Sed leales al Señor

Sed leales al Señor

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

La integridad (la buena voluntad y la habilidad de vivir de acuerdo con nuestras creencias y obligaciones) es una de las piedras fundamentales del buen carácter, y sin éste uno no puede tener la esperanza de disfrutar de la presencia de Dios ni aquí ni en la eternidad. No debemos comprometer nuestra integridad prometiendo lo que no vamos a hacer.

Si tomamos nuestros convenios a la ligera, lesionaremos nuestra existencia eterna. Utilizo la palabra convenio en forma deliberada, ya que es una palabra que tiene connotaciones sagradas; y mi intención es utilizarla con toda la fuerza espiritual que tiene. Es muy fácil y tentador justificar nuestra conducta; pero en las revelaciones modernas el Señor nos explica que “cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición. . . los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido. . . y (el hombre) queda solo para dar coces contra el aguijón” (D. y C. 121:37-38).

Por supuesto que podemos elegir; tenemos el libre albedrío, pero no podemos escapar de las consecuencias de nuestras decisiones. Y si hay un punto débil en nuestra integridad, es allí precisamente donde el adversario concentra su ataque. Os aseguro que todas las normas de la Iglesia, tanto aquellas relacionadas con la conducta moral como las que se relacionan con la manera de vestir y el aspecto personal, son el resultado de intensa consideración de los líderes de la Iglesia por medio de la oración. Los adultos jóvenes con una apariencia sana y limpia demuestran que no tienen necesidad alguna de seguir los ejemplos del mundo, los cuales muy a menudo se ponen de manifiesto en el desorden, la suciedad y las modas extravagantes; y los jóvenes y señoritas que no han sucumbido a las destructivas tendencias morales de vestirse al igual sin tener en cuenta su sexo son personas alegres que tienen una vida ordenada y que están dedicadas a mejorar su habilidad de servir a Dios y a sus semejantes.

Shakespeare, por medio de Polonio, nos dice una gran verdad: “El traje revela al sujeto” (Hamlet, acto 1, escena 3). Nuestra apariencia externa nos afecta, y tenemos la tendencia a actuar de acuerdo con ella. Si estamos vestidos con nuestra mejor ropa de domingo, no nos sentimos inclinados a actuar en forma áspera, ruidosa o violenta. Si nos vestimos con ropa de trabajo, tenemos una actitud laboral; si nos vestimos en forma inmodesta, tenemos la tentación de actuar inmodestamente; si vestimos como el sexo opuesto, tendremos la tendencia de perder nuestra identidad sexual o algunas de las características que distinguen la misión eterna de nuestro sexo. En esto espero que no se me interprete mal: No estoy diciendo que debemos juzgar a otra persona por su apariencia, ya que eso sería una insensatez; lo que quiero decir es que hay una relación entre la forma en que nos vestimos y nos arreglamos, y las tendencias que tenemos en nuestros sentimientos y acciones. Al instar seriamente a actuar de acuerdo con las normas de la Iglesia, no debemos rechazar a los hermanos que posiblemente no hayan oído o comprendido estas cosas; no se les debe juzgar como personas malas, sino que hay que demostrarles más amor para hacerles comprender con paciencia que si no cumplen con sus responsabilidades, corren peligro y no están actuando de acuerdo con los ideales a los cuales deben lealtad. Esperemos que el descuido que a veces vemos sea más inconsciente que deliberado.

Nuestra meta es la perfección, pero todavía nos falta mucho para lograrla. Mantened vuestra integridad y esforzaos por vivir en armonía con el Espíritu; guardad todos los mandamientos, para que algún día podáis presentaros sin mancha ante el Señor; dad al Señor, hoy y siempre, vuestra fe y vuestra lealtad, para que Él pueda estar complacido con lo que hacéis. La lealtad al Señor también incluye lealtad para con sus líderes. Yo sé que aquellos que Él ha llamado para guiar a sus hijos en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos reciben inspiración divina. Mi abuelo sirvió en el primer Quorum de los Doce; mi padre fue presidente de misión y de estaca cuando la Iglesia era mucho más pequeña de lo que es en la actualidad; bajo la dirección de cinco presidentes de la Iglesia, yo he servido como oficial de estaca y Autoridad General durante sesenta y un años. Las vidas de nosotros tres encierran esencialmente todo el período de la Iglesia restaurada. Entre los tres hemos llegado a conocer muy bien a casi todas las Autoridades Generales desde la restauración de la Iglesia. En base a esto, os digo que todos esos líderes han sido hombres cuyos grandes logros han ido más allá de sus habilidades naturales, porque el Señor les dio el poder para llevar a cabo su obra.

Y cuando me refiero a la influencia del Señor en los líderes, me refiero también a los incontables miles de otros líderes en cuyas casas me he hospedado, cuyo testimonio he oído y cuyas buenas obras y generoso servicio he podido apreciar. Sé que dondequiera que haya un corazón humilde y sincero, deseo de justicia, abandono del pecado y obediencia a los mandamientos de Dios, el Señor derrama más y más luz hasta que finalmente se transforma en un poder que traspasa el velo celestial y se llega a saber más de lo que el hombre sabe. Una persona que sea justa tiene la invalorable promesa de que un día verá la faz del Señor y sabrá que Él es. (Véase D. y C. 93:1.)

A menudo se les da reconocimiento especial a las Autoridades Generales, y con razón, ya que es nuestra responsabilidad orar por ellas, para que tengan éxito en sus llamamientos; pero yo sé que el Señor está complacido con cualquier alma que honre el llamamiento que Él le ha dado, cualquiera que éste sea, en la misma manera que lo está con aquellos cuya vida y logros son más evidentes. El presidente J. Reuben Clark, hijo, hizo la siguiente declaración en forma simple y elocuente: “En esto de servir al Señor, no importa dónde se sirve sino cómo. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno toma el lugar al cual ha sido llamado debidamente, lugar que no se busca ni se rechaza” (Conference Report, abril de 1951, pág. 254). El presidente Clark guio su vida por este precepto. Toda mi vida he apoyado a mis líderes y he orado por ellos. Y durante estos últimos años he sentido un mayor poder debido a las oraciones que los santos han elevado a los cielos por mí.

Estoy agradecido por la longanimidad del Señor; parecería que El recibe tan poco a cambio de todo lo que hace por nosotros, pero el principio del arrepentimiento -de levantarnos cada vez que caemos, sacudirnos y reiniciar ese camino ascendente- este principio es la base de toda nuestra esperanza. Es por medio del arrepentimiento que el Señor Jesucristo puede llevar a cabo el milagro sanador, infundiéndonos fortaleza cuando nos sentimos débiles, salud cuando estamos enfermos, esperanza cuando estamos desilusionados, amor cuando nos sentimos vacíos y entendimiento cuando buscamos la verdad.

Por encima de todo, declaro que el Señor Jesucristo es el centro de nuestra fe, y os testifico que Él vive y hoy día dirige su Iglesia, que oye nuestras oraciones cuando humilde, ferviente e incesantemente nos esforzamos por conocer su voluntad, haciendo también de éste un día de milagros y de revelación. Yo testifico que ésta es la verdad tal como mi padre y yo, y vuestros padres y vosotros hemos estado enseñando al mundo: Este evangelio es verdadero y divino.

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La sociedad de socorro en la actualidad

Diciembre de 1980
La sociedad de socorro en la actualidad

Barbara B. SmithUn reportaje hecho por la revista Ensign a Barbara B. Smith, Presidenta General de la Sociedad de Socorro La Sociedad de Socorro en la actualidad

Ensign: Hna. Smith, usted ha sido Presidenta General de la Sociedad de Socorro por más de cinco años, ¿en qué manera ha cambiado su punto de vista acerca de la Sociedad de Socorro?

Hna. Smith: Hay dos aspectos importantes. Primero, me he dado cuenta mejor de la gran importancia que tiene la Sociedad de Socorro. Antes pensaba que la Sociedad de Socorro era un don del Señor para las mujeres de la Iglesia, pero ahora estoy convencida de que es un don del Señor para todas sus hijas, dondequiera que estén, y que si las mujeres de la Iglesia aprenden y llevan a la práctica los principios del evangelio, tendrán una gran influencia para bien sobre las mujeres de todo el mundo.

Creo que cuando el presidente José Smith dijo a las primeras mujeres de la Iglesia que él “estaba dando vueltas a la llave” en beneficio de ellas, y que serían dotadas de conocimiento e inteligencia, estaba preparando a la mujer en general para esta época en la que tendrían que tomar tantas decisiones. En la actualidad tenemos mayor educación que antes; se nos brinda la posibilidad de la independencia económica si la necesitamos; y tenemos el derecho de votar. Estas ventajas vienen acompañadas de la responsabilidad de tomar decisiones que las mujeres de antes nunca pudieron tomar. Han aumentado nuestras oportunidades y nuestros cometidos. Al aprovechar todas estas bendiciones, las mujeres debemos considerar, cuidadosamente y por medio de la oración, todos los aspectos de nuestra vida, y luego ejercitar nuestro libre albedrío y hacemos responsables por las consecuencias que puedan tener nuestras decisiones.

Segundo, veo que el programa de maestras visitantes abarca mucho más que lo que yo pensaba. Antes lo veía como una simple oportunidad de enseñar, pero ahora veo que puede utilizarse de muchas maneras para ayudar a superar problemas sociales tales como la pobreza, la falta de educación y de comprensión entre los seres humanos. Veo como el programa de maestras visitantes realza y fomenta la hermandad entre las mujeres; es también el medio principal por el cual la Sociedad de Socorro se pone en contacto con sus miembros.

Ensign: Con respecto al punto que acaba de mencionar, o sea la manera en que el programa de maestras visitantes puede ayudar a resolver en los problemas sociales, ¿a qué se refería específicamente?

Hermana Smith: Permítame que le explique: En los comienzos de la Sociedad de Socorro, las hermanas llenaban las necesidades básicas de sobrevivencia de los santos que llegaban de todas partes del mundo. Compartían comida, ropa y vivienda. Cuando los santos se mudaron hacia el oeste, las hermanas, conjuntamente con sus esposos, ayudaron a establecer sus hogares, a cultivar la tierra desierta, y a establecer instituciones sociales e industrias. A medida que avanzaba la colonización del oeste, cambiaban las necesidades y también la manera en que la Sociedad de Socorro las satisfacía. Seguir leyendo

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Dejemos que otros también tengan la razón!

Noviembre de 1980
¡Dejemos que otros también tengan la razón!
por el élder Hartman Rector, hijo,
del Primer Quorum de los Setenta

Hartman Rector, JrLa felicidad no es solamente placer, sino que es mayormente una victoria. ¿A quién no le gusta ser triunfador? A mí me gusta; creo que hemos venido aquí para ganar, y si nos mantenemos cerca del Señor, ganaremos. Ciertamente, Él no es un perdedor.

Cuando nos confrontamos con tentaciones o conflictos que afectarían nuestra posición frente al Señor, no podemos darnos el lujo de perder, ni siquiera el de comprometernos.

Pero hay ciertos asuntos que son tan insignificantes, que en verdad no cambian mucho los hechos. Se dice que Abraham Lincoln, decimosexto Presidente de los Estados Unidos, dijo que con gusto daría a su oponente nueve puntos de diez, si el décimo fuera el único punto que realmente importara. Esto encierra una gran sabiduría.

En el curso normal de las comunicaciones humanas hay una constante necesidad de transigir, y vivir con otras personas crea siempre situaciones en las que debemos hacerlo. Nadie puede ganar todas las veces.

Ya que ganar es algo tan importante, una persona inteligente se preocupará de que su cónyuge e hijos ganen a menudo.

Hace algún tiempo, una joven madre de cuatro niños fue a verme por recomendación del obispo. Se había separado de su esposo hacía dos meses. Al hablar acerca de las razones que tuvo para dejarlo pude notar que lo quería mucho y que él le era fiel; pero esperaba que ella fuera perfecta en cada aspecto de sus relaciones. No le toleraba ninguna equivocación, y nunca le había dado la razón al discutir acerca de algo. Si se daba el caso de que ella tuviera razón, él se aseguraba de no dársela, llegando a la violencia física, si era necesario, para dominarla.

Tuve una conversación con el esposo, quien habló por dos horas diciéndome lo mucho que la quería, y confesó haberle pegado. Sabía que había obrado mal, pero estaba arrepentido; tenía la seguridad de que no lo volvería a hacer y deseaba tener la oportunidad de poner en orden su vida. Seguir leyendo

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La milla milagrosa

Noviembre de 1980
La milla milagrosa
por Sara Brown Neilson

Las visitas a esta casa sin duda son una pérdida de tiempo ―comentó mi compañera en el programa de maestras visitantes, al tiempo que llamábamos a la arruinada puerta de una pequeña casa deteriorada ubicada a los fondos de otra casa―. Nunca encontramos a nadie.

Yo la miré y asentí con un movimiento de cabeza, mientras sentía que se me pegaban trocitos de la pintura de la puerta en los nudillos, al repetir el llamado inútilmente; aun así, nos quedamos un momento esperando que ese día las cosas fueran diferentes. Más no lo fueron y finalmente tuvimos que volver hasta la calle por el sendero cubierto de hierbas.

―Bueno ―dije mientras subíamos al auto― no se puede negar que hemos caminado la segunda milla tratando de visitar a esta hermana. Hasta encontrar su casa fue toda una hazaña.

Escondida por una casa más grande qué había en el frente, la pequeña casucha había sido difícil de encontrar cuando hicimos nuestro primer intento de visitarla hace seis meses. Al cambiar los límites de nuestro barrio se habían agregado algunas familias nuevas y aquella hermana correspondía a nuestro distrito. Al principio, al no encontrar la casa pensamos que la dirección estaba equivocada; pero luego de perseverar y preguntar en dos estaciones de servicio y en varias casas de la vecindad, finalmente encontramos aquel sendero enterrado entre los pastos y descubrimos la casita. Mas nuestros esfuerzos no fueron coronados por el éxito sino por un desalentador silencio.

Como en la tarjeta de información de la hermana, cuyo nombre era Judy Kearns, no aparecía ningún número de teléfono, llamamos al servicio de información y nos enteramos de que su número era privado y no se encontraba en la guía telefónica. Al consultar los registros del barrio comprobamos que se había convertido hacía tres años, que era inactiva y que trabajaba para mantenerse ella sola y a sus dos hijos pequeños. Cada vez que la visitábamos le dejábamos una amable notita pidiéndole que nos llamara por teléfono, pero no habíamos obtenido respuesta. Hasta le habíamos dejado una caja de fruta en la puerta y habíamos ido a verla en un fin de semana, sólo para encontrarnos siempre con la silenciosa casa vacía.

Mientras nos alejábamos de allí aquel día yo iba pensando: esta es otra causa perdida; pero mi conciencia me molestaba. ¿Habíamos de verdad recorrido por ella la segunda milla? ¿Qué significaba esto de la “segunda milla”. Recordé que, de acuerdo con el evangelio, no se trataba solamente de cumplir con una asignación, sino también de tener el interés suficiente como para aprovechar cualquier oportunidad de cumplirla plenamente. Es cierto que habíamos dado algunos pasos hacia aquella milla extra, pero sólo para cubrir una pequeña distancia y mucho nos quedaba por hacer. Seguir leyendo

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Toda familia necesita un gran maestro orientador

Diciembre de 1980
Toda familia necesita un gran maestro orientador
por John D. Whetten

Es verdad que las familias fuertes, ejemplares y activas, especialmente las de los obispos, presidentes de estaca y otros líderes, no necesitan buenos maestros orientadores?

Eso era exactamente lo que yo pensaba. Poco tiempo después de mi matrimonio, fui llamado para ser el maestro orientador de cuatro familias en el barrio: el padre de una de estas familias era un miembro activo; sin embargo, no se había convertido espiritualmente al evangelio; en otra de las familias, formada por una joven pareja recién casada, el esposo no era miembro de la Iglesia, de manera que no acompañaba a su esposa a las reuniones; la tercera pareja era completamente inactiva a pesar de que el esposo había pertenecido a la presidencia de una estaca y su esposa había servido como presidenta de la Primaria de estaca. La familia Rosales, que también me habían asignado, era una familia ideal y miembros muy activos en el barrio; el padre trabajaba en el sumo consejo de la estaca y la hermana Rosales era la presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Cuando recibimos nuestra asignación, junto con mi compañero decidimos concentrar todos nuestros esfuerzos en las primeras tres familias, quienes obviamente necesitaban nuestra ayuda y hermanamiento, y planeamos que visitaríamos a la familia Rosales una vez al mes, pues sabíamos que ellos podrían arreglárselas solos ya que eran tan buenos miembros.

Después de visitar a todas las familias y de pedir al Señor que nos ayudara a tener éxito, empezamos a darnos cuenta de que toda familia necesita y merece tener un gran maestro orientador, y que la familia Rosales necesitaba exactamente la misma atención, consideración y amor que las demás. De manera que durante el primer año tratamos de desarrollar una buena relación con ellos, y dedicamos parte de nuestra visita mensual a hablar con los tres hijos, hasta que llegamos a estar al tanto de todas sus actividades y progreso en la Primaria, en el programa de los Scouts, en el Sacerdocio Aarónico y en la escuela. Cuando el muchacho recibió la condecoración más alta que un joven puede obtener en el programa de escultismo, me pidió que yo fuera el discursante de la ceremonia.

En algunas ocasiones salíamos juntos a tomar helados y cuando participábamos en fiestas del barrio, siempre hablábamos con ellos. La amistad se hizo mutua entre nuestras propias familias y las que visitábamos; por ejemplo, cuando tuvimos nuestro primer hijo, nadie demostró más alegría que los de la familia Rosales. De hecho, la hermana Rosales ofreció una fiesta en honor de mi esposa. Seguir leyendo

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Vuestro corazón os responderá

Diciembre de 1980
Vuestro corazón os responderá
por el élder Jack H. Goaslind, Jr.
del Primer Quorum de los Setenta

Jack H. Goaslind Jr.Al retroceder unos años y recordar las decisiones difíciles a las que tuve que enfrentarme, hay una que sobresale entre todas: ¿Debo ir a una misión? El mayor deseo de mis padres era que así lo hiciera; el obispo me lo aconsejaba; algunos de mis amigos habían salido a una misión, pero otros me decían que iba a cometer un error si lo hacía: «Piensa en toda la diversión que te vas a perder». «¿Y tú educación?», «¿Qué pasará con tu novia?» Me parecía que dos años eran mucho tiempo y yo no estaba dispuesto a darlos. ¿Qué debía hacer?

Si os habéis encontrado ante tal dilema, os suplico que escuchéis a vuestro corazón, porque es por medio de él que el Señor se comunica con nosotros: «…he aquí, te lo manifestaré en tu mente y corazón. . .» (D. y C. 8:2). No escuchéis lo que os dicen los que tratan de influir en vosotros para apartaros del camino del Señor.

El presidente Kimball dijo: «Todo nombre joven ha de cumplir una misión» («Id por todo el mundo». Liahona, noviembre de 1974. pág. 4). También nos da la sugerencia de que todo joven debe crecer desde pequeño con el deseo de servir como misionero fuertemente arraigado en su corazón. Por supuesto, si esto se hace, la decisión se habrá tomado mucho tiempo antes de cumplir los 19 años y, por lo tanto, no será tan difícil. Os soy mi testimonio de que el presidente Kimball es un Profeta y nos dice lo que el Señor quiere que sepamos. Escuchad cuidadosamente y vuestro corazón os indicará lo que debéis hacer.

¿Por qué debéis servir una misión? Se me ocurren muchos pensamientos al reflexionar con respecto a la respuesta a esta profunda pregunta. Es posible que ésta sea muy sencilla: El Señor dice que debéis hacerlo; el Profeta ha hecho hincapié repetidamente en cuanto a ello; vuestra familia, los líderes de la Iglesia y otros más os animan para que sirváis; pero, por supuesto, ellos no son vosotros. Recuerdo muy bien lo bien que me sentí cuando por fin dije que sí después de recibir la confirmación del Señor de que mi decisión era la correcta. Así era y yo lo sabía. Tan siquiera una vez en mí vida había pensado más en los demás que en mí mismo, y eso produjo un sentimiento que he anhelado cada día de mi vida desde ese entonces. Es gratificador dar de sí para que otros puedan ser bendecidos. Esta fue una de las razones porque nuestro Salvador dejó la siguiente declaración:

«Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. Seguir leyendo

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De pronto se me hizo la luz!

Diciembre de 1980
¡De pronto se me hizo la luz!
David Capron

Cuando tenía dieciocho años y cursaba el último grado de la escuela secundaria, me sentía muy satisfecho con mi vida; tenía muchos buenos amigos, tomaba parte en deportes y esperaba tener gran éxito al comenzar mis estudios en la Universidad de Berkeley, en California, al año siguiente. Ya había recibido de esa institución una carta aprobando mi solicitud de matrícula.

Al participar en un concurso de oratoria del Club de Leones, promediando ya el año escolar, también estaba seguro del éxito que obtendría. Elegí como tema «¿Son las diferencias entre padres e hijos algo real o imaginario?» y lo desarrollé elocuentemente, en la forma que me pareció más atractiva para los jueces. Gané el concurso tras haber llegado a la final con una chica de nombre Karen, que era mormona.

Yo sabía bien que mi victoria se debía al hecho de que había dicho lo que los jueces querían escuchar; pero, interiormente estaba seguro de que el discurso de Karen, basado en la doctrina que enseñaba su iglesia, era mucho más profundo que el mío. Su elocuente alocución me conmovió por la sincera convicción que demostraba, y nos hicimos amigos.

Después que nos conocimos mejor, nuestras conversaciones a menudo se convertían en debates en los que ella defendía la filosofía religiosa y yo abogaba por la ciencia. Esas discusiones sólo servían para hacerla sentir frustrada.

Karen tenía una amiga cuyo nombre era Nese, que aunque escuchaba muchas veces atentamente nuestras discusiones, nunca me dirigía la palabra al encontramos en los corredores del liceo, sino que sólo se limitaba a decirme «Hola». Por ese motivo, nunca me había dicho que ella también era mormona. Pero un día, mientras yo me encontraba estudiando en la biblioteca del liceo, se acercó hasta la mesa donde me encontraba y me preguntó:

―¿Te interrumpo?

En el curso de nuestra conversación mencionó que ella era «de la casa de Israel», a lo que le entendí que era judía.

Durante los meses que estaban de clase continuamos encontrándonos siempre a la misma hora para estudiar en la biblioteca, y en nuestras charlas siempre discutíamos las muchas preguntas que me invadían la mente cada vez que pensaba en la religión. Un día me dijo que su mayor deseo era poder encontrar alguien que no se burlara de sus creencias religiosas. Muchas veces yo le expresaba mi opinión sobre temas como la vida después de la muerte, y luego ella me explicaba su creencia al respecto. La seguridad con que me hablaba me dejaba asombrado. Seguir leyendo

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Un principio de fortaleza espiritual

Diciembre de 1980
Un principio de fortaleza espiritual
por Steve Gilliland

Este principio nos ayuda a comprender mejor nuestro propio yo, a adquirir fortaleza espiritual, a lograr relaciones permanentes y a acercarnos más a Dios.

Aquellos que trabajamos con jóvenes sabemos que es común oírles comentar lo siguiente: «Todo lo que oímos decir a nuestros padres y maestros es que debemos guardar la castidad porque las relaciones sexuales son un pecado. ¿No habrá nada positivo que pueda decirse sobre la castidad?»

Los Santos de los Últimos Días podemos responder que ciertamente hay muchas cosas positivas que decir. El evangelio nos da una perspectiva clara y completa de la castidad, lo cual se hace más evidente cuando se compara con la del mundo secular. Por ejemplo, las religiones del hombre han enseñado que el cuerpo es maligno y que el espíritu debe luchar por sobreponerse a él y liberarse; pero el evangelio restaurado nos dice algo totalmente opuesto: que el cuerpo es una bendición. Vinimos a la tierra para obtenerlo y hacer que formara parte de nuestro ser como un medio de lograr progreso; sin él no podemos recibir la plenitud de gozo (véase D. y C. 93:33-35); sin él no podríamos librarnos, sino que estaríamos en perpetua esclavitud (véase la Visión de la redención de los muertos, de Joseph F. Smith, 50). El evangelio nos enseña que seremos exaltados con nuestros cuerpos, y no a pesar de ellos.

Pablo parece sugerir lo mismo cuando dice: «…el que fornica contra su propio cuerpo peca» (1 Cor. 6:18; cursiva agregada).

Otra enseñanza falsa es que las relaciones íntimas en el matrimonio son «un pecado» necesario para la procreación. Sin embargo, cuando se disfruta de esas experiencias de acuerdo con los mandamientos de Dios y con el Espíritu, pueden enriquecer nuestra vida y vivificar nuestra alma. El presidente Kimball se refirió a las relaciones conyugales como «inherentemente buenas» (véase Liahona, abril de 1976, pág. 3).

«… que la función sexual puede ser un siervo maravilloso, pero un amo terrible; que puede ser una fuerza creadora más potente que cualquier otra en la formación del amor, el compañerismo y la felicidad…» (Billy Graham, citado por el presidente Spencer W. Kimball. Véase Liahona, abril de 1976, pág. 36.)

Una tercera enseñanza falsa es que el hombre es básicamente malo por causa de su naturaleza física; sin embargo, las Escrituras no le dan apoyo a esta teoría, sino que enseñan que los hombres se vuelven «carnales, sensuales y diabólicos» sólo cuando comienzan a seguir a Satanás (Moisés 5:13; véase también D. y C. 20:20).

El rey Benjamín aclara este concepto: Seguir leyendo

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Vuestro mejor amigo

Octubre de 1980
Vuestro mejor amigo
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis queridas jóvenes hermanas, nos sentimos sumamente orgullosos de vosotras y profundamente agradecidos al Señor por haber enviado a la Iglesia en estos tiempos tantos selectos jóvenes espíritus. Es evidente que Él ha mostrado gran confianza en vosotras al enviaros a la tierra en esta época en que la Iglesia tiene tantas cosas importantes para llevar a cabo, y en que los problemas que enfrentamos son tan grandes. Si tenéis momentos de sentiros desilusionadas o desanimadas, recordad que nuestro Padre en los cielos os tuvo la suficiente confianza como para colocaros en el mundo ahora, en días especiales de grandes acontecimientos y grandes oportunidades.

Deseamos deciros, al igual que les dijimos a las hermanas mayores de la Iglesia, que el Señor se regocija cuando tenemos en la Iglesia mujeres estudiosas de las Escrituras.

La participación en las muchas actividades de la Iglesia —programa de seminarios, programa de las Mujeres Jóvenes y, más importante aún, los consejos familiares— os dará la oportunidad de aumentar vuestro conocimiento de estos maravillosos registros de los tratos del Señor con su pueblo a través de las generaciones. Os pido que saquéis provecho también del nuevo programa integrado de reuniones dominicales, a fin de aumentar este conocimiento; en la misma forma, aprovechad este nuevo horario a fin de prestar más servicio cristiano en cumplimiento del segundo gran mandamiento (véase Mat. 22:37-40).

En aquellos momentos en que os sintáis desilusionadas de vuestros amigos mortales, recordad que el Salvador de la humanidad se ha proclamado nuestro amigo, ¡Él es vuestro mejor amigo!

La mejor manera de honrar a vuestros padres es honrar a nuestro Salvador, porque Él ha dicho que si lo amamos, guardaremos sus mandamientos (véase D. y C. 42:29; Juan 14:21). Si sois buenos miembros de vuestra familia ahora, seréis mejores esposas y madres más tarde.

Sois verdaderamente la “Juventud de la promesa» (Himnos de Sión, N° 60). Sed fieles a la confianza que nuestro Padre Celestial ha depositado en vosotras. Recordad que nada de lo que tengáis que rechazar en vuestra experiencia de la vida por ser miembros de la Iglesia puede ser virtuoso, de buena reputación o digno de alabanza; son las cosas artificiales, las cosas que dañan el cuerpo y el espíritu, las que todos nosotros debemos rechazar siempre y de las que debemos alejarnos. El ser miembros de la Iglesia multiplicará y mejorará todo lo bueno y digno de la vida, más allá de vuestros más caros sueños.

Recordad, mis queridas jóvenes hermanas, que no hay felicidad en el pecado. No os permitáis formar parte de las maldades del mundo; esto os dejaría con una sensación de vacío e infelicidad, mientras que el obedecer los mandamientos os dará fortaleza y paz interior, al mismo tiempo que la felicidad eterna y la belleza de cuerpo y espíritu. La rectitud lleva consigo una luz especial que brillará a vuestro alrededor si obedecéis los mandamientos del Señor. Al hacerlo, podéis tener fe en vuestro futuro porque vosotras mismas le daréis forma a fin de que os brinde felicidad y gozo, no sólo a vosotras, sino a todos aquellos que os conocen y aman.

Si estáis saliendo con jóvenes ―y aun las que todavía no lo estáis― cuando llegue el momento del noviazgo serio recordad que el noviazgo os indica lo que puede ser vuestro matrimonio y aseguraos de que esa relación refleje el modelo que deseáis en vuestra unión eterna.

Os queremos mucho, maravillosas hijas de Sión, y volvemos a deciros que el Señor ciertamente os ha bendecido al enviaros a la tierra en esta época. En medio de vuestra preocupación por el hoy no olvidéis vivir también para el mañana ―para la eternidad― y llegará el momento en que estaréis agradecidas al Señor por los problemas y dificultades que os ha dado para vencer.

Diariamente ruego por vosotras y os dejo mi bendición. Os testifico que Dios vive, que Él está al timón, que ésta es su Iglesia. Nosotros recibimos revelación. Lo sé por experiencia personal, y os dejo mi testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La responsabilidad que tenemos hacia nosotras mismas

Octubre de 1980
La responsabilidad que tenemos hacia nosotras mismas
por la hermana Camilla E. Kimball

Camilla KimballEs una ocasión maravillosa el tener a todas estas hermosas jóvenes, muchas de ellas junto con sus líderes, reunidas para celebrar este año tan especial en la historia de la Iglesia. Todas nosotras nos hemos dedicado a escuchar el mensaje del evangelio y conducir nuestra vida de acuerdo con sus principios. No conozco ninguna forma mejor de representar un cuadro de la vida en unas pocas líneas que el canto de la Primaria que todos conocemos y amamos tanto:

Soy un hijo de Dios, por El enviado aquí;
Me ha dado un hogar y padres caros para mí.

(Canta conmigo, B-76.)

Este mismo mensaje está en nuestro corazón hoy. Somos miembros bautizados de la Iglesia de Jesucristo; se nos ha dado el don del Espíritu Santo para guiarnos en la peligrosa jornada que debemos recorrer; Cristo nos ha dado el ejemplo y nos ha dejado ciertas direcciones que, si las seguimos, nos conducirán sanos y salvos de regreso a su presencia. Él no nos ha prometido que el camino será fácil; en realidad, nos ha dicho que habrá momentos muy difíciles, pero que los problemas nos ayudarán a aumentar nuestra fortaleza; también nos ha prometido que está dispuesto a ayudarnos y a guiarnos por todo el camino si tan sólo lo buscamos en ferviente oración constantemente.

Espero que cada una de vosotras haya tomado el hábito de hacer que su primer saludo de la mañana sea para nuestro Padre Celestial, con el ruego de que Él os guíe y dirija durante ese día, que os ayude a resistir la tentación y a tomar decisiones sabias en cuanto al uso de vuestro tiempo y a la elección de vuestros compañeros. Que vuestra oración de la noche sea de acción de gracias por el buen día que habéis tenido.

Las Escrituras nos dicen que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10), y que el hombre existe para que tenga gozo (véase 2 Nefi 2:25). Cristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Y cuando el fariseo le preguntó: “¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?”, él respondió: Seguir leyendo

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Las muchas voces

Noviembre de 1980
Las muchas voces
por Elaine A. Cannon
Presidenta general de las Mujeres Jóvenes

Elaine A. CannonEn diversas ocasiones el presidente Romney ha contado una amena anécdota sobre su esposa. En una época estaba muy preocupado porque estaba seguro de que ella no oía bien, y no podía convencerla de ir al doctor. Decidió consultarlo él mismo en procura de consejo; el médico le indicó una sencilla prueba que la convencería de su necesidad de ir a consultarlo: Le dijo al presidente Romney que al llegar a su casa probara a llamarla desde distintos lugares y si ella no respondía inmediatamente aquello sería clara evidencia de que necesitaba ir a ver a un especialista.

Así, el hermano Romney fue a su casa y al llegar la llamó desde la puerta de entrada; no hubo respuesta. Entonces entró y volvió a llamarla; luego la llamó desde el comedor, pero todavía sin recibir respuesta. Finalmente, al encontrarla en la cocina, le dijo: “Ida, te he estado llamando», a lo cual ella respondió: “Lo sé, querido, y te he contestado tres veces”. El comentario del presidente Romney después de relatar esta anécdota era: “El problema no .lo tenía Ida”.

Como tema de esta conferencia hemos usado el siguiente: “De tantas voces que reclaman nuestro tiempo, ¿a cuál obedecer?”

Hemos oído hoy la voz del presidente Kimball; hemos oído otras voces que nos han indicado el importante compromiso que tenemos. Todo esto es muy bueno.

Hemos cantado “Iré do me mandes, iré, Señor” (Himnos de Sión, N° 93). Y eso es lo que nos proponemos, ¿verdad? Especialmente cuando estamos sentados en la capilla, rodeados por la cálida corriente del evangelio y el apoyo de nuestros buenos hermanos; pero no siempre sucede lo mismo después que salimos de allí. Ya sabéis que es fácil vivir en el mundo de acuerdo con la opinión del mundo y es simple vivir solo de acuerdo con nuestra propia opinión. El problema aparece cuando tenemos que vivir en el mundo sin formar parte de él.

Una vez que hemos oído el discurso y la reunión de la Iglesia ha terminado, a menudo las voces del mundo nos confunden, voces que engatusan y exigen, más fuertes y más vivaces que las que oímos en la Iglesia.

Un día, me encontraba trabajando en la cocina; frente a mí la ventana abierta dejaba entrar el aire primaveral y por ella podía mantener vigilancia sobre nuestro pequeño hijo que jugaba en el jardín con una amiguita. De pronto los planes de los niños cambiaron y era evidente que estaban por hacer algo que no debían; por lo tanto, lo llamé para que entrara. Pasó un momento, pero él no apareció; volví a llamarlo y otra vez no obtuve respuesta; lo llamé por tercera vez antes de dejar a un lado la toalla de cocina y salir a buscarlo yo misma.

“¿Por qué no me contestaste?” le pregunté con severidad. “¿No me oíste?” “Más o menos” fue la vacilante respuesta. “¿Más o menos? ¿Por qué no viniste cuando te llamé?” Y entonces él me dijo algo que me hizo pensar: “Pero, mamá, ella me hablaba más fuerte que tú. ¡Tenía la boca pegada a mi oreja!” Seguir leyendo

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Recordad, gozad, preparaos

Octubre de 1980
Recordad, gozad, preparaos
por Norma B. Smith
Segunda Consejera en la Presidencia de las Mujeres Jóvenes

Norma B. SmithEn este año del sesquicentenario me he preguntado: “¿Qué pasaría si el evangelio no hubiera sido restaurado en la tierra en los últimos días? ¿Dónde estaría yo? ¿Cuál habría sido mi vida?” En cambio, me siento segura con el conocimiento que tengo de que Dios vive y nos ama.

Espero que cada joven de la Iglesia de una mirada de reconocimiento al pasado y una mirada hacia adelante, renovando sus compromisos durante este año en que se conmemora la organización de la Iglesia. Habiendo sido asignadas, a patrocinar el proyecto de labores manuales, alentamos a cada una de vosotras a crear algo que sirva para recordar este año histórico.

Consideremos hoy tres ideas muy breves: Primero, recordad el pasado; segundo, gozad el presente; y tercero, preparaos para el futuro.

Al decir “recordad el pasado” quiero significar un pasado muy lejano. Id atrás con la imaginación hasta el día en que os sentasteis en un consejo en los cielos, y votasteis venir a la tierra y enfrentar los problemas que ahora tenéis para poder aprender y crecer y esforzaros una y otra vez; para elegir lo bueno y evitar lo malo y demostraros a vosotras mismas que sois dignas de volver a la presencia de vuestros Padres Celestiales que tanto se preocupan por todo lo que hacéis.

Un pasado especial para las Mujeres Jóvenes es el cumpleaños de nuestra organización, el aniversario del día en que el presidente Brigham Young llamó a sus hijas mayores y les aconsejó que se apartaran de las extravagantes y tontas modas del mundo y volvieran su corazón a las vías del Señor. Les dijo que debían “reprimirse de todo lo que es malo e inservible; y mejorarse en todo aquello que es bueno y hermoso” (Elementos de la historia de la Iglesia, pág. 755). Este mensaje se necesita hoy más que nunca.

Este fue el nacimiento de la Sociedad Regresiva de Damas Jóvenes, y comenzó a crecer desde ese momento. En uno de los lugares de reunión, en los comienzos de la asociación, se registró esta minuta: “Estuvo presente una grande y respetable congregación». Sin embargo, al mirar detenidamente las minutas, en éstas figuraba que sólo habían estado presentes dos personas: la presidenta recientemente llamada y su secretaria. Pero la secretaria defendió la exactitud de lo que había asentado, diciendo: “La minuta es correcta; la presidenta es muy grande y yo, ciertamente, soy respetable».

Espero que cada noviembre recordéis el pasado y nuestros comienzos, y renovéis vuestros compromisos de vivir en el mundo pero no ser del mundo, celebrando en forma apropiada el cumpleaños de la organización de las Mujeres Jóvenes. Seguir leyendo

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Encaminemos nuestra vida

Octubre de 1980
Encaminemos nuestra vida
por Arlene B. Darger
Primera Consejera en la Presidencia de las Mujeres Jóvenes

Arlene B. DargerDe algún lugar del pasado vuelven a mi memoria ciertas sensaciones experimentadas en algunos juegos del parque de diversiones. Hay uno en el que se da un paso adelante para luego verse empujada y obligada a dar dos hacia atrás; el barril, que da vueltas y vueltas mientras la gente trata de mantenerse de pie, caminando en sentido contrario y cuidando de no caerse; hay otro que es como un plato que gira donde todos tratan de evitar que los despida hacia afuera, por eso gatean intentando alcanzar el centro que es el sitio seguro; el lugar de los espejos, donde las imágenes se ven tan deformadas que difícilmente uno se reconoce en ellos; y finalmente, el túnel, tan oscuro que es fácil equivocar el camino y perderse.

Esto me hace pensar que esos juegos simbolizan algunos de los problemas que vosotras como jóvenes, y nosotras como líderes tenemos que enfrentar en nuestro mundo, mientras tratamos de escoger entre las muchas voces que nos acosan y quieren confundirnos y lograr nuestro apoyo en cosas que quizás no entendamos y que tal vez no sean lo mejor para nosotras.

Vosotras, jóvenes, sois muy importantes; sois espíritus elegidos especialmente por nuestro Padre Celestial. Esta es una época importante en vuestra vida porque las decisiones que tomáis diariamente afectan en forma directa vuestro futuro. Esta es la preocupación de las líderes de las Mujeres Jóvenes, que desean ayudaros a cumplir con vuestro potencial divino de Santos de los Últimos Días, de creadoras de vida y guardianas del reino; ayudaros a encauzar vuestra vida y a prepararos para lograr importantes cometidos.

Algunas de las mejores mujeres de la Iglesia, ejemplares e inspiradas, han sido llamadas para ser vuestras líderes, para que sean ejemplos con los cuales podáis identificaros y obrar. Su responsabilidad es fortalecer la importancia e influencia que tiene vuestra familia en vuestra vida y ayudaros a desarrollar vuestro entendimiento, talentos, habilidades y crecimiento en los aspectos de preparación personal y aprendizaje del evangelio.

Quiero referirme a cinco puntos que son importantes en la vida de una joven.

El primero y principal para vosotras es trabajar para lograr un firme conocimiento del amor y el interés que Cristo tiene por vosotras. Vuestro amor por el Salvador será para vosotras como un radar dirigido hacia un avión, que os ayudará a mantener una visión clara del lugar al qué os dirigís para evitar errores irreparables. Seguir leyendo

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El faro del Señor

Octubre de 1980

El faro del Señor

Thomas S. Monsonpor el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce

Mis queridas jóvenes hermanas, ésta puede ser muy bien la mayor reunión de jóvenes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me siento sobrecogido y empequeñecido ante la responsabilidad de hablaros hoy; ruego que pueda tener la ayuda divina, a fin de estar a la altura de esta oportunidad que se me ha dado.

Sois un público mucho más atractivo que el que asiste generalmente a la reunión de sacerdocio, donde predominan los trajes oscuros, las camisas y corbatas; al miraros, acuden a mi mente las palabras de unos versos casi olvidados:

Retorna, retoma en tu vuelo, oh tiempo;
vuélveme a mi juventud aunque sea un momento.

Hace veinte años, muchas de vosotras todavía no habíais comenzado vuestra jornada mortal; vuestra morada era un hogar celestial. En realidad, conocemos muy pocos detalles de nuestra existencia allá; solamente sabemos que estábamos entre seres que nos amaban y que se interesaban por nuestro bienestar eterno, Después, llegó el momento en que la vida terrenal se hizo necesaria para continuar nuestro progreso; sin duda hubo despedidas, se expresó confianza en nosotros y alcanzamos nuestra graduación a la mortalidad.

¡Qué hermosa bienvenida esperaba a la mayoría de nosotros! Hubo amorosos padres que nos recibieron gozosamente en nuestro hogar terrenal; todos nuestros caprichos infantiles se vieron atendidos con tierno cuidado y solícitas muestras de afecto. Un escritor describió nuestra infancia con estas palabras:

Un dulce y nuevo brote de la humanidad,
recién caído desde el hogar de Dios para florecer en la tierra. . .

(Gerald Massey, “Wood and Won”, The Home Book of Quotations, Bur-ton, Stevenson, ed. Nueva York, Dodd, Mead, and Co., 1956, pág. 121.)

El admirado poeta William Wordsworth captó en unos versos una fugaz mirada a este glorioso plan, y tituló su poesía “Oda a la Inmortalidad”:

Un sureño y un olvido
Sólo es el nacimiento.
El alma nuestra, la estrella de la vida,
En otra esfera ha sido constituida
Y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido,
Ni de todas las cosas despojada, Pues al salir de Dios,
Qué fue nuestra morada,
Con destellos celestiales se ha vestido.

(The Complete Poetical Works of William Wordsworth, Londres, MacMillan, 1924, págs. .357-359.)

Aquellos primeros años fueron una época preciosa y especial; Satanás no tenía poder para tentamos; todavía no éramos responsables de nuestros actos, sino que éramos inocentes ante Dios. Aquéllos fueron años de aprendizaje.

Pronto entramos en el período que algunos gustan de llamar “la atroz adolescencia” (yo prefiero llamarlo “la adorable adolescencia”). Es una época de oportunidades, una época de crecimiento, un período de desarrollo marcado por la adquisición de conocimiento y la búsqueda de la verdad.

Nadie se atrevería a describir estos años como fáciles. Ciertamente, se están volviendo cada vez más difíciles; el mundo parece haberse zafado de sus amarras de seguridad e ir alejándose de su puerto de paz. El libertinaje, la inmoralidad, la pornografía y la fuerte influencia de aquellos que nos rodean hacen que muchas personas se vean lanzadas a un mar de pecado y aplastadas contra los afilados arrecifes de oportunidades perdidas, malogradas bendiciones y sueños destrozados.

Os preguntaréis ansiosamente: “¿Hay algún camino hacia la seguridad? ¿Puede alguien guiarme? ¿Existe una puerta de escape para la amenaza de destrucción?” La respuesta es un estruendoso ¡sí! El consejo que os doy es que busquéis el faro del Señor. No hay niebla que sea tan espesa, noche que sea tan oscura, tempestades tan furiosas, ni marinos tan perdidos que la luz de su faro no pueda iluminar, calmar y rescatar; ella nos guía a través de las tormentas de la vida; nos llama diciendo: Este es el camino a la seguridad, el sendero de regreso al hogar”. El faro del Señor envía señales que se reconocen fácilmente y que jamás fallan. Hay muchas de estas señales; indicaré tres y deseo que les prestéis atención, pues nuestra exaltación puede depender de ellas:

La oración nos brinda paz.

La fe precede al milagro.

La honestidad es el mejor plan de acción.

Hablemos por unos momentos de cada una de estas señales especiales.

Primero, la oración nos brinda paz. José oró; Jesús oró; todos conocemos el resultado de sus oraciones. Aquel a quien no pasa inadvertida la caída de un gorrión seguramente oye las dulces súplicas de nuestro corazón. Recordad la promesa:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Sant. 1:5.)

¡Qué maravillosa promesa! ¡Feliz de la joven que ora siempre a fin de ser librada de la tentación!

Muchas jóvenes adolescentes ‘han ido a hablar con el obispo o con sus padres y en medio de las lágrimas y la confusión han exclamado: “¡Tengo tantos problemas, tantas preocupaciones! Me siento apabullada. ¿Qué puedo hacer?” Quisiera ofrecer una sugerencia específica: Buscad la guía celestial día a día, a medida que se os presenten los problemas.

Metro a metro, la vida es muy dura;
mas centímetro a centímetro, es segura.

(Véase The Christian Reader’s Golden Treasury, Maxwell Drake, ed. Indianápolis: Drake House, 1955, pág. 312.)

A cada uno de nosotros le es posible atenerse a la verdad tan sólo por un día… y volver a hacer lo mismo al día siguiente. Este sistema funciona bien y podéis probarlo por experiencia propia. La ayuda que necesitáis quizás no os venga en la forma en que esperáis, pero llegará. Si recordamos que cada uno de nosotros es literalmente un hijo de Dios, no nos será difícil acercarnos a Él.

Quisiera hablaros de la hermana Hansen, una dedicada maestra de la clase de Laureles en una pequeña rama de misión, en Canadá. Constantemente oraba pidiendo inspiración, a fin de poder enseñar bien a las preciosas almas que tenía en su clase; particularmente oraba por Julia, quien había estado sometida a una fuerte tensión y a la tentación de alejarse del sendero de la verdad y seguir un desvío que la conduciría al pecado. Mediante la persuasión constante de sus compañeras de escuela, Julia había aceptado tomar por ese desvío. El plan ya estaba bosquejado: Asistiría a los ejercicios de apertura de la Mutual y se quedaría a la primera parte de la clase a fin de que marcaran su nombre en la lista como “presente”; entonces oiría el sonido de una bocina que le anunciaría que su amiga, acompañada de dos jóvenes, quienes eran mayores y más experimentados que ella, estaban esperándola; la jovencita saldría y así comenzaría una noche cuidadosamente preparada para el pecado. En esa forma se convertiría en una del grupo. Pero aquella noche antes de pasar la lista, la humilde y dedicada maestra anunció a la clase que había recibido ese mismo día un paquete, procedente de las oficinas principales de la Iglesia, el cual contenía varios ejemplares de un folleto escrito por el élder Mark E. Petersen; su tema era la castidad. Luego, la hermana Hanen agregó: “Me siento inspirada a dejar para otra semana la lección que correspondía a esta noche y quisiera más bien revisar con vosotras este extraordinario folleto. Cada una de nosotras leerá uno o dos párrafos en voz alta, a fin de que todas puedan participar”. Entonces, después de mirar a cada una de sus preciosas jóvenes, dijo: “Julia, ¿podrías empezar?” Julia miró el reloj; faltaban dos minutos para la hora en que había quedado de reunirse con sus amigos. Comenzó a leer; su corazón se conmovió, su conciencia se despertó y renovó su determinación. Apenas oyó a lo lejos el repetido resonar de la bocina; pero se quedó a toda la clase. La tentación de desviarse del camino de Dios había sido apartada; los propósitos de Satanás quedaron frustrados; un alma se había salvado, una oración había recibido su respuesta.

Por qué extraño medio, no lo sé,
Mas sé que Dios responde
A la oración de fe,
Puesto que la promesa Él nos da
De que toda oración ha de escuchar
Y, tarde o temprano, contestar.
Por eso cuando oro,
En paz puedo esperar.
No sé si el favor que he procurado
Vendrá en la forma En que lo he deseado.
Pero mi oración a El confío
Porque es más sabio,
Y su camino más justo que el mío;
Y sé que a mi ruego accederá
O algo mucho mejor aún
Me otorgará.

(Eliza M. Hickok, “Oración”, en The Best Loved Religious Poems, comp. por James Gilchrist, Nueva York, Fleming H. Revell Co., pág. 160.)

Segundo, la fe precede al milagro. Así ha sido siempre y así siempre será. Cuando a Noé se le mandó construir un arca, todavía no había empezado a llover; cuando José se arrodilló a orar en el bosque, todavía no había visto a los dos Personajes celestiales; cuando Abraham se preparó para sacrificar a su hijo Isaac, todavía no había a la vista una ofrenda que lo reemplazara. En todos estos casos primero vino la prueba de la fe, y luego el milagro.

Recordad que la fe y la duda no pueden existir en la mente al mismo tiempo, porque la una expulsará a la otra. Quitad de vuestra mente toda duda y cultivad la fe; luchad siempre por retener esa fe similar a la de los niños, que puede mover montañas y acercar el cielo a nosotros.

Este tabernáculo en el que hoy nos encontramos fue la escena de uno de esos milagros inspirados por la fe. Sucedió hace algunos años, durante una conferencia general. En la sesión en que yo debía hablar, mi atención se desviaba constantemente hacia una niñita rubia que se encontraba sentada en la primera fila del balcón que rodea el tabernáculo; cuanto más la miraba, menos indignado me sentía a presentar el mensaje que había preparado. Cuando me tocó hablar seguí la inspiración del momento y hablé sobre la fe de una niña del Estado de Louisiana, cuyo nombre era Christal Methvin. Mis palabras fueron especialmente dirigidas a la pequeña que se encontraba en el balcón. (Véase Liahona, febrero de 1976, págs. 11-13.)

Al volver a mi oficina encontré esperándome a aquella niña en compañía de su abuela. Su nombre era Misti White y vivía en el estado de California; y ésta es su propia historia: “Hasta ahora tenía un problema, hermano Monson, pero ya no lo tengo. Una persona a quien quiero mucho me había aconsejado esperar hasta que tuviera 18 años para ser bautizada; por otra parte, mi abuelita me decía que debía bautizarme ahora. Oré para saber que hacer y le dije a mi abuelita: ‘Llévame contigo a la conferencia; el Señor me ayudará’.” Así fue que asistieron a la conferencia y así fue cómo recibió la ayuda divina. Misti me tomó la mano y con entusiasmo exclamó: “Usted lo ayudó a Él a que respondiera a mi oración. Muchas gracias». Después de volver a California, la niña me envió una carta que conservo con afecto, la que terminaba con estas hermosas palabras: “Hermano Monson, me bauticé el 29 de noviembre. Ahora me siento muy feliz. Lo quiero mucho, Misti”. La fe precede al milagro.

Hace muchos años el salmista escribió:

“Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes.” (Salmos 118:84).)

Finalmente, recordemos que la honestidad es el mejor plan de acción.

Sed honestas con vuestros padres. Ellos no os guiarán erróneamente a propósito; no os llevarán hacia el camino del pecado, sino que más bien os dirigirán hacia la luz de la verdad. Una forma de ser honestas con vuestros padres es tener la habilidad de comunicaros con ellos. Evitad los silencios provocados por el enojo. Recordad que el tic-tac del reloj se hace más fuerte y las manecillas se mueven mucho más lentamente cuando la oscuridad de la noche lo cubre todo, la hora es avanzada y una amada hija todavía no ha regresado a la casa. Quizás en ese momento suene el teléfono y una voz diga: “Mamá, estamos bien, pero nos detuvimos a comer algo. No te preocupes; todo está bien. Pronto estaré en casa”.

Sed honestas con vosotras mismas. No os dejéis engañar; buscad lo mejor de la vida; tened siempre una perspectiva eterna. Que en vuestro futuro esté la imagen de un matrimonio en el templo; no puede haber escena tan dulce ni momento tan sagrado como el día especial de vuestra boda; es entonces cuando podéis tener una fugaz visión del gozo celestial. Estad alerta y no permitáis que la tentación os despoje de esta gran bendición.

En la encantadora obra musical titulada “Camelot”, cuando la trama se desarrolla y la reina Ginebra se deja deslumbrar por el caballero Lancelote, su esposo, el rey Arturo, le ruega (en realidad es un ruego que todos debemos escuchar): “No debemos permitir que nuestras pasiones destruyan nuestros sueños”.

Preciosas jovencitas, someted cada una de vuestras posibles decisiones a la prueba de estas preguntas: “¿Qué puede hacer esto por mí? ¿Qué consecuencias puede traerme?” Y no permitáis qué vuestras normas de conducta den énfasis a la pregunta, “¿Qué pensarán los demás?”, sino más bien a “¿Qué pensaré yo de mí misma?” Dejaos influenciar por la suave voz del Espíritu. Recordad a aquel que con autoridad colocó las manos sobre vuestra cabeza en el momento de vuestra confirmación y os dijo: “Recibe el Espíritu Santo”. Abrid vuestro corazón, vuestra misma alma al murmullo de esa voz especial que testifica de la verdad. Tal como prometió el profeta, Isaías: “. . . tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (Is. 30:21).

La tendencia que domina en nuestro tiempo es la del libertinaje. Una de las secciones más populares del suplemento dominical de uno de nuestros principales diarios muestra a los ídolos de la pantalla cinematográfica, a los atletas más conocidos —aquellos que muchos jóvenes anhelan imitar― mofándose de las leyes de Dios y justificando las prácticas pecaminosas, aparentemente sin consecuencias serias, ¡No los creáis! Llegará el momento del ajusté de cuentas, del balance del libro mayor; toda Cenicienta oirá las doce campanadas de la medianoche; a esto se le llama el Día del Juicio, o sea, el gran examen de la vida. ¿Estamos preparados para pasarlo? ¿Estamos complacidos con nuestra actuación?

Me gustan las palabras de Luisa May Alcott, autora del conocido libro Mujercitas, quien escribió:

No pido corona alguna,
Sitio la que todos hemos de ganar.
No aspiro a la conquista de la luna,
Sólo mi propia alma deseo conquistar.

(“Mi reino”, Masterpieces of Religious Verse, ed. por James Dalton. Nueva York, Harper and Brothers, 1948, pág. 274.)

La ayuda está a vuestro alcance. “. . .buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe.” (D. y C. 109:7.)

El presidente Harold B. Lee regaló a cada una de sus hijas adolescentes un ejemplar de la combinación triple. En una de las dedicatorias escribió lo siguiente:

A mi amada hija,

Para que puedas tener una medida constante por la cual discernir entre la verdad y los errores de las filosofías humanas, y así progresar en espiritualidad a medida que mejora tu conocimiento, te regalo este libro sagrado para que lo leas frecuentemente y lo atesores durante toda tu vida.

Con amor, tu padre.

Otro tipo de ayuda podéis recibirla durante tu bendición patriarcal, la cual contiene capítulos del libro de vuestras posibilidades eternas. Leedla frecuentemente, estudiadla cuidadosamente, permitid que sus advertencias os guíen y vivid de tal modo que podáis merecer el cumplimiento de sus promesas. Si cualquiera de vosotras ha tropezado en su sendero, existe un camino de regreso; este proceso se llama arrepentimiento. Nuestro Salvador murió a fin de proveernos con este don maravilloso, y aunque el camino es difícil, la promesa es verdadera:

“. . . Si vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. . .” (Is. 1:18.)

“. .  .quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no más los tengo presente.” (D. y C. 58:42.)

La honestidad es el mejor plan de acción. Esta noche, al salir de este tabernáculo y de otros lugares en donde os encontráis reunidas, recordad que vuestro Padre Celestial os ama, que nosotros os amamos y nos enorgullecemos de vosotras, la mejor generación de mujeres jóvenes que ha adornado esta tierra. El escritor Tomás Wolfe, en un brillante tratado, indicó la posibilidad de revivir experiencias pasadas, diciendo: “No podéis volver al hogar”. Pero él no comprendía el Evangelio de Cristo. Nosotros sabemos y testificamos que en verdad podemos “volver al hogar”, a nuestro hogar en los cielos, el Reino Celestial de nuestro Padre. El faro del Señor nos dirige hacia la seguridad y el gozo eterno, mientras nos guía por medio de sus infalibles señales:

La oración nos brinda paz.
La fe precede al milagro.
La honestidad es el mejor plan de acción.

Entonces las tormentas de nuestra vida se calmarán, la turbulencia de nuestros tiempos se aquietará y nuestras almas serán salvas. De estas verdades os testifico y os dejo mi testimonio personal de que Dios nuestro Padre vive, que Jesús, su Hijo, es nuestro Salvador personal; y que somos guiados hoy por un Profeta de Dios. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Con el Espíritu todo es posible

Octubre de 1980
Con el Espíritu todo es posible
por Vira H. Judge

Una tarde, cuando tenía doce años de edad, Sam Eggers, de Santa Ana, California, se veía más bien meditabundo al regresar de la escuela. Luego de servirse una galletita del plato que su madre había puesto delante de él, dijo:

—Mamá, ¡tengo el mejor amigo que se podía esperar!

Donna Eggers, la madre, se sentó a su lado, le sirvió un vaso de leche y le dijo

—¡Cuánto me alegro! Cuéntame de él. ¿Cómo se llama?
—Mike Witte.
—¿Witte? ¿No era ese el apellido de los gemelos que iban a la misma escuela que tú hace algunos años?
—Si, mamá. Mike y Gary. Mike está en mi clase este año.

El rostro de Sam se puso más serio al comentar:

—Mamá, yo creo que Mike sería un buen mormón. ¿Te parece que podría invitarlo a ir a la Iglesia?
—¡Naturalmente!

Antes de que la madre pudiera decir una palabra más, Sam había salido de la cocina y ya estaba en camino a la casa de Mike, como si no pudiera perder un minuto más una vez que había tomado la decisión. La hermana Eggers sonrió: “Este muchacho ya tiene el afán de un misionero. ¡Será un buen misionero cuando llegue el momento!”

¡Cuando llegue el momento! ¿Cómo darse cuenta de que la misión de su hijo ya había comenzado?

―Sí, sí, iré contigo. ¿A qué hora? ¿Puedo llevar a Gary también?
―Sí, trae a Gary. Te estaré esperando en la esquina a las cinco. ¿Té parece bien?
―¿De la mañana o de la tarde?
—¡De la mañana! ―respondió Sam sin imaginar siquiera que Mike le creería.

Pero Mike tomó en serio la palabra de su amigo, y el domingo, a las cinco de la mañana, los mellizos estaban esperando en la esquina frente a su casa; esperaron mucho rato y finalmente se dieron por vencidos y se fueron a acostar. Seguir leyendo

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