Sin riesgo no hay progreso

Septiembre de 1979
Sin riesgo no hay progreso
por el élder Royden G. Derrick
del Primer Quorum de los Setenta

Royden G. DerrickEl pintor que hubiera conseguido reproducir los colores del paisaje ese día, lo habríamos llamado exagerado. Los brillantes tonos de amarillo, marrón y el gris de las sierras, haciendo contraste con el azul de las montañas distantes, formaban una escena que sólo la naturaleza puede pintar.

Yo estaba al borde de un gran precipicio, y el lugar sobre el que estaba parado era de roca arenisca blanca. Era extraño lo descolorido que se veía el terreno que estaba pisando, cuando la misma piedra a la distancia lucía hermosísima. Así también es la vida, pensé.

Miré hacia abajo y vi el rio Colorado como una diminuta serpiente entre las montañas; sentí que me mareaba y retrocedí por miedo de perder el equilibrio. Frente a mí y mirando más arriba, vi la otra montaña que estaría a unos 180 metros de distancia. Al darme cuenta de lo lejos que estábamos de la civilización me dije sobrecogido: ¡Para qué nos habremos comprometido!

Habíamos firmado un contrato por el que nos hacíamos responsables de construir la base de acero sobre la cual se haría un puente en la garganta del río Colorado; íbamos a emprender el proyecto sin experiencia alguna, solamente basados en los diseños y computaciones de nuestros ingenieros. Lo último que hubiera hecho en esas circunstancias hubiera sido expresar mis dudas en voz alta; mi actitud tenía que ser positiva. Todos, los planes se vendrían abajo si yo, el director de la empresa, demostrara cobardía o poco sentido común en nuestro proyecto de explorar nuevos horizontes.

Era un momento decisivo para los que habíamos trabajado tanto para ganamos una buena reputación como compañía. ¡No podíamos volvernos atrás! Este pensamiento ayudó a disipar mi temor: Si el hombre nunca se arriesgara a buscar nuevos horizontes, el mundo no progresaría.

¿Cómo emprender la tarea de tender un puente a través de semejante abismo? Primero extendimos una cuerda fina de un lado al otro del río; usamos ésta para tirar de una más gruesa y luego de otra de mayor grosor; y seguimos este proceso sustituyendo las cuerdas, con cables cada vez más fuertes hasta que tuvimos un cable de acero de 76 milímetros de espesor cruzando el abismo, sostenido por torres altísimas a cada lado. Ese cable se usaba para llevar las piezas de acero a sus respectivos lugares en la estructura; algunas pesaban alrededor de 30 toneladas.

Los segmentos del arco de acero estaban sostenidos en el aire por torres que aguantaban 600 toneladas de metal. Una vez que el arco fue terminado, su peso se distribuyó sobre las enormes bases de cemento, construidas sobre la ladera de la montaña; entonces las torres pudieron desarmarse y eliminarse.

Cada movimiento era cuidadosamente planeado; no podíamos equivocarnos. Cada pieza de acero tenía que encajar en la estructura con exactitud.

Usábamos un complicado proceso para coordinar el trabajo de ingeniería, la compra, preparación y fabricación del acero, el almacenamiento, transporte, descargo y construcción,- de modo que cada pieza llegara al lugar de la obra en el preciso momento en que se necesitara. Y así debe ser la vida, ¿no es verdad? Si queremos tener éxito debemos planear a la perfección. Así tengamos que construir puentes o reconstruir nuestra vida, cuanto más grande sea el proyecto más esfuerzo y cuidado requerirá.

Hoy la gente no presta atención alguna al precipicio sobre el cual me paré aquel día. El viajero puede ahora cruzar el puente en auto en aproximadamente ocho segundos.

Pocas veces recuerdo ese obstáculo en mi carrera de negocios sin pensar que con la ayuda del Señor el hombre puede hacer cualquier cosa; lo que es un desafío para unos, a otros no les requiere esfuerzo alguno; lo que hoy consideramos fácil, fue ayer un gran obstáculo.

En la vida todos pasamos por momentos en los que nos parece estar al borde de un precipicio, y la incógnita del futuro nos llena de dudas y temor. Jesucristo se dio cuenta de que sus discípulos estaban pasando por uno de esos momentos difíciles cuando les habló durante la Última Cena; ellos tendrían que continuar Su obra solos cuando Él se fuera. Entonces les dijo:

“No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27.)

Después de la restauración del evangelio, el Señor dio otra vez a sus discípulos en estos últimos días la responsabilidad de trabajar en Su obra, y dándose cuenta de su temor les dijo:

“No temáis, pequeña grey, el reino es vuestro hasta que venga yo.” (D. y C. 35:27.)

El Señor también mandó a Nefi que hiciera algo que nunca había hecho: construir un barco que los llevara a la tierra prometida, al otro lado del océano. Nefi tenía un poco de conocimiento acerca de la tarea a realizarse, pero lo que lo ayudaría más que nada, sería su fortaleza espiritual y la confianza que tenía en Dios. Cuando sus hermanos lo criticaron y dijeron que él nunca podría construir un barco, tal vez Nefi tuviera dudas y sintiera temor; pero aferrado a su gran fe dijo;

“Si Dios me hubiese mandado hacer todas las cosas, yo podría hacerlas. Si me mandara que dijese a esta agua: Conviértete en tierra, se convertiría; y si así lo dijera, así se haría. Por tanto, si el Señor tiene tanto poder, y ha hecho tantos milagros entre los hijos de los hombres, ¿porqué, pues, no podrá enseñarme a construir un barco?” (1 Nefi 17:50-51.)

Después de esa demostración de confianza, Nefi y sus hermanos, con la ayuda del Señor, construyeron un barco que los condujo a la tierra prometida.

El Señor nos ha mandado hacer todo lo que está a nuestro alcance para prepararnos. Él dijo a sus discípulos de estos últimos días:

“Si estáis preparados, no temeréis.” (D. y C. 38:30.)

Según la tradición, el apóstol Pablo estuvo tres años en Arabia preparándose para el ministerio, después de haber recibido una manifestación divina, y su llamamiento. El Señor nos insta a prepararnos cuando dice:

“No intentes declarar mi palabra; procura primero obtenerla y entonces será desatada tu lengua.” (D. y C. 11:21.)

Una vez que estemos listos, debemos tener confianza en nuestra habilidad para hacer aquello para lo cual nos preparamos. El apóstol Pablo dijo con su dinamismo característico: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). Esta frase demuestra la fortaleza de su carácter.

Preparados, con confianza y valentía podremos, paso a paso y día a día, dedicamos a actuar lo mejor posible, explorar nuevos campos de acción e intentar desarrollar nuestra personalidad haciendo cosas que nunca hemos hecho.

Los hombres y mujeres que estén preparados, tengan confianza, valentía y dependan de la ayuda de Dios, alcanzarán las fronteras del futuro. La satisfacción individual y la contribución a la humanidad, harán que el esfuerzo realmente valga la pena.

Puesto que sabemos que la vida tiene su ley de compensaciones, siempre debemos dedicar tiempo para detenernos a pensar y considerar lo que hacemos, lo que omitimos, y lo que en el futuro desearemos haber hecho.
Elder Richard L. Evans

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