Como tomar la decisión correcta

Conferencia Genaral Abril 1991logo 4
Cómo tomar la decisión correcta
Elder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. Scott«El gozo verdadero procede de un carácter recto y este se edifica al tomar invariablemente decisiones justas».

Quiero hablar principalmente a los jóvenes de la Iglesia de todo el mundo. Sus circunstancias y dificultades varían mucho, pero todos ustedes están en esa etapa en que las decisiones que tomen afectaran el resto de su vida. Quiero hablarles como amigo, con el sincero deseo de ayudarles a obtener el mayor beneficio de este crucial período de prueba; quiero hablarles como le hablaría a un hijo, para decirle lo que se’ que es verdad.

Ruego que entiendan la importancia de los tres principios que trataremos y que el Señor les de la inspiración, por medio del Espíritu Santo, para aplicarlos en la vida de ustedes.

Muchos de ustedes entenderán lo que digo gracias a las decisiones que ya hayan tomado, y ruego poder motivar a otros a tomarlas, pues mi consejo tendrá valor limitado hasta que lo sigan. Lo explicaré con un ejemplo.

Mis padres me regalaron un lindo reloj cuando me gradué de la escuela secundaria; a menudo lo miraba, porque me recordaba su amor; todas las noches lo limpiaba y le daba cuerda. Pero con los años, empecé a olvidar darle cuerda y, por consiguiente, dejó de serme útil, ya que usualmente se paraba cuando mas lo necesitaba.

Ahora tengo uno automático que siempre funciona bien, y se que puedo confiar completamente en el para tener la hora exacta.

Me doy cuenta de que, como los relojes, los jóvenes son diferentes: a unos hay que «darles cuerda», mientras que otros son «automáticos» debido a las decisiones importantes que hayan tomado.

Felicito a estos, los automáticos, que se han comprometido a ser fieles al Señor y a vivir por la fe ya que al comenzar, todavía no pueden ver el fin del camino. Cuando tienen que decidir entre varias posibilidades, eligen seguir la senda que es compatible con las enseñanzas del Salvador. Se que hay quienes los critican llamándolos fanáticos, pues no entienden por que no hacen lo mismo que los demás. Permanezcan firmes en sus principios. Seguir leyendo

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Antes de levantar un muro

Conferencia General Abril 1991logo 4
Antes de levantar un muro
Elder Loren C. Dunn
De los Setenta

Loren C. Dunn«El principio del respeto mutuo, junto con la caridad y el perdón, puede ser la base para conciliar diferencias y solucionar problemas.»

Hay una cualidad en la vida de casi todas las personas buenas del mundo que se manifiesta en sus obras y que parece ser. parte de su naturaleza; es una mezcla de caridad, perdón y respeto y encierra el conocimiento de que Dios es un ser. supremo y que nosotros somos Sus hijos. Por lo tanto, tenemos cierta obligación los unos hacia los otros.

«He aquí.. el Señor Dios ha dado el mandamiento de que todos los hombres tengan caridad, y esta caridad es amor» (2 Nefi 26:30). Las Escrituras también nos enseñan: «Y también os perdonaréis vuestras ofensas los unos a los otros» (Mosíah 26:31). Una persona puede tener esa cualidad sin tener que transigir en sus principios o comprometer sus creencias.

No hace mucho, el padre Paul Showalter, de Nauvoo, nos contó algo interesante sobre el profeta José Smith, que estaba registrado en la historia católica del lugar. Cuando los miembros de la Iglesia comenzaron a establecerse en Nauvoo y las zonas circunvecinas, un sacerdote católico francés llamado John Alleman, que vivía en el distrito de McDonough, necesitaba que alguien lo llevara a visitar a uno de sus feligreses enfermos. José Smith le proveyó al sacerdote un transbordador y un carruaje que lo llevara a destino.

En señal de respeto el Profeta comentó:

«Los sacerdotes atienden fielmente a sus feligreses y se ocupan de lo suyo, mientras que hay otros que están continuamente molestando a los Santos de los Últimos Días».

La cualidad de respetar a los demás, sea cual fuere la creencia religiosa o afiliación de una persona, era parte de la vida del profeta José Smith. El defendió la verdad y el evangelio restaurado hasta el día de su muerte y no toleraba a aquellos que cometían iniquidades en forma deliberada o que trataban de ejercer injusto dominio sobre los santos o sobre cualquier otra persona. Demostró respeto e interés por los demás, sin tener en cuenta para nada sus creencias ni antecedentes, lo cual, en muchos casos, fue un gesto notable teniendo en cuenta la persecución de la que tanto el como los primeros miembros de la Iglesia fueron víctimas. Seguir leyendo

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Acerquémonos a Dios

Conferencia General Abril 1991logo 4
Acerquémonos a Dios
Obispo Henry B. Eyring
Primer Consejero del Obispado Presidente

Henry B. Eyring«Si queremos que las palabras del Evangelio de Jesucristo tengan influencia en nosotros, debemos creer en Dios, debemos desear estar con El y debemos sentir la necesidad de ser purificados para regresar a su presencia.»

A diario hablamos con personas que dicen que Dios no existe o que se encuentra muy distante. Un día en que viajaba en avión empecé a conversar con una señora que se encontraba sentada al lado mío; note que tenía dificultades para entenderme, aunque yo a la vez tenía el mismo problema debido a que ella hablaba inglés con un acento bastante marcado. No obstante, respondiendo a la pregunta que le había hecho, me contó que regresaba al pueblo donde había nacido para asistir a un recordatorio religioso de la muerte de su padre, quien había fallecido hacia muchos años. Había realizado el mismo viaje a los tres, siete, trece y diecisiete años del aniversario de su muerte, y en esa ocasión, volvía otra vez.

Le dije que admiraba la devoción que tenía por su padre y comento suavemente que creía en el respeto que se les debe a los antepasados. Le pregunte si su familia asistía a alguna iglesia, y sonriendo replico: «No, solo vamos a la iglesia cuando alguien muere». Le pregunte si creía en un dios y respondió que si; le pregunte si creía que el estaba cerca y dijo: «No, porque si fuera así, podríamos decirle ‘ven’ cuando lo necesitáramos». Le pregunte que quien creía ella que era Dios. Su respuesta suave y vacilante fue: «Creo que es como uno de nuestros antepasados distantes».

La señora hubiera necesitado escuchar las palabras que hemos escuchado pronunciar aquí: Jesucristo, la caída de Adán, la Expiación, la Resurrección, el arrepentimiento, la vida eterna y el amor puro de Dios. Sin embargo, me di cuenta de que esas palabras no tendrían mucho significado para ella, y entonces recordé y comprendí la fuerza que tienen las palabras que el presidente Kimball escribió al principio de su libro, El Milagro del Perdón. Tal vez recordéis esa advertencia:

«Este libro presupone una creencia en Dios y en el noble propósito de la vida. Sin Dios, el arrepentimiento tendría poco significado, y el perdón seria al mismo tiempo innecesario e irreal. Si no hubiera Dios, la vida ciertamente carecería de significado… podríamos hallar justificación en un afán de vivir solamente para hoy, de ‘comer, beber y divertirse’, de disipar, de satisfacer todo deseo mundano. Si no hubiera Dios no habría redención, ni resurrección, ni eternidades futuras y, consiguientemente, no habría esperanza» (Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, págs. 3 4). Seguir leyendo

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El Don de la gracia

Conferencia General Abril 2015

El Don de la gracia

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Ahora y para siempre jamás, la gracia de Dios está al alcance de todos los de corazón quebrantado y espíritu contrito.



Presidente Monson, gracias… Lo queremos y sostenemos con todo nuestro corazón. Queridos hermanos, hermanas y amigos, les deseo una feliz Pascua de Resurrección. El domingo de Pascua de Resurrección celebramos el acontecimiento más anticipado y glorioso de la historia del mundo.

Es el día que lo cambió todo.
Ese día, mi vida cambió,
la vida de ustedes cambió;
el destino de todos los hijos de Dios cambió.

En ese día bendito, el Salvador de la humanidad, que había tomado sobre Sí las cadenas del pecado y la muerte que nos mantenían cautivos, rompió esas cadenas y nos libró.

Gracias al sacrificio de nuestro amado Redentor, la muerte no tiene aguijón, el sepulcro no tiene victoria1, Satanás no tiene poder perdurable y se “nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo”2.

Ciertamente, el apóstol Pablo estaba en lo correcto cuando dijo que podemos “[consolarnos] los unos a los otros con estas palabras”3.

La gracia de Dios

Hablamos con frecuencia de la expiación del Salvador, y ¡con razón!

En las palabras de Jacob, “¿por qué no hablar de la expiación de Cristo, y lograr un perfecto conocimiento de él?”4. Sin embargo, a medida que “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo”5 en toda ocasión, nunca debemos perder nuestro sentido de asombro y profunda gratitud por el sacrificio eterno del Hijo de Dios.

La expiación del Salvador no puede convertirse en algo común y corriente en nuestra enseñanza, en nuestras conversaciones ni en nuestro corazón. Es sagrada y santa, porque fue gracias a ese “gran y postrer sacrificio” que Jesús el Cristo trajo “la salvación a cuantos crean en su nombre”6.

Me maravillo al pensar que el Hijo de Dios condescendiera a salvarnos con lo imperfectos, impuros, propensos a errar y desagradecidos que somos. He procurado comprender la expiación del Salvador con mi mente finita y la única explicación que hallo es ésta: Dios nos ama profunda, perfecta y eternamente. No alcanzo siquiera a estimar “la anchura, y la longitud, y la profundidad y la altura… [del] amor de Cristo”7.

Una poderosa expresión de ese amor es lo que las Escrituras denominan comúnmente la gracia de Dios: la asistencia divina y la investidura de fortaleza que nos permiten progresar desde nuestras limitaciones y defectos actuales hasta llegar a ser seres exaltados de “verdad y luz, hasta que [seamos] glorificados en la verdad y [sepamos] todas las cosas”8.

La gracia de Dios es algo maravilloso, pero a menudo se malentiende9. Aun así, debemos saber acerca de la gracia de Dios si pretendemos heredar lo que ha sido preparado para nosotros en Su reino eterno.

Con ese fin, me gustaría hablar acerca de la gracia; en particular, primero, de cómo la gracia abre las puertas del cielo, y segundo, de cómo abre las ventanas de los cielos.

Primero: La gracia abre las puertas del cielo

Por cuanto “todos [pecamos] y [estamos] destituidos de la gloria de Dios”10, y debido a que “ninguna cosa impura puede entrar en el reino de Dios”11, ninguno de nosotros es digno de volver a la presencia de Dios.

Aún si sirviésemos a Dios con toda nuestra alma, eso no sería suficiente; todavía seríamos “servidores inútiles”12. No podemos ganarnos el cielo por nosotros mismos, las exigencias de la justicia se interponen como una barrera que nos es imposible superar.

Pero no todo está perdido;

la gracia de Dios es nuestra gran y sempiterna esperanza.

Mediante el sacrificio de Jesucristo, el plan de misericordia apacigua las exigencias de la justicia13, “y [provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento”14.

Aunque nuestros pecados sean rojos como el carmesí, pueden tornarse blancos como la nieve15. Gracias a que nuestro amado Salvador “se dio a sí mismo en rescate por todos”16, se ha proporcionado una entrada en Su reino eterno para nosotros17.

¡La puerta se ha abierto!

No obstante, la gracia de Dios no nos restaura simplemente a nuestro estado de inocencia anterior. Si la salvación sólo borrara nuestros errores y pecados, entonces la salvación, aunque maravillosa, no llevaría a efecto las aspiraciones del Padre respecto a nosotros. Su propósito es mucho más sublime: Él quiere que Sus hijos e hijas lleguen a ser como Él.

Con el don de la gracia de Dios, la senda del discipulado no nos lleva de vuelta a un estado anterior, nos eleva a uno superior.

¡Nos guía a alturas que apenas podemos comprender! Nos lleva a la exaltación en el reino celestial de nuestro Padre Celestial, donde, rodeados de nuestros seres queridos, recibiremos “de su plenitud y de su gloria”18. Todas las cosas serán nuestras, y nosotros seremos de Cristo19. En efecto, todo lo que el Padre tiene, nos será dado20.

Para poder heredar esa gloria, necesitamos algo más que una puerta abierta; debemos entrar por esta puerta con un corazón deseoso de un cambio —un cambio tan drástico que las Escrituras lo describen como “nacer otra vez; sí, nacer de Dios, ser cambiados de [nuestro] estado [mundano] y caído, a un estado de rectitud, siendo redimidos por Dios, [convirtiéndonos] en sus hijos e hijas”21.

Segundo: La gracia abre las ventanas de los cielos

Otro aspecto de la gracia de Dios es que abre las ventanas del cielo, por las cuales Dios derrama bendiciones de poder y fortaleza que nos habilitan para lograr lo que de otro modo no estaría a nuestro alcance. Es por medio de la asombrosa gracia de Dios que Sus hijos pueden vencer las acechanzas y los peligros del engañador, elevarse sobre el pecado y ser “[perfeccionados] en Cristo”22.

Si bien todos tenemos debilidades, podemos superarlas. En efecto, es por la gracia de Dios que las debilidades se tornarán en fortalezas23, si nos humillamos y tenemos fe.

A lo largo de la vida, la gracia de Dios nos concede bendiciones temporales y dones espirituales que aumentan nuestras habilidades y enriquecen nuestra vida. Su gracia nos refina y ayuda a alcanzar nuestro potencial.

¿Quién puede ser merecedor de ella?

En la Biblia leemos acerca de la visita de Cristo a la casa de Simón, el fariseo.

Por fuera, Simón parecía ser un hombre bueno y recto. Con regularidad se aseguraba de cumplir con sus obligaciones religiosas: guardaba la ley, pagaba sus diezmos, observaba el día de reposo, oraba diariamente e iba a la sinagoga.

Pero mientras Jesús estaba con Simón, llegó una mujer que lavó los pies del Salvador con sus lágrimas y ungió Sus pies con perfume.

A Simón no le agradó ese gesto de adoración, porque sabía que la mujer era pecadora. Simón pensó que si Jesús no lo sabía, seguramente Él no era un profeta, o no hubiera permitido que ella lo tocase.

Al percibir sus pensamientos, Jesús se volvió a Simón y le hizo una pregunta: “Un acreedor tenía dos deudores: Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;

y no teniendo [ninguno de] ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de éstos le amará más?”.

Simón respondió que era aquel a quien se le perdonó más.

Entonces, Jesús enseñó una profunda lección: “¿Ves esta mujer?… sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero al que se le perdona poco, poco ama”24.

¿A cuál de estas dos personas nos parecemos más?

¿Somos como Simón? ¿Nos sentimos seguros y cómodos con nuestras buenas obras y confiamos en nuestra propia justicia? ¿Somos, quizás, algo impacientes con quienes no viven según nuestras normas? ¿Estamos en piloto automático?, ¿actuamos por inercia: vamos a las reuniones, bostezamos en la Escuela Dominical y quizás revisamos el teléfono móvil durante la reunión sacramental?

¿O somos como la mujer, que pensaba que estaba completa e irremediablemente perdida a causa de sus pecados?

¿Amamos mucho?

¿Entendemos nuestra deuda con el Padre Celestial y rogamos con toda nuestra alma por la gracia de Dios?

Cuando nos arrodillamos a orar, ¿es para repasar los grandes éxitos de nuestra propia rectitud o para confesar nuestras faltas, suplicar la gracia de Dios y derramar lágrimas de gratitud por el asombroso plan de redención?25.

No podemos comprar la salvación con las monedas de la obediencia; es la sangre del Hijo de Dios lo que la compra26. Pensar que con nuestras buenas obras podemos pagar por la salvación es como comprar un pasaje de avión y pensar que somos dueños de la línea aérea; o pensar que por pagar el alquiler de nuestra casa, somos ahora los propietarios de todo el planeta.

Entonces, ¿por qué obedecer?

Si la gracia es un don de Dios, ¿por qué entonces es tan importante obedecer los mandamientos de Dios? ¿Para qué molestarnos en obedecerlos; o en arrepentirnos, si vamos al caso? ¿Por qué no sencillamente admitir que somos pecadores y dejar que Dios nos salve?

O, usando las palabras de Pablo, “¿continuaremos en el pecado para que abunde la gracia?”. La respuesta de Pablo es sencilla y clara: “¡De ninguna manera!”27.

Hermanos y hermanas, ¡obedecemos los mandamientos de Dios porque lo amamos!

El tratar de entender el don de la gracia de Dios con todo el corazón y la mente nos da aún mayor razón para amar y obedecer a nuestro Padre Celestial con mansedumbre y gratitud. El andar por la senda del discipulado nos refina y hace mejorar, nos ayuda a llegar a ser más como Él y nos conduce de regreso a Su presencia. “El Espíritu del Señor [nuestro Dios]” efectúa “un potente cambio en nosotros… que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”28.

De modo que nuestra obediencia a los mandamientos de Dios es el resultado natural de nuestro amor y gratitud perpetuos por la bondad de Dios. Esta forma de amor y gratitud genuinos entrelazará de manera milagrosa nuestras obras con la gracia de Dios. La virtud engalanará nuestros pensamientos incesantemente y nuestra confianza se fortalecerá en la presencia de Dios29.

Queridos hermanos y hermanas, vivir el Evangelio con fidelidad no es una carga; es un ejercicio de práctica gozoso; es la preparación para heredar la grandiosa gloria de las eternidades. Procuramos obedecer a nuestro Padre Celestial porque nuestro espíritu se hará más receptivo a los asuntos espirituales; se despliegan panoramas ante nosotros que no sabíamos que existían; y recibimos iluminación y entendimiento cuando hacemos la voluntad del Padre30.

La gracia es un don de Dios, y nuestro deseo de ser obediente a cada mandamiento de Dios es como extendemos nuestra mano mortal para recibir ese sagrado don de nuestro Padre Celestial.

Hacer cuanto podamos

El profeta Nefi hizo una importante contribución a nuestra comprensión de la gracia de Dios al declarar: “…trabajamos diligentemente… a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos31.

Sin embargo, me pregunto si a veces malinterpretamos la frase “después de hacer cuanto podamos”. Debemos entender que “después de” no significa “debido a”.

No nos salvamos “debido a” que hacemos cuanto podamos. ¿Alguno de nosotros ha hecho todo lo que puede? ¿Espera Dios hasta que hayamos hecho todo el esfuerzo antes de intervenir en nuestra vida con Su gracia salvadora?

Muchas personas se sienten desalentadas porque fallan constantemente. Saben por experiencia propia que “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”32. Ellos elevan su voz junto con Nefi para proclamar: “Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades”33.

Tengo la certeza de que Nefi sabía que la gracia del Salvador nos permite vencer el pecado y nos faculta para ello34. Es por eso que Nefi trabajaba tan diligentemente a fin de persuadir a sus hijos y a sus hermanos a “creer en Cristo y a reconciliarse con Dios”35.

Después de todo, ¡esoes lo que podemos hacer! y ¡ésaes nuestra tarea en la mortalidad!

La gracia está al alcance de todos

Cuando pienso en lo que hizo el Salvador poco antes de ese primer domingo de Pascua, ¡deseo elevar mi voz en alabanzas al Más Alto Dios y a Su Hijo Jesucristo!

¡Las puertas del cielo están abiertas!

¡Las ventanas de los cielos están abiertas!

Ahora y para siempre jamás, la gracia de Dios está al alcance de todos los de corazón quebrantado y espíritu contrito36. Jesucristo ha despejado el camino a fin de que ascendamos a alturas incomprensibles para la mente mortal37.

Ruego que veamos con nuevos ojos y un nuevo corazón el significado eterno del sacrificio expiatorio del Salvador. Ruego que demostremos nuestro amor por Dios y nuestra gratitud por el don de la gracia infinita de Dios, guardando Sus mandamientos y andando gozosamente “en vida nueva”38. En el sagrado nombre de nuestro Maestro y Redentor, Jesucristo. Amén.


Referencias

1. Véase 1 Corintios 15:55Mosíah 16:8.
2. 1 Pedro 1:3; cursiva agregada.
3. 1 Tesalonicenses 4:18; véase también los versículos 13–17.
4. Jacob 4:12.
5. 2 Nefi 25:26.
6. Alma 34:10, 15.
7. Efesios 3:18–19.
8. Doctrina y Convenios 93:28.
9. Verdaderamente somos “niños pequeños, y todavía no [hemos] entendido cuán grandes bendiciones el Padre tiene en sus propias manos y ha preparado para [nosotros]” (Doctrina y Convenios 78:17).
10. Romanos 3:23.
11. 1 Nefi 15:34; véase también 1 Nefi 10:21Moisés 6:57.
12. Mosíah 2:21.
13. Véase Alma 42:15.
14. Alma 34:15.
15. Véase Isaías 1:18.
16. 1 Timoteo 2:6.
17. Véase 2 Pedro 1:11.
18. Doctrina y Convenios 76:56.
19. Véase Doctrina y Convenios 76:59.
20. Véase Doctrina y Convenios 84:38.
21. Mosíah 27:25.
22. Moroni 10:32.
23. Véase Éter 12:27.
24. Véase Lucas 7:36–50; cursiva agregada.
25. La parábola que enseñó Cristo del fariseo y el publicano ilustra este punto claramente (véase Lucas 18:9–14).
26. Véase Hechos 20:28.
27. Romanos 6:1–2.
28. Mosíah 5:2.
29. Véase Doctrina y Convenios 121:45.
30. Véase Juan 7:17.
31. 2 Nefi 25:23; cursiva agregada.
32. Mateo 26:41; véase también Romanos 7:19.
33. 2 Nefi 4:17.
34. Véanse 2 Nefi 4:19–35Alma 34:31.
35. 2 Nefi 25:23.
36. Véase 3 Nefi 9:19–20.
37. Véase 1 Corintios 2:9.
38. Romanos 6:4.

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El sacerdocio: un don sagrado

Conferencia General Abril 2015

El sacerdocio: un don sagrado

Por el presidente Thomas S. Monson

A cada uno de nosotros se nos ha confiado uno de los dones más preciados que jamás se hayan conferido a la humanidad.

Uno de mis recuerdos más nítidos es haber asistido a la reunión del sacerdocio como diácono recién ordenado y haber cantado el primer himno: “Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio”1. Esta noche, para todos los que estamos aquí reunidos en el Centro de Conferencias, y por todo el mundo, me hago eco del espíritu de ese himno especial y les digo: “Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio”. Consideremos nuestros llamamientos; reflexionemos sobre nuestras responsabilidades; determinemos cuál es nuestro deber; y sigamos a Jesucristo, nuestro Señor. Aunque nos diferenciemos en edad, costumbres y nacionalidades, somos uno en nuestro llamamiento del sacerdocio.

Para cada uno de nosotros, la restauración del Sacerdocio Aarónico a Oliver Cowdery y a José Smith por Juan el Bautista, es de gran importancia. Igualmente, la restauración del Sacerdocio de Melquisedec a José y a Oliver por Pedro, Santiago y Juan, es un acontecimiento de gran valor.

Tomemos seriamente los llamamientos, las responsabilidades y los deberes que son parte del sacerdocio que poseemos.

Sentí una gran responsabilidad cuando se me llamó para ser el secretario de mi quórum de diáconos. Preparé con mucho cuidado los registros que llevaba, pues deseaba hacer lo mejor que podía en ese llamamiento. Me enorgullecía del trabajo que realizaba. Hacer todo lo que esté a mi alcance y dar mi mejor esfuerzo ha sido mi objetivo en cualquier llamamiento que he tenido.

Espero que a cada jovencito que haya sido ordenado al Sacerdocio Aarónico se le haya dado una percepción espiritual del carácter sagrado del llamamiento al que ha sido ordenado, así como oportunidades para magnificar ese llamamiento. Yo recibí una de esas oportunidades cuando era diácono y el obispado me pidió que llevara la Santa Cena a una persona confinada a su casa que vivía como a kilómetro y medio de nuestra capilla. Ese domingo especial por la mañana, al tocar a la puerta del hermano Wright y escuchar su temblorosa voz decir: “Adelante”, entré no sólo a su humilde casa, sino también a una habitación llena del Espíritu del Señor. Me acerqué a la cama del hermano Wright y con cuidado puse un pedazo de pan a sus labios; luego sostuve el vaso de agua para que pudiera tomar. Al salir de allí, vi lágrimas en sus ojos cuando me dijo: “Que Dios te bendiga, hijo”. Y Dios me bendijo; con un aprecio por los emblemas sagrados de la Santa Cena y por el sacerdocio que poseía. Seguir leyendo

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El sacerdocio y la oración personal

El sacerdocio y la oración personal

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer consejero de la Primera Presidencia

Dios nos puede otorgar poder en el sacerdocio para cualquier circunstancia en la que nos encontremos; todo lo que se requiere es que pidamos con humildad.

Agradezco la confianza que se deposita en mí para dirigir la palabra a los poseedores del sacerdocio de Dios de todo el mundo. Siento el peso de esta oportunidad porque sé algo respecto a la confianza que el Señor ha depositado en ustedes. Al aceptar el sacerdocio, ustedes han recibido el derecho de hablar y actuar en el nombre de Dios.

Ese derecho llega a ser una realidad sólo si se recibe inspiración de Dios. Sólo entonces podrán hablar en Su nombre y sólo entonces podrán actuar en Su nombre. Quizás ya hayan cometido el error de pensar: “Eso no es tan difícil. Si se me pide que dé un discurso o si tengo que dar una bendición del sacerdocio, recibiré inspiración”. O tal vez el joven diácono o maestro sienta tranquilidad al pensar: “Cuando sea más grande o cuando se me llame como misionero, entonces sabré qué diría o qué haría Dios”.

Sin embargo piensen en el día en el que deben saber lo que Dios diría o lo que Él haría. Ese día ya nos ha llegado a todos, no importa cuál sea el llamamiento que tengan en el sacerdocio. Crecí en una rama pequeña en el este de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Los miembros de la Iglesia vivían distanciados y la gasolina se racionaba estrictamente; yo era el único diácono de mi rama. Los miembros entregaban su ofrenda de ayuno al presidente cuando asistían a la reunión de ayuno y testimonios que se realizaba en nuestra casa.

Cuando tenía 13 años, nos mudamos a Utah y el barrio era grande. Recuerdo mi primera asignación de ir a las casas para recolectar ofrendas de ayuno. Me fijé en el nombre que había en uno de los sobres que me dieron y vi que el apellido era igual al de uno de los tres testigos del Libro de Mormón. Así que llamé a la puerta con confianza. Un hombre abrió la puerta, me miró con enojo y luego me dijo a gritos que me marchara. Yo me alejé cabizbajo.

Eso ocurrió hace casi 70 años, pero aún recuerdo el sentimiento que tuve ese día en ese umbral de que había algo que tenía que haber hecho o dicho. Si tan sólo hubiera orado con fe al salir ese día, quizás habría recibido la inspiración para quedarme unos momentos más en esa puerta, sonreír y decir algo como: “Es un gusto conocerlo. Gracias por lo que usted y su familia han dado en el pasado, espero verlo el mes que entra”. Seguir leyendo

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El ser genuinos

El ser genuinos

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Ruego que resistamos la tentación de atraer la atención sobre nosotros mismos y, en su lugar, nos esforcemos por un honor mucho mayor: llegar a ser discípulos humildes y genuinos de Jesucristo.

A finales del siglo XVIII, Catalina la Grande, de Rusia, anunció que visitaría la parte sur de su imperio acompañada de varios embajadores extranjeros. El gobernador de esa región, Gregorio Potemkin, quería desesperadamente impresionar a los visitantes, por lo que puso un gran empeño en resaltar los logros del país.

Durante parte del viaje, Catalina descendió por el río Dniéper en barco, señalando con orgullo a los embajadores la prosperidad de las aldeas que había en las riberas, repletas de habitantes felices e industriosos. Sólo había un problema: no era más que apariencia. Se dice que Potemkin mandó ensamblar fachadas de cartón de tiendas y de casas, e incluso mandó colocar a campesinos de apariencia ajetreada para dar la impresión de una economía próspera. Cuando los visitantes desaparecían por un recodo del río, los hombres de Potemkin desmontaban la aldea ficticia y se apresuraban río abajo a fin de armar otra para cuando Catalina pasara.

Si bien los historiadores modernos han cuestionado la veracidad de esta historia, el término “pueblo Potemkin” ya forma parte del vocabulario universal, y con él se alude a cualquier intento de hacer que los demás crean que estamos mejor de lo que estamos en realidad.

¿Está nuestro corazón en el lugar correcto?

Querer causar una buena impresión forma parte de la naturaleza humana. Es la razón por la que muchos trabajamos tan arduamente en la parte exterior de nuestras casas y por la que los hermanos del Sacerdocio Aarónico se aseguran de lucir bien en caso de que se encuentren con alguna jovencita en especial. No hay nada de malo en lustrar nuestros zapatos, oler bien o incluso ocultar los platos sucios antes de que lleguen los maestros orientadores. Sin embargo, cuando esto se lleva al extremo, ese deseo de impresionar puede pasar de ser útil a ser engañoso. Seguir leyendo

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Venga tu reino

Venga tu reino

Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ver y creer en los milagros del Señor al establecer Su reino puede ayudarnos a ver y creer que Su mano está obrando en nuestras vidas.

Mientras cantábamos, me conmovió pensar que en este mismo momento hay cientos de miles, quizás millones, de santos creyentes en más de ciento cincuenta países, alzando sus voces a Dios en setenta y cinco idiomas1; juntos estábamos cantando a Dios:

Oh Rey de reyes, ven
en gloria a reinar,
con paz y salvación,
tu pueblo a libertar2.

“¡Oh Rey de reyes ven!”3 Somos una gran familia mundial de creyentes, discípulos del Señor Jesucristo.

Hemos tomado Su nombre sobre nosotros y, cada semana, al participar de la Santa Cena, prometemos recordarle siempre y guardar Sus mandamientos. No somos perfectos, pero tampoco cumplimos con nuestra fe de manera mediocre. Creemos en Él, lo adoramos, lo seguimos, lo amamos profundamente. Su causa es la causa más grande de todo el mundo.

Hermanos y hermanas, vivimos en los días previos a la Segunda Venida del Señor, un momento esperado por los creyentes a través de los siglos. Vivimos en días de guerras y rumores de guerras, días de desastres naturales, días en los que el mundo está dividido por la confusión y la conmoción.

Pero también vivimos en la gloriosa época de la Restauración, cuando el Evangelio se predica por todo el mundo; la época en que el Señor ha prometido que “[levantará]… un pueblo puro”4 al cual armará con “su rectitud y el poder de Dios”5.

En estos días, nos regocijamos, y rogamos que podamos afrontar con valentía nuestras dificultades e incertidumbres. Las dificultades de algunas personas son más serias que las de otras personas, pero nadie es inmune a ellas. El élder Neal A. Maxwell me dijo en una ocasión: “Si todo le va bien ahora, ¡espere y verá!”. Seguir leyendo

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Fructificad, multiplicaos y henchid la tierra

Fructificad, multiplicaos y henchid la tierra

Por el élder Joseph W. Sitati
De los Setenta

El Padre Celestial nos ha mandado que seamos fructíferos, que nos multipliquemos y que sojuzguemos la Tierra para que podamos llegar a ser como Él es.

Gracias Coro del Tabernáculo, por ese dulce tributo al Salvador del mundo.

El día en que Dios el Padre pidió a Su Hijo Unigénito que creara al hombre a la propia imagen y semejanza de Ellos, bendijo a Sus hijos diciendo: “Fructificad y multiplicaos, henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio… sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”1. Por tanto, nuestra trayectoria mortal inició tanto con un encargo divino como con una bendición. Un Padre amoroso nos dio el mandato y la bendición de fructificar, de multiplicarnos y de tener dominio, a fin de que pudiéramos progresar y llegar a ser aun como Él es.

Hermanos y hermanas, esta tarde pido su fe y sus oraciones mientras comparto algunas ideas acerca de tres atributos fundamentales de nuestra naturaleza divina. Mi oración es que podamos más plenamente reconocer y llevar a cabo nuestra sagrada responsabilidad —el encargo de nuestro Padre— de desarrollar nuestra naturaleza divina para que podamos navegar por nuestro trayecto con más éxito y lograr nuestro destino divino.

Primero: Dios nos mandó fructificar

Una parte importante de fructificar, y que en ocasiones pasamos por alto, es la de establecer el reino de Dios sobre la Tierra. El Salvador enseñó:

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer…

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y os será hecho.

“En esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así mis discípulos”2.

Somos fructíferos al permanecer en Cristo y al tomar “sobre [nosotros Su] nombre… [y] servirle hasta el fin”3, a medida que ayudamos a otros a venir a Él. Seguir leyendo

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El día de reposo es una delicia

Conferencia General Abril 2015
El día de reposo es una delicia
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

¿Cómo pueden asegurarse de que su comportamiento en el día de reposo les traiga gozo y regocijo?

Queridos hermanos y hermanas, estos dos días de conferencia han sido maravillosos. La música inspiradora y las oraciones elocuentes nos han elevado; nuestro espíritu ha sido edificado por los mensajes de luz y verdad. En este domingo de Pascua de Resurrección, nuevamente damos gracias sinceras y unánimes a Dios por tener un profeta.

La pregunta que debemos hacernos es: después de lo que he oído y sentido durante esta conferencia, ¿en qué voy a cambiar? Cualquiera que sea la respuesta, permítanme invitarlos a examinar sus sentimientos acerca del día de reposo y de lo que hacen ese día.

Me intrigan las palabras de Isaías, pues llamó al día de reposo “delicia”1; y me pregunto: ¿realmente el día de reposo es una delicia para ustedes y para mí?

Descubrí la delicia del día de reposo por primera vez hace muchos años cuando, al ser un cirujano muy ocupado, se convirtió en un día de sanación personal. Al final de cada semana tenía las manos irritadas de tanto restregarlas con jabón, agua y un cepillo de cerdas duras; y también necesitaba tomarme un descanso de la presión de una profesión tan exigente. El domingo me brindaba ese alivio tan necesario.

¿A qué se refería el Salvador cuando dijo que “…el día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo”?2. Creo que Él deseaba que entendiésemos que el día de reposo era Su regalo para nosotros, el cual nos garantiza un descanso real de los rigores de la vida diaria y supone una oportunidad de renovación física y espiritual. Dios nos dio este día especial no para divertirnos ni para realizar trabajos cotidianos, sino para descansar de nuestras obligaciones con desahogo físico y espiritual.

En hebreo, la expresión día de reposo significa “descanso”. El propósito del día de reposo se remonta a la Creación del mundo cuando, después de seis días de trabajo, el Señor descansó de la obra de la creación3. Cuando más tarde reveló los Diez Mandamientos a Moisés, Dios nos mandó: “Acuérdate del día del reposo para santificarlo”4. Posteriormente, el día de reposo se observó como un recordatorio de la liberación de Israel de su cautiverio en Egipto5. Tal vez lo más importante es que el día de reposo fue dado como un convenio perpetuo, un recordatorio constante de que el Señor santificará a Su pueblo6. Seguir leyendo

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No es [éste] más bien el ayuno que yo escogí?

¿No es [éste] más bien el ayuno que yo escogí?

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

La ofrenda de ayuno de ustedes hará más que alimentar y vestir cuerpos; sanará y cambiará corazones.

Mis queridos hermanos y hermanas, me regocijo al extenderles mi amor en esta conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ese gozo procede del testimonio del Espíritu de que el amor del Salvador se extiende a cada uno de ustedes y a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Él desea bendecir a Sus hijos espiritual y temporalmente; Él comprende cada una de sus necesidades, dolores y esperanzas.

Cuando socorremos a alguien, el Salvador lo considera como si lo hubiéramos socorrido a Él.

Nos dijo que era así cuando describió un momento futuro que todos viviremos cuando lo veamos al concluir nuestra vida en este mundo. Mi imagen mental de ese día ha sido cada vez más vívida durante los días que he orado y ayunado para saber qué decir esta mañana. El Señor describió esa entrevista futura a Sus discípulos, y ella delinea lo que anhelamos con todo el corazón que nos suceda a nosotros:

“Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos? Seguir leyendo

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El plan de felicidad

El plan de felicidad

Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

La finalidad de toda actividad de la Iglesia es ver que un hombre, una mujer y sus hijos sean felices en el hogar y sean sellados por esta vida y por toda la eternidad.

Hace muchos años, después de la Segunda Guerra Mundial, estaba asistiendo a la universidad cuando conocí a Donna Smith. Por ese entonces leí que dos ingredientes esenciales para un matrimonio exitoso eran una galleta y un beso, y consideré que eso era un buen equilibrio.

Iba a la universidad por la mañana y luego regresaba a Brigham City para trabajar en el taller de reparación de automóviles de mi padre por la tarde. La última clase de Donna en la mañana era economía doméstica y yo pasaba por su aula antes de irme. La puerta tenía una ventana de vidrio esmerilado, pero si me paraba cerca del cristal, ella podía ver mi sombra. Entonces salía y me daba una galleta y un beso. El resto ya se sabe. Nos casamos en el Templo de Salt Lake y así comenzó la gran aventura de nuestra vida.

A lo largo de los años a menudo he enseñado un principio importante: la finalidad de toda actividad de la Iglesia es ver que un hombre, una mujer y sus hijos sean felices en el hogar y sean sellados por esta vida y por toda la eternidad.

En el principio:

“…los Dioses descendieron para organizar al hombre a su propia imagen, para formarlo a imagen de los Dioses, para formarlos varón y hembra.

“Y dijeron los Dioses: Los bendeciremos. Y los Dioses dijeron: Haremos que fructifiquen y se multipliquen, y llenen la tierra y la sojuzguen” (Abraham 4:27–28).

Y así empezó el ciclo de la vida humana en la Tierra, cuando “Adán conoció a su esposa, y de ella le nacieron hijos e hijas, y empezaron a multiplicarse y a henchir la tierra.

“Y… los hijos e hijas de Adán empezaron a separarse de dos en dos en la tierra… y también ellos engendraron hijos e hijas” (Moisés 5:2–3). Seguir leyendo

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La parábola del sembrador

La parábola del sembrador

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Depende de cada uno de nosotros el establecer las prioridades y el hacer aquello que cause que la tierra sea buena y la cosecha abundante.

Los temas de los discursos de la conferencia general no los asigna una autoridad terrenal sino las impresiones del Espíritu. Muchos temas abordan las inquietudes terrenales que todos tenemos. Pero así como Jesús no enseñó la manera de superar las dificultades terrenales ni la opresión política de Su época, por lo general Él inspira a Sus siervos modernos a que hablen acerca de lo que nosotros debemos hacer para reformar nuestra vida personal a fin de prepararnos para regresar a nuestro hogar celestial. En este fin de semana de la Pascua de Resurrección, he sentido la impresión de hablar acerca de las bellas enseñanzas de una de las parábolas de Jesús que trascienden el tiempo.

La parábola del sembrador es una de las pocas parábolas que se encuentran en los tres evangelios sinópticos. Además, pertenece a un grupo aún más reducido de parábolas que Jesús explicó a Sus discípulos. La semilla que se sembró era “la palabra del reino” (Mateo 13:19), “la palabra” (Marcos 4:14) o “la palabra de Dios” (Lucas 8:11): las enseñanzas del Maestro y de Sus siervos.

Los diferentes tipos de terreno donde cayeron las semillas representan las maneras diferentes en que las personas recibimos y obedecemos esas enseñanzas. Así, las semillas que “[cayeron] junto al camino” (Marcos 4:4) no han alcanzado el terreno mortal donde pueden crecer; son como las enseñanzas que caen en un corazón endurecido o sin preparación. No diré nada más en cuanto a ellas. Mi mensaje concierne a aquellos que nos hemos comprometido a ser seguidores de Cristo. ¿Qué hacemos con las enseñanzas del Salvador en nuestra vida?

La parábola del sembrador nos advierte de las circunstancias y actitudes que podrían impedir que cualquiera que haya recibido la semilla del mensaje del Evangelio produzca una buena cosecha. Seguir leyendo

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El porqué del matrimonio, el porqué de la familia

El porqué del matrimonio,
el porqué de la familia

Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La familia edificada en el matrimonio de un hombre y una mujer proporciona el mejor entorno para que el plan de Dios prospere.



Arriba de la Gran Puerta Oeste de la famosa Abadía de Westminster, en Londres, Inglaterra, se encuentran las estatuas de diez mártires cristianos del siglo XX. Entre ellas está la de Dietrich Bonhoeffer, un brillante teólogo alemán que nació en 19061. Bonhoeffer criticó abiertamente la dictadura nazi y el trato que daban a los judíos y a otras personas. Lo encarcelaron por su activa oposición y finalmente lo ejecutaron en un campo de concentración. Bonhoeffer fue un escritor prolífico, y algunas de sus obras más conocidas son las cartas que unos guardias compasivos le ayudaron a sacar a escondidas de la prisión, y que posteriormente se publicaron como Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio.

Una de esas cartas que escribió en la prisión fue a su sobrina, antes de que ella se casara; carta que incluía estos importantes enfoques: “El matrimonio es más que el amor mutuo que ustedes se tienen… En el amor de cada uno, ustedes sólo ven sus dos egos en el mundo, pero en el matrimonio son un eslabón en la cadena de las generaciones que el Señor hace que vengan y vayan para gloria de Él, por lo que los llama a entrar en Su reino. En el amor de ustedes, sólo ven el cielo de su propia felicidad, pero en el matrimonio están colocados en un lugar de responsabilidad con el mundo y la humanidad. El amor que ustedes se tienen es su propia posesión privada, pero el matrimonio es más que algo personal… Es una posición en la que se hallan y un deber. Así como es la corona, y no simplemente la voluntad, para gobernar lo que hace al rey; así es el matrimonio y no simplemente el amor que cada uno de ustedes siente por el otro, lo que los une a los ojos de Dios y del hombre… de esa manera el amor proviene de ustedes, pero el matrimonio proviene de arriba, de Dios”2.

¿En qué forma el matrimonio entre un hombre y una mujer trasciende el amor del uno por el otro y su propia felicidad para convertirse en “un puesto de responsabilidad hacia el mundo y la humanidad”? ¿En qué sentido proviene “de arriba, de Dios”? A fin de entender, tenemos que remontarnos al comienzo. Seguir leyendo

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Verdaderamente bueno y sin engaño

Verdaderamente bueno y sin engaño

Por el élder Michael T. Ringwood
De los Setenta

Las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo son que los deseos de nuestro corazón se pueden cambiar y que es posible educar y refinar nuestros motivos.

Lamentablemente, hubo una época de mi vida en la que me sentía motivado por los títulos y la autoridad. En realidad, comenzó en forma inocente: mientras me preparaba para prestar servicio en una misión de tiempo completo, nombraron a mi hermano mayor líder de zona en su misión. Oía tantos elogios sobre él que no pude evitar el deseo de que dijeran las mismas cosas de mí; anhelaba una posición similar y hasta incluso haya orado pidiéndola.

Felizmente, mientras estaba en la misión, aprendí una lección importante. Se me recordó esa lección durante la última conferencia.

En octubre pasado, el presidente Dieter F. Uchtdorf dijo: “En el transcurso de la vida, he tenido la oportunidad de conocer a algunos de los hombres y mujeres más competentes e inteligentes de este mundo. Cuando era más joven, quedaba impresionado con los instruidos, dotados, exitosos y aclamados por el mundo; pero, con el correr de los años, he llegado a comprender que me impresionan mucho más aquellas almas maravillosas y benditas que son verdaderamente buenas y sin engaño”1.

Mi héroe del Libro de Mormón es un ejemplo perfecto de un alma maravillosa y bendita, verdaderamente buena y sin engaño. Shiblón era uno de los hijos de Alma, hijo. Estamos más familiarizados con sus hermanos: Helamán, que sucedió a su padre como custodio de los registros y profeta de Dios; y Coriantón, que tuvo algo de notoriedad por ser un misionero que necesitó consejo de su padre. Alma escribió setenta y siete versículos a Helamán (véase Alma 36–37) y noventa y uno a Coriantón (véase Alma 39–42). A Shiblón, su segundo hijo, le escribió apenas quince versículos (véase Alma 38); sin embargo, en esos quince versículos sus palabras son poderosas e instructivas:

“Y ahora bien, hijo mío, confío en que tendré gran gozo en ti, por tu firmeza y tu fidelidad para con Dios; porque así como has empezado en tu juventud a confiar en el Señor tu Dios, así espero que continúes obedeciendo sus mandamientos; porque bendito es el que persevera hasta el fin. Seguir leyendo

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