional nuevo y bastante sobrecogedor. El servicio que contribuye a la edificación de una Iglesia joven y en aumento no se solicita de forma casual ni se brinda caprichosamente. En ocasiones los obstáculos han sido enormes, y el precio a pagar elevado.

No sólo hablamos de aquellos primeros Apóstoles que partieron hacia otros lugares a servir, sino de las mujeres que los apoyaron, y que además tuvieron que sostenerse a sí mismas y a sus hijos, y quedarse en casa para criar y proteger a las familias, esa otra porción de la viña del Señor en la que tanto hincapié hace.

El día del segundo viaje de su marido a Inglaterra, Vilate Kimball estaba tan débil y temblaba tanto debido a las fiebres palúdicas, que no pudo hacer más que darle débilmente la mano a su marido cuando él fue a despedirse con lágrimas en los ojos. Su pequeño hijo David no tenía más que cuatro semanas de vida, y sólo un hijo, Heber Parley, de cuatro años, se encontraba lo bastante bien como para traer agua para el alivio de la familia. En las horas siguientes a la partida de su esposo, Vilate perdió las fuerzas y tuvo que recibir ayuda para regresar al confinamiento de su lecho.

Mary Ann Young y sus hijos estaban igualmente enfermos cuando Brigham partió con idéntica misión, y la situación económica era igualmente precaria. Una descripción conmovedora la retrata cruzando el río Mississippi en el frío invierno, pobremente vestida y temblando de frío, abrazando a su hijita mientras se dirigía a la oficina de diezmos de Nauvoo a pedir unas pocas papas. Entonces, y todavía con fiebre, emprendía el camino de regreso con el bebé cruzando el peligroso río y sin escribir jamás a su marido palabra alguna sobre esas dificultades (1).

Rara vez nos enfrentamos hoy día a circunstancias semejantes, aunque muchos misioneros y miembros todavía se sacrifican enormemente para hacer la obra del Señor. A medida que se reciben las bendiciones y la Iglesia madura, todos esperamos que el servicio nunca sea tan difícil como el que tuvieron que prestar aquellos primeros miembros; pero, tal y como cantan los misioneros de Oslo a Osorno, de Seattle a Cebú, somos “llamados a servir” (2). Para criar a nuestras familias y servir fielmente en la Iglesia, todo ello sin correr más aprisa de lo que nuestras fuerzas (3) nos permitan, requiere prudencia, juicio, ayuda divina e, inevitablemente, algún sacrificio. Desde Adán hasta el día de hoy, la fe verdadera en el Señor Jesucristo ha estado siempre unida al ofrecimiento de un sacrificio, siendo nuestro pequeño esfuerzo un símbolo de la majestuosidad de Su ofrenda (4). Con la atención volcada por entero en la Expiación de Jesucristo, el profeta José Smith enseñó que una religión que no requiera un convenio de sacrificio no puede tener el poder de cumplir la promesa de la vida eterna (5).

Permítanme compartir un ejemplo actual tanto de los retos como de las bendiciones que nos puede proporcionar el ser “llamados a servir”. Una hermana maravillosa le dijo hace poco a un querido amigo: “Quiero hablarte del momento en que dejé de resentirme por el tiempo y el sacrificio de mi esposo al ser obispo. Resultaba molesto la facilidad con la que se presentaba una ‘emergencia’ con un miembro del barrio justo cuando mi esposo y yo estábamos a punto de salir o de hacer algo especial juntos.

“Un día di rienda suelta a mi frustración y acordamos que, además de la noche de los lunes, debíamos asegurarnos otra noche de la semana para nosotros dos. Pero cuando llegó esa ‘primera noche’ y estábamos a punto de entrar en el auto para disfrutar de una tarde juntos, sonó el teléfono.

“ ‘Se trata de una prueba’, le dije sonriendo. El teléfono seguía sonando. ‘Recuerda nuestro trato, nuestra cita. Acuérdate de mí. Deja que suene el teléfono’. Para entonces ya no sonreía.

“Mi pobre esposo parecía atrapado entre el teléfono y yo. Sabía que su lealtad principal era hacia mí, y sabía también que él deseaba disfrutar de aquella noche tanto como yo, pero parecía paralizado por el timbre del teléfono.

“ ‘Será mejor que vaya y vea de qué se trata’, dijo con ojos tristes. ‘Probablemente no sea nada’.

“ ‘ Si lo haces habrás arruinado nuestra cita’, grité. ‘Estoy segura’.

“Me apretó la mano y dijo: ‘Volveré enseguida’, y salió disparado a contestar el teléfono.

“Como mi esposo no regresó al auto de inmediato, supe qué estaba pasando. Salí del vehículo, entré en la casa y me fui a la cama. A la mañana siguiente se disculpó quedamente, yo acepté sus disculpas con una quietud aún mayor, y ahí quedó todo.

“O eso creía yo. Me percaté de que aquel hecho seguía molestándome semanas después. No culpaba a mi esposo, sin embargo seguía molesta. El recuerdo aún se conservaba fresco cuando se me acercó una hermana del barrio a la que apenas conocía. Muy vacilante, me preguntó si podía hablar conmigo. Me dijo que pensaba que se había enamorado de un hombre que parecía traer mucho ánimo a su vida monótona; ella, que estaba casada con un hombre que trabajaba a jornada completa y asistía a numerosas clases en la universidad. Su apartamento era como una prisión. Tenía niños pequeños muy exigentes, ruidosos y agotadores. Y dijo: ‘Tuve la grande tentación de abandonar lo que consideraba mi estado desdichado e irme con aquel hombre. Mi situación era tal que sentía ser merecedora de algo mejor que lo que tenía. Mi raciocinio me llevó a pensar que podía alejarme de mi esposo, de mis hijos, de mis convenios del templo y de mi Iglesia, y hallar la felicidad con un extraño’.

“Y añadió: ‘Todo estaba listo y habíamos acordado la hora de mi huida. Pero, en un último vestigio de cordura, la conciencia me dijo que llamara a su esposo, mi obispo. Digo conciencia, pero sé que fue una impresión espiritual directa del cielo. Llamé casi contra mi voluntad. El teléfono sonaba, sonaba y sonaba. Mire cómo me hallaba mentalmente, que me dije: “Si el obispo no contesta, será una señal de que debo seguir adelante con el plan”. El teléfono seguía sonando y estaba a punto de colgar y dirigirme directamente hacia mi destrucción, cuando entonces oí la voz de su esposo, la cual penetró mi alma como un rayo. De repente me hallé sollozando y diciendo: “Obispo, ¿es usted? Tengo problemas y necesito ayuda”. Su esposo vino a ayudarme y hoy día estoy bien gracias a que él respondió al teléfono.

“ ‘Pienso en ello y me doy cuenta de que me sentía cansada y tontamente vulnerable. Amo a mi esposo y a mis hijos con todo mi corazón. No puedo imaginarme la tragedia que sería mi vida sin ellos. Nuestra familia aún está pasando por momentos difíciles; todo el mundo los tiene. Pero hemos hablado sobre esos asuntos y el futuro parece prometedor; siempre termina siéndolo’. Y añadió: ‘No le conozco bien, pero deseo darle las gracias por apoyar a su esposo en su llamamiento. Desconozco cuál habrá sido el precio de ese servicio para usted o sus hijos, pero si algún día hay algún coste particularmente personal, sepa cuán eternamente agradecida estaré por el sacrificio que personas como usted hacen para ayudar a rescatar a gente como yo’ ”.

Hermanos y hermanas, entiendan que yo soy uno de los que predica de manera enfática una expectativa más razonable y realista de lo que nuestros obispos y otros líderes pueden hacer. Pienso particularmente que uno de los problemas más graves de la sociedad actual reside en la amplia gama de exigencias cívicas, profesionales y de otra índole que hacen que los padres, y en especial las madres, salgan del hogar donde se están criando los hijos. Y dado que soy un categórico partidario de que los cónyuges y los hijos se merecen disfrutar de un tiempo sagrado y dedicado con el esposo o el padre, nueve de cada diez veces estarían de acuerdo con la esposa que dijo a su marido que no respondiera al teléfono. Pero me siento agradecido, como también se sintió aquella joven, de que en aquella ocasión, ese buen hombre siguiera las impresiones del Espíritu y contestara a su “llamada”, en este caso, su “llamado a servir”.

Testifico del hogar, de la familia y del matrimonio, las posesiones humanas más preciadas de nuestra vida. Testifico de la necesidad de protegerlas y preservarlas mientras encontramos el tiempo y la forma de servir fielmente en la Iglesia. Espero que estas prioridades estén en conflicto sólo en contadas excepciones, cuando en una hora, un día o una noche de crisis, el deber y una impresión espiritual requieren de nuestra respuesta. En estas circunstancias, rindo tributo a cada esposa que ha tenido que sentarse sola mientras se enfriaba la cena, a todo esposo que ha tenido que prepararse su propia cena (aunque con él de cocinero estaba destinada a enfriarse de todos modos), y a cada niño que haya sufrido la decepción de tener que posponer una acampada o de que alguno de sus padres no haya ido a verle jugar un partido (¡y espero que esto no ocurra con demasiada frecuencia!). Rindo tributo a cada presidente de misión, su esposa e hijos, a cada matrimonio llamado a servir con ellos, y a todos los demás que por un periodo de tiempo se pierden los nacimientos y los bautismos, las bodas y los funerales, el estar con la familia y tener experiencias divertidas como respuesta a un “llamado a servir”. Gracias a todos los que, en las circunstancias difíciles que haya en la Iglesia, “hacen lo mejor que pueden” para edificar el reino de Dios en la tierra.

Testifico del sacrificio y del servicio del Señor Jesucristo, quien lo dio todo por nosotros, y que en ese espíritu de dar dijo: “Sígueme tú” (6). “Si alguno me sirve, sígame”, dijo, “y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (7). Semejante servicio trae inevitablemente consigo decisiones difíciles sobre cómo equilibrar las prioridades y cómo ser el mejor discípulo que Él desea que seamos. Le agradezco Su guía divina para ayudarnos a tomar estas decisiones y auxiliar a los interesados en encontrar el camino correcto. Me siento agradecido por Él, porque “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (8) y nos ha llamado a hacer lo mismo los unos por los otros. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Para la obra definitiva que documenta estas experiencias, véase James B. Allen, y otros, Men with a Mission: The Quorum of the Twelve Apostles in the British Isles, 1837–1841 (1992). Los padecimientos de Vilate Kimball y Mary Ann Young se hallan en las páginas 267–276.
  2. Véase Himnos, Nº 161.
  3. Véase Mosíah 4:27.
  4. Ésta es una doctrina demasiada extensa como para documentarla aquí. Véase Moisés 5:4–8; 3 Nefi 9:17–21; D. y C. 59:8–12; 97:8–9.
  5. Véase Lectures on Faith, 1985, págs. 68–69.
  6. Juan 21:22.
  7. Juan 12:26.
  8. Mosíah 14:4; véase también Isaías 53:4.
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Por sacrificios se dan bendiciones

Conferencia General Octubre 2002
Por sacrificios se dan bendiciones
Élder Robert K. Dellenbach
De los Setenta

Robert K. Dellenbach

Si tenemos amor, si tenemos caridad, si somos obedientes a Dios y seguimos a Sus profetas, nuestros sacrificios nos traerán las bendiciones del cielo.

Las palabras “por sacrificios se dan bendiciones”, del himno “Loor al Profeta” (1), siempre me conmueven el alma. El sacrificio se define como: “El acto de ceder algo de valor a cambio de algo que es de mayor valor o importancia” (2). El sacrificio se realiza de muchos modos. Los Santos de los Últimos Días hacemos un convenio con el Señor de sacrificarnos, y al hacerlo, sometemos nuestra voluntad a la de Él, y dedicamos nuestra vida a edificar Su reino y a servir a Sus hijos.

A aquellos que se sacrifican fielmente mediante un diezmo íntegro, el Señor ha prometido que abrirá las ventanas de los cielos (3). Ese sacrificio no sólo bendice a la persona y a la familia, sino que esas aportaciones voluntarias a la Iglesia proporcionan las fuentes de recursos que ayudan al reino del Señor a efectuar milagros día a día. El rey Benjamín dijo: “[Consideren] el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales” (4). La fiel contribución de los diezmos es una manifestación externa de un compromiso interior de sacrificarnos.

El obedecer la ley del ayuno es otra forma de sacrificio. El Señor nos pide que apartemos un domingo al mes para ayunar dos comidas; se nos invita a contribuir a la Iglesia el dinero que ahorremos en el costo de esas dos comidas para que ésta ayude a los necesitados. El ayunar y el contribuir con una ofrenda generosa producen un efecto purificador en el alma. El presidente Spencer W. Kimball declaró: “En la práctica de la ley del ayuno, la persona encuentra un manantial personal de poder para vencer los excesos personales y el egoísmo” (5).

La obra del templo y la de historia familiar es un sacrificio de amor. Los santos fieles dedican millones de horas a compilar historia familiar; buscan en microfilmes y en registros, y con lápiz y computadoras registran fechas y acontecimientos. En el templo llevan a cabo ordenanzas sagradas para sus preciados antepasados. Como en el caso del Salvador, ésta es una expresión de sacrificio: el hacer algo por los demás que ellos no pueden hacer por sí mismos.

Hace unos años, cuando estábamos en una asignación para la Iglesia en San Petersburgo, Rusia, mi esposa Mary Jayne y yo tuvimos la singular oportunidad de sentir las bendiciones de la obra de historia familiar. Visitamos el archivo de las estadísticas demográficas para ver el trabajo que había hecho la Iglesia para microfilmar algunos registros de Rusia occidental. Al ver al archivista fotografiar las páginas mohosas de libros antiguos de la ciudad de Pskov, los nombres se convirtieron en gente real. Parecían salir de las páginas y decir: “Me han encontrado; ya no estoy perdido. Sé que algún día, en alguna parte, alguno de mi familia llevará mi nombre al templo y seré bautizado y recibiré la investidura, y mi esposa y mis hijos serán sellados a mí. ¡Gracias!”.

La vida de José Smith fue un ejemplo de sacrificio desinteresado por el Evangelio de Jesucristo. Aunque el Profeta José sufrió grandemente, permaneció optimista y superó muchas persecuciones. Parley P. Pratt relata una conmovedora experiencia al estar con el Profeta en la cárcel en Misuri, en el invierno de 1838–1839. Esos seis meses de sufrimiento y confinamiento instruyeron a ese preeminente y preordenado profeta.

En la cárcel, el Profeta y los demás hermanos habían oído a los guardias alardear de las infames injusticias que habían cometido entre los “mormones”. Finalmente, el Profeta no pudo aguantar más esas sórdidas blasfemias. De súbito, se levantó y, “con voz de trueno”, dijo: “ ‘SILENCIO, demonios del pozo infernal! En el nombre de Jesucristo os reprendo y os mando callar’… Seguir leyendo

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Y si no

Conferencia General Octubre 2002
Y si no
Élder Lance B. Wickman
De los Setenta

Lance B. Wickman

La prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora”.

Uno de mis recuerdos más preciados se relaciona con las asignaciones de fin de semana a las conferencias de estaca para acompañar a un presidente a visitar a los miembros de su estaca que afrontaban los problemas de la vida con valor y fe, en especial aquellos que habían perdido un hijo o se esforzaban valientemente por cuidar a un enfermo o a un hijo lisiado o minusválido. Por dolorosa experiencia personal, sé que no hay pena más difícil que la pérdida de un hijo. Ni tampoco hay nada que parezca tan interminable y agotador que el cuidado constante de un hijo discapacitado, ya sea física o mentalmente. Todos esos padres pueden identificarse plenamente con el padre del hijo al que lo aquejaba un “espíritu mudo”, quien, al ser amonestado por el Salvador a creer, respondió con angustia: Señor, “creo; ayuda mi incredulidad” (véase Marcos 9:17, 23–24).

Por tanto, hoy quisiera dirigirme a todos los que se esfuerzan en este laboratorio que se vale de la fe, conocido como la mortalidad, y en particular a los padres desconsolados, abrumados y afligidos que suplicantes preguntan: “¿Por qué?”.

Primero, sepan por favor que el dolor es el resultado natural del amor. Nadie puede amar desinteresadamente a una persona y no sentir una profunda pena por su sufrimiento o muerte futura. La única forma de evitar el dolor sería no experimentar el amor; pero es el amor el que da a la vida su riqueza y su significado. Por tanto, lo que un padre acongojado puede esperar del Señor en respuesta a sus oraciones fervientes no necesariamente debe ser la eliminación del dolor sino la dulce confirmación de que, sean cuales sean las circunstancias, su hijo está bajo el tierno cuidado de un amoroso Padre Celestial.

Segundo, jamás duden de la bondad de Dios, aun cuando no sepan el “porqué”. La pregunta que hacen con más tenacidad los afligidos y los abrumados, es simplemente: ¿Por qué? ¿Por quémurió nuestra hija cuando oramos tanto para que viviera y a pesar de haber recibido bendiciones del sacerdocio? ¿Por qué luchamos tanto con este infortunio cuando otros cuentan acerca de las curaciones milagrosas de sus seres queridos? Esas son preguntas naturales, preguntas comprensibles; pero a la vez son preguntas que por lo general no tienen respuesta en la vida terrenal. El Señor sencillamente ha dicho: “…son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9). Así como la voluntad del Hijo fue “absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7), lo mismo debe ocurrir con la nuestra.

De todas formas, nosotros los mortales deseamos naturalmente saber el porqué. No obstante, al insistir con demasiado fervor en una respuesta, podemos olvidar que la mortalidad se diseñó, por así decirlo, como la época de las preguntas sin contestar. La vida terrenal tiene un propósito diferente, definido de manera más precisa: Es un terreno de pruebas, un estado de probación, un período para andar por medio de la fe, un tiempo de preparación para presentarse ante Dios (véase por ejemplo, Abraham 3:24–25; 2 Nefi 31:15–16, 20; Alma 12:24; 42:4–13). Es con cultivada humildad (véase Alma 32:6–21) y sumisión (véase Mosíah 3:19) que nos es posible comprender la plenitud de la experiencia mortal proyectada y prepararnos mental y espiritualmente para recibir la inspiración del Espíritu. En esencia, la humildad y la sumisión son una expresión de total disposición a dejar que las preguntas que principian con “por qué” queden por ahora sin respuesta, o quizás incluso para preguntarnos: “¿Por qué no?”. Es perseverando hasta el fin (véase 2 Nefi 31:15–16; Alma 32:15; D. y C. 121:8), que alcanzamos los propósitos de esta vida. Pienso que la prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora” (D. y C. 64:32).

Pero el Señor no nos ha dejado sin consuelo ni sin respuestas. Sobre la curación de los enfermos, claramente ha dicho: “Y además, sucederá que el que tuviere fe en mí para ser sanado, y no estuviere señalado para morir, sanará” (D. y C. 42:48; cursiva agregada). Muy seguido pasamos por alto la frase condicional, “y no estuviere señalado para morir” (“o” podríamos añadir, “para estar enfermo o incapacitado”). Por favor, no se desesperen cuando se hayan ofrecido oraciones fervientes, se hayan dado bendiciones del sacerdocio y aún así sus seres queridos no mejoren o incluso dejen este mundo. Consuélense al saber que ustedes hicieron todo lo que pudieron. ¡Esa fe, ayuno y bendición no pueden ser en vano! El que un hijo no se recupere a pesar de todo lo que se haya hecho a su favor puede, y debe, ser la base para la paz y la tranquilidad de todos los que lo aman! El Señor —que inspira las bendiciones y que oye toda oración ferviente— lo ha llamado de todas formas a Su lado. Todas las experiencias con la oración, el ayuno y la fe tal vez hayan sido más para nuestrobeneficio que para el de él. Seguir leyendo

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El diezmo: Una prueba de fe con bendiciones eternas

Conferencia General Octubre 2002
El diezmo: Una prueba de fe con bendiciones eternas
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Robert D. Hales

Paguen su diezmo; abran las ventanas de los cielos; serán bendecidos abundantemente por su obediencia y fidelidad a las leyes y mandamientos del Señor.

El diezmo es una prueba de fe con bendiciones eternas (1). En el Antiguo Testamento, Abraham demostró su fe al pagar diezmos al gran sumo sacerdote Melquisedec (2). Jacob, nieto de Abraham, prometió al Señor: “De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (3).

El diezmo se ha establecido en estos últimos días como una ley esencial para los miembros de la Iglesia restaurada del Señor. Es una de las formas básicas de demostrar nuestra fe en Él y nuestra obediencia a Sus leyes y mandamientos. El diezmo es uno de los mandamientos que nos habilitan, mediante nuestra fe, a entrar en el templo: la Casa del Señor.

Poco más de tres meses después del martirio del profeta José Smith, cuando los santos edificaban el Templo de Nauvoo, Brigham Young escribió en nombre del Quórum de los Doce Apóstoles:

“Observen firme y constantemente la ley del diezmo… luego acérquense a la Casa del Señor y sean instruidos en Sus caminos, y caminen por Sus senderos” (4).

La observancia estricta de la ley del diezmo no sólo nos habilita para recibir las ordenanzas salvadoras más elevadas del templo, sino que también nos permite recibirlas en nombre de nuestros antepasados. Cuando se le preguntó al presidente John Taylor, en ese entonces integrante del Quórum de los Doce, si los miembros de la Iglesia que no habían pagado sus diezmos podían ser bautizados por los muertos, contestó:

“El que no pague sus diezmos no es digno de bautizarse por los muertos… Si un hombre no tiene la fe suficiente para cumplir con estos pormenores, tampoco tiene la fe suficiente para salvarse a sí mismo ni a sus amigos” (5).

El diezmo desarrolla y prueba nuestra fe. Al sacrificar al Señor lo que podríamos pensar que necesitamos o que deseamos para nosotros, aprendemos a confiar en Él. Nuestra fe en Él hace posible que guardemos los convenios del templo y recibamos las bendiciones eternas del mismo. La pionera Sarah Rich, esposa de Charles C. Rich, escribió en su diario después de salir de Nauvoo:

“Fueron muchas las bendiciones que recibimos en la Casa del Señor, lo cual nos llenó de gozo y consuelo en medio de nuestras tribulaciones, y nos permitió tener fe en Dios, sabiendo que Él nos guiaría y nos apoyaría en la jornada desconocida que estaba ante nosotros” (6).

Al igual que los pioneros, el pago obediente del diezmo fortifica nuestra fe y esa fe nos sostiene a través de las pruebas, las tribulaciones y el dolor en nuestra jornada por la vida.

El diezmo también nos enseña a controlar nuestros deseos y pasiones por las cosas del mundo. El pago del diezmo nos alienta a tener un trato honrado con nuestros semejantes. Aprendemos a confiar en que lo que se nos ha dado, por medio de las bendiciones del Señor y de nuestro esfuerzo diligente, es suficiente para nuestras necesidades.

El diezmo tiene un propósito especial como ley preparatoria. A principios de esta dispensación, el Señor mandó a ciertos miembros de la Iglesia vivir la ley más alta de la consagración, una ley recibida por convenio. Los santos enfrentaron grandes tribulaciones cuando no guardaron ese convenio (7). Se retiró entonces la ley de consagración y en su lugar el Señor reveló la ley del diezmo para toda la Iglesia (8). El 8 de julio de 1838, Él declaró:

“Y esto será el principio del diezmo de mi pueblo…

“Y todos aquellos que hayan entregado este diezmo pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y ésta les será por ley fija perpetuamente” (9).

La ley del diezmo nos prepara para vivir la ley más alta de la consagración, de dedicar y dar todo nuestro tiempo, talentos y recursos a la obra del Señor. Mientras llegue el día en que se nos requiera vivir esa ley más alta, se nos manda vivir la ley del diezmo, que es dar liberalmente (10) una décima parte de nuestro ingreso anualmente.

A aquellos que viven fiel y honradamente la ley del diezmo, el Señor promete una abundancia de bendiciones. Algunas de esas bendiciones son temporales, así como el diezmo es temporal, pero al igual que las ordenanzas físicas externas del bautismo y de la Santa Cena, el mandamiento de pagar el diezmo requiere un sacrificio temporal que, a la larga, se traduce en grandes bendiciones espirituales. Seguir leyendo

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¿No son diez los que fueron limpiados?

Conferencia General Octubre 2002
“¿No son diez los que fueron limpiados?”
Élder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight

Si vamos a demostrar gratitud a nuestro Padre Celestial en forma apropiada, debemos hacerlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza.

Cuando el presidente Thomas S. Monson pidió a los nuevos miembros de los Setenta y a la presidencia general de las Mujeres Jóvenes que subieran a tomar sus lugares en el estrado, recordé vívidamente el día en que, en abril de 1970, me llamaron para ser Ayudante del Quórum de los Doce, lo cual fue una sorpresa para mí. Hacía pocas horas que lo sabía. Cuando me invitaron a tomar asiento en uno de los sillones rojos del viejo Tabernáculo, el coro empezó a cantar “Oh, divino Redentor”. Al escuchar el suplicante canto con su maravillosa melodía, en silencio pedí al Salvador que me aceptara y no recordara mis fracasos, mis faltas ni mis pecados (véase Salmos 25:7). ¡Qué magnífico día fue aquél! Todo eso me pasó por la memoria cuando el presidente Monson extendió su invitación hoy.

Es para mí un honor estar aquí esta tarde para pasar unos momentos con todos ustedes y expresarles mi testimonio y mis sentimientos acerca de esta obra maravillosa.

Le dije al élder Neal A. Maxwell que llegaría hasta aquí sin el bastón; me lo ofreció, pero le dije: “No, me las arreglo sin él. Te demostraré que tengo la fe para que sea así”. Al envejecer y con el correr de los años, me siento honrado de tener esta oportunidad, y de tener la capacidad y el deseo de presentarme y testificarles de las bendiciones del Evangelio que he recibido durante estos muchos años pasados. No sé si seré el más viejo que hay en esta gran sala hoy; me encuentro en mi nonagésimo séptimo año de vida. Cuando se anunció esta mañana que ésta es la conferencia general semestral número 172 de la Iglesia, se me ocurrió que algunas personas jóvenes pensarán que ciento setenta y dos años es un tiempo muy, muy largo. Les hablaré del centenario de la organización de la Iglesia; ese año nos casamos Ruby y yo. Era 1930. Así que éste es el aniversario 172 de la Iglesia y hemos estado casados setenta y dos años. Lo menciono para que los matemáticos entre ustedes recuerden el número ciento setenta y dos. Se llega a él fácilmente.

En este momento deseo rendir tributo y expresar gratitud a mi Padre Celestial por las bendiciones que he recibido durante toda mi vida, por haber nacido de buenos padres y haberme criado en un buen hogar. Y, por haberme relacionado con buena gente en todas las actividades en las que he participado al viajar por todo el país. Las buenas personas influyen en nosotros, ayudan a moldear nuestra personalidad y carácter, y contribuyen a que formemos parte de la sociedad y vivamos en la forma en que debemos vivir; nos ayudan a llevar a cabo empresas dignas y nos levantan a un plano más elevado. Estoy sumamente agradecido a mi Padre Celestial por las bendiciones que he tenido. Doy testimonio de Él, de que sé que es nuestro Padre y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Creador y el Salvador de toda la humanidad. Estoy agradecido por la misión majestuosa que Él tuvo en la Creación y en el establecimiento del Evangelio en la tierra, y por la oportunidad que ofrece a los seres humanos, si lo escuchan, de aprender y comprender y de recibir las bendiciones del cielo, si las merecen y viven de tal manera que el Evangelio se convierta en una gran parte de su vida.

Siento gratitud por mis antepasados que se convirtieron a la Iglesia en los primeros días de ésta, que se mudaron del estado de Nueva York a Nauvoo y participaron allí en el templo, y luego vinieron con el éxodo hasta el Oeste. Al contarles hoy de todas esas bendiciones, estoy agradecido por todas ellas. Seguir leyendo

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¿Cómo me beneficia a mí?

Conferencia General Octubre 2002

¿Cómo me beneficia a mí?

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Tomar uno su propia cruz y seguir al Salvador equivale a vencer el egoísmo; es un compromiso de servir a los demás.


Ruego humildemente que el mismo espíritu que ha acompañado esta mañana a los demás oradores prosiga mientras me dirijo a ustedes.

Hace muchos años, yo mantenía una relación profesional con dos hombres mayores y de más experiencia. Hacía mucho que éramos amigos y encontrábamos de gran utilidad el ayudarnos mutuamente. Cierto día, uno de mis colegas buscó nuestra ayuda en un asunto complicado. Apenas se nos explicó el asunto, lo primero que dijo el otro socio fue: “¿Cómo me beneficia a mí?”. Cuando ese viejo amigo reaccionó de manera tan egoísta, pude ver una mirada de dolor y decepción en el rostro del que había solicitado nuestra ayuda. Después de aquello la relación entre los dos jamás volvió a ser la misma. Nuestro interesado amigo no prosperó porque su egoísmo pronto eclipsó sus considerables dones, talentos y cualidades. Lamentablemente, una de las maldiciones del mundo actual se encuentra en esta reacción egoísta: “¿Cómo me beneficia a mí?”. Seguir leyendo

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Rodeados por “los brazos de [Su] amor”

Conferencia General Octubre 2002

Rodeados por
“los brazos de [Su] amor”

Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Todavía ocurrirán hechos desconcertantes, pero, como Nefi, ¡todavía podemos saber que Dios nos ama, lo que representa un conocimiento feliz y fundamental que nos sostendrá a través de todo!


En la turbulencia de las crisis y el siniestro remolino de los acontecimientos mundiales, los verdaderos discípulos mantendrán la fe en un Dios revelador y amoroso, y en Su plan para redimir a Sus hijos, ¡que es el porqué de todo lo que Él hace! (véase Moisés 1:39). Más aún, el carácter de Dios, como se nos ha revelado, nos indica que Él tiene la capacidad cósmica para garantizar que Él en realidad “puede” ejecutar Su obra grandiosa (véase 2 Nefi 27:20–21; Joseph Smith Translation, Isaías 29:22–23).

Los verdaderos discípulos también mantendrán viva la fe en Su Hijo expiatorio, Jesucristo; y, por haberse “convertido al Señor” (3 Nefi 1:22), pasarán a través de un feliz y “potente cambio” (véase Mosíah 5:2; Alma 5:12–14). Seguir leyendo

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Una voz de alegría para nuestros hijos

Conferencia General Octubre 2002

Una voz de alegría para nuestros hijos

Coleen K. Menlove
Presidenta General de la Primaria

Éste es nuestro deber… nuestra oportunidad, de enseñar y testificar con diligencia a nuestros hijos en cuanto a la veracidad del Evangelio de Jesucristo.


¡Me gustan los signos de admiración!; los utilizo a menudo cuando escribo recordatorios para mí y para otras personas. Es una manera de demostrar entusiasmo y dedicación. La puntuación de uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras lleva signos de admiración:

“Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría!” En el resto del versículo y en los cuatro versículos siguientes hay otros 36 signos de admiración; dicen, en parte:

“Una voz de misericordia del cielo, y una voz de verdad que brota de la tierra… una voz de… nuevas de gran gozo…”.

“¡Cuán gloriosa es la voz que oímos de los cielos, que proclama en nuestros oídos gloria, [y] salvación…!” (1), con signos de admiración.

Podemos oír una voz de alegría que brinda exclamaciones de gozo y esperanza a nuestra vida. El gozo de nuestros testimonios del Salvador puede acentuar todo aspecto de nuestra vida a medida que nos esforzamos por venir a Cristo.

¿Y nuestros hijos? ¿Oyen ellos exclamaciones de gozo y esperanza en el Evangelio? Después de una lección de la Primaria en cuanto a la Primera Visión de José Smith, se pidió a los miembros de la clase que hicieran dibujos para que los llevaran a casa y los mostraran a su familia. A los niños se les había enseñado acerca de la oscuridad que José experimentó antes de la aparición del Padre y del Hijo. Una niña de seis años escogió una crayola negra y empezó a colorear la parte inferior y uno de los bordes verticales de la hoja. Cuando la maestra le preguntó sobre el dibujo, dijo que era José Smith en la oscuridad.

La maestra le preguntó: “¿Sabías que cuando nuestro Padre Celestial y Jesús se aparecieron se fue la oscuridad? El Padre Celestial y Jesús son siempre más poderosos que Satanás, y Ellos te protegerán”. La niña continuó con su dibujo; en la esquina superior trazó dos figuras; luego cambió la crayola negra por una amarilla y coloreó el resto de la página con luz.

Es esa luz, la luz del Evangelio restaurado, una “voz de alegría”, que los padres pueden dar a conocer a sus hijos. El adversario es real, pero los niños pueden sentir la paz y el gozo que resultan al ejercer la fe en Jesucristo. Nuestros hijos no experimentarán esa luz a menos que les enseñemos el Evangelio.

El Señor mandó a los padres “criar a [sus] hijos en la luz y la verdad” (2). También nos mandó enseñar a nuestros hijos “a orar y a andar rectamente delante del Señor” (3), y “a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo… del bautismo y del don del Espíritu Santo…” (4). Nosotros les afinamos los oídos, la mente y el corazón a fin de que reconozcan “una voz de alegría” y tengan el deseo de ser dignos de obtener gozo eterno cuando les enseñamos las verdades del Evangelio.

Esto se ejemplifica en el Libro de Mormón. El padre de Enós había enseñado a éste “en disciplina y amonestación del Señor”. Esa gran bendición hizo que Enós proclamara: “…bendito sea el nombre de mi Dios por ello” (5). Luego, Enós explica: “…las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente” (6).

Una amiga relató una experiencia que tuvo cuando era niña en una rama de la Iglesia en la que ella era la única en edad de Primaria. Semana tras semana, su madre efectuaba una Primaria de hogar, el mismo día y a la misma hora; ella esperaba entusiasmada sentarse en el sofá con su madre y aprender el Evangelio de Jesucristo y la forma de vivirlo. Las minutas que la madre anotaba con cuidado en una libreta indicaban que en las reuniones de la Primaria de hogar siempre incluían oraciones, himnos y una lección. Seguir leyendo

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La Iglesia mundial es bendecida por la voz de los profetas

Conferencia General Octubre 2002

La Iglesia mundial es bendecida por la voz de los profetas

Élder Dieter F. Uchtdorf
De la Presidencia de los Setenta

Demos oídos a los profetas de nuestros días mientras nos ayudan a fijar nuestra atención en las cosas que son fundamentales en el plan del Creador.


¡Qué gozo y privilegio es formar parte de esta Iglesia mundial y ser enseñados y edificados por profetas, videntes y reveladores! Esta conferencia se está transmitiendo a 68 países y se está traduciendo en 55 idiomas. Es en verdad una Iglesia global, con miembros diseminados a través de las naciones de la tierra. Todos somos hijos de un Dios viviente y amoroso, nuestro Padre Celestial. Les expreso mi amor, estimados hermanos y hermanas.

Hace sólo tres meses, bajo el inspirado liderazgo del presidente Gordon B. Hinckley, nos unimos en la dedicación del reconstruido Templo de Nauvoo, ocasión que remontó nuestros pensamientos al profeta José y renovó nuestros recuerdos de los primeros santos; sus sacrificios, penas y lágrimas; pero a la vez de su valor, fe y confianza en el Señor. No tengo ningún antepasado entre los pioneros del siglo diecinueve; sin embargo, desde los primeros días en que me uní a la Iglesia he sentido un estrecho vínculo con esos primeros pioneros que cruzaron las praderas. Ellos son mis antepasados espirituales, del mismo modo que lo son para todo miembro de la Iglesia, sea cual sea su nacionalidad, idioma o ámbito cultural. Ellos establecieron no sólo un lugar seguro en el Oeste, sino también un fundamento espiritual para la edificación del reino en todas las naciones del mundo.

Ahora que el mensaje del Evangelio restaurado de Jesucristo está siendo aceptado en el mundo, todos somos pioneros en nuestro propio ámbito y circunstancia. Fue en el caos de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial que mi familia oyó por primera vez acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. George Albert Smith era el Presidente en ese entonces. Yo era sólo un niño, y dos veces en menos de siete años perdimos todas nuestras pertenencias. Éramos refugiados con un futuro incierto. No obstante, durante esos mismos siete años, obtuvimos más de lo que cualquier cantidad de dinero pudiese comprar. Encontramos un refugio celestial, un lugar de defensa en contra de la desesperanza: el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia, dirigida por un profeta verdadero y viviente.

Durante ese periodo de mi niñez, jugué en casas bombardeadas y me crié entre las ruinas que resultaron de una guerra perdida, dándome cuenta de que mi propio país había infligido terrible dolor a muchas naciones durante la horrorosa Segunda Guerra Mundial.

Las buenas nuevas de que Jesucristo había llevado a cabo la perfecta Expiación por la humanidad, redimiendo a todos del sepulcro y recompensando a cada uno según sus obras, fue el poder sanador que le infundió esperanza y paz a mi vida.

Cualesquiera sean nuestros retos en la vida, nuestras cargas pueden ser ligeras si no sólo creemos en Cristo, sino también en Su capacidad y en Su poder para purificar y dar consuelo a nuestras vidas, y aceptamos Su paz.

El presidente David O. McKay era el profeta durante mi adolescencia. Era como si le conociera personalmente: podía sentir su amor, bondad y dignidad; me infundió confianza y valor en mi juventud. A pesar de que me crié en Europa, a miles de kilómetros de distancia, pensaba que él confiaba en mí, y no quería desilusionarlo.

Otra fuente de fortaleza fue la epístola que el apóstol Pablo escribió mientras estaba en la cárcel, dirigida a Timoteo, su ayudante y amigo más fiel. Él escribió: Seguir leyendo

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Llamados por Dios

Conferencia general Octubre 2002

Llamados por Dios

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Se nos ha dado el grandioso poder del sacerdocio, el cual nos bendice individualmente y también provee bendiciones para nuestra familia.

El quinto Artículo de Fe dice: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (1).

Uno de los llamamientos más importantes del sacerdocio, y que requiere nuestra atención constante, es el que tenemos en nuestras familias y nuestros hogares. Hermanos, como padres y patriarcas de nuestra familia, debemos, “Por decreto divino… presidir sobre la familia con amor y rectitud y… protegerla y… proveerle las cosas necesarias de la vida”.

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos… Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amar y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (2).

Vivimos en un mundo que clama por tener un liderazgo de rectitud basado en principios dignos de confianza.

En nuestra Iglesia se nos han enseñado, de una manera particular y propia de la Iglesia, principios correctos de liderazgo dirigidos por la autoridad del sacerdocio. Creo que somos pocos los que nos damos cuenta del potencial del sacerdocio y de la gran bendición que éste significa. Cuanto más aprendemos sobre el hecho de poseerlo y más entendemos la forma en que opera, más apreciamos las bendiciones que el Señor nos ha dado.

John Taylor dijo una vez:

“…Responderé en forma breve que [el sacerdocio] es el gobierno de Dios, ya sea en la tierra o en los cielos, porque mediante ese poder, influencia o principio todas las cosas son gobernadas en la tierra y en los cielos, y por medio de ese poder, todas las cosas se conservan y sostienen. Gobierna todas las cosas: dirige todas las cosas, sostiene todas las cosas, y tiene que ver con todas las cosas con las que Dios y la verdad están relacionados.

“Es el poder de Dios delegado a las inteligencias que están en los cielos y a los hombres sobre la tierra… Cuando lleguemos al reino celestial de Dios, hallaremos allí el orden y la armonía más perfectos, porque allí está el modelo más perfecto. Allí se lleva a cabo el orden de gobierno más perfecto. Siempre que esos principios se han establecido en la tierra, en la misma proporción en la que se han extendido y ejercido, han producido bendiciones y salvación para la familia humana. Y cuando el gobierno de Dios se adopte más ampliamente, y cuando la oración de Jesús, la que Él enseñó a Sus discípulos, sea contestada y el reino de Dios venga a la tierra y se haga Su voluntad aquí, así como se hace en el cielo, entonces, y no sino entonces, reinarán el amor, la paz, la armonía y la unión universales” (3).

El Señor nos dio una visión de lo que puede ser el sacerdocio al instruir a Sus Apóstoles, que tendrían la responsabilidad de continuar la obra después de Su muerte, diciéndoles: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (4).

Una de las bendiciones que se reciben del sacerdocio es tener la oportunidad de formar parte de un quórum, el cual consiste en un grupo determinado de hombres, todos poseedores del mismo oficio del sacerdocio, organizados con el objeto de contribuir más eficazmente a la edificación del reino de Dios.

En una oportunidad, el presidente Stephen L Richards nos dio una definición triple de un quórum, diciendo que tiene tres funciones: “primero, es una clase; segundo, es una fraternidad; tercero, es una unidad de servicio” (5).

Hace muchos años, al asistir a la reunión de un grupo de sumos sacerdotes en un pequeño pueblo del sur de Wyoming, aprendí cómo funciona un quórum. El tema de la lección esa semana era la justificación y la santificación, y al comenzar la clase, era evidente que el maestro estaba bien preparado para enseñar a sus hermanos. En cierto momento, una pregunta que se hizo provocó una reacción que cambió todo el curso de la clase; respondiendo a ella un hermano comentó lo siguiente: “He escuchado la lección con gran interés, y se me ocurre que la instrucción que hemos recibido pronto se perderá si no encontramos la forma de aplicar en nuestra vida diaria el material presentado”. A continuación, propuso un curso de acción. Seguir leyendo

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¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón…!

Conferencia General Octubre 2002
“¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón…!”
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Los insto… a utilizar los templos de la Iglesia. Vayan a ellos y realicen la grande y maravillosa obra que el Dios del cielo ha trazado para nosotros.

Mis amados hermanos y hermanas, de nuevo los saludamos en una gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Alma dijo: “¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!” (Alma 29:1).

Hemos llegado a un punto en el que casi podemos hacer eso. Esta conferencia se transmitirá por todo el mundo, y a los oradores los oirán y los verán Santos de los Últimos Días de todos los continentes. Hemos avanzado mucho en la realización del cumplimiento de la visión que se expone en el Apocalipsis: “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6).

¡Qué excepcional ocasión es ésta, mis hermanos y hermanas! Es difícil de comprender. Hablamos desde este extraordinario Centro de Conferencias. No sé de ningún otro edificio que se compare con él.

Somos como una gran familia, representantes de la familia humana en este vasto y hermoso mundo.

Muchos de ustedes participaron en la dedicación del Templo de Nauvoo en junio recién pasado. Fue una ocasión grandiosa y espléndida que se recordará durante largo tiempo. No sólo dedicamos un magnífico edificio, una casa del Señor, sino que ésta también se dedicó a la memoria del profeta José Smith.

En 1841, dos años después de que él llegó a Nauvoo, dio la palada inicial para una casa del Señor que debía erigirse como un símbolo del coronamiento de la obra de Dios.

Es difícil creer que en aquellas difíciles circunstancias se hubiera proyectado construir un edificio de tal magnificencia en lo que en aquel entonces era la frontera del Oeste del territorio colonizado de los Estados Unidos.

Dudo, y dudo seriamente de que haya habido otro edificio de semejante estilo y magnificencia en todo el estado de Illinois.

Había de ser dedicado a la obra del Todopoderoso, para llevar a cabo Sus propósitos eternos.

No se escatimaron esfuerzos. Ningún sacrificio fue demasiado grande. Durante los siguientes cinco años, los hombres cincelaron la piedra y pusieron la base y los cimientos, las paredes y la ornamentación. Cientos de personas fueron al norte del lugar, a vivir allí un tiempo para cortar la madera en grandes cantidades, la cual amarraban a modo de balsas que hacían flotar río abajo hasta Nauvoo. Se hicieron hermosas molduras con esa madera. Se recaudaron centavos para comprar clavos. Se hicieron sacrificios inimaginables para adquirir vidrios y cristales. Edificaban un templo a Dios, por lo que tenían que utilizar lo mejor que pudiesen conseguir.

En medio de la obra de la construcción, el Profeta y su hermano Hyrum fueron asesinados en Carthage el 27 de junio de 1844.

Ninguno de nosotros en la actualidad puede comprender el golpe catastrófico que eso significó para los santos. Su líder había muerto, él, el hombre que recibía las visiones y las revelaciones. No sólo había sido su líder, sino su profeta. Muy grande fue su pesar y espantosa su angustia.

Pero Brigham Young, el Presidente del Quórum de los Doce, tomó las riendas. José había depositado su autoridad sobre los hombros de los Apóstoles. Brigham resolvió terminar el templo y la obra continuó. Prosiguieron en pos de su objetivo de día y de noche, a pesar de las amenazas que les lanzaban las turbas anárquicas. En 1845, comprendieron que no podrían permanecer en la ciudad que habían construido en las pantanosas riberas del río. Tenían que marcharse de allí. Sobrevino una etapa de actividad febril: primero, para terminar el templo y, segundo, para construir carromatos y reunir víveres a fin de trasladarse a las tierras desoladas del Oeste.

La obra de las ordenanzas comenzó antes de que se terminara el templo y continuó intensamente hasta que, en el frío del invierno de 1846, los del pueblo comenzaron a abandonar sus casas y los carromatos empezaron a desplazarse lentamente por la Calle Parley hasta la orilla del río y, desde allí, hasta la otra ribera en el lado de Iowa.

El desplazamiento prosiguió. El río se congeló con el frío glacial que hacía, pero eso les permitió atravesarlo sobre el hielo. Seguir leyendo

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Caminos hacia la perfección

Conferencia General Abril 2002
Caminos hacia la perfección
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“Pongan en práctica en su vida cuatro virtudes específicas que han probado tener éxito, y que son: una actitud de agradecimiento; un deseo de aprender; devoción a la disciplina; y la disposición para trabajar”.

Nuestra presidencia de las Mujeres Jóvenes ha hablado muy bien, ¿no es así? Yo apruebo y respaldo todo lo que ustedes han escuchado de estas maravillosas mujeres hoy; ellas son en verdad siervas de nuestro Padre Celestial y han presentado Su santa palabra.

“La felicidad”, escribió el profeta José Smith, “es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (1).

Pero, ¿cómo podemos encontrar ese camino y, lo que es más, cómo podemos permanecer en ese camino que conduce a la perfección?

En el cuento clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Alicia se encuentra ante un cruce de caminos, con dos senderos por delante, cada uno de los cuales se perdía en la distancia pero en direcciones opuestas, y se ve acosada por el gato Cheshire, a quien Alicia le pregunta: “¿Qué camino he de tomar?”.

El gato contesta: “Depende mucho del punto adonde quieras ir. Si no sabes adónde quieres ir, no importa qué camino sigas” (2).

A diferencia de Alicia, cada una de ustedes sabe adónde quiere ir. Sí importa el camino que sigan, porque el sendero que sigan en esta vida conducirá al sendero que seguirán en la siguiente.

Una alegre tonada que fue popular hace muchos años contiene esta frase que suscita la reflexión: “Si el desearlo lo hace realidad, sigue deseando y las preocupaciones se esfumarán”. Otra fórmula para el fracaso proviene de la canción más reciente: “No importa; sé feliz”.

Nuestro tema para esta noche, “Permaneced en lugares santos”, es más apropiado. También me gustan las palabras que siguen: “Permaneced en lugares santos y no seáis movidos” (3).

El presidente George Albert Smith, octavo Presidente de la Iglesia, exhortó: “Plantemos nuestros pies en el camino que conduce a la felicidad y al reino celestial, no sólo de vez en cuando, sino todos los días y a toda hora, porque si permanecemos en el lado de la línea del Señor, si permanecemos bajo la influencia de nuestro Padre Celestial, el adversario ni siquiera podrá tentarnos. Pero si nos adentramos en el territorio del diablo… seremos desdichados, y esa desdicha aumentará con el transcurso de los años, a menos que nos arrepintamos de nuestros pecados y nos volvamos al Señor” (4).

Al dirigirme a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, con frecuencia he citado el consejo que un padre dio a su amado hijo: “Si alguna vez te encuentras donde no debieras estar, ¡sal de inmediato!”. Esa misma verdad se aplica a ustedes jovencitas que se encuentran aquí en el Centro de Conferencias y a las que están congregadas en centros de reuniones por todo el mundo.

Siempre he pensado que si hablamos en términos generales, raras veces lograremos el éxito; pero si hablamos en términos específicos, raras veces fracasaremos. Por esa razón, las exhorto a que pongan en práctica en su vida cuatro virtudes específicas que han probado tener éxito, y que son:

  1. Una actitud de agradecimiento;
  2. Un deseo de aprender;
  3. Devoción a la disciplina; y
  4. La disposición para trabajar.

Primero, una actitud de agradecimiento. En el libro de Lucas, capítulo 17, leemos el relato de los diez leprosos. Cuando viajaba hacia Jerusalén, el Salvador pasó por Galilea y Samaria y entró en cierto pueblo a orillas del cual le salieron al encuentro diez leprosos a quienes, debido a su condición, se les obligaba a vivir apartados de los demás. Se pararon “de lejos” y exclamaron: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”.

El Salvador, lleno de compasión y amor por ellos, dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes”, y mientras iban, descubrieron que habían sido sanados. Las Escrituras nos dicen: “…uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a [los] pies [del Maestro], dándole gracias; y éste era samaritano”.

El Salvador respondió: “…¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (5).

Gracias a la intervención divina, aquellos leprosos se libraron de una muerte lenta y cruel, recibiendo la dádiva de una nueva vida. La gratitud expresada por uno de ellos suscitó la bendición del Maestro; la ingratitud de los otros nueve le causó desilusión.

Las plagas de hoy son como la lepra de antaño; consumen, debilitan, destruyen; se hallan por todos lados y su efecto no conoce límites. Las conocemos como egoísmo, codicia, desenfreno, crueldad y delitos, siendo éstas sólo unas pocas.

En una conferencia regional, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Vivimos en un mundo de tanta suciedad; está en todas partes: en las calles, en la televisión, en libros y revistas. Es como un gran diluvio, horrible, sucio y cruel, en el que está sumido el mundo. Es preciso que nos mantengamos por encima de él… El mundo está perdiendo sus normas morales, lo cual únicamente traerá sufrimiento. El camino a la felicidad yace en volver a una vida familiar firme y a la observancia de las normas morales, cuyo valor se ha probado a través de las eras del tiempo” (6).

Si seguimos el consejo del presidente Hinckley, podremos hacer que el tiempo que vivamos aquí en la tierra sea una época maravillosa. Tenemos oportunidades ilimitadas. Hay tantas cosas que son buenas, como maestros que enseñan, amigos que ayudan, matrimonios que triunfan y padres que se sacrifican.

Estén agradecidas por su madre, por su padre, por su familia y amistades. Expresen gratitud por sus maestras de las Mujeres Jóvenes; ellas les aman, oran por ustedes y les prestan servicio. Ustedes son de gran valor a la vista de ellas y a la de nuestro Padre Celestial. Él escucha sus oraciones; Él les brinda Su paz y Su amor. Permanezcan cerca de Él y de Su Hijo, y nunca se encontrarán solas. Seguir leyendo

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Sostén la antorcha en alto

Conferencia General Abril 2002
Sostén la antorcha en alto
Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Margaret D. Nadauld

“Cultiven su divinidad interior; no opaquen el brillo del espíritu con el que vinieron de los cielos. El Señor necesita lo bueno de ustedes, así como su influencia en este mundo”.

En el mes de febrero pasado, esta antorcha llevó la llama olímpica en un trecho de la jornada desde Grecia hasta Salt Lake City; es un símbolo de la excelencia y la esperanza; se encendió por primera vez en Grecia, al iniciarse los juegos olímpicos hace mucho tiempo.

Ésta es la antorcha de las Mujeres Jóvenes; simboliza la luz del Evangelio que proviene de nuestro Padre Celestial. Esta luz tuvo su comienzo en el cielo antes de que ustedes nacieran; allí, se les enseñó el gran plan de felicidad, y debido a que aceptaron ese plan, ¡tienen el honor de ser portadoras de la antorcha!

El Salvador nos enseñó: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (1). La luz divina que llevan en su alma la han heredado de Dios porque son Sus hijas. Parte de la luz que hace de ustedes algo tan sublime es la bendición del ser mujer. Qué maravilloso es que sepan que sus características femeninas son un don que proviene de Dios. Nuestros profetas de los últimos días enseñan que “el ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal, y eterna” (2). El nacer con las cualidades exquisitas de una hija de Dios es una bendición sagrada. Las mujeres de Dios, tanto maduras como jóvenes, son espirituales y sensibles, tiernas y delicadas; poseen una naturaleza bondadosa y acogedora. Ésta es su herencia. Nunca menosprecien los dones que Dios les ha dado. Cultiven su divinidad interior; no opaquen el brillo del espíritu con el que vinieron de los cielos. El Señor necesita lo bueno de ustedes, así como su influencia en este mundo.

De modo que esta noche tan sólo quisiera hablarles con el corazón en la mano acerca del ser buenas y de las ventajas de serlo; se trata de sostener la antorcha en alto.

El mundo tratará de convencerlas de que el ser buenas ya es anticuado y está pasado de moda, y que la popularidad se obtiene al quebrantar las reglas y rebajar las normas. No se lo crean. Tal vez al mirar televisión o leer revistas se les haga sentir como personas anormales, cuando en realidad ustedes son las que han sabido escoger el buen camino.

Quizás sepan que tengo siente hijos varones; yo conozco a los chicos. ¡Por eso, la vida ha sido muy emocionante en nuestro hogar! He aprendido mucho de ellos y de sus amigos, tanto jóvenes como jovencitas. Podría decirles algunos de sus secretos; quizás les cuente sólo uno y espero no meterme en problemas. Es éste: a los jóvenes no les gusta pasar vergüenzas. Recuerdo la vez en que un jovencito al que conozco había invitado a una chica a un baile del colegio. La llevó a nuestra casa antes del baile para que tomáramos fotografías. Al llegar, él entró en la cocina donde yo buscaba la cámara, y dijo: “¡El vestido que ella lleva es hermoso; se ve preciosa!”. Él nunca había hecho ningún comentario así, de modo que yo casi no podía esperar para ver lo que quiso decir.

Al verla, pude comprender; lucía hermosa. El vestido que llevaba era muy bonito; me enteré de que ella y su madre lo habían buscado en muchas tiendas. Cuando por fin lo encontraron, sabían que quedaría perfecto con algunas añadiduras y últimos toques que satisfarían sus elevadas normas. Seguir leyendo

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Fortalecer el hogar y la familia

Conferencia General Abril 2002
Fortalecer el hogar y la familia
Carol B. Thomas
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Carol B. Thomas

“Tres principios que les ayudarán a fortalecer su hogar y la familia son: nutrir con amor, sacrificio y oración”.

Al presenciar la conclusión de las Olimpíadas de Invierno 2002, recordamos a los ganadores de medallas de oro. Un grupo numeroso de atletas, con años de preparación, se congregó para competir, con la esperanza de ganar. Ustedes, las jovencitas de la Iglesia, también se están preparando y están compitiendo para obtener un medallón, a medida que el Espíritu arde resplandeciente en su interior.

El programa de las Mujeres Jóvenes proporciona un maravilloso campo de capacitación que le será útil a cada una de ustedes para alcanzar sus metas, y el lema de las Mujeres Jóvenes es un recordatorio constante de que no estamos solas en la competición; formamos parte del equipo del Señor y Él siempre estará allí para ayudarnos a lograr el éxito.

Como hijas de Dios, algunas de ustedes quizás tengan grandes habilidades atléticas, pero todas han sido bendecidas con muchos talentos y dones. Uno de los dones más importantes es la habilidad que poseen para “fortalecer [su] hogar y la familia”, una nueva frase que se ha añadido al lema de las Mujeres Jóvenes. ¿La reconocen? Una de las asignaciones que se nos han dado como jovencitas y mujeres en el reino es amar y fortalecer a nuestra familia.

Esta noche, ruego que el Espíritu arda en su interior, que tengan un deseo más grande de fortalecer a su familia ahora y de prepararse para su futura familia. Las Escrituras nos enseñan de muchas maneras la forma de fortalecer a nuestra familia. No hay maestro más excelente que el Salvador. Al estudiar Sus enseñanzas y seguir Su ejemplo, ustedes pueden mejorar su vida familiar. Hablemos acerca de tres principios que les ayudarán a fortalecer su hogar y la familia:

  • Nutrir con amor
  • Sacrificio
  • Oración

Nutrir con amor

¿Quién no disfruta jugar con un niño o tener a un recién nacido en los brazos? Las mujeres nacimos con la habilidad natural de amar y de nutrir a los demás. Nutrir con amor significa apoyarse, alentarse, valorarse y amarse mutuamente. ¿Lo hacemos con nuestra familia?

El Salvador mismo nos enseñó a nutrir con amor. Muchas veces Él dijo: “¡…cuántas veces os he juntado como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, y os he nutrido!” 3 Nefi 10:4).

Al congregar a su familia, ustedes pueden hacer mucho para que reine allí un espíritu de unidad. ¿Cuándo fue la última vez que dieron un abrazo a su mamá o a su papá y les dieron las gracias por todo lo que hacen? Los padres son los que más nutren con amor, pero ellos también necesitan que se les nutra con amor.

Como mujeres, podemos juntar a nuestros pequeños bajo nuestras alas con amor y ternura. Hace poco observé a una madre que le hablaba a su niña de dos años; ésta lloraba y la mamá no entendía qué era lo que quería. Le dijo: “No llores; usa tus palabras y dime qué te pasa”. Ella había demostrado tal respeto por esa pequeña de dos años, que ésta dejó de llorar y empezó a expresarse. Esa madre está aprendiendo a nutrir con amor.

Cuando nuestro Padre Celestial presentó al Salvador ante el mundo, demostró cuidado amoroso al emplear una voz suave. En las Escrituras dice lo siguiente: “…oyeron una voz como si viniera del cielo… y no era una voz áspera ni una voz fuerte… a pesar de ser una voz suave, penetró hasta lo más profundo de los que la oyeron” (3 Nefi 11:3).

Esto puede ser un modelo de la forma en que debemos hablar a nuestra familia en el hogar. Al hablar a aquellos a quienes amamos, no utilicemos una voz fuerte, sino una suave. De ese modo se dirige nuestro Padre Celestial a Sus hijos. Seguir leyendo

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