Un análisis científico del Libro de Mormón

UN ANÁLISIS CIENTÍFICO DEL LIBRO DE MORMÓNlogo 4
Los Cambios en nuestra comprensión de la América antigua y de sus Escrituras
Por John L. Sorenson

UN ANÁLISIS CIENTÍFICO DEL LIBRO DE MORMÓN.pdf - Adobe Acrobat ProIntroducción

Durante las últimas décadas, los estu­dios profesionales en el campo de la arqueología, geografía, cultura e idio­ma de los pueblos americanos han proporcionado una enorme cantidad de información que debe ser de gran interés para aquellos que leen y creen en el Libro de Mormón, información que los científicos que se dedicaron al estudio de este libro quizás nunca se hubieran imaginado que existiera. En la actualidad, la calidad y cantidad de estudios especializados relacionados con el Libro de Mormón son tan am­plios y profundos que es imposible que una sola persona esté al tanto de todos los aspectos de estos conocimientos.

De hecho, durante los últimos cin­cuenta años, ha quedado anticuada la mayor parte de lo que previas genera­ciones pensaban acerca de las civiliza­ciones americanas precolombinas.

Las ciencias que estudian las civiliza­ciones antiguas han sufrido grandes cambios. En las primeras décadas de este siglo aún se consideraba que la ciencia era la búsqueda y descubri­miento de verdades permanentes e in­falibles. Sin embargo, en la actualidad tanto los científicos como los filósofos concuerdan en que la naturaleza mis­ma de su tarea requiere que constante­mente reinterpreten sus teorías y sus datos.1 El punto de vista de Karl Pop- per con respecto a la ciencia, de que es “eternamente tentativa»2, ha llega­do a ser aceptado entre muchos cientí­ficos. De manera que aunque en la ac­tualidad exista quizás mil veces más información acerca de las primeras culturas de América que la que estaba disponible hace medio siglo, ahora los mejores científicos son mucho menos insistentes en describir categórica­mente lo que sucedió en el Nuevo Mundo pre-europeo.

También han ocurrido ciertos cam­bios en algunos conceptos que han te­nido los Santos de los Últimos Días con respecto al Libro de Mormón. Nuestra fe en los principios salvadores que enseñaron los profetas desde Nefi hasta Moroni no ha cambiado, y si lo ha hecho de alguna forma, ha sido en aumento. Pero al considerar estas Es­crituras como un documento antiguo, el estudiante minucioso ahora es cons­ciente de que tenemos mucho más de lo que habíamos sospechado. Comen­zando con M. Wells Jakeman, Hugh Nibley y Sidney B. Sperry, esta cre­ciente comunidad de investigadores Santos de los Últimos Días comenza­ron a fines de la década de 1940 a descubrir algunos de estos detalles.3 Un ejemplo de este cambio de perspec­tiva, de contemplar nuevas posibilida­des, lo representa el descubrimiento que hizo John W. Welch hace apenas quince años de una forma literaria del Cercano Oriente, llamada quiasmo, en el Libro de Mormón, la cual pasó inadvertida para sus lectores durante casi 140 años, desde su publicación en 1830. En años recientes, otros inves­tigadores han encontrado en el Libro de Mormón ciertas tendencias e impli­caciones insospechadas que en tiem­pos pasados no se habían detectado.

Muchos Santos de los Últimos Días no han tenido acceso a las fuentes que comunican la manera en que las inves­tigaciones recientes han cambiado nuestra comprensión del Libro de Mormón como un documento antiguo. Muchos también ignoran algunos des­cubrimientos nuevos bastante asom­brosos que apoyan al Libro de Mor­món y que han sido el resultado del uso de métodos científicos más avan­zados. El propósito de este artículo y los dos que le siguen es el de dar algu­nos ejemplos claros de los cambios que han ocurrido en el concepto que tienen algunos científicos Santos de los Últimos Días acerca del Libro de Mormón a la luz de las nuevas teorías y descubrimientos acerca del pasado.

La intención de estos artículos no es la de expresar enseñanzas oficiales de la Iglesia, pero en base a mis propias investigaciones y estudios he conside­rado que esta información es digna de consideración.

Primera parte

Durante mucho tiempo, uno de los in­tereses favoritos de los Santos de los Últimos Días ha sido la arqueología del Libro de Mormón. Siempre apare­cerá un grupo considerable de perso­nas a cualquier conferencia que trate este tema. Desafortunadamente, algu­nos escritores y conferencistas no han estado tan bien informados sobre el te­ma como debieran estarlo, y tampoco aquellos que critican a la Iglesia y de vez en cuando comentan el tema.

El problema en sí no es el de inten­ciones, creencias o testimonio, sino de conocimientos. El comparar el Libro de Mormón con los descubrimientos de la arqueología y otros campos relacionados es una actividad de elevado nivel intelectual, y cuando una perso­na, sea o no Santo de los Últimos Días, se propone obrar dentro de esa disciplina académica, deberá sujetarse a las normas que la gobiernan.

El primer elemento esencial es el determinar la naturaleza del Libro de Mormón y qué porciones pueden com­pararse apropiadamente con los hallaz­gos científicos. Después necesitamos establecer lo que realmente saben los arqueólogos y otros científicos y cuá­les son las condiciones que limitan sus conocimientos. Antes de poder llegar a una conclusión legítima, por más sen­cilla que ésta sea, se deben considerar cuidadosamente ambos puntos de vista de este asunto.

Un problema que algunos escritores y discursantes Santos de los Últimos Días han tenido es el de confundir el texto mismo del Libro de Mormón con su interpretación tradicional. Por ejemplo, es muy común escuchar que el Libro de Mormón es “la historia de los indios americanos”. Esta afirma­ción contiene varias suposiciones in­fundadas: que este volumen de Escri­tura es una historia en el sentido común, o sea, un relato cronológico y sistemático de los acontecimientos principales del pasado de una nación o territorio; que los indios americanos son un solo grupo de personas; y que las aproximadamente cien páginas de texto que contienen material histórico y cultural podrían relatar la historia completa de un hemisferio. Cuando se hacen suposiciones infundadas como éstas, los críticos responden de la mis­ma manera, y critican estas suposicio­nes y no el antiguo texto en sí. Seguir leyendo

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El asiento a vuestro lado

Octubre de 1984
El asiento a vuestro lado
Por el élder Gene R. Cook
Del Primer Quórum de los Setenta

Gene R. CookRindo encomio a una generación real, la mejor generación de jóvenes en cantidad y en calidad que jamás haya vivido sobre la faz de la tierra. Es incalculable la cantidad de bien que estáis haciendo, y antes de finalizar vuestra estancia en este mundo se llegará a sentir vuestra influencia en todos los confines de la tierra.

Quisiera hablaros de dos jóvenes que representan a esta generación real. No conozco a estos individuos por nombre, pues solamente he llegado a saber de una porción de los resultados de su influencia positiva.

Durante el otoño de 1978 había un joven, a quien llamaremos Julio, que se sentía totalmente desilusionado con la vida. Había nacido en la Iglesia, pero por lo general había sido inactivo. Se había casado con una señorita que era miembro de la Iglesia, pero después de unos años de matrimonio, y por motivo de ciertos problemas maritales, se habían separado. Además de este desafío, también sufría de graves problemas de salud. Tenía diabetes, y esta aflicción le había causado una ceguera parcial.

Trabajaba como velador nocturno en una pequeña fábrica de productos químicos. Sus compañeros de trabajo no eran miembros de la Iglesia, y al paso del tiempo le tentaban, diciendo, “Anda, Julio, vamos a tomarnos una cerveza”, “Un cigarro no te va a hacer daño”, o “Tengo unas amiguitas muy bonitas y podríamos divertirnos con ellas esta noche”. Constantemente se le presentaron oportunidades para quebrantar los mandamientos, pero no participó de ninguna de estas cosas.

Un viernes en la noche se sentía sumamente desanimado y solitario, y uno de sus amigos le invitó a visitarlo para divertirse en una ciudad conocida por sus casinos con juegos de azar y su estilo de vida inmoderado. Sintiéndose desesperado, decidió que iría, pensando para sí, “En realidad, ¿qué importa? Ya nadie se interesa en mí. Me siento miserablemente mal, así que voy a ir.” Al ir sentado en el autobús, pensaba en las cosas inicuas que haría. Iba a demostrarle su independencia a su ex esposa, a la Iglesia y a todo el mundo. Al persistir este espíritu negativo, decidió con mayor firmeza el curso que seguiría.

En esos momentos abordó el autobús un miembro de las fuerzas armadas, quien caminó por el pasillo. Había un sinnúmero de asientos desocupados donde podría haberse sentado, pero se sentó junto a Julio. Este joven era muy alegre, y al platicar con Julio mencionó palabras como “unidad familiar” y “la Iglesia”. Julio comenzó a sospechar que era miembro de la Iglesia. Entonces el joven le preguntó:

—¿Qué pensaría si le dijera que no fumo ni tomo café ni alcohol? ¿Y si le dijera que tengo 26 años de edad y soy moralmente limpio?

Julio pretendió estar sorprendido, y dijo:

—¿De veras?

El militar le preguntó: Seguir leyendo

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Un cambio en el corazón: Clave para sostener relaciones armoniosas

Octubre de 1984
Un cambio en el corazón: Clave para sostener relaciones armoniosas
Por C. Richard Chidester

El Señor nos promete que cuando tengamos un corazón quebrantado, él cambiará nuestra naturaleza y purificará nuestro corazón.

En una ocasión aconsejé profesionalmente a un hombre cuya perspectiva y comportamiento eran tan acusadores que con frecuencia abusaba verbalmente de su esposa e hijos con palabras sumamente viles.

Me reuní con él y con su esposa por un par de sesiones, con el fin de tratar de ayudarle a comprender y superar su mentalidad acusadora. Pero él se ofendió, me dijo un par de palabras malsonantes y salió de mi oficina sumamente molesto. Posteriormente su esposa pidió la separación, y él terminó viviendo con sus padres. Nunca pensé volver a ver a esta pareja.

Lógicamente, quedé sumamente sorprendido cuando él me llamó por teléfono dos meses después y me dijo que estaba listo para reanudar nuestras sesiones. Después de disculparse por su comportamiento anterior, me explicó lo que le había estado sucediendo. Mientras vivía con sus padres había llegado a comprenderse a sí mismo más claramente, pues al ver que ellos continuamente se rebajaban, se acusaban y atacaban verbalmente, comenzó a comprender que él había estado actuando igual que ellos siempre lo habían hecho. Pronto llegó a odiar el momento de llegar a casa por la noche a causa del comportamiento de sus padres.

También llegó a ser más consciente del mismo comportamiento acusador de otras personas, especialmente el de aquellas con las que trabajaba. Observó que sus colegas pasaban gran parte del día contando chismes, quejándose y rebajándose mutuamente.

Cuando comenzó a extrañar a su familia, su corazón gradualmente comenzó a ablandarse y sintió remordimiento por la forma en que los había tratado. Pasaron por su mente escenas de las ocasiones en que había abusado física y verbalmente de su esposa y sus hijos, y le llegó a obsesionar la necesidad de reparar su comportamiento intolerable. Su pesar aumentó hasta que comenzó a sentir que casi no lo podría soportar.

Cuando acudió a mí en busca de ayuda, era obvio que estaba experimentando un cambio en su corazón. Por primera vez se estaba admitiendo a sí mismo lo mal que se había comportado. Claro que siempre lo había sabido, pero se había engañado a sí mismo hasta convencerse de que su esposa, sus hijos y sus circunstancias eran los culpables de su aflicción e infelicidad. Se había convencido de que si la gente lo comprendiera mejor y fuera más compasiva con él, no habría tenido tantos problemas. Atrapado en una red paralizadora de aflicción y autocompasión, no había alcanzado a ver que él mismo era el tejedor de esa red.

Pero ahora comenzaba a comprender la verdad, y ese conocimiento de sí mismo lo condujo hasta las profundidades de la humildad con un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Había reconocido que tenía la necesidad de cambiar, y buscó la ayuda del Señor para hacerlo. Ahora podía ver que sus problemas eran espirituales y de su propia hechura. También comprendió que el que estaba en mejor posición para hacer algo al respecto era él.

Estaba listo para cambiar, y al responder a los susurros del Espíritu, su corazón siguió ablandándose. No fue necesario tener muchas sesiones de consejos profesionales ni recibir muchas instigaciones de sus amigos antes de que hiciera cambios positivos y duraderos en su vida. Seguir leyendo

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La recepción y aplicación de las verdades espirituales

Octubre de 1984
La recepción y aplicación de las verdades espirituales
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneySiempre me he sentido impresionado e instruido cuando he contemplado la entrevista que tuvo el Maestro con Nicodemo, el miembro docto del Sanedrín judío que acudió a Jesús con el propósito de aprender más acerca de él, su identidad y su mensaje.

Nicodemo “vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (Juan 3:2).

En su búsqueda de la verdad, Nicodemo se sintió motivado a hacer preguntas y buscar conocimiento del Señor; sin embargo, en este momento, solamente alcanzaba a reconocer en el Hijo de Dios a un maestro superior a otros. Tal como lo indica su declaración, su conclusión se basaba en lo que había visto y oído de los milagros del Maestro. No obstante, Jesús inmediatamente enseñó a Nicodemo que el conocimiento que buscaba no debía basarse solamente en la evidencia de ver y oír de un milagro o de ver un gran suceso. Jesús rápidamente señaló la verdad de que no se podía descubrir, ver ni entrar en el reino de Dios sin la ayuda de un proceso de aprendizaje superior, un proceso sensible al mundo infinito de la realidad celestial y que está fuera del alcance del mundo de las percepciones sensoriales.

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Ahora, aunque Nicodemo era un hombre educado, hábil y sabio, no podía comprender el concepto que le presentaba el Maestro. De hecho, se quedó perplejo, pues dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” (Juan 3:4).

Jesús persistió en su explicación, tratando de iluminar la mente de Nicodemo, y le explicó: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). Sin embargo, Nicodemo aún no había nacido del Espíritu, y por tanto carecía de la comprensión que se percibe a través de él. Simplemente no podía comprender que Jesús estaba diciendo que hay dos fuentes de conocimiento, dos procesos diferentes de aprendizaje: uno a través de los sentidos normales de la carne, y el otro a través de la voz del Espíritu.

La explicación que el apóstol Pablo dio a los corintios con respecto a este mismo tema enfocaba la misma verdad que explicó el Maestro al hablar con Nicodemo. Pablo dijo a los corintios: “Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu. . .

“para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

“Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

[Esto es, las cosas del Espíritu, las verdades eternas, el significado de los grandes acontecimientos y señales, y la verdad fundamental, no pueden obtenerse solamente a través de los procesos de aprendizaje de los hombres.] “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:4-5, 9-10, 14). Seguir leyendo

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La lucha por el alma

Liahona Septiembre 1984

La lucha por el alma

por el élder Melvin J. Ballard
Pronunciado en el tabernáculo de Salt Lake City, el 5 de mayo de 1928


Hace tres semanas, durante la sesión general de la conferencia, tuve el privilegio de referirme a algunos elementos de Interés para los Santos de los Últimos Días y para el mundo, de acuerdo con las Inspiradas palabras del profeta americano Nefi, quien unos 600 años antes del nacimiento de Cristo dejó un mensaje expresamente para esta generación. Quisiera ahora continuar en el mismo espíritu dé aquellas instrucciones, y para así hacerlo desearía leer unos poco párrafos de 2 Nefi capítulo 28:

“Sí, y habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertíos, porque mañana moriremos; y nos irá bien. Y también habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertidos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de uno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal; y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos correazos, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios.” (2 Nefi 28:7-8).

A partir del versículo 19 dice lo siguiente: Seguir leyendo

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En busca de un padre

Septiembre de 1984
En busca de un padre
Por Abraham Kimball

Abraham Kimball, hijo de Heber C. Kimball quien fue uno de los primeros apóstoles de esta dispensación, fue criado lejos de su padre por parientes que no tenían buenas relaciones con la Iglesia. En 1862 viajó a Salt Lake City, donde su padre sirvió como consejero del presidente Brigham Young, y donde aprendió a amar a su familia y su fe. La siguiente historia se basa en la narración de Abraham de acuerdo con la forma en que se encuentra preservada en los archivos de la Iglesia.

Cuando llegamos al camino Fort Hall, en el estado de Idaho, James Spicer, con quien viajaba rumbo a California, se enteró de que varias caravanas de carretas habían sido atacadas por los indios. Entonces decidió cambiar sus planes y viajar a través del territorio de Utah.

—Voy a ser valiente al morir—dije, pensando en que los mormones habrían de matarme o hacerme tal vez algo peor.

Hasta ese momento los miembros de nuestra compañía viajante ignoraban totalmente quiénes eran mis padres, por lo que consideré prudente hablar con Spicer al respecto.

—Tengo un padre en Utah.
— ¿Quién es?
—No estoy seguro —contesté, lo que era la verdad, porque no sabía, pero sabía que habría de tener dificultades.
—Tal vez traten de hacerme prisionero —dije.
—No podemos tomar el camino Fort Hall —me contestó—. Es muy peligroso. Tenemos que ir a través de Utah. — Spicer sonrió tratando de reconfortarme.
—Todo saldrá bien, ya verás, —Saltó de nuevo a su carreta y, azuzando a los animales que de ella tiraban, dobló hacia el norte, rumbo al camino de Utah.

Era como una pesadilla, ya que nos encontrábamos demasiado lejos para que yo pudiera volver solo. Lo que más había temido toda mi vida estaba convirtiéndose en realidad.

Había crecido con un amargo prejuicio y un profundo odio hacia los mormones. El solo nombre era para mí sinónimo de un monstruo desagradable y peligroso. A menudo en mis sueños —o pesadillas— me imaginaba que los mormones me capturaban y, por el temor que me inspiraba la sola idea, estando despierto me veía llevando una vida de cautivo entre ellos, enjaulado como si fuera una bestia salvaje.

Nunca había visto a un mormón y no podía recordar a mi padre. Lo que sabía acerca de ellos lo había aprendido de mi abuelo y su familia. Mi padre había salido rumbo a Utah cuando yo tenía tan sólo unos doce meses de edad, dejando dos esposas (mi madre Clarisa y su hermana Emilia) y mi hermano Isaac y yo con mi abuelo, Alpheus Cutler. Sólo tres mujeres acompañaron ese primer grupo. En la mayoría de los casos las esposas quedaban atrás al cuidado de unos parientes o amigos de confianza y salían después rumbo a Utah en los próximos años. Seguir leyendo

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Somos cristianos porque…

Septiembre de 1984
Somos cristianos porque…
Por el élder Robert E. Wells
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert E. WellsPara miembros de la Iglesia que hayan dedicado su vida al evangelio de Jesucristo, puede ser más que una sorpresa el saber que hay gente en el mundo que no sabe que somos cristianos. Hay mucha gente que jamás estableció una relación entre el apodo “mormón” y “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Incluso en la actualidad existe un esfuerzo organizado en los Estados Unidos para confundir al público y convencerle de que los Santos de los Últimos Días son miembros de una secta no cristiana.

Nosotros siempre hemos reclamado “el derecho de adorar al Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: adoren cómo, dónde o lo que deseen”. Creemos que todos los hombres se encuentran en su mejor condición cuando adoran a su Dios. Respetamos su derecho de creer en lo que consideren sagrado y del mismo modo reclamamos de ellos la misma cortesía. Esta es la razón por la cual la siguiente declaración no tiene la finalidad de ser motivo de contención, sino más bien un breve repaso de por qué creemos que llenamos ampliamente los requisitos necesarios para ser considerados cristianos.

  1. Somos cristianos porque adoramos a la Trinidad cristiana. “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.”

No tenemos dioses ajenos delante de nosotros. (Véase Éxodo 20:3.) No adoramos profetas ni santos, ya sea que se trate de los tiempos contemporáneos o antiguos. Oramos solamente al Padre, tal como lo enseñó el Salvador durante su ministerio terrenal (véase Mateo 6:9-13); y esto lo hacemos tan sólo en el nombre del Salvador. Enseñamos, tal como también lo enseñan las Escrituras, que no existen Intermediarios entre Dios y el hombre, excepto Jesucristo, y  “. . . no hay otro nombre debajo del cielo sino el de este Jesucristo. . . mediante el cual el hombre puede ser salvo”. (2 Nefi 25:20.)

  1. Somos cristianos porque, al igual que los cristianos antiguos, no adoramos imágenes talladas ni ningún otro objeto de adoración idólatra. (Véase Éxodo 20:4-6.) Tampoco consideramos que es adecuado usar medallas, reliquias antiguas, imágenes, o aun la cruz u otros objetos hechos por el hombre como parte de nuestra adoración del Dios verdadero y viviente. Claro que adornamos nuestros parques y edificios con estatuas y exhibimos pinturas del Salvador y otros personajes en lugares prominentes, pero no adjuntamos significados religiosos a tales obras de arte efectuadas por el hombre.
  2. Somos cristianos porque, al igual que los cristianos primitivos, no tomamos el nombre del Señor en vano (véase Éxodo 20:7), ni tampoco justificamos el mal uso de cualquier término que se refiera a la Deidad. Seguimos la amonestación del Señor cuando dijo: “No juréis en ninguna manera” en nuestras relaciones mutuas. (Véase Mateo 5:34-37.) Por lo tanto, en nuestra vida diaria, no efectuamos juramentos vanos en el nombre de cosas sagradas. En lugar de así hacerlo, nuestras comunicaciones mutuas son simples, honradas y francas. También consideramos que quienes siguen a Cristo evitarán el uso de un idioma vulgar e irrespetuoso, del mismo modo que deberán evitar el uso incorrecto de cualquier expresión reservada para la Deidad.
  3. Somos cristianos porque consideramos sagrado y guardamos el día de reposo cristiano. (Véase Éxodo 20:8-11.) Nos esforzamos por mantenerlo sagrado todo el día y no tan sólo el momento en que nos encontramos en la Iglesia. Nos oponemos a la violación del día del Señor, ya sea en actos deportivos, de entretenimiento público, de caza o pesca, de trabajo o de cualquier otro tipo de actividades similares. El domingo es para nosotros un día de adoración, un día de descanso y de estudio, al Igual que una oportunidad para visitar a los enfermos, un día en el que no debemos hacer cosas que puedan ser hechas en otros días de la semana. Tampoco efectuamos compras, no vendemos ni hacemos negociaciones ni participamos en otras transacciones comerciales durante el día de reposo.
  4. Somos cristianos porque honramos a nuestros padres, a nuestros abuelos y todas las demás generaciones, en forma cristiana. (Véase Éxodo 20:12.) Tratamos de volver el corazón de los hijos a sus padres (y a sus antepasados) y volver el corazón de los padres a sus hijos (véase Malaquías 4:6), para que podamos unir así todas las generaciones en los lazos del amor eterno. Tratamos de alcanzar la meta del matrimonio en el templo por la eternidad. Nuestras ordenanzas del templo están basadas en Cristo. Tenemos programas orientados en Cristo para fortalecer el hogar, la familia y cada uno de los individuos. Nos esforzamos por proteger la integridad del hogar y la familia de las Influencias de Satanás. Estamos en contra de las cosas que destruyen al hogar y la familia, tales como el aborto, la homosexualidad, la promiscuidad, el alcohol, las drogas, la violencia y el divorcio sin justificativo. Fue un profeta cristiano de esta época, el presidente David O. McKay, quien enseñó que “ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar”.
  5. Somos cristianos porque nos esforzamos por obedecer tanto el mandamiento judeocristiano «no matarás» (Éxodo 20:13) como la ley superior dada por Cristo: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio. . .” (Mateo 5:22). Cristo era enemigo del enojo, de las peleas y las contiendas. Su consejo fue: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”. (Mateo 5:44-45.) Nuestro mayor deseo es el de ser obedientes a nuestro Padre Celestial en esto.

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Cuando el mundo sea convertido

4 de abril de 1974
Cuando el mundo sea convertido
Por el Presidente Spencer W. Kimball

Por directivas dadas por el presidente Kimball, este histórico discurso presentado el 4 de abril de 1974 en el seminario de representantes regionales, y relacionado con la primera conferencia del presidente Kimball como presidente de la Iglesia, es ahora reimpreso en forma acortada y puesta al día, para su utilización en el hogar y como discusión familiar.

Spencer W. KimballPermitidme hablaros sobre algunas ideas que han estado constantemente presentes en mi mente.

El Señor dijo en una revelación al profeta José Smith: “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:15.)

Si no hubiera conversos, la Iglesia se marchitaría y moriría. Pero tal vez el mayor de los motivos para la obra misional es el de darle al mundo su oportunidad de oír y aceptar el evangelio. Las Escrituras se encuentran repletas de mandatos y promesas, llamados y recompensas para enseñar el evangelio. Uso deliberadamente la palabra mandato, porque parecería ser una directiva que se repite a menudo y de la cual nosotros, tanto en forma individual como colectiva, no podemos escapar.

Os pregunto, ¿qué quiso decir el Señor cuando llevó a sus doce apóstoles a la cumbre del monte de los Olivos y les dijo: “Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”? (Hechos 1:8.)

Estas fueron las últimas palabras del Señor antes de ascender a su hogar celestial.

¿Cuál es el significado de “lo último de la tierra”? Él ya había cubierto las zonas geográficas conocidas por los apóstoles. ¿Se refería al pueblo de Judea? ¿O al de Samaría? ¿O a los pocos millones de habitantes del Cercano Oriente? ¿Dónde estaba entonces lo último de la tierra? ¿Se referiría a los millones que habitan lo que hoy es América? ¿Incluía a los cientos de miles, o aun millones, de habitantes de Grecia, Italia, los alrededores del Mediterráneo y los habitantes de Europa Central? ¿Qué fue lo que quiso decir? ¿O quiso incluir a todas las personas que vivían en el mundo y a los espíritus asignados a venir a este mundo en siglos futuros? ¿Es acaso que no prestamos suficiente atención al significado de sus palabras?

Después de Su crucifixión, los once apóstoles se reunieron en una colina en Galilea, y el Salvador se les apareció y les dijo:

“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mateo 28:18-20.)

Nuevamente aparecen los conceptos de poder y mandato y la promesa de un apoyo continuo.

Cuando en el año 1830 el Señor envió a Parley P. Pratt, Oliverio Cowdery, Peter Whitmer y Ziba Peterson a los lamanitas, agregó: “. . . y yo mismo los acompañaré y estaré con ellos; y soy su abogado ante el Padre; y nada prevalecerá en contra de ellos.” (D. y C. 32:3.)

Pensemos por un momento en el mundo tal como lo vio Moisés… era un mundo muy grande. Seguir leyendo

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El servicio cristiano en momentos inoportunos

Agosto de 1984
El servicio cristiano en momentos inoportunos
Por el élder Vaughn J. Featherstone
Del Primer Quorum de los Setenta

Vaughn J. FeatherstoneHace poco tiempo asistí a un seminario para presidentes de misión en el que estuvimos reunidos todo el día. Después de concluido el intensivo seminario, tomé un avión para regresar a mi hogar en Salt Lake City después de 17 horas consecutivas de no dormir. Al llegar a casa, inmediatamente me cambié de ropa para ir a acostarme. Había empezado a hablar con mi esposa cuando sonó el teléfono. Se trataba de un amigo mío a quien había conocido desde mis primeros años escolares.

—Hermano Vaughn —me dijo con voz temblorosa—, acabo de hospitalizar nuevamente a mi hija, después de varios ataques epilépticos serios. Como ha dejado de respirar en dos ocasiones, la tienen con oxígeno, pero parece que ya está decayendo aceleradamente.

Le pregunté si le habían dado ya una bendición, a lo cual respondió en seguida:

No, teníamos la esperanza de que tú pudieras hacerlo.

Mi cuerpo estaba agotado y sentí en esos momentos que bien me merecía un descanso y estar al lado de mi esposa, que feliz había esperado mi retorno; de modo que la carne titubeó. No obstante, el espíritu sabía precisamente lo que tenía que hacer, por lo que le dije:

—Joe, estaré allí en 30 minutos — pues eso era lo que nos llevaría llegar al hospital.

Le pedí a mi esposa que me acompañara, a lo cual esta noble mujer asintió en seguida. Nos levantamos, nos cambiamos de ropa y nos dirigimos al hospital. Al llegar a la sala correspondiente, vi a este buen amigo mío, a quien conocía desde hacía más de 46 años, y lo abracé. Encontramos una sala desocupada, y junto con los demás de la familia nos unimos en ferviente oración.

Luego Joe y yo nos dirigimos a la sala de cuidado intensivo y le dimos a su hija una bendición. Al elevar nuestras súplicas al Señor, nos sobrevino una dulce y serena seguridad de que ella estaba en sus manos, a pesar de que en esos momentos yo dudaba que pudiera sobrevivir durante la bendición.

Volví al auto, donde me esperaba mi querida esposa, y regresamos a casa sin sentirnos cansados y exhaustos en lo más mínimo. No está demás mencionar que, a la fecha en que escribo este artículo, la hija de Joe vive; es un verdadero milagro.

Las oportunidades de hacer obras de servicio cristiano no siempre se nos presentan en los momentos más oportunos. Permitidme contaros otra pequeña experiencia. Hace unos dos o tres años había viajado al sur de California, con el objeto de reorganizar una estaca. Al terminar la conferencia y antes de ir al aeropuerto, en donde pensé que podría descansar un poco, se me acercó una mujer de edad madura, y me dijo: —Élder Featherstone, ¿regresa usted esta tarde a Salt Lake?

Le dije que sí. Luego me preguntó si viajaba en el vuelo de las cuatro de la tarde. Cuando asentí de nuevo, agregó: — ¿Podría pedirle un favor?

En cuestión de segundos pensé en el ocupado día que había tenido y que ya mi cuerpo pedía un descanso. También me imaginé que lo que ella deseaba era que le llevara algún paquete a sus familiares y, en vista de que yo generalmente no llevo equipaje para despachar, a menos que tenga una absoluta necesidad, me pregunté si tendría que hacerlo en esta ocasión, y también pensé en lo que tendría que esperar para reclamar el supuesto paquete, o lo que fuera, y en que posiblemente tendría que entregarlo personalmente.

Pero, como siempre, el espíritu expulsó de mí todas esas excusas inválidas y respondí de la manera en que lo haría un líder consagrado al servicio: Seguir leyendo

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El testimonio de un apóstol de Cristo

Agosto de 1984
El testimonio de un apóstol de Cristo
Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce

Howard W. Hunter 1El supremo sacrificio de Cristo podrá ser eficaz en nuestras vidas sólo cuando aceptemos la invitación de seguirlo.

Durante su ministerio terrenal, nuestro Señor extendió repetidas veces un llamamiento que a la vez de ser una Invitación, era también un cometido. A Pedro y a su hermano Andrés, Cristo les dijo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Al joven rico que le preguntó lo que debía hacer para heredar la vida eterna, Jesús le respondió: “Anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres… y ven y sígueme» (Mateo 19:21). Y a cada uno de nosotros Jesús nos dice: «Si alguno me sirve, sígame» (Juan 12:26).

Muchos han escogido seguir a Cristo, y es nuestra oración constante que así lo sigan haciendo muchos más, aunque para cierto número de los seguidores del Señor, el llamado ha sido más específico. Lucas registra que después de que Jesús “pasó la noche orando a Dios. . ., llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6:12,13).

Para estos doce escogidos, el llamamiento de seguir a Cristo significó abandonar todo y acompañar físicamente al Señor en su ministerio. Su llamamiento fue un privilegio, pues caminaban y hablaban diariamente con el Hijo de Dios. Lo conocían íntimamente y se deleitaban en su palabra con corazones humildes y receptivos. Lo amaban, y Jesús los llamaba sus amigos (véase Juan 15:14-15). Estos doce apóstoles cumplieron una función vital en el plan del Señor. Eran testigos especiales de la divinidad del Salvador y de su resurrección literal. No solamente lo conocieron durante su ministerio mortal, sino que también caminaron con El después de su resurrección. El Redentor resucitado apareció a sus discípulos en el cuarto superior de su recinto y ellos le palparon las manos y los pies, y así supieron que no era meramente un espíritu, sino un ser resucitado de carne y huesos (véase Lucas 24:38, 39).

Estos apóstoles conocían la divinidad del Señor y sabían de su resurrección con una certeza que sobrepasa toda descripción o disputa. Con este conocimiento, basado en su propia experiencia y confirmado por el Espíritu Santo, se les mandó ser sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). La palabra apóstol significa en verdad “uno que es enviado de Dios”.

Los apóstoles fueron escogidos por Dios y “ordenados” para ser testigos de la resurrección (véase Hechos 1:22); después de lo cual salieron a testificar intrépida y majestuosamente sobre la Expiación y la Resurrección. Participaron en los sucesos más significativos relacionados con la misión redentora del Salvador, de los cuales se les mandó testificar a todo pueblo. El Espíritu Santo se encargó de confirmar sus palabras para que la gente creyera en Cristo y se preparara para recibir la remisión de sus pecados. Pablo explicó a los santos en Éfeso que el conocimiento concerniente a Cristo había sido “revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efeslos3:5). Seguir leyendo

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Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente

Conferencia General 24 de marzo de 2007
Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente
Presidente Gordon B. Hinckley

Su potencial no tiene límites. Si asumen el control de su vida, el futuro estará repleto de oportunidades y alegría.

Mis queridas jovencitas, ¡qué maravilloso panorama es verlas en esta gran sala acompañadas de sus madres, abuelas y maestras! Más allá de este Centro de Conferencias, centenares y millares de jovencitas se reúnen por todo el mundo; nos oirán en más de una veintena de idiomas y nuestros mensajes se traducirán a su lengua natal. La oportunidad de dirigirles la palabra es una gran responsabilidad, pero también es una maravillosa oportunidad. Ruego la guía del Espíritu Santo en lo que voy a decirles.

Otras personas han hablado de manera elocuente sobre el tema de esta reunión; yo sólo lo mencionaré. Es la palabra revelada del Señor que se encuentra en la sección 121 de Doctrina y Convenios, y dice así:

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás” (versículos 45–46).

¿Se le puede hacer a alguien una promesa más grande que estas magníficas palabras reveladas del Señor? Éstas son las palabras del Señor, dadas en una revelación al profeta José; éstas conllevan una extraordinaria promesa para todos los que dejen que la virtud engalane sus pensamientos incesantemente.

Y bien, jovencitas, ustedes están en el umbral de la vida; son lo suficientemente mayores para haber sido bautizadas, y son lo suficientemente jóvenes para tener el mundo con el que sueñan todavía por delante. Cada una de ustedes es una hija de Dios; cada una es un ser divino; literalmente, son hijas del Todopoderoso. Su potencial no tiene límites. Si asumen el control de su vida, el futuro estará repleto de oportunidades y alegría. Ustedes no pueden darse el lujo de desperdiciar sus talentos o su tiempo, ya que les esperan grandes oportunidades.

Ahora les ofrezco una fórmula muy sencilla que, si se aplica, les asegurará la felicidad. Se trata de un sencillo programa de cuatro puntos; es el siguiente: (1) oren, (2) estudien, (3) paguen el diezmo y (4) asistan a las reuniones.

En cuanto al primer punto, la oración personal: Ustedes son hijas de nuestro Padre Celestial; Él es su Padre Celestial; háblenle. Arrodíllense cada mañana y cada noche y exprésenle la gratitud de su corazón; háblenle de las bendiciones que anhelan y necesitan. Nunca olviden que esta Iglesia comenzó con la humilde oración del joven José Smith en la arboleda de la granja de su padre. De esa experiencia extraordinaria, a la que llamamos la Primera Visión, ha crecido esta obra hasta que hoy está establecida en 160 naciones, con más de 12 millones de miembros. Es el cumplimiento de la visión de Daniel en la que una piedra cortada del monte, no con mano, rueda para llenar toda la tierra (véase Daniel 2:44–45).

No sólo pueden ofrecer sus oraciones personales, sino que pueden instar a sus padres a llevar a cabo la oración familiar, si es que no lo están haciendo. La oración es el puente mediante el cual nos acercamos a nuestro Padre Celestial; no cuesta nada; sólo requiere fe y esfuerzo. No hay nada más gratificante que arrodillarse en humilde oración; eso demuestra amor por Dios, el dador de todo lo que es bueno; demuestra respeto por nosotros mismos. No hay nada que reemplace la oración, ya que es la comunicación personal con Dios.

El segundo punto de mi lista es el estudio. ¿Qué se incluye en esta simple palabra de siete letras? En primer lugar, el estudio de las Escrituras. Aunque lean sólo algunas partes del Antiguo Testamento, encierra grandes enseñanzas. El Nuevo Testamento es una mina de oro; contiene los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, además de los Hechos de los Apóstoles y otros escritos. Intenten leer aunque sea uno de los Evangelios, tal vez el libro de Juan. Cuando lo terminen, sigan con el Libro de Mormón.

Hace dos años insté a toda la Iglesia a leer el Libro de Mormón antes de que terminara el año. Es asombroso cuántas personas lograron el cometido. Todos los que lo hicieron fueron bendecidos por su esfuerzo. El enfrascarse en este testigo adicional de nuestro Redentor dio vida a su corazón y conmovió su espíritu. Algunas de ustedes eran muy pequeñas para haberlo leído en aquel entonces, pero ya no son tan pequeñas que no puedan comenzar a leerlo ahora. Seguir leyendo

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Permanezcan en el sendero

Conferencia General 24 de marzo de 2007Liahona Mayo 2007
Permanezcan en el sendero
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Sister Elaine S. DaltonEn ocasiones pensamos que podemos vivir al borde del peligro, y aún así, mantener nuestra virtud, pero ése es un lugar peligroso.

En uno de los senderos de un cañón cerca de mi casa, hay un letrero que dice: “Permanezca en el sendero”. Cuando uno empieza a caminar por él, no tarda en darse cuenta de que es un consejo muy bueno. Hay colinas, curvas, declives empinados; en algunos lugares, el terreno que está más allá del sendero es inestable y, en ciertas épocas del año, aparece una que otra víbora de cascabel. Mi mensaje para cada una de ustedes en esta noche es igual que el mensaje del letrero: “Permanezcan en el sendero”.

Hace unos años, fui de excursión a las Montañas Teton, de Wyoming, con un grupo de jovencitas. Era una caminata difícil, y el segundo día llegamos a la parte más peligrosa del recorrido; teníamos que caminar por el desfiladero llamado Huracán, un nombre apropiado debido a los fuertes vientos que casi siempre soplan allí. El guarda forestal nos dijo que permaneciéramos en el centro del sendero, que nos agacháramos lo más que pudiéramos en la parte que estaba al descubierto, que aseguráramos todo lo que llevábamos en nuestras mochilas y que camináramos rápido; ése no era lugar para tomar fotos ni para detenerse. Sentí un gran alivio y alegría cuando cada una de las jovencitas hubo pasado por ese lugar a salvo. ¿Y saben una cosa? ¡Ninguna de ellas preguntó cuánto se podía acercar a la orilla!

A veces, al andar por los senderos de la vida, queremos demorarnos en lugares peligrosos, pensando que es divertido y emocionante y que tenemos todo bajo control. En ocasiones pensamos que podemos vivir al borde del peligro, y aún así, mantener nuestra virtud, pero ése es un lugar peligroso. Tal como nos dijo el profeta José Smith: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312).

El consejo del Señor a Emma Smith en la sección 25 de Doctrina y Convenios es el que da a todas Sus preciadas hijas. Allí se nos da un código de conducta y se nos aconseja a “[andar] por las sendas de la virtud” (D. y C. 25:2). La virtud “es un modelo de pensamiento y conducta que se basa en normas morales elevadas” (Predicad Mi Evangelio, pág. 125). Entonces, ¿cuáles son las elevadas normas morales que nos ayudan a ser virtuosas? Seguir leyendo

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El recordar, el arrepentirse y cambiar

Conferencia General 24 de marzo de 2007Liahona Mayo 2007
El recordar, el arrepentirse y cambiar
Julie B. Beck
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Julie B. Beck1El camino más fácil y rápido a la felicidad y a la paz es arrepentirse y cambiar lo antes posible.

Estoy agradecida por el Salvador y por la invitación que todos tenemos de “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” 1 . Espero transmitirles algo de lo que he estado pensando y sintiendo acerca de recordar a Cristo, de arrepentirnos y de cambiar. Creo que la mejor manera de expresar los sentimientos de mi corazón es hablarles de tres mujeres y después analizar algunas lecciones que aprendí de sus experiencias.

Comenzaré con Ruth May Fox, que fue Presidenta General de las Mujeres Jóvenes hace muchos años, llamamiento que desempeñó hasta que tenía 84 años. La hermana Fox nació en Inglaterra y a los trece años de edad recorrió a pie casi todo el camino hasta el Valle de Lago Salado con un grupo de pioneros. Su madre murió cuando ella era bebé, por lo que vivió con varias familias los primeros doce años de su vida. Debió haber sido una niña difícil de controlar, ya que su abuela la llamó “niña maleducada”, y se negó a cuidarla 2 . Con el tiempo, Ruth se casó y tuvo doce hijos, con quienes compartió su firme testimonio y les enseñó el Evangelio mientras trabajaba junto a ellos; sin embargo, reconoció que a veces disciplinaba con severidad a sus hijos mayores, ya que perdía la paciencia fácilmente y no siempre “contaba hasta diez” 3 cuando la irritaban. Se esforzó por controlar esa debilidad, y se le llegó a conocer por su buen corazón y por su servicio a los demás.

La hermana Fox vivió hasta los 104 años, durante los cuales vivió grandes gozos y pruebas difíciles, y enseñó que “la vida manda pruebas difíciles. Las plantas más fuertes no crecen en invernáculos, y la fortaleza de carácter no se logra evitando los problemas” 4 .

El año pasado escalé Independence Rock, en Wyoming, para buscar el lugar donde la hermana Fox, a los trece años, había grabado su nombre en camino al Valle de Lago Salado. La intemperie de los últimos 140 años casi lo han borrado, pero pude distinguir: “Ruth May 1867”. Deseé saber más de esa gran líder y discípulo de Jesucristo que durante toda su vida se esforzó por mejorarse a sí misma y cuyo lema era: “¡El reino de Dios o nada!” 5 .

Mi siguiente relato es acerca de una mujer a la que llamaré Mary; era hija de fieles padres pioneros que habían sacrificado mucho por el Evangelio; se había casado en el templo y era madre de diez hijos. Era una mujer de muchos talentos que enseñó a sus hijos a orar, a trabajar y a amarse los unos a los otros; pagaba su diezmo y la familia iba en carreta a la Iglesia los domingos. Seguir leyendo

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Hijas de nuestro Padre Celestial

Conferencia General 24 de marzo de 2007
Hijas de nuestro Padre Celestial
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Susan W. Tanner

Nuestro Padre Celestial te conoce y te ama. Tú eres Su hija especial. Él tiene un plan para ti.

Nuestro yerno le dijo a su hija Eliza, de tres años, que para la noche de hogar iban a tener una lección sobre algo muy especial. Una gran sonrisa iluminó el rostro de la niña y trató de adivinar la sorpresa. “Con toda seguridad debe ser acerca de mí”, dijo, “¡porque yo soy muy especial!”. Eliza recuerda y sabe quién es: una hija muy especial de Dios. Ella lo ha aprendido de su madre, que desde muy pequeñita le ha cantado como canción de cuna el himno de apertura: “Soy un hijo de Dios” (Himnos, Nº 196).

Por todo el mundo, y en casi todos los idiomas, las mujeres jóvenes de 12 a 18 años declaran lo mismo: “Somos hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a Él” (“El lema de las Mujeres Jóvenes”, El progreso personal para las Mujeres Jóvenes [folleto], pág. 5). Sin embargo, a medida que crecen, en ocasiones se alejan del conocimiento convincente que tiene Eliza, de tres años, de que son muy especiales. Muchas veces la juventud sufre “crisis de identidad”, al preguntarse quiénes son en realidad. Los años de la adolescencia son también una época de lo que yo describo como: “robo de identidad”, que quiere decir que las ideas, las filosofías y las falsedades del mundo nos confunden, nos zarandean y tratan de robarnos el conocimiento de nuestra verdadera identidad.

Una excelente jovencita me dijo: “En ocasiones no estoy segura de quién soy. No siento el amor de mi Padre Celestial. Mi vida parece difícil. Las cosas no están saliendo de la forma en que yo quería, esperaba o soñaba que ocurriesen”. Lo que le dije a ella, les digo ahora a todas las mujeres jóvenes, de todas partes: Sé, sin ninguna duda, que eres una hija de Dios; él te conoce, te ama y tiene un plan para ti. Sé que éste es un mensaje que el Padre Celestial desea que yo te comunique.

Los profetas y apóstoles de los últimos días testifican de nuestra naturaleza divina. La proclamación al mundo para la familia, dice: “Cada uno [de nosotros] es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos” (Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Y el presidente Gordon B. Hinckley también ha dicho:

“No hay nadie que las supere; ustedes son hijas de Dios.

“Han recibido como patrimonio algo bello, sagrado y divino. Nunca lo olviden. Su Padre Eterno es el gran Maestro del universo. Él gobierna sobre todo, pero también escuchará sus oraciones como hijas Suyas, y las escuchará cuando le hablen. Él contestará sus oraciones y no las dejará solas” (“Permanezcan en el sendero de la rectitud”, Liahona, mayo de 2004, págs. 112–113).

Al permitir que el conocimiento de que tú eres una hija de Dios se arraigue en tu alma, te reconfortará, fortalecerá tu fe e influirá en tu comportamiento. Si permites que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente, tendrás confianza en la presencia de Dios, tal como se promete en el pasaje de nuestro lema de la Mutual (véase D. y C. 121:45). Seguir leyendo

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El arrepentimiento y la conversión

Conferencia General Abril de 2007

El arrepentimiento y la conversión

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Un alma arrepentida es un alma convertida, y un alma convertida es un alma arrepentida.


El año pasado, mientras el élder David S. Baxter y yo manejábamos rumbo a una conferencia de estaca, nos detuvimos en un restaurante. Después, al regresar al auto, una mujer nos llamó y se nos acercó; su apariencia nos sobresaltó y su arreglo personal (o falta de él) era lo que cortésmente llamaría “extremo”; entonces nos preguntó si éramos élderes de la Iglesia. Le dijimos que sí, y sin mucha reserva contó los eventos de su trágica vida anegada en el pecado. Ahora, a los 28 años de edad, era infeliz; sentía que no valía nada y que no tenía ninguna razón para vivir. Al hablar, la dulzura de su alma comenzó a emerger. En una súplica de lágrimas, preguntó si existía esperanza alguna para ella, alguna salida de esa desesperación.

“Sí”, respondimos, “hay esperanza. La esperanza está vinculada al arrepentimiento. Puedes cambiar; puedes: ‘[venir] a Cristo y [perfeccionarte] en él’” 1 y la instamos a no demorar 2 . Ella sollozó humildemente y nos agradeció con sinceridad.

Al continuar nuestro viaje, el élder Baxter y yo meditamos en cuanto a esa experiencia. Recordamos el consejo que Aarón le dio a una alma sin esperanza, al decir: “Si te arrepientes de todos tus pecados y te postras ante Dios e invocas con fe su nombre… entonces obtendrás la esperanza que deseas” 3 .

En esta sesión de clausura de la conferencia general, yo también hablo en cuanto al arrepentimiento; lo hago porque el Señor ha mandado a Sus siervos que proclamen el arrepentimiento a todo pueblo 4 . El Maestro ha restaurado Su evangelio para dar gozo a Sus hijos, y el arrepentimiento es un componente crucial de dicho Evangelio 5 .

La doctrina del arrepentimiento es tan antigua como el Evangelio mismo. Las enseñanzas bíblicas que se encuentran en los libros de Génesis 6 a Apocalipsis 7 proclaman el arrepentimiento. Entre las enseñanzas de Jesucristo durante su ministerio terrenal encontramos estas advertencias: “El reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” 8 , y “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” 9 .

En el Libro de Mormón se hacen referencias al arrepentimiento aun con mayor frecuencia 10 . Al pueblo de la América antigua, el Señor dio este mandamiento: “Otra vez os digo que debéis arrepentiros, y ser bautizados en mi nombre, y volveros como un niño pequeñito, o de ningún modo heredaréis el reino de Dios” 11 .

Con la Restauración del Evangelio, nuestro Salvador ha recalcado de nuevo esta doctrina. ¡La palabra arrepentimiento en cualquiera de sus formas aparece en 47 de las 138 secciones de Doctrina y Convenios! 12 .

Arrepentirse del pecado

¿Qué significa arrepentirse? Comencemos por la definición del diccionario, arrepentirse es: “abandonar el pecado… sentir pesar [y] remordimiento” 13 . El arrepentirse del pecado no es fácil, pero el galardón vale el precio que se paga. El arrepentimiento se efectúa un paso a la vez, y la humilde oración facilitará cada paso esencial. Como requisitos previos al perdón, primero deben existir el reconocimiento, el remordimiento y luego la confesión 14 . “Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” 15 . Se debe hacer la confesión a la persona dañada; debe ser una confesión sincera y no sólo una mera admisión de culpa después que las pruebas sean evidentes. Si se ha ofendido a muchas personas, la confesión se debe efectuar a todas las partes ofendidas. Los hechos que pudiesen afectar la situación de uno en la Iglesia o el derecho a los privilegios de la Iglesia deben confesarse de inmediato al obispo, a quien el Señor ha llamado como un juez común de Israel 16 . Seguir leyendo

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