Siempre hay algo que aprender

Septiembre de 1979
Siempre hay algo que aprender
por Marion D. Hanks
de la Presidencia del Primer Quorum de los Setenta

Marion D. HanksLa historia nos relata el caso de una desconocida mujer soltera, ya entrada en años, que porfiaba en que ella nunca había tenido una oportunidad de aprender nada. Así se lo dijo, refunfuñando, al doctor Louis Agassiz, eminente naturalista, al terminar éste de dar una conferencia en Londres. A esa queja, él le contestó:

— ¿Dice usted que la vida nunca le ha presentado oportunidad de aprender nada? Dígame, ¿qué ocupación tiene usted?
— Soy soltera y ayudo a mi hermana, que administra una casa de huéspedes.
— ¿Qué labores realiza usted? —le preguntó él.
— Pelo patatas y corto cebollas.
— ¿Podría decirme dónde se sienta usted mientras lleva a cabo esas tareas domésticas?
— Al pie de la escalera, en la cocina.
— Y, ¿dónde apoya usted los pies?
— En la baldosa.
— ¿De qué está hecha la baldosa?
— No lo sé, señor,
— ¿Cuánto tiempo lleva usted trabajando en ese mismo sitio? —inquirió él.
— Quince años— le contestó la moza.
— Señorita, tenga usted mi tarjeta de visita, y mi dirección —le dijo el doctor Agassiz—. ¿Tendría usted la bondad de enviarme, por escrito, todo lo que averigüe con respecto a la elaboración de la baldosa?

Ella tomó el asunto con absoluta seriedad. Se fue a casa y al llegar allí, fue directamente a buscar la definición de la palabra en un diccionario: descubrió que era una porción de barro fino y cocido. Pero como esa definición le pareció demasiado sencilla para enviarla al doctor Agassiz, después de lavar la vajilla, encaminó sus pasos a la biblioteca, y allí buscó una enciclopedia, en la cual leyó más acerca del tema. Al hacerlo, fue encontrando nuevas palabras que ella ignoraba, pero la definición de las cuales se dio el trabajo de buscar. Después, visitó los museos. Y así, fue saliendo del sótano de su vida hacia un mundo nuevo, en las alas de la investigación. De tal modo se fue interesando en esa materia, que llegó a entrar en el terreno de la geología, dedicándose de lleno al estudio más profundo de ese campo, hasta llegar a la época en que Dios creó la tierra. Una tarde, fue a una fábrica de ladrillos y baldosas, donde averiguó de la historia de más de 120 clases diferentes de ellos, y la razón por la cual debían fabricarse tantos. Hecho todo eso, se dio a la tarea de escribir sobre el tema de la elaboración de la baldosa y los ladrillos, llenando treinta y seis páginas.

En respuesta a ese trabajo, el doctor Agassiz le envió una misiva, diciéndole: “Distinguida señorita: El suyo, ha venido a ser el mejor artículo sobre el tema que he visto jamás. Si tuviese usted a bien cambiar las tres palabras marcadas con asteriscos, lo haré publicar y le pagaré por él”.

Poco tiempo después ella recibió una esquela con la cantidad adjunta de $250. Al pie del escrito, apareció la siguiente pregunta: “¿Qué había debajo de la baldosa?” Habiendo ella aprendido a apreciar el valor del tiempo, no tardó en contestarle, lo cual hizo con una sola palabra: “hormigas”. A vuelta de correo, él le dijo: “Le ruego me informe acerca de las hormigas”.

Y ella emprendió el estudio sobre dichos insectos, Al respecto, averiguó que existen entre mil ochocientas y dos mil quinientas clases diferentes; que las hay tan pequeñitas que si se colocan tres de ellas en la cabeza de un alfiler, todavía queda lugar para otras más; que hay otras que miden 2,5cm, de largo y que avanzan en densos ejércitos de un frente de unos ochocientos metros de ancho, devorando todo a su paso; descubrió además, que hay hormigas ciegas, y otras que hacen hormigueros de tan reducido tamaño, que se pueden cubrir con un dedal; asimismo, se enteró de que hay hormigas que no se apartan de las vacas hasta que éstas dan leche, para distribuirla fresca, llevándola directamente al domicilio de las hormigas aristócratas de la comarca.

Después de mucha lectura, intensa investigación y profundo estudio, la dama terminó por escribir 360 páginas sobre la materia, las cuales envió al señor Agassiz. Y él la publicó en un libro, enviando a ella el dinero que le correspondía, con lo cual, aquella mujer se dedicó a visitar todos los países que había soñado, sí, con las ganancias de Su trabajo.

Ahora bien, al enteraros de esta historia, ¿os dais plenamente cuenta de que todos apoyamos los pies en un suelo de alguna clase, y de que debajo de él debe de haber algo más? Lord Chesterton nos da la respuesta: “No existen cosas de poco interés; hay sólo personas carentes de interés”.

Siempre hay algo que aprender.

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