Que no os engañen

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«Que no os engañen»
presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyEl Señor declaró:’Y salid de entre los inicuos. Salvaos, sed limpios, los que lleváis los vasos del Señor’ (D. y C. 38:42).

Mis hermanos, oro por la guía del Espíritu.

Quisiera dirigirme primeramente a los jovencitos congregados aquí.  No me cabe duda de que cada uno de vosotros, jovencitos, aspira tener éxito en la vida. El hecho mismo de que hayáis hecho el esfuerzo de asistir a esta reunión sirve para indicar que estáis interesa-, dos en cosas que valen la pena.  Hace poco leí un artículo que se refiere a los resultados de un estudio realizado entre estudiantes de secundaria en los Estados Unidos.  En una parte leí: «La religión juega un papel preponderante en la vida de los estudiantes de secundaría que obtienen altas calificaciones y participan en otras actividades no académicas, según lo indica una reciente encuesta llevada a cabo entre 55.000 estudiantes avanzados de secundaria y de entre 22.000 instituciones de enseñanza pública, privada y religiosa de los Estados Unidos.  La encuesta revela que el 85 por ciento de quienes obtienen las calificaciones más elevadas ha sido criado en hogares estables en los cuales se practica una vida religiosa.  Cerca del 45 por ciento vive en comunidades rurales.  El 84 por ciento de los estudiantes destacados manifiestan su preferencia por las condiciones matrimoniales tradicionales y rechazan el consumo de tabaco y de drogas.  Únicamente el 4 por ciento consume marihuana, mientras que el 89 por ciento jamás ha fumado.» (Citado en la publicación Christianity Today, 18 de febrero de 1983, página 35.)

Como veis, vosotros que sois miembros de la Iglesia no estáis solos.  Aquellos que se entregan al tabaco, al alcohol y a las drogas quisieran hacerles creer que sois anticuados por no hacer lo mismo.  Sin embargo, es un hecho que existen decenas de miles de jóvenes como vosotros.  La mayor parte de los jóvenes de la Iglesia se abstiene de usar estas substancias, y además de ellos, hay miles de estudiantes más que obtienen calificaciones altas y que participan en actividades extra académicas en sus colegios, de los cuales el 85 por ciento proviene de buenos hogares en donde se vive una vida religiosa, y el 89 por ciento de éstos jamás ha fumado. Es un hecho concreto que os encontréis entre la mayoría de los sobresalientes cuando no participáis en tales prácticas. Seguir leyendo

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Que Dios nos otorgue fe

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Que Dios nos otorgue fe
presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley«No hay ningún obstáculo por más grande que sea, ni ningún problema que sea demasiado difícil, que no podamos sobrellevar por medio del fe».

El Coro del Tabernáculo acaba de cantar «Fulgura la Aurora» y quisiera utilizar como tema estas palabras escritas por Parley P. Pratt:

El alba rompe de verdad
y en Sión se deja ver.
Tras noche de oscuridad,
bendito día a renacer.

De ante la divina luz
huyen las sombras del error.
La gloria del gran rey Jesús
ya resplandece con fulgor.»
(Himnos de Sión, No. l).

Os expreso mi agradecimiento por el amor que tenéis por el Señor y por la lealtad con que apoyáis su gran causa. Veo los frutos de vuestra fe y me siento agradecido.  Os agradezco la energía que empleáis en esta obra.  Sé que a veces se torna muy difícil y parte de ella parece ser innecesaria.  Pero del esfuerzo y del trabajo resulta la fortaleza, y la alegría es el producto del servicio.

Os agradezco vuestra fidelidad en el pago de los diezmos y las ofrendas.  Vosotros estáis haciendo posible el crecimiento y el fortalecimiento de esta obra por todo el mundo.  Pero no es necesario que os agradezca, porque todas las personas que pagan un diezmo íntegro tienen un testimonio de las bendiciones que de ello resultan.  Ellos pueden testificar que el Señor abre las ventanas de los cielos y derrama bendiciones como ha prometido. (Malaquías 3:10.)

Quiero aseguramos, queridos hermanos, que la obra está progresando.  Dondequiera que está establecida, en más de ochenta naciones, está progresando y fortaleciéndose.  La fe de la gente está aumentando tal como lo refleja el incremento de actividad.  La obra misional continúa floreciendo.  Nuestros jóvenes siguen partiendo del hogar para ir al mundo a dar su testimonio del Salvador y de la restauración del evangelio eterno en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. (D. y C. 124:41.) La obra de salvación por los muertos, llevada a cabo por medio del extensísimo programa genealógico de la Iglesia, y la generosa obra de amor que se realiza en los templos, está avanzando a una velocidad antes desconocida. Seguir leyendo

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Qué clase de hombres tenemos que ser?

Conferencia General Octubre 1983

¿Qué clase de hombres tenemos que ser?

Presidente Ezra. Taft Benson
del Quórum de los Doce Apóstoles

Es indispensable que cambien en actitud y su modo de conducirse algunos que sostienen ser miembros de la Iglesia del Señor, pero que actúan de un modo que no es cristiano.


Mis amados hermanos, he titulado mi mensaje: “¿Qué clase de hombres tene­mos que ser?” Como veis, es una varia­ción de la pregunta que Jesús hizo a los nefitas (véase 3 Nefi 27:27), en la cual conviene que reflexione todo poseedor del sacerdocio de Dios.

Me han instado a tratar este tema los informes que se me han referido so­bre las alarmantes maldades de algunos hombres que maltratan a su esposa y a sus hijos.

Al escuchar esos informes, me he preguntado: “¿Cómo puede un miembro de la Iglesia —cualquier hombre que posea el sacerdocio de Dios— ser cruel con su propia esposa y sus hijos”?

El que un poseedor del sacerdocio actúe de esa manera es casi inconcebi­ble, puesto que tales hechos son del to­do incompatibles con las enseñanzas de la Iglesia y el Evangelio de Jesucristo.

Como poseedores del sacerdocio, te­nemos que emular el carácter del Sal­vador.

¿Y cómo es Su carácter?

Él ha señalado las virtudes funda­mentales de Su divino carácter en una revelación para todos los poseedores del sacerdocio que sirven en Su minis­terio. Conocéis bien el versículo 6 de la sección 4 de Doctrina y Convenios, que fue manifestado un año antes de la or­ganización de la Iglesia:

“Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la pacien­cia, la bondad fraternal, piedad, cari­dad, humildad, diligencia.” (D. y C. 4:6.)

Esas son las virtudes que tenemos que adquirir. Ese es el carácter de Cristo.

Analicemos algunas de dichas cuali­dades:

Un poseedor del sacerdocio es vir­tuoso, lo cual supone que tiene pensa­mientos puros y realiza actos limpios.

El no codiciará en su corazón, dado que si lo hace, “negará la fe” y perderá el Espíritu (véase D. y C. 42:23).

No cometerá adulterio “ni hará nin­guna cosa semejante“ (D. y C. 59:6), o sea, fornicación, actos homosexuales, masturbación, vejación de niños ni nin­guna otra perversión sexual.

La virtud equivale a la santidad: es una cualidad divina. Un poseedor del sacerdocio debe esforzarse por alcanzar todo lo que es virtuoso y bello, y no lo que es degradante y vil. La virtud “engalanará sus pensamientos incesantemente” (véase D. y C. 121:45).

Cuando un poseedor del sacerdocio se aparta del sendero de la virtud en cualquier forma o manifestación, pierde el Espíritu del Señor y queda en poder de Satanás. Entonces recibe el salario de aquel al cual ha escogido servir. Co­mo resultado, a veces la Iglesia debe tomar medidas disciplinarias, porque no podemos tolerar ni perdonar actos indignos ni impenitentes.

Todos los poseedores del sacerdocio deben ser moralmente limpios para ser dignos de tener la autoridad de Jesu­cristo.

Un poseedor del sacerdocio tiene templanza, lo cual significa que repri­me sus emociones y sus expresiones verbales; actúa con moderación y no se excede en nada. En una palabra, tiene autodominio: es el amo de sus emocio­nes, por lo que éstas no le dominan.

Un poseedor del sacerdocio que in­sulta a su esposa, que la maltrata con palabras o acciones o que hace lo mis­mo a uno de sus propios hijos es culpa­ble de un pecado grave.

¿Podéis enojaros y no pecar?, pre­guntó el apóstol Pablo (véase Efesios 4:26).

Es triste admitirlo, pero el hombre que no controla su genio no tiene domi­nio de sus pensamientos; y entonces se convierte en víctima de sus propias pa­siones y emociones, lo cual lo conduce a actos enteramente impropios de un hombre civilizado y más aún de un po­seedor del sacerdocio.

El presidente David O. McKay dijo:

“Es muy poco probable que el hom­bre que no puede controlar su genio pueda dominar sus pasiones, y no im­porta cuáles sean sus pretensiones reli­giosas, se desenvuelve en el diario vi­vir en un plano muy cercano al del nivel animal.” (Improvement Era de jun. de 1958, pág. 407.)

Un poseedor del sacerdocio debe ser paciente. La paciencia es otro as­pecto del autodominio; es la facultad de postergar una réplica y de refrenar las propias pasiones (véase Alma 38:12). El hombre paciente no se deja arrebatar de ira en su trato con sus seres queri­dos, lo que después lamentaría. Tener paciencia es conservar la calma en me­dio de los apremios. El hombre pacien­te es comprensivo con las faltas de los demás.

El poseedor del sacerdocio que es paciente será tolerante con los errores y los defectos de sus seres queridos; por motivo de que los ama, no buscará sus faltas, ni los criticará ni los culpa­rá.

Un poseedor del sacerdocio tiene bondad; el que es bondadoso es compa­sivo y fino con los demás. Es conside­rado con los sentimientos de los demás y cortés en su trato; es servicial. La bondad perdona las debilidades y los defectos ajenos.

¿Os dais cuenta de cómo nos volve­mos más parecidos a Cristo si somos más virtuosos, más bondadosos, más pacientes y tenemos más dominio de nuestras emociones?

El apóstol Pablo empleó expresio­nes gráficas para ilustrar el que un miembro de la Iglesia debe ser diferen­te del mundo. Nos dijo “. . . de Cristo estáis revestidos”; “despojaos del viejo hombre” y “vestíos del nuevo hombre”. (Véase Gálatas 3:27; Efesios 4:22, 24.)

¿Qué significa eso para nosotros, hermanos del sacerdocio?

Significa que debemos llegar a ser como Jesucristo, que tenemos que se­guir Su modo de vida; por necesidad, debemos “nacer de nuevo” y dejar a un lado las inclinaciones del mundo y los antiguos hábitos impropios del carácter cristiano. Debemos procurar la ayuda del Espíritu Santo para moderar nues­tros actos.

¿Cómo se logra eso?

Al pensar en los graves pecados co­metidos por algunos de nuestros her­manos, me he preguntado: “¿Pidieron al Señor que les ayudara a vencer sus explosiones de mal genio? ¿Se apoyaron en el ayuno y la oración? ¿Pidieron una bendición del sacerdocio? ¿Rogaron a nuestro Padre Celestial que aplacara sus emociones mediante la influencia del Espíritu Santo?”

Jesús dijo que debemos tener “hambre y sed de justicia” (3 Nefi 12:6). Para hacerlo, debemos desear ar­dientemente llevar una vida recta y virtuosa.

Os citaré el ejemplo de un hombre que cambió y volvió su vida más cris­tiana porque deseó con fervor hacerlo y buscó la ayuda del Señor.

El padre de Lamoni era un rey que sentía una enconada hostilidad hacia los nefitas. Un gran misionero llamado Aarón —uno de los hijos de Mosíah—, que fue a la tierra de los lamanitas pa­ra enseñarles el evangelio, llegó hasta su palacio y comenzó a hablarle del propósito de la vida. Tras desear el rey oír su mensaje, Aarón le enseñó de Cristo, del plan de salvación y de la po­sibilidad de alcanzar la vida eterna.

Ese mensaje le impresionó en tal forma que preguntó a Aarón: “¿Qué haré para que pueda lograr esta vida eterna de que has hablado? Sí, ¿qué ha­ré para poder nacer de Dios, desarrai­gando de mi pecho este espíritu inicuo, y recibir el Espíritu de Dios para que sea lleno de gozo?” (Alma 22:15.)

Aarón le indicó que pidiera a Dios, con fe, que le ayudara a arrepentirse de todos sus pecados. El rey hizo lo que Aarón le aconsejó y oró diciendo:

“¡Oh Dios! Aarón me ha dicho que hay un Dios; y si hay un Dios, y si tú eres Dios, sea tu voluntad darte a co­nocer a mí, y abandonaré todos mis pe­cados para conocerte…” (Alma 22:18; cursiva agregada.)

Quisiera, mis hermanos, que oyerais otra vez las palabras de ese hombre humilde: “y abandonaré todos mis pe­cados para conocerte”.

Hermanos, todos debemos abando­nar nuestros pecados para que en ver­dad conozcamos a Cristo. Porque no le conocemos sino hasta cuando llegamos a ser como El. Hay algunos que, como aquel rey, deben orar hasta que “desarraiguen de sí ese espíritu inicuo” a fin de que hallen el mismo gozo.

El lograr una vida recta y virtuosa está al alcance de cualquiera de noso­tros si nos esforzamos por conseguirla. Si no contamos con esos rasgos de ca­rácter, recordemos que el Señor nos ha dicho: “Pedid y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (D. y C. 4:7).

El apóstol Pedro nos ha dicho que una vez que poseemos dichas cualida­des, éstas no nos dejarán estar “sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1:8; cursiva agregada).

Conocer al Salvador, entonces, es ser como El.

Si nos esforzamos con ahínco, Dios nos bendecirá para que seamos como Su Hijo.

El ser semejante a Cristo debe ser la recta aspiración de todo poseedor del sacerdocio. En nuestro trato con los demás, debemos conducirnos como Él lo haría.

El Señor dijo:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese toda impiedad y todo pla­cer mundano, y guarde mis manda­mientos.” (Véase Mateo 16:24.)

El espera que Sus discípulos le si­gan y que lo hagan conduciéndose debi­damente.

Ahora quisiera decir algo referente a nuestro trato con nuestras esposas e hijos.

Vuestra esposa es vuestra ayuda idónea eterna más preciada: vuestra compañera eterna, a la que debéis apreciar y amar.

En sólo dos mandamientos el Señor nos manda amar a alguien con todo el corazón. El primero, que conocéis bien, es el Gran Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37).

El segundo mandamiento de amar a otra persona con todo nuestro corazón es éste: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a nin­guna otra“ (D. y C. 42:22).

Hay sólo dos seres a los que se nos manda amar con todo nuestro corazón: ¡al Señor, nuestro Dios, y a nuestra es­posa!

¿Qué significa amar a alguien con todo el corazón? Quiere decir con todo nuestro sentir y toda nuestra devoción. Indudablemente, si amáis a vuestra es­posa con todo vuestro corazón, no po­dréis humillarla, ni censurarla, ni re­probarla, ni tratarla mal con palabras o acciones.

¿Qué significa “y te allegarás a ella”? Significa que tengáis una estre­cha amistad con ella, que le seáis lea­les, que la fortalezcáis, que os comuni­quéis con ella y que le expreséis vuestro amor.

Lo mismo se aplica a nuestros hijos. Nuestros hogares deben ser refugios de paz y alegría para nuestras familias. Ciertamente ningún hijo debiera temer a su propio padre, especialmente si és­te posee el sacerdocio. El deber de un padre es hacer de su hogar un lugar de felicidad y gozo, y es imposible que lo logre cuando hay altercados, riñas, con­tención o malas acciones.

Como patriarca en vuestro hogar, tenéis la seria responsabilidad de asu­mir la dirección de la familia. Debéis formar un hogar en el cual pueda mo­rar el Espíritu del Señor.

Siempre debéis tener presente que el Salvador dijo: “aquel que tiene el es­píritu de contención no es mío, sino es del diablo” (3 Nefi 11:29). Jamás permi­táis que el adversario ejerza su influen­cia en vuestro hogar.

Hermanos, os he hablado claramen­te. No deseo ofender a nadie, pero es indispensable que cambien su actitud y su modo de conducirse algunos que sos­tienen ser miembros de la Iglesia del Señor, pero que actúan de un modo que no es cristiano.

Como poseedores del Sacerdocio de Dios, debemos ser más parecidos a Cristo en nuestra actitud y nuestras acciones que lo que vemos en el mun­do. Debemos ser benévolos y conside­rados con nuestros seres queridos, co­mo Cristo lo es con nosotros. Él es bondadoso, amoroso y paciente con ca­da uno de nosotros. ¿No debemos retri­buirle dando ese mismo amor a nuestra esposa y a nuestros hijos?

Al comenzar, pregunté: “¿Qué clase de hombres tenemos que ser?” Recor­daréis que la respuesta del Señor es: “En verdad os digo, aun como yo soy ” (3 Nefi 27:27; cursiva agregada).

El espera que seamos semejantes a Él, que pongamos de manifiesto en nuestro vivir los frutos del Espíritu, los cuales son “amor, gozo, paz, pacien­cia, benignidad, bondad, fe, mansedum­bre, templanza” (Gálatas 5:22, 23).

Esas cualidades cristianas deben ca­racterizar a todo poseedor del sacerdo­cio y deben llenar todo hogar Santo de los Últimos Días. Esto se puede lograr, y debemos lograrlo para llevar honora­blemente Su nombre.

Nunca antes en la historia de la hu­manidad ha habido mayor necesidad de que los hombres se unan en la determi­nación de ser semejantes a Cristo.

Seguirle es adquirir su carácter.

No salgamos de esta reunión del sa­cerdocio sin tomar la firme resolución de dejar a un lado todo acto que sea contrario al modo de ser de Cristo.

Resolvamos adquirir las cualidades de nuestro Señor y Salvador.

Como poseedores del sacerdocio, tengamos Su imagen en nuestros ros­tros (véase Alma 5:14, 19).

¡De Cristo estemos revestidos! (Véase Gálatas 3:27.)

Él es nuestro Salvador, nuestro Re­dentor y nuestro Gran Ejemplo.

Este es mi ferviente testimonio e invoco las bendiciones de Dios sobre cada uno de vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Por nuestros frutos nos conocerán

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Por nuestros frutos nos conocerán
presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley«Que resolvamos esforzarnos un poco más por vivir de acuerdo con las normas del evangelio,… por cultivar en nuestro corazón el amor de los unos por los otros tanto los miembros de la Iglesia como los que no lo son.»

Mis hermanos y hermanas, ha sido la costumbre del presidente Kimball hablarnos al finalizar la conferencia, pero a causa de su avanzada edad y de su mala salud no le es posible hacerlo hoy.  Sé que os hubiera gustado escucharlo, como también sé que soy un pobre substituto de él.  Es maravilloso haber podido tenerlos con nosotros a él y al presidente Romney; el sólo verlos ha levantado el ánimo a muchísimas personas.

Durante el almuerzo, estábamos sentados junto a un hombre, que es abuelo, y contó que su nietecito de cuatro años fue a verlo el otro día, y le dijo:

—Abuelo, ¿sabes por qué trinan los pájaros?

El abuelo respondió:

—No. ¿Por qué?

Y el niñito le dijo:

—Porque no saben la letra de las canciones.

No es probable que recordemos la letra de todo lo que hemos escuchado en las reuniones de esta conferencia, pero espero que seamos capaces de conservar el Espíritu que ha estado presente en ellas y que, por nuestra participación, llevemos con nosotros la certeza de haber sido elevados espiritualmente.  Hemos tenido una gloriosa conferencia.  El Espíritu del Señor ha estado con nosotros.  Tenemos toda razón para estar agradecidos.  Nuestro testimonio se ha visto renovado y nuestra fe fortalecida.

Hemos escuchado sabios consejos de los hermanos que nos han hablado.  Habiéndolos oído, espero que los leamos cuando los discursos de esta conferencia se publiquen, y así volvamos a disfrutar de sus palabras. Seguir leyendo

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Os saludamos en el nombre del señor

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«Os saludamos en el nombre del Señor»
por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley«Si somos unidos, no habrá poder debajo del cielo que pueda detener el progreso continuo de este grandioso reino.»

Santos de los Últimos Días de todo el mundo, y hombres y mujeres de buena voluntad de todas partes, os saludamos en el nombre del Señor al comenzar esta gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Afirmamos ante todos los hombres nuestra creencia en Dios el Eterno Padre, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo. Este es nuestro primer Artículo de Fe y el fundamento de toda nuestra obra.

Tenemos el gran placer y el honor —sí, el gran placer y el honor— de tener entre nosotros a este hombre notable a quien sostenemos como Profeta de Dios, nuestro Profeta, Vidente y Revelador, nuestro amigo y líder, el presidente Spencer W. Kimball.

Lamentamos que su estado de salud no le permita dirigirnos la palabra. Le hemos oído hablar muchas veces en el pasado desde este púlpito, y el recuerdo de su gran testimonio sigue animándonos y fortaleciéndonos a todos.

¿Quién podría medir la influencia que él ha ejercido en los demás? Pienso que si procuráramos caracterizarlo con una sola palabra, ésa sería amor.

Leeré mis apuntes de algo que él dijo el 23 de octubre de 1980 ante una gran asamblea de hermanas y hermanos chinos, en Taipei, Taiwán. Dijo lo siguiente:

«Estimo que el Señor me dio desde el momento en que nací un espíritu de amor. He amado a mis compañeros de misión. De niño, amaba a los del equipo contrario al jugar básquetbol. Amo a la gente de todo el mundo. Os amo a vosotros.»

Si él pudiera hablarnos ahora, ése sería indudablemente el tenor de sus palabras. El llegar a todos con amor es lo que caracteriza su extraordinario liderazgo. Su vida es una lección para todos, una lección del maravilloso poder del amor.

Si bien su cuerpo está cansado y débil, la fuerza de su liderazgo se siente en toda la Iglesia en el mundo entero; es un elemento que nos mantiene unidos como discípulos del Señor Jesucristo. Su influencia unificadora se hace sentir en todos los sumos consejos de la Iglesia. Seguir leyendo

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Nuestro padre que estás en los cielos

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«Nuestro Padre que estás en los cielos»
por el élder L. Tom Perry
del Quórum de los Doce Apóstoles

???????????????????«Como padres, son nuestros, sin duda, la responsabilidad y el privilegio de enseñar a nuestros hijos a orar, y les damos el ejemplo orando con la familia todos los días. «

Una de las oportunidades especiales que tenemos como Autoridades Generales es la de visitar las estacas de Sión.  Treinta a cuarenta veces por año nos alojamos en el hogar de algún presidente de estaca, teniendo así el privilegio de ser huéspedes de los mejores hogares en todo el mundo.

Quisiera contaros una de mis experiencias recientes.  Se me asignó ir a una conferencia de estaca para relevar al presidente, que había prestado muchísimos años de servicio.  Era una estaca difícil de administrar porque además de estar localizada cerca del centro de una de nuestras grandes ciudades, la zona se industrializó, lo que causó que muchos de los miembros se mudaran a zonas más residenciales.  Debido a su llamamiento, él se había quedado para guiar y cuidar del rebaño (los miembros).  La situación no lo había acobardado, y por medio de su energía, con su esfuerzo y gran entusiasmo, la estaca había empezado a florecer.

Ese fin de semana, sus hijos empezaron a llegar en auto y en avión, para rendir tributo a su padre por los años de servicio cumplidos.  Había un espíritu especial en ese hogar.  Era una familia muy unida y disfrutaban de estar juntos.

Cuando me puse de pie para hablar en la última sesión de la conferencia, a mi izquierda estaba toda la familia.  Su rostro reflejaba la emoción al honrar a su padre con su presencia.

Después de la sesión de la conferencia, me habían invitado a cenar con la familia antes de tomar el avión para casa. Al reunirse alrededor de la mesa, el padre les pidió que se arrodillaran para dar una oración familiar.  De rodillas, descubrí dónde radicaba su fortaleza.  Esta familia comprendía su relación con Dios, su Padre Eterno, y todos ellos comprendían la relación que los unía entre sí.  La hermandad que existía en esta familia les facilitaba extender su cariño a amigos y vecinos.

Ser huésped en tantos hogares distintos en mis últimos diez años me ha convencido de que un espíritu muy especial sale a relucir cuando una familia ora junta. Seguir leyendo

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Nuestra responsabilidad de llevar el evangelio hasta los cabos de la tierra

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Nuestra responsabilidad de llevar el evangelio hasta los cabos de la tierra
élder Jack H. Goaslind, hijo
Del Primer Quórum de los Setenta

Jack H. GoaslindEl mandato del Señor sigue vigente: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15).

Hace algunos años se llevaba a cabo una serie de charlas fogoneros conocidas como «El último discurso», y a los invitados a disertar en ellas, eruditos miembros de la Iglesia, se les pedía que eligieran un tema que consideraran de tanta importancia como para desarrollarlo en el último discurso que jamás se les permitiera pronunciar.  La selección de temas fue muy interesante. La idea surgió a mi mente de que el Señor también dio a sus discípulos un «último discurso» después de su resurrección, antes de ascender a los cielos, en el cual encontramos un concepto de profundo significado.  De todos los temas de la biblioteca de la eterna sabiduría que El hubiera podido usar, simplemente dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15).  Y los discípulos «saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían» (Marcos 16:20).

Deseo de todo corazón poder hablar esta noche sobre el último discurso del Señor, enseñándoos a todos vosotros poseedores del sacerdocio según los convenios y motivándoos a actuar como discípulos del Señor, con fe y en un espíritu de verdadera dedicación.  De manera especial, espero que vosotros, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, comprendáis la importancia de mis palabras, porque sobre vuestros hombros recaerá la gran responsabilidad de llevar el evangelio a los extremos de la tierra.

La vida de Dios, la vida eterna y exaltada que todos buscamos, está por naturaleza ligada a la salvación de las almas.  La «obra y gloria de Dios» es «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).  Dios se glorifica a sí mismo, progresa y realiza la continuación de sus obras al hacer posible la salvación de sus hijos (D. y C. 132:31).

Pablo dijo que Dios «quiere que todos los hombres sean salvos» (1 Timoteo 2:4).  Para nuestro Padre Celestial «el valor de las almas es grande» (D. y C. 18:10), y «la redención de su vida es de gran precio» (Salmos 49:8).  Por lo tanto, Dios envió a su Hijo, el Salvador y Redentor, a desatar las ligaduras de la muerte y a expiar los pecados del hombre carnal y caído.  El Señor «sufrió el dolor de todos los hombres… para poder traer a todos los hombres a él con la condición de que se arrepientan» (D. y C. 18:11-12).

Nuestro llamado a predicar el arrepentimiento a todo pueblo es una consecuencia directa de la Expiación infinita y eterna (véase D. y C. 18:10-14).  Es por medio de la enseñanza del evangelio y de la administración de las ordenanzas que la Expiación surte efecto en la vida de una persona.  Pablo dijo: «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?» (Romanos 10:14). Seguir leyendo

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Los salvadores de estrellas

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Los salvadores de estrellas
élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight«Hay decenas de miles de buenas personas que se han alejado y están ahora esperando que alguien llame a su puerta.»

Me regocijo con cada uno de vosotros, poseedores del sacerdocio reunidos en cientos de centros de reuniones en todo el mundo, sabiendo que lo que se diga esta noche ayudará a acelerar el cumplimiento de las profecías antiguas y modernas del plan de nuestro Señor y Salvador para «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).

Se nos ha confiado una gran obra y mi mensaje trata de nuestros esfuerzos para encontrar y recuperar a hombres y familias que se han alejado de la Iglesia.  Se requiere la dedicación y disposición de todo hombre y joven que nos estén escuchando esta noche para que participen, con todas sus fuerzas, en la responsabilidad del sacerdocio de reactivar y hermanar a todos aquellos que estén inactivos y, de esta manera, acercar más a la humanidad a la suprema paz y el gozo de la vida eterna.

El mes pasado tuve dos experiencias totalmente diferentes.  Una fue la invitación para asistir a la ceremonia de investidura en la cual iba a prestar juramento el miembro más joven y más reciente del Tribunal de Impuestos de los Estados Unidos, destacado honor asignado por el Presidente de dicha nación.

Horas después de recibir esa invitación, fue a verme un oficial de policía para preguntarme si conocía a un determinado joven.  «¡Por supuesto!» le contesté.  «¿Por qué me lo pregunta?» Este joven le había dicho que me conocía.  Entonces el oficial me contó una desagradable historia de actos inmorales, robos para cubrir el elevado costo de drogas, prostitución y una sórdida vivienda.  Cuando le dije que deseaba verlo y ayudarlo, me contestó que ese no era el momento apropiado debido al terrible estado emocional del joven.

Conozco muy bien a las familias de estos dos jóvenes.  Los dos pertenecían al mismo barrio; ambos recibieron el Sacerdocio Aarónico y tuvieron los mismos maestros en la Escuela Dominical. En la casa de ambos tenían los libros canónicos, las revistas de la Iglesia y los manuales de los cursos de estudio. Seguir leyendo

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Llamado como si fuera de los cielos

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Llamado como si fuera de los cielos
élder Vaughn J. Featherstone
del Primer Quórum de los Setenta

Vaughn J. Featherstone«Vosotros sois maravillosos hermanos que presidís y dirigís en el Sacerdocio Aarónico significáis mucho más para la Iglesia de lo que jamás os podáis imaginar.»

Benjamín Franklin dijo:

«Creo que los talentos para la educación de la juventud son dones de Dios; y cuando los usa aquel a quien le fueron conferidos, cumple con un llamamiento tan claro como si lo hubiera directamente recibido por una voz celestial».

El presidente Harold B. Lee relató lo siguiente:

«Alguien le preguntó a una famosa cantante de ópera que tenía una familia numerosa, cuál de sus hijos era su favorito.  Su respuesta puso de manifiesto la profundidad de la verdadera maternidad: ‘Mi hijo favorito es aquel que está enfermo, hasta que se mejora, o es el que se encuentra ausente, hasta que regresa’.» (En Church News, 13 de junio de 1964, pág. 14.)

Este mismo interés profundo debe ser la fuerza que motive a cada obispo y a cada asesor.

John Sonnenberg, un gran Representante Regional, relató esta experiencia que tuvo cuando apenas se había recibido de dentista: Tenían siete hijos, todos pequeños.  Un día su esposa y sus siete niños esperaban el autobús para ir al centro.  Cuando éste paró, la hermana Sonnenberg y sus niños subieron.  Pagó su pasaje y el de cada uno de los niños.  El asombrado chofer, al ver tantos niños, le preguntó: «Señora, ¿son todos hijos suyos o lleva algunos otros a divertirse?» Ella respondió: «Todos son míos, y ¿sabe? no son una diversión».

No es una diversión para un jovencito crecer en esta generación; requiere estabilidad, normas elevadas de conducta, oración y padres y asesores del Sacerdocio Aarónico que en verdad se preocupen.

Henry Eyring, científico destacado y gran maestro recientemente fallecido, tenía competencias con sus alumnos.  Teniendo más de sesenta años podía impulsarse de manera que de un brinco quedaba parado sobre su escritorio; también desafiaba a los universitarios a carreras de 25 a 35 metros. Seguir leyendo

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Las entrevistas entre padres e hijos

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Las entrevistas entre padres e hijos
por el élder Carlos E. Asay
del Primer Quórum de los Setenta

Carlos E. AsayGuía para mejorar la calidad de las entrevistas entre padres e hijos.

Hace varios años, dije a una de mis hijas que ya era tiempo de que tuviéramos una entrevista.  Su respuesta, nada entusiasta, me hizo pensar que yo debía de resultarle terriblemente aburrido. Entonces, para no someterla a una conversación formal, la invité a salir en el auto a tomarnos un refresco. Durante el trayecto de ida y vuelta, le hice preguntas que ella me contestó con naturalidad.  Ni siquiera se dio cuenta de que la estaba entrevistando, o al menos eso pensé yo, porque unas semanas más tarde, al decirle que quería entrevistarla, me preguntó sin vacilar: «¿Con refrescos o en seco?»

Me pregunto si nuestro proceder al cumplir nuestros deberes —aun al entrevistar a nuestros hijos— no será a veces seco, riguroso. ¿Pudiera ser que en nuestro afán por cumplir con los deberes de la Iglesia se nos nuble la visión? ¿No nos estaremos obsesionando  demasiado con los programas de la Iglesia que llegamos al punto de olvidar la familia?  De ser así, quizá debamos preguntarnos si no estaremos interiormente secos, «llenos de huesos de muertos» (Mateo 23:271).

Cuando pienso en el proceder seco, estricto, recuerdo a los antiguos que alteraron la ley menor: multiplicaron los rituales, las ceremonias y los símbolos a tal grado que se llegó a venerar más la ley misma que al Señor; se abusó tanto de la ley que ésta alejó del Mesías a la gente en vez de acercarla a El.

Pienso que el modo aceptable de actuar adquiere su sabor con las aguas vivas que emanan de Cristo, que es un modo de actuar que se basa en enseñanzas inspiradas como ésta:

«[No debes] tener presente más objeto que el de glorificar a Dios; y . . . ningún otro propósito [ha] de influir en [ti] sino el de edificar su reino.» (José Smith-Historia 1:46. )

«El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo.» (Mateo 23:11.) «. . . porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.» (2 Corintios 3:6.) «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha.» (Mateo 6:3.)

Las obras vivas no son mecánicas, ni rígidas ni tienen matiz de egoísmo, y las realizan los santos que hablan y actúan según las percepciones de su corazón y el Espíritu del Señor que hay en ellos. (2 Nefi 4:12.) Seguir leyendo

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Las bendiciones del servicio misional

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Las bendiciones del servicio misional
James M. Dunn
Barrio Valley View 11, Estaca Norte de Holladay, Utah

James M. Dunn«Fuera cual  fuera el número de sus conversos, no hay misionero que no haya influido para bien en la vida de muchas personas.»

Mis queridos hermanos, repitiendo una expresión que es muy común entre los jóvenes de hoy, diré que ésta es una experiencia «fantástica».  Ruego que la influencia balsámica del Espíritu esté  sobre mí, para que pueda expresamos lo que siento.

Cuando siendo joven salí en mi primera misión, no comprendía realmente lo que era la obra misional.  Mi testimonio del evangelio era débil, pero tenía en que lo que hacía era lo correcto.

Al llegar a Montevideo, Uruguay, fui asignado a trabajar con el élder Wayne G. Scheiss, mi primer compañero mayor.  Inmediatamente supe que se interesaba en mí.  En los cortos tres meses que estuvimos juntos, me enseñó los principios fundamentales del Evangelio; me enseñó todo lo que pudo sobre las charlas y los rudimentos del idioma español; me colocó en el camino hacia un buen servicio misional y me ayudó a volver mi corazón hacia las cosas eternas.

El élder Scheiss me permitió bautizar a nuestro primer converso.  Aunque Mario ya había recibido la mayoría de las charlas antes de llegar yo, mi compañero pensó que yo debía llevar a cabo la ordenanza.  Estudié mucho para memorizar la oración bautismal en español, concentrándome en el acento a fin de que me entendieran en aquella sagrada ocasión.  Jamás olvidaré el momento en que me encontré finalmente en la fuente bautismal de la Rama Deseret con Mario, levanté el brazo en escuadra y dije: «Habiendo sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…… (D. y C. 20:73.)

Había oído decir a personas que habían sido comisionadas para pintar un cuadro, o escribir algo para publicar, o servir como oficiales militares; pero cuando me di cuenta de que, como élder de la Iglesia de Jesucristo, yo había sido personalmente comisionado por el Salvador para bautizar en su nombre para la remisión de pecados, sentí que una ola de testimonio y orgullo y gratitud invadía mi alma.  Y supe que estaba al servicio del más importante de todos los señores; supe que tenía la autoridad para efectuar aquel bautismo y que Mario había salido de las aguas limpio, y puro, y aceptable ante nuestro Padre Celestial.  Siento gratitud hacia mi compañero por aquella experiencia, y también por su influencia en mi vida. Seguir leyendo

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La frescura de la vejez

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La frescura de la vejez
Élder Paul H. Dunn
Del Primer Quórum de los Setenta

Paul H. Dunn«Hagamos con los ancianos lo que quisiéramos que se hiciera con nosotros.»

En una oportunidad, cuando celebrábamos el cumpleaños de una de mis nietas, la tenía sentada sobre mi falda mientras hablábamos sobre la edad, la sabiduría, la experiencia, etc. De pronto, me miró y me preguntó:

—Abuelito, ¿naciste tú antes de que se inventara el agua?

Una de esas preguntas que le hacen a uno pensar.

Hablando de la edad, se dice que existe una clave para reconocer cuando una persona se está poniendo vieja. He aquí algunos ejemplos:

  • Cuando camina apresurada, sabiendo que va a llegar tarde, pero no recuerda a dónde tenía que ir.
  • Cuando se fatiga al cepillarse los dientes.
  • Cuando tiene una respuesta para todo pero nadie le pregunta nada.
  • Cuando las patas de gallo requieren zapatos ortopédicos.
  • Cuando la cicatriz del apéndice le llega a la rodilla.
  • Cuando en vez de cosméticos considera la posibilidad de un trabajo de retoque y pintura.
  • Cuando se sienta en una mecedora y tiene dificultad para arrancar.
  • Cuando sale de la ducha y se alegra de que el espejo del baño esté empañado.
  • Cuando está sentada en el borde de la cama con un zapato puesto y el otro en la mano, y no recuerda si se estaba levantando o acostando.

Bueno, vosotros tendréis otros síntomas, pero por más que nos esforcemos, el proceso de envejecimiento es algo por lo que la mayoría de nosotros tendrá que pasar, y de cada uno depende la manera en que lo pasemos.

Aquellos que se encuentran en la plenitud de su madurez, deben resentir el envejecer únicamente sí ocasiona la interrupción del progreso espiritual, el desvanecimiento de los sueños, y el callar de los sentimientos. Mas la posesión de estas cualidades, después de todo, no tiene nada que ver con el estado cronológico, sino con el mental. Como lo declaró el general Douglas McArthur: «¡Vivamos con entusiasmo! El envejecer no implica el abandono de los ideales. Seguir leyendo

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La clave de nuestra Religión

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La clave de nuestra religión
por el élder James E. Faust
del Quórum de los Doce Apóstoles

James E. Faust«El Libro de  Mormón es una evidencia real del nacimiento, la vida y la crucifixión de Jesús, y de su obra como el Mesías y Redentor.»

Hace algún tiempo sostuve en mis manos la copia del libro favorito de mi madre; se trataba de un ejemplar muy gastado del Libro de Mormón. Casi cada página estaba marcada y, a pesar de que se le había tratado con gran cuidado, algunas de las páginas tenían las esquinas dobladas, y en las pastas se notaba el paso de los años. Nadie tenía que decirle que uno puede acercarse más a Dios leyendo el Libro de Mormón, pues ella ya lo sabía. Lo había leído, estudiado, orado en cuanto a su veracidad y enseñado de él. En mi juventud había sostenido en mis manos su libro; tratando de ver, a través de sus ojos, las grandes verdades del Libro de Mormón de las que ella testificaba y que tanto amaba.

Durante mi infancia quedé maravillado al escuchar á James H. Moyle en una reunión sacramental decir que él había oído tanto a Martin Harris como a David Whitmer, dos de los testigos del Libro de Mormón, afirmar de la veracidad del libro. Ellos, junto con Oliverio Cowdery, habían testificado en relación con la primera publicación del Libro de Mormón de «que un ángel de Dios bajó del cielo, y que trajo y puso las planchas ante nuestros ojos, de manera que las vimos y contemplamos, así como los grabados que contenían . . . y testificamos que estas cosas son verdaderas». (El testimonio de tres testigos, Libro de Mormón.)

Cuando James H. Moyle visitó a David Whitmer, éste ya era un anciano que se había separado de la Iglesia y vivía en una cabaña en Richmond, Missouri. Fue sobre esta visita a David Whitmer que James H. Moyle habló desde este mismo edificio el 22 de marzo de 1908:

«Fui a su humilde casa . . . y le dije que . . . a pesar de que yo era un joven que apenas comenzaba la vida, deseaba que me dijera . . . lo que sabía del Libro de Mormón y del testimonio que sobre el libro había publicado al mundo. El, con la solemnidad de sus avanzados años, me dijo que el testimonio que había dado al mundo, y que había sido publicado en el Libro de Mormón, era verdadero, palabra por palabra, que nunca se había apartado en lo más mínimo de ese testimonio, y que nada en el mundo podría separarlo del sagrado mensaje que él había recibido. Seguir leyendo

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La casa del Señor

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La casa del Señor
élder Adney Y. Komatsu
Del Primer Quórum de los Setenta

Adney Y. Komatsu«Amenos que recibamos todas las ordenanzas y obedezcamos los mandamientos, no podemos recibir la plenitud de tas bendiciones del sacerdocio, ni tampoco podemos recibir la exaltación.»

En los últimos meses se han terminado y dedicado varios templos de la Iglesia: en Atlanta, Georgia, en Apia, Samoa, en Nuku’alofa, Tonga y en Santiago de Chile. Hay otros en vías de construcción y muchos en funcionamiento en diversas partes del mundo.

Agradezco el llamamiento especial que al presente tengo de servir como presidente del Templo de Tokio. Es un privilegio ver a los santos que concurren a ese sagrado edificio a participar de bendiciones que allí se obtienen.

¿Por qué edifica templos la Iglesia? Eso preguntó el contratista de la construcción del Templo de Tokio antes de que ésta empezara hace unos cinco años. Comentó que en tanto que las religiones budista y sintoísta en Japón edifican muchos santuarios y templos, ésa era la primera vez que ofa que una iglesia cristiana erigiera un templo, ya que sólo sabía que éstas edificaban hermosas capillas y catedrales. De las muchas iglesias cristianas que existen, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única que edifica templos.

Se explicó al contratista que el templo sería un edificio sagrado, una casa santa, en la cual se efectuaría la gloriosa obra de salvación tanto de los vivos como de los muertos, donde se llevarían a cabo el bautismo y otras ordenanzas por los muertos: la unión de esposos, de hijos a sus padres, de los vivos así como de los muertos, y donde las familias serían selladas por esta vida y la eternidad.

La instrucción al profeta José Smith fue clara cuando recibió la revelación el 2 de agosto de 1833, sólo tres años después de organizada la Iglesia, de que se edificara un templo: Seguir leyendo

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José, el vidente

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José, el vidente
élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell«¡Doy gracias a mi Señor y Salvador Jesucristo por haber llamado, dirigido e instruido a José!»

A lo largo de la historia humana, a ningún profeta se le ha analizado tan tenazmente, en tan amplia escala ni por tanto tiempo como a José Smith, hijo.  Los modernos medios de comunicación y el impacto mundial de su obra respaldan ese hecho.

Al joven José se le dijo que se hablaría bien y mal de su nombre en todo el mundo (José Smith-Historia 1:33).  De no haber procedido de fuente divina, tal parecería un anuncio audaz.  Sin embargo, los líderes religiosos de su tiempo, en ese entonces más conocidos que José, se han perdido en la bruma del tiempo mientras que la obra de José Smith sigue creciendo en el mundo entero.

Pero no vacilamos en declarar que, según las pautas del mundo, José no tenía instrucción.  Isaías lo previó. (Isaías 29:11-12.) José no tuvo la enseñanza que recibió Pablo de Gamaliel. (Hechos 22:3.)

Según se dice, Emma Smith dijo que cuando José tradujo el Libro de Mormón, éste ni siquiera sabía «redactar bien una carta y mucho menos dictar un libro como el Libro de Mormón… [el cual fue] maravilloso para mí, una maravilla y un prodigio, tanto como lo fue para cualquier otra persona». (Preston Nibley, The Witnesses of the Book of Mormon, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1968, pág. 28.)

El entonces desconocido José una vez se detuvo mientras traducía y dictaba a Emma -probablemente del cuarto capítulo de 1 Nefi- referente a los «muros de Jerusalén» y le dijo: «Emma, yo no sabía que un muro rodeaba a Jerusalén».

Pero el perspicaz intelecto de José se iba despertando y ensanchando al fluir las enseñanzas del Señor y de los profetas del pasado a su vivificado entendimiento.  El fue, efectivamente, ¡el mismísimo vidente que antaño previó José en Egipto! (2 Nefi 3:6-7, 16-18.)

En una profética bendición que recibió de su padre en diciembre de 1834, éste confirmó las promesas dadas al antiguo José [en Egipto], y al joven José pronunció, entre otras bendiciones: «Tu Dios te ha llamado desde los cielos… a ejecutar una obra en esta generación, la cual ningún otro haría como tú.» El antiguo José «vio a sus descendientes en los últimos días… y anheló saber. . quién les llevaría la palabra del Señor, y sus ojos te contemplaron, hijo mío [José Smith, hijo]: su corazón se regocijó y su alma quedó satisfecha». (Doctrina y Convenios, Doctrina del Evangelio, Suplemento para el maestro, Lección 2, pág. 12.) Seguir leyendo

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