Doctrinas y Convemos: La voz del Señor

Septiembre de 1979
Doctrinas y Convemos: La voz del Señor
por el élder Neal A. Maxwell
de la Presidencia del Primer Quorum de los Setenta

Neal A. MaxwellSi se preguntara cuál de los libros de Escrituras provee la mejor oportunidad de “escuchar” la palabra del Señor, la mayoría de las personas pensarían en primer término en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento es una maravillosa recopilación de hechos y de muchas de las doctrinas del Mesías. Pero en realidad, en el libro de Doctrinas y Convenios es donde encontramos un verdadero tesoro de verdades que provienen directamente del Señor Jesucristo. Podríamos decir que casi “le oímos hablar”.

No podríamos leer palabras como las que se encuentran en la siguiente revelación, manifestada en el año 1831, sin sentir profundamente la majestad y el poder del Señor:

“Así dice el Señor vuestro Dios, aun Jesucristo, el Gran Yo Soy, Alfa y Omega, el principio y el fin, el mismo que contempló la ancha extensión de la eternidad y todas las huestes seráficas del cielo, antes de que el mundo fuese;

El mismo que conoce todas las cosas, porque las cosas están presentes ante mis ojos.

Soy el mismo que hablé, y el mundo fue hecho, y todas las cosas se hicieron por mí.

Soy el mismo que he llevado la Sión de Enoc a mi propio seno; y de cierto, aun a cuantos han creído en mi nombre, porque soy Cristo, y en mi propio nombre, en virtud de la sangre que he derramado, he abogado ante el Padre por ellos.” (D. y C. 38:1-4.)

A partir de las primeras líneas de Doctrinas y Convenios, comprobamos la manifestación de Jesucristo, un Dios preocupado, aun cuando omnipotente, quien habla a “todos los hombres»:

“Escuchad, oh pueblo de mi Iglesia, «ice la voz de aquel que mora en las alturas, cuyos ojos ven a todos los hombres; sí, de cierto os digo: Escuchad, vosotros, pueblos lejanos; y vosotros, los que estáis sobre las islas del mar, escuchad juntamente.” (D. y C. 1:1.)

El Señor continúa entonces hablando y declara que “no hay quien escape… la voz de amonestación irá a todo pueblo por las bocas de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días” (D. y C. 1:2, 4).

A partir de la primera palabra del libro, escuchad, hasta el último escuchad que se encuentra en los versículos finales, comprobamos la existencia de un Dios razonable quien concluye con:

“Ahora pues, escuchad vosotros, oh pueblo de mi Iglesia, y vosotros, los élderes, escuchad unánimes; habéis recibido mi reino.

Sed diligentes en guardar todos mis mandamientos, no sea que os sobrevengan juicios, y os falte vuestra fe, y triunfen sobre vosotros vuestros enemigos. Así pues, no hay más por ahora. Amén y Amén.” (D. y C. 136:41-42.)

En cientos de versículos, el Señor habla en una forma incomparablemente directa. Comprobamos de esa forma la existencia de un Señor omnisciente y omnipotente, que con ternura dirige a Oliverio Cowdery en los conceptos básicos de la revelación (véase D. y C. 9). Escuchamos a Jesús de Nazaret, cuyo sufrimiento fue más allá de lo que podemos comprender, consolando a José Smith en sus sufrimientos:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que un momento.” (D. y C. 121:7.)

“si… las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (D. y C. 122:7.)

De esta forma, no podemos menos que comprender a Jesucristo no sólo como nuestro Señor sino también como nuestro Amigo eterno.

Nuestro Amigo nos habla con sinceridad acerca de lo que nos espera; no solamente recibimos una grandiosa visión de los tres grados de gloria, sino que también percibimos el temor relacionado con los acontecimientos que tendrán lugar antes de Su venida, incluyendo los tormentos por lo que “se les saldrán los ojos de sus cuencas” (D. y C. 29:19).

El Señor nos recuerda el hecho de que Él ya nos dio antes profecías exactas:

“He aquí, te digo estas cosas aun como anuncié al pueblo la destrucción de Jerusalén; y se verificará mi palabra en esta ocasión así como se ha verificado antes.” (D. y C. 5:20.)

Comprobamos entonces la existencia de un Salvador que no solo supervisa las galaxias sino que también tiene el poder y la habilidad de influenciar el corazón de Oliverio Cowdery (D. y C. 6:22), y poner al descubierto algunos de los conflictos personales de Sidney Rigdon:

“Y ahora, he aquí de cierto os digo, yo, el Señor, no estoy complacido con mi siervo Sidney Rigdon; se enalteció su corazón y no aceptó mi consejo, mas ofendió al Espíritu.” (D. y C. 63:55.)

De este modo entonces, en muchos aspectos Doctrinas y Convenios constituye el equivalente moderno al ejemplo establecido en el monte Sinaí, donde el dedo del Señor escribió sobre dos tablas de piedra (Éxodo 31:18). En Doctrinas y Convenios no sólo se establecen directamente ciertos convenios, sino que también se enseña mucho acerca del Señor mismo. En el episodio relacionado con el manuscrito perdido del Libro de Mormón, vemos en juego el libre albedrío del hombre (con la libertad que tenemos de fracasar), en contraste con la previsión perfecta de un Dios afectuoso, dispuesto a brindar una nueva opción una vez que la lección se ha aprendido. (D. y C. 10)

Allí se nos representa el Salvador en su gran sabiduría, capaz de un amor perfecto, y siempre dispuesto a apoyar a sus hijos. Tal representación constituye un gran contraste con la descripción que Alma hace de Lucifer:

“Y así vemos el fin de aquel que pervierte las vías del Señor; y vemos también que el diablo no amparará a sus hijos en el postrer día, sino que los arrastrará aceleradamente al infierno.” (Alma 30:60.)

El Salvador siempre apoya a sus profetas; aun así, a pesar de que también apoyaba a su siervo José Smith, a quien amaba, no dejó de amonestarle cuando eso fue necesario:

“Y ahora, mi siervo José, te mando arrepentir y andar más rectamente ante, mí, y no ceder más a las persuasiones de los hombres.” (D. y C. 5:21.)

Del mismo modo que el Señor advirtió a sus primeros discípulos del meridiano de los tiempos acerca de sus inevitables martirios, también así prometió al profeta José Smith, quince años antes de su martirio, que si se mantenía firme en el cumplimiento de los mandamientos, habría de ganar la vida eterna, “…aunque te den la muerte” (D. y C. 5:22).

En las revelaciones sumamente personales recibidas por el profeta José Smith, percibimos el proceso pedagógico en acción.

“He aquí, tú sabes que has acudido a mí, y yo te iluminé la mente; y ahora te digo estas cosas para que sepas que te ha iluminado el Espíritu de verdad;

Sí, te lo digo para que sepas que no hay quien conozca tus pensamientos y las intenciones de tu corazón sino Dios.

Te digo estas cosas para que te sean por testimonio de que las palabras, o la obra, que has estado escribiendo son verdaderas.” (D. y C. 6:15-17.)

Constituyendo un medio que nos revela el poder de las declaraciones directas del Salvador y de su personalidad, Doctrinas y Convenios nos confronta con verdades que no pueden apreciarse en su totalidad, a menos que se lean cuidadosamente. Por ejemplo, nos enfrentamos con lo que tal vez sea una de las leyes básicas del universo, que declara que las bendiciones que recibimos se basan en la obediencia a la ley (véase D. y C. 130:20-21).

Vemos a. un Señor deseoso de que el pueblo fuera humilde, pero que al mismo tiempo no dependiera de El totalmente en las decisiones que tuviera que tomar, instando a los miembros del Campo de Sión a llegar a sus propias decisiones acerca de los métodos y rutas de viaje puesto que, en las circunstancias en que se encontraban, el Señor no tenía preferencia al respecto. (D. y C. 61:22).

Nos inspira un sentimiento tierno y maravilloso el comprender que Cristo, quien sufrió el martirio de la cruz, nos dijo con respecto a nuestras obligaciones para con los demás: “…sostén las manos caídas y fortalece las rodillas desfallecidas” (D. y C. 81:5).

En las páginas de Doctrinas y Convenios reconocemos la perfección humilde y suplicante. En muchas oportunidades se trata de una perfección imperativa:

“Porque yo, el Omnipotente, he puesto mis manos sobre las naciones para castigarlas por sus iniquidades.” (D. y C. 84:96.)

Siglos atrás, el mismo Jesús alabó al centurión por su gran fe (véase Lucas 7:6-10); luego le dijo a Hyrum Smith: “…lo amo a causa de la integridad de su corazón, y porque él estima lo que es justo ante mí, dice el Señor” (D. y C. 124:15).

Las normas del Salvador iluminan todas las páginas. Uno de los diez mandamientos dice en su forma original: “No cometerás adulterio” (Ex. 20:14). Mas incorporada en Doctrinas y Convenios en forma muy adecuada, se encuentra la advertencia contra el adulterio mental, la misma que Jesús dejó durante su primer ministerio terrenal en la Tierra Santa:

“El que mirare a una mujer para codiciarla negará la fe, y no tendrá el Espíritu; y si no se arrepintiere, será expulsado.” (D. y C. 42:23.)

En otra sección encontramos advertencias muy sabias para los pobres codiciosos:

“¡Hay de vosotros, los pobres, cuyos corazones no están quebrantados; cuyos Espíritus no son contritos, y cuyos vientres no están satisfechos; cuyas manos no se abstienen de echarse sobre los bienes ajenos; cuyos ojos están llenos de codicia; quienes no queréis trabajar con vuestras propias manos!

Pero benditos son los pobres que son puros de corazón, cuyos corazones están quebrantados y cuyos espíritus son contritos, porque verán el reino de Dios que viene en poder y en gran gloria para libertarlos; porque la grosura de la tierra será suya.” (D. y C. 56:17-18.)

Conjuntamente con las muchas advertencias provenientes de un Dios cariñoso y bondadoso, vemos palabras de divina alabanza a Edward Partridge (en la sección 41), en las que el Señor le compara con Nataniel, el profeta de la antigüedad. De esto deducimos que aun en nuestras flaquezas hay para nosotros esperanzas. Después de este gran elogio, el Señor le dio al obispo Partridge una advertencia y una dirección precisas:

“Por tanto, no queda justificado mi siervo Eduardo Partridge en esto; no obstante, que se arrepienta, y será perdonado.” (D. y C. 50:29.)

¡Qué maravilloso tiene que haber sido el año 1831, en el que se recibieron las revelaciones que componen 37 secciones de Doctrinas y Convenios! No se puede leer la sección 45, con sus razonamientos sobre el capítulo 24 de Mateo, sin apreciar el deseo del Señor para que sus discípulos se encontraran tan perfectamente informados como fuera conveniente con respecto a los acontecimientos —tanto maravillosos como terribles— que se avecinaban.

Nos encontramos con la imperiosa manifestación brindada al profeta José Smith y a Oliverio Cowdery en el Templo de Kirtland, el 3 de abril de 1836, que dice:

“El velo desapareció de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos.

Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar.

Sus ojos eran como una llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol y su voz era como el sonido de muchas aguas, aun la voz de Jehová que decía:

Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre.” (D. y C. 110:1-4.)

En verdad, meditar las páginas de Doctrinas y Convenios es llegar a la inevitable conclusión de que José y Sidney hablaron la verdad cuando escribieron:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de Él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de El: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22.)

El lector que con humildad y oración se aboque a la tarea de estudiar este divino volumen, ampliará su testimonio y se acercará mucho más al Salvador de lo que jamás lo haya estado en su vida.

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