Seguid a vuestros líderes

Seguid a vuestros líderes

Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

23 de marzo de 1965. Discurso pronunciado en la Universidad de Brigham Young.

Os ruego que por un momento adoptéis una actitud similar a la de esos apóstoles, olvidéis nuestra tendencia humana a rechazar consejos y os hagáis estas preguntas: ¿Necesito mejorar mi manera de ser?… ¿Seré yo uno de ésos, Señor?

En estas pocas palabras puedo expresar por entero mi discurso: Seguid el consejo de vuestros líderes. Esa es la amonestación más importante que puedo daros, y a continuación trataré de ilustrar y desarrollar este tema.

En el capítulo 26, versículo 21 de Mateo, leemos: ‘

“Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.”

Podemos sacar una enseñanza de la reacción de los apóstoles ante esta afirmación de Jesús. Siempre me pareció interesante el hecho de que esos hombres no se codearan los unos a los otros y susurraran: “Estoy seguro de que será Judas. ¿Se han dado cuenta de su extraña actuación, últimamente?” Recordemos que aquéllos eran nada menos que Apóstoles del Señor Jesucristo. Y, sin embargo:

“Entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?” (Mat. 26:22.)

Os ruego que por un momento adoptéis una actitud similar a la de esos apóstoles, olvidéis nuestra tendencia humana a rechazar consejos y os hagáis estas preguntas: ¿Necesito mejorar mi manera de ser? ¿Tomaré este consejo en serio y lo pondré en práctica? Si hay alguien que mostrando debilidad de carácter, no esté dispuesto a obedecer a sus líderes, ¿seré yo uno de ésos, Señor?

En. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no hay un clero profesional, como encontramos en otras iglesias. Y aún más importante que esto, en nuestra Iglesia no hay miembros legos; todos los hombres pueden ser ordenados al sacerdocio y llevar a cabo la obra del ministerio; y tanto hombres como mujeres, pueden trabajar en las organizaciones auxiliares. Se otorga a los miembros esta responsabilidad sin tener en cuenta a qué clase social pertenecen; y ella va acompañada de autoridad. La validez de esta autoridad no depende de que los hombres quieran reconocerla o apoyarla, sino de que Dios la reconozca como Suya.

El quinto Artículo de Fe dice:

“Creemos que el hombre debe ser llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.”

En este Artículo de Fe encontramos evidencia de la verdad del evangelio. Quiero referirme a la palabra “debe”: “Creemos que el hombre debe ser llamado de Dios…” Como sabéis, nosotros no usamos comúnmente esa palabra en la Iglesia. Creo que ningún presidente de estaca ha recibido nunca instrucciones de las Autoridades Generales diciéndole: “Por la presente le comunicamos que debe hacer tal o cual cosa”. Por lo contrario, pienso que los comunicados son más o menos así: “Después de considerarlo, le sugerimos que…”

Desgraciadamente, muchos lo leen como está escrito, pero luego actúan como si dijera: “Creemos que en algunas ocasiones, no siempre, actuamos guiados por la inspiración cuando hacemos un llamamiento, un cargo; quizás para los cargos más importantes en la Iglesia. Sin embargo, la mayoría de las veces nos basamos en los procesos naturales de la razón”. Esta actitud parece prevalecer sobre todo en los que se complacen en buscar las debilidades de los líderes de la Iglesia, al ver que éstos son también humanos. Muchas veces, cuando éstos dirigen los asuntos de la Iglesia en forma impropia, estas personas lo toman como evidencia de que la naturaleza humana predomina incluso en los asuntos de Dios.

Otros están dispuestos a sostener a algunos de los dirigentes de la Iglesia, mientras critican y dudan de otros.

Dónde empieza la lealtad
Algunos pensamos que si fuéramos llamados a ocupar un puesto importante en la Iglesia, con valentía daríamos un paso adelante y con lealtad nos dedicaríamos por entero al servicio de Dios.

Debemos tener en cuenta que el que no es leal en las pequeñeces, tampoco lo será en los asuntos importantes. El que se niega a desempeñar las tareas que, aunque parecen insignificantes, son muy importantes para el buen funcionamiento de la Iglesia, no tendrá oportunidad de ocupar los cargos que implican un mayor compromiso.

La persona que dice que sostiene a las Autoridades Generales pero que no puede sostener a su propio obispo, se engaña a sí mismo; si no puede apoyar al obispo del barrio o al presidente de estaca, tampoco apoya al Presidente de la Iglesia.

La experiencia, me ha demostrado que las personas que vienen a vernos porque no quieren aceptar el consejo del obispo, tampoco están dispuestas a aceptar el consejo de las Autoridades Generales. El obispo es el que tiene derecho a la inspiración del Señor para aconsejarles correctamente.

¡Qué triste es para nosotros cuando, después de aconsejar por inspiración a un miembro de la Iglesia que ha venido a pedirnos ayuda, nos enteramos de que, ignorando nuestra palabra; eligió un camino que sin duda lo hará caer!

Algunos están tan preocupados de que se les pueda privar de sus derechos, que piensan que obedecer la autoridad del sacerdocio es renunciar a su libre albedrío. ¡Si tuviéramos siempre presente, mis hermanos, que es por medio de la obediencia que nos independizamos!

El Señor dijo:

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31-32.)

El fundador de la Universidad de Briaham Young
A veces es difícil someterse a la autoridad del sacerdocio. Quiero contar las experiencias del hermano Karl G. Maeser relacionadas con este tema. Él había sido director de una escuela en Dresden, Alemania, y era un hombre de alcurnia. En 1856 el hermano Maeser, su esposa y un pequeño hijo salieron de Alemania con rumbo a América, junto con un hermano llamado Schoenfeld y otros conversos. Cuando llegaron a Inglaterra, inesperadamente el hermano Maeser fue llamado a quedarse allí como misionero, y desilusionados tuvieron que ver que las demás familias seguían viaje a los Estados Unidos.

Mientras trabajaba como misionero en Inglaterra, el educado profesor tuvo que desempeñar tareas que se consideraban serviles y que nunca había tenido que hacer. Entre el pueblo alemán, usualmente se pensaba que era inapropiado que alguien de la categoría del hermano Maeser se dejara ver en la calle llevando paquetes. Un día, unos élderes que iban a tomar el tren le pidieron que les llevara el equipaje. La idea de llevar las maletas le resultaba insoportable; se sentía terriblemente humillado y su esposa estaba tan disgustada como él. Finalmente tragándose el orgullo dijo: “Bueno, ellos tienen el sacerdocio y me pidieron que las llevara, así que iré”.

Permitidme añadir que esto no quiere decir que renunciara a su libre albedrío. A pesar de su obediencia, el hermano Maeser expresaba sus sentimientos abiertamente. Hay otro incidente que lo ilustra:

En una oportunidad conoció a un caballero muy educado y de mucho dinero quien, habiendo simpatizado mucho con él, lo invitó a que llevara a algunos de los élderes y fueran al hotel a cenar en su compañía. Los malos modales de los misioneros en la mesa fueron tan humillantes para el hermano Maeser que éste dijo más adelante; “Acompañaré a los élderes en la pobreza, sufriré persecuciones con ellos, incluso iré hasta el infierno con ellos, pero nunca más los llevaré a cenar”.

La autoridad del sacerdocio
Aunque los hombres que presiden los barrios y estacas de la, Iglesia parecen comunes, tienen algo que los hace extraordinarios: es la autoridad del sacerdocio y la inspiración propia del llamamiento que aceptaron.

Quisiera que algún día tuvierais oportunidad de acompañar a las Autoridades Generales cuando van a organizar una estaca; yo lo he hecho en varias ocasiones y estas experiencias son siempre memorables.

Hace algún tiempo, un domingo por la noche, regresábamos de la organización de una estaca; viajábamos en silencio, demasiado cansados para conversar, cuando el entonces élder Marión G. Romney (del Consejo de los Doce) me dijo: “¡Boyd, este evangelio es verdadero!” Luego añadió: “No se puede pasar por lo que nosotros pasamos en las últimas cuarenta y ocho horas, sin saberlo con seguridad”.

Me vinieron a la memoria entonces los acontecimientos de los dos días anteriores, las entrevistas hechas, las decisiones tomadas… Habíamos entrevistado a todos los sacerdotes dirigentes de la estaca, y les habíamos pedido que sugirieran al hombre que les pareciera más apropiado para ocupar el cargo de presidente de estaca. Casi todos mencionaron a un hermano que, según ellos, era inteligente, tenía la cabeza bien puesta, poseía la experiencia necesaria, tenía una hermosa familia, era un miembro digno; en resumidas cuentas, el hombre ideal para el cargo. Cuando sólo nos faltaba entrevistar a dos o tres más, el sacerdote de quien nos habían hablado entró para que lo entrevistáramos y nos causó muy buena impresión; era verdad todo lo que nos habían dicho de él. Cuando terminamos de hablar y él salió del cuarto, el hermano Romney me dijo: “¿Qué te parece?” Le contesté que tenía la impresión de que todavía no habíamos conocido al nuevo presidente de la estaca.

El élder Romney pensaba lo mismo que yo, así que me dijo: “Es probable que tengamos que llamar a otros hermanos, ya que es posible que el nuevo presidente no se encuentre entre los actuales líderes de la estaca; pero antes, entrevistemos a los restantes de este grupo”.

Entrevistamos a otro hermano de la misma forma que lo habíamos hecho anteriormente; las mismas preguntas, las mismas respuestas. Cuando concluimos el hermano Romney me preguntó: “¿Qué sientes ahora?” Le contesté: “En lo que a mí respecta, me parece que podemos cancelar las demás entrevistas”. Otra vez mi afirmación coincidió con los sentimientos del hermano Romney. El Señor nos había hecho saber que aquél era el hombre que Él quería como presidente de la estaca.

¿Cómo podíamos estar tan seguros? Porque los dos supimos a la vez, sin lugar a dudas, por inspiración del Señor. En realidad, nuestra asignación no era elegir un presidente de estaca sino encontrar al hombre que el Señor había elegido. Él se comunica con nosotros de una forma que no da lugar a equivocaciones.

Los hombres son, en verdad, llamados de Dios por profecía

La prueba de fidelidad
Demostramos nuestra fidelidad en la forma que respondemos a un llamamiento.

En los primeros días de la Iglesia la fe de los miembros fue puesta a prueba muchísimas veces. En un informe de la conferencia de 1856 podemos leer lo que uno de los consejeros en la Primera Presidencia, Heber C. Kimball, anunció a la congregación:

“Os leeré los nombres de los que hemos seleccionado para que sirvan misiones. Algunos irán a Europa, a Australia y a Indonesia, y unos cuantos serán enviados a Las Vegas, Nevada, otros hacia el norte y a Fort Supply, a fortalecer las colonias en esos lugares.”

Estos llamamientos se hacían sin previo aviso, y llegaban inesperadamente a los interesados, que se encontraban sentados entre la audiencia. Debido a su gran fe, supongo que a los miembros no les quedaba otra cosa que preguntar: “¿Cuándo debo partir?” No dudaría que un llamamiento similar ahora causara una reacción diferente y que en lugar de preguntar ¿Cuándo?, algunos miembros preguntaran: ¿Por qué tengo que ir yo?

En cierta ocasión estaba en la oficina del presidente Henry D. Moyle cuando le dieron la comunicación para una llamada de larga distancia que había pedido anteriormente. Después de saludar a la persona a quien llamaba, le dijo: “¿Existe la posibilidad de que sus viajes de negocios lo traigan a Salt Lake City en un futuro cercano? Hay un asunto importante que quiero plantearles a usted y a su esposa”, A pesar de que se encontraba a muchos kilómetros de distancia, el hermano “descubrió” que tenía que viajar a Salt Lake. City a la mañana siguiente. Yo me encontraba otra vez en la misma oficina cuando el presidente Moyle le anunció a aquel hombre, que había sido llamado para presidir una de las misiones de la Iglesia. “No queremos apurarlos a decidir”, le dijo: “¿Podría llamarme dentro de unos días y comunicarme su decisión?” Ambos cónyuges se miraron y después de comunicarse sin palabras, como lo hacen algunos matrimonios, y de hacer un gesto de afirmación casi imperceptible, el hermano miró al presidente Moyle y le dijo: “Presidente, ¿qué puedo contestar? Ahora puedo decirle lo mismo que le diría dentro de unos días; hemos recibido un llamamiento y lo único que podemos responder es: Sí, lo aceptamos.”

Entonces, el presidente Moyle les dijo con suavidad: “Bueno, puesto que su respuesta es tan positiva, debo confesarle que en realidad este llamamiento es urgente. ¿Podrían ustedes estar listos para partir en barco el 13 de marzo, desde la costa oeste del país?”

El hermano tragó saliva, porque le quedaban sólo once días para prepararse; otra vez ambos se miraron y él contestó: “Sí, Presidente, estaremos listos”. “¿Y su negocio?”, les preguntó el Presidente, “¿Qué harán con la casa, el ganado y las demás propiedades?”

El hermano contestó: “Todavía no lo sé, pero de alguna forma todo se arreglará”.

Este es el milagro que vemos repetirse una y otra vez entre los miembros fieles. Y sin embargo, hay muchos otros que no tienen la fe suficiente para aceptar llamamientos o para apoyar a los que los aceptan.

Sugerencias
Decidid por medio de una cuidadosa introspección cuáles son vuestros sentimiento s con respecto a los líderes de la Iglesia. ¿Sostenéis al obispo, al presidente de la estaca y a las Autoridades Generales? ¿O podemos encontraros entre los que se mantienen neutrales o critican, calumnian o se niegan a aceptar llamamientos? Preguntad: ¿Soy yo así, Señor?

No critiquéis a los líderes. Tratad de ser leales y de cultivar la virtud de servir de apoyo y ayuda. Y orad siempre por ellos.

Nunca rechacéis una oportunidad de servir en la Iglesia. Si sois llamados a desempeñar un cargo por un sacerdote que tiene la autoridad, la única respuesta aceptable es una afirmativa. Sin embargo, siempre se os debe dar la oportunidad de expresar vuestra opinión y sentimientos al respecto. Tened presente que cualquier llamamiento aprobado por el obispo o por el presidente de la estaca, es aprobado por el Señor. Yo doy testimonio de la veracidad de nuestro quinto Artículo de Fe.

Una vez que estéis ocupando un cargo, no debéis fijar una fecha para vuestro relevo; el relevo es como un llamamiento y se hace por inspiración. Los miembros no se llaman a sí mismos para ocupar cargos en la Iglesia; no sé por qué han de suponer que pueden darse el relevo; éste debe venir por medio de la misma autoridad que hizo el llamamiento.

Obrad en el oficio al cual fuereis nombrados, con toda diligencia. No seáis siervos holgazanes, sed puntuales, responsables y fieles.

Tenéis el derecho de recibir inspiración del Señor en cuanto a las responsabilidades de vuestro llamamiento; por lo tanto sed humildes, reverentes y orad siempre. Obedeced los mandamientos y si sois dignos, el Señor os comunicará lo que’ necesitéis saber para desempeñar los cargos que hayáis aceptado.

El Señor ha dicho:

“Por lo tanto, alzad vuestros corazones y regocijaos, y ceñid vuestros lomos, y tomad sobre vosotros toda mi armadura, para que podáis resistir el día malo, habiéndolo hecho todo para que podáis permanecer.

Sosteneos pues, llevando ceñidos los lomos con la verdad, puesto el peto de la rectitud, y calzados los pies con la preparación del evangelio de paz, el cual he mandado a mis ángeles que os entreguen,

Tomando el escudo de la fe con el que podréis apagar todos los dardos encendidos de los malvados;

Y tomad el yelmo de la salvación, así como la espada de mi Espíritu, el cual derramaré sobre vosotros; tomad mi palabra que os revelaré, estad de acuerdo en todo lo que pidiereis y sed fieles hasta  que yo venga, y seréis arrebatados hasta arriba, para que donde yo estoy vosotros también estéis. Amén”. (D. y C. 27:15-18.)

Os vuelvo a decir: SEGUID A VUESTROS LIDERES. Pronto tendremos otra conferencia general y los siervos de Dios os darán consejos. Podéis escuchar con oídos ávidos y el corazón listo, o podéis ignorarlos. Mas recordad que el provecho que podáis sacar de sus palabras no depende de lo bien que éstas fueran preparadas, sino de lo preparados que vosotros estéis para recibirlas.

Recordad que en Doctrinas y Convenios, dice:

“Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz, o por la voz de mis siervos, es lo mismo.” (D. y C. 1:38. Cursiva agregada.)

Volviendo al tema de las anécdotas del hermano Karl G. Maeser os relataré lo que sucedió en otra ocasión. Una vez él estaba guiando un grupo de jóvenes misioneros a través de los Alpes; estaban subiendo lentamente una empinada ladera cuando miró hacia atrás y, al ver el sendero más seguro demarcado por una serie de estacas en hilera, se le ocurrió una idea; llamó la atención del grupo y les dijo:

“Hermanos, esas estacas son como los miembros del sacerdocio; son pedazos de madera, como cualquier otro; pero la posición que ocupan es lo que les da su importancia. Si nos apartamos del camino que señalan, nos perderemos.”

Os testifico, hermanos y hermanas, que en esta Iglesia, somos “llamados de Dios por profecía”, tal como debe ser. Que podamos aprender esta lección en nuestra juventud; nos ayudará a mantenernos fieles a través de todas las pruebas que sin duda tendremos que pasar en nuestra vida. Que aprendamos a seguir el consejo de nuestros Helares, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen

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Una respuesta a Seguid a vuestros líderes

  1. Diogenes Rodriguez dijo:

    Pdte.siempre debemos seguirla nuestros Lideres seremos bendecidos del señor.

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