Los Apóstatas y su Falta de Progresión

Los Apóstatas y su Falta de Progresión

(Discurso pronunciado por el Profeta y Presidente George Albert Smith en la sección del Sacerdocio de la Conferencia General de la Misión Mexicana, a las 9.00 de la mañana del día 26 de mayo de 1946.)


Es una hermosa mañana y estoy contento de encontrarme aquí con otros hijos de mi Padre. Habrá aquí en el auditorio hoy personas que pertenezcan a otras iglesias. Son, no obstante, hijos de nuestro Padre Celestial. Para que los que fueran más fieles pudieran ser bendecidos grandemente, el Señor organizó Su Iglesia en los días de los profetas del Antiguo Testamento, y en los días del Salvador del mundo, como queda registrado en el Nuevo Testamento. Después que fué crucificado el Salvador, El vino a este continente y organizó su Iglesia sobre esta tierra. En el año 1830, habiendo desaparecido todas estas iglesias, y habiéndose perdida toda la autoridad que ellas poseyeran, El organizó de nuevo Su Iglesia. Por medio de su profeta en el Nuevo Testamento Él había escrito un llamado a todos sus hijos: “Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas”. (Apoc. 18:4).

Así que otra vez en nuestro día el Señor estableció de nuevo su Iglesia y para que pudiéramos nosotros ser exaltados en el reino celestial Él nos dio Su Sacerdocio. Entonces llamó al pueblo en todas partes a que vinieran a Su Iglesia. Él no condenó a aquellos que no entendieron. Él no criticó a los que no supieron en dónde se encontraba Su Iglesia, más por medio de los misioneros que Él mandó, por el uso de la palabra impresa, y ahora por medio de la radio Él ha hecho que fuera posible que hombres y mujeres en todas partes oyeran el Evangelio de Jesucristo.

Hay muchos que dicen Señor, Señor. Ellos adoran en todas las diferentes iglesias del mundo. Uno de ellos adoran en iglesias en donde no se conoce a Dios, más el mismo mandamiento salió a todos los hombres: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino del cielo; mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. (Mat. 7:21).

En los días del Salvador había muchas iglesias. Había los Saduceos, los Fariseos, los Esenios y otros. Todos ellos decían al Señor, Oh Señor Te adoramos, pero el Señor vino y restauró lo que ellos habían perdido, y entonces dejó la responsabilidad sobre Sus asociados de predicar el Evangelio en todo el mundo. El no dijo a aquellos discípulos al despacharlos: Decidles a los pueblos que no importa a cual iglesia se unan. Él no les dijo que dijeran a los pueblos que no importaba la forma en que adoraban, más sí les dijo que dijeran a todos que se arrepintieran de sus pecados y que fueran bautizados, cada uno de ellos; habiendo únicamente la diferencia que la Iglesia establecida por Él tenía la autoridad divina, mientras las otras habían perdido su autoridad divina. Como resultado de la apostasía, y un natural alejamiento del Señor, todos los hombres perdieron el Sacerdocio, y así, el único Sacerdocio que existía sobre la tierra cuando vino el Salvador en este último día, fué un sacerdocio apóstata. El Señor le dio a José Smith un mandamiento y en el año de 1830 la Iglesia fué organizada. José Smith y los que fueron asociados con él fueron bautizados en la Iglesia. Juan el Bautista, quién había bautizado al Salvador en Su día, vino desde el cielo y confirió el Sacerdocio de Melquisedec sobre José Smith y Oliverio Cowdery, y aunque era una pequeña organización con sólo seis miembros en el principio, fué la única Iglesia que tuvo la autoridad divina en todo el mundo.

La Iglesia siguió creciendo y aumentando. Muchos se adhirieron a la organización y muchos hombres recibieron el Sacerdocio, más cuando ellos no iban de acuerdo con el Señor, ya que era la Iglesia del Señor, perdieron ellos su estado de miembros y perdieron también su Sacerdocio. Durante los días de José Smith el Profeta, muchos hombres abandonaron la Iglesia después de haber recibido el Sacerdocio; Santiago J. Strang y otros que pudiera yo mencionar. Varios de ellos salieron de la Iglesia y organizaron iglesias propias. Santiago J. Strang se fué a la Isla del Castor (Beaver Island) con un séquito de varios centenares de gentes del pueblo. El fué excomulgado de la Iglesia. El perdió el Sacerdocio y entonces perdió su vida porque desobedeció las leyes del país, y su organización fracasó y se esparció.

Sidney Rigdon, uno de los íntimos amigos del Profeta y uno de los más grandes predicadores que jamás tuviera la Iglesia, salió de ella. El perdió su Sacerdocio en la Iglesia pero organizó una Iglesia propia. Sidney Rigdon y toda su familia perdieron su fe y perdieron el Sacerdocio que habían tenido, y falleciendo él, desapareció su organización de la faz de la tierra. Lyman Wight, uno de los hombres más capaces en toda la Iglesia, y uno de los más grandes directores de la Iglesia, cuando el Profeta perdió su vida, decidió formar un grupo propio. El condujo a su pueblo hasta Texas. El dio el Sacerdocio a los que se asociaban con él, pero ellos no tenían realmente ningún sacerdocio porque él había perdido el suyo. Cuando el pueblo seguía al quorum de los Doce, que llegó a presidir sobre la Iglesia, a las Montañas Rocosas, él salió por el otro rumbo a Texas. La organización que él fundó gradualmente desapareció, hasta el grado que, entre los que salieron de la Iglesia y siguieron a los errados, no sabemos de ninguno entre ellos que siguieron a Santiago J. Strang o que siguieron a Lyman Wight; y asimismo yo puedo nombrar otros. Todos ellos han desaparecido y han sido olvidados, excepto la Iglesia de Jesucristo; no la iglesia de José Smith, ni la iglesia de Brigham Young, pero la Iglesia de Jesucristo. Echados de sus hogares en el excepcionalmente fértil valle del Mississippi, ellos abandonaron la más hermosa ciudad en el Estado de Illinois. Pudieron haber permanecido allí si hubiesen tenido la disposición de apostatar, mas no quisieron. Ellos dijeron en el lenguaje del profeta de la antigüedad: No importa lo que venga, en lo que toca a mí y a mi familia, nosotros serviremos al Señor.

Ellos se fueron a las Montañas Rocosas. No había allí más que los indios, vuestros antepasados. Fue una tierra desierta, pero el Señor les había prometido que si “buscaban primeramente (no últimamente) el reino de Dios, y su justicia; todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33). Continuaron creciendo, multiplicándose y esparciéndose sobre la tierra. Mandaron misioneros a todas partes del mundo civilizado. Esos misioneros tenían la autoridad divina. Ellos poseían el Sacerdocio y llamaron a todos los pueblos al arrepentimiento y a que vinieran a la Iglesia de Jesucristo; no la iglesia de José Smith, no la iglesia de Brigham Young, no la iglesia de Wilford Woodruff, ni de ningún otro Presidente, sino que vinieran a la Iglesia de Jesucristo, quien dio Su nombre a ella. Y Aquel que dio a la Iglesia su nombre ha vigilado sobre ella todos estos años. Él ha llamado a sus hijos y a sus hijas a que salieran al mundo para explicar al mundo que se ha restaurado la Iglesia. Quince años después que el pueblo fué echado de Nauvoo, José Smith, el hijo del Profeta que dio su vida por la obra, y otros miembros de la familia que habían permanecido atrás, organizaron una iglesia. Ellos la llamaron la Iglesia Reorganizada. La Iglesia nunca fué desorganizada. La Iglesia todavía existía como la Iglesia de Jesucristo, más los descendientes del Profeta José Smith, quienes habían apostatado de la Iglesia, todavía procuran traer gente a su organización.

Hace unas semanas falleció un nieto del Profeta José Smith, quien había sido el profeta de esa iglesia. El murió sin dejar un hijo que perpetuara su nombre. Estos son mis parientes y los quiero. Yo amo a todos los hijos de mi Padre. Yo no quiero criticar ni buscar cosas en contra de ninguno de ellos, mas, oh, ¡cómo quisiera que los descendientes de José Smith se arrepintieran del error que han cometido, y se unieran a la única Iglesia en el mundo que lleva el nombre de Jesucristo y que posee Su divina autoridad! Yo he recibido a esta gente en mi hogar y yo he estado también en el suyo. Yo les amo y quisiera ayudarles; yo quisiera ser un instrumento en las manos de nuestro Padre Celestial para prepararles, para que estén en condiciones de juntarse con el Profeta José Smith cuando se vayan al otro lado del velo. Más si no se arrepienten de sus pecados y reciben el bautismo de manos de quien tenga la autoridad, no encontrarán su lugar con José Smith en el reino celestial donde Jesucristo nuestro Señor será nuestro Rey.

Así que, no os equivoquéis. Hay gente que cree que es cobardía arrepentirse después de equivocarse. Requiérase un hombre o una mujer valiente para que se arrepienta después de haber faltado, y para que admita que se haya equivocado, pero es la única forma de recibir las bendiciones de nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo. Mientras no vengan los miembros de la Iglesia Reorganizada a la verdadera Iglesia, y mientras haya miembros de la Iglesia verdadera quienes hayan transgredido las leyes y quienes se hayan desviado de la Iglesia por veredas opuestas, no es nuestro deseo herirles ni criticarles, más procuramos atraerles otra vez a la fe verídica, para que las bendiciones de Dios sigan derramándose sobre ellos. Y así será siempre, mientras esté la Iglesia verdadera en la tierra.

Habrá solamente una Iglesia reconocida por Dios. Habrá solamente un hombre a la vez para presidir sobre ella. Habrá solamente un grupo de Sacerdocio para guiarla. Otros pueden pretender tener la autoridad, podrán desear hacer un bien en el mundo, pero están errados de barco, y el venerable barco de Sión seguirá consistentemente hacia adelante, navegando hasta el puerto de la vida eterna en el reino celestial.

Nuestro Padre Celestial ha dicho que cuando cometemos un error debemos reconocer ese error. Él también ha dicho que si uno no es tan humilde como un niño, no verá el Reino del Cielo. Así que cada uno de nosotros y todos nosotros, todos los días de nuestras vidas, debemos ser humildes y acercarnos al Señor en humildad. Debemos pedir el perdón cuando cometemos errores y entonces debemos no volver a cometer esos errores de nuevo; de otro modo, nuestro Padre Celestial no nos podrá perdonar.

Aquí estamos esta mañana, Sus hijos. Hay unos en este auditorio que han vivido mejores vidas que otros. Los que han cumplido con los más de los mandamientos de Dios recibirán mayor felicidad; así todos nosotros debemos ser humildes de día en día, humillándonos ante el Señor y pidiéndole que perdone nuestras faltas y que nos ayude a guardar la fe. Si queréis pertenecer a la iglesia Católica o a la iglesia Metodista, la iglesia Presbiteriana o la iglesia Bautista, o cualquier otra iglesia, el Señor reconocerá vuestras buenas vidas si las vivís aún dentro de esas iglesias, pero sin ser miembro de la Iglesia de Jesucristo no podréis encontrar el camino al reino celestial. Así que, en esta mañana, esta hermosa mañana sabática, no seamos arrogantes por el hecho de que tengamos la verdad, más seamos humildes ante el Señor como niños, esperando que nos vengan Sus bendiciones este día.

Cuando se ponga el sol esta noche y nos vayamos u nuestros distintos hogares, ruego que nos vayamos a ellos con el Espíritu del Señor ardiendo en nuestras almas, con humildad y gratitud en nuestras vidas y con este sentir en nuestro ser: Padre Celestial, perdóname las faltas que he cometido. Más Él no nos podrá perdonar si no nos arrepentimos de nuestros pecados. Al irnos a nuestros hogares tomemos en consideración que cada bendición de que gozamos, la vida misma, y todo lo que tenemos sobre la tierra que se nos ha dado, ha venido de nuestro Padre Celestial. Si el hombre que se encuentra aquí ante vosotros predicando hoy comete errores, él tendrá que corregir esos errores y pedir el perdón; de otro modo él pierde su bendición.

En conclusión permitidme decir; Dios es nuestro Padre. Él es el Padre del Espíritu de cada uno de nosotros. Todos somos Sus hijos. El desea ansiosamente que vivamos de tal manera que seamos dignos de morar con Él para siempre, y para que podamos vivir con Él para siempre, en este ultimo día nos ha traído el Evangelio de Jesucristo, Su Hijo Amado, y nos ha prometido la vida eterna en el reino celestial si lo aceptamos y vivimos de acuerdo con sus enseñanzas. Ahora recordad, todas las demás iglesias que se han organizado en años pasados últimamente que no fueron la Iglesia de Dios, desaparecerán y todas las demás iglesias que se organicen en el mundo aún, que no sean la Iglesia de Dios, desaparecerán. Esta es la única Iglesia que nos conducirá al reino celestial. Seamos dignos de ella y vivamos de día en día de tal forma que otros viendo nuestras buenas obras se sientan constreñidos n glorificar a Dios. Esta es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, organizada bajo Su dirección, dotada con el poder de Él. No hay otra manera de encontrar nuestro lugar en el reino celestial, y que todos nos preparemos para que llegándose el tiempo en que seamos llamados a partir al más allá, recibamos de nuestro Padre Celestial una gloriosa bienvenida a nuestro hogar, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo.— Amén.

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