Septiembre de 1979
Línea por Línea
por James B. Alien
La historia de la Iglesia revela cómo el Señor siempre ha dado más conocimiento y comprensión a su pueblo.
El 21 de enero de 1836, por la noche, la Primera Presidencia de la Iglesia y su Patriarca, Joseph Smith (el padre), estaban teniendo una reunión especial en un cuarto del Templo de Kirtland a la luz de los candelabros. De pronto los cielos fueron abiertos y vieron visiones magníficas. El profeta José Smith vio el reino celestial, y entre los habitantes del mismo vio a su hermano Alvin, que hacía ya bastante tiempo que había muerto. Esto lo sorprendió.
“… y me maravillé de que (Alvin) hubiese recibido una herencia en ese reino, en vista de que había salido de esta vida antes que el Señor hubiera extendido su mano para juntar a Israel por segunda vez, y no había sido bautizado para la remisión de pecados.” (Perla de Gran Precio, Visión del reino celestial 1:6.)
Aun para José Smith era un nuevo concepto el que las personas que hubieran muerto sin el bautismo autorizado, pudieran cosechar en el mundo venidero las mismas bendiciones que merecían aquellos que eran miembros de la Iglesia restaurada. Pero la Iglesia estaba por recibir aún más información sobre esto; y mientras el Profeta se maravillaba ante lo que estaba viendo, la voz del Señor llegó hasta él diciendo:
“Todos los que han muerto sin el conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiese permitido quedarse, serán herederos del reino celestial de Dios; pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según los deseos de su corazón.” (Visión del reino celestial, 1:7-9.)
Muchos años después, otro Profeta, el presidente Joseph F. Smith, estaba meditando sobre las escrituras relativas a la expiación. En ese entonces la Iglesia entendía bien el principio de la salvación de los muertos, pero aún faltaba cierta información en cuanto a la misión que había cumplido el Salvador seguidamente de su muerte, en el mundo de los espíritus. El presidente Smith se había preguntado cómo podía ser que el Señor hubiera predicado a iodos los espíritus encarcelados en tan poco tiempo.
“Mientras reflexionaba, mis ojos fueron abiertos y se vivificó mi entendimiento, y percibí que el Señor no fue en persona entre los inicuos y los desobedientes que habían rechazado la verdad…
Mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos… ” (Perla de Gran Precio, Visión de la redención de los muertos, 1:29-30.)
Estas dos experiencias que acabo de mencionar, representan uno de los conceptos más fundamentales del evangelio restaurado: el de la revelación contemporánea y continua, mediante los profetas vivientes. El Señor ha dicho que “Dios dará a los fieles línea por línea, precepto por precepto” (D. y C. 98:12). Brigham Young les dijo a los santos que el conocimiento y el entendimiento nos vienen lentamente, y que ninguna revelación da a conocer todo sobre un tema.
“Disto mucho de creer que cualquier gobierno tenga constituciones y leyes perfectas, y no creo que haya una revelación en particular entre las muchas que Dios nos ha dado, que sea perfecta en su plenitud.
Las revelaciones de Dios contienen doctrinas y principios correctos, por lo que valen; pero es imposible que los pobres, débiles, humildes, viles y pecadores habitantes de la tierra reciban una revelación del Altísimo en toda su perfección. Él tiene que hablarnos en una forma que se avenga a nuestra capacidad.” (Escrituras de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 245.)
El conocimiento que tenemos de la historia de la Iglesia nos dice que en efecto, éste ha sido el caso. Cuando los santos estaban preparados para recibir nueva información, la recibían; y a medida que los programas de la Iglesia necesitaban modificaciones para enfrentar nuevos problemas, los profetas se sentían inspirados por el Espíritu para hacerlas. La forma en que se han desarrollado algunas enseñanzas y prácticas claves de la Iglesia, muestran que este proceso aún continúa.
Históricamente, la mayoría de los cambios han estado relacionados con ciertas prácticas externas, con procedimientos y deberes administrativos. Los hemos visto claramente en estos últimos años, debido a las nuevas necesidades que ha tenido que suplir la Iglesia al crecer tan rápidamente y al hacerse más internacional. Ya en 1842 José Smith previo esto cuando dijo que “lo que es erróneo en ciertas circunstancias, puede ser, y frecuentemente es, lo ideal en otras” (History of the Church, 5:135). El élder Orson Pratt, del Consejo de los Doce, expresó muy bien la idea en 1877, cuando la Iglesia estaba perfeccionando algunos aspectos de su organización:
“Sería un error decir que en la historia de la Iglesia, durante sus imperfecciones y debilidades, habrá un momento específico en que la organización será perfecta y no necesitará más expansión o adiciones. Esta organización ha de seguir adelante, paso a paso y de un grado a otro, así como las personas crecen y aumentan su conocimiento de los principios y leyes del reino de Dios.” (Journal of Discourses, 19:12.)
En 1964, el entonces élder Harold B. Lee, que en ese momento era miembro del Consejo de los Doce, dio un ejemplo muy práctico de este principio:
“A veces es interesante ver la reacción de la gente”, dijo. “Recuerdo cuando el presidente McKay anunció a la Iglesia que los miembros del Primer Consejo de los Setenta iban a ser ordenados sumos sacerdotes a fin de ampliar su campo de acción y darles la autoridad necesaria para que actuaran, cuando ninguna Autoridad General pudiera estar presente. Fui a Phoenix, Arizona, y allí encontré a un setenta que estaba muy molesto y que me comentó: ‘¿No dijo el profeta José Smith que era contrario al orden de los cielos nombrar sumos sacerdotes como presidentes del Primer Consejo de los Setenta?’
Y yo le respondí: ‘Bueno, tengo entendido que dijo eso; pero ¿pensó usted alguna vez que lo que era contrario al orden de los cielos en 1840 puede no serlo en 1960?’ Pues, a él no se le había ocurrido. Ese hombre estaba siguiendo aun profeta muerto, olvidando que hoy en día tenemos un Profeta viviente. De ahí la importancia de destacar la palabra ‘viviente’.” (Discurso pronunciado ante los maestros de Seminarios e Institutos, en BYU, en julio de 1964.)
Los miembros de la Iglesia deben entender no solamente que tiene que haber cambios y desarrollo en la Iglesia -eso es obvio- sino que esos cambios son hechos por el Profeta viviente o bajo su dirección. Esta es la aplicación práctica del principio de revelación continua.
Entendiendo la doctrina del recogimiento, podemos ilustrar la declaración hecha por él profeta José Smith cuando dijo que lo que está bien en ciertas circunstancias puede no estarlo en otras. En este caso no estaba involucrado ningún principio básico de doctrina, sino que el Señor daba instrucciones especiales a los santos, de acuerdo con las necesidades y circunstancias del momento. Esto es revelación continúa.
En las primeras revelaciones dadas a José Smith se ordenaba constantemente a los santos que se reunieran en Sión, y particularmente que fueran hacia donde estaba la cabecera de la Iglesia. La Primera Presidencia expresó en 1840 que la edificación del reino de Dios requeriría “la concentración de los santos, a efectos de llevar a cabo obras de tal magnitud y magnificencia… y cualquiera que esté ansioso por promover la verdad y rectitud, del mismo modo estará ansioso porque se cumpla el recogimiento de los santos” (History of the Church, 4:185-186).
Esto llevó, entre otras cosas, a la organización de un programa sistemático de inmigración. Ese programa se intensificó sólo después que la cabecera de la Iglesia se trasladó a Utah. “Inmigrad a este lugar tan pronto os sea posible”, aconsejaba el Consejo de los Doce a los miembros europeos en 1847. Se les decía que llevaran consigo todo aquello que ayudara a fortalecer la edificación y organización de la nueva comunidad de santos en el Oeste.
Después que este principio del recogimiento se hubo enseñado a los santos por más de dos generaciones, se convirtió en un hábito, en algo automático, especialmente para los santos de Europa. Pero para fines del siglo XIX la situación comenzó a cambiar; la Iglesia ya estaba mucho más segura en el Oeste de los Estados Unidos. El reino se había fortalecido en este nuevo lugar, ya habían acabado los días de los pioneros, y entonces el desafío era fortalecer a Sión —los “puros de corazón” (D. y C. 97:21) — en todo el mundo. En realidad ésta había sido, desde el principio, la misión de la Iglesia.
Sin duda, fueron ésta y otras consideraciones las que llevaron a los líderes de la Iglesia a pensar seriamente en las medidas que deberían tomar. En 1898, George Q. Cannon, miembro de la Primera Presidencia, anunció que se aconsejaba a los santos de los diferentes países que se “quedaran en sus lugares por un tiempo, y no estuvieran tan ansiosos por dejar sus regiones para ir a Sión” (Conference, Report, octubre de 1898, pág. 4). Para el año siguiente se llegó a la conclusión de que no era aconsejable que viajaran a “Sión”, ni aun si pagaban ellos mismos sus propios gastos.
Este cambio en el sistema o curso de acción se implementó rápidamente. La Iglesia se dedicó a proveer sedes más permanentes en las misiones, y a construir más capillas como un medio de alentar a los conversos a permanecer en sus países.
“No os aconsejamos que emigréis”, dijo el presidente Joseph F. Smith a los miembros en Suecia en 1910. “Preferiríamos que os quedarais aquí hasta que estéis bien firmes en la fe y en el evangelio.”
En 1958 tres presidentes de misión en Europa escribieron en Der Stem un editorial expresado con palabras bien fuertes y que resumía la necesidad de edificar Sión en el resto del mundo:
“No hemos dejado de predicar sobre el recogimiento de la Casa de Israel. Aún pedimos a toda persona que salga de la Babilonia espiritual, es decir, que salga de la oscuridad espiritual. Pero ya no pedimos a las personas que emigren a los Estados Unidos. Por el contrario, decimos exactamente a los santos lo que el Señor requiere de ellos: que fortalezcan las estacas de Sión y que extiendan los límites de Su reino…
Creemos que Dios dirige su Iglesia mediante la voz de Sus profetas. Las condiciones del mundo han cambiado completamente y debemos adaptarnos a la nueva situación.”
Podemos entender fácilmente estos acontecimientos si nos ubicamos en el contexto histórico. Hubo otros que no estuvieron tan claramente relacionados con hechos históricos específicos, pero su evolución nos muestra una revelación gradual de ideas, “línea por línea, precepto por precepto” (D. y C. 98:12).
Por ejemplo, es interesante observar que aun el conocimiento y la comprensión sobre la naturaleza de Dios han aumentado considerablemente desde el momento en que la Iglesia se organizó en 1830. Desde el principio los miembros no tuvieron ninguna duda de que Dios era un Ser personal, ni de que el hombre podía comunicarse directamente con El por medio de la oración. José Smith había visto a Dios en una visión, y también a su Hijo Jesucristo, varios años antes de que se organizara la Iglesia.
En esos primeros años, pocos miembros de la Iglesia sabían que José Smith había tenido esa visión, ya que él al principio no la dio a conocer a la totalidad de los miembros; no la dio a publicidad hasta 1838, y entonces lo hizo para corregir “las muchas noticias que personas mal dispuestas e insidiosas han circulado” (José Smith 2:1). En consecuencia, muchos nuevos conversas indudablemente mantuvieron algunas de sus anteriores ideas sectarias, ya que en los primeros años de la historia de la Iglesia nadie hizo ningún esfuerzo por definir con precisión la total naturaleza de la Deidad (Trinidad). Además, puede que las ideas de estos miembros hayan sido fortalecidas aún más por algunas declaraciones que había en la primera edición del Libro de Mormón, las que no hacían una clara distinción entre el Padre y el Hijo.
Muchos pasajes de esta primera edición identificaban claramente al Salvador como el Hijo de Dios. Algunas personas todavía no entendían totalmente algunos versículos aislados, que daban lugar a la mala interpretación. En 1916, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce publicaron una exposición doctrinal escrita muy cuidadosamente, titulada El Padre y el Hijo; esta declaración destacaba claramente las diferentes maneras en que puede aparecer el término Padre en las Escrituras, especialmente cuando se refiere a Jesucristo. Con dicha declaración ayudaron así a aquellos que eran propensos a dejarse llevar por las malas interpretaciones.
En 1835, la edición de Doctrinas y Convenios incluyó una declaración importante, aunque no oficial, sobre creencias de la Iglesia, conocida como Disertaciones sobre la Fe, Para ese entonces José Smith no había dado a conocer ninguna revelación sobre la naturaleza física del cuerpo de carne y huesos del Padre, ni sobre la naturaleza del Espíritu Santo; por lo tanto, la quinta disertación contenía una descripción incompleta de la Trinidad que ni siquiera los miembros de hoy en día podrían entender. Sin embargo, no hay duda de que José Smith continuó pensando y orando sobre éste y otros temas doctrinales. No sabemos con precisión, pero el 2 de abril de 1843, dio algunos importantes “puntos de instrucción” en Ramus, Illinois, los cuales explicaban con mayor claridad que nunca la naturaleza física de la Trinidad y especialmente la del Espíritu Santo:
“El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino que es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.” (D. y C. 130:22.)
Un año más tarde, José Smith pronunció uno de sus más famosos discursos sobre el tema de la naturaleza de Dios. En él aclaró mejor este punto a los santos, al explicar que Dios el Padre “una vez fue como nosotros ahora”, y que ahora es “un hombre exaltado…”:
“El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con El cómo un hombre conversa con otro, y que en un tiempo fue hombre como nosotros; sí, que Dios mismo, el Padre de todos nosotros, habitó sobre una tierra, como Jesucristo lo hizo.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 427-428.)
Sólo dos meses antes de su muerte, José Smith seguía aclarando a los santos muchas cosas, y establecía las bases para el amplio entendimiento de la Trinidad que poseemos hoy día.
Estos son sólo unos pocos ejemplos, pero bastan para ilustrar el hecho de que el conocimiento de los Santos de los Últimos Días, ya sea individual o de grupo, aumenta “línea por línea” a través de los años. Algunos cambios aparentes están relacionados con hechos históricos específicos; otros reflejan el mejoramiento que se logra cuando los líderes de la Iglesia reflexionan sobre estos asuntos, y buscan mayor conocimiento mediante la revelación.
Las ideas y el curso de acción de la Iglesia no son estáticos. La puerta está abierta para que los profetas de cada generación busquen nueva guía y dirección del Señor.
José Smith destacó esto y la promesa incluida cuando dijo:
“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al Reino de Dios.” (Artículo de Fe No. 9.)
Este concepto de expansión del conocimiento del evangelio, siempre se ha tratado con gran cautela, ya que los líderes de la Iglesia entienden muy bien el peligro de “ser llevados por doquiera de todo tipo de doctrina” (Efesios 4:14). A pesar de los adelantos de este tipo, como los que hemos descrito, hay ciertas verdades y principios fundamentales que permanecen inmutables. Entre ellos están la fe en la misión divina y la expiación literal de Jesucristo; la creencia en el poder y la autoridad del Sacerdocio, tal como fue restaurado por medio de José Smith; y la creencia en la necesidad de la autoridad del Sacerdocio para administrar las ordenanzas esenciales para la salvación; la creencia en la autenticidad del Libro de Mormón y las visiones y revelaciones del profeta José Smith; y, por supuesto, la seguridad de que en la Iglesia hay una revelación divina continua.
Debemos recordar que el único que tiene el poder para anunciar una nueva revelación, es el Presidente de la Iglesia, el Sumo Sacerdote que preside, el que es sostenido como Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia. El presidente J. Reuben Clark Jr. recordó a los maestros de seminarios e institutos de la Iglesia en 1954, que el profeta “es el único que tiene el derecho de recibir revelación para la Iglesia, ya sea revelación nueva o la reforma de una anterior, o de dar interpretaciones autorizadas de escrituras que sean valederas para la Iglesia, o de cambiar en algún sentido las existentes doctrinas de la Iglesia.”
Parte del valor que tiene el estudio de la historia de la Iglesia, radica en que uno recibe la confirmación de su carácter expansivo y de su desarrollo, de sus programas, sus enseñanzas, y también de la realidad de la revelación continúa. Los Santos de los Últimos Días no deberían sorprenderse si en el futuro ven nuevos cambios. Sólo necesitan hacerse esta pregunta: ¿Acaso no es ésta la verdadera esencia de la religión revelada?

























